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Tema: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

  1. #1
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    En los meses de Otoño e Invierno de 1905-1906 tuvo lugar la gran polémica, en torno a la doctrina del mal menor aplicada a la política, entre Ramón Nocedal y los mestizos (es decir, católico-liberales).

    La cosa terminó cuando el Obispo de Madrid-Alcalá ordenó a Ramón Nocedal que se callara, y éste, como buen ultramontano, acató la orden.

    Sin perjuicio de (D. m.) reunir en el futuro la colección de los artículos de Ramón Nocedal sobre este asunto publicados en El Siglo Futuro, dejo seguidamente los siguientes textos:

    - Un artículo del gran publicista falangista Julián Gil de Sagredo, publicado en Verbo en 1986, en donde se resume muy bien todo el aspecto doctrinal del mal menor en política. Dejo el enlace al artículo, y solamente transcribo el Epílogo del mismo.

    - Un texto del libro Casos de conciencia, de 1886, en el que se resume también toda la doctrina referente al mal menor en política.

    - Una serie de artículos de Eneas en El Correo Español tratando directa o indirectamente sobre el tema.

  2. #2
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Tomado de: FUNDACIÓN SPEIRO

    Fuente: El mal menor y las elecciones, Julián Gil de Sagredo, Verbo, Números 245-246, Mayo-Junio-Julio 1986, páginas 557 – 580.

    El mal menor y las elecciones (Julián Gil de Sagredo, Verbo, 1986).pdf




    Epílogo


    Confirmando la visión política de Ramón Nocedal a la distancia de ochenta años, podemos acreditar por la Historia su sentido profético.

    La política del mal menor seguida por el General Primo de Rivera asociando a su gobierno a los socialistas, provocó el mal mayor que significó la República. La política del mal menor, inspirada en la doctrina de Ángel Herrera, que siguió Gil Robles contemporizando con las fuerzas socialistas cuando pudo definitivamente destruirlas, provocó el mal mayor de la guerra de 1936 a 1939. La política del mal menor seguida por Franco dando entrada en las estructuras del Movimiento a los portavoces de la democracia cristiana liberal, provocó el mal mayor de vaciarlo de contenido, preparando el asalto a su fortaleza. Y la política del mal menor de un gobernante inepto, perjuro, traidor y ambicioso, tendiendo lazos de unión con el socialismo, el comunismo y la masonería, provocó el mal mayor de la hecatombe religiosa, política, social y económica, que hoy estamos presenciando.

    Efectivamente, era cierto lo que decía Ramón Nocedal: La política del mal menor, es la política del mal mayor.


    .
    Última edición por Martin Ant; 05/06/2020 a las 15:20

  3. #3
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: Casos de conciencia acerca del liberalismo. Sacados de la obra escrita en latín por P. V. [Pablo Villada, S. J.], Biblioteca de la Ciencia Cristiana, 1886, Madrid, páginas 251 – 254.




    Como esta idea de evitar el mal mayor se repite con muchísima frecuencia, y no todos suelen invocarla con exactitud, creo oportuno fijar en pocas palabras lo que los moralistas católicos enseñan acerca de este punto, cuidando a la vez de distinguir entre lo cierto y lo dudoso, como se insinuó en los casos sexto y séptimo de la parte primera.

    a) Todos convienen en que a nadie es lícito ejecutar un mal moral menor para evitar, ya en sí, ya en otro, un mal mayor, porque aquel mal, aunque menor, es cosa intrínsecamente mala que nadie por lo mismo puede ejecutar; y así, debe aquí aplicarse, como en otra parte dijimos, estas palabras del Apóstol: “No hagamos males para que vengan bienes”.

    b) Es también cierto que aquél que cómodamente pueda, tanto física como moralmente, impedir que se ejecuten ambos males, el mayor y el menor, está obligado a impedirlos ambos; por eso deberemos impedir, si podemos, que otro blasfeme y robe. Así Pilatos tuvo el deber, por razón de su cargo, de impedir tanto la crucifixión como la flagelación de Nuestro Señor Jesucristo, la cual (la flagelación) le parecía un mal menor, pero con injusticia absoluta lo ejecutó con su inicua sentencia, según lo atestigua la misma Sagrada Escritura.

    c) No hay duda que entre dos males necesarios debe elegirse el menor, o lo que es lo mismo, que entre dos males inevitables, ninguno de los cuales está en nuestra mano evitar, debe permitirse el mal menor, evitando el mayor si puede evitarse, para que no aparezca que hay afecto hacia lo malo, como se dijo en el caso sexto de la parte primera.

    d) Es también de todo punto falso que sea lícito aconsejar un mal menor o cooperar a él en cuanto es malo, porque eso equivaldría a la aprobación, siempre prohibida, de la acción moral mala, o del pecado, que es lo mismo.

    e) Disputan los Doctores si es lícito, y de qué modo, aconsejar un mal menor, aprobarlo o cooperar a él, no en cuanto es malo, sino precisamente en cuanto esa cooperación tiende a lo menos malo, o en cuanto procura el bien relativo; sobre esto, consúltese a La Croix, lib. II, n.º 222; ya tratamos bastante de ello en la primera parte, casos sexto y séptimo, acerca de las elecciones políticas y del oficio de diputado.

    f) También puede cuestionarse sobre la apreciación del verdadero mal mayor, como indicamos en el caso séptimo. Así, algunos parece que tienen por mal mayor aquella horrenda, pero temporal destrucción, que ha solido seguirse al triunfo político de los demagogos, y a esa horrenda destrucción la llaman mal mayor, relativamente al estado de la sociedad dirigida por Gobiernos liberales moderados, estado en el cual, aunque los mayores males cunden libremente, sin embargo, se conserva el orden material, origen también de grandes bienes, aun morales. Otros, por el contrario, creen que este último estado debe ser tenido por mal mucho mayor que el primero. Y no les falta razón, porque la magnitud del mal ha de medirse en vista de todas las circunstancias de duración, intensidad, influencia en los otros males, impedimentos u obstáculos que se pongan a otros bienes, etc., de suerte que debe tenerse por mayor aquel mal que acarree en toda su amplitud mayores peligros a las almas, y que mayor gloria externa robe a Dios Nuestro Señor.

    Esto supuesto, parece evidente que el último mal arriba expuesto es mucho más grave que el primero, porque es por su naturaleza más duradero, aunque menos intenso en cada momento, porque destruye con más seguridad el orden moral bajo la apariencia del orden material, apagando poco a poco la energía de la voluntad para pelear contra los vicios, adormeciendo con una insensata indiferencia el celo de la Religión y la reacción, como ahora se dice, y disminuye más y más los actos heroicos de las virtudes, que son las que principalmente dan mucha gloria a Dios, y pervierte, con grande estrago de las almas, las ideas puras y sanas, de donde se sigue necesariamente la corrupción de las costumbres. Esta enfermedad lenta que invade el cuerpo social, irá corrompiendo, de seguro, como tisis maligna, las entrañas de la sociedad. Durante aquella momentánea destrucción, o como suele decirse, enfermedad aguda, la sociedad podrá acaso perecer; más podrá también por ventura sanar arrojando fuera los humores pútridos, y tomando nuevas fuerzas el cuerpo social. Esto se ha dicho, no para que uno piense que le es lícito procurar aquel caos, alentado por la esperanza de procurar los bienes que pudieran resultar de tan infausta ocasión, que es un mal, sino para que, por temor a esta tristísima calamidad, nadie se mueva a fomentar o consolidar el régimen liberal, como si esto no fuera un mal mayor que aquello. Aunque se diese por supuesto, lo que es falso, que no se puede esperar la restauración íntegra de la política cristiana, la misma resistencia pasiva que los sinceros católicos oponen a todo Gobierno liberal dentro de los límites de lo lícito, es un bien muy grande que no debe perderse de vista, puesto que guarda incólume el depósito de la verdad que os librará, la cual es inmutable e intransigente por su naturaleza, conserva enteros e incontaminados los ánimos, y, por lo mismo, dispuestos con gran gloria de Dios al ejercicio de las virtudes aun heroicas, y ejerce con el ejemplo y las obras gran influencia y muy saludable en la misma sociedad.

    Por último, debe observarse que estos actos heroicos, aunque muchas veces no obligan, pero de ordinario son lícitos y muy laudables, sobre todo en estos tiempos de virtud raquítica, y sólo por ciertas circunstancias deben alguna vez omitirse por la ruina de muchas almas apocadas, a quienes por ventura pudiera escandalizarse entonces, como enseñan los doctores al tratar de la presentación espontánea al tirano por confesar la fe. Véase a Gutiérrez, Hurtado, sobre la proposición 18 de Inocencio XI, con Suárez, Pal., San Agustín, etc., allí citados.

  4. #4
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: El Correo Español, 13 de Diciembre de 1905, página 1.



    Sobre el mal menor


    Días atrás, al reproducir un artículo de los muchos y buenos que ha escrito nuestro excelente amigo D. Víctor Pradera, prometíamos hablar algo también por nuestra cuenta sobre esa interesante cuestión, suscitada con motivo de las elecciones municipales, y que es la cuestión eterna de la acción de los católicos en las presentes circunstancias.

    Vamos ahora a cumplir nuestra promesa; pero antes, bueno será enterar a los lectores de lo ocurrido e informales de lo que, con los debidos respetos, podía llamarse zalagarda católica, planteada y desarrollada en periódicos y revistas que a la política católica y aun a la dirección de las conciencias se dedican.

    Tuvo la cuestión su origen en un famoso artículo del P. Minteguiaga S. J. en la revista Razón y Fe. En vista de las elecciones municipales y del avance de las hordas republicanas en los Municipios, y de que donde esos señores se apoderan de ellos empiezan por manifestar su hostilidad a la Religión y su anticlericalismo, declarándolos enteramente laicos y retirando la representación y subvención del Concejo a las procesiones y fiestas católicas tradicionales, al P. Minteguiaga se le ocurrió que los católicos podían evitar este mal yendo a las urnas y presentando, frente a los radicales, candidatos católicos y buenos. Hasta aquí, la cosa no tenía nada de particular; porque es de sentido común que los católicos trabajen, que no se duerman, como dijo Mella, «en la almohada de la pereza», y que favorezcan a los suyos. Pero es el caso que puede haber, y hay, localidades en que, por falta de preparación católica, por falta de voluntad, o por sobra de trampas en el sistema parlamentario, no se presenta o no se puede presentar ningún católico, y la lucha se circunscribe a dos liberales, a dos malos, a dos indignos. En ese caso, el P. Minteguiaga resolvía la cuestión del mismo modo que mucho tiempo antes la había resuelto el P. Muiños al hablar de la famosa fórmula de unión de los católicos [1]. Parecía de sentido común y una fórmula aceptada, unánimemente e indiscutiblemente aceptada por todos, la de que la unión debía hacerse de católicos exclusivamente, entre todos y solos los católicos, pero de ninguna manera unión de católicos con liberales. Contra semejante proyecto de unión clamó en su tiempo el difunto Obispo de Daulia, reproduciendo aquella frase del Apóstol: “¡Oh insensati Galateae! ¿Quis vos facinavit?

    Pues no, señor: el P. Muiños, con una valentía y un desenfado que ya quisiéramos nosotros para los días de los grandes agravios, echó abajo esa barrera del catolicismo, y, para ensanchar la unión y europeizarla (también entre los católicos ha entrado la moda canalejista de las europeizaciones), o más bien por afrancesarla y copiar aquí servilmente el partido de la «Acción Liberal Francesa» contra los jacobinos y demagogos, estableció que ocasiones podía haber, y las hay en efecto, en que debíamos unirnos con los malos, con los liberales, hasta con los herejes y ateos tranquilos.

    No es calumnia: es la pura verdad. Y claro es que semejante contubernio no lo defendía el P. Muiños para sostener la Religión (ni al que asó la manteca se le puede ocurrir semejante desatino), sino que hay otras cosas, el orden y la libertad y el gubernamentalismo, por ejemplo, en que pueden coincidir los intereses y las aspiraciones de los católicos, de los católico-liberales y de los no católicos, es decir, de los herejes, ateos, indiferentes, etc., y en ese caso, y para esos intereses comunes, y para esos fines de todos, convenía la unión con semejantes personas. Por eso el P. Muiños tomaba la unión de los católicos desde Maura a la derecha, y aun después la toma de más lejos, supuesto que admite católicos unibles entre los partidarios de Montero Ríos y Moret (¿y por qué no entre los de Canalejas?), y así, con tantísima gente, quiere organizar el ejército del bien.

    El deseo no puede ser más loable, porque si los católicos ya somos la mayoría inmensa de los españoles y a esta mayoría unimos los liberales, nadie nos toserá ni nos levantará el gallo, y si alguno tose o se levanta, y aun así nos apalean, tendremos que apelar al consuelo de los gallegos del cuento: «que íbamos solos».

    Pues el P. Minteguiaga establece la misma doctrina, sólo que, aun cuando más casuística, más radical: porque dice que en las elecciones (¿y cuál es en definitiva el objetivo, el scopus de la unión, más que la lucha electoral?), en las elecciones los católicos debemos apoyar con nuestros votos al mal menor contra el mal mayor; es decir, que los católicos debemos unirnos al menos liberal contra el más liberal; así, por ejemplo: si lucha un maurista contra un moretista, hay que ayudar al maurista; si lucha un moretista contra un canalejista, ayudar al moretista; si lucha un canalejista con un republicano, ayudar al canalejista; si un republicano contra un socialista, ayudar al republicano; si un socialista contra un anarquista, ayudar al socialista; y si un diablo blanco contra un diablo verde o rojo, ayudar al blanco como menos antipático.

    De suyo es grave ya esta doctrina, tomada como consejo, como cosa conveniente; pero, ¿qué diremos si no solamente se nos da como consejo, sino que se nos impone como obligación de conciencia? El grito de triunfo que ha lanzado el P. Muiños se debe haber oído en el planeta Marte… Pero esto es largo de contar, y, con la ayuda de Dios, lo contaremos otro día…


    ENEAS






    [1]
    La fórmula de unión de los católicos, P. Conrado Muiños Sáenz, O.S.A., Biblioteca de “La Ciudad de Dios”, 2ª ed., 1903, Madrid-Escorial. Incluye un prólogo del Cardenal Sancha.

  5. #5
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: El Correo Español, 20 de Diciembre de 1905, página 1.



    Moderados, mestizos, mauristas


    Los asuntos del día sugiérennos una idea óptima para desarrollarla en un artículo. Si la forma de él se acomodara al fondo, de seguro que había de ser cosa buena.

    En el epígrafe van englobadas tres categorías de personas que, en definitiva, son una misma cosa con diferentes gradaciones que, merced a la evolución, ha ido adoptando su política. Los antiguos moderados convirtiéronse en mestizos, y los mestizos, a su vez, se han hecho franca y decididamente mauristas. Se ve, pues, que van inclinándose, resbalando, cayendo de bruces cada día o cada época en un grado mayor de liberalismo. Porque los moderados antiguos, los del Marqués de Pidal y Moyano, defendían, aunque con ciertas solapadas atenuaciones, la tesis católica con la unidad religiosa en España, y la declaración constitucional de que «la Religión católica, única verdadera, sería perpetuamente la Religión de los españoles, con exclusión de todo otro culto» [1]. A las alturas en que nos hallamos ahora y con los tiempos que corren, esa declaración y aquella tesis parecen cosas angelicales, el trasunto de un ideal cristiano, hermoso como los cielos al nacer o al morir el día. Sin embargo, nuestros padres eran tan repelosos en materia de catolicismo, tenían tanto horror a las ideas liberales, conocían o barruntaban con tan buen instinto y tan excelente sentido el fin desdichado adonde conducían los moderantismos de entonces, que no podían ver a los moderados ni en pintura, y les hacían la cruz como a Satanás.

    No se engañaban nuestros padres cuando no querían pagarse ni satisfacerse con aquellos alardes de catolicismo oficial, porque bien pronto los moderados evolucionaron y se hicieron mestizos, y abandonaron la tesis para refugiarse en el comodín de la hipótesis. La hipótesis ya no era la unidad católica, sino la Constitución de 1876, anatematizada por Pío IX porque vulneraba los derechos sacratísimos de la Iglesia y ofendía los sentimientos de los españoles, y condenada por el venerable Obispo de Salamanca, que dijo de ella que se oponía a todos los Mandamientos de la Ley de Dios. Pero los mestizos hipotéticos, los del mal menor y del lobo un pelo, a pesar de sus concesiones al mal, han visto que con su teoría del Estado oficial católico y transigente con los errores modernos y encariñado con «la libertad del error», no alcanzaban el mando, y para hacer las cosas mejor y ser más prácticos todavía, y meterse más de lleno en las corrientes del liberalismo moderno, se han hecho resueltamente mauristas, y en el maurismo los tenemos de hoz y coz ¡a todos!, a El Universo y a sus secuaces más o menos entreverados; en el maurismo comulgan, lo mismo aquéllos a quienes les da vergüenza todavía profesar el principio maurista de la libertad para todos, sean anarquistas o sean frailes, y de que el «Derecho público no es ni católico ni protestante», que aquellos otros que han mirado ya frente a frente esas doctrinas y han exclamado: “¡Caramba! Pues la verdad es que la libertad es buena, y con ella vivimos tan ricamente. ¡Quién sabe si con el régimen de libertad no prosperará más el catolicismo que con el de tutela exclusiva! ¡Ahí están Bélgica, que es una joya; y Alemania, que es un encanto; y los Estados Unidos, que son un embeleso y una ilusión querida!”... ¡Lo mismo, lo mismo que decía Castelar, con escándalo de los buenos, cuando debatía con Manterola en defensa de la libertad de cultos!

    Y así están los moderados, los mestizos y los mauristas ahora. Tienen a Maura por un Santo Padre, por un áncora de salvación, por un hombre providencial. Mas, ¿qué dirían de este hombre providencial y de sus admiradores aquellos antepasados nuestros, tan timoratos, que se escandalizaban del liberalismo de los doceañistas que empezaban su Constitución invocando a la Santísima Trinidad? ¡Si resucitaran y vieran cómo se escribe en periódicos y revistas que se llaman católicos, se volvían a morir de asco y de vergüenza!


    * * *


    Pero si hasta aquí hemos hablado de las doctrinas y de la evolución de las ideas, queda por contar todavía la parte ética de aquellos hombres. Y eso sí que huele peor. Con rarísimas excepciones, los moderados eran la gente más ladina y perversa que había entre los liberales. No parecían tan avanzados como los progresistas, no solían cometer las brutalidades anticlericales que cometían aquéllos; pero con más hipocresía, con más cuquería pseudomística, hacían los grandes negocios. Todos se hacían ricos con los bienes nacionales y los bienes de la Iglesia, que compraban por un pedazo de pan, por nada. ¡Qué bien les iba! Los progresistas desamortizaban, y compraban ellos, los angelitos, que luego, cuando subían al Poder, borraban, con algún Concordato o con alguna Bula arrancada a la misericordia de la Iglesia, los títulos colorados de sus propiedades y las excomuniones que pesaban sobre su conciencia sacrílega.

    El negocio de tragar conventos no era exclusivo, no les bastaba. Eran además usureros, contratistas del Estado, agiotistas en Bolsa, y de todas partes arramblaban millones. ¡Qué vida tan rica! ¡Y qué bien les sabía buscar en la Religión una guardia civil mística que les garantizase la seguridad de su opulencia contra los desamortizadores sueltos, vulgo ladrones! Era un negocio redondo el ser moderados y aparecer católicos para que el barniz de catolicismo les guardase las espaldas. Pues luego, cuando envejecían y les llegaba la hora de morir, restituían lo que no podían llevarse al sepulcro, y con sus restituciones querían asegurarse la gloria alzando algún convento nuevo en compensación de los que habían derribado… Así entran en la Eternidad y caen desnudos y temblando en las manos del Dios vivo. ¡Y menos mal los que caen así, reparando en algo sus crímenes! ¡Otros mueren impenitentes! ¡Pues hasta en eso, en su conducta ética, han seguido los sucesores de aquellos moderados la misma senda! ¡Hasta en eso! Casi todos los grandes chanchullos son obra de algún conservador que no es muy escrupuloso en mirar la licitud de los negocios que emprende. Conservadores hay que negocian hasta con la pornografía teatral. ¡Los mismos, los mismos! Se adaptan a los tiempos en sus evoluciones doctrinales, y se adaptan a los negocios con sus uñas ganchudas y terribles.

    Y es lo peor que, como esa gente se suele llamar católica, prestan al catolicismo, a cambio de algún miserable mendrugo de limosna, el flaco servicio de comprometer su nombre y su honor. Porque los impíos, viendo a esos personajes entre los católicos, los toma por modelo, por ideal religioso, y así pintan la Religión y la hacen aborrecible y objeto de sátiras y burlas, y ponen a esos figurones fatídicos en caricatura en libracos novelescos y dramas anticlericales.

    ¿Qué hubiera tenido que decir Galdós en su Casandra de un D. Hilario y de una Doña Juana verdaderamente católicos, bienhechores de los pobres, honrados, cristianos de cepa, que hubiesen adquirido sus inmensas riquezas por vía justa y se sirviesen de ellas para obras de caridad, para sembrar el bien en todas partes y arrancar del corazón de los indigentes las bendiciones que la gratitud tributa a la santa caridad, hija de los cielos? Pero en lugar de esos cristianos, busca tipos de moderados, de usureros, de contratistas con el Estado, de compradores de bienes nacionales, y a esas odiosas criaturas, a ese D. Hilario réprobo, les da una representación católica que no tienen, que no pueden tenerla. ¿Qué han de tener, si contra ésos precisamente extrema su indignación y sus anatemas la Iglesia? Y ¿por qué ha de considerarse honrado atacar a la Iglesia, echándole en cara lo que Ella misma reprende?

    Ataquen a los moderados, a los mestizos, a los mauristas, ¡enhorabuena! Don Hilario era de semejante cofradía; pero déjennos en paz a nosotros, a la Religión, a la Iglesia, cuya santidad inmaculada se cierne por encima de todas esas bellaquerías y miserias, y cuyo pabellón no ha encubierto, ni encubre, ni encubrirá jamás semejantes mercancías del diablo. A los moderados, a los mestizos, a los mauristas, ¡a ésos, que casi siempre se encuentran al lado de los grandes chanchullos de la época! A ésos, cuya historia nefanda es la negra historia de las desamortizaciones, de los sacrilegios, de las desdichas de la Patria. ¡A ésos!


    ENEAS





    [1]
    Paráfrasis del artículo 12 de la Constitución de 1812.

  6. #6
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: El Correo Español, 26 de Enero de 1906, página 1.



    Una cuestión curiosa


    Hace pocos días vi en el periódico de Tuy La Integridad un artículo titulado ¡Alerta, católicos!, en que aquel diario ponía en guardia a los Sacerdotes contra la propaganda extraordinaria que está haciendo El Universo, metiéndose por los ojos de todos y tratando de ganar prosélitos para las instituciones actuales.

    He dicho vi el artículo de La Integridad, porque no hice más que verlo, sin leerlo por supuesto entonces, ni ahora tampoco, pues se extravió el número citado y no he podido hallarlo. Pero a la cuenta La Integridad debía de añadir que El Universo quería hacernos a todos católico-liberales, por lo que se desprende de lo que el Venerable Prelado de Tuy, Sr. Menéndez Conde, ha dicho después.

    Porque es el caso que el ilustrísimo y sabio Obispo tudense tiene El Universo como el único periódico diario a que está suscrito, y, creyéndose aludido sin duda por el de su localidad, le contesta en el Boletín Eclesiástico de Tuy de la manera siguiente:

    «En el periódico de esta localidad hemos visto un artículo con el alarmante título de “Alerta, católicos”, y al enterarnos de su contenido para ver qué nuevo peligro nos amenaza, hemos hallado que se trata de prevenirnos contra los maquiavélicos planes de El Universo, otro periódico de Madrid que intenta hacernos a todos católico-liberales, y, por ende, convertirnos en monstruos peores que los de la Commune.

    Parécenos que al articulista le engaña y le lleva más lejos de lo conveniente y de lo justo el ardor de su celo por la integridad y pureza de la fe.

    El Universo es un periódico católico, que para defender la causa católica fue fundado, y recibió en sus comienzos y por bastante tiempo inspiraciones y consejos de un Prelado insigne, y fue recomendado por muchos otros, entre los cuales se cuenta, si no recordamos mal, el actual Nuncio de Su Santidad en España.

    En cuanto a Nos, no lo hemos recomendado ni pública ni privadamente, y es bien sabido que no estamos dispuestos a suscribir a ciegas cuanto se le ocurra decir a ningún periódico, por católico que sea, de la cual regla no constituye excepción El Universo.

    Tampoco podemos responder de que en lo porvenir no suceda lo que el articulista teme; pero sí debemos hacer constar que El Universo es el único periódico diario a que estamos suscrito; que diariamente le recibimos desde su fundación, y que rara vez dejamos de leerlo, siquiera en parte; y hasta ahora, si bien le hubiéramos hecho algunas observaciones, caso de ser su consejero, como habría que hacer a todos los periódicos, no hemos visto el peligro que se denuncia, ni motivos para temerlo. Y añadimos que, si tal peligro existiese, ahora o más adelante, lo denunciaríamos inmediatamente Nos, que, con respecto a nuestros diocesanos, somos el más obligado a velar por la conservación de la fe. Mientras tanto, pueden estar tranquilos los escasos lectores que tenga El Universo en esta Diócesis».

    La Integridad se ha retractado y ha dado, como es consiguiente, plena satisfacción a su Obispo, y El Universo, por su parte, acoge y reproduce esos documentos, que tan en su favor ceden, con un orgullo muy legítimo y muy natural. Hasta es probable que los reproduzca también en los nuevos boletines de suscripción que envíe al Clero en la próxima temporada.

    El Venerable Prelado de Tuy, a quien EL CORREO ESPAÑOL está agradecidísimo por la bondad y cortesía con que otras veces ha acogido nuestras reverentes observaciones, especialmente con motivo del último Congreso Católico de Santiago [1], es decir, no las observaciones de EL CORREO ESPAÑOL, que EL CORREO ESPAÑOL, por su respetabilidad, por la augusta representación que ostenta, y por tener a su cargo la defensa de los principios y la vida de la Comunión católico-monárquica española, no ha hecho eso, sino las de este modestísimo escritor que suscribe, va a permitirle ahora de nuevo que, con la mayor reverencia a la autoridad sagrada del Señor Obispo, hable dos palabras respecto a El Universo.

    El cual, por cierto, ni es perfecto ni es inviolable, y así lo demuestra el Señor Obispo, no solamente en esta ocasión al decir que «de haber sido su consejero seguramente le habría hecho algunas observaciones», que, sin duda, dejó de hacérselas la censura, sino que ya lo dijo hará cosa de cuatro meses, cuando en el Boletín Eclesiástico publicó un documento quejándose de las malas condiciones de la Prensa católica. Pues, si como ahora aparece, es El Universo el único periódico a que el Rvdmo. Prelado está suscrito, queda fuera de duda a quién se refería en sus justísimas y razonadas quejas de entonces.

    Y hecha esta salvedad, y repitiendo mis protestas del mayor respeto, voy a lo que pensaba decir de El Universo.

    Una de las cosas más estimable en los hombres y en las Empresas son la claridad y la franqueza, y en cambio, lo que a mi parecer se aviene menos con la nobleza y la caballerosidad de nuestros actos son la doblez y las segundas intenciones. Respecto a este punto, gracias a Dios, nadie ha tenido que decir a EL CORREO ESPAÑOL una palabra. Nació y vivió para defender la Bandera tradicionalista y a su Augusto Caudillo, y así lo dice y así lo declara en todos sus actos y en toda su historia. Y para ser fiel a su misión, si alguna vez ha creído que otras campañas u otras propagandas iban directa o indirectamente contra su Bandera, ha tratado de contrarrestarlas; y esto, no por motivos pequeños, sino por el deber, que es la norma constante de su vida. En este punto nadie podrá, respecto de nosotros, llamarse a engaño. Y eso que con frecuencia se nos han presentado ocasiones (como la de ahora, verbigracia) en que, para no ser desleales a nuestro credo ni dejar indefensos estos instrumentos que para su salvaguardia tenemos, ha sido menester usar de toda nuestra discreción y delicadeza, no fuera que praeter intentionem, contra todo el torrente de nuestro deseo, incurriésemos en censura, faltando, sin querer, a alguna consideración o a algún respeto debido.

    En cambio, ni El Universo, ni todos sus antecesores en la Prensa alfonsina, han procedido nunca así. Salieron todos a luz, según decían, para defender la Causa católica; invocaron la protección altísima de la Iglesia, se escudaron con la autoridad de los Prelados; mas, a la postre, resultó «que ni quitaban ni ponían rey, pero ayudaban a su señor», es decir, que trataban de alfonsinizar o cristinizar el catolicismo en España; que querían, como Pidal en otro tiempo, llevar las honradas masas católicas a los pies de Cánovas y su dinastía. Eso hizo El Movimiento Católico [2]; eso han hecho todos los de su cuerda. Y no habría sido malo si lo hubieran advertido al principio, si hubieran luchado a cara descubierta, porque al fin ellos, según parece, no quieren liberalizar a las masas, sino cristianizar y convertir con ellas a los liberales, cosa tan razonable y santa como la de civilizar bárbaros o blanquear negros lavándoles la cara.

    Pero nunca lo han advertido así a las claras a sus lectores; nunca han entrado en combate con la visera levantada y la cara descubierta; nunca han hecho como el aragonés del cuento, presentar el anzuelo desnudo a los peces y decirles: “El que quiera picar que pique, que yo no engaño a nadie”; nunca les han dicho: “A lo que venimos sencillamente es a meter en las instituciones a los católicos, a hacer que ayuden con sus fuerzas a los partidos conservadores de la Monarquía”; y no les han dicho eso, aunque lo pensaban, porque sospechaban que diciéndolo no iría nadie detrás de ellos, se quedarían solos y sin partidarios, o con media docena mal contada. Al contrario; siempre lo han negado y lo niegan, y lo negarán así los aspen. Y, sin embargo, ésa es la verdad, la pura verdad, sin eufemismos ni trampantojos. Aquí ya todos nos conocemos demasiado.

    Si no fuera ésa la verdad, si no hubiera gato encerrado en eso, ¿cómo se explica que con tantas recomendaciones de arriba no haya avasallado ya en España el núcleo de lectores católicos entero y verdadero?

    Pero además, si de hacer propaganda católica y de convertir liberales trata El Universo, ¿cómo es que en vez de dirigirse a los republicanos, a los conservadores y a los moretistas, a toda la chusma de la cáscara amarga o de la cascarilla agridulce, está abrasando a manifiestos al Clero español y a los católicos tradicionalistas? ¿O es que en su opinión son éstos los que necesitan ser convertidos?

    Finalmente, no hay que empeñarnos en buscar razones y rodeos, que ciego será quien no vea por tela de cedazo y quien no le descubra, no ya la punta de la oreja, sino las dos orejas enteras y verdaderas en casi todos los números. Daba gusto leer la almibarada crónica del gran baile de Palacio, al que fueron los caballeros con calzón y las damas con descote, baile en el que El Universo sobrepujó a todos los periódicos dinásticos, y aun le parecía poco, porque pedía al Cielo y las musas inspiración para describir esa fiesta, y lamentaba no disponer de la pluma de Quevedo o de Cervantes.

    Y ayer mismo, después de haberse enfadado con los que decían que era maurista, estampa sueltos tan expresivos como éste:

    «Continúan celebrándose en el Círculo conservador frecuentes reuniones para reorganizar los Comités del partido, procurando atraer a los comicios a la denominada masa neutra.

    Ayer quedó constituido el Comité del distrito de Buenavista correspondiente al barrio de Goya, bajo la presidencia honoraria del Señor Marqués de Torrelaguna y la efectiva de Don Fernando Pineda».

    (…)

    «A la reunión asistieron varias personas que no figuran en política, y que, respondiendo al llamamiento del Sr. Maura, manifiéstanse decididas a acudir en lo sucesivo, votando en primer lugar a candidatos católicos, y, a falta de éstos, a candidatos conservadores».

    Nada, nada, que no es maurista ni pensarlo. ¿Qué ha de ser maurista el angelito? Gracias que estamos en el siglo XX, donde todo pasa; pero, ¿qué habrían dicho de esas tendencias aquellos abuelos nuestros que hace un siglo se escandalizaban de aquellos cucos doceañistas que empezaban invocando a la Santísima Trinidad sus Constituciones?


    ENEAS







    [1]
    Fue el último de los Congresos Católicos, y se celebró en 1902.

    [2] El Universo se publicó a partir de 1900, y se le puede considerar como el heredero de El Movimiento Católico (1889 – 1897) en cuanto a la función de órgano del catolicismo político vaticanista en suelo español.

  7. #7
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: El Correo Español, 9 de Febrero de 1906, página 1.



    Al hombre, por su palabra


    Prometimos hablar más aún acerca de la gran zalagarda o discusión católica que se ha movido en torno del mal menor, y allá va hoy un nuevo articulejo, en el que querríamos poner, por supuesto, aquella serenidad de juicio y dulzura de expresión que tan acordes se hallan con nuestro temperamento y nuestra cortesía.

    Recordarán los lectores de EL CORREO ESPAÑOL que un día copiamos aquí cierto artículo del Mensajero del Corazón de Jesús, excelente revista religiosa que se publica en Bilbao y que escriben los PP. de la Compañía. En aquel artículo, escrito por los días en que se debatía la cuestión del mal menor, atacábase con valentía a los que seguían esa peligrosa senda, y su autor, el P. Vilariño [1], aparecía en contradicción con los PP. Minteguiaga y Villada. Por si esto era poco, publicóse también un folleto con la vida de los Religiosos y Sacerdotes húngaros recientemente canonizados [2], y en este librito hagiográfico, el P. Ortiz, de la misma Compañía, el mismo Rvdo. Padre que hace tiempo escribió otro folleto excitando a las señoras católicas de Bilbao a trabajar en las elecciones [3], también hacía consideraciones contrarias al mal menor, y ensalzaba como se merecía la virtud y el valor de un gobernador cristiano porque no se había inspirado en él, porque prefirió con la intransigencia el martirio antes que con el mal menor la fortuna. Aparecía, pues, una contradicción entre Razón y Fe y el Mensajero, entre los Padres de acá y los de allá, sobre una cuestión determinada.

    Y no es mucho que apareciese, cuando en realidad, y dígase lo que se quiera, el P. Muiños no andaba muy lejos de lo cierto diciendo que también había contradicción entre los PP. Minteguiaga y Villada, el uno con el otro y ambos consigo mismos, entre lo que habían dicho antes y lo que decían ahora, y entre lo que habían escrito en latín en los Casus constientiae, y lo que después han escrito en castellano. Es más: en este asunto de las variaciones personales también era testigo de valor El Siglo Futuro cuando se lamentó, si no claramente, a lo menos de manera tan hábil que todos pudimos comprenderlo, de la gran defección que con él se cometía, ya que a él le habían impulsado a separarse de su Rey y a caer en la rebeldía, y a dividir y destrozar a los católicos españoles, precisamente los consejos de quienes extremaban antes su intransigencia, y hasta rechazaban el cambio con EL CORREO ESPAÑOL, y ahora se iban camino de las instituciones liberales por el cauce del mal menor que en ellas desagua como los arroyuelos en el río, y luego del mal menor se va al mal mayor, al mal absoluto, a la Revolución, como los ríos van al mar, y a caer todos y cada uno de manera fatal e irremediable in foveam quam fecit.

    Para salvar esas contradicciones y justificar la consecuencia, el P. Villada, el P. Minteguiaga, y últimamente el Padre Vilariño, han escrito varios trabajos, llenos seguramente de celo y buena fe y buenos deseos, como el último folletito del P. Vilariño, titulado Lo que queremos todos. Y en esos trabajos, y en ese folleto, se esfuerzan en sostener que no han cambiado, que no se han contradicho, que ahora dicen lo mismo que decían antes. En realidad, a nosotros nos parece que no lo consiguen; que la demostración no es concluyente; que el cambio salta a la vista; que por lo menos si ellos, cuando dijeron lo que antaño decían, entendieron decirlo en el sentido de hogaño, y si al decir hogaño lo que dicen entienden decirlo en el mismo valor de antaño, el público que les ha leído ha entendido y entiende cosa distinta: sacó a lo antiguo un sentido radicalmente distinto de lo moderno, y a lo moderno saca sentido contrario a lo antiguo; cree que unas y otras enseñanzas se dan de cachetes, y que se necesita un poderoso esfuerzo intelectual, de una inteligencia tan vasta como la de Hegel, para buscar y hallar la armonía, la identificación de los contrarios, la síntesis entre la tesis y la antítesis, entre el ser y el no ser.

    Pero al fin, sea de esto lo que quiera, de ningún modo queremos nosotros hacer hincapié en estas diferencias de carácter personal. Serán necesarias o convenientes para los interesados, podrán ellos tener empeño grande en discutirlas; nosotros, ninguno. Que hayan o no cambiado los hombres es cuestión harto baladí en estos tiempos de mudanzas tantas, de inconsecuencias tan repetidas y de variaciones tan frecuentes. Somos los hombres flacos y mudables, falibles y débiles hasta el extremo de que a veces resulta demasiada presunción, un tantico soberbia, la de querer hacer alarde de una constancia intelectual tan firme como la del Pontificado, a quien, para que no decaiga ni mude, Jesucristo prometió la asistencia perpetua del Divino Espíritu.

    No. Hay que dejar a un lado esa cuestión pequeña, personal, para acometer lealmente y de frente la grande, la que definíamos en dos principales puntos en el preámbulo de unos artículos aquí copiados, diciendo de ello que se podía dividir: primero, en si era aceptable y cristiana la teoría o doctrina del mal menor en sí misma; y segundo, en si, dado que se aceptase como norma de conducta política, se debía considerar como mal menor a Maura respecto de los radicales.

    Y a esto, dejando lo otro parte, a esto es a lo que, Dios mediante, iremos derechos cuando tengamos tiempo y ocasión en estas columnas.


    ENEAS







    [1]
    El artículo en cuestión se publicó en El Correo Español de 13 de Enero de 1906, página 1, habiéndose publicado originariamente en El Mensajero del Corazón de Jesús, de Septiembre de 1905. Pero su autor no era el P. Vilariño S. J., sino el P. Ugarte S. J.

    [2] Los tres mártires húngaros, el canónigo Marcos Esteban Crisino y los padres Esteban Póngracz y Melchor Gródecz, de la Compañía de Jesús, Luis María Ortiz S. J., 1905.

    [3] Gran apostolado de las señoras: ¡los católicos a las elecciones!, Luis María Ortiz S. J., Biblioteca de la Semana Católica, 1903, Madrid.

  8. #8
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: Fragmento del Discurso pronunciado por Vázquez de Mella a raíz del Congreso Católico de Santiago de Compostela de 1902, El Correo Español, 14 de Febrero de 1906, página 1.



    La intransigencia y el mal menor

    (HABLA MELLA)

    Los medios legales y pacíficos


    ¡Que se deben emplear los medios legales y pacíficos! ¿Quién lo duda? Pero, ¿acaso esos medios son suficientes, no ya para restaurar la tesis católica, sino para mejorar de un modo estable de suerte y poder poner en peligro al adversario? ¿Cuándo se ha hecho una revolución católica, es decir, una restauración de la verdad, dentro de la ley enemiga y contra el poder que la ha establecido y que la mantiene violando los derechos de la Iglesia?

    Señores, las instituciones humanas sucumben en la Historia cuando niegan el principio a que deben la existencia, o degeneran los que las personifican hasta hacerse indignos de representarlas. Y eso sólo sucede cuando no combaten contra sus adversarios y se consumen en la inercia; pero cuando nacen en la lucha, y por la lucha y la violencia logran imponerse, y en la contienda viven, no se apaga en ellas el instinto de conservación, ni las ataca la manía del suicidio hasta el punto de dar a los adversarios armas a propósito para que las derriben y les den la muerte. Creer que el liberalismo radical o doctrinario, prudente o audaz, que es, como hecho, la secularización del Estado y la continua secularización de la sociedad, es tan generoso que, olvidándose de su historia y de los esfuerzos que ha tenido que hacer para realizar lo que llama sus conquistas, va a entregar a sus adversarios las armas y los medios que necesitan para que puedan vencerle y suplantarle en el mando, me parece una aberración que sólo puede ser explicada en uno de estos supuestos: o el de una ignorancia inverosímil de la Historia contemporánea y de la naturaleza del derecho nuevo –o el de una perfidia a la que no le importa sacrificar la verdad y sus defensores a cambio de un interés precario y mezquino–, o una de esas confusiones que se apoderan de algunas almas en víspera de las catástrofes y que las anegan en un escepticismo práctico y las llevan a acogerse, empujadas por el miedo, a un recurso del momento para vivir al día.

    Los que obedecen al primer motivo, están incapacitados para la lucha y no deben hablar de unión para realizarla, porque empiezan por desconocer la naturaleza, la historia y los propósitos del adversario. Obedecer al segundo motivo, implicaría la traición de reunir a los católicos que, conforme al espíritu tradicional, no ceden, ni transigen, ni consideran definitiva la obra revolucionaria, para entregarlos a los poderes liberales, haciéndolos formar en las filas de sus enemigos y diciéndoles: ahí los tenéis, eran vuestros adversarios, dispuestos siempre a amargar vuestros triunfos y a derribar vuestro poder; os los entregamos en rehenes; formad con ellos parte de vuestras milicias, y en cambio del servicio mejoradnos a nosotros de suerte. La perfidia en este supuesto, que sólo como uno de los extremos de la disyuntiva se puede discutir en una hipótesis imaginaria, sería la indignidad puesta al nivel de una torpeza que creería contar demasiado con el candor de los entregados y la gratitud de los vencedores libres de un enemigo enojoso. Y el tercer supuesto, el que obedece a un escepticismo práctico, incurre en la contradicción de creer, por un lado, en la verdad religiosa que se profesa en el orden privado, y por otro, de dudar de ella en el orden público, al suponer la perpetuidad de la obra revolucionaria y encerrarse en un pesimismo sombrío. Sin tener en cuenta, señores, que, aunque la catástrofe social, término de la Revolución, sea hipotéticamente inevitable dada la magnitud del mal y la marcha de los sucesos, detrás de ella está la reacción del orden cristiano contra el desorden pagano de la ateocracia moderna, y su restauración estará en razón directa del esfuerzo que hagamos para merecerla. Y como la catástrofe no será igual en todas partes, porque en el plan providencial la pena nunca deja de ser proporcionada al delito, y empezará en unas partes primero que en otras, y no será en todas tan difícil de conseguir la restauración, si no se quiere caer en la impiedad de suponer que la obra de la Redención es estéril aunque la voluntad la secunde, es necesario aceptar resueltamente el combate sin ceder nada al adversario, teniendo en cuenta estas dos cosas: que el éxito depende del deber como un galardón, y no el deber del éxito como un medio de alcanzarlo; y que las conquistas de nuestros enemigos no son más que las transacciones nuestras. (Aplausos).

    Señores, cuando tanto se habla y se ponderan los medios legales y pacíficos, no se repara ni se medita en qué consisten ni de qué dependen; ¿cuáles son esos medios? Tratándose de los españoles, las garantías y derechos que la Constitución reconoce a los ciudadanos. Todos podemos por igual emplearlos en teoría; pero en la práctica, por aquello que hace que las cosas caigan del lado a que se inclinan y no al opuesto, los mayores enemigos del orden social gozan de la preferencia en el ejercicio de esos derechos, porque cuentan con una benevolencia y una tolerancia que no disfrutan los católicos. Y si ya son desiguales en el ejercicio, porque las simpatías y el amparo de los Gobiernos, como hechos recientes lo demuestran, se inclinan, como es lógico, de parte de los que al fin, aunque más radicales, son discípulos de la misma escuela, y no de parte de aquéllos que mantienen la afirmación contraria, ¿cómo se han de lograr, no ya triunfos, sino ventajas positivas, si empiezan por ser las armas, primero insuficientes, y después inferiores a las que emplean, no sólo los adversarios que usufructúan el Poder, que ésas ya son de una superioridad evidente porque ellos que las forjan se reservan las mejores, sino hasta de aquellos otros enemigos que parecían estar equiparados bajo la tolerancia del mismo Poder? Pero todavía esa desigualdad práctica de medios, con ser importante, significaría poco si la dependencia de los medios legales no la agravase hasta hacerlos ineficaces. Porque, ¿de quién dependen esos medios?

    Harto lo sabéis, señores; los medios legales, las garantías constitucionales, dependen de la voluntad arbitraria de un Gobierno con Parlamento abierto o cerrado, sin más regla que su conveniencia, y conforme a la cual las suspende cuando quiere en toda la Nación o en parte para salir del paso y librarse de los obstáculos que le oponga el ejercicio de esos medios legales si no producen resultados bastante pacíficos, no necesitando para hacerlo más que señalar perturbaciones futuras, reales o imaginarias, o inventadas y preparadas con ese propósito.

    En suma; en la fórmula más comprensiva de la unión, se supone que el éxito de las campañas católicas depende de los medios legales; pero los medios legales dependen de la arbitrariedad de los Gobiernos enemigos que hay que combatir y que suspenden total o parcialmente, según les acomoda, las garantías constitucionales; luego es evidente que el resultado práctico de esa unión dependería de la voluntad de los adversarios. ¿Qué conquistas llevará a cabo un ejército comprometido a no emplear más que armas inferiores a las de sus adversarios, y por el tiempo y en la forma que ellos quieran, y teniendo que suspender las hostilidades cuando su voluntad se lo ordene?. (Muy bien, muy bien).

    Por esto creo, señores, que es una forma particular de locura, por no creer otra cosa, el intento de hacer triunfar, y poner como una enseña victoriosa en la cima del Estado, las proposiciones contrarias a las que condena el Syllabus, valiéndose como medio de la Constitución de 1876, que, por el espíritu que la anima y que se revela en varios de sus artículos, singularmente el onceno, está comprendida en aquel famoso catálogo de los errores modernos, según la declaración auténtica que, a manera de anatema, fulminó sobre ella, al nacer, la palabra infalible de Pío IX [1]. (Grandes aplausos).

    Señores: es una ley que confirman a un tiempo los principios y los hechos en la verdadera Filosofía de la Historia. Que el orden cristiano no se ha restaurado nunca en el mundo más que por medios semejantes a los que han servido para destronarle, pero jamás por los que ha proporcionado el desorden triunfante, como no sea sin querer y a pesar suyo. (Repetidos aplausos).

    Pero es que no se trata de restaurar todo el orden cristiano con sus atributos esenciales, ni de hacer triunfar la tesis católica en el Estado, dicen algunos varones y políticos prudentísimos, sino de pedir que se cumplan las disposiciones que nos favorecen, y de mejorar de condición dentro de lo existente, y aun de reformar hasta donde sea posible, parlamentariamente, la legalidad establecida. Después, si eso se consiguiera, ya se podría pensar en alguna otra prudente reforma para ir alejándose menos de la tesis; pero, por ahora, eso es el ideal. ¡Hermoso porvenir y luminoso ideal, señores, el de esos hombres prudentísimos! ¡Ya no se trata más que de mejorar un poco de suerte, y alcanzada con las armas que entrega el adversario y por los medios que dependen de su voluntad! Después, si se consigue, que no se conseguirá… (Risas), ya veremos de alcanzar alguna otra mejora legal.

    Pero, ¿no advierten esos hombres que, con semejante conducta, no hacen otra cosa que suspender todo litigio sobre la dominación de los enemigos, consolidar su soberanía, y animarlos con esa clase de reconocimiento a que prosigan sus conquistas? Si a un ejército colocado siempre a la defensiva, atacado constantemente por el adversario, y retrocediendo sin cesar, porque no toma la iniciativa nunca, al menos por el consejo de los que pretenden dirigirle, se le dice que hay que renunciar a la reconquista del territorio perdido por tiempo ilimitado, y que debe reconocerse la soberanía enemiga como un hecho que no se sabe cuándo dejará de ser inevitable y si dejará de serlo, y que todas sus empresas deben reducirse a mejorar de suerte, no empleando para lograrlo más medios que los que dependen de la voluntad del enemigo reconocido y victorioso, ¿habrá necesidad de preguntar lo que sucederá? Confesado el fracaso por los jefes, reconocida la victoria de los adversarios, y reducido el objetivo de la campaña a la posesión de un punto de etapa con el beneplácito del ejército enemigo, ¿no equivaldrá todo eso a una abdicación de la independencia, y a entregar en rehenes la esperanza? Es ley psicológica del espíritu humano que, en la medida en que se amengua el ideal, se disminuye el esfuerzo para recobrarle; y que, en la proporción en que aumenta el éxito del enemigo, mengua la energía del contrario. Cuando eso sucede, la derrota reconocida, que es el primer disolvente de la disciplina, rompe las filas y las dispersa. En vano será gritar entonces: ¡Unión, unión! El ideal, la tesis que se quería recabar, era el imán de las voluntades, la causa final que atraía los esfuerzos, la esperanza que hacía amable el combate. Sin ese estímulo, pronto la voluntad desfallece, y los que no supieron aprovechar el valor y lo mataron al cegar sus fuentes, querrán después, cayendo en el absurdo, exigir, cuando todo peligre, un heroísmo sobrehumano, como si no fuese aun el ordinario una excepción y nunca el patrimonio de los más. Las muchedumbres pueden ir electrizadas detrás de un imposible, con tal que se les haya infundido la opinión de que es una verdad que se puede aplicar sobre la Tierra; pero detrás de una duda, y a merced del capricho del adversario, nadie ha combatido jamás. (Muy bien).

    En resumen, señores, si se quiere restablecer el orden cristiano, si se quiere restaurar la tesis, hay que concluir por emplear medios radicales y semejantes a los que han empleado los enemigos para derrocarlo. Si no se quiere restaurar el orden, porque se reniega de los medios proporcionados para hacerlo, y se limita toda la empresa al intento de mejorar algo de suerte y a cambiar de postura, nadie gastará entusiasmos en cosas incapaces de engendrarlos, y el enemigo engrosará sus filas con los vencidos, que le reconocerán por señor, o pasará triunfante sobre su vileza, despreciando sus súplicas y sus lamentos.

    Pero, señores, querer restaurar el orden por medios desproporcionados e insuficientes para conseguirlo, o no querer restaurarlos, considerándolo como un ideal platónico, y limitándose por medio de armisticios a vivir al día, son dos maneras distintas de llevar a cabo, consciente o inconscientemente, una misma deserción, y de pasarse al enemigo. Ése es el resultado último de la estrategia defensiva y de la táctica sutil del dolo piadoso y del retroceso continuo, que parece que las han enseñado los adversarios como opuestas a las que ellos emplean para ganar sin peligro las batallas, encontrando auxiliares donde debieran encontrar enemigos.


    JUAN VÁZQUEZ DE MELLA







    [1] Se alude a la declaración solemne de Pío IX condenando el artículo 11 en la Carta al Cardenal Moreno, al discutirse la Constitución de 1876.

  9. #9
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: El Correo Español, 5 de Diciembre de 1905, página 1.



    SOBRE EL MAL MENOR


    Tiempo hace que se debate con gran calor, entre los católicos españoles, la cuestión de la acción católica en las presentes circunstancias; y a propósito de ello, individuos de las Órdenes Religiosas, como el P. Muiños, el P. Minteguiaga, y últimamente el P. Abadal, han salido a la palestra, escribiendo largos artículos en defensa de lo que se llama el mal menor, teoría famosa que, si hoy ha recibido el bautismo, por lo menos antes, pocos años antes, era objeto de escándalo para todas las personas timoratas.

    Sin perjuicio de escribir acerca de estos asuntos por nuestra cuenta, que ya lo haremos con sumo gusto y con nuestra claridad de costumbre, nos limitamos hoy a reproducir uno de los brillantes y bien pensados artículos que sobre esto mismo ha escrito nuestro muy querido amigo D. Víctor Pradera.

    He aquí el de referencia:


    Un caso, no un ejemplo


    El P. Juan de Abadal, hermano en Religión del P. Minteguiaga, ha publicado en El Correo Ibérico, de Tortosa, un artículo titulado «Un buen ejemplo».

    Ya tiene el P. Conrado Muiños un voto más en pro de su fórmula de unión de los católicos; ya tengo yo, en frente de mí, una autoridad más. El P. Conrado Muiños va a triunfar… por el momento; a la larga, yo, sin autoridades, sin más escudo que mi lógica escolástica, sin más armas que mis principios inflexibles, sin más arte que el que me sugieren mis «recelos», esos recelos que no gustan al P. Abadal, triunfaré… por desgracia para el P. Muiños, para el P. Minteguiaga, para el P. Abadal, y para otras autoridades. Y no digo para la Religión, porque yo no formo, por mi ventura, en ese presumido ejército, dirigido por títulos del Reino en que, según la frase cáustica de Zahonero, protege a Dios…

    Con toda la libertad cristiana de los hijos de la Iglesia Católica Apostólica Romana, digo al P. Abadal que ha empequeñecido la cuestión y que la ha entenebrecido. El P. Abadal pretende «proponer un problema», y examina «un caso de conciencia», concreto, limitado, de escasa transcendencia, que no pasa de la jurisdicción de Tortosa, y de tan poca vida, que murió el mismo día que nació. El P. Abadal pretende «hablar del modo más claro que le sea posible», y sus palabras salen de su pluma veladas, oscuras, enigmáticas… Lo único claro es la finalidad del artículo; tiende a que los paladares católicos no sientan el amargor de las uniones con los liberales moderados en frente de los avanzados.

    ¿Quién ha negado que, por razones de momento, por motivos particulares, por causas especialísimas, estén permitidas a los católicos las uniones circunstanciales con los liberales?

    La Comunión Tradicionalista, igual hoy que ayer, lo mismo mañana que hoy, ha dicho y dirá siempre, pese a mezquinas insinuaciones contra la santidad e inconmovilidad de sus ideas, y a acusaciones malévolas e intrigas miserables contra su Augusto Jefe, que la unión con los liberales es lícita (aunque no materia adecuada de los entusiasmos de los católicos, y menos propia de ser cantada por Sacerdotes) en las condiciones expuestas en ese libro que se llamó áureo y que hoy está poco menos que arrinconado y olvidado por los mismos que le prodigaron aquel calificativo [1]. Por sostenerlo así, se ha acusado farisaicamente más de una vez de liberal al Carlismo, quizá, y sin quizás, por los mismos que hoy predican la doctrina, no con las atenuaciones, distingos y restricciones de la Moral, sino como regla general de conducta.

    ¿Es para dar testimonio de esa doctrina para lo que algunos Jesuítas (los de Tortosa) han abandonado su tradicional abstención «pública» de las luchas políticas y se han lanzado en el fragor de la lucha electoral en la forma que describe el P. Abadal? ¡Desgraciados de nosotros los carlistas! ¡Desgraciado de mí! ¡Con ser antiliberales obstinados, no hemos tenido la honra de que los Jesuítas nos diesen esos votos que tan pródigamente han otorgado a los liberales menos indignos!

    ¡Con haber luchado yo frente a frente a candidatos liberales, no pude vencer la resistencia feroz de más de un Sacerdote que se negaba a votarme por la poderosísima y alambicada razón de que yo «no representaba la unión de todos los católicos»! (Rigurosamente histórico).

    Pero ahondemos un poco en el artículo del P. Abadal. «Una era la idea de todos –dice el citado P. Jesuíta–: atrás esta ola de impiedad y de corrupción que amenaza anegarnos y anegar (decían los padres de familia) a nuestros hijos y pequeñuelos. Atrás, pues, en nombre de Dios, fue nuestro grito: a salvar nuestras escuelas, a salvar la libertad de pasear por las calles la imagen de Jesucristo y de cumplir en los templos nuestros deberes religiosos. A salvar también nuestras obras sociales incipientes, que han de ser el refugio donde se salven las almas de mil pobres obreros acechados y codiciados por la revolución».

    Bien he dicho al principio, que el P. Abadal, al pretender resolver un problema, no estudia más que un caso de conciencia. Se trataba en Tortosa, y «dentro de la legalidad vigente», de rechazar la ola de la impiedad que «la» anegaba, de salvar «sus» escuelas, «su» libertad de pasear la imagen de Jesucristo, «sus» obras sociales… No trata el P. Abadal de buscar los medios de que la ola no «se engendre»; de que las escuelas «de España» sean católicas; de que en la cumbre del Estado haya quien no tolere la vergüenza de que el Rey de los reyes quede reducido a mero motivo artístico con que adornar el alcázar del Poder; de que, en fin, se lancen «desde arriba» poderosas corrientes que fecunden las obras de carácter social concebidas por los ciudadanos…

    Caso concreto, limitado, caso de conciencia, propio de un libro de moral, no de un artículo periodístico, en el que se den reglas «generales» de orientación católica de un Sacerdote. Quiero llamar sobre este punto la atención de mis lectores… El artículo del P. Abadal no puede servir de norma de conducta a los católicos, porque en él no se plantea un problema, sino un caso. No nos dice cómo hemos de ser «político-católicos», sino qué es lo que han hecho «unos cuantos» católicos para salvar «unas cuantas obras católicas».

    Pero, aun así, limitado y empequeñecido el asunto, ¿puede el P. Abadal afirmar que los Jesuítas de Tortosa han conseguido lo que se proponían?

    Más que de cántico de victoria, regocijado y risueño, tiene trazas el artículo del P. Abadal de ser un alegato de justificación, porque todo él tiende a rechazar la acusación de haber consolidado el liberalismo, con su conducta, los católicos de Tortosa. De ello únicamente he podido deducir yo que los Jesuítas votaron en Tortosa a los liberales, pues el P. Abadal no nombra a los aliados de los católicos, limitándose a decir que éstos «se juntaron con quienes vimos resistirle (al enemigo), SIN MÁS AVERIGUACIONES».

    ¡Sin más averiguaciones! Pero, ¿es esto lícito? ¿Es eso recomendable? ¿Es ésa la doctrina y la práctica de la Iglesia?

    ¿Puede ponerse el Poder (aunque sea en el grado de la Administración municipal) en manos «desconocidas», sólo porque esas manos están aplicadas a derrumbar a los sectarios? ¡Ah, Padre Abadal! Si una partida de bandoleros asalta mi casa y me despoja de ella, yo sería un solemne imbécil si apoyase a quienes encontrara empeñados en la tarea de vencer a aquéllos, y no llevasen el tricornio de la Guardia Civil, porque con razón podrían alegar, después del triunfo, si son también bandoleros, que yo mismo, con mis hechos, he legitimado su conquista.

    No, y mil veces no. Enhorabuena que momentáneamente, SABIENDO QUIÉNES SON Y LO QUE QUIEREN, se unan los católicos a los liberales, «avanzados o no», para derribar a quienes se han hecho insoportables, que no siempre son los avanzados, sino no pocas veces los que forman en la burguesía moderada; pero no se cante como un triunfo el arrojar a los sectarios en unión con quienes no se sabe lo que son; menos se adopte esa táctica y se recomiende; y menos aún se limite el horizonte católico a salvar «unas» escuelas, a rechazar «una» ola, a defender «unas» obras sociales, y, digámoslo con claridad, que ya es hora de no encubrir la palabra con eufemismos, a impedir que la turba furiosa apedree las residencias, conventos y colegios de los Religiosos.

    Vayamos arriba, muy arriba, aunque padezcamos persecuciones, pedreas e incendios. Vayamos a descuajar el liberalismo de las instituciones sociales. La placidez del liberalismo moderado es la de la tuberculosis. De una puñalada puede curarse, aunque el sol de Mayo no reconforte por el momento al herido; de la tisis se muere, aunque las auras primaverales coloreen las mejillas del pobre tuberculoso…


    VÍCTOR PRADERA






    [1]
    Nota mía. Es de suponer que Pradera se refiere al libro Casus conscientiae his praesertim temporibus accommodati propositi ac resoluti, de Pablo Villada S. J., 3 Tomos, 1884-1887, Bruselas.

    Parte de esta obra se tradujo al castellano, en una edición titulada Casos de conciencia acerca del liberalismo sacados de la obra escrita en latín por P. V., 1886, Madrid.

  10. #10
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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

    Fuente: El Correo Español, 15 de Enero de 1906, páginas 1 – 2.



    El mal menor


    Asunto es éste tan manoseado que repugna discutirlo, por tratarse de verdades de sentido común casi; pero no hay más remedio que poner las cuestiones al alcance de las inteligencias vulgares, si queremos que nuestra propaganda sea eficaz y fructífera.

    Desde luego, el más y el menos no altera la esencia de las cosas. ¿Se trata de verdadero mal, aunque sea menor? Pues nunca la práctica del mal, ni mayor ni menor, es lícita en conciencia. Ni aun como medio para conseguir el bien, se puede nunca practicar el mal. En ningún caso, por ejemplo, es lícito mentir, ni aun para arrancar a un inocente del patíbulo, como en ningún caso es lícito cometer un pecado venial para evitar otro mortal.

    Todo esto lo saben, no solamente los profundos teólogos moralistas, sino también las viejas y los chiquillos que han aprendido, comprendiéndolo, el Catecismo de la Doctrina Cristiana.

    “Pero, hombre”, se dicen, “lícito y provechoso es cortar la pierna o el brazo gangrenados para salvar la vida; por consiguiente, lícito será también practicar un pequeño mal moral para evitar otro mayor y más grave”.

    No hay paridad en el ejemplo, porque aquí se trata de mal físico, absolutamente independiente del libre albedrío; del mal regulado por leyes naturales inflexibles, universales y constantes; del mal que, bien considerado, es un bien, pues bien, y bien precioso, es quedarse sin brazo o pierna, manco o cojo, para no perder la vida. Y aun en este orden de cosas, es cuestionable qué mal es preferible. Si a un condenado a muerte se le diera a escoger entre un veneno lento que le matara poco a poco, entre angustias y dolores cruentos, o la guillotina, es casi seguro que preferiría la segunda a la primera muerte, y eso que aquélla parece mal menor, pues alarga la vida del condenado por unos días y aun por unos meses.

    De análoga manera, en el orden moral, entre un liberal conservador que va aniquilando y desangrando a la Patria con sus procedimientos moderados, pero antipatrióticos e impíos, y un liberal radical que lo lleva todo a sangre y fuego y acaba con ella en un día, no sabemos dónde está el mal menor, ni es lícito decidirse por ninguno. Lo racional sería rechazar y condenar ambos, como se quedaría sin ninguno de los procedimientos, físicamente malos, el condenado a muerte.

    “Es que el acto de votar a un conservador, verbigracia, para que no triunfe un republicano, es en sí indiferente, no hay aquí mal, ni mayor ni menor: el mal resulta de la finalidad del acto; y desde este punto de vista, es preferible que empuñe las riendas del Gobierno un conservador que un republicano”. Tampoco esto es cierto: bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu. Si la finalidad del acto es menos nula en un caso que en el otro, todo el acto moralmente considerado es nulo, y tan ilícito es el mal menor como el mayor. O el conservador de que se trata es liberal, o no; en el primer caso, todo liberalismo es pecado, sin que pueda admitirse la doctrina de que hay un liberalismo bueno y otro malo; en el segundo, ya no ha cuestión, pues al llamarse el candidato conservador antiliberal, no es tal conservador a usanza española, y entonces debe titularse católico, con cuyo calificativo no habrá católico alguno que tenga escrúpulos al votarle.

    No falta quien compara el acto electoral a la venta de armas, que es lícita, y, sin embargo, se puede hacer y se hace mal uso de ellas. Tampoco esta comparación aclara el asunto. Al candidato, más o menos liberal, se le coloca en condiciones para infiltrar su liberalismo en las leyes y en los actos gubernamentales, y lo mismo da que parta uno de la libertad del error, o que sostenga el otro la libertad de conciencia: los dos son peores; y lo seguro, lo racional, y hasta lo de sentido común, es no votar a ninguno de los dos.

    Pero supongamos que convenga apoyar al menos radical, y que los moralistas, que encuentran cuando quieren argumentos para todo, han resuelto la cuestión a favor del conservador o del mal menor; estas soluciones serán aceptables, y aun defendibles, en el terreno de la tesis, pero nunca en el de la hipótesis, es decir, aplicables a los conservadores españoles, cuya conducta política se resume diciendo que son conservadores de todo lo malo, de todo los más antipatriótico, de todo lo más vergonzoso y perjudicial para la Nación.

    De manera que, si en tesis general no es lícito practicar el mal, ni mayor ni menor, ni en la hipótesis española encontramos defensa desde el punto de vista patriótico y religioso para los liberales conservadores, incluso los mauristas, los menos malos en sentir de los paladines del mal menor, es claro como la luz meridiana que los católicos españoles, entre dos liberales, el uno malo y el otro peor, harán como unos santos quedándose sin ninguno y enviando a los dos a freír espárragos.

    Que los egoísmos de ciertas clases bien avenidas con esta media legalidad, que marchan bien en el machito de las instituciones, las empujan en esta dirección para su propia tranquilidad y defensa. Buena pro les haga, y cuando las cosas se extremen en España como en Francia, y, por las sendas del reconocementismo, sean esos señores conducidos primeramente a la disolución y luego al extranjero, que apelen entonces a Poncio Pilatos; nunca podrán acusarnos a los enemigos del mal menor de haberlos empujado en esas direcciones.

    Pero hay más: todo esto son martingalas que se traen los defensores de las instituciones y del régimen, para apoyar y sostener lo que, a fuerza de descrédito y de vergüenza, se bambolea en la opinión pública; y para convencer a los católicos de que ninguna obligación tienen en conciencia de arrimar el hombro para sostenerlo y evitar que se hunda, basta llevar a su ánimo el convencimiento de que se han exagerado y hasta desnaturalizado las mal llamadas direcciones pontificias respecto al sostenimiento de los Poderes constituidos. De la misma manera que por el fruto se conoce al árbol, así también por sus desastrosos efectos se conocen las direcciones políticas, y el ralliement está históricamente juzgado en la reciente Ley de Separación entre la Iglesia y el Estado francés.

    No obstante, por si quedase algún iluso, léase el Capítulo V del Libro Blanco publicado por la Santa Sede [1], y allí se afirma y se prueba que fueron mal interpretadas las instrucciones pontificias sobre el particular, que nunca hicieron ni pudieron hacer los Papas violencia a los sentimientos íntimos de los católicos, ni prohibirles que, por todos los medios legales, trabajasen contra lo existente si lo consideraban funesto para la Patria. Ahora bien: ¿para la nación española ha habido nunca, ni puede haber, nada más funesto que lo existente? Entonces los católicos españoles podemos en conciencia, y hasta debemos, si se apura, hacerlo por todos los medios legales, entre los que figuran las elecciones en primer término; y cuando se nos pida el voto para un maurista, o para un liberal conservador de cualquiera otra casta, negarlo con la misma energía y fundamento que lo podemos y debemos negar a un republicano, socialista o anarquista.



    ESEVERRI





    [1]
    Nota mía. Se refiere Eseverri al Libro Blanco publicado por Roma a finales de Diciembre de 1905, referente a la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado aprobada por la República francesa, la cual llevaba consigo la ruptura del Concordato de 1801. En dicho Libro se trataba de demostrar que la responsabilidad de la ruptura recaía únicamente sobre el Gobierno francés.

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    Re: El mal menor en política: doctrina satánica nacida de las entrañas del Infierno

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    ¿Los católicos deben luchar en las elecciones?

    - Sí, sin duda ninguna.

    ¿Qué deben procurar en ellas?

    - Sacar siempre a los mejores, y siempre tener en cuenta sobre todo la calidad de los católicos.

    Cuando se presenta un católico ¿pueden votar a un liberal?

    -No pueden.

    Cuando se presenta un liberal solo, sin rival, ¿pueden votarle?

    -No pueden.

    Cuando se presentan dos liberales igualmente malos, ¿pueden votar a uno de los dos?

    -Tampoco.

    Cuando se presentan dos liberales y ningún católico, pero uno bastante peor que el otro, ¿pueden votar al menos malo de los dos?

    -Pueden en algunos casos, pero no por afecto al liberal menos malo, sino por aversión al peor.

    ¿Y están obligados a votar al menos malo en estos casos?

    -No están obligados a no ser que lo mande quien tenga legítima autoridad.

    Y ¿será al menos conveniente que se le vote aunque no sea obligatorio?

    - Tal vez en algunos casos sea conveniente. Pero de esto han de decidir los que tengan autoridad y los jefes de los partidos después de reflexionado.

    Y ¿qué casos son estos?

    - Cuando se junten las siguientes condiciones:

    1.- Que de salir elegido el peor se teman graves daños para la religión, para la moralidad o la Patria.

    2.- Que no haya modo de impedir las dos elecciones, sino que de todos modos habría de ser elegido uno de los dos malos.

    3.- Que no haya escándalo.

    4.- Ni resulte por otro lado algún mal mayor que el que se evita con derrotar al más malo.

    5.- Que, en fin, el que da el voto lo dé sin afecto al menos malo, porque a todo lo malo, aunque sea menos malo, se ha de tener odio.

    Y ¿cuál es menos malo?

    - De suyo, dicen, coeteris paribus, el republicano y socialista y anarquista es el peor, luego el liberal radical, luego el moderado. Dicen de suyo, porque puede ser que en muchos casos sea peor elegir a los moderados.

    Pero ¿no es verdad que los moderados y liberales católicos son peores que los demagogos?

    - De suyo, no; pero son más temibles, porque son más insidiosos y suelen ser más duraderos, por lo cual hay que andar con más cautela con ellos.

    Según eso, ¿se podrá transigir con estos liberales?

    - Jamás, ni tener con ellos sociedad ni liga ninguna, sino valernos de ellos para primero derribar a los más fieros, y luego derribarlos a ellos también.

    ¿Acaso por ser menos malos los moderados se les debe tener menos aversión?

    - Antes más en cierto modo, y proceder con ellos con más cautela y más empeño, por lo mismo que son más encubiertos y tienen más apariencia de bien.

    ¿Hay contra esa doctrina algo que se pueda oponer?

    - Nada.



    FUENTE: ¿Cuál es el mal mayor y cuál es el mal menor? El Magistral de Sevilla, 20 de febrero de 1912. LA EDITORIAL VIZCAÍNA, C/ Enao, 8 BILBAO. Págs. 6 y 7

    (La negrita y los subrayados son míos)

    ¿Y quién escribe en estos términos tan contradictorios que finalizan remitiendo de nuevo al comienzo? Pues reproduzco de nuevo:

    <<No quiero ser yo el que dé un resumen de los artículos citados. Sea el P. VILARIÑO, hermano en Religión de los PP. Villada y Monteguiada, y Director de El Mensajero del Corazón de Jesús, el que lo haga, para tener seguridad de no apartarme de su espíritu.>> (pág. 6)


    Es decir, el famoso Padre Remigio Vilariño, el mismo que publicó el Devocionario Completo del que tengo dos ejemplares, uno de ellos de la 10ª edición de 1934, salido del Convento de El Carmelo de Bilbao en 1937, y el segundo de la 19ª edición de 1956. Nada sospechoso pues, pero cuyos argumentos me llevan a ciertas consideraciones:

    1.- En base a la primera pregunta sobre sí los católicos deben luchar en las elecciones, y que el P. Vilariño responde rotundamente: "Sí, sin duda alguna"

    Yo pregunto a mi vez: ¿Dónde está la presentación en casi todos los comicios de candidaturas de la COMUNIÓN TRADICIONALISTA?

    Y la respuesta que se suele dar invariablemente suele ser ésta: No se quiere participar de este Sistema o de este régimen.

    Después de todo el argumentario ofrecido por el P. Vilariño, me llama especialmente la atención la conclusión final:

    ¿Hay algo contra esa doctrina que se pueda oponer? NADA.

    Lo que particularmente es descorazonador por cuanto él mismo afirma que se puede votar a alguien sí lo manda quien tenga la legítima autoridad, y han de decidirlo los que tengan autoridad, quedando claro que habla de jefes de partidos en plural y no de eclesiásticos, por sí quedase alguna duda al respecto.

    Y, finalmente, ¿qué se está haciendo por España, aparte de NADA?. Sí, mucha reflexión, mucho dedo acusador, mucha descalificación, mucho carnet de partido o de pureza ideológica no habiendo partido, etc., etc., etc. En resumen, nada de nada de nada y mucho bla,bla,bla..., totalmente inútil y huero.
    Última edición por Valmadian; Hace 1 semana a las 00:13
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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