Los Reyes Católicos y la unidad del lenguaje (1474-1516)
Entusiasmo por la lengua de Roma. La antigua unidad del Latín y la nueva unidad del castellano en el pensamiento de los Reyes Católicos. Fernando el Católico supedita el aragonés al castellano. Expansión del castellano por la Península: Vizcaya y Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia y Portugal. Labor de Fray Hernando de Talavera por la difusión del castellano entre los moros granadinos. El judeo-español. Nebrija y la difusión de la lengua por un nuevo mundo. La Imprenta y la Lengua. Elio Antonio de Nebrija. Isabel la Católica y la lengua del siglo XVI.
Proviene de aquí: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio
El entusiasmo por el latín en la corte de Juan II continuaba ahora en la época de los Reyes Católicos con intensidad creciente, ni antes ni después superada. La propia Reina, discípula de la célebre humanista Beatriz Galindo, llevaba la iniciativa:
“Aunque no sabía la lengua latina holgaua en gran manera oyr oraciones y sermones latinos. Porque le parescía cosa muy excelente la habla latina bien pronunciada. A cuya causa siendo muy deseosa de lo saber, fenescidas las guerras en España, començó a oyr leciones de gramática. En la qual aprovechó tanto que no sólo podía entender a los embaxadores y oradores latinos, mas pudiera fácilmente interpretar y transferir libros latinos en lengua castellana...” (Lucio Marineo Sículo, Cosas memorables de España, Alcálá, 1533)
Sus hijas, las infantas, estudiaban latín con tanto empeño y provecho, que una de ellas, doña Juana, la que había de ser madre del Emperador Carlos, llegaba a improvisar en Flandes, años más tarde, discursos oficiales en la lengua de Roma; y del príncipe, niño, don Juan se aseguraba que era “buen latino”. Y como, según entonces decían, “Jugaba el rey, eran todos tahúres: estudia la reina, somos agora estudiantes”, dábanse todos al estudio del latín, pues “lo que los reyes facen, bueno o malo, todos ensayamos de lo facer” (Juan de Lucena, "Epístola exhortatoria a las Letras").
Los nobles eran los primeros en imitarlos. para ello se procuraban los mejores maestros del mundo: el almirante don Fadrique hacía venir al siciliano Lucio Marineo Sículo; el conde de Tendilla, embajador en Roma, traía de Italia al lombardo Pedro Mártir de Anglería; el cardenal Fonseca sacaba de Bolonia al joven andaluz Elio Antonio de Nebrija, lumbrera ya de España, para tenerlo consigo en Sevilla.
Los nobles tenían, además, a gala albergar en sus palacios y colmar, en ellos, de honores a sus maestros de latín. Varios años estuvo Nebrija viviendo en el palacio del gran maestre de Alcántara, don Juan de Zúñiga, en Zalamea de la Serena. En aquella mansión escuchaban sus lecciones el propio maestre, sus hijas, una de ellas la esposa del duque de Alba, y un grupo de discípulos, entre ellos quizá Hernán Núñez (el comentador de Juan de Mena), el Pinciano y Florián de Ocampo.
En las universidades era tan grande el entusiasmo de la juventud por la lengua latina y tal la pasión de los discípulos por sus maestros de humanidades, que en la de Salamanca alzaban los estudiantes en hombros a Pedro Mártir de Anglería y lo introducían con este triunfal aparato en el aula en que comentaba las “Sátiras” de Juvenal.
En fin, era tanto el celo por la lengua latina, que Nebrija, al terminar una de sus clases en la Universidad de Salamanca, solemnemente elevaba una plegaria a Dios y a la Virgen para que extinguiera la barbarie e ignorancia de la latinidad, y a los Reyes y a don Juan de Zúñiga exhortábanlos también a que persiguiesen a los enemigos del latín.
Claro es que, si se estudiaba con tanto empeño, no era por mero interés filológico, sino por conocer a través de aquella lengua la cultura clásica, madre de la civilización occidental, que se intentaba restaurar. Pero, sobre todo, lo que España admiraba en aquella cultura del pueblo romano era su insuperable organización política: España veía en la Roma de los Césares el modelo de lo que ella podría ser en un futuro muy próximo; soñaba en un imperio como el de Roma. Y una de las cosas que de la Roma imperial la España renacentista admiraba era la expansión de su lengua, la latina, propagada por los Césares sobre un inmenso territorio de muchas y diversas hablas, a cuyos pueblos dotaron así de las ventajas innúmeras de un lenguaje común, indispensable a todo Imperio.
“Difundiendo e imponiendo una lengua única, conciliaron los romanos a los hombres de todas las naciones, por creer firmemente que, después de la unidad de religión, sólo la unidad y conformidad de la lengua puede hacer posible la convivencia en el Imperio. Lo contrario divide, enajena y tiene en sospecha a los unos de los otros, como los sordos que siempre se recelan y sospechan mal de las palabras que se hablan delante de ellos.” (Glosa de una carta de Arias Montano al duque de Alba, escrita en Amberes en 1570, publicada en las memorias de la Academia de la Historia, t. VII)
Y éste fue el pensamiento de los Reyes Católicos, ante el espectáculo de España con sus variedades dialectales: para crear el Imperio español, que presentían, había que imponer sobre España una lengua sola, y derramarla luego por tierras lejanas, todavía ignotas, aunque adivinadas.
Esta lengua no podía ser otra que la castellana, la única llamada, desde comienzos de la Reconquista, a irse ensanchando cada vez más, para suprimir diferencias dialectales o lingüísticas. Y así lo comprendió el rey aragonés Fernando, el único que hubiera podido variar el rumbo histórico del castellano.
Porque en 1474, cuando Castilla y Aragón se unieron, Isabel hablaba el castellano, y Fernando, el aragonés; ella decía “embra”, “acer”, “ablar”, mientras que él pronunciaba “fembra, facer, fablar...”, pues la conservación de la f era, al revés que en castellano, la principal característica dialectal de Aragón. Mas el Rey bien pronto abandonó su lengua, para pronunciar en castellano, lo mismo que su esposa: “arina, acer, acienda...”. Narra este episodio Menéndez Pidal en “El lenguaje del siglo XVI”, Cruz y Raya, Madrid, 1933).
Unidad de mando y de lengua fue, pues, el recio sostén del nuevo Estado, uno de cuyos símbolos el hinojo, representaba, como palabra, la unión de dos pueblos y dos hablas: porque en Castilla decían “inojo” con la misma letra inicial de Isabel, y en Aragón “finojo” con la letra de Fernando.
El poeta aragonés Marcuello, en un poema perdido, y solo conocido por un resumen de Latasa, dedicábase a interpretar y relacionar tales palabras y sus iniciales:
“Llámala Castilla Ynojo –ques su letra de Ysabel- y de Yesus Hemanuel. -Llámala Aragón fenojo –ques su letra de Fernando- y de fhe las dos de un bando”.
“Este tal en Aragón –fenojo llaman, señores,- su primera letra es flores. -Y eso mesmo acá en Castilla –Ynojo llaman, nombralda –su letra fina esmeralda”.
“Del fenojo, en Aragón,- la effe es letra primera- y en Castilla en conclusión,- nombrándolo por razón- es la y más delantera. –Estos son significados –de vos altos Reyes dos..”
“Estas divisas, mis Reyes,- fueron bien consideradas- y con fhe y Yhesus armadas”.
“Pues aquel yugo entra con y –flechas con effe doblada- más ganarán que Granada”.
Llega entonces el momento culminante de la expansión del castellano por la Península: en la gran empresa de “reducir –como decía Nebrija- e ayuntar en un cuerpo e unidad de Reino los miembros en pedazos de España derramados”, la mutua comprensión entre hermanos exigía la sumisión de todos a un lenguaje único.
Ilustre colaborador de los reyes en aquella gran tarea de dar a España unidad lingüistica fue el propio Nebrija, autor de una Gramática Castellana compuesta con el fin –entre otros- de que aprendiesen nuestra lengua los “vizcaínos y navarros” –aparte de los “franceses e italianos”-, ya que “no solamente los enemigos de nuestra Fe tienen necesidad de saberla”.
Enorme fue el empeño que todos pusieron entonces en usarla o escribirla, sobre todo los aragoneses, que siguiendo el ejemplo de su Rey, diéronse a abandonar sus modalidades dialectales aragonesas para escribir en el más puro castellano, ya que como decía Bernardino Gómez Miedes, “los castellanos tienen los conceptos de las cosas más claros y así los explican con vocablos más propios y bien acomodados; de más que, por ser de sí elocuentes en el dezir, tienen más graciosa pronunciación que los aragoneses” (de Mdez Pidal, “El lenguaje del siglo XVI”).
Los catalanes, que hacía muy poco, en la corte de Alfonso V, habían preferido el castellano, aparecen en el “Cancionero de Stúñiga” componiendo sus versos en castellano. Se siente entonces profunda admiración por Castilla y uno de ellos la elogia en estos términos:
En Castilla es proesa,
franquesa, verdat, mesura,
en los Señores larguesa,
en donas grand fermosura.
Eran además aquéllos los momentos en que el catalán, después de haber sido cultivado por un Desclot, Muntaner, Lull, Eximenis, Ausias March, Roig, etc. inicia su decadencia literaria.
En Valencia, foco de cultura muy superior entonces al de Barcelona, la lengua de su primer conquistador, el Cid, penetraba por las vegas del Segura y del Júcar. En el Cancionero General, impreso en Valencia en 1511, en castellano escriben el conde Oliva, Mosén Tallante, el comendador Escrivá y otros tantos valencianos. Uno de ellos Narciso Viñoles, en su traducción de la Summa Chronicarum, alaba la “limpia, elegante y graciosa lengua castellana, la cual puede muy bien, y sin mentira ni lisonja, entre muchas ... de aquesta nuestra España, latina, sonante y elegantíssima ser llamada”.
Viziana, en 1574, describe todavía la propagación del castellano por Valencia en estos términos: “La lengua castellana se nos entra por las puertas deste Reino, y todos los valencianos la entienden y muchos la hablan, olvidados de su propia lengua”.
Portugal, en los primeros años del siglo XVI, cedía a Castilla su mayor poeta, depués de Camoens: en Lisboa –ante una hija de los Reyes Católicos, doña María, madre del rey de Portugal Juan III –recitaba Gil Vicente, en castellano, la primera obra de teatro que se representaba en Portugal.
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