LA DIVISIÓN DE LOS REALISTAS EN EL RETORNO DEL DESEADO


La historiografía liberal más clásica, define a los últimos diez años del reinado de Fernando VII como “La ominosa década”, y así ha sido recordado este periodo historiográfico, escrito esta vez por el bando perdedor, y por desgracia, se extiende en la dureza de las represiones, la crueldad del monarca, la insoportable tiranía del régimen, las torturas…posiblemente, demasiado sabor a tópico en un guiso literario que se ha anclado en la historia de España de tal manera que resulta muy complicado desmitificar, y desde luego, tampoco es que ayude demasiado ni la historia del propio monarca, ni su equipo de gobierno, a la hora de proporcionar determinado número de argumentos en su defensa para tratar de reivindicar algo de positivismo en este periodo de difícil planteamiento político del neo-absolutismo, que nada tiene que ver con la Constitución española de 1812, pero se trata de uno de esos momentos en la intermitencia de un periodo muy importante en el devenir de la historia, del que pensamos que merece la pena dejar constancia aquí, sin extendernos demasiado más que de pasada en determinados acontecimientos que por su importancia merecen un monográfico aparte. Nos referimos, por ejemplo, al Carlismo, sus causas y sus consecuencias,


Estos diez años de la última etapa del reinado de Fernando VII, a la que podemos denominar década Absolutista, que no se ha estudiado con detalle hasta hace no demasiado tiempo, no cabe duda de que se trata del momento más complicado de toda la crisis del Antiguo Régimen. Ya se adelantó en el capítulo titulado LA INTERVENCIÓN EXTRANJERA Y LA CAÍDA DEL RÉGIMEN LIBERAL sobre la división de los realistas, que se hizo efectiva en dos corrientes principales, la moderada y la ultrarrealista. Ya se ha explicado en el capitulo mencionado anteriormente que las dos tendencias, aunque con base común en la defensa de un régimen regio, cada una se manifestaba o entendía de forma diferente la forma, y una prueba de ello es que el propio Fernando VII, continuó con la tendencia o costumbre que se había iniciado desde su llegada al trono en el sexenio absolutista, de mantener a determinados liberales considerados como moderados entre sus gobiernos, y esta costumbre se evidenció a partir de 1823 que, aunque se tomaron medidas represivas sin plan de conjunto, y esto último es importante tenerlo en cuenta, y ciertamente hubo extralimitaciones, no es menos cierto que permanecieron en el ejercicio de la autoridad elementos liberales o filoliberales en la burocracia y, sobre todo, en el propio Ejército. Tenemos el caso del Alcalde Constitucional de Barcelona, José Masiá, y del marqués de Campo Sagrado, Francisco Bernaldo de Quirós y Mariño de Lobera, Capitán General de Cataluña, muy contrario a los voluntarios realistas, lo que posiblemente debió influir en la agitación de los llamados “malcontents”, de la que se hablará, o por ejemplo, a nivel de Gobierno, el propio López Ballesteros, como significativa contrapartida al ultra Calomarde. Alrededor del primero, ejerció una importante influencia un grupo de financieros como Gaspar Remisa y Alejandro Aguado, propicios a la línea templada del Gobierno, o Sebastián de Miñano, Alberto Lista, Reinoso, Gómez Hermosilla, Javier de Burgos, que tendremos que ver en ellos a los afrancesados partidarios de la monarquía absoluta que ante la situación económica y social del país intentan paliar la crisis financiera en que se halla. Además de todo esto, y debido a los graves problemas de la Hacienda, incrementados con la independencia de la mayor parte de los territorios americanos, acabaron de convencer a los moderados realistas la necesidad de llegar a un acuerdo con los liberales menos radicales para construir un régimen político menos radicalizado.








Esta línea templada intentó reformar el Antiguo Régimen con ayuda de tardoilustrados y antiguos afrancesados pero de una forma moderada semejante a un régimen político de Carta Otorgada, que ya hemos explicado en el capítulo titulado LA INTERVENCIÓN EXTRANJERA Y LA CAÍDA DEL RÉGIMEN LIBERAL qué era, y cuya intentona llevó a cabo el conde de la Bisbal, Enrique José O'Donnell y Anethan, a la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis. Hay que decir que este régimen, ya existía en algunos reinos europeos, y ello suponía poner fin a las luchas políticas por medio de la creación de una monarquía a medio camino entre las dos opciones, pero un obstáculo se opuso a este proyecto, la otra cara del realismo, defensora a ultranza del Trono y el Altar, el Tradicionalismo.






Esta última corriente contrarrevolucionaria, el Tradicionalismo, representado por los realistas más puros, tuvo un significativo fortalecimiento y fue uno de los hechos históricos más sorprendentes dentro de este periodo que pudo tener su razón de ser dentro de un Régimen que no había variado demasiado desde el sexenio absolutista cuyo poder había recaído en un monarca de mente poco lúcida, de carácter débil y sensibilizado a toda clase de temores, siendo la más clara expresión en un mundo de contradicciones y de intrigas de que se acababa el Antiguo Régimen, no solo por la costumbre de la intervención entre bastidores de camarillas y grupos cortesanos de presión, si no por las interferencias de Organismos que oscurecen más el ya de por sí turbio panorama, como por ejemplo la Real Junta Consultiva de Gobierno, que surgió como asesora del mismo, en una crisis del Consejo de Estado, y que se extinguió después. Otro problema del que el Tradicionalismo realista hizo causa de orden material fue el no reconocimiento de grados y empleos de muchos combatientes realistas, que los dejaba en situación de licencia ilimitada. Asimismo, la frustración de una política represiva contra los liberales que, si bien pudo ser contundente, no satisfizo a los defensores tradicionalistas debido a la total falta de determinación de un monarca que no supo reinar. No queremos decir que debería haberse efectuado una represión más dura, que en cierta manera, pudo ser, pero si una falta total de planteamientos que se demostraban en encontradas y contrapuestas decisiones que no conducían a seguir una línea más o menos general, cuyos debates en el foro político se caracterizaban por diversos cambios de sistema de gobierno bruscos. Otro hecho anecdótico pero cargado a su vez de significado que facilitó esa frustración de los realistas más puros fue que además de la creación de gobiernos moderados la negativa de Fernando VII a restablecer la Inquisición, no ya en la forma y manera de siglos pasados, pero si produjo un cierto malestar en los ultrarrealistas y algunos realistas algo más moderados que pensaban que tras la derrota del liberalismo se procedería a una serie de reformas dentro de los cauces tradicionales del Antiguo Régimen.








Durante este Decenio Absolutista, se llevaron a cabo varias conspiraciones de carácter ultrarrealista, y algunas de ellas tuvieron vínculos con un cuerpo de base popular denominado voluntarios realistas, que se formo en junio de 1823, que estaba controlado por los núcleos más radicales del absolutismo, y cuyo episodio más importante fue la llamada Guerra de los Agraviados, o malcontents, (mal contentos), en 1827, de la que ya hemos comentado antes, y a la que volveremos en un próximo capítulo, y la cual, se desarrolló básicamente en Cataluña, debido al malestar que se vivía tanto en la industria como en la agricultura debido a la fuerte crisis económica, y que se llevó a cabo contra el Gobierno, salvando la figura del monarca, pero que sin embargo, se tomaron medidas del propio Fernando VII que combinaron tanto la represión más brutal, como el indulto más incomprensible, con lo que podemos hablar de que la represión en esta década, no fue sólo contra los movimientos liberales, si no también contra los realistas descontentos. Hacemos mención de este último hecho sobre las revueltas, para hacer entender la deriva que tomó el movimiento realista más intenso, cuando posteriormente apareció el problema sucesorio de Fernando VII, y cuyo desenlace final fue la aparición ya definitiva del Carlismo, y del que se comentará en su momento debido, pero que consideramos interesante reseñar su aparición cuando en 1826 ya se publicó el Manifiesto de la Federación de Realistas Puros, por la que se denunciaba la actitud claudicante de Fernando VII, y que aclamaba a don Carlos como su único sucesor, Ahora bien nos gustaría hacer una apreciación sobre este documento en sí, no ya de la aparición del Carlismo, pues esto está totalmente fundamentado, y es que las apreciaciones que sobre este punto existen son contradictorias, por cuanto los historiadores se inclinaron a un lado u otro según el peso de sus convicciones ideológicas o políticas.




En palabras del propio Federico Suárez Verdeguer, nos dice que Antonio Pirala Criado, historiador y político español de tendencia liberal progresista, conocido por sus obras sobre la historia de las Guerras Carlistas no da a este documento más importancia que la que concede a cualquier otro «desahogo político». Tampoco Bayo se entretiene en examinarlo. Modernamente Villaurrutia apenas hace otra cosa que recoger lo que uno y otro escribieron, y solo más recientemente lo consideran con alguna mayor detención los autores de la Historia de tradicionalismo español, si bien dándole un alcance muy distinto al asignado por las fuentes liberales. Para Pirala, «el estilo pastoral de este escrito, sus doctrinas y sus tendencias, retrataban al partido apostólico»; lo mismo Bayo, identifica la Federación de Realistas Puros con la Sociedad secreta «El Angel Exterminador », de carácter «apostólico». El gobierno, para no indisponerse con esta tendencia, achacó el Manifiesto a los liberales, pormenorizando Bayo que tal cosa ocurrió el 26 de febrero de 1827, en cuyo día Calomarde lo atribuyó a los refugiados de Gibraltar. Villaurrutia no se separa un ápice de las pocas noticias que dio Bayo. No así Ferrer, Tejera y Acedo, que dan una explicación propia, refiriéndose a que la historiografía liberal silenció muchos hechos y, en los que tuvo en cuenta, no quiso profundizar, escriben: «Lo que sigue aclarará perfectamente cuanto decimos y dejará traslucir lo que buscaban los liberales y masones con su intervención sobre el mito del Ángel Exterminador. Nos referimos a la llamada Federación de Realistas Puros, que, en una hoja impresa y fechada el primero de noviembre de 1826, se dirigía a los españoles en sentido francamente carlista, pues se propugnaba en ella la elevación al trono de España del Infante don Carlos María Isidro. Que hubo un órgano central regidor de sus partidarios, es posible, aunque no probado. Que la hoja fuera un documento oficial de la tal organización, si ésta existía, nos permitimos dudarlo. La historia de este documento es más conocida. Lo recibió el Infante don Carlos María Isidro en su cámara de Palacio, no se sabe cómo. El Infante acudió inmediatamente a comunicárselo a su hermano Fernando VII, y cuando ya se había retirado don Carlos, después de la entrevista, uno de los individuos que militaba en el campo de los enemigos del Infante presentó la hoja al Rey, como si quisiera denunciar que el Príncipe tramaba una conspiración para derribar del trono a Fernando. Este la leyó y dijo que ya la conocía, y aquí acabó la historia de esta hoja, de la que probablemente hubo escasos ejemplares. Véase Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, 2.a ed., I (Madrid, 1S68). pág. 36.—Bayo, Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España. III (Madrid, 1842), pág. 234.
Ferrer, Tejera y Acedo: Historia del Tradicionalismo español, II (Sevilla, 1941), pág. 149. No hay ninguna cita que dé a conocer al lector las fuentes de dónde proceden las noticias que dan y que sirvan de fundamento a su tesis. Parece abonar su explicación al hecho de que en el Archivo de Palacio exista, entre los papeles del Rey, un ejemplar manuscrito del Manifiesto (Papeles reservados de Fernando VII, tomo 70), aunque pudo llegar allí por cualquier otro conducto, por la policía, por ejemplo.






Continúa el propio don Federico Suárez en la defensa de un punto de vista clave en este sentido, y es que a entender del mismo, lo que antecede puede significar que lo que se tramaba era, no indisponer a Fernando VII con el Infante don Carlos María Isidro, como han pretendido algunos, sino algo más grave, es decir, presentar al Infante como conspirador contra el Rey su hermano y descartarlo por este delito (el de traición) del derecho de sucesión al Trono. Hay, pues, respecto de la apreciación del Manifiesto, dos posiciones opuestas: la de la historiografía liberal, modernamente recogida por Villaurrutia y la de la tradición realista —o carlista, si se quiere—, que hacen suya los autores citados. Por lo que unos y otros escriben parece que no se ha tomado en consideración el contenido del Manifiesto, ni su conexión con los hechos posteriores Por otra parte, desde 1932 y gracias a la diligencia de Juan Moneva y Puyol, nos son conocidos los apuntes que Llorente, hombre de la confianza del general Espoz y Mina, escribió relatando extensamente la conspiración de los emigrados y su influencia en España en 1826. Sobre este último apunte en concreto, nos referimos a el extenso manuscrito que con el título de El eneral Espoz y Mina en londres desde el año 1824 al de 1829 que redactó don Manuel Llorente, doceañista, diputado en las Cortes de 1820, compañero de emigración del General Mina y uno de sus hombres de confianza, como ya hemos dicho. Llorente pudo utilizar gran cantidad de documentos y su escrito resiste toda crítica, estando además confirmado por documentos de distinta fuente que Puyol no utilizó, si es que tuvo conocimiento de ellos.




No cabe ninguna duda de que ya desde 1824, el liberalismo español ya había empezado a pensar en la disposición no tanto de medios políticos, sino económicos, esperando la salida de los franceses de Cádiz que habían llegado con Angulema, para efectuar un levantamiento contra el poder estblecido, pero la imposibilidad de medios económicos y la tardanza de los franceses en salir de España, dejaron este asunto en un punto muerto, en espera de mejores circunstancias, lo que no quiere decir es que no se intentará por otros medios conspiratorios como al que hemos aludido. Así lo demuestra un documento redactado al respecto y que se apoya en la situación que se vive a finales de 1829, nos habla de que "en 15 de septiembre se propuso que, no siendo posible llevar a efecto la formación de una Comisión central en España, por lo que resultaba de las contestaciones de los comisionados, y no pudiendo tampoco continuar por más tiempo el general a la cabeza de una conspiración cuya realización ofrecía cada día más 'imposibilidades; y visto también el estado casi de disolución en que a la sazón se hallaban las comisiones, se hiciese saber a los comisionados que el general suspendía por entonces los trabajos para la revolución, ínterin no obtuviese los caudales suficientes para emprenderla; y, a su virtud, se circuló sexta manifestación a los comisionados; Finalmente, y en 15 de octubre del mismo año de 1829, manifestó la reunión que, mediante a haberse suspendido los trabajos preparatorios y a haber cesado la correspondencia, consideraba concluido su objeto, retirándose sus individuos y estando prontos en cualquiera otra ocasión en que variasen las circunstancias a concurrir de nuevo con sus servicios, proponiendo, a su consecuencia, que se hiciese saber así a los señores Valdés (D. Cayetano), Arguelles y Gil de la Cuadra, y que se formase un acta breve que explicase en compendio la serie de los trabajos, dando un tanto de ella a cada individuo para su satisfacción; que se hiciese un escrutinio de papeles para inutilizar los que no se conceptuasen neoesarios, o devolverse, recíprocamente,
aquellos en que se considerase conveniente hacerlo; y, por último, que para el mes próximo, o a la mayor brevedad posible, hubiese de quedar definitivamente arreglado todo lo referido. Lo cual habiendo tenido su debido efecto, se extendió, a su virtud, la presente.




Londres, 15 de diciembre de 1829.
El general Mina convino en un todo con la propuesta de 15
de octubre, y, en su vista, tuvo lugar la redacción de la antecedente
acta, la que se le remitió, a fin de que examinase si se hallaban
conformes los particulares que relaciona con las anotaciones
que pudiese tener en su poder, a fin de enmendarla o alterarla
en la parte que careciese de la debida exactitud, para que, de
común acuerdo, pudiese el general firmarla con los demás de la
reunión.
En 15 de enero de 1830 contestó el general, por medio del
señor Aldas, que habiendo reflexionado más detenidamente acerca
de la redacción de la antecedente acta, a fin de que cada uno
de los individuos de la reunión tuviese un tanto de ella, la que
también el general deberla firmar en dicho caso, y en lo cual hallaba
varios inconvenientes, no tenía por oportuno el que se llevase
a efecto por su parte la determinación acordada acerca de
este particular en 15 de agosto próximo anterior, y que devolvía
el borrador del acta que se había remitido.
Se le contestó que la reunión quedaba enterada de su deliberación
y disuelta en aquel mismo día.
Así se verificó, y finalizaron en 15 de enero de 1830 las relaciones
que tuvieron principio en p de marso de 1824. (Nota
de D. Manuel Llórente.)






Todo esto hace que hoy, sea posible llegar a un enjuiciamiento del Manifiesto y a una valoración de su contenido encajándolo en la trama histórica de los años críticos que siguieron a la reacción de 1823 y precedieron a la publicación da la Pragmática de 1830, años que presenciaron el nacimiento del carlismo y fueren, al mismo tiempo, los que prepararen el triunfo del sistema liberal. Si bien es cierto, y no con falta de un razonamiento que deba tenerse en consideración, es posible que estemos hablando de conjeturas, pero hemos creído necesario tener en cuenta aquí este posible debate, en un contexto al que pretendemos llegar de una forma lo más ecuánime posible, para que el lector sea quien habrá las líneas de investigación que crea oportunas, o el erudito quien las valore, la opinión, es un dato también a tener en cuenta.






Anteriormente, se ha mencionado el convencimiento de los moderados realistas de la necesidad de llegar a acuerdos con los liberales más moderados con la finalidad de formar gobiernos templados, y este dato no desmerece nuestra atención, ya que podemos hablar no de dos tendencias del realismo absolutista, si no, y siguiendo a los trabajos de un sabio en la materia como don Federico Suárez Verdeguer, o incluso José Luis Varela, añadir una tercera vía de división en un triple esquema de tendencias ideológicas en el que nos encontramos a los Conservadores, a los Innovadores y a los Renovadores. Los primeros, llamados Conservadores, se sentían plenamente satisfechos en un principio, con la manera y forma de Fernando VII a la hora de continuar de forma rutinaria con la línea plenamente absolutista, posiblemente por falta de ideas y miedo al porvenir, pero no así los llamados Innovadores ni los Renovadores. Los Innovadores, habían sido afrancesados durante el reinado de José I Bonaparte que tenían durante el periodo de las Cortes de Cádiz una posición más incisiva, pero los renovadores a los que las fuentes llaman realistas, si bien, moderados, que tampoco estaban de acuerdo con el Régimen imperante en 1808, ya habían presentado al monarca un programa de tradición evolutiva en 1814 plasmado en el Manifiesto de los Persas cuyo objetivo no era sólo la reinstauración del absolutismo, sino que partiendo de la tradición de la política española, proponen reformas políticas, administrativas y sociales, no limitándose simplemente a rechazar la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812, y cuyo manifiesto, utilizó Fernando VII como base para llevar a cabo la restauración del absolutismo, pero a su manera, ya que había prometido cumplir, pero no había cumplido.