Fuente: Fuerza Nueva, Número 50, 23 de Diciembre de 1967, página 5.
¿OCASIÓN FRUSTRADA?
Por BLAS PIÑAR
Por tres veces consecutivas he titulado mi artículo semanal con una interrogante. Pienso que las interrogaciones responden a una tónica que se va extendiendo por el país. Me gustaría emplear un lenguaje admirativo, no tanto por la sorpresa como por la alabanza, pero tendría que hacerme una violencia estúpida o desviar mi atención hacia temas más frívolos y menos comprometedores. La seriedad que queremos mantenga nuestra revista, y el deseo de recoger un estado de opinión y de sentimientos que a nadie se le oculta, me obliga a reflexionar por escrito sobre la jornada del 14 de diciembre de 1966, en la que el pueblo español, por mayoría tan espectacular como aplastante, aprobó la Ley Orgánica del Estado.
Durante el periodo de tiempo que nace en la fecha indicada y termina en el momento actual, las Cortes Españolas han deliberado y aprobado algunas de las leyes que debían poner en práctica las reformas contenidas en el nuevo Derecho Constitucional. Hay una nueva Cámara legislativa, un nuevo Consejo Nacional del Movimiento y un nuevo Consejo del Reino. Las estructuras remozadas han sido construidas. Pero, ¿basta sólo con eso?
A mi juicio, el apoyo moralmente unánime que los españoles dieron con entusiasmo y esperanza a la Ley Orgánica del Estado, a su espíritu de continuidad renovadora, y a quien la respaldó y luego promulgó, no sólo con su máxima autoridad, sino también con su prestigio indiscutible, demandaban una sustitución de quienes hasta la fecha habían asumido las responsabilidades del Gobierno. Ningún equipo con más avales que el que, por la idoneidad de sus miembros, se hubiera formado entonces, habría capitalizado para su quehacer político, social y económico, tantas y tan alentadoras adhesiones.
Esta opinión, que expuse públicamente en aquella coyuntura, está refrendada ahora por las medidas adoptadas por el propio Gobierno que regía a la nación el 14 de diciembre de 1966. Con el máximo respeto para cada uno de sus componentes, y sin regatear los aciertos logrados por algunos de ellos en su corta gestión ministerial, un honrado contraste de pareceres y una crítica constructiva, leal y colaboradora, me exigen poner de relieve que el Gobierno, como tal, es decir, como cuerpo colegiado, no estuvo en ningún momento, desde el 14 de diciembre pasado hasta la circunstancia presente, a la altura que demandan, cada vez con mayor urgencia, las necesidades y el futuro de la nación.
El “sí” del referéndum llevaba consigo, como necesaria contrapartida, un “no” rotundo a desviaciones y conductas que apuntaban con timidez y que hoy, desgraciadamente, van tomando perspectivas graves. Decíamos, explicando nuestro asentimiento a la Ley Orgánica del Estado, que el mismo implicaba también un no plural a ciertas cosas, aunque preveníamos que la fuerza, tanto positiva como sancionadora de la Ley, no estaba en su articulado, sino en los hombres que más tarde supieran y quisieran aplicarla y desarrollarla.
En este sentido, el “sí” de muchos españoles y, desde luego, el mío, era también un “no”.
“NO” a los rebrotes de indisciplina, de separatismo e insolidaridad.
“NO” enérgico y viril al entreguismo suicida de unos Principios Fundamentales que dieron savia política a la Cruzada.
“NO” a la lucha por el Poder y a su ejercicio, fuera de los cauces marcados por el Movimiento.
“NO” a cuanto por interpretación capciosa o deslealtad haya podido realizarse en los últimos años para difuminar o modificar la filosofía política del Estado nuevo.
“NO” al torpe y creciente centralismo de la Administración, que ahoga la autonomía de las Corporaciones locales, reduciendo a sus gestores a la categoría de correveidiles, capaces de ganar concursos de asiento en los antedespachos ministeriales.
“NO” al abuso de las libertades aprovechadas hasta extremos que no pueden describirse sin bochorno, en un ambiente de lenidad y hasta casi de simpatía hacia los enemigos del Régimen.
“NO” al olvido de los mártires, de los héroes y de los hombres que propugnaron la tradición creadora y la revolución nacional.
“NO” al sistemático e indiscriminado aupamiento de quienes propugnaron las ideas disolventes, pactaron con ellas y fueron moralmente culpables de la sangre vertida y de una situación que puso a España al borde del abismo.
“NO”, en fin, a la quiebra de la unidad católica de la nación, dando a la libertad civil en materia religiosa un alcance que esté en contradicción con la letra y el espíritu de la doctrina conciliar.
Creo que es obvio exponer a los lectores las pruebas concluyentes de cómo la ilusión del pueblo ha quedado en gran parte difuminada ante los acontecimientos de que la prensa nos informa y de que vamos siendo testigos de vista.
De aquí, que sectores cada vez más numerosos de la nación empiecen a considerar que el referéndum del 14 de diciembre de 1966 ha sido una ocasión frustrada, por ligereza o por falta de fe. Algunos aventuran a decir, al juzgar por los resultados, que el referéndum se perdió, o que sus intérpretes han estimado que el sentido del voto tuvo un alcance diametralmente distinto al que el pueblo español quiso darle, sobre todo si se tiene en cuenta la doble campaña de sus enemigos: los que propugnaron la abstención ante las urnas y los que hicieron propaganda para la recluta de los votos en contra.
Lo cierto y verdad es que el efecto político del referéndum duró poco. El adversario supo aguantar el chaparrón, tomar nota de sus errores y rehacer y reconstruir sus esquemas operativos. Mientras tanto, los que tenían la obligación estricta, por razón de su oficio y de su responsabilidad política, de aprovecharlo hasta sus últimas consecuencias, se durmieron plácidamente y siguieron vegetando. Las consecuencias están a la vista. Cronológicamente, el referéndum se celebró hace un año y es, sin duda, una fecha, en el orden jurídico-constitucional, de puesta en marcha. Pero, en el plano espiritual –de la esperanza y del fervor humano–, me parece que ha quedado muy lejos, tan lejos como un clamor entusiasta del que nos llegan sus últimos ecos.
Y, sin embargo, no somos pesimistas. Hay en la nación fuerzas que al percibir los hechos apuntados se hallan dispuestas a reaccionar, a no seguir en la actitud pasiva y desmoralizante de las lamentaciones estériles y de las quejas amargas pero inútiles. El país se conserva sano y sólo falta que la dirección política encuentre su cauce propicio y dé a todos la sensación de que tiene en su poder las riendas y que, por tanto, no se halla a la deriva de los acontecimientos, ni se mantiene por inercia o por el instinto conservador de cuantos repudian la quiebra del orden y la ruptura de una paz tan difícilmente conseguida.
A estas fuerzas sanas de opinión apelamos desde aquí para que rehagan su fe y, sobre todo, para que no se dejen arrastrar por la propaganda que vuelve a presentarnos al Movimiento Nacional como un paréntesis en la vida española, y al franquismo, como se decía no hace mucho en un diario madrileño de la mañana, como un régimen que “exige, per natura, su propia destrucción”. Aunque se intente aclarar el pensamiento con la añadidura de que “el objetivo último del franquismo es llegar lo antes posible a una sociedad desarrollada y democrática”, lo que no puede decirse de ningún modo es que “Franco es el antifranquista más convencido del mundo. E indudablemente el más eficaz”.
Si esta afirmación fuera exacta, los antifranquistas serían seleccionados para cooperar desde los más altos puestos a la aniquilación del franquismo y de cuanto el franquismo ha representado y significa para el futuro, más allá de la vida de un hombre.
Si el franquismo postula por esencia su propia destrucción, y Franco es el antifranquista más convencido, como se sostiene en el diario madrileño de la mañana, estamos asistiendo a un proceso singular y opuesto al que un día quiso intentarse en la Cuba de Castro. Allí dijo alguien, al percibir las inclinaciones comunistas del régimen, que se intentaría llegar a un fidelismo sin Fidel. Aquí, lo que se propone es, precisamente, lo contrario, es decir, un sistema presidido por Franco y rabiosamente antifranquista.
Este suicidio del Movimiento político español sería absurdo. Como lo sería la llamada al enemigo para arrebatar al Movimiento su intrínseca vitalidad. Nosotros nos oponemos no sólo al suicidio, sino también a la eutanasia. Y creemos, con toda sinceridad, que las mismas gentes que votaron “SI” en el referéndum de hace un año se identifican –pese al desconcierto doctrinal sembrado– con una postura sustancialmente análoga a la que aquí se mantiene.
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