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Tema: El Distributismo y el Crédito Social comparten la misma Filosofía Social

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    Re: El Distributismo y el Crédito Social comparten la misma Filosofía Social

    Pronósticos del Crédito Social








    Por M. Oliver Heydorn



    La economía del Crédito Social se basa en la premisa de que existe, bajo las actuales estructuras financieras, una deficiencia crónica de apropiado o real poder adquisitivo del consumidor en la economía, con relación a los precios que los negocios están obligados a cargar a fin de poder seguir siendo solventes.

    Si ésta es la causa fundamental de la enfermedad económica, ¿cuáles son sus varios síntomas?

    Los teóricos del Crédito Social –comenzando con C. H. Douglas– han trazado los efectos de esa carencia sistémica de poder de compra del consumidor en conjunción con los métodos que el actual sistema emplea en su intento por tratar de compensarla. Dicho análisis revela que no hay un solo problema social –ya sea económico, societario, cultural, político, medioambiental o internacional– que no esté causado, o al menos exacerbado, por esta falla elemental en nuestros asuntos financieros.

    Del mismo modo que una condición de homeostasis o equilibrio en el cuerpo es una condición necesaria para la salud humana, una endógena homeostasis financiera o un equilibrio automático, autoliquidante, entre el flujo de precios de bienes de consumo y el flujo de ingresos del consumidor, constituye una condición necesaria para el bienestar económico y social. La ausencia de equilibrio alguno de este tipo bajo el sistema económico existente constituye la fuerza motriz, el principio entrópico, que está detrás de muchas disfunciones económicas y sociales. Para que quede claro: se confía en variados paliativos en un intento por restaurar y mantener alguna clase de equilibrio, pero éstos son semejantes a medicinas inefectivas que, en lugar de ir a las causas raíces del problema, simplemente se dedican a tratar algunos de los síntomas. Igual que esas medicinas, el uso de paliativos financieros convencionales entraña riesgos, gravámenes y efectos secundarios. Al mismo tiempo que permiten a la economía andar renqueante, intensifican el peligro y el resultado potencial de una quiebra, y generan sus propias manifestaciones de disfunción al maldirigir la actividad económica y malgastar energía y recursos.

    Las líneas tisulares de desorden corren largo y profundo en toda dirección posible. Al catalogar brevemente los métodos convencionales de manejo o conducción económica en conjunción con sus efectos sobre la función económica, esperamos poder dar alguna indicación sobre la naturaleza y la extensión de la enfermedad. A medida que vayamos procediendo, deberá resultarnos cada vez más obvio que la teoría del Crédito Social ofrece un conjunto convincente y satisfactorio de explicaciones acerca de los porqués y los cómo de nuestros descontentos económicos y sociales.



    Métodos convencionales de manejo o conducción económica


    Si, dado un programa específico cualquiera de producción, se distribuye durante el transcurso de su fabricación o suministro insuficiente ingreso al consumidor con el que poder contrarrestar los costes correspondientes, entonces deberá conseguirse (o, al menos, aproximarse a ello) un equilibrio entre precios e ingresos mediante algún otro medio.

    Los dos métodos básicos, bajo el actual sistema financiero, para poder cubrir la brecha macroeconómica entre los precios de los bienes de consumo y los ingresos del consumidor implican: 1) encontrar alguna forma de bajar los precios; y 2) encontrar alguna forma de incrementar el flujo de poder adquisitivo del consumidor. Si bien es típico que ambos métodos se empleen simultáneamente, es preferible –ya que la supervivencia a largo plazo de la economía y el continuado crecimiento de la misma dependerán de ello– que la mayor parte posible de la brecha se rellene añadiendo más al flujo de poder de compra del consumidor. [1]

    Rebajar los precios implica que el productor tenga que subvencionar al consumidor a través de sus propios recursos financieros. Las bancarrotas obligan a las compañías a liquidar sus inventarios, y los precios reducidos significan que los consumidores puedan adquirir artículos necesarios con menos dinero. En casos menos severos, se puede ejercer presión sobre las empresas para que rebajen sus precios al consumidor temporalmente confiando en sus propias reservas de capital financiero para satisfacer costes que, de otra manera, serían irrecuperables o quedarían sin liquidar.

    Rellenar la brecha expandiendo la oferta monetaria implica, por otro lado, la contracción de deuda adicional –nuevamente creada por el sistema bancario privado en forma de números intangibles– por parte de los gobiernos, empresas y consumidores.

    Cuando los gobiernos toman prestado dinero de los bancos privados mediante la venta de títulos-valores, el dinero adicional es utilizado para compensar el déficit entre los gastos del gobierno y los ingresos fiscales. Cuando ese dinero compensatorio es gastado en producción que el consumidor no compra (o que, al menos, no pagará por ella en el mismo periodo de tiempo, sino mucho más tarde, si es que se paga), cosas tales como hospitales, escuelas, aeropuertos, puertos, puentes, infraestructura eléctrica, centrales eléctricas, o servicios públicos, etc…, los puestos de trabajo que se crean (o simplemente se mantienen) de este modo distribuyen poder adquisitivo adicional a la población, el cual puede usarse y será usado para obtener una mayor proporción del flujo regular de bienes y servicios de consumo. La deuda pública gastada en la provisión de pagos para prestaciones sociales, desempleo o pensiones, o en rebajas de impuestos al consumo, vendrían a tener el mismo efecto, como también lo tendría el uso de tales dineros para subvencionar o nacionalizar varias industrias. De particular importancia aquí es el uso de los préstamos tomados por el Gobierno para mantener o expandir la producción de guerra, tales como armamentos y el funcionamiento regular de las fuerzas armadas. Esto igualmente distribuye ingresos sin añadir más al flujo de bienes y servicios consumibles.

    Como alternativa al hecho de tener que depender de las autoridades públicas en sus varios niveles (ya sea federal, provincial o estatal, o municipal) para poder mantener suficiente aire en el globo económico aumentando continuamente la deuda pública, los negocios pueden ser obligados o estimulados a tomar prestado dinero-deuda adicional de los bancos privados a fin de expandir la producción existente o iniciar nueva producción. Siempre y cuando esos bienes puedan venderse en algún punto intermedio, o más distante, del futuro (como es el caso de los bienes de capital) con o sin la magia de la publicidad o, mejor aún, exportarse formando parte de un “balanza comercial favorable”, el dinero necesario para financiar esa producción estará disponible. De nuevo, se añadirán ingresos del consumidor, en forma de sueldos y salarios de los trabajadores y administradores de estos varios negocios, al flujo de poder de compra del consumidor, sin añadir más, en el mismo periodo de tiempo o incluso nunca (como en el caso de un excedente exportador), al flujo de bienes y servicios de consumo.

    Finalmente, más allá de los intentos gubernamentales y empresariales de añadir más al flujo de ingresos del consumidor por vía de nueva producción, el flujo de poder adquisitivo del consumidor puede incrementarse haciendo que los consumidores tomen prestado dinero-deuda adicional directamente de los bancos mismos. El dinero creado para hipotecas, préstamos para el coche, préstamos para la educación, líneas de crédito, tarjetas de crédito, compras a plazos, etc…, permite que una mayor proporción de bienes y servicios puedan ser adquiridos en el presente a costa de tener que hipotecar futuros ingresos. [2]



    Una valoración de los métodos convencionales de manejo o conducción económica


    La verdad pura y simple es que no hay ni un solo problema económico o social, en el más amplio sentido de la palabra “social”, que no esté de algún modo vinculado con este recurrente desequilibrio entre el flujo de precios, por un lado, y el flujo de ingresos, por el otro. Es, por tanto, imposible en el curso de un artículo proporcionar al lector un estudio que incorpore, con suficiente amplitud y profundidad, todas las manifestaciones de ese efecto o resultado [3]. En lo que sigue a continuación, simplemente intentaré delinear algunos de sus más notables rasgos.

    A un nivel puramente económico, rellenar la brecha con más dinero-deuda (siempre que sea rellenada con éxito por completo, evitando así recesiones o cosas peores) es algo inflacionario [4]. Si la economía está rebosante y los bancos exceden a la brecha con sus actividades prestamistas compensatorias, ciertamente puede haber inflación por demanda; pero incluso cuando no entra en juego la inflación por demanda, siempre hay inflación por empuje de los costes. La producción adicional de gobiernos y empresas tiende a incrementar, en impuestos y precios, los costes que el consumidor se supone que ha de liquidar, a la vez que la deuda del consumidor hará decrecer sus ingresos futuros en devolución de deudas. En ambos casos, surgirá una petición o exigencia de incrementos de sueldo y salario, para poder seguir yendo al paso del coste de la vida, y éstos, una vez concedidos, tenderán a incrementar los precios aún más. A menos que esos incrementos impliquen una más equitativa distribución de los beneficios, los empleadores tendrán que tomar prestado más dinero de los bancos a fin de poder satisfacer esa exigencia de incrementos de sueldo y salario, pero esto eventualmente requerirá un incremento en los precios a fin de poder cubrir el incremento en los costes laborales [5].

    Depender de la deuda para poder rellenar la brecha también crea una carga cada vez mayor de deuda pública, empresarial y personal pendiente de pago, que cuelga como un nudo alrededor de nuestro cuello colectivo. Toda la deuda social en los Estados Unidos, por ejemplo, está alrededor del orden de 66,5 billones, está continuamente incrementándose, y es impagable [6]. En varios puntos del tiempo, los pagos necesarios para hacer frente al servicio de la deuda se vuelven demasiado gravosos y los diversos agentes económicos acaban hartos de tomar más préstamo alguno. Es entonces cuando experimentamos una contracción del crédito y una crisis financiera, en la cual algo de la carga de la deuda se borra o cancela, permitiendo así el retorno a la concesión de préstamos y un clima económico más próspero.

    Hacer depender, en parte, la completa distribución de la producción deseada, de una producción adicional añadida –ya sea ésta pública o privada (también conocida como política de crecimiento económico)– así como del endeudamiento del consumidor, significa también que tendrán que producirse muchas cosas que el consumidor no quiere o no querría si él estuviera adecuadamente financiado, ab initio, como para poder comprar por completo todo lo que produjera. Con independencia de que hablemos de armamentos para la exportación, o de comida precocinada, o de centros de guarderías, o de burocracia gubernamental en expansión, la mayor parte de la producción es –desde el punto de vista del consumidor soberano y económicamente independiente– inútil, fatua, redundante y/o destructiva. Estas formas de actividad económica se consideran necesarias porque distribuyen ingresos y/o porque la política de pleno empleo las ha hecho necesarias (hacen posible o más fácil el “tener que ir a trabajar”). Esa tremenda mala dirección de los recursos económicos y del esfuerzo por razones financieras artificiales supone también un tremendo despilfarro de recursos materiales y humanos.

    No solamente fracasa el existente sistema económico –bajo la influencia de esa recurrente brecha precio-ingreso– en producir o distribuir todo lo que los consumidores necesitan para sobrevivir y florecer (la pobreza e incluso la indigencia continúan plagando las economías modernas, industrializadas, aun cuando los bienes para aliviar esas condiciones existen o podrían fácilmente ser producidos), al mismo tiempo que se van produciendo muchas cosas que el consumidor no aprobaría desde una posición de independencia; sino que también exige de la gente una excesiva cantidad de tiempo y energía (a menudo bajo un estrés psicológico considerable e innecesario) en forma de trabajo. En otras palabras, la ineficiencia económica constituye la otra cara de la ineficacia económica. Puesto que todo debe ganárselo uno (o tomarlo de otros que tengan trabajos/inversiones) de acuerdo con las convenciones económicas existentes, y puesto que el sistema financiero no proporciona a los trabajadores, a los administradores o al capital (considerados como los “factores de producción” colectivo) suficientes ingresos para contrarrestar los costes-precios de su producción, la gente con necesidad económica se ve obligada a buscar puestos de trabajo, cualquier tipo de puesto de trabajo, probablemente un puesto de trabajo que produzca algo fatuo, inútil, redundante y/o destructivo, a fin de poder obtener dinero con el que comprar comida, ropa y asilo ya disponibles. Todo esto sería mucho menos derrochador si el Estado simplemente firmara un cheque a favor de sí mismo con el que poder compensar la falta de ingreso, y lo distribuyera a aquéllos que tuvieran necesidad de un trabajo, como donación gratuita [7]. Nótese igualmente que ese trabajo mal dirigido no es de ninguna manera necesario, físicamente hablando, para producir los bienes y servicios que forman parte de un aprovisionamiento básico. Mandar que la gente deba trabajar aun cuando ese trabajo no es físicamente necesario, es decir, insistir en una política anacrónica de pleno empleo en frente de una productividad industrial, es imponer una política de servidumbre en lugar de una de libertad en forma de ocio.

    En cualquier caso, los principales beneficiarios de los métodos convencionales de manejo o conducción económica son, por supuesto, los bancos. Los préstamos compensatorios que ellos emiten permiten la centralización de la riqueza, el poder, y los privilegios en cada vez menos y menos manos. Lo que efectivamente ha ocurrido es que los bancos, al rellenar la brecha con dinero-deuda emitido en condiciones asimétricas o desiguales, han usurpado la plusvalía generada por la asociación económica y se han puesto ellos mismos en una posición de propietarios sobre toda la economía en su conjunto.

    Pero las consecuencias primaria o puramente económicas del régimen económico reinante no quedan confinadas a ese nivel de la actividad humana; también entrañan innumerables efectos dominó de naturaleza social, cultural, política, medioambiental e internacional.

    Inspeccionando brevemente las tres primeras categorías: problemas familiares; divorcio; delincuencia; y aborto; abuso de alcohol; drogas; y crimen; enfermedades físicas y psicológicas de todo tipo; migración masiva y los problemas que plantea para culturas indígenas y orgánicamente derivadas u originadas; inestabilidad política y progresivo totalitarismo con su concomitante pérdida de libertad, etc., etc., a menudo son causados o al menos exacerbados por las presiones financieras artificiales bajo las cuales vivimos, nos movemos y existimos.

    Muy claramente, también existe una estrecha conexión entre toda la producción y consumo adicional añadido que es necesario para hacer funcionar una economía financieramente desequilibrada, y el daño medioambiental. Las restricciones financieras artificiales, en conjunción con la obsesiva necesidad de un continuo crecimiento, hacen impracticable la reducción de la polución, la preservación del hábitat, y la conservación de los recursos renovables y no renovables. El medioambiente es rutinariamente sacrificado en el altar de la necesidad financiera.

    Finalmente, el análisis del Crédito Social subraya que, puesto que, así como es ventajoso para todo país tener una “balanza comercial favorable”, así también resulta algo imposible de conseguir por todos, la competencia económica entre los países por conseguir el dinero en los mercados internacionales constituye la fuerza motriz que está detrás de buena parte de los conflictos militares y de la guerra [8]. En el caso de una guerra, misiles, bombas y otras formas de producción bélica se exportarán hacia el enemigo… Indudablemente, la necesidad de reponerlas es lo que permitirá mantener a la economía doméstica ir viento en popa. Parafraseando a Orwell: la guerra (militar) es la paz (económica).




    Notas


    [1] Es importante darse cuenta de que incluso cuando pueda conseguirse un equilibrio entre el ritmo de flujo de ingresos del consumidor y el ritmo de flujo de precios de bienes de consumo mediante deuda adicional, este equilibrio nunca es un equilibrio autoliquidante. El coste de la deuda compensatoria aparecerá en precios futuros, impuestos y facturas para el pago del servicio de la deuda; esto es, la deuda compensatoria no permite que los costes pasados queden eliminados de una vez por todas, sino que simplemente desplaza la obligación de pagarlos hacia un punto futuro en el tiempo. Es más, incluso entonces permanece el caso de que el total de precios, o el ritmo de flujo de precios agregados o totales (en distinción o contraposición a los precios de los bienes y servicios sólo de consumo), excederá al ritmo de flujo de ingresos agregados o totales. La disparidad en el ritmo de flujo entre precios e ingresos puesta de relieve por el teorema A + B de Douglas está siempre en funcionamiento, aun cuando sus efectos al nivel de los bienes y servicios de consumo puedan ser temporalmente enmascarados.


    [2] Quizás debería enfatizarse de nuevo, especialmente en provecho de los recién llegados al Crédito Social, que los bancos no son meros intermediarios entre los tomadores de préstamos y los ahorradores; son, por el contrario, creadores y destructores de crédito. Todo préstamo bancario y toda adquisición bancaria de un título-valor crea un depósito, y toda devolución de un préstamo bancario o toda venta de un título-valor en posesión del banco destruye crédito. Cuando un consumidor obtiene un préstamo de un banco, el consumidor no está tomando prestado dinero de los ahorradores (otros consumidores), sino que está tomando prestado dinero nuevo traído a la existencia en forma de crédito bancario.


    [3] Los lectores que estén muy interesados en este aspecto del análisis del Crédito Social deberían leer la Segunda Parte (páginas 231-241) de mi tomo de 548 páginas Social Credit Economics.


    [4] Los ciclos de auges y depresiones, con todo el daño y angustia que pueden causar junto con el potencial que ofrecen a los hombres de negocios habilidosos para hacerse ricos rápidamente, constituyen en muy gran medida un fenómeno más bien financiero que económico real.


    [5] Esta espiral sueldo-coste, inducida o provocada por la dependencia de la deuda adicional que se necesita para rellenar la brecha precio-ingreso, es la responsable de la tremenda pérdida de poder adquisitivo exhibida por todas las monedas más importantes en los últimos 100 años. En los Estados Unidos, por ejemplo, el dólar ha perdido más del 95% de su valor desde 1913.


    [6] Cf. www.usdebtclock.org.


    [7] Volveremos a este asunto en el artículo del próximo mes cuando examinemos las soluciones propuestas por el Crédito Social.


    [8] El comercio internacional es un juego de suma cero. Por cada país que exporta más de lo que importa –y que, de esta forma, es capaz de compensar parte de su escasez interna de poder adquisitivo– ha de haber un país que importa más de lo que exporta (el cual probablemente lo haga a crédito). Es imposible que todos los países puedan ser ganadores.




    Fuente: THE DISTRIBUTIST REVIEW

  2. #2
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    Re: El Distributismo y el Crédito Social comparten la misma Filosofía Social

    Soluciones del Crédito Social






    Por M. Oliver Heydorn



    El modelo económico del Crédito Social sostiene que la reforma económica más urgente, la que va al corazón mismo de nuestra enredada telaraña de problemas económicos y perennes descontentos, consiste en la necesidad de rediseñar la infraestructura financiera de la economía. Cambiar el sistema financiero conforme a los lineamientos indicados por el Crédito Social no solamente es necesario para una mejora sustancial en nuestros asuntos económicos, sino que también puede demostrarse como suficiente para reducir significativamente, por no decir eliminar enteramente, la mayoría de los síntomas de disfunción con los que estamos familiarizados. Pienso aquí en esos varios y distintos, aunque íntimamente interconectados, fenómenos tales como: pobreza en medio de la abundancia; servidumbre en lugar de ocio; inestabilidad económica; inflación y elevada tributación; deudas cada vez más crecientes e impagables; despilfarro, ineficiencia y sabotaje económico en todas sus formas; crecimiento económico forzado; centralización de la riqueza, el poder y el privilegio; descomposición social; daño medioambiental; y guerra económica internacional que conduce a la guerra militar.

    El rediseño específico del sistema financiero que se plantea aquí no consiste en una alteración arbitraria o doctrinaria, sino que está firmemente fundada sobre el principio de que el sistema financiero, al igual que cualquier sistema de pesos y medidas que se precie, debería en todo momento proporcionar una representación simbólica de la economía física que escrupulosamente se corresponda con la efectiva realidad. Esto viene a ser una necesidad funcional. Si el sistema dinerario ha de cumplir adecuadamente con su cometido –el cometido para el cual fue inventado– entonces deberá ser un sistema honesto, es decir, deberá proporcionar un reflejo exacto, un cuadro exacto, de todos los hechos económicos físicos relevantes. [1]







    Esto significa que deberá haber siempre disponible suficiente crédito a la producción para poder catalizar la producción de cualquier bien o servicio útil. El incesante grito de que “no hay suficiente dinero” para conseguir algún fin productivo, cuando las materias primas, la tecnología y el trabajo están todos ellos presentes en conjunción con cierta demanda real de parte de los consumidores, es algo que debe cesar: ¡no podemos estar escasos de dinero para producción útil, del mismo modo que no podemos estar escasos de kilómetros para construir carreteras! Esto también significa que debe haber siempre disponible suficiente poder adquisitivo del consumidor para distribuir por completo todo lo que se produzca al mismo tiempo que se liquidan completamente, es decir, se cancelan de una vez por todas, todos los costes financieros de la producción. Puesto que la función catalítica del sistema financiero sólo puede exitosamente realizarse en grado óptimo una vez que, o en la medida en que, la función distributiva se haya apropiadamente afianzado, centraremos nuestra atención aquí en cómo propone el Crédito Social rediseñar la función distributiva. [2]

    A efectos de recapitular el diagnóstico del Crédito Social, el corazón del problema en el lado del consumo del actual orden financiero fue descrito en una ocasión por C. H. Douglas en su debate en la BBC con Dennis Robertson de la siguiente manera:


    El actual sistema financiero exige pagos en dinero por la creación del dinero mismo. Puesto que éste crea todo el dinero, los pagos en dinero por el uso del dinero sólo pueden hacerse creando nueva deuda. Además de esta exigencia del banco por el uso de su dinero, el industrial, con mucha más razón, exige pagos por el uso de su instalación y edificios reales; y también los exige en dinero. Ni él ni el sistema bancario, sin embargo, recrean el dinero necesario para permitir que estos últimos pagos pueda realizarlos el público.

    Esta situación se hace progresivamente más grave, ya que la producción moderna consiste en producción realizada por máquinas o capital, en lugar de producción realizada manualmente o por trabajo, de tal forma que la proporción de sueldos y salarios en relación a las cargas de capital es progresivamente menor. Tenemos, por tanto, dos problemas que resolver: primero, hacer posible a la población general el poder comprar los bienes que son producidos por un cada vez menor número de gente, y por una cada vez mayor cantidad de maquinaria, sin caer al mismo tiempo más y más profundamente en deuda; y segundo, hacer esto mediante un método que no requiera poner a toda la población a trabajar. [3]


    En otras palabras, debido principalmente a la forma en que se financia al capital real (máquinas, equipo, etc…) y la forma en que sus costes son contabilizados a continuación bajo las convenciones actuales, el ritmo al que los costes y, por tanto, los precios se originan y acumulan en el transcurso de la producción de cualquier bien o servicio industrial excede al ritmo al que se distribuye a los consumidores [4] poder adquisitivo para el consumo en forma de sueldos, salarios, dividendos, etc…

    El problema surge porque cuando el dinero se toma prestado de los bancos y se trae a la existencia para la producción y se gasta en la fabricación o la adquisición de bienes de capital (ordenadores, máquinas, equipo, edificios, etc…) se crean tanto una deuda como un activo que lleva adjunto un coste, pero las cargas para cubrir ambas exigencias o reclamaciones contra el público (ya que es el consumidor el que ha de extinguir, en última instancia, todos los costes) son impuestas contemporáneamente, o al menos independientemente la una de la otra, como cargas capex y cargas opex. Incluso si todo el dinero gastado en la fabricación o adquisición de capital real se convirtiera en ingresos del consumidor, el dinero emitido no es suficiente para cubrir ambas exigencias (es decir, la deuda y el coste del activo), sino sólo una de ellas. [5]

    Esto está en absoluta contraposición con lo que ocurre cuando el crédito a la producción se toma prestado y se gasta en producción manual o simplemente en producir bienes o servicios de consumo con el capital existente. En estos últimos casos se crean una deuda y un coste, pero no se cargan como dos costes enteramente separados, sino que se cargan secuencialmente. Esto es, una vez que el dinero es recolectado del consumidor para cubrir el coste de la producción, el minorista devuelve a continuación su préstamo bancario o reduce la deuda pendiente de su línea de crédito rotativo. La misma suma de dinero puede cubrir ambas exigencias que se habían realizado contra ella.

    Esta situación se hace aún más calamitosa, sin embargo, cuando uno considera que todo el crédito a la producción gastado en la fabricación o adquisición de capital real no se transforma en créditos o ingresos para el consumidor. Parte del mismo se usa para cubrir las varias cargas B o costos externos de otras empresas, y ese dinero o bien se destruye en la devolución de sus préstamos bancarios o bien se coloca en sus reservas con vistas a futura producción. No está disponible como ingreso del consumidor en relación al ciclo de costes asociado con su creación. De esta forma, el volumen de ingresos del consumidor liberado a la par con la adquisición del capital real ni siquiera es suficiente para pagar los costes de ese capital una vez, no digamos ya dos veces.

    El sistema financiero existente, debido a que es un sistema de dinero-deuda, es decir, un sistema en el que toda, o prácticamente toda, la oferta monetaria es emitida o bien como deuda o bien en forma equivalente a una deuda por el sistema bancario privado (y es destruida cada vez que esas deudas o reclamaciones equivalentes a deudas son canceladas), solamente puede rellenar esta brecha entre precios e ingresos creando y emitiendo nuevo dinero-deuda para nueva producción, ya sea privada o pública, o para préstamos al consumidor. Más allá de la tremenda mala dirección e ineficiencia o despilfarro de los recursos económicos que implica este método para abordar ese desequilibrio, el problema más fundamental consiste en que, aun cuando tiene éxito en rellenar completamente la brecha, el emitir dinero-deuda adicional nunca liquida o cancela de una vez por todas los costes no provistos en el sistema de precios; simplemente los transfiere como reclamaciones-deuda pendientes, y cada vez más crecientes, contra futuras actividades de producción.

    Lo que el Crédito Social propone es que la brecha debería rellenarse, por el contrario, a través de la creación de crédito “libre de deuda”, y de su distribución a, o a nombre de, los consumidores. El sistema dinerario cesaría de ser un sistema “de sólo deuda” e incorporaría la emisión de una cierta proporción de crédito “libre de deuda” como parte y parcela de sus operaciones normales. Emitiendo continuamente sólo el suficiente crédito “libre de deuda”, el flujo de poder adquisitivo del consumidor se podrá poner en equilibrio con el flujo de los precios de consumo, y se podrá restaurar en el flujo circular un equilibrio automático, autoliquidante. Para este fin, los creditistas sociales recomiendan que se establezca como órgano del Estado una Oficina Nacional de Crédito o una Autoridad Nacional de Crédito, libre de toda injerencia política, para evaluar, sobre la base de estadísticas relevantes y abiertamente publicadas, el volumen de crédito “libre de deuda” que se requiere para contrarrestar el flujo de costes no financiados en el sistema de precios. La gran mayoría de esos costes no financiados se presentarán en forma de deudas con el sistema bancario privado, pues muchas de las operaciones empresariales del día a día son financiadas a partir de líneas de crédito bancario rotativas. Cuando el crédito “libre de deuda” es recibido por los minoristas y usan este dinero para devolver sus adelantos bancarios, tanto el crédito como las deudas se cancelan la una a la otra quedando fuera de la existencia. No hay peligro de que el crédito compensatorio se amontone y cause inflación. [6]

    Este crédito compensatorio “libre de deuda” se emitiría, como dije, en favor del consumidor, y sin restricciones añadidas. Es de crucial importancia que cualquier reforma monetaria descentralice el poder sobre la política en lugar de centralizarlo aún más en manos de una élite minoritaria; la forma más fácil y más efectiva de conseguir esa descentralización es la de otorgar a los ciudadanos individuales el derecho a ser los beneficiarios últimos de cualquier cambio en la infraestructura financiera de la economía. De hecho, en eso consiste todo el objetivo de las reformas del Crédito Social.

    El pago indirecto al consumidor tomaría la forma de un Descuento Nacional, una rebaja sobre los precios al por menor en todos los ámbitos en un porcentaje fijado. A cambio de rebajar sus precios al nivel estipulado (el cual cambiaría a medida que las condiciones cambiaran), la Oficina Nacional de Crédito maquillaría o completaría la diferencia al minorista concediéndole un crédito “libre de deuda” de cantidad equivalente, de tal forma que pudiera cubrir el resto de sus costes. El descuento ayudaría al consumidor al poner el nivel general de precios a un alcance más cercano a sus ingresos.

    El resto del crédito compensatorio necesario para efectuar el equilibrio entre el flujo de precios y el flujo de ingresos se distribuiría en asignaciones iguales como ingreso a cada ciudadano sobre una base periódica. Además de incrementar más el poder de compra del consumidor, este pago directo a los consumidores, también conocido como Dividendo Nacional, proporcionaría un ingreso independiente, no gravable e inalienable, a cada ciudadano, con independencia de que estuviera o no empleado en la economía formal. El dividendo nos permitiría, de esta forma, abandonar la arcaica e irrealizable política del pleno empleo. A medida que la tecnología reemplaza al trabajo en el proceso de producción, el desempleo se irá transformando en ocio remunerado. La gente cuyo trabajo ya no sea más requerido por la máquina económica mantendrá su acceso a los bienes y servicios, y esto sin gravar fiscalmente o penalizar a ningún otro.

    El efecto general del dividendo en conjunción con el descuento vendría a ser el de transformar a toda la sociedad en una gigantesca cooperativa con participación o reparto en los beneficios, en donde las ventajas o beneficios de la asociación económica se comparten continuamente sobre una base equitativa con cada ciudadano. Que quede claro que este reparto no necesitaría de impuestos redistributivos, ni de un incremento en el endeudamiento público, ni de una regulación o injerencia excesiva del gobierno en las empresas, ni de cualesquiera medidas socialistas de ningún tipo. Se hace posible mediante un rediseño del sistema financiero, de tal forma que el “excedente” de producción de la economía –es decir, esa proporción de producción para la cual se han distribuido insuficientes ingresos en el transcurso de su fabricación– se monetice o se represente mediante un flujo suficiente de crédito “libre de deuda”.

    Pero, ¿cuánto dinero debería distribuirse en forma de Descuento Nacional y cuánto en forma de Dividendo Nacional?

    Aquí es donde entra en juego uno de los mayores descubrimientos económicos de Douglas. Douglas observó que, a un nivel físico, el verdadero precio de la producción es el consumo. Es decir, lo que algo cuesta en términos físicos consiste necesariamente en lo que se ha consumido en su realización. De ahí que, en un sistema financiero que refleje exactamente la realidad, el coste financiero de la producción debe reflejar el coste financiero de lo que se ha consumido en el transcurso de esa producción, y nada más. La inclusión de cargas capex (o devoluciones de préstamos para el capital) como costes separados o adicionales en la producción, elevan el coste de la producción medido en términos financieros por encima de lo que aparece indicado por el correspondiente consumo de materias primas, máquinas, trabajo, etc. Es más, el consumidor no aparece automáticamente provisto de ningún poder adquisitivo adicional con el que poder satisfacer el componente capex de los costes. Puesto que las cargas capex no reflejan ninguna realidad física ni ningún coste de consumo en el transcurso de la producción, ellas son, en tanto que supuesta representación de la realidad económica, completamente ilegítimas.

    Esto proporciona la justificación para determinar el nivel del Descuento Nacional, también conocido como el “precio justo” o el precio compensado en la literatura del Crédito Social. Regulando los precios al por menor de acuerdo con la tasa general de consumo/producción de la economía (medida en términos financieros convencionales), los precios podrían reducirse de tal forma que reflejaran los costes verdaderos o físicos de la producción. De esta forma, el Descuento Nacional retiraría de los precios de manera efectiva el componente capex del coste. Así pues, si la tasa general de consumo/producción fuera de 70:100, entonces se declararía un descuento del 30 %. Un minorista que normalmente tuviera que vender una silla por 100 dólares a fin de poder satisfacer todos sus costes financieros pasaría a venderla, por el contrario, al consumidor por 70 dólares. La Oficina Nacional de Crédito le completaría a continuación la diferencia al minorista emitiéndole un crédito de 30 dólares “libre de deuda”. Una vez que este crédito “libre de deuda”, junto con los 70 dólares recolectados procedentes del consumidor, es usado por el minorista para reducir la deuda pendiente de su línea de crédito bancario rotativa, sobre cuya base se conduce su negocio, entonces los créditos y las deudas se cancelan las unas a las otras quedando fuera de la existencia.

    En lo que al volumen de Dividendo Nacional se refiere, éste vendría determinado por la cantidad de crédito compensatorio “libre de deuda” que todavía se requiriera o necesitara, después de la aplicación del mecanismo del justo precio, a fin de poner el flujo de poder adquisitivo del consumidor en equilibrio con el flujo de precios. Vendría a representar los costos operacionales de la máquina para los cuales se habían distribuido insuficientes ingresos. Los “salarios de la máquina” –si es que tuviera algún sentido pagar sueldos a una máquina– se crearían y pagarían por el contrario a los legítimos herederos de la herencia cultural de la sociedad: los ciudadanos comunes.





    Notas


    [1] La íntima conexión entre el fraude estructural que caracteriza al actual sistema financiero y la tremenda disfunción que ocasiona, que yo he descrito aquí como una “enredada telaraña”, me trae a la mente esas famosas líneas del poema épico Marmion del poeta escocés Walter Scott: “¡Oh, qué enredada telaraña tejemos, cuando primero practicamos el engaño!”

    [2] Los lectores que estén interesados en aprender sobre cómo remodelaría el Crédito Social la función catalítica del sistema financiero, los emplazo a mi libro Social Credit Economics, especialmente a las páginas 343 – 366.

    [3] C. H. Douglas y Dennis Robertson, “The Douglas Credit Scheme”, The BBC Listener IX, nº 233 (Junio 1933): 1006.

    [4] Esta particular discrepancia entre precios e ingresos es algo enteramente independiente de cualquier cuestión relacionada con el beneficio (ya sean beneficios industriales o bancarios). La especulación, los ahorros, la reinversión de ahorros y las políticas bancarias deflacionarias, entre otros factores, pueden exacerbar la deficiencia subyacente en el poder de compra del consumidor, pero no constituyen su causa principal.

    [5] El dinero que se usa para reducir o pagar la deuda antes o independientemente del valor en precio del activo inmediatamente queda destruido y, por tanto, ya no puede usarse para más liquidaciones de costes. El dinero que se va recolectando con vistas al reemplazamiento, mantenimiento y otros costos operacionales asociados con el capital real obviamente no podrá utilizarse para reducir o pagar una deuda sin renunciar al mismo tiempo a esos propósitos.

    [6] Permítaseme subrayar una vez más que, bajo el Crédito Social, este crédito “libre de deuda” se emitirá en lugar de todos los paliativos convencionales actualmente existentes que están diseñados para incrementar el poder adquisitivo del consumidor. Exceso de deudas públicas para financiar proyectos, programas sociales o planes creadores de trabajo gubernamentales físicamente innecesarios; exceso de deudas empresariales para el crecimiento y la exportación como fines en sí mismos; y todos los préstamos al consumidor que impliquen creación de nuevo dinero-deuda, ya sea en forma de hipotecas, préstamos para el coche y la educación, líneas de crédito, tarjetas de crédito, etc…, todo eso quedaría enteramente prohibido o, dicho en otro sentido, vendría a considerarse inútil. No estamos añadiendo más a la oferta monetaria sino más bien reemplazando, sobre una base proporcional, un cierto segmento de la oferta monetaria basada en deuda por crédito “libre de deuda”. Una vez más aclaramos que el miedo a una inflación por demanda bajo el Crédito Social es algo infundado.




    Fuente: THE DISTRIBUTIST REVIEW

  3. #3
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    Re: El Distributismo y el Crédito Social comparten la misma Filosofía Social

    miércoles, 11 de mayo de 2016

    ¿Qué es el distributismo?

    El distributismo es la doctrina económica del Tradicionalismo, el Carlismo en este terreno siempre ha luchado por al vuelta a la Propiedad Colectiva o Foral, pelando para que el pueblo recuperase lo que era suyo: los terrenos comunales que las desamortizaciones liberales le robaron (como también expolió los bienes eclesiásticos, que eso parece se recuerda mejor). Frente al Comunismo y al Propietarismo Individualista y egoista, plantea el carlismo y esta seguro de su eficacia el Propietarismo colectivista. En España cuestiones candentes enfocaron a los doctrinarios carlistas a cubrir otras brechas, pero muchos pensadores nuestros como Vázquez de Mella y nuestros Reyes profundizaron en ello.


    Sin embargo el distributismo se hace famoso a raiz de su defensa por parte de dos intelectuales católicos ingleses quienes lo ven como una perfecta alternativa al socialismo y el capitalismo ideada, entre otras personas, por Gilbert Keith Chesterton. Chesterton tuvo un idilio en su juventud con el socialismo, hasta darse cuenta que era una ideología reaccionaria. Era una reacción contra el capitalismo, y la reacción equivocada. Con el tiempo, y especialmente fruto de su amistad con Hillaire Belloc, maduró una nueva concepción económica basada en la Doctrina Social de la Iglesia Católica.


    Sabemos que la forma de curar los males de nuestra civilización es llevar a cabo una concepción real de la libertad, restaurar la dignidad del hombre y la independencia de la familia, salvaguardado de forma apropiada por la distribución de la propiedad. Decálogo del distributismo (empezando con los primeros cinco puntos de la Doctrina Social de la Iglesia)

    1. El principio de bien Común


    • Se entiende por bien Común al conjunto de condiciones de vida social que hacen posible a las personas el logro más pleno y fácil de la propia perfección (GS 26) Una sociedad que quiere estar al servicio del ser humano pone como meta el bien común. Por el se respeta y se promueve integralmente a la persona humana. Es un deber de todos los miembros de una sociedad ya que todos tienen derecho a gozar de las condiciones de vida que resultan de su búsqueda, y principalmente, corresponde al Estado velar por garantizar su pleno desarrollo armonizando los diversos intereses de los grupos y de los individuos.


    1. Subsidiariedad


    • Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social. Es el ámbito de la sociedad civil: el conjunto de las relaciones entre individuos y entre sociedades intermedias.
    • Las sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (« subsidium ») —por tanto de apoyo, promoción, desarrollo— respecto a las menores.
    • A la subsidiariedad entendida en sentido positivo, como ayuda económica, institucional, legislativa, ofrecida a las entidades sociales más pequeñas, corresponde implicaciones en negativo, que imponen al Estado abstenerse de cuanto restringiría, de hecho, el espacio vital de las células menores y esenciales de la sociedad. Su iniciativa, libertad y responsabilidad, no deben ser suplantadas.


    1. Participación


    • La participación en la vida pública es fundamental e ineludible para el católico, quien debe saber que ésta no se limita a algún sector particular de la vida social sino que se extiende a todos los ámbitos donde se desarrolla el ser humano.
    • Dado que la dignidad humana es fuente de todos los derechos, el derecho de regir los pueblos no puede realizarse de espaldas de la gente, ni se le debe usurpar su espacio legítimo de actuación.


    1. Destino universal de los bienes


    • Primacía de la persona: La propiedad sirve al hombre, no al revés
    • Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (cf Gn 1, 26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia.
    • El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienescontinúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio.


    1. Solidaridad


    • El ser humano no es individuo sino persona, y en tanto persona relacional. Es un ser trascendente también en tanto que su interés no es meramente personal, sino el de la comunidad. La hermandad humana exige una actitud de unión y ayuda entre todos los seres humanos en cualquier sociedad sana.


    1. Localismo


    • La separación de la economía (oikos, casa) del hogar no es natural y es parte de un proceso de fracturación más grande. El feminismo separa a la mujer de la casa, el capitalismo separa al hombre de la casa, la fábrica separa la manufactura de la casa y la industria de información y entretenimiento separa la originalidad y la creatividad de la casa, lo cual nos hace meros consumidores y no ciudadanos activos.
    • Hay una especie de aversión al localismo porque la sociedad está demasiado acostumbrada a los “beneficios” de la globalización mal entendida. Los problemas de nuestros días se deben al divorcio de la gente de su tierra y sus derechos, el remedio de esos males depende del entendimiento. Un hombre tan enfermo que no puede curarse sin una operación puede estar tan emocionalmente agitado que no pueda soportar una operación. Su posición es análoga a la de la nación que ha aceptado un modo artificial de vida y no tiene deseos de recuperarse. En un caso los médicos deben tratar los nervios antes de operar. En el otro debe cambiar la cultura antes de mejorar los hábitos.


    1. Gremialismo


    • El gremio está entre las instituciones humana más antiguas, más arraigadas y más necesarias. Es una asociación de hombres con un mismo oficio que se dedica al mutuo apoyo. Tiene cuatro características:
    • Primero: garantiza su propiedad. No la destruye como el comunismo, la hace permanente y se segura que la competencia injusta no lleve a la destrucción del pobre por el rico. No hace que no florezca el trabajador ni favorece la vagancia e ineficacia, pero impone condiciones para la entrada al Gremio que controla la competencia injusta.
    • Segundo: adquiere del Estado el derecho de tratar los asuntos que son de incumbencia de sus miembros, entre ellos el de restringir la práctica del oficio a los miembros del gremio. La pertenencia al gremio debe estar abierta a todos y depender de una prueba de la capacidad en el oficio del que se trate.
    • Tercero: un miembro del gremio debe observar ciertos límites en la competencia contra sus compañeros de gremio. Hay cosas que puede hacer y cosas que no. Las reglas de conducta profesional se deben obedecer bajo pena de ser expulsado del gremio y perder el derecho a ejercer su oficio. Estas reglas están pensadas por dos objetos. El buen funcionamiento del oficio y el bien de sus miembros; para que todos, con un mínimo de capacidad y competencia, esté seguro de salir adelante.
    • Cuarto: el gremio se auto-gobierna dentro de los límites de su carta de naturaleza. Tal carta de naturaleza se la debe a la autoridad del Estado, pero debe ser escrita y ratificada por quienes llevan a cabo el oficio.


    1. Favorecer la pequeña propiedad


    • Si hay, como hoy en día cuatro gatos con mucha propiedad, algunos con poca y muchos con ninguna, estamos en un sistema injusto además de inestable. Cae uno de los cuatro gatos y todo se va al garete. La propiedad da estabilidad a las personas y todos deben tener suficiente propiedad como para poder ganarse la vida honradamente. Deben ser, al menos, propietarios de sus propias herramientas de trabajo y de su casa.
    • Un sistema basado en la pequeña propiedad (y las pequeña empresa) es, además de un sistema de distribución más justa, un sistema más estable. Si una persona o un sector tiene serias dificultades, el efecto para los demás es limitado en comparación con la caída de algo que sostiene por si todo el sistema.


    1. El valor del trabajo


    • El trabajo tiene una dimensión subjetiva más importante que el capital. No debe tratarse, pues, de forma utilitaria, ni establecerse el sueldo, en el caso (que debe ser excepcional) que una persona dependa de un sueldo, únicamente atendiendo a criterios materiales. En la encíclica laborem exercens, Juan Pablo II dice que el problema del trabajo es clave en la cuestión social, y hace hincapié en la primacía del hombre (el trabajador) sobre el instrumento (el capital).


    1. No es teoría política ni económica: es la adecuación a la naturaleza humana


    • “Nadie que acometa la restauración de la propiedad o distributismo”, decía Belloc, “(…) puede decir ‘aquí está mi propuesta clara y completa’. No lo puedes hacer porque es normal en el hombre, orgánico; no es mecánico, no es teórico. Lo que podemos hacer es avanzar en el camino, propagar la idea, propagar sus resultados (…). [No queremos]la distribución igual de propiedad. Si tienes una sociedad en el que la norma, quizá no la mayoría, pero el número determinante de hombres tienen seguridad en lo que hacen, con su personalidad y su producción asegurados para el futuro, has establecido un estado saludable, has reconstruido la propiedad.”











    A.G.V



    Círculo Tradicionalista Pedro Menéndez de Avilés: ¿Qué es el distributismo?
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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    Re: El Distributismo y el Crédito Social comparten la misma Filosofía Social

    Seminario formativo: el Distributismo y el Propietarismo Foral Carlista







    El sábado 16 de abril, tendrá lugar, D.m; un seminario formativo que introducirá a los asistentes en la teoría económica del Carlismo, el propietarismo foral y el Distributismo, que anclados en la Doctrina Social tradicional de la Iglesia Católica, propugnan el retorno a la propiedad colectiva o foral frente a la propiedad individual y a la estatal, constituyendo hoy así la unica salida real y católica a la situación de crisis financiera global permanente que vivimos.


    El mismo dará comienzo a las 18:00 (seis de la tarde) siendo la entrada libre. Se prevé que no de tiempo a verlo todo en una sóla sesión por lo que habría otro seminario sobre este crucial asunto. Se ruega llamar antes de entrar en el Círculo. Al finalizar habrá una velada tradicionalista.


    Como biblografía básica utilizaremos entre otros textos:


    Concepción Católica de la Economía. P. Julio Meinvielle. Disponible aquí
    El Estado Servil (The Servile State). Hilaire Belloc
    La Restauración de la Propiedad (An Essay on the restoration of property). Hilaire Belloc Disponible aquí
    Lo que está mal en el mundo (What´s wrong in the world). G.K. Chesterton
    Los límites de la cordura (The outline of sanity). G.K. Chesterton
    ¿Qué es el Carlismo? Elias de Tejada, Rafael Gambra, Francisco Puy y otros.Puntos 52, 53, 98, 150, 154, 155, 157, 158, 159, 160 Disponible aquí
    A los 175 años del Carlismo. M.Ayuso. El porvenir de la Tradición, de la sociedad liberal capitalista a la sociedad foral propietarista. El Decálogo Foral. Capítulo compuesto por Pedro Brunsó Ayats. pags. 543-578



    Seminario formativo sobre el Distributismo
    Día: sábado 16 de abril
    Hora: 18:00 (Seis de la tarde)
    Lugar: C/Sabino Álvarez Gendín, nº22. Avilés


    Algunos párrafos introductorios al tema que trataremos...



    Propiedad social.


    Al requerir como de máxima urgencia la constitución de economías sociales, el Carlismo rehuye tanto el individualismo burgués como el estatismo marxista. Porque es cierto que el individuo necesita la propiedad de algunas cosas para su normal desenvolvimiento, y que el Estado necesita también de propiedad para cumplir sus objetivos debidamente. Pero la forma normal de la propiedad es la de la libre participación de los individuos en los bienes de organismos sociales, desde la familia al municipio o al gremio, forma que asegura la libertad individual, al par que garantiza a cada hombre un puesto activo dentro de la vida colectiva.


    Disminuyendo al máximo la propiedad individual y la estatal, el Carlismo conoce primordialmente las formas de propiedad social, cuyos sujetos sean la familia, el municipio, las agrupaciones profesionales y las sociedades básicas restantes. Y de acuerdo con ello, el Carlismo condena expresamente la desamortización de los bienes de las comunidades en el expolio con que la dinastía usurpadora fraguó artificialmente una clase burguesa de enriquecidos por méritos de favor político, a fin de sostenerse en el trono usurpado, exigiendo la reconstrucción inmediata de los patrimonios sociales, especialmente de los municipales, previa indemnización a los poseedores de buena fe.


    Punto 155 del libro ¿Qué es el Carlismo?






    El distributismo es aplicable hoy


    Hilaire Belloc y G.K. Chesterton consideraron siempre que el capitalismo era la gran plaga que impedía la floración de una sociedad auténticamente cristiana, por haber introducido la competencia en las relaciones conyugales, desarraigado al hombre de su tierra y nublado las virtudes de nuestros mayores, convirtiendo a los seres humanos en máquinas al servicio de la producción. "El capitalismo -escribiría Belloc- constituye una calamidad no porque defienda el derecho legal a la propiedad, sino porque representa, por su propia naturaleza, el empleo de ese derecho legal para beneficio de unos pocos privilegiados contra un número mucho mayor de hombres que, aunque libres y ciudadanos en igualdad de condiciones, carecen de toda base económica propia". En la grandiosa encíclica Rerum novarum (1891), de León XIII, en la que se condenan las condiciones oprobiosas, lindantes con la esclavitud, en las que vivía una muchedumbre infinita de proletarios, hallarían Chesterton y Belloc el aliento para impulsar, en compañía de Arthur Penty y el padre Vincent McNabb, una nueva doctrina económica, alternativa al capitalismo y al socialismo, cuyo fin último es promover el Reinado Social de Cristo.


    El distributismo se funda en las instituciones de la familia y la propiedad, pilares básicos de un recto orden de la sociedad humana; no en cualquier familia, desde luego, sino la familia católica comprometida en la procreación y fortalecida por vínculos solidarios indestructibles. Tampoco cualquier propiedad, y mucho menos la propiedad concentrada del capitalismo, sino una propiedad equitativamente distribuida que permita a cada familia ser dueña de su hogar y de sus medios de producción. El trabajo, de este modo, deja de ser alienante y se convierte en un fin en sí mismo; y el trabajador, al ser también propietario, recupera el amor por la obra bien hecha, y vuelve a mirar a Dios, al principio de cada jornada, con gratitud y sentido de lo sagrado, santificando de veras sus quehaceres cotidianos. Por supuesto, la sociedad distributista preconizada por Chesterton y sus amigos se rige por el principio de subsidiariedad y por la virtud teologal de la caridad, que antepone el bien común al lucro personal. Se trataría de lograr que cada familia cuente con los medios necesarios para su subsistencia, bien mediante la producción propia, bien mediante el comercio con otras familias o comunidades de familias, con las que se asociará para realizar obras públicas y garantizar la educación cristiana y el aprendizaje de los oficios para sus hijos. Los gremios vuelven a ser, en la sociedad distributista, elemento fundamental en la organización del trabajo.


    El distributismo no postula una sociedad de individuos iguales, empachados de una libertad que acaba destruyendo los vínculos comunitarios, sino una sociedad verdaderamente fraterna, regida por los principios de dignidad y jerarquía, en la que mucho más que el bienestar importa el bien-ser. Algunos la juzgarán una sociedad utópica; yo la juzgo perfectamente realizable, en un tiempo como el presente, en que el capitalismo financiero y el llamado cínicamente Estado social de Derecho se tambalean, heridos de muerte. Sólo hacen falta católicos radicales e intrépidos, con poco que perder, (el soborno del mundo) y mucho que ganar (la vida eterna).


    J.M. de Prada


    Círculo Tradicionalista Pedro Menéndez de Avilés: Seminario formativo: el Distributismo y el Propietarismo Foral Carlista
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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