Revista FUERZA NUEVA, nº 545, 18-Jun-1977
(Discurso pronunciado por Blas Piñar en el teatro Princesa, de Valencia, el 15 de mayo de 1977.)
(...) Nada puede extrañarnos que (...) hayamos podido escuchar a través de la televisión y de todos los medios de difusión el último discurso del presidente del Gobierno don Adolfo Suárez.
Vamos a analizar, si no todo su contenido, sí lo que estimamos de mayor actualidad e importancia, a saber: su presentación como candidato a las próximas elecciones, su opción por el “Centro”, la legalización del Partido Comunista y sus enfoques sobre la situación general de cara al futuro.
Presentación como candidato.
Confieso, por delante, que a mí personalmente, me tiene sin cuidado el tema, porque todo el proceso democrático es una farsa.
El presidente justificó su decisión así:
a) “… he procurado conocer los planteamientos de los distintos grupos políticos…”
El señor Suárez debe adquirir estos conocimientos, o por la inspiración directa del Espíritu Santo, o por medio de la universidad a distancia, porque yo no he visto al presidente, y por los pasillos de las Cortes, desde la votación en el Pleno de la Ley de Reforma Política.
b) ”… he tomado la decisión de presentarme y esta decisión ha sido muy consultada…”
Pero, ¿con quién? ¿Con el presidente de Méjico?, ¿en los Estados Unidos? Porque su decisión se ha hecho pública después de su viaje por América.
c) “… y me presento sin apoyo de los órganos del Gobierno y sin… apoyo de la Corona…”
Lo que es difícil de entender.
• En primer lugar, las incompatibilidades las ha establecido la Ley Electoral, elaborada sólo por el Gobierno con la oposición. Por tanto, cuenta con el apoyo del Gobierno, que consiente una interpretación derogatoria y privilegiado de las normas electorales a favor del primer ministro. Y cuenta, además, con el apoyo de la oposición, a la que no le ha pasado por alto una discriminación tan excepcional a favor del presidente. Todo el aparato propagandístico del Estado ya está, por añadidura a su servicio, no obstante su renuncia a la campaña electoral.
• En segundo lugar, implica a la Corona. Si alguien se atrevió a decir que la Corona era el motor del cambio, y así lo recordaba no hace mucho Aguilar Navarro, no cabe la menor duda que la presentación del señor Suárez no sólo requiere el asentimiento de la Corona, sino que al protagonizar y dirigir el Gobierno el llamado cambio político, la Reforma, la transición, comprometa a la Corona misma, aunque no tenga su apoyo explícito.
De otro lado, si por el método de designación el jefe del Gobierno es elegible, a diferencia de sus compañeros de Gabinete, las cosas, en esta línea de pensamiento, ponen aún más en tela de juicio la afirmación del candidato.
d) “…identificándome con la posición de centro…”.
Esto me recuerda el Centro defendido por Fraga, en su discurso de Barcelona y durante su época de ministro de la Monarquía (1975-76).
Pero el Centro no tiene raíz ni sustancia. Está en función de la derecha y de la izquierda. No puede mirar de frente, porque para seguir siendo centrista, ha de atender a un lado y a otro. El Centro se extravía, carece de energía. Y se hace estrábico. El Centro es el valle de todas las bofetadas, y se ve desplazado.
Fraga era Centro ayer (1975-76), y se sigue proclamando de Centro, pero, lo quiera o no, hoy, por la falta de consistencia de una posición sin raíz -pura táctica- es, lo quiera o no, derecha, y derecha en el sentido burgués y liberal del vocablo.
Lo mismo le ocurrirá, si es que no le ha empezado a ocurrir, al Centro oficialista. Apenas, no obstante la inhibición y el neutralismo han comenzado las interferencias oficiales, la ofensiva contra ese Centro lo convierte en supervivencia franquista, en monopolio de azules desgastados, en recuerdo de uniformes, yugos, flechas, camisas y juramentos, que se sobreponen al enfática declaración, que nadie cree, por altisonante que sea: “Yo soy demócrata… sinceramente demócrata”. Y digo que nadie se lo cree porque si el señor Suárez era demócrata, no se sabe cómo pudo cohonestar su sinceridad democrática con un Régimen en el que ocupó altos cargos y el que discurrió su vida política; y si fue entonces un demócrata oprimido por el carisma y la personalidad de Franco, no sé por qué razones no hace un repudio formal y solemne de un Sistema al que sirvió con docilidad y empalago. (…)
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