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Tema: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

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  1. #1
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    ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Resumen

    "En 1976, Monseñor Marcel Lefebvre hacía aparecer en las Ediciones Saint-Gabriel, en Suiza, un pequeño libro, hoy descatalogado: "¡Yo acuso el Concilio!". Presentaba documentos que él había escrito durante las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II.
    En una nota introductoria, explicaba su propósito: "Es necesario desmitificar este Concilio que ellos (los responsables del Vaticano II) han querido “pastoral“, por su horror instintivo al dogma y para facilitar la introducción oficial en un texto oficial eclesiástico de las ideas liberales. Pero, acabada la operación, ellos dogmatizan el Concilio, comparándolo al de Nicea, y lo afirman similar a otros y hasta superior!"



    Prefacio

    "Nada parece más oportuno en estos días (1976), cuando el 'caso de Ecône' plantea el grave problema de las intenciones del Concilio Vaticano II y su influencia en la autodestrucción de la Iglesia, que publicar documentos redactados durante el Concilio.

    Estos documentos manifestarán con evidencia que las orientaciones liberales y modernistas salieron a la luz y tuvieron una influencia predominante, gracias al verdadero complot de los cardenales ribereños del Rin, lamentablemente apoyados por el Papa Pablo VI.

    Los equívocos y ambigüedades de este Concilio “pastoral” contenían el veneno que se ha extendido por toda la Iglesia a través de las reformas y aplicaciones conciliares. De este Concilio nació una nueva iglesia reformada que incluso S.E. Mons. Benelli llama la “Iglesia Conciliar”.

    Para entender y medir los efectos nocivos de este Concilio, se debe examinarlo a la luz de los Documentos Pontificios que ponen en guardia a lo obispos, el clero y los fieles contra la conspiración de los enemigos de la Iglesia, que actúan por medio del liberalismo y del modernismo desde hace casi dos siglos.

    Asimismo hace falta conocer los documentos de los adversarios de la Iglesia y de las sociedades secretas, especialmente, que llevaban preparando este Concilio desde hace más de un siglo.

    Finalmente, será instructivo seguir las reacciones de los protestantes, masones y católico-liberales, durante y después del Concilio.

    Se impone la conclusión, especialmente tras la enorme catástrofe sufrida por la Iglesia desde el Concilio: este evento ruinoso para la Iglesia Católica y la Civilización Cristiana no fue dirigido ni conducido por el Espíritu Santo.

    Constituye para la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo y la salvación de las almas, un enorme servicio denunciar públicamente que las acciones de los hombres de Iglesia que han querido hacer de este Concilio la ‘paz de Yalta’ de la Iglesia con sus peores enemigos, hacían en realidad una nueva traición a nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia."

    + Marcel Lefebvre

    Ecône, 18 de agosto de 1976
    Última edición por ALACRAN; 01/04/2013 a las 20:07
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  2. #2
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Notas sobre el título

    “¿Por qué el título "Yo acuso al Concilio"?
    Por tener derecho a afirmar, mediante la crítica de argumentos tanto de crítica interna como externa, que el espíritu dominante en el Concilio y que ha inspirado tantos textos ambiguos y equívocos e incluso francamente erróneos no es el Espíritu Santo, sino el espíritu del mundo moderno, espíritu liberal, teilhardiano, modernista, opuesto al Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.

    Todas las reformas y las pautas oficiales de Roma son exigidas e impuestas en nombre del Concilio. Sin embargo, estas reformas y orientaciones son todas de tendencia francamente protestante y liberal.

    Es desde el Concilio que la Iglesia, o al menos los hombres de la Iglesia que ocupan puestos claves, han tomado un rumbo claramente opuesta a la Tradición, es decir al Magisterio oficial de la Iglesia.

    Se han creído la Iglesia viva y amante de la verdad, con libertad de imponer dogmas nuevos a clero y fieles: el progreso, la evolución, la mutación unidos a una obediencia ciega e incondicional. Han dado la espalda a la verdadera Iglesia de siempre, dándole nuevas instituciones, nuevo sacerdocio, nuevo culto, nueva enseñanza en permanente búsqueda, y eso siempre en nombre del Concilio.

    Es fácil pensar que cualquiera que se oponga al Concilio, a su nuevo evangelio, será considerado como fuera de la comunión de la Iglesia. Pero si se les pregunta de qué Iglesia, responderán que de la Iglesia Conciliar.

    Por lo tanto, es esencial desmitificar este Concilio, que ellos querían “pastoral” por su horror instintivo al dogma y para facilitar la introducción formal en un texto oficial de la Iglesia de las ideas liberales. Pero, acabada la operación, ellos dogmatizan el Concilio, comparándolo al de Nicea, y lo afirman similar a otros o hasta superior a los otros!"

    Afortunadamente esa operación de desmitificar el Concilio ha comenzado - y comenzado bien- con el trabajo del profesor Salet en el "Courrier de Rome" sobre la “Declaración acerca de la "libertad religiosa"; en él, concluye que esa “Declaración” es herética.

    ¡Cuántos temas necesitados de estudio y análisis! Por ejemplo:
    - Lo que concierne a relaciones entre los obispos y el Papa, en la constitución de "la Iglesia", los obispos", "las misiones";
    - El sacerdocio de los sacerdotes y los fieles en los preliminares de la "Lumen gentium";
    - Los fines del matrimonio en la "Gaudium et spes";
    - La libertad de la cultura, de conciencia y el concepto de libertad en la "Gaudium et spes";
    - El ecumenismo y las relaciones con las religiones no cristianas, con ateos,
    - etc.

    Rápidamente se hubiera detectado un espíritu no católico. De esos estudios, el enlace se hubiera hecho naturalmente con las reformas nacidas del Concilio. A continuación, una única luz iluminaría el Concilio.

    Lo que necesariamente suscita una pregunta: los que han tenido éxito con esta maniobra admirable, ¿la tenían premeditada antes el Concilio? ¿Quiénes son? ¿Se reunieron antes del Concilio?
    Poco a poco, los ojos se abren a una conspiración increíble, preparada desde tiempo atrás. ¿Este descubrimiento requiere preguntarse: ¿en esta obra, qué papel tuvo el Papa? ¿Su responsabilidad? En verdad, parece abrumadora, a pesar del deseo de exonerarlo de esta terrible traición a la Iglesia.

    Pero aunque dejemos a Dios y a los verdaderos futuros sucesores de Pedro juzgar estas cosas, no deja de ser cierto que el Concilio ha sido desviado de su fin por un grupo de conspiradores y que nos es imposible entrar en esa conspiración, aunque aún haya algunos textos satisfactorios en este Concilio. Porque los textos buenos se usaron para que se aceptaran los textos ambiguos, minados y engañosos.

    Hay una única solución: abandonar esos textos peligrosos asirnos firmemente a la Tradición, es decir,al Magisterio oficial de la Iglesia de veinte siglos.

    Esperamos que las siguientes páginas lanzarán una luz de verdad sobre las intenciones subversivas de los adversarios de la Iglesia, ya conscientes o inconscientes.

    Añadamos que las apreciaciones de los clérigos y los católicos liberales, de los protestantes y de los masones en el Concilio simplemente confirman nuestros temores. El Cardenal Suenens afirmaba con razón que este Concilio ¡era el 1789 en la Iglesia!
    Así pues, nuestro deber es claro: predicar el Reino de nuestro Señor Jesucristo frente al de la ‘diosa razón’.”

    + Marcel Lefebvre

    París, 27 de agosto de 1976
    Última edición por ALACRAN; 01/04/2013 a las 20:08
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
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  3. #3
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Capítulo I

    Vaticano II - Primera sesión (1962)

    1- Primera intervención: 20 de octubre de 1962
    Sobre el primer mensaje recibido por los Padres Conciliares

    2 - Segunda intervención: 27 de noviembre de 1962.
    Sobre la finalidad del Concilio

    Capítulo II

    Vaticano II - Segunda Sesión (1963)

    3 - Tercera intervención: Octubre de 1963.
    Sobre la colegialidad

    4 - Cuarta intervención: 6 de noviembre de 1963.
    Sobre el esquema del Decreto “Los obispos y el gobierno de las diócesis”

    5 - Quinta intervención – Noviembre de 1963.
    Sobre el esquema sobre ecumenismo y su apéndice sobre 'libertad religiosa'

    6 - Sexta intervención – 26 de noviembre de 1963:
    Sobre la "libertad religiosa", o el Capítulo V del ecumenismo

    7 - Texto de la intervención (presentada públicamente en la Secretaría del Concilio (no leída):
    Enmienda al Capítulo V sobre "ecumenismo".

    8 - Observaciones enviadas al Secretariado del Concilio el 30 de diciembre de 1964:
    Sobre el esquema de la Declaración sobre "libertad religiosa"


    Capítulo III

    Vaticano II - Intermedio entre Sesiones (1963-1964)

    9 - Carta al Santo Padre sobre el peligro de los equívocos.

    10 - Nota para el Santo Padre sobre el esquema "Constitutionis de Ecclesia",
    escrita atentamente por el Cardenal Larraona.


    11 - Respuesta del Papa.


    Capítulo IV

    Vaticano II - Tercera sesión (1964)

    12 - Séptima intervención: Octubre de 1964..
    Sobre la “Declaración sobre la libertad religiosa”

    13 - Octava intervención:1964
    Comentarios sobre el esquema de "La actividad misionera de la Iglesia"

    14 - Documento anexo – 1964
    Comentarios sobre el régimen de "La actividad misionera de la Iglesia"


    Capítulo V

    Vaticano II - Cuarta sesión (1965)

    15 - Décima intervención: 9 de septiembre de 1965
    Sobre el esquema XIII Constitución de "la Iglesia en el mundo de hoy”

    16 - Undécima intervención: septiembre de 1965
    Acerca de la "Declaración sobre la libertad religiosa"

    17 - Duodécima intervención: 2 de octubre de 1965
    Sobre el esquema de "La actividad misionera de la Iglesia"


    Capítulo VI

    Vaticano II - Después de la Cuarta sesión

    18 - Respuesta al Cardenal Ottaviani (1966)

    19 - Conclusión
    Última edición por ALACRAN; 01/04/2013 a las 20:08
    Donoso, Hector el Cruzado y Pious dieron el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  4. #4
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Capítulo I

    Vaticano II - Primera Sesión

    Primera intervención

    Sobre el primer mensaje de 20 de Octubre de 1962

    “Al principio de la jornada del 20 de Octubre [1], nos fue entregado un borrador de mensaje "ad universos homines", borrador relativamente largo, puesto que ocupa cuatro páginas de la edición vaticana de textos auténticos.

    Se nos dio a un cuarto de hora para conocerlo. Aquellos que deseaban realizar cambios debían notificarlo a la Secretaría del Concilio por teléfono; redactar su intervención; y presentarse al micrófono a la llamada de la Secretaría.

    Inmediatamente vi con evidencia que ese borrador estaba inspirado por una concepción de la religión orientada solo hacia el hombre, especialmente hacia bienes temporales, en busca de un tema que uniera a todos los hombres, ateos y religiosos! ... necesariamente utópica y de espíritu liberal.

    Aquí, algunos extractos de ese borrador:

    "Usaremos nuestras fuerzas y nuestros pensamientos con el propósito de renovarnos tanto nosotros como los fieles que se nos han confiado, de modo que aparezca la faz amable de Cristo ante todas las Naciones..."

    "Por ello la Iglesia no se hizo para dominar, sino para servir..."

    "Esperamos que los trabajos del Concilio den un resplandor brillante a la luz de la fe, que proporcione un renacimiento espiritual de donde parta un impulso feliz que beneficie los valores humanos: descubrimientos de la ciencia, el progreso técnico, la difusión de la cultura..."

    "Nos sentimos solidarios con todos aquellos que por carecer de suficiente ayuda, no pueden todavía alcanzar un desarrollo verdaderamente humano..."

    "También dedicaremos una parte importante de nuestros trabajos a todos los problemas terrenos que afectan a la dignidad del hombre y una auténtica comunidad de pueblos...!"

    Dos puntos principales: la paz y la justicia social.

    "Afirmamos la unidad fraterna de los hombres sobre las fronteras y las civilizaciones".

    "Por eso apelamos, no sólo a nuestros hermanos de quienes somos pastores, sino a nuestros hermanos creyentes en Cristo y a todos los hombres de buena voluntad para trabajar con nosotros en construir en este mundo una ciudad más justa y más fraterna!..."

    Apenas hubo intervenciones, una de ellas fue del Obispo Ancel, que fue aprobada; era solo una modificación de detalle.

    Al atacar el espíritu de este mensaje, choqué con quienes lo redactaron, y se me dirigieron agrias observaciones después de la reunión, por S.E. el Cardenal J. C. Lefebvre que había supervisado ese borrador, escrito probablemente por expertos franceses como el P. Congar."


    Texto de la intervención de Mons. Marcel Lefebvre, leída públicamente

    “En primer lugar, me parece que el tiempo dado para el estudio y aprobación de este mensaje no es suficiente; de hecho, este mensaje es del mayor interés.

    En segundo lugar y en mi humilde opinión, considera principalmente los bienes humanos y temporales y muy poco los bienes espirituales y eternos; tiene en cuenta principalmente el bien de la ciudad terrena y muy poco de la Ciudad celestial hacia la que tendemos y por la cual estamos en la Tierra. Aunque los hombres esperan de nosotros, por el ejercicio de nuestras virtudes cristianas, la mejora de su condición temporal, cuánto más sin embargo desean, en esta Tierra, los bienes espirituales y sobrenaturales.

    Bien podría haberse hablado más de estos bienes, ya que son los verdaderos bienes, esenciales y eternos, que podemos y debemos disfrutar desde esta vida en la Tierra.

    Es en estos bienes donde se encuentran principalmente la paz y la beatitud.”
    ****

    [1] El Concilio fue inaugurado por el Papa Juan XXIII el 11 de octubre de 1962.
    Última edición por ALACRAN; 01/04/2013 a las 20:09
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  5. #5
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Segunda intervención

    27 de Noviembre de 1962

    El propósito del Concilio.

    “La ambigüedad de este Concilio apareció desde las primeras sesiones. ¿Con qué finalidad nos habíamos reunido? El discurso del Papa Juan XXIII había hablado claramente de la manera de orientar el Concilio hacia la exposición pastoral de la doctrina (discurso del 11 de Octubre de 1962). Pero la ambigüedad se mantenía y se percibía la dificultad, a través de las intervenciones y discusiones, de saber lo que quería el Concilio. De ahí mi propuesta del 27 de Noviembre, que ya había presentado a la Comisión Central Preconciliar [2] y que contó con una mayoría de votos de sus 120 miembros.
    Pero estábamos ya lejos del tiempo de preparación del Concilio.

    Mi propuesta se apoyaba, entre otros, con los votos del cardenal Ruffini, y de S.E. Mons. Roy, hoy cardenal Roy.

    Hubiera sido la oportunidad para determinar mejor el carácter pastoral del Concilio. Pero fue objeto de violentas oposiciones: "el Concilio no es dogmático, sino pastoral; no queremos establecer nuevos dogmas, sino exponer la verdad pastoralmente."
    Los liberales y progresistas aman vivir en un clima de ambigüedad. Aclarar el propósito del Concilio les molestaba sobremanera. Por tanto, mi propuesta fue rechazada.”


    Texto de la intervención, leída públicamente

    “Venerables hermanos:
    Permitidme hablar no sólo de estos esquemas, sino de nuestro método de trabajo.
    Si ahora volviéramos cada uno a nuestro propio ministerio ¿acaso no sería con dolor como abandonaríamos la Ciudad? [3]. En efecto, aunque estamos seguros de una verdadera unanimidad entre nosotros, sin embargo esa unanimidad no ha aparecido claramente hasta ahora.

    ¿Esta deficiencia no provendrá quizás de nuestro método?
    Hasta ahora, hemos tratado de alcanzar objetivos en un mismo texto, si no opuestos, por lo menos muy diversos; a saber: resaltar nuestra doctrina y erradicar errores, de un lado; de otro, promover el ecumenismo, mostrar la verdad a todos los hombres. Somos pastores y – bien lo sabemos - no hablamos el mismo idioma a teólogos que a no iniciados; ni tampoco a sacerdotes como a laicos. ¿Cómo, pues, definir nuestra doctrina de tal modo que no dé lugar a los errores de hoy día y que, en un mismo texto, haga esa verdad inteligible a personas no versadas en ciencia teológica? O bien nuestra doctrina no se presenta como debiera para ser inteligible a todos; o bien, la doctrina se expone perfectamente, pero su formulación ya no es comprensible para los no iniciados.

    Sin embargo, esta dificultad se incrementada en nuestro Concilio, porque, debido a las circunstancias actuales y el deseo explícito del Soberano Pontífice, la exigencia de dirigirse directamente a todo el mundo parece mayor que en los anteriores Concilios. Los medios de comunicación social aumentan en nosotros, día a día, el celo por la predicación de la verdad y el deseo de unidad.

    Por otra parte, resulta claro que, por la naturaleza misma de nuestro tema, a través de las palabras del Soberano Pontífice, "es de suma importancia para un Concilio ecuménico, mantener y hacer más eficaz el depósito sagrado de la doctrina cristiana". Y, permítanme decirlo, como Superior general - y en este punto, estoy seguro de que otros Superiores generales están de acuerdo conmigo - tenemos una responsabilidad muy grave: la de inculcar en nuestros futuros sacerdotes el amor a la sana e íntegra doctrina cristiana. ¿Acaso la mayoría de los pastores aquí presentes no recibió de religiosos o de miembros de algún instituto religioso su formación sacerdotal? Por lo tanto, es para nosotros de suma importancia que "toda la doctrina cristiana tradicional sea recibida de esa manera exacta, en el pensamiento y en la forma, que brilla sobre todo en las Actas del Concilio de Trento y del Vaticano I", según las palabras mismas del Soberano Pontífice.

    Como consecuencia, y por argumentos de máxima importancia, es absolutamente necesario respetar y recordar estos dos deseos: expresar la doctrina de manera dogmática y escolástica para la formación de eruditos; y presentar la verdad de modo más pastoral, para la instrucción de los demás.

    ¿Cómo entonces satisfacer estos dos grandes deseos? Humildemente, queridísimos Hermanos, propongo la siguiente solución, que ya se ha indicado por varios Padres.
    He aquí la razón por la que me atrevo a someter esta propuesta a vuestro juicio: En la Comisión Central, ya hemos experimentado las mismas dificultades, especialmente sobre esquemas dogmáticos. Sin embargo, he presentado a los Padres de la Comisión Central, con el fin de lograr la unidad de criterio, esta misma propuesta, que ha recibido la unanimidad moral.

    Esta solución propuesta hasta ahora solamente a la Comisión Central, hoy parece que debiera ampliarse, con gran provecho a todas las comisiones.

    Hela aquí: cada comisión propondría dos documentos, uno más dogmático, para uso de los teólogos; otro, más pastoral, para uso de las demás personas, ya sean católicas, no católicas, o infieles.

    Así, muchas de las actuales dificultades pueden encontrar una solución excelente y realmente eficaz:

    1. No habría necesidad de objetar debilidad doctrinal ni debilidad pastoral, objeciones que causan tan grave dificultad.

    Al hacer esto, los documentos dogmáticos tan cuidadosamente preparados y tan útiles para presentar la verdad a nuestros queridos sacerdotes y especialmente a los profesores y teólogos, seguirían siendo en todo caso como la regla de oro de la Fe. No cabe duda de que los Padres del Concilio aceptarán de buen grado esos documentos, esta santa doctrina.

    Del mismo modo, los documentos pastorales, aptos para ser traducidos mucho más fácilmente a las diversas lenguas nacionales, podrían presentar la verdad a todos los hombres (muchas veces versados en ciencias profanas, pero no teólogos) de un modo más inteligible para ellos. ¡Con qué gratitud todos los hombres recibirían del Concilio la luz de la verdad!


    2. La objeción que nace de la pluralidad de esquemas para un mismo objeto quedaría obviada por el mismo hecho.
    Por ejemplo: el esquema dogmático "Obligación para la Iglesia de anunciar el Evangelio" sería fundido con los principios contenidos en los esquemas sobre "Las Misiones" y se convertiría en un documento doctrinal de la comisión sobre "Las Misiones".

    El esquema sobre "Las Misiones" sería un documento pastoral, especie de directorio para todos los interesados en las misiones.

    El esquema dogmático "Los laicos" y el esquema dogmático "Matrimonio, Familia, Castidad y Virginidad" serían fundidos con los esquemas de la Comisión sobre "Los Laicos" y dos documentos partirían de allí: uno dogmático, doctrinal, dirigido a pastores y teólogos, y otro, pastoral a la intención de todos los laicos.

    Y lo mismo para todas las comisiones.

    En mi humilde opinión, si esta propuesta fuera aceptada, se lograría fácilmente unanimidad, todos sacarían del Concilio los mejores frutos y nosotros mismos podríamos volver a nuestro propio ministerio con el espíritu en paz y formando un solo corazón y una sola alma.
    Presento esta humilde propuesta al prudente juicio de la presidencia del Concilio.”
    ****

    [2] Creado por Juan XXIII el 5 de junio de 1960, dos años antes del Concilio, para preparar los esquemas.
    [3] La ciudad eterna: Roma.
    Última edición por ALACRAN; 01/04/2013 a las 20:10
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Capítulo II

    Vaticano II. Segunda sesión

    Tercera intervención - Octubre de 1963

    Sobre la colegialidad; sobre el esquema "La Iglesia", Capítulo II

    “Esta tercera intervención tuvo como objeto el tema de "colegialidad", que ha querido introducirse en la doctrina de la iglesia sobre los poderes relativos al Papa y los obispos. El término "colegio" ya estaba en uso en la Iglesia desde hacía muchos siglos, pero quienes la utilizaban admitían a renglón que era un colegio de carácter especial.

    Al querer usar el término de ‘colegialidad’ a la relación entre el Papa y los obispos, se aplicaba un concepto abstracto y genérico a un colegio particular. Se corría el riesgo de no considerarlo ya como un colegio que tiene una persona a su cabeza, un miembro poseedor sin el colegio de todo el poder.
    Necesariamente se tendía a reducir la autonomía de ese poder y hacerlo dependiente, en su ejercicio, de los otros miembros.


    Estaba claro que esa era la meta; afirmar una colegialidad permanente que obligaría al Papa a no actuar sino rodeado de un senado que participaría de su poder de manera habitual y permanente. De hecho, reduciría el ejercicio del poder papal.

    La doctrina de la Iglesia, por el contrario, dice que para ser capaces de actuar como colegio con el Papa, el Colegio debe ser invitado por el Papa a reunirse y actuar con él, cosa que no ha tenido lugar en realidad más que en los Concilios, que son actos poco frecuentes.

    De ahí las vigorosas intervenciones que tuvieron lugar, en particular, las de S. E. Mons. Carli.


    Texto de la intervención, públicamente leída:

    “Venerados hermanos,

    Tomo la palabra en nombre de varios padres, cuyos nombres envío a la Secretaría general.

    Nos ha parecido que si conservamos como está el texto del Capítulo segundo números dieciséis y diecisiete, se pone en grave peligro la intención pastoral del Concilio. [1]

    Este texto, de hecho, afirma que los miembros del Colegio de Obispos poseen un derecho de gobierno, ya sea con el Soberano Pontífice sobre la Iglesia Universal o ya con los otros obispos sobre las diferentes diócesis.

    Desde un punto de vista práctico, existiría colegialidad, tanto a través de un Senado internacional que residiese en Roma y que regiría la Iglesia universal con el Soberano Pontífice como a través de las Asambleas Nacionales de obispos que poseerían verdaderos derechos y deberes en todas las diócesis de una misma nación.

    De esta manera, el gobierno personal de un solo Pastor en la Iglesia se iría sustituyendo por unos Colegios nacionales o internacionales, poco a poco. Varios Padres han mencionado el peligro de disminuir el poder del Soberano Pontífice, y estamos totalmente de acuerdo con ellos.

    Pero, de ser eso posible, prevemos otro peligro, aún más grave: la amenaza de la desaparición gradual del carácter esencial de los obispos, es decir, su carácter de "verdaderos pastores, cada uno de los cuales alimenta y gobierna su propio rebaño, encomendado a él, con arreglo a un poder adecuado inmediato y pleno en su orden." Las asambleas nacionales con sus comisiones enseguida e insensiblemente apacentarían y gobernarían todos los rebaños, de modo que los sacerdotes y los laicos se encontraría entre dos pastores: el obispo, cuya autoridad sería teórica, y la asamblea con sus comisiones, que, de hecho, mantendría el ejercicio de la autoridad.

    Podríamos aducir muchos ejemplos de las dificultades en que sacerdotes y personas, e incluso obispos se debatirían.
    Sin duda, era la voluntad de nuestro Señor fundar Iglesias particulares sobre la persona de su pastor (¡del cual, con cuánta elocuencia ha hablado!). La Tradición universal de la Iglesia también nos enseña esto, asimismo demostrado por la gran belleza de la liturgia de la consagración episcopal.

    Por esta razón las asambleas episcopales, basadas en una colegialidad moral, caridad fraterna y la ayuda mutua, pueden ser de gran beneficio para el apostolado. Pero si, por el contrario, toman gradualmente el lugar de los obispos por basarse en una colegialidad jurídica, pueden traer el mayor de los perjuicios.

    Por tanto para evitar el peligro de transmitir a colegas las funciones del soberano Pontífice y los obispos, proponemos otro texto en lugar de los números.16 y 17, y lo sometemos a la Comisión Conciliar.

    (Siguen los nombres de los ocho Padres Conciliares que firmaron esta intervención).


    Nuevo texto propuesto en lugar del texto de la página 27, cap. II, párrafo 16 del esquema “La Iglesia”.

    Nº 16: (El Colegio Episcopal y su Cabeza)

    Según el Evangelio, por institución de Nuestro Señor Jesucristo mismo, San Pedro y los demás apóstoles forman un Colegio en la medida en que permanece entre ellos la comunión bajo la autoridad de San Pedro; del mismo modo, están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los apóstoles.

    La Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia nos enseñan que, sólo en casos extraordinarios, los apóstoles y sus sucesores reunidos en Concilios han actuado colegiadamente bajo la dirección de Pedro o de los Pontífices Romanos. Los apóstoles, ciertamente, cumplieron su misión personalmente y transmitieron su poder a sus sucesores como ellos mismos lo habían recibido de Nuestro Señor.

    El Santo Concilio de Trento, basándose en estas tradiciones sagradas, confirma:
    Solamente el romano Pontífice posee personalmente un poder episcopal pleno y ordinario sobre la Iglesia universal. En cuanto a los obispos, sucesores de los apóstoles, como verdaderos pastores, apacientan y gobiernan con un poder personal, inmediato y pleno en su orden, su propio rebaño a ellos confiado.

    Así, a veces, los obispos se reúnen todos juntos o algunos de ellos, a citación o con la aprobación del Romano Pontífice, en un verdadero y propio Colegio, actuando con una sola autoridad para definir y regir los intereses de la Iglesia universal o de las Iglesias particulares.

    Tal es la constante y unánime tradición de la Iglesia Católica y nadie puede ponerla en duda. Tal es la inefable y maravillosa Constitución de la Iglesia, que ha permanecido inalterable hasta nuestros días y está destinada a permanecer así hasta el fin los siglos, según las promesas de Nuestro Señor.


    Es cierto que circunstancias actuales aconsejan a los obispos reunirse con más frecuencia, unidos en la Caridad de Cristo, con el fin de compartir sus pensamientos, deseos, decisiones y cuidados pastorales, manteniendo siempre unidad perfecta, sin por ello disminuir el poder del Pontífice Romano, ni el de cada uno de los obispos. “


    “El resultado de estas intervenciones fue una importante modificación del texto, pero no era todavía, sin embargo, completamente satisfactorio. El Santo Padre, por tanto, respetuosamente instó a hacer una declaración clara que evitaría cualquier interpretación ambigua del texto. Y la inserción de las explicativas de nota que restauró la enseñanza tradicional. Esta nota fue aceptada de muy mala gana en los círculos liberales.”


    [1] Cf. el texto definitivo de la Constitución Lumen Gentium, nos. 22 - 23.
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Capítulo II

    Vaticano II Segunda sesión

    Cuarta intervención – 6 de Noviembre de 1963

    Sobre el esquema del Decreto “Los obispos y el gobierno de las diócesis”.

    “Esta intervención se refería al esquema titulado ‘De pastorali munere episcoporum in Ecclesia’. Dicho esquema volvía a preguntarse desde el principio sobre las relaciones de los obispos con el Papa y otra vez intentaba introducir nuevas fórmulas que limitaban la libertad del Papa en el ejercicio de sus funciones.

    En el esquema propuesto, se decía en la página 6, nº 3, líneas 16-20: “El poder del Romano Pontífice permaneciendo incólume en cuanto a reserva de las causas de las cosas que él juzgue retener, sea porque le vienen en razón de su propia naturaleza, o sea para salvaguardar la unidad de la Iglesia...”

    La segunda razón citada introducía un nuevo elemento que cambiaba el canon 220 [Código de Derecho Canónico de 1917]. Este decía, en efecto: “se llaman causas mayores las que debido a su importancia revierten a sólo el Romano Pontífice, ya sea por su naturaleza o ya por una ley positiva”.

    Así, en lugar de la ley positiva, que no es sino el Derecho Canónico, se introducía un criterio que permitiría revocar los poderes que el Papa se reservaba a sí mismo — "la salvaguarda de la unidad de la iglesia”.

    Por otra parte, en la pág. 7 del esquema, se trataba la cuestión de la elección de los obispos que pudieran ayudar a las congregaciones romanas con su trabajo. También aquí se introducía un clima claramente democrático: “Obispos de diversos países, cada uno designado por su Conferencia Episcopal Nacional, serán designados por la sede apostólica en las diferentes congregaciones”.”


    Texto de la intervención

    Venerables Padres:

    Con razón afirma la introducción que: "el Concilio Vaticano II ahora comienza a ocuparse de temas que son estrictamente y verdaderamente pastorales"; sin embargo, estos temas no pueden estudiarse a fondo y honestamente a menos que uno no base su examen en principios teológicos ciertos.

    Por lo tanto deben hacerse dos declaraciones, en mi opinión, sobre el capítulo I, que se ocupa de las relaciones entre los obispos y el soberano Pontífice.

    1º. Tal como ha sido elaborado, este capítulo se basa clara y excelentemente sobre ciertos y definidos principios de divina fe católica, tomados especialmente del Vaticano I.

    Además, este capítulo está muy acorde con las palabras del Soberano Pontífice en sus últimos discursos. Hablando de los obispos asociados al ejercicio de su función, el Soberano Pontífice explícitamente utilizó la frase "conforme a la doctrina católica y a la ley canónica”. El juicio del Soberano Pontífice de ninguna manera postula un nuevo principio. El canon 230 ya declaraba: "Los Reverendísimos y Eminentísimos Cardenales forman el Senado del Pontífice Romano y le asisten en el gobierno de la Iglesia como consejeros principales y auxiliares."

    Sin embargo, para garantizar en todos los sentidos los principios básicos, dos enmiendas me parecen esenciales:
    - Pág. 6, línea 16: sustituir las palabras "sea para salvaguardar la unidad de la iglesia," por los términos del Derecho Canónico, canon 220, "sea por ley positiva”.

    - "Pág. 7, líneas 22-23: suprimir las palabras"deben ser designadas por la Conferencia Episcopal Nacional" a fin de garantizar plenamente la libertad del Soberano Pontífice en el ejercicio de su poder.

    2º. Como quiera que las relaciones entre los obispos y el Soberano Pontífice deben basarse en principios absolutamente ciertos, en ninguna manera puede mencionarse el principio de colegialidad jurídica; de hecho, como señaló Su Eminencia el Cardenal Brown, este principio de colegialidad jurídica no puede demostrarse.
    Si, por milagro, este principio fuera descubierto en este Concilio y afirmado solemnemente, entonces sería lógicamente necesario afirmar lo que uno de los Padres casi ha declarado: “La Iglesia Romana ha errado en no conocer el principio fundamental de su divina Constitución, a saber, el principio de colegialidad jurídica. Y esto, durante varios siglos”.
    Lógicamente, también habría de ser indicado que los Romanos Pontífices han abusado de su poder hasta el día de hoy, al negar derechos a los obispos que son suyos por derecho divino. En tal caso ¿cómo no podríamos decir al Soberano Pontífice lo que nadie le ha dicho en términos equivalentes: "¿Devuélvenos lo que nos debes?"


    Pero esto es grotesco y sin el menor fundamento.

    Para concluir: si hablamos de colegialidad moral, ¿quien la niega? Todo el mundo la admite, pero tal colegialidad sólo produce relaciones morales. Pero si estamos hablando de colegialidad jurídica, por el contrario, entonces, como muy bien ha dicho S. E. Mons. Carli: “no se puede probar ni por las Sagradas Escrituras, ni por la teología, ni por la historia. "

    Así es más prudente no recurrir a este principio, ya que no es cierto en manera alguna.”
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Capítulo II

    Vaticano II Segunda sesión

    Quinta intervención – Noviembre de 1963

    Sobre el esquema referente al ecumenismo y su apéndice sobre la “libertad religiosa”.

    “En relación con estos esquemas sobre temas ambiguos y delicados, instrumentos de acción liberal y progresista, convendría traducir el primer borrador, que muestra claramente las intenciones de sus autores.

    En ella resaltan los siguientes puntos: una atenuación deliberada de las distinciones entre "las Iglesias cristianas", una exageración de los beneficios espirituales disfrutados por los individuos de comunidades no-católicas y ¡una declaración escandalosa de culpa de ambas partes en el momento de la separación y el cisma!

    Por esta razón consideré mi deber intervenir. La brevedad del tiempo que se nos concedía (diez minutos) no permitía elaboraciones largas.

    Fue admitida la solicitud de los Cardenales Bacci y Ruffini y modificado, por tanto el título. El título en cuestión era "De los principios del ecumenismo católico”. Fue sustituido como: "De los principios católicos del ecumenismo”.


    Texto de la intervención

    Capítulo sobre el ecumenismo "en general"

    (Esta intervención no fue leída públicamente, pero pasó a la Secretaría del Concilio)

    “Venerables Hermanos:

    Ciertos Padres estamos de acuerdo con la intención del esquema y con todas sus declaraciones relativas a las disposiciones interiores con respecto a nuestros hermanos separados. Ojala por nuestra parte pudiéramos hacer todos los esfuerzos legítimos para persuadir a estos hermanos a volver a la unidad de la Iglesia.

    Sin embargo, por muchas razones, este esquema no nos parece que favorezca el retorno a la verdadera unidad. Por ello, en términos generales, no nos parece satisfactoria. Voy a explicarme:

    1º. Con respecto al título, estamos de acuerdo con las observaciones de sus Eminencias Cardenales Ruffini y Bacci.

    2º. En cuanto a los capítulos I, II y III, los principios enunciados parecen promover un falso irenismo, ya por velar la verdad ya por atribuir excesivos dones espirituales a nuestros hermanos separados.

    1. He aquí, en primer lugar, cómo se atenúan las verdades:

    - Se dice, acertadamente, en la página 17, líneas 20-24: “Nada es más ajeno al ecumenismo que ese falso irenismo (1) que deteriora la pureza de la doctrina católica u oculta su verdadero y cierto significado”.
    Pero, en realidad, las verdades más fundamentales se niegan.
    Por ejemplo:

    - Pág. 7, líneas 25 y ss.: la verdad esencial para fomentar la unidad sólo se afirma de forma indirecta e incompleta, diciendo que la única e indispensable fuente de la unidad es el Soberano Pontífice, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. “Donde está el Vicario de Cristo, allí está la Iglesia de los Apóstoles. Dios es Uno, Cristo es Uno, el Vicario de Cristo es Uno, la Iglesia es Una”. Pero aquí en la tierra, el Vicario de Cristo no es otro que el Romano Pontífice.

    Esta verdad, en sí misma, con fuerza pero suavemente, atrae las almas hacia la Iglesia, Esposa de Cristo y Madre nuestra.

    - Pág. 9, línea 2: la Iglesia es llamada "ayuda general de salvación." Ahora bien, si nos referimos a la Carta del Santo Oficio (2) encontramos esto: “nadie se salvará que, sabiendo que la Iglesia fue divinamente instituida por Cristo, se niegue a someterse a ella, o bien niegue la obediencia debida al Romano Pontífice, Vicario de Cristo; Nuestro Señor, de hecho, no sólo mandó a todos los hombres entrar en la Iglesia, sino que también instituyó la Iglesia como medio de salvación, sin la cual nadie puede entrar en el Reino de la gloria celestial”.

    Es obvio pues, según la Carta citada, que la Iglesia no es simplemente "una ayuda general de salvación."

    Estos ejemplos muestran claramente que la verdad se atenúa.

    2. En segundo lugar, no se habla correctamente de la inspiración del Espíritu Santo y del disfrute de los bienes espirituales por parte de los hermanos separados.

    - En la pág. 8, línea 33: se dice: “el Espíritu Santo no se niega a servirse de estas Iglesias y Comunidades”. Ahora bien, esta declaración contiene un error: una Comunidad, en cuanto Comunidad separada, no puede disfrutar de la asistencia del Espíritu Santo, puesto que su separación constituye una resistencia al Espíritu Santo. Éste sólo puede actuar directamente sobre las almas o usar de medios que en sí mismos, no conllevan ningún signo de separación.

    Podrían citarse muchos otros ejemplos, particularmente sobre el tema de la validez del bautismo, de la fe de los que el texto no habla como debiera... pero el tiempo nos apremia.

    3. En el cap.V, sobre "libertad religiosa", todo el argumento se basa en un principio falso. En él, en efecto, las normas subjetivas y objetivas de moralidad son consideradas equivalentes.

    En todas las sociedades -religiosa, civil, o familiar- los resultados de esta equivalencia serían tales como para mostrar que el principio es claramente falso. Se dice a este respecto: "el bien común servirá de norma a las autoridades".

    Pero entonces, ¿cómo definir el bien común si éste debe basarse enteramente en una norma objetiva de moralidad?

    Para concluir: los primeros tres capítulos sobre el "ecumenismo" favorecen un falso irenismo; el cap.V, basado en el subjetivismo, favorece el indiferentismo. Por lo tanto rechazamos este esquema.”


    Comentario sobre la Sesión

    "Numerosas intervenciones tuvieron lugar en la misma línea y el texto fue retocado, especialmente en lo relativo al Papa. Se afirmaron con mayor discreción las gracias del Espíritu Santo dadas a esas Comunidades separadas. Sin embargo, la idea permaneció en todo el contexto.

    ¡Qué diferencia entre este esquema y el que proponía a la Comisión Central Preparatoria el Cardenal Ottaviani, en 1962:


    “El principal obstáculo a la comunión litúrgica entre los católicos y los disidentes es la naturaleza de esta comunión en las cosas sagradas por las que los hijos de la Iglesia están unidos entre sí. De hecho, la comunión entre los miembros de la Iglesia es un regalo de Nuestro Señor Jesucristo mismo —don otorgado a su Iglesia solamente, por el cual se efectúa la unión en la fe, bajo un solo pastor, que es el signo de unidad en la verdad y en la caridad, unidad que no es sino la del Cuerpo Místico, la Iglesia, que ya aquí en la tierra, es la imagen y el principio de la unidad celeste en Cristo.

    Así, pues, cuando el culto litúrgico se lleva a cabo por los ministros de Cristo en nombre y bajo el orden de la Iglesia, la comunidad de los fieles confiesa la fe de la iglesia. La participación activa en las funciones litúrgicas debe considerarse como asentimiento a la fe de la Iglesia.

    Por eso la participación activa de los cristianos disidentes, ya sea al culto de la Iglesia o a la recepción de los sacramentos, es en general inadmisible. En efecto es intrínsecamente contrario a la unidad de fe y de la comunión, y además oscurece exteriormente el signo de unidad del Cuerpo de Cristo, favoreciendo el escándalo, la interconfesionalidad y el indiferentismo religioso”.

    He aquí, pues los principios de donde emergen conclusiones claras: pero en el esquema conciliar, sólo vagas fórmulas que permitirán experimentos de lo más escandaloso para el pueblo fiel.”



    (1) Irenismo: promoción de la paz entre las Iglesias cristianas en lo referente a diferencias teológicas.


    (2) Carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston, de fecha 8 de agosto de 1949.


    (CONTINÚA)
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Vaticano II

    Segunda Sesión


    Sexta intervención: 26 de noviembre de 1963

    Sobre la “libertad religiosa”

    “Ninguna discusión fue tan intensa como la de "libertad religiosa," probablemente porque ninguno interesaba tanto a los tradicionales enemigos de la Iglesia. Ella es el objetivo principal del liberalismo. Los liberales, masones y protestantes son plenamente conscientes de que con ella pueden golpear en el corazón de la Iglesia Católica: hacerla aceptar el derecho común de la sociedades civil y, así, reducirla a una mera secta como las demás hasta hacerla incluso desaparecer, porque la verdad no puede conceder derechos al error sin negarse a sí misma y desaparecer por ende.

    Debe señalarse que este tema fue objeto de un debate dramático en la última sesión de la Comisión Central Preparatoria del Concilio. De hecho, se elaboraron dos esquemas sobre el mismo tema: uno por el Secretariado para la Unidad, dirigido por el Cardenal Bea; otro, por la Comisión Teológica presidida por el Cardenal Ottaviani. Ya sólo el título de los esquemas era significativo: el primero “De Libertate Religiosa”, que es la expresión de la tesis liberal; el segundo, “De Tolerantia Religiosa”, que simplemente se hacía eco de la enseñanza tradicional de la Iglesia. El enfrentamiento entre los dos cardenales no se hizo esperar y el Cardenal Ruffini exigió apelar a la autoridad superior.

    Pero, de hecho, se pasó a consultar a los miembros. Y ya fue posible en aquel momento tener una idea de los que estaban a favor de mantener la doctrina de la fe y de los que consideraba que la evolución moderna exigía nuevas actitudes, incluso aunque éstas contradijeran la doctrina y magisterio constante de la Iglesia.

    Conociendo el rechazo de todos los esquemas al inicio del Concilio y en vista de la composición de las comisiones, era de esperar que la tesis del Cardenal Bea sería la recogida en el nuevo esquema. El obispo de Brujas, Mons. de Smedt, se destacó por su agresividad y tenacidad, apoyado por los padres Murray, Congar y Leclerc.

    Tomaron exactamente los mismos argumentos del liberalismo sobre "dignidad humana", "conciencia", "no-coacción" y tomando buen cuidado de no definir los términos ni de distinguir entre actos internos y externos, privados y públicos y confundiendo, además, la libertad psicológica con la libertad moral.

    Todo esto había sido estudiado por los moralistas y canonistas; los Soberanos Pontífices ya tuvieron buen cuidado de hacer todas las distinciones necesarias, en particular el Papa León XIII con su encíclica ‘Libertas’ y también el Papa San Pío X. Pero los católicos liberales tienen un único objetivo: llegar a un acuerdo con el mundo moderno, satisfacer las aspiraciones del hombre moderno. Ya no tienen oídos para la verdad, el sentido común, la Revelación, ni el Magisterio de la Iglesia.

    Llegan incluso a proclamar barbaridades. Así el P. Congar, en el boletín ‘Etudes et Documents’ de la Secretaría del Episcopado francés (15 de junio de 1965) escribió: “Lo nuevo en esta enseñanza en relación con la doctrina de León XIII e incluso de Pío XII -aunque por entonces el movimiento ya empezaba a hacerse sentir- es la base peculiar de esta libertad, que es buscada no ya en la verdad objetiva de bien moral o religioso, sino en la calidad ontológica de la persona humana”.

    ¡Así pues, la libertad religiosa ya no se fija con relación a Dios sino con relación al hombre! Este es exactamente el punto de vista liberal.

    La frase del esquema citado en la intervención: "La Iglesia Católica reivindica como derecho de la persona humana, etc." es monstruosa, y resulta odioso otorgar esta reivindicación a la Iglesia Católica.”


    Texto de la intervención

    Enmienda al Cap. V sobre el "Ecumenismo"

    (Entregada a la Secretaría, no leída públicamente)

    “Venerables Hermanos:

    Todos los argumentos de este Cap. V respecto a la "libertad religiosa" se basan en afirmar "la dignidad de la persona humana". Se dice, en efecto, pág. 4, §3: “Así, el hombre que obedece sinceramente su conciencia entiende obedecer a Dios mismo, aunque a veces de manera confusa y a su modo, y este hombre debe ser juzgado digno de respeto”.

    Bien. Para poder aceptar esta afirmación, es necesario distinguir lo siguiente: “Debe considerarse digno de respeto“: digo pura y simplemente:¡No!"

    Bajo cierto aspecto, distingo otra vez: según su intención de obedecer a Dios: sí. Según su error: no. Según el error, el hombre no es y no puede ser digno de respeto.

    ¿De donde procede la dignidad del hombre? La persona tiene su dignidad según su perfección. Pero la perfección de la persona humana consiste en el conocimiento de la verdad y la adquisición del Bien. Este es el comienzo de la vida eterna, que "que te conozcan a Ti, único Dios verdadero y a Jesucristo a quien tú has enviado" (Jn. XVII, 3). Por lo tanto, siempre y cuando se aferre al error, la persona humana está rebajando su dignidad.

    La dignidad de la persona humana no consiste en la libertad, considerada apartada de la verdad. De hecho, la libertad es buena y verdadera sólo en la medida que se rige por la verdad. "La verdad os hará libres" dijo nuestro Señor, es decir, "la verdad os dará la libertad." El error es de por sí una ilusión objetiva, si ya no subjetiva. Y por Nuestro Señor también conocemos al que "cuando habla mentiras, las habla de su propio fondo" (Jn. VIII, 44). Entonces, ¿cómo es posible decir de una persona humana que es digna de respeto, cuando hace un mal uso de su inteligencia y libertad, incluso aunque no haya culpabilidad por su parte?

    La dignidad de la persona también proviene de la integridad de su voluntad ordenada al verdadero Bien. Ahora bien, el error engendra el pecado. "La serpiente me engañó", dijo Eva, que fue la primera pecadora. Ninguna verdad puede ser más evidente. Es suficiente con reflexionar sobre las consecuencias del error que atañe a la santidad del matrimonio, santidad del mayor interés para el género humano. Este error en la religión gradualmente llevó a la poligamia, al divorcio, al control de la natalidad, es decir, a la caída de la dignidad humana, sobre todo en la mujer.

    Por tanto, ciertamente hay desacuerdo entre la doctrina católica y las afirmaciones de la pág. 5: “La Iglesia Católica reivindica, como un derecho de la persona humana, que a nadie se le puede impedir llevar a cabo y proclamar sus deberes públicos y privados para con Dios y los hombres..., de acuerdo a la luz de su conciencia, incluso aunque se halle en el error“.

    Al contrario, el orden universal creado por Dios, ya sea natural o sobrenatural, está en oposición esencial a esta declaración. Efectivamente, Dios fundó la familia, la sociedad civil y sobre todo la Iglesia, para que todos los hombres puedan reconocer la verdad, estén prevenidos contra error, realicen el bien, estén preservados del escándalo y así alcancen la felicidad temporal y eterna.

    En verdad, es oportuno recordar las claras palabras de Pío IX en su encíclica ‘Quanta Cura’: “Contrariamente a la enseñanza de las Sagradas Escrituras de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en pretender que: la mejor condición de la sociedad es aquélla en que no se reconoce a la autoridad el poder para reprimir por sanciones legales a quienes violan la religión católica, a no ser en la medida que lo exige la paz pública" (Denzinger, Fuentes del Dogma Católico, 1689-1690).

    Conclusión: el capítulo sobre "libertad religiosa" tiene que elaborarse nuevamente, de conformidad con el principio acorde a la doctrina católica: “Para la propia dignidad de la persona humana, el error de suyo debe ser reprimido para evitar su propagación, a menos que por su represión se prevea un mal mayor que por su tolerancia.”


    *****

    (CONTINÚA)

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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    Vaticano II

    Intermedio entre sesiones (1964)

    “Para preparar el tercer período de sesiones, se hicieron unas reuniones en Solesmes (Francia): En torno a Dom Prou se reunieron los obispos Morilleau, Sigaud y los conocidos teólogos Dom Frénaud, y el canónigo Berto, quien me acompañó amablemente a Roma como perito, así como yo mismo.

    Varios documentos importantes surgieron de estas reuniones:

    1º Una carta al Santo Padre sobre el peligro de algunas expresiones equívocas, de uso frecuente en la formulación de textos y esquemas del Concilio.
    Quedó sin respuesta.

    2º Un trabajo sobre los esquemas ‘De Revelatione’ y ‘De Ecclesia’, importante trabajo que deberían tener a mano cuantos estudian los textos conciliares.

    3º Una nota dirigida al soberano Pontífice sobre los primeros tres capítulos del esquema ‘Constitutionis de Ecclesia’. Esta nota muy completa sobre el Colegio apostólico y la Colegialidad fue redactada por el Cardenal Larraona y firmada por algunos cardenales y superiores de congregaciones. Con mucho gusto puse mi firma en ella.
    La nota recibió una respuesta manuscrita del Papa, totalmente decepcionante y desconcertante.”

    De ahí los tres documentos que siguen:

    1º La carta sobre los equívocos.

    2º La nota del Cardenal Larraona.

    3º La respuesta del Papa.
    Hyeronimus, Hector el Cruzado y Pious dieron el Víctor.
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    Re: ¡Yo acuso al Concilio! (Intervenciones de Mons. Lefebvre en el Vaticano II)

    DOCUMENTO Nº 1

    (Junio de 1964)

    Carta dirigida al Santo Padre, firmado por cinco padres conciliares, sobre el peligro de las expresiones ambiguas.

    Santísimo Padre:

    Humildemente postrados a los pies de Vuestra Santidad, respetuosamente rogamos os dignéis recibir las súplicas que nos atrevemos a dirigiros.

    En vísperas del tercer período de sesiones del Concilio, estamos estudiando los esquemas presentados para la discusión o la votación de los Padres. Ante algunas de estas proposiciones, tenemos que afirmar nuestra inquietud grave y nuestra gran ansiedad.

    En esas declaraciones, no encontramos absolutamente nada de lo que postulaba Su Santidad Juan XXIII, a saber: “la precisión de términos y conceptos que fue la gloria del Concilio de Trento y del último Concilio Vaticano I”. La confusión en su estilo e ideas produce una impresión casi permanente de equívoco.

    El resultado del equívoco es abrir la puerta al peligro de interpretaciones falsas y permitir consecuencias que son sin duda ajenas a la mente de los Padres Conciliares. De hecho, las formulaciones son nuevas y a veces totalmente inesperadas. Son así, nos parece, hasta el punto de que no parecen preservar "el mismo sentido y alcance" que las hasta ahora empleadas por la Iglesia. Para nosotros, que hemos deseado mostrarnos obedientes a la encíclica ‘Humani Generis’, nuestro desconcierto es grande.

    Este peligro de equívocos no es ilusorio. Ya los estudios realizados por algunos expertos del Concilio, dirigidos a algunos de los obispos que asesoran, llegan a conclusiones que siempre se nos enseñó a considerar como imprudentes y peligrosas, si no fundamentalmente falsas. Ciertos esquemas y en particular el del ‘Ecumenismo’, y su ‘Declaración sobre la libertad religiosa’, están de esta forma, sometidos con satisfacción y gusto, a explotar los términos en un sentido que, aun sin contradecirlo siempre, son al menos formalmente opuestos tanto a la enseñanza del Magisterio Ordinario como a las declaraciones del Magisterio Extraordinario, hechas por la Iglesia desde hace más de un siglo. En ellas ya no podemos reconocer ni la Teología católica ni la sana filosofía que debe iluminar el camino de la razón.

    Lo que, a nuestro juicio, puede hacer aún más grave la situación es que la falta de precisión en los esquemas parece permitir penetrar ideas y teorías contra las que la Sede Apostólica no ha dejado de ponernos en guardia.

    Por último, observamos que los comentarios hechos sobre los esquemas sometidos a estudio presentan las cuestiones propuestas como si estuvieran casi resueltas: lo cual sin duda -lo sabemos por experiencia- presionará en la votación de los Padres.

    Sinceramente, no es nuestro propósito “tener razón contra otros” sino trabajar para la salvación de las almas, que la caridad no puede asegurar más que únicamente en la verdad.

    Nos permitimos añadir que un gran número de sacerdotes y laicos, a quienes una prensa extremadamente prolífica ofrece estas perspectivas peligrosas de “aggiornamento”, se confiesan enormemente preocupados.

    Nuestra súplica, Santísimo Padre, con la mayor de las sumisiones, quisiera que en la apertura de los próximos trabajos del Concilio, Su Santidad tuviera a bien recordar solemnemente que la doctrina de la iglesia debe expresarse sin ambigüedades, y que sólo teniendo en cuenta esa necesidad traerá las luces necesarias para nuestro tiempo sin sacrificar los valores que ella ya ha otorgado al mundo, y sin el riesgo de convertirse en un pretexto para el resurgimiento de errores reprobados sin cesar durante más de un siglo.

    Solicitando de Vuestra Santidad la mayor indulgencia para la libertad que hemos tomado, os rogamos amablemente a aceptar nuestro respeto más filial y de nuestra absoluta docilidad, y que tenga a bien bendecirnos.

    ****
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