Decía el antiguo Código de Derecho canónico que el fin secundario del matrimonio era "el remedio de la concupiscencia".
¿No tienes problemas de concupiscencia? ¿No necesitas "remediarla"?
Bien. Si estás convencido, en tal caso, deberías como católico elegir el estado clerical, pues nada te impediría servir a Dios y podrías llegar a ser un gran santo. ¿Ante eso, que son las miserias intelectuales de los filósofos?
Antiguamente la vocación de los católicos a la hora de elegir estado civil era única: o matrimonio o sacerdocio. El matrimonio canónico y el orden sacerdotal, sacramentos ambos, santificaban al que accedía a ellos.
Entre católicos nunca fue la soltería, como tal, un estado civil sano ni viable: aspirar a la soltería, sin más, se suponía algo sospechoso y propio de los que apetecían vivir en vicioso libertinaje sexual (sodomitas).
Modernamente, el estado civil de soltero como alternativa apetecible del "ser humano" es un invento del protestantismo.
Respecto al valor trascendental del "cultivo del intelecto y del espíritu", una anécdota:
Se cuenta, en un relato medieval, que Santo Tomás de Aquino le dijo a un aparecido (con el que, en vida, había debatido sobre el valor en el Más Allá de los conocimientos adquiridos en esta vida): "¿Podrás ya responderme sobre si los conocimientos intelectuales adquiridos en esta vida aprovechan en el Cielo?"
A lo que el aparecido le respondió: "Veo a Dios, no me preguntes más sobre tal cosa".
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