Los inicios revoltosos del clero separatista y pro-etarra en el franquismo (1968)
Tras la muerte en tiroteo del etarra Echevarrieta, asesino del sr. Pardines, guardia civil de tráfico, primer asesinado oficial de ETA (primavera de 1968) comenzaron a decirse “misas” a diestro y siniestro por la geografía vasca (es decir mítines separatistas y pro-terroristas bajo cobertura “religiosa”) en honor del etarra fallecido; a la vez que aparecían inverosímiles complicidades clericales (depósitos de armas en sacristías, ocultación de terroristas en conventos…) comenzando el goteo de curas y religiosos de la región vasca que comenzaban a ser procesados y enviados a la cárcel “concordataria” de Zamora.
Además del Régimen, aquellos frailes y curas vascos revoltosos hasta entonces contaban con el disgusto y la condena del “conservador” mons. Pablo Gúrpide, obispo de Bilbao (por entonces ya gravísimamente enfermo y que moriría durante la revuelta). Aquel venerable prelado pasó a ser objeto de la ira y las protestas de aquellos curas gamberros, varios de los cuales “okuparon” el seminario de Derio para pedir su dimisión y otras reformas político-religiosas disparatadas (amparados en las tesis del entonces reciente Vaticano II), con toda publicidad, descaro y escándalo.
Una vez fallecido mons. Gúrpide, los revoltosos se saldrían con la suya; cesaron en la okupación del seminario de Derio y poco antes del fin de aquel 1968, el papa Pablo VI, por su cuenta, les “premió” con un “administrador apostólico” a su medida: el tristemente famoso y proetarra Cirarda (obispo entonces de Santander). Así evitaba Pablo VI el engorro de nombrar un obispo titular que, por haber debido ser acordado con el Régimen de Franco (como establecía el Concordato de 1953), hubiera dado un enfoque conservador al asunto.
Una vez nombrado Cirarda, cómplice de los curas gamberros, ya podía decirse que, oficialmente, la Iglesia vasca era separatista y pro-etarra; dado que al obispo Argaya de San Sebastián también le iba la marcha.
Pocos años después, los obispos Añoveros, en Bilbao, Setién en San Sebastián y el granadino Asensio, en Pamplona, completarían el trío calavera de la iglesia proetarra-antifranquista, teledirigidos por el nuncio Dadaglio en Madrid y “Su Santidad” Pablo VI en Roma.
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