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Tema: El manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de Enero de 1932 (Francisco López-Sanz)

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    El manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de Enero de 1932 (Francisco López-Sanz)

    Fuente: Montejurra, Número 23, 1967, páginas 18 – 20.


    DATOS Y HECHOS PARA LA VERDAD Y LA HISTORIA

    El manifiesto de Don Alfonso Carlos del 6 de enero de 1932 y el matute que “metieron” en él

    Por Francisco López-Sanz



    En este mes de enero, en la fiesta de la Epifanía, vienen siempre los Reyes, los Santos Reyes, los egregios Soberanos de la Monarquía más antigua, de la más representativa, de la más popular. Por eso nosotros, los carlistas, celebramos en esa fecha, año tras año, desde lejanos tiempos, la fiesta de la Monarquía tradicional, que fue la nuestra, la española, y que nada tuvo que ver con la Monarquía liberal que significó la revolución como producto del liberalismo. La Monarquía tradicional fue la clásicamente española, lo mismo la de los reinos históricos de León, de Castilla, de Aragón, de Navarra, que la que con todos estos unidos, con sus peculiaridades o variedades forales, constituyeron la gran unidad bajo el cetro poderoso de Fernando el Católico.

    Y cuando la revolución y la usurpación del liberalismo imponen su monarquía, la de las ideas de los afrancesados, la de las Cortes de Cádiz y la rebelión de 1820, la femenina de 1833, que irá de tumbo en tumbo para legar la triste gloria de un siglo de decadencia y revolución antirreligiosa y antimonárquica, tras sucesivos destronamientos de unos reyes que así lo quisieron porque, como Alfonso XII, afirmaron que eran «liberales como su siglo», la Monarquía católica y tradicional estuvo encarnada en el Carlismo y en sus Reyes. Éstos fueron sus legítimos abanderados. Los que doblaban la rodilla ante Dios y, como el Rey San Fernando, podían gustar en llamarse «servidor y caballero de Cristo». Y decían, como nuestro Carlos VII: «Yo no soy liberal, pero puedo y quiero ser el Rey de la Libertad». «Antes de entrar en la pelea, como Rey católico he implorado la bendición de Dios». «En estos tiempos no basta tener fe; es preciso tener el valor de proclamarla».

    Cuán distinto era este lenguaje de un rey católico, del que la revolución sabía que no podía ser su rey, al del que, para serlo, le obligaban a firmar un manifiesto en el que afirmara que era «liberal como su siglo». Es decir, que aceptaba todas las agresividades del liberalismo contra Dios, contra la Iglesia, contra el Papa, contra la unidad católica, contra todo lo antiliberal que era todo lo católico. Por eso, los Reyes Carlistas fueron los Reyes católicos por antonomasia, los legítimos Soberanos de la Monarquía Tradicional, antítesis de la Monarquía liberal, como ésta de aquélla, porque la institución liberal fue el instrumento de la revolución, y sus reyes y su monarquía, como lo confesó bastante cínicamente el revolucionario Luis Felipe, «rey de los franceses», el «puente para la República». Así les fue. Por eso no deja de tener gracia que ahora, sus sucesores, hablen sin ruborizarse de la Monarquía tradicional y, como si se hubieran podido sacudir sus antecedentes, hasta se atrevan a considerarse sus representantes…

    Y como la Monarquía cristiana, según Vázquez de Mella, «nació en un acto de adoración en el portal de Belén al Rey de los Reyes, postrado en torno de míseras pajas para que la humildad y la autoridad marchasen siempre juntas, como una virtud sirviendo de pedestal a un derecho», los carlistas conmemoramos siempre la fiesta de Reyes como la de la Monarquía tradicional, católica y representativa; como la exaltación cálida y entusiasta de la Realeza cristiana. Y en un día de Reyes de 1932, don Alfonso Carlos de Borbón, el bondadoso Rey zuavo que había recogido la bandera y heredado el derecho –a la muerte, tres meses antes, de su sobrino don Jaime de Borbón, el Príncipe animoso e ídolo de nuestros tiempos jóvenes–, publicó su primer manifiesto como Soberano y Abanderado de la Comunión Católico-Monárquica. Quiso que fuese en esa festividad, en esa fecha conmemorativa de la Monarquía Tradicional, que mantenía levantada su bandera, la única, frente a la República anticristiana, producto natural y heredera de la usurpadora y fugitiva Monarquía liberal…


    EXTRAÑA CONDOLENCIA POR EL SECUESTRO DE LOS BIENES DEL ÚLTIMO SOBERANO DE LA MONARQUÍA LIBERAL, LA QUE DESPOJÓ DE LOS SUYOS A LOS REYES CARLISTAS, DESPUÉS DE HABERLES USURPADO LA CORONA

    Me he referido al manifiesto de Don Alfonso Carlos para aclarar conceptos y desvirtuar maniobras y supercherías en donde la delicadeza brilla por su ausencia. Y para proclamar la verdad y dejar la Historia en su sitio. Sobre todo con documentos que ya son históricos. Pocos son los que saben estas cosas porque los que las tejieron han desaparecido –salvo alguna excepción– y el tiempo hace olvidarlas demasiado pronto. Pero las recordamos los que, gracias a Dios, tenemos buena memoria. Y como «los que se fueron al otro lado», pretendiendo, además, que se llevaban la Tradición y el Derecho, la doctrina y la legitimidad, que fue lo mismo que dijeron siempre todos los desertores, desde Maroto y Cabrera –por citar a dos actores de categoría–, han utilizado ese manifiesto del 6 de enero de 1932, con reiteración, y lo siguen utilizando hasta el cansancio, creo que es hora ya de romper el silencio y de acabar con la farsa de los que sostienen que la escisión dinástica terminó porque don Alfonso Carlos proclamó por sucesor a Don Alfonso de Borbón, el del 14 de abril…

    En aquel Manifiesto, magníficamente hecho, que denunciaba una mano experta y un temple bien saturado de espíritu carlista, se advertían, sin embargo, unas adherencias disonantes que tenían que encrespar a los hombres del Carlismo y decir que NO con firmeza rotunda en la negativa. Tales adherencias inarmónicas parecían descarados o audaces polizones que se habían colado en la nave para producir un efecto contrario a lo que se propuso el encargado de la redacción de aquel documento regio. Como que «El Pensamiento Navarro» no lo publicó porque era muy fuerte, sin tener a mano un vomitivo, tragarse aquella conclusión final, insólita e inaceptable a todas luces, que ni el Rey la podía hacer por carecer de facultades para ello –aunque a los demócratas del liberalismo les pareciese bien– ni los carlistas la habían de aceptar ni tolerar. Por su modo de ser, por defensores íntegros de la doctrina tradicionalista, por enemigos del absolutismo y del cesarismo, por amantes de la verdadera libertad, aunque los necios de la democracia les tacharan siempre de serviles… Ya lo había dicho Aparisi y Guijarro: «Porque amo la libertad, aborrezco al liberalismo».

    En el Manifiesto primero de Don Alfonso Carlos, en el párrafo cuarto, que encierra las protestas contra las violencias y atropellos de la República, se lee: «Y protesto también contra todos los agravios que, comenzando por la inicua acusación a mi muy amado sobrino Alfonso y secuestro de sus bienes particulares y los de las personas de su familia». Era un tanto extraño que la primera vez que el augusto hermano del Rey Carlos VII se dirigía como Soberano a sus leales, al pueblo carlista, por grande que fuera su bondad –que ya sabemos que lo era– sintiera aquella preocupación por el secuestro de los bienes del representante de una Monarquía liberal que despojó de los suyos a los Reyes carlistas después de haberles usurpado la Corona y de perseguirles con su inquina anticarlista, de la que no se vio libre ni la egregia madre de Alfonso XIII, que era carlista en Austria cuando no había pensado en que un día vendría a ocupar el Palacio de Oriente…

    Pero si esto es extraño y forma parte de las «adherencias» a que antes me he referido, lo que es inadmisible y no hay quien lo digiera –mucho menos en aquellos días– por impropio de un rey carlista del que parecía que se había abusado –como se abusó un siglo antes de Fernando VII– era este «colgante», y no de oro de ley, que aparecía como definitivo al final del Manifiesto: «Mi misión es obra de paz y de concordia. A todos llamo, muy especialmente, y en primer término, a mi muy amado sobrino Alfonso, en quien a mi muerte y por rigurosa aplicación estricta de la ley, habrán de consolidarse mis derechos, aceptando aquellos principios fundamentales que en nuestro régimen tradicional se han exigido a todos los reyes con anteposición de derechos personales».

    Éste es el párrafo al que como argumento aplastante echan mano todos los fugitivos del Carlismo, los que sólo estuvieron en él como de tránsito, y los que han hablado alegremente del «noble final de la escisión dinástica», con el mismo poder que aquel optimista que acordó que no nevaría después del 2 de febrero, fiesta de la Purificación. Porque ya han visto que no ha habido tal «noble final», aunque no hayan sido tan nobles ni los argumentos ni los procedimientos. Porque ese párrafo que tanto lo están resobando los esforzados paladines del «juanismo», como el anterior, no son debidos al que redactó el hermoso Manifiesto. Se los incrustaron en él sin darle cuenta, y abusando de la bondad y de la ancianidad de Don Alfonso Carlos, los que a todo trance, como si desconocieran el corazón de los carlistas, tenían prisa por llevarles al reconocimiento del solitario Don Alfonso, el del 14 de abril, que no contaba con quien le acompañara y había confesado poco antes que no se podía fiar de nadie de los suyos…


    LOS MANIFIESTOS IMPORTANTES DE NUESTROS REYES Y SUS AUTORES, DESDE CARLOS VI AL DUQUE DE SAN JAIME

    Los manifiestos importantes de nuestros Reyes fueron redactados, –o intervinieron en su redacción–, por personas eminentes del Tradicionalismo, de acuerdo con la doctrina política del Carlismo y del pensamiento de sus Soberanos. El ilustre filósofo y escritor polémico, Jaime Balmes, aunque no figuraba materialmente en el Carlismo, pero sí moralmente porque conocía su fuerza popular, el peso católico y monárquico de su doctrina y sabía que sin él la Monarquía isabelina sería barrida por la revolución para dolor de España, fue el que intervino para la abdicación del fundador de la dinastía carlista, Carlos V, en favor de su hijo Carlos VI, que entonces tenía veintisiete años, y el autor de su primer manifiesto, aquel manifiesto conciliador, porque Balmes, noblemente, buscaba poner epílogo a las discordias civiles por medio del matrimonio del Conde de Montemolín (Carlos VI) con su prima Doña Isabel, «unir la tradición y la revolución arrepentida», según sus palabras. Noble sueño que no agradó a los carlistas que estaban en Francia al lado de Carlos V, pero que enfureció a los liberales, almacenistas de sectarismo, distinguiéndose en ello el violento Jefe del Gobierno, general Narváez, conocido por el «Espadón de Loja».

    En los días tristes de las veleidades y trasnochado liberalismo de Don Juan de Borbón, el rey que se apartó de la doctrina y fue destronado por el Carlismo –gran ejemplo de los tachados de absolutistas–, el magnífico documento «Carta a los españoles» que dirigió la Princesa de Beira, María Teresa de Braganza, en su papel de Regente, como viuda de Carlos V, fue un manifiesto redactado por don Pedro de la Hoz, escritor y director de «La Esperanza», el veterano diario carlista y casi único en aquel tiempo, y por el obispo de la Seo de Urgel, don José Caixal y Estradé, que durante la última guerra carlista desempeñó el cargo de Vicario General Castrense, y, hasta 1875 en que volvió a su sede, estuvo en Navarra y en otras plazas del pequeño Reino carlista donde se aclamaba a Carlos VII.

    La primera Carta-Manifiesto del Duque de Madrid, el 30 de junio de 1869, dirigida a su hermano don Alfonso Carlos, excelente programa de Gobierno, fue obra del insigne y santo patricio valenciano, Aparisi y Guijarro. Y el famoso Manifiesto de Morentin, del 16 de julio de 1874, veinte días después de la victoriosa batalla de Abárzuza, que fue el pretexto para la escisión nocedalina, lo que se llamó «el integrismo», y que los escrúpulos de don Ramón Nocedal, condenando el documento por herético, tardaron catorce años en hacer el descubrimiento de que Carlos VII se había liberalizado, fue redactado por el batallador periodista y escritor aragonés, Valentín Gómez, carlista fogoso entonces, pero poco después cambió de aires porque la consecuencia no es patrimonio de todos los hombres. Y vamos con el manifiesto de don Alfonso Carlos del 6 de enero de 1932.


    EN LOS DÍAS DE PERSEGUIDO Y CONFINADO POR LA REPÚBLICA, DON ESTEBAN BILBAO REDACTÓ EL QUE HABÍA DE SER PRIMER MANIFIESTO DE DON ALFONSO CARLOS COMO REY. PERO, ¿QUIÉN FUE EL QUE LO ALTERÓ?

    En diciembre de 1931, el varias veces diputado carlista, figura sobresaliente en la Comunión Tradicionalista y orador elocuentísimo, don Esteban Bilbao y Eguía, estaba confinado en Navia de Suarna, una aldea de Lugo, oculta, alejada e incómoda, donde sin razón alguna y sin saber por qué le habían alojado la libertad de la República y la democracia del venenoso de su ministro de la Gobernación, Casares Quiroga. En aquel destierro se presentó un día una persona de Bilbao que llevaba para don Esteban el encargo de otra personalidad para que inmediatamente redactara un manifiesto que había de publicar don Alfonso Carlos el próximo día 6 de enero, que no estaba muy lejano. El hoy marqués de Bilbao y Eguía, se sorprendió por aquella comisión y alegó que no tenía allí a mano nada de lo que abundaba en su biblioteca para hacer una cosa como se le exigía, pero como tampoco lo necesitaba porque le sobraba talento para cumplir aquella misión, se sentó a la mesa y la misma noche redactó el que había de ser primer documento doctrinal del anciano Rey de la Tradición. Y cuando lo terminó, el emisario bilbaíno regresó con las cuartillas escritas a la capital de Vizcaya y don Esteban quedó disfrutando de aquel aguinaldo con que le había obsequiado para una temporada el sádico ministro de la democrática República.

    Se publicó el manifiesto, pero no tal como salió de la pluma de quien lo redactó, –que fue el primer sorprendido–, sino con las adherencias de aquella especie de contrabando, con el matute que hubo interés en «colar» por los desaprensivos que, irrespetuosamente, tuvieron mucha prisa y poca delicadeza para hacerle afirmar a Don Alfonso Carlos lo que ni particularmente, ni menos como Rey, heredero y sucesor de su hermano Carlos VII y de su sobrino, Don Jaime de Borbón, podía decir: que a su muerte heredaría sus derechos «por rigurosa aplicación estricta de la ley», «mi muy amado sobrino Alfonso».

    Eran días de aplanamiento y dolor en España por aquel huracán de irreligiosidad y de persecución desatado por el Gobierno de la República, presidido por el ateneísta Azaña, que con sus desafueros poblaba los Círculos Carlistas y creaba otros nuevos, únicos baluartes de la resistencia antirrepublicana, y por eso no se dio demasiada importancia a la faena indelicada de los «alfonsistas», sin que dejase de manifestarse la indignación que produjo en los carlistas aquel proyecto de desemboque que se pretendía dar a la Comunión a la muerte del Rey. Recuerdo que un día, yo pregunté a una distinguida personalidad, ya desaparecida, quién había hecho aquel manifiesto, porque entonces lo ignoraba, y me dijo: «Lo hizo don Esteban Bilbao». Me callé, pero años después supe toda la verdad y conocí la maniobra en donde estuvo ausente la nobleza, como lo estuvo en la usurpación de 1833, cambiando arbitrariamente el derecho de sucesión, y en el traidor abrazo de Vergara…


    * * *


    Con tan poca delicadeza, con tal alivio de escrúpulos y con tan reiterada inclinación a apartarse de la verdad, debilidad vieja en el liberalismo y, naturalmente, muy liberal, se ha utilizado del manifiesto de Don Alfonso Carlos del 6 de enero de 1932, precisamente lo falso, lo antitradicional y antitradicionalista, lo incrustado en las sombras y alevosamente –se ha utilizado y se sigue utilizando– que no hay más remedio que salir al paso de la falsedad porque la honradez así lo exige, lo mismo que la verdad y que la Historia. Desde luego no hubiera surtido ningún efecto la afirmación que parecía hecha por don Alfonso Carlos si hubiese sido cosa suya por un sentimentalismo propio de las circunstancias y una debilidad también propia de la edad. Porque, como he dicho, el Rey no podía establecer por su cuenta una sucesión arbitraria sin que, los tachados de absolutistas –por los demócratas alfonsinos, que les parecía de perlas la faena– nos calláramos y aceptásemos mansamente una disposición cesarista, reconociendo derechos a la Monarquía usurpadora que careció de legitimidad de origen y por su liberalismo no obtuvo jamás la legitimidad de ejercicio…


    UNA CARTA DE DON ALFONSO CARLOS DESCUBRIENDO LA SUPERCHERÍA «ALFONSISTA», POLIZÓN PERTURBADOR, COLADO ARTERAMENTE EN LA HERMOSA NAVE DEL MANIFIESTO PARA PRODUCIRLE CONFUSIÓN Y DAÑO.

    A los tres meses del democrático y archirrepublicano confinamiento de los perversos corifeos de la libertad, pudo regresar a su hogar el ilustre prócer del Carlismo, don Esteban Bilbao, y cuando el invierno se acercaba a su fin para dar paso a la primavera, le fue entregada en mano una carta del Rey, traída personalmente por un emisario para evitar trabajo a los esbirros encargados del alto servicio de registrar la correspondencia. El augusto mensaje decía así:


    «9 de marzo de 1932.

    »Mi querido Bilbao: Con verdadero placer he sabido ha terminado tu destierro y estás ya en tu casa rodeado de los tuyos.

    »En dos ocasiones pensé en escribirte, pero el temor de agravar tu situación me hicieron desistir de mi deseo, y aún hoy no me atrevo a dirigirte directamente esta carta y lo hago por segunda persona. Recibe mi entusiasta felicitación por haber merecido persecución por la justicia.

    »El hermoso manifiesto que por mediación de Zuazola me remitiste, lo encontré admirable e inspirado en doctrina tradicional todo él. HABRÁS OBSERVADO ALGUNA PEQUEÑA VARIACIÓN, QUE AFECTA POCO AL CUERPO DEL ESCRITO, Y LAS DOS ADICIONES NOMBRANDO A MI SOBRINO, QUE NO HA DE EXTRAÑARME OMITIERAS, máxime estando como estabas imposibilitado para consultarme. Ha sido en suma un trabajo como tuyo y por el que te doy expresivas gracias.

    »No me atrevo a extenderme en consideraciones sobre este punto esperando llegará día en que pueda hacerlo verbalmente.

    »Nieves me encarga una al mío su cariñoso saludo que harás extensivo a tu señora, y te queda muy agradecido, tu afectísimo, ALFONSO CARLOS».


    El documento era autógrafo, con la letra inconfundible del anciano Duque de San Jaime, en el cual, con su laudable concisión, le decía al autor del manifiesto que éste era «admirable, e inspirado en doctrina tradicional todo él» y le hablaba de «las dos adiciones nombrando a mi sobrino». Lo único discordante y antitradicional, el matute que indelicadamente se introdujo entre la bondad, la belleza y las afirmaciones doctrinales y tradicionalistas del conjunto de aquel documento. Matute que, aun abusando del buen corazón del Rey Alfonso Carlos, no había de pasar, ni muchísimo menos, de la aduana vigilante y escrupulosa del Carlismo.

    ¿Las veían venir los matuteros pensando en que podían prestar un servicio el día de mañana a la Monarquía fugitiva del 14 de abril, fugitiva y sin ningún acompañamiento, cuyo titular confesaría tristemente después que se fiaría mejor de los carlistas que de los suyos porque de éstos, dijo, «no puedo fiarme de nadie»? Los que al cabo de treinta y cinco años siguen terca y torpemente haciéndose los locos y echando mano como argumento de fuerza positiva y definitivo a lo que le hicieron decir a Don Alfonso Carlos, y los que lo han utilizado como razón potísima para la deserción, aunque la soledad les acompañe, ya saben cómo se escribió de mano maestra el manifiesto del 6 de enero y cómo se adulteró por mano siniestra, sin respeto para el Rey al que se le hizo decir lo que no podía hacer, como a Fernando VII, en trance de muerte, se le obligó a firmar lo que de grado no deseó, contra su voluntad y su conciencia.

    Desde luego, los carlistas no se tragaron el paquete y no hicieron caso de ello, atentos a la lucha contra la República, pero ante tanta garrulería e insistencia en la falsedad de los que nunca les ha disgustado ésta, al cabo de tantos años, era menester recordar y descubrir la maniobra dejando las cosas en su sitio. Aunque a los falsificadores de la Historia no les guste. Es mucho aguantar la superchería durante tantos años. La verdad y la justicia exigían levantar el velo y romper el silencio para poner sordina a la algarabía de los que todavía alborotan con lo que dicen… que dijo Don Alfonso Carlos…
    Última edición por Martin Ant; 04/06/2018 a las 16:29

  2. #2
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    Re: El manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de Enero de 1932 (Francisco López-Sanz)

    »El hermoso manifiesto que por mediación de Zuazola me remitiste, lo encontré admirable e inspirado en doctrina tradicional todo él. HABRÁS OBSERVADO ALGUNA PEQUEÑA VARIACIÓN, QUE AFECTA POCO AL CUERPO DEL ESCRITO, Y LAS DOS ADICIONES NOMBRANDO A MI SOBRINO, QUE NO HA DE EXTRAÑARME OMITIERAS, máxime estando como estabas imposibilitado para consultarme. Ha sido en suma un trabajo como tuyo y por el que te doy expresivas gracias.
    Es decir, que el Rey Don Alfonso Carlos, en efecto, reconoce en aquél manifiesto redactado por Esteban de Bilbao a Alfonso XIII como su sobrino y sucesor; quejándose de las expropiaciones que le hace el Estado a dicho familiar. Y es más, que Esteban de Bilbao en la redacción original recibió el encargo de exponerlo así, pero no lo hizo por estar desterrado y temer las represalias del Gobierno de la República; por lo que hubo de añadirse aquella parte después en Francia, con la aquiescencia de Don Alfonso Carlos.

    ¿Dónde está el "matute" y la trampa? ¿A qué tanta historia y tanta retórica?. La historia es lo que es, punto.

    Pues queda escrito.
    Última edición por DOBLE AGUILA; 06/06/2018 a las 16:50

  3. #3
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    Re: El manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de Enero de 1932 (Francisco López-Sanz)

    DOBLE AGUILA, como usted bien sabe, los errores cometidos por Don Alfonso Carlos en 1931-1934 en sus ecumenismos o entendimientos con el alfonsismo fueron causa de la disidencia del grupúsculo organizado en torno al periódico madrileño El Cruzado Español (que sería el germen del posterior movimiento octavista, aunque ésta es otra historia).

    Le hago la siguiente pregunta:

    ¿Se pueden considerar esos errores de Don Alfonso Carlos como errores cometidos DE BUENA FE? ¿No demostraría precisamente EL ACTO POSITIVO de su rectificación posterior, iniciada a partir de 1934, el carácter DE BUENA FE de esos errores iniciales del ya octogenario Rey?

  4. #4
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    Re: El manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de Enero de 1932 (Francisco López-Sanz)

    ¿Se pueden considerar esos errores de Don Alfonso Carlos como errores cometidos DE BUENA FE? ¿No demostraría precisamente EL ACTO POSITIVO de su rectificación posterior, iniciada a partir de 1934, el carácter DE BUENA FE de esos errores iniciales del ya octogenario Rey?
    Pues respondiendo a tu pregunta, tengo que decir que errores los cometemos todos; se tenga sangre real o no. Yo por supuesto, en ningún momento afirmo que Don Alfonso Carlos obrara de mala fe (ni muchísimo menos) me limito exclusivamente a denunciar que lo de "matute" (fraude o engaño) dicho por el autor del artículo, sobra; y toda la disertación es un intento infructuoso y fastidioso de presentarlo así.

    Alfonso Carlos, en 1932 era persona en perfectas condiciones psicofísicas y además dotado de una gran energía y determinación a pesar de su edad avanzada (sobre todo para la época). Quedó demostrado después, en 1936; cuando participó en la preparación del Alzamiento hasta que le sobrevino el desgraciado accidente.

    Por otra parte, me extrañaría mucho que se dejara influenciar por los "cruzadistas"; con los que, como es sabido, nunca tuvo sintonía llegando incluso a un fuerte encontronazo con ellos. Todo lo dicho, a pesar de que en efecto estos últimos apoyaran como sucesor a un sobrino suyo carnal, hijo de su hermana: Don Carlos de Habsburgo-Lorena y Borbón.
    Última edición por DOBLE AGUILA; 09/06/2018 a las 00:14

  5. #5
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    Re: El manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de Enero de 1932 (Francisco López-Sanz)

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    Me alegra, entonces, que usted haya respondido afirmativamente a mi pregunta, porque de ahí se puede sacar un principio general aplicable a todos los Reyes (o Regentes) de la dinastía legítima española.

    Tal y como decía Fal Conde en su famosísima carta (y siempre de obligada lectura) a Rufino Menéndez (05/05/1972):

    Quizás la diferencia más trascendental entre Comunión y partido es que el Rey puede equivocarse, y de hecho se equivoca, incluso en los mismos principios sustanciales. Pura insensatez y soberbia la de algunos que desposeen nada menos que de la legitimidad al Rey cuando pueden acusarle de algún más o menos grave desliz doctrinal. Antes al contrario, ese es el gran bien de lo dinástico: que los errores de cada titular se pueden corregir, como de hecho se han corregido a veces, en el transcurrir de la sucesión [o también, añado yo, por un ACTO POSITIVO de rectificación posterior del propio titular mismo que cometió el error (o errores) DE BUENA FE]. Exactamente como los pueblos purgan las desviaciones de sus momentáneos extravíos —motines o revoluciones— en la sosegada renovación de generaciones.
    Última edición por Martin Ant; 09/06/2018 a las 09:58

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