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Tema: “Escrito para la Historia” (Recensión de Manuel de Santa Cruz)

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    “Escrito para la Historia” (Recensión de Manuel de Santa Cruz)

    Fuente: Verbo, Número 397-398, Agosto-Septiembre-Octubre 2001, páginas 749 a 752.



    Blas Piñar: ESCRITO PARA LA HISTORIA (I)
    (*)



    Todos los que han hablado alguna vez con Blas Piñar han sentido un deseo vehemente de que escribiera sus memorias. La consagración total y ejemplar de su vida a la política y a la religión y su extraordinaria memoria permitían deducir sin esfuerzo que sabía muchísimas cosas (¿quizás demasiadas?) de la historia contemporánea de España, que si no las escribía en esas memorias se iban a perder. Concurrían a ese deseo otros dos factores: su minuciosidad en guardar textos y documentos –su profesión de notario era una segunda naturaleza–, y el ser uno de los hombres mejor informados –al minuto– de España, por una red silvestre de admiradores que le contaban todo como si por transferirlo a ese líder superior se liberaran de responsabilidad[es] intransferibles. A muchas personas de la “España Nacional” que casualmente se enteraban de cosas de interés no se les ocurrió hacer otra cosa en su vida que decir: “hay que avisar a Piñar”.

    Ya está en las manos y en las bocas de todos el primer tomo de esas memorias. Anunciemos en seguida que un segundo tomo saldrá a final de este año de 2001. Estas apariciones son un tanto irregulares porque han ido precedidas, en cuanto a pertenencia informal del género de memorias, de numerosas narraciones breves en forma de artículos y de incrustaciones en sus innumerables discursos y en su libro, Mi réplica al cardenal Tarancón. Estos materiales dispersos deberán ser recopilados y reeditados con índices detalladísimos el día venturoso en que muchos católicos distingan mejor entre caridad espiritual y caridad material y den a las editoriales católicas españolas al menos tanto dinero como están dando a los menesterosos del Tercer Mundo.

    Este libro, ahora de moda, comprende desde el final de la década de los años cincuenta hasta que se proclama la Constitución de 1978 y se refiere mayormente a dos grandes conjuntos: la ruptura con el sistema del 18 de julio, y a la crisis de la Iglesia en torno al Concilio Vaticano II. Toca también asuntos de los que se ha escrito poquísimo –por algo será–, y esto compensa su situación algo dispersa, como son la independencia de Guinea, la “retrocesión” de Ifni y el abandono del Sáhara. Estos últimos capítulos me parecen más trascendentes que los otros, porque de la crisis de la Iglesia y del franquismo, aunque se ha escrito poco y mal, algo verdadero se puede entrever. Pero la pérdida de los territorios africanos –provincias– está envuelta en silencio porque a las derechas les molesta ver a Franco involucrado en ello, y las izquierdas son apátridas y por tanto ajenas al tema de los restos del Imperio. Los socialistas se opusieron a la ocupación de Ifni cuando la Segunda República.

    Este libro, fiel reflejo de la mente de su autor, se sitúa en el diedro o bisagra donde se tocan la religión y la política. Lo mismo que muchas tareas de esta revista Verbo y de La Ciudad Católica. En Piñar, algo más desplazado su interés hacia la vertiente política concreta, y en nosotros, hacia la religión y la filosofía. Pero coincidimos en las preocupaciones religiosas y patrióticas, aunque a veces servidas de distinta manera. Es una pena que tantos y tantos católicos eludan situarse en esta bisagra, si bien hay que reconocerles la atenuante de que en ella el combate es duro, peligroso y desagradable, y mucho más después de la crisis periconciliar.

    Este primer libro de memorias de Piñar forma parte de una floración variopinta de testimonios políticos históricos que ha planteado la cuestión de cuándo empezó realmente la transición o ruptura del Estado nacido de la Cruzada de 1936 hacia la democracia. Dice Piñar, de pasada (pág. 380), que el proceso de la transición política empezó mucho antes de la muerte de Franco. Poco después dice que la transición comenzó en la Iglesia, antes de la muerte de Franco, noticia que anuncia ampliar en el próximo volumen. En la página 385 afirma que en 1970 la transición de la Iglesia era ya evidente. Pero no da una fecha concreta como referencia, siquiera simbólica o didáctica, del acontecimiento. Fue un proceso en sus comienzos sutil e inaprehensible, y de aquellos días de sutilezas cuenta muchas. Lejos ha estado Piñar en toda su vida, y en este libro, del cáncer contemporáneo de minimizar, de restar importancia a las cosas pequeñas como coartada para la pereza o la complicidad. Se ha pasado la vida como un centinela avisando desde los parapetos, a gritos, de los avances del enemigo, sin que los más obligados a atenderle y ayudarle le hicieran caso. Sus memorias, todas, son y serán una antología de episodios aparentemente pequeños, de combates eludidos por otros, que en su conjunto forman la única explicación de que la colosal transformación sufrida por España se haya hecho sin que muchos se dieran apenas cuenta. Cuando ésta, al final, se ha mostrado sin disimulo posible, los culpables o sus herederos espirituales lloran, pero, desgraciadamente, sólo… lágrimas de cocodrilo, sin la menor reparación o desagravio a este héroe que despreciaron.

    El tema del comienzo de la transición se entrelaza con el de las retiradas estratégicas de Franco en cuestión de las ideologías.

    Una constante, muy constante, en todas las páginas del libro, en todas las actuaciones de Piñar, es su devoción a Franco en unos niveles insuperados que no comparto. Como no es tonto, se daba cuenta en seguida de las maniobras enemigas –enemigas de Dios y de España– en la mayoría de los asuntos que recuerda. No cede; contraataca, pierde, pero sigue, y cuando tirando del hilo llega hasta las manos de Franco, que en última instancia dispone las cosas en contra suya, de Piñar, se calla, hace un silencio absoluto, y corta el relato tajantemente, y sin explicaciones, y se va a otro tema. No entiendo este silencio, porque no puede evitar que el lector comprenda que el Caudillo le está tomando el pelo. A lo más que se atreve Piñar en algún momento, es a imitar a los malos monárquicos, cortesanos, que exculpan a los reyes echando las culpas de sus errores a las camarillas. La colección de la revista Fuerza Nueva es, análogamente, un catálogo, de inapreciable valor como fuente histórica, de denuncias que se agotan, una tras otra, silenciosamente, a los pies de Franco, sin remedio posterior.

    ¿Por qué cedía Franco ante la Revolución, según vamos sabiendo ahora, y no sólo por el libro de Piñar? Por presiones extranjeras y por la falta de asistencia de muchos españoles que pudiendo y debiendo ayudarle, al menos sectorial y coyunturalmente, optaron por la holganza. También habría muchas otras causas. Piñar nos deja en el umbral del enigma, pero no lo resuelve.

    Los textos que comentamos son, sorprendentemente, fríos y distantes del estilo fogoso del verbo de su autor. Aquí aparece el notario riguroso y minucioso que aporta pruebas de acusación inéditas para poner en evidencia a traidores y culpables. Pero no se ensaña, ni los remata, que bien pudiera aun a golpes de sola ironía; no es un killer. Esta sobriedad piadosa, que es buena teóricamente, en la práctica didáctica es insuficiente, porque visto está que las gentes de nuestra España actual no acaban de entender las cosas si no se les repiten machaconamente cien veces y, con frecuencia, a gritos, y aun así, tampoco.

    Un ejemplo de esta piedad mal entendida es la publicación, en el capítulo de la “retrocesión” del Ifni, solamente de los nombres de los procuradores que se opusieron a ella y omitiendo los nombres de los culpables que votaron a favor. No hay la menor alusión a las responsabilidades de Franco en esto, ni en el capítulo dedicado a la independencia de Guinea. En cambio, sí que menciona a Franco en el capítulo “El abandono del Sáhara” para exculparle, porque en aquellos días se estaba muriendo. Exculpación que no alcanza a la época de la gestación, larga, de aquel abandono.

    Hay en la demografía española actual y en relación con los años que historia Piñar, tres franjas de edades. La superior a 60 años, envejecida hoy, con responsabilidades entonces, que leerá este libro con curiosidad estéril porque ya no están para mucho. Otra, entre 40 y 60 años, de personas a las que “les suena” todo esto y que en el libro de Piñar encontrarán un instrumento valiosísimo para entender bien aquello. Y los de menos de cuarenta, que no saben nada de nada, y a los que no habrá más remedio que regalarles este libro, indispensable para su formación.


    MANUEL DE SANTA CRUZ





    (*) Fuerza Nueva Editorial, Madrid, 2000.
    Última edición por Martin Ant; 29/12/2017 a las 12:37
    Donoso dio el Víctor.

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