Segunda intervención
27 de Noviembre de 1962
El propósito del Concilio.
“La ambigüedad de este Concilio apareció desde las primeras sesiones. ¿Con qué finalidad nos habíamos reunido? El discurso del Papa Juan XXIII había hablado claramente de la manera de orientar el Concilio hacia la exposición pastoral de la doctrina (discurso del 11 de Octubre de 1962). Pero la ambigüedad se mantenía y se percibía la dificultad, a través de las intervenciones y discusiones, de saber lo que quería el Concilio. De ahí mi propuesta del 27 de Noviembre, que ya había presentado a la Comisión Central Preconciliar [2] y que contó con una mayoría de votos de sus 120 miembros.
Pero estábamos ya lejos del tiempo de preparación del Concilio.
Mi propuesta se apoyaba, entre otros, con los votos del cardenal Ruffini, y de S.E. Mons. Roy, hoy cardenal Roy.
Hubiera sido la oportunidad para determinar mejor el carácter pastoral del Concilio. Pero fue objeto de violentas oposiciones: "el Concilio no es dogmático, sino pastoral; no queremos establecer nuevos dogmas, sino exponer la verdad pastoralmente."
Los liberales y progresistas aman vivir en un clima de ambigüedad. Aclarar el propósito del Concilio les molestaba sobremanera. Por tanto, mi propuesta fue rechazada.”
Texto de la intervención, leída públicamente
“Venerables hermanos:
Permitidme hablar no sólo de estos esquemas, sino de nuestro método de trabajo.
Si ahora volviéramos cada uno a nuestro propio ministerio ¿acaso no sería con dolor como abandonaríamos la Ciudad? [3]. En efecto, aunque estamos seguros de una verdadera unanimidad entre nosotros, sin embargo esa unanimidad no ha aparecido claramente hasta ahora.
¿Esta deficiencia no provendrá quizás de nuestro método?
Hasta ahora, hemos tratado de alcanzar objetivos en un mismo texto, si no opuestos, por lo menos muy diversos; a saber: resaltar nuestra doctrina y erradicar errores, de un lado; de otro, promover el ecumenismo, mostrar la verdad a todos los hombres. Somos pastores y – bien lo sabemos - no hablamos el mismo idioma a teólogos que a no iniciados; ni tampoco a sacerdotes como a laicos. ¿Cómo, pues, definir nuestra doctrina de tal modo que no dé lugar a los errores de hoy día y que, en un mismo texto, haga esa verdad inteligible a personas no versadas en ciencia teológica? O bien nuestra doctrina no se presenta como debiera para ser inteligible a todos; o bien, la doctrina se expone perfectamente, pero su formulación ya no es comprensible para los no iniciados.
Sin embargo, esta dificultad se incrementada en nuestro Concilio, porque, debido a las circunstancias actuales y el deseo explícito del Soberano Pontífice, la exigencia de dirigirse directamente a todo el mundo parece mayor que en los anteriores Concilios. Los medios de comunicación social aumentan en nosotros, día a día, el celo por la predicación de la verdad y el deseo de unidad.
Por otra parte, resulta claro que, por la naturaleza misma de nuestro tema, a través de las palabras del Soberano Pontífice, "es de suma importancia para un Concilio ecuménico, mantener y hacer más eficaz el depósito sagrado de la doctrina cristiana". Y, permítanme decirlo, como Superior general - y en este punto, estoy seguro de que otros Superiores generales están de acuerdo conmigo - tenemos una responsabilidad muy grave: la de inculcar en nuestros futuros sacerdotes el amor a la sana e íntegra doctrina cristiana. ¿Acaso la mayoría de los pastores aquí presentes no recibió de religiosos o de miembros de algún instituto religioso su formación sacerdotal? Por lo tanto, es para nosotros de suma importancia que "toda la doctrina cristiana tradicional sea recibida de esa manera exacta, en el pensamiento y en la forma, que brilla sobre todo en las Actas del Concilio de Trento y del Vaticano I", según las palabras mismas del Soberano Pontífice.
Como consecuencia, y por argumentos de máxima importancia, es absolutamente necesario respetar y recordar estos dos deseos: expresar la doctrina de manera dogmática y escolástica para la formación de eruditos; y presentar la verdad de modo más pastoral, para la instrucción de los demás.
¿Cómo entonces satisfacer estos dos grandes deseos? Humildemente, queridísimos Hermanos, propongo la siguiente solución, que ya se ha indicado por varios Padres.
He aquí la razón por la que me atrevo a someter esta propuesta a vuestro juicio: En la Comisión Central, ya hemos experimentado las mismas dificultades, especialmente sobre esquemas dogmáticos. Sin embargo, he presentado a los Padres de la Comisión Central, con el fin de lograr la unidad de criterio, esta misma propuesta, que ha recibido la unanimidad moral.
Esta solución propuesta hasta ahora solamente a la Comisión Central, hoy parece que debiera ampliarse, con gran provecho a todas las comisiones.
Hela aquí: cada comisión propondría dos documentos, uno más dogmático, para uso de los teólogos; otro, más pastoral, para uso de las demás personas, ya sean católicas, no católicas, o infieles.
Así, muchas de las actuales dificultades pueden encontrar una solución excelente y realmente eficaz:
1. No habría necesidad de objetar debilidad doctrinal ni debilidad pastoral, objeciones que causan tan grave dificultad.
Al hacer esto, los documentos dogmáticos tan cuidadosamente preparados y tan útiles para presentar la verdad a nuestros queridos sacerdotes y especialmente a los profesores y teólogos, seguirían siendo en todo caso como la regla de oro de la Fe. No cabe duda de que los Padres del Concilio aceptarán de buen grado esos documentos, esta santa doctrina.
Del mismo modo, los documentos pastorales, aptos para ser traducidos mucho más fácilmente a las diversas lenguas nacionales, podrían presentar la verdad a todos los hombres (muchas veces versados en ciencias profanas, pero no teólogos) de un modo más inteligible para ellos. ¡Con qué gratitud todos los hombres recibirían del Concilio la luz de la verdad!
2. La objeción que nace de la pluralidad de esquemas para un mismo objeto quedaría obviada por el mismo hecho.
Por ejemplo: el esquema dogmático "Obligación para la Iglesia de anunciar el Evangelio" sería fundido con los principios contenidos en los esquemas sobre "Las Misiones" y se convertiría en un documento doctrinal de la comisión sobre "Las Misiones".
El esquema sobre "Las Misiones" sería un documento pastoral, especie de directorio para todos los interesados en las misiones.
El esquema dogmático "Los laicos" y el esquema dogmático "Matrimonio, Familia, Castidad y Virginidad" serían fundidos con los esquemas de la Comisión sobre "Los Laicos" y dos documentos partirían de allí: uno dogmático, doctrinal, dirigido a pastores y teólogos, y otro, pastoral a la intención de todos los laicos.
Y lo mismo para todas las comisiones.
En mi humilde opinión, si esta propuesta fuera aceptada, se lograría fácilmente unanimidad, todos sacarían del Concilio los mejores frutos y nosotros mismos podríamos volver a nuestro propio ministerio con el espíritu en paz y formando un solo corazón y una sola alma.
Presento esta humilde propuesta al prudente juicio de la presidencia del Concilio.”
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[2] Creado por Juan XXIII el 5 de junio de 1960, dos años antes del Concilio, para preparar los esquemas.
[3] La ciudad eterna: Roma.
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