
Iniciado por
Villores
Franco no tenía un pelo de ingenuo ni de cándido. En algunas fobias personales era prejuicioso y obcecado, como se pudo ver en el tratamiento dado a la españolísima Casa de Parma; pero sobre todo era escrutador, reflexivo y además poseía un fino sentido gallego-marroquí para salirse siempre con la suya. Lo ingenuo sería pensar que alguién más corto que las mangas de un chaleco pudo torear y engañar a Franco durante casi treinta años, contándo además Franco con un privilegiado servicio de información de todas las actividades antinacionales en las que desde su juventud se prodigó el susodicho y fueron miles las personas muy cercanas que le avisaron cumplidamente de esas actitudes, que ya de por si Franco conocía. En cambio Franco encauzó no pocas de esas acciones. Por ejemplo desde un principio vetó su presencia en los actos del Movimiento Nacional, que en teoría era la organización social y política de la comunión de los españoles en los ideales de la Cruzada. Y usó su figura para las gestiones diplomáticas ante los atlantistas. Precisamente ese era el norte último de la concepción franquista: aliarse con el llamado mundo "libre", es decir las partitocracias de perdición liberales, y para ese fin la única carta que podía usar era la de Juan Carlos por sus poderosos vínculos familiares con la finanza, los mandilones, los poderes ocultos y las "potencias" liberales. Además colateralmente Franco con eso restauraba la (anti)monarquía de los alfonsos, con la que siempre se sintió identificado: Alfonso el llamado XIII fue su padrino de bodas y todos los años asistía a los funerales por su alma. Con esa restauración Franco sabía que se exponía de sobra a lo que ahora tenemos, aunque no lo desease. Existe un documento tremendamente clarividente, reproducido íntegramente en la obra que antes he recomendado a Rodrigo (por Nicus), la Manifestación de los Ideales Tradicionalistas a S.E. el Generalísimo y Jefe del Estado Español. Absolutamente todas las advertencias que ese juicioso documento contiene sobre los peligros de la restauración de la dinastía liberal se fueron cumpliendo con asombrosa exactitud. Esa llamada de alerta constituyó tristemente una crónica de una muerte anunciada.
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