Revista FUERZA NUEVA, nº 448, 9-Ago-1975
“RECONCILIACIÓN”, O ¿PERDÓN Y CONVIVENCIA?
“La agudización de las tensiones entre vencedores y vencidos no se debe a una continuidad natural, sino a la agitación subversiva calculadamente programada”.
Hace bastante tiempo, y ahora, especialmente con motivo del Año Santo, nos martillea los oídos la palabra “reconciliación”.
Creo que es un magnífico. caballo de Troya para introducir, con el disfraz. de cristianismo, los principios que necesariamente provocarán, de ser admitidos, la disolución del Estado nacido el 18 de julio de 1936.
El intento más calificado en esta dirección es el último documento de la Conferencia Episcopal Española, que dice ser la reconciliación “posible y obligatoria”. Así lo decidieron los obispos en el último mes de abril, con el voto en contra de once prelados.
Envuelta la tesis en nubes de humo (que dudo sean de incienso), se quiere comparar nada más y nada menos que con la famosa Carta colectiva de los obispos españoles de 1937, firmada “nemine discrepante” por todos los que en España se hallaban con posibilidad de ejercer sus funciones y que costó la vida al heroico obispo de Teruel, Fray Anselmo de Polanco.
El referido documento, de carácter meramente pastoral, confunde evidentemente cosas tan importantes como la predisposición y práctica del perdón -que es de fuero interno- con el ejercicio de los derechos políticos de carácter liberal o socialista.
Se enlaza nada menos que con la célebre declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de la Asamblea Constituyente francesa de 4 de agosto 1789, revalidados por la ONU en la Declaración universal de los derechos del hombre en 10 de diciembre de 1948,
Anticipando con claridad y lealtad mi parecer, creo que carece de los requisitos necesarios para imponerse a las conciencias de los católicos españoles.
El documento episcopal y sus comentarios
Con la invocación a la conciencia fraterna y a la voluntad de superar los efectos nocivos de la guerra civil, hace declaraciones de envergadura, como la necesidad de admitir la pluralidad sindical y los llamados derechos de. reunión, expresión y asociación, y de oír la voz de la juventud en el momento presente, como estímulo hacia una meta de sociedad o estado más justo y más humano.
Menos mal que respecto al famoso documento, el benemérito obispo de Cuenca, señor Guerra Campos, ha hecho unos comentarios colocando los puntos sobre las íes y haciendo presentes los aspectos dudosos, por no decir otra cosa, que contiene.
Ni es una pastoral colectiva, ni se puede comparar con la de 1937 (personalmente firmada por aquellos obispos) “ni se puede aceptar que los cristianos regresen a fórmulas de origen decimonónico, de ideología marxista y liberal, que se opone sustancialmente (sic) a las exigencias de la fe”.
Uno de los tópicos más difundidos entre ciertos activistas católicos dentro y fuera de España, escribe el obispo de Cuenca, es declarar superadas las enseñanzas dogmáticas de los Concilios anteriores (en especial el de Trento y el Vaticano Primero) por las tesis actuales; principalmente por las constituciones pastorales (digo yo) del Vaticano Segundo.
Que durante siglos y siglos la Iglesia haya estado desviada de su misión es imposible de aceptar. Los frutos de santidad que ha dado durante dos mil años es cosa que con tal tesis sería inexplicable.
Los Papas (infalibles de siempre, aunque la declaración dogmática tuviera lugar en el Concilio Vaticano Primero) ya nos advirtieron, y nos han advertido suficientemente durante más de un siglo, de los peligros de la democracia liberal y de las doctrinas marxistas, según iban apareciendo sus errores.
Es cosa corriente en la doctrina pontificia del siglo XIX llamar a las libertades que ahora se propugnan “libertades de perdición”. Gregorio XVI con la encíclica “Mirari vos”, Pío IX con la “Quanta cura” y su anexo “Syllabus” y León XIII con la “Immortale Dei” y la “Quod Apostolici Muneris”, advirtieron a los fieles de los errores contenidos en las proposiciones liberales y socialistas.
Los Papas del siglo XX tampoco se han callado. San Pío X con la “Pascendi” (y otros documentos) condenó el modernismo, modesto resfriado al lado de la actual septicemia progresista. Y Pío XI con la “Divini Redemptoris” e incluso el tan traído y llevado Juan XXIII en la “Mater et Magistra”, hacen presente la inaceptabilidad por la Iglesia de las doctrinas comunistas.
Destaca, sobre todo, el decreto de la congregación del Santo Oficio de excomunión de los católicos que se afilien a partidos comunistas o les den apoyo, confirmado ex cathedra por Pío XII en 1 de junio de 1949.
Esta doctrina de la Iglesia sigue siendo válida.
No obstante, la historia moderna de Italia (cuya unidad política se hizo al toque de la trompeta de Garibaldi y con la interna labor de las logias masónicas), pasados más de treinta años de la pérdida de los Estados Pontificios, hizo que los movimientos inicialmente pensados para defensa y difusión de la fe católica, los llamados primero. “acción de los católicos” y después Acción Católica se contaminarán de liberalismo con matices marxistas, primero en el partido populista y hoy con la democracia cristiana. Pero lo peor es que se quiere hacer de su credo político, artículo de exportación.
El Concilio Vaticano II, convocado con fines meramente pastorales (no ha hecho ninguna declaración dogmática), ha dado base a los progresistas -principalmente manejando la constitución “Gaudium et Spes”- para defender a capa y espada los llamados derechos de libre expresión de pensamiento, de asociación y de reunión.
Es oportuno recordar que, de antaño, los canonistas se han quejado de que, en base del catolicismo, la Curia Romana dictara leyes iguales para todas las latitudes. Lo mismo para Europa que para China (recuérdese el problema de los ritos chinos y malabares). Y esto es lo mismo que ahora quiere hacerse en cuestiones políticas y sociales. Aplicar en todos sitios el demo-liberalismo en maridaje con los marxistas.
Los resultados no pueden ser peores. Mucho hablar, por ejemplo, contra el régimen de Salazar, y, una vez derrocado a causa de la “apertura” de su sucesor, Caetano, todo para en Portugal (1975) en una dictadura comunista, bajo cuyo imperio las turbas intentan asaltar el edificio del Patriarcado de Lisboa.
Trece obispos y más de siete mil sacerdotes asesinados en zona roja durante nuestra guerra de liberación del comunismo no han impedido -en contraste a la famosa Asamblea Conjunta celebrada en Madrid (1971), discutir la petición de perdón oficial y colectivo por el supuesto apoyo que la Iglesia dio a los nacionales, aunque se quisiera disfrazar con otras palabras.
Un gran amigo mío, capellán que fue de un Tercio de Requetés, me comentaba indignado: “¿Pedir perdón por la guerra? ¡Es el colmo!”
Procuraremos impedir (incluso con “uñas y dientes”, según la famosa frase Labadie) el ejercicio de los derechos de libre emisión del pensamiento, de reunión y de asociación sin cortapisas, ya que, según las Leyes Fundamentales del Reino (artículos 12 y 33 del Fuero de los Españoles), no pueden atentar a los principios fundamentales del Estado, o sea, a la Unidad espiritual, nacional y social de España. Nos llaman los del bunker, pero, sin despreciar el ejemplo, propongo una expresión referente a un suceso anterior y español por los cuatro costados: “Los de Santa María de la Cabeza”. (1)
Defenderemos la situación política actual a toda costa, pero, si fracasamos en el empeño, ya verán los votantes mayoritarios de la “reconciliación” lo que ocurre cuando Santiago Carrillo levante “la veda del cura”.
(…)
Convivencia de los españoles
Dice el señor obispo Guerra Campos que “algún texto de los atribuidos a la Conferencia Episcopal se muestra reticente ante los que viven con los recuerdos de la guerra 1936-1939”. Y que “el texto episcopal puede admitirse siempre que los recuerdos no se utilicen para alimentar odios u otras actitudes no cristianas. Pero no se olvide que aquel gran esfuerzo nacional tuvo también valores positivos: impedir la dictadura anarquista o marxista y tender a integrar la tradición espiritual del país y la promoción de la justicia social, que los obispos españoles exaltaron en su día solemnemente. Muchas familias y pueblos han dado pasos heroicos para perdonar y reconciliarse”.
“La agudización de las tensiones entre vencedores y vencidos no se debe a una continuidad natural sino a la agitación subversiva calculadamente programada”.
Nunca se ha podido decir nada más cierto ni mejor dicho. (2)
Quienes han convivido durante más de veinte años como amigos, sin rozar la política en sus conversaciones, debido a su encuadramiento en bandos opuestos ahora se distancian.
Los hijos no obedecen a sus padres ni se recatan de profesar doctrinas marxistas imbuidas en las Facultades o en los colegios mayores universitarios.
La postura de quienes seguimos creyendo en la “legitimidad de nuestra victoria” es naturalmente la contraria. Cerrar filas y adoptar actitudes de defensa.
Quedaría incompleto este trabajo sin unas breves consideraciones bíblicas. Es conocida la parábola del rey que perdonó a su siervo los diez mil talentos que le debía, y después éste no quiso perdonar cien denarios (Mt. 18 21-35). Pero antes había dicho Cristo: “Si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndele a solas... Si no te escucha toma contigo a uno o dos, para que la palabra de dos o tres testigos sea fallado todo el negocio. Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano (Mt 18, 15-17).
Puede perdonarse incondicionalmente, de todo corazón. Pero no hay necesidad, antes bien creo que existe la obligación contraria de rechazar las doctrinas erróneas y de no permitir su difusión. Pues para perdonar a los que mataron a nuestros padres no hay necesidad ni deber de pasarse al enemigo.
Yo, por mi parte, he de decir, que respecto a los que asesinaron a nuestros padres y ahora en la Universidad están matando el alma de nuestros hijos (tanto que quizá tengamos que decir como en la obra de Giménez Arnau “Murió hace 15 años”, puedo perdonar. Pero mientras los contrarios no rectifiquen sus doctrinas, si admitirlas a la vida pública es la reconciliación, no debo, ni puedo ni quiero reconciliarme.
José ESTEPA
***
Notas
(1) Hace falta visitar el famoso santuario de Andújar para darse cuenta de la grandeza de ánimo del capitán Cortés y de los guardias civiles a sus órdenes. Contra toda esperanza resistió un largo asedio. Cinco días antes de la caída en poder de la horda roja de las ruinas en que estaba convertido el convento e iglesia, cursó por heliógrafo a las líneas nacionales de Porcuna el siguiente mensaje. “Adiós, hasta la eternidad”. Fue el 25 de abril de 1937. Todavía aguanto cinco días más; y aún defendió personalmente, con solo doce guardias de los doscientos que había al comenzar, los últimos reductos, la tarde del 30 de dicho mes, en cuya acción fue herido. Sólo al siguiente día pudieron los atacantes dominar la resistencia. Pocas veces se habrá concedido una laureada con más justicia. Allí demostró la Guardia Civil que “El honor es su divisa”.
(2) Tan cierto es lo que alega el señor Guerra Campos, que en la votación de una petición de amnistía total y modificación de la legislación antiterrorista, en cierto Colegio de Abogados se votó hace pocos meses afirmativamente por algunos, cerrando el puño. El ambiente empieza a recordarme el de junio del 36, cuando, al volver los estudiantes de las facultades en tren, éramos saludos puño en alto en los pasos a nivel, a lo que contestábamos con el saludo a la romana.
|
Marcadores