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Tema: Los moros del bando nacional

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    Re: Los moros del bando nacional

    Moros de España. Recordando un poco nuestra historia.
    Hoy en día, en que desde varios sectores de este país, especialmente los de la ultraderecha, se reclama la salida de los “moros” de nuestra católica España, vendría bien recordar a esas juventudes que nada saben de nuestra historia y reclaman la vuelta de una dictadura militar que no vivieron, que si esa dictadura fue posible en España fue en gran parte gracias a esos “moros” a los que ahora rechazan, pero que entonces eran muy bien vistos por parte de los nacionales, porque servían a la patria, una patria que no era la de ellos. Incluso después de acabada la guerra civil Franco siguió conservando su guardia mora como escolta personal, hasta su definitiva licenciatura tras la independencia de Marruecos.


    Muchos analistas históricos consideran que sin el apoyo del ejercito africano tal vez Franco no habría ganado la guerra o por lo menos habría tardado mucho mas en ganarla.
    Uno de cada cinco soldados que lucho en la guerra civil del lado de los nacionales era africano. Incluso venían atados a las alas de los aviones para aprovechar y traer en cada viaje mas cantidad de tropas. Los moros siempre iban a la vanguardia del ejercito porque sus vidas no eran consideradas muy valiosas y además eran feroces guerreros, obedecían ciegamente a sus oficiales y no le temían a la muerte. Franco les prometió que si morían en España resucitarían en Marruecos, cosa que la mayoría creían al ser bastante ignorantes e incultos, y a los lisiados les prometió un bastón de oro, cosa que nunca cumplió, ya que no habría bastado todo el oro de España para tantos lisiados.
    El 16 de agosto de 1938 un grupo de niñas marroquíes visitaron a Franco en los campamentos juveniles falangistas en España, acompañadas de sus profesores y el ministro del interior Serrano Súñer. Una niña habló con Franco en árabe y él respondió también en árabe afirmando: “El pueblo marroquí ha sido el pueblo de los guerreros mas bravos, pues saben morir de tan magnifica manera como lo están haciendo en fuerza a su amor hacia España” Luego añadió que al terminar la guerra mejorarían las condiciones de la vida de los marroquíes, considerados hermanos de los españoles.
    En 1939 Franco concedió una larga entrevista a Aznar- El periodista mas importante de su España-y contra su costumbre no habló por radio, pues prefirió que su declaración de año nuevo la publicaran en el Diario Vasco, de San Sebastián, Franco aseguró que deseaba no solo vencer sino convencer, A la pregunta del periodista sobre África, se deshizo en elogios hacia los marroquíes, anuncio la creación de un gran centro de estudios islámicos en Córdoba y profetizó, que, en el futuro, los musulmanes vendrían a España de igual modo que tenían obligación de visitar la Meca. Terminó la declaración refiriéndose al norte de Africa donde todo había empezado hacia casi tres años diciendo “Sin Africa, yo apenas puedo explicarme a mi mismo”.


    En el libro de Francisco Sánchez Ruano “Islam y guerra civil española” se habla de la trascendencia e importancia que tuvieron estos combatientes en nuestra guerra civil, no solo del lado nacional, sino también del lado republicano. Incluso el socialista Salvador de Madariaga llego a decir: “Marruecos es una prolongación de España allende el estrecho”, mientras que falangistas como Ernesto Jiménez Caballero decían: “Guarden otros pueblos el oro, nosotros el moro”.


    El corresponsal más seguido por los afro americanos fue Langston Hughes, quien publicaba en The Afro-American, pero colaboraba también en el boletín de las Brigadas Internacionales, Volunteer for Liberty. Hughes se interesó especialmente por los marroquíes que peleaban al lado de Franco. Su poema Carta desde España muestra la perplejidad que le causaba el hecho de que un pueblo colonizado luchara junto a los insurgentes: "Hoy capturamos a un moro herido / Era tan oscuro como yo / Le dije, chico qué haces aquí / peleando contra gente libre?".
    "Estaba muriéndose tumbado, en un pueblo que habíamos tomado, miré del otro lado hacia África y vi temblar fundaciones, pus si una España libre gana esta guerra, las colonias seran libres también, entonces algo maravilloso puede ocurrir a estos moros tan negros como yo, le dije ¡escucha amigo! Estoy seguro de que la vieja Inglaterra y que Italia también por esta razón tienen miedo de dejar que la España republicana sea buena para ti y para mi, porque ellas tienen esclavos en África y ellas no quieren que sean libres.
    Escucha prisionero moro, estréchame pues la mano..
    Me arrodille a su lado y tome su mano, pero el moro herido expiraba y no me entendió."
    Rodimtsev, que combatió en primera línea en el frente de Madrid con la 14ª,
    escribió estas líneas al observar con sus prismáticos como se acercaban las tropas moras a la línea de defensa: “El segundo moro de la izquierda, alto, a causa de la tensión se mordió el labio. En su rostro moreno clareaban los blancos de los ojos. El turbante de un gris sucios se balanceaba al compás de la marcha. El soldado se movía como un muñeco.¿Por qué marchaba? ¿Quién le enviaba aquí a la muerte?...Yo no quitaba el ojo al moro. Iba creciendo mas y mas, resultó que su nariz era aguileña y llevaba unos bigotes espléndidos, y en el cuello se balanceaba algo así como un talismán.
    El moro alto se detuvo un momento, hincó lentamente una rodilla, el fusil cayó al suelo. Alzó la cara hacia el sol como si pidiese explicación de lo que ocurría, y luego se desplomó pesadamente boca arriba."


    Por supuesto los moros mataron españoles y también a otros extranjeros, se les atribuyen también muchas atrocidades, lo cual está documentado en parte en el libro de Sánchez Ruano, pero no fueron los únicos, testimonios documentados en el libro demuestran que atrocidades se cometieron por ambos bandos, y no solo por los moros, y que muchas veces eran usados como arma psicológica ante el temor que producía solo la mención de las tropas moras, pero desde tiempos inmemorables la guerra es así, hasta que la humanidad no descubra el medio de terminar con la guerra y los ejércitos pasen a los museos de historia.
    A los moros les costó aproximadamente un 10 por ciento de bajas dicha guerra., en la que los africanistas españoles pudieron aprovechar todo lo aprendido en Marruecos. Los conocimientos sobre la etnia, religión y costumbres contribuyeron al triunfo de Franco en arrastrar a los marroquíes a aquella guerra ¿pero que sabían del fascismo aquellos ignorantes soldados de regulares de la Mehala, de la Mezjanía o del Ifni? La mayoría no eran mas que ignorantes campesinos que se enrolaron por necesidad, muchos obligados y todos engañados por falsas promesas de que al acabar la guerra Marruecos sería independiente.
    Al final Franco tuvo que dar la independencia a su “Marruecos feliz” cuando Francia se la dio a su zona, no por gusto sino por presiones internacionales.
    Al visitar la casa de un ex combatiente de Asilah, dijo el mismo al autor del libro en su lecho de enfermo: “¿Dónde esta el bastón de oro que me prometió Franco?¿como mantengo a mi familia con mi pensión miserable?"
    En Asilah, sede y hogar de los ex combatientes moros de 5 guerras, el autor se encontró un grupo de moros que se reunían para rememorar hazañas guerreras, entre ellos había un joven de 20 años al que el autor pregunto que hacia allí:
    Este afirmó:
    “Mi padre estuvo luchando con Franco y recibía una pequeña pensión por hacer una guerra en la que muchos compatriotas perdieron la vida, otros la salud y juventud. Pero aquí no se nos quiere al considerarnos traidores por hacer una guerra que no era la nuestra."
    Su expresión y su tono de voz eran la expresión misma de la amarga verdad, de una realidad que lo supera, que supero a su padre y que también nos supera a todos mientras las guerras sean la expresión que los humanos tenemos para resolver los problemas.

    mentiras sobre el islam: Moros de España. Recordando un poco nuestra historia.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  2. #2
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    Re: Los moros del bando nacional

    “180 pesetas al mes, con dos meses de anticipo. 4 kilos de azúcar, una lata de aceite y tantos panes como hijos tuviera la familia del alistado”
    Ésta fue la verdadera razón que convenció a los Rifeños de la zona norte de Marruecos, la del Protectorado español, para alistarse en las filas del ejército sublevado a las órdenes de Franco en 1936.


    En parte a la fuerza, pero sobre todo por hambre. “Hambrea a tu perro y te acompañará a donde quieras”, proclama un antiguo dicho. Años de sequías y malas cosechas, años de soportar la brutal política española de aplastamiento de su lucha anticolonialista, unidos al falaz argumento de que compartían con los cristianos franquistas la creencia en Dios, convencieron a los musulmanes rifeños de embarcarse en la “cruzada” contra los ateos republicanos, comunistas y anarquistas.




    Con el traslado a la península de estas aguerridas tropas, comienza uno de los episodios más esperpénticos de la rebelión franquista: el uso por un “caudillo” autoproclamado adalid del nacional-catolicismo, de guerreros musulmanes para masacrar sin piedad a otros españoles, en gran parte también católicos.






    Franco utilizó las tropas marroquíes como carne de cañón, para evitar el mayor número posible de bajas entre sus soldados españoles. Pero también, y principalmente, como arma psicológica contra los republicanos. Cuantos más crímenes y salvajadas cometieran los “moros”, menos valor tendrían los soldados de la República para afrontarlos.


    La guerra del Rif había sido brutal y salvaje. No hubo atrocidad cometida por los rifeños que no fuera superada inmediatamente por los españoles y viceversa. Arturo Barea lo relata en “La Forja de un Rebelde”:


    "La bestialidad es seguramente la cosa más contagiosa que existe. Ellos les cortaban los testículos a los soldados y se los atascaban en la boca. Entonces nosotros les cortábamos las cabezas a los moros y adornábamos el parapeto de la posición por la noche".




    Aquellos mercenarios marroquíes tenían la bendición de sus muy católicos oficiales españoles para saquear, violar y mutilar en las poblaciones conquistadas. Es decir, los mismos métodos del pillaje, la destrucción, la violación y el corte de orejas, cabezas y testículos que habían sido empleados desde siempre por el Ejército africanista español en su guerra contra los rifeños.


    "Con el aliento de la venganza de Dios sobre las puntas de sus machetes persiguen, destrozan, matan y embriagados con la sangre la columna avanza".
    Así describe el jesuita Alberto Risco, en su libro “La epopeya del Alcázar de Toledo”, la entrada en la ciudad, el 29 de septiembre de 1936, de las tropas del coronel Mohamed Mezzian, el marroquí que alcanzó la más alta graduación en el ejército de Franco. Llegó a Capitán General.






    Una casualidad explica, al parecer, la excepcional carrera militar de Mezzian. En 1910, cuando apenas tenía trece años, subió al encerado y resolvió un problema ante la mirada atenta de Alfonso XIII que visitaba su colegio, según relató "El Telegrama de Melilla". El monarca, agradado, preguntó al pequeño qué quería ser y este le contestó: “Capitán”. Tres años después el rey apadrinó su ingreso en la Academia de Infantería de Toledo cuyo reglamento hubo de ser modificado para que pudiera ingresar un musulmán.


    El 17 de julio de 1936, que fue realmente el primer día de la sublevación militar, Mezzian tendría la oportunidad de “agradecer” a su país de acogida lo que había hecho por él. Al frente del 2º Tabor de Regulares, se unió a los sublevados para atacar la base de hidroaviones de El Atalayón, en Melilla, defendida por un puñado de oficiales, suboficiales y soldados leales a la República, al mando del capitán Virgilio Leret. Allí ocasionaron las primeras víctimas de la Guerra Civil.




    Tras 3 horas de resistencia, el capitán de aviación Virgilio Leret arrojó su revólver a los pies del capitán de la fuerza atacante de la base de hidroaviones de El Atalayón. "Yo soy el jefe y estos hombres se han limitado a seguir mis órdenes", le dijo fríamente. La tarde del 23 de julio fue fusilado junto a cuatro de sus subordinados. Su esposa, la escritora y periodista Carlota O'Neill, pasó cinco años en prisión.Imagen de la web Leret en la Historia
    Poco después, ya en la península, comenzó la cruel carrera de dudosa gloria de Mezzían, al lado de su “compañero de armas” Franco, desempeñando un papel importante en la “liberación” del Alcázar de Toledo, en la marcha sobre Madrid y en las batallas de Teruel y del Ebro.


    La ocupación de Toledo fue especialmente brutal y sanguinaria. John Whitaker, periodista e historiador norteamericano, recoge en la revista Foreign Affairs, en octubre de 1942, sus conversaciones con oficiales del Ejército español que le reconocen que los rifeños de Mizzian mataron a los heridos republicanos del hospital toledano de San Juan Bautista. "Presumían de la manera en que habían lanzado granadas sobre doscientos hombres indefensos y aterrados", recuerda.




    Los nacionales proyectaron en su propaganda una imagen de "cruzada contra las hordas rojas y ateas", evitando en lo posible las referencias visuales a sus tropas musulmanas. Y cuando esto no fue posible, mantuvieron hacia ellas una actitud paternalista, haciendo parecer a los " moros" como indivíduos infantiles e inocentes, supeditados a los blancos. Esta imagen de la web Islam y Al-Andalus es un ejemplo.
    En Toledo, como en otras poblaciones que antes habían ocupado, las tropas de Mezzian se dedicaron a lo que mejor sabían hacer: fusilar en masa a los prisioneros, castrándolos y paseando sus despojos pinchados en sus bayonetas como símbolo de victoria. Violar a las mujeres hasta matarlas. Saquear las viviendas vendiendo en improvisados zocos los productos de su rapiña…


    Los Regulares de Mezzian y los legionarios fueron asimismo autores del fusilamiento sobre sus propios camastros de más de 100 heridos y enfermos del hospital de Tavera, a las afueras de Toledo, que no habían podido ser evacuados. De la Maternidad toledana sacaron además a no menos de 20 mujeres embarazadas a las que condujeron al cementerio municipal donde las ejecutaron.






    Del trato de Mezzian a las mujeres da idea el hecho de que en Navalcarnero, pueblo cercano a Madrid, hubo un burdel con prostitutas traídas de Marruecos a las que Mezzian añadía personalmente chicas españolas de la zona a las que había “cazado”. Se dice que muchas se quitaron la vida.


    "Me encontraba con este militar moro en el cruce de carreteras cerca de Navalcarnero en el otoño de 1936”, continúa Whitaker en su artículo, "cuando dos muchachas españolas, que parecían aún no haber cumplido los veinte años, fueron conducidas ante él. A una se le encontró un carné sindical; la otra, de Valencia, afirmó no tener convicciones políticas. Mezzian las llevó a un pequeño edificio que había sido la escuela del pueblo donde descansaban unos cuarenta moros. (...) Se escuchó un ululante grito salido de las gargantas de la tropa. Asistí a la escena horrorizado e inútilmente indignado. Mezzian sonrió afectadamente cuando le protesté, diciéndome: 'Oh, no vivirán más de cuatro horas ' ".
    Estas y otras “hazañas” similares inclinaron a su amigo Franco a nombrar a Mezzian en 1953, después de otros varios cargos, Capitán General de Galicia. Fue allí, en Santiago de Compostela precisamente, donde como representante de Franco tuvo que realizar la ofrenda al apóstol “Matamoros”. Antes de celebrar la ceremonia oficial, manos piadosas se esmeraron en ocultar bajo tapices y ramos a los moros despanzurrados bajo el blanco corcel en la imagen del santo que preside el templo. Así pudo respetarse la “sensibilidad” de aquel devoto musulmán.






    En 1956, al obtener Marruecos la independencia, el rey Mohamed V le pidió que se encargara de la organización del nuevo ejército marroquí, por lo que solicitó su baja en el ejército español y, junto con el futuro rey Hassan II, protagonizó la despiadada represión de la sublevación del Rif, cuyos habitantes rebeldes fueron bombardeados con napalm.


    Después de acumular cargos y honores en Marruecos, incluído el de embajador de ese país en España, Mezzian murió en Madrid en marzo de 1975, el mismo año que el “Generalísimo”. Hasta entonces había estado cobrando la paga que aún percibía del ejército español a pesar de su baja en el mismo.




    En 1924, el entonces capitán Mezzian salvó la vida de Franco, al que un rifeño apuntaba con su arma. Este fue el origen de la "amistad inquebrantable" entre el futuro dictador y el militar marroquí. En la imagen, que pertenece a la web de fotos del diario El País, puede verse a Ben Mezzian junto al teniente coronel Temprano, a cuyas órdenes estaba entonces.
    Tantos “méritos” acumuló que, en 2006 su hija, Leila Mezzian, inauguró un museo dedicado a la memoria de su padre, lleno de fotos del dictador Franco con “su” general rifeño. El museo se encuentra en Nador, a doce kilómetros de Melilla. Ocupa la casa natal de Mezzian, que también le fue regalada por su protector Franco por los servicios prestados.


    En la inauguración se dieron cita varios ministros y un puñado de generales marroquíes, historiadores y personalidades de las finanzas. Lo malo, para la Memoria Histórica de nuestro país, es que también estuvieron invitados en lugar de honor varios españoles: concretamente el embajador de España en Marruecos, Luis Planas, y dos generales, el teniente general Rafael Barbudo, segundo jefe de Estado Mayor del Ejército, y el general Vicente Díaz de Villegas, comandante general de la ciudad de Melilla. El embajador además, se desplazó en un avión privado desde Rabat, puesto a disposición de los invitados por la familia de Mizzian.


    Que cada cual saque sus propias conclusiones.




    Fusilados de Torrellas: Grandes asesinos fascistas (II). Ben Mezzian y los moros de Franco.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  3. #3
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    Re: Los moros del bando nacional

    “180 pesetas al mes, con dos meses de anticipo. 4 kilos de azúcar, una lata de aceite y tantos panes como hijos tuviera la familia del alistado”
    Ésta fue la verdadera razón que convenció a los Rifeños de la zona norte de Marruecos, la del Protectorado español, para alistarse en las filas del ejército sublevado a las órdenes de Franco en 1936.


    En parte a la fuerza, pero sobre todo por hambre. “Hambrea a tu perro y te acompañará a donde quieras”, proclama un antiguo dicho. Años de sequías y malas cosechas, años de soportar la brutal política española de aplastamiento de su lucha anticolonialista, unidos al falaz argumento de que compartían con los cristianos franquistas la creencia en Dios, convencieron a los musulmanes rifeños de embarcarse en la “cruzada” contra los ateos republicanos, comunistas y anarquistas.




    Con el traslado a la península de estas aguerridas tropas, comienza uno de los episodios más esperpénticos de la rebelión franquista: el uso por un “caudillo” autoproclamado adalid del nacional-catolicismo, de guerreros musulmanes para masacrar sin piedad a otros españoles, en gran parte también católicos.






    Franco utilizó las tropas marroquíes como carne de cañón, para evitar el mayor número posible de bajas entre sus soldados españoles. Pero también, y principalmente, como arma psicológica contra los republicanos. Cuantos más crímenes y salvajadas cometieran los “moros”, menos valor tendrían los soldados de la República para afrontarlos.


    La guerra del Rif había sido brutal y salvaje. No hubo atrocidad cometida por los rifeños que no fuera superada inmediatamente por los españoles y viceversa. Arturo Barea lo relata en “La Forja de un Rebelde”:


    "La bestialidad es seguramente la cosa más contagiosa que existe. Ellos les cortaban los testículos a los soldados y se los atascaban en la boca. Entonces nosotros les cortábamos las cabezas a los moros y adornábamos el parapeto de la posición por la noche".




    Aquellos mercenarios marroquíes tenían la bendición de sus muy católicos oficiales españoles para saquear, violar y mutilar en las poblaciones conquistadas. Es decir, los mismos métodos del pillaje, la destrucción, la violación y el corte de orejas, cabezas y testículos que habían sido empleados desde siempre por el Ejército africanista español en su guerra contra los rifeños.


    "Con el aliento de la venganza de Dios sobre las puntas de sus machetes persiguen, destrozan, matan y embriagados con la sangre la columna avanza".
    Así describe el jesuita Alberto Risco, en su libro “La epopeya del Alcázar de Toledo”, la entrada en la ciudad, el 29 de septiembre de 1936, de las tropas del coronel Mohamed Mezzian, el marroquí que alcanzó la más alta graduación en el ejército de Franco. Llegó a Capitán General.






    Una casualidad explica, al parecer, la excepcional carrera militar de Mezzian. En 1910, cuando apenas tenía trece años, subió al encerado y resolvió un problema ante la mirada atenta de Alfonso XIII que visitaba su colegio, según relató "El Telegrama de Melilla". El monarca, agradado, preguntó al pequeño qué quería ser y este le contestó: “Capitán”. Tres años después el rey apadrinó su ingreso en la Academia de Infantería de Toledo cuyo reglamento hubo de ser modificado para que pudiera ingresar un musulmán.


    El 17 de julio de 1936, que fue realmente el primer día de la sublevación militar, Mezzian tendría la oportunidad de “agradecer” a su país de acogida lo que había hecho por él. Al frente del 2º Tabor de Regulares, se unió a los sublevados para atacar la base de hidroaviones de El Atalayón, en Melilla, defendida por un puñado de oficiales, suboficiales y soldados leales a la República, al mando del capitán Virgilio Leret. Allí ocasionaron las primeras víctimas de la Guerra Civil.




    Tras 3 horas de resistencia, el capitán de aviación Virgilio Leret arrojó su revólver a los pies del capitán de la fuerza atacante de la base de hidroaviones de El Atalayón. "Yo soy el jefe y estos hombres se han limitado a seguir mis órdenes", le dijo fríamente. La tarde del 23 de julio fue fusilado junto a cuatro de sus subordinados. Su esposa, la escritora y periodista Carlota O'Neill, pasó cinco años en prisión.Imagen de la web Leret en la Historia
    Poco después, ya en la península, comenzó la cruel carrera de dudosa gloria de Mezzían, al lado de su “compañero de armas” Franco, desempeñando un papel importante en la “liberación” del Alcázar de Toledo, en la marcha sobre Madrid y en las batallas de Teruel y del Ebro.


    La ocupación de Toledo fue especialmente brutal y sanguinaria. John Whitaker, periodista e historiador norteamericano, recoge en la revista Foreign Affairs, en octubre de 1942, sus conversaciones con oficiales del Ejército español que le reconocen que los rifeños de Mizzian mataron a los heridos republicanos del hospital toledano de San Juan Bautista. "Presumían de la manera en que habían lanzado granadas sobre doscientos hombres indefensos y aterrados", recuerda.




    Los nacionales proyectaron en su propaganda una imagen de "cruzada contra las hordas rojas y ateas", evitando en lo posible las referencias visuales a sus tropas musulmanas. Y cuando esto no fue posible, mantuvieron hacia ellas una actitud paternalista, haciendo parecer a los " moros" como indivíduos infantiles e inocentes, supeditados a los blancos. Esta imagen de la web Islam y Al-Andalus es un ejemplo.
    En Toledo, como en otras poblaciones que antes habían ocupado, las tropas de Mezzian se dedicaron a lo que mejor sabían hacer: fusilar en masa a los prisioneros, castrándolos y paseando sus despojos pinchados en sus bayonetas como símbolo de victoria. Violar a las mujeres hasta matarlas. Saquear las viviendas vendiendo en improvisados zocos los productos de su rapiña…


    Los Regulares de Mezzian y los legionarios fueron asimismo autores del fusilamiento sobre sus propios camastros de más de 100 heridos y enfermos del hospital de Tavera, a las afueras de Toledo, que no habían podido ser evacuados. De la Maternidad toledana sacaron además a no menos de 20 mujeres embarazadas a las que condujeron al cementerio municipal donde las ejecutaron.






    Del trato de Mezzian a las mujeres da idea el hecho de que en Navalcarnero, pueblo cercano a Madrid, hubo un burdel con prostitutas traídas de Marruecos a las que Mezzian añadía personalmente chicas españolas de la zona a las que había “cazado”. Se dice que muchas se quitaron la vida.


    "Me encontraba con este militar moro en el cruce de carreteras cerca de Navalcarnero en el otoño de 1936”, continúa Whitaker en su artículo, "cuando dos muchachas españolas, que parecían aún no haber cumplido los veinte años, fueron conducidas ante él. A una se le encontró un carné sindical; la otra, de Valencia, afirmó no tener convicciones políticas. Mezzian las llevó a un pequeño edificio que había sido la escuela del pueblo donde descansaban unos cuarenta moros. (...) Se escuchó un ululante grito salido de las gargantas de la tropa. Asistí a la escena horrorizado e inútilmente indignado. Mezzian sonrió afectadamente cuando le protesté, diciéndome: 'Oh, no vivirán más de cuatro horas ' ".
    Estas y otras “hazañas” similares inclinaron a su amigo Franco a nombrar a Mezzian en 1953, después de otros varios cargos, Capitán General de Galicia. Fue allí, en Santiago de Compostela precisamente, donde como representante de Franco tuvo que realizar la ofrenda al apóstol “Matamoros”. Antes de celebrar la ceremonia oficial, manos piadosas se esmeraron en ocultar bajo tapices y ramos a los moros despanzurrados bajo el blanco corcel en la imagen del santo que preside el templo. Así pudo respetarse la “sensibilidad” de aquel devoto musulmán.






    En 1956, al obtener Marruecos la independencia, el rey Mohamed V le pidió que se encargara de la organización del nuevo ejército marroquí, por lo que solicitó su baja en el ejército español y, junto con el futuro rey Hassan II, protagonizó la despiadada represión de la sublevación del Rif, cuyos habitantes rebeldes fueron bombardeados con napalm.


    Después de acumular cargos y honores en Marruecos, incluído el de embajador de ese país en España, Mezzian murió en Madrid en marzo de 1975, el mismo año que el “Generalísimo”. Hasta entonces había estado cobrando la paga que aún percibía del ejército español a pesar de su baja en el mismo.




    En 1924, el entonces capitán Mezzian salvó la vida de Franco, al que un rifeño apuntaba con su arma. Este fue el origen de la "amistad inquebrantable" entre el futuro dictador y el militar marroquí. En la imagen, que pertenece a la web de fotos del diario El País, puede verse a Ben Mezzian junto al teniente coronel Temprano, a cuyas órdenes estaba entonces.
    Tantos “méritos” acumuló que, en 2006 su hija, Leila Mezzian, inauguró un museo dedicado a la memoria de su padre, lleno de fotos del dictador Franco con “su” general rifeño. El museo se encuentra en Nador, a doce kilómetros de Melilla. Ocupa la casa natal de Mezzian, que también le fue regalada por su protector Franco por los servicios prestados.


    En la inauguración se dieron cita varios ministros y un puñado de generales marroquíes, historiadores y personalidades de las finanzas. Lo malo, para la Memoria Histórica de nuestro país, es que también estuvieron invitados en lugar de honor varios españoles: concretamente el embajador de España en Marruecos, Luis Planas, y dos generales, el teniente general Rafael Barbudo, segundo jefe de Estado Mayor del Ejército, y el general Vicente Díaz de Villegas, comandante general de la ciudad de Melilla. El embajador además, se desplazó en un avión privado desde Rabat, puesto a disposición de los invitados por la familia de Mizzian.


    Que cada cual saque sus propias conclusiones.




    Fusilados de Torrellas: Grandes asesinos fascistas (II). Ben Mezzian y los moros de Franco.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Los moros del bando nacional

    Domingo 9 de Junio de 2002 - Número 347
    GUERRA CIVIL | EL DERECHO A LA PENSIÓN


    El regreso de la guardia mora
    PASIONARIA dijo que eran la «pezuña fascista» y Franco les prometió, si sobrevivían, un «bastón de oro». Hoy, 63 años después de la victoria franquista, los soldados marroquíes reclaman a España pagas dignas y que sus hijos entren en los cupos de inmigrantes






    Los Regulares participaron en las batallas más sangrientas: la de Toledo, el intento de tomar Madrid en 1936, la de Brunete y la del Ebro. Murieron más de 5.000 de los 70.000 que cruzaron el Estrecho. /EFE. El 19 de abril de 1939, día del desfile triunfal, Bel Horena, hoy en silla de ruedas, era un treintañero beréber que llevaba los tres últimos años de su vida batallando en las trincheras de Franco. La guerra había terminado. Comenzaba la victoria.Sobre las calles de Madrid, la ciudad del No pasarán (Los moros que trajo Franco/ en Madrid quieren entrar./ Mientras queden milicianos/ los moros no pasarán, que decía la coplilla popular tres años antes), marchaban las tropas tras el caudillo.


    Y allí estaban ellos, los feroces guerreros de turbante y gritos a Alá, pisando la ciudad que no pudieron tomar en 1936. «¡Que vivan los moros!», coreaban a garganta llena algunos jóvenes al paso de los batallones de Regulares traídos para la guerra desde el protectorado marroquí. Ayudaron a Franco en su cruzada contra el ateo infiel, murieron «como chinches» en los frentes donde la lucha fue más encarnizada («Degollé a tanta gente y con tanto frenesí», recordaba décadas más tarde en Tetuán el ex combatiente Maadani, «que creí que me había vuelto loco») y ahora que el pueblo los aclamaba, los supervivientes se calcula que murieron más de 5.000, mutilados aparte creían empezar a saborear las mieles del triunfo. Las arengas de Franco habían sido inequívocas: «Cuando florezcan los rosales de la victoria, nosotros os entregaremos las mejores flores». O aquellas promesas de abril de 1937: «Valientes soldados marroquíes, os prometo que cuando acabe la contienda a los mutilados les daré un bastón de oro».


    Melilla, junio de 2002. 63 años más tarde. Bel Horena Ben Hamido, 93 años, es un viejo mutilado de la guerra. Veterano de Cerro Muriano (Córdoba), su bautizo de fuego y el lugar donde Robert Cappa tomó la famosa fotografía del miliciano abatido, tenía 27 años cuando fue embarcado rumbo a la Península con el grupo de Regulares 5.


    «¿La guerra? La guerra no vale nada», dice hoy Bel Horena. Su historia, como la de otros 67 militares beréberes del ejército Español que sobreviven en Melilla con raquíticas pensiones, está escrita en documentos judiciales presentados ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Aunque no es la primera vez que elevan al Estado español sus reivindicaciones, estos ex combatientes, todos ya con DNI español y octogenarios en su mayor parte, piden la equiparación de sus pensiones (oscilan entre cinco y 160 euros, los que cobran alguna) a las de los soldados cristianos que intervinieron con ellos en la contienda (nunca por debajo de 900 euros, aseguran).


    Para tener una única voz han creado la Plataforma de Mutilados y Retirados. A su causa también se han sumado viudas que, como la del teniente coronel Alí Ben Mimun (se retiró en 1965 como mutilado de guerra), no perciben ayuda alguna.


    BASTÓN DE MENDIGO
    Hasta suboficial llegó Amar Abdellah, que hoy subsiste con nueve hijos vivos de los 21 que hizo nacer. Se alistó en 1935 con 14 años («en la hoja de servicio nos ponían más edad, pero la mayoría éramos niños») y se retiró en 1968, con el rango de teniente de infantería de Regulares y una paga de 2.000 pesetas que hoy asciende a 166 euros. Estuvo en los frentes de Sevilla, Carabanchel, Jarama, El Ebro... Recibió dos disparos y fue el único superviviente de una mina que mató a 70 hermanos musulmanes.


    «A quien luche y logre sobrevivir», recuerda Abdellah las palabras que le oyó un día a Franco, «les regalaré un bastón de oro...Pero la única recompensa que hemos tenido es uno de madera con el que mendigamos los que quedamos aún vivos». Habla tanto por quienes hoy tienen nacionalidad española, y residen en Ceuta y Melilla, como por los compañeros que, procedentes en su mayoría de las regiones norteñas del Rif y el país Yebala, llevan años esperando un gesto generoso del país por el que el hicieron una guerra que no era la suya. Y por el que ya en 1934, entonces llamados por las autoridades de la República, abandonaron por vez primera el Magreb para acudir a Asturias y reprimir, junto con la Legión, la revuelta de los mineros.


    Siempre fueron fuerza de choque. Y finalizada la contienda Franco eligió a los más bravos para su custodia personal en El Pardo.La temida guardia mora del caudillo no rompió filas hasta 1957, años después de que el último tabor (con base en Sama de Langreo) regresara a África, en 1951. Los Regulares, un ejército de indígenas nacido en 1911 e instruido por los militares africanistas en sus guerras coloniales, fueron para aquella España lo que los guerreros nepalíes (los temidos gurkas) para el Reino Unido, donde la esposa de Blair, Cherie, acaba de aceptar ser su abogada.La asociación de ex combatientes, que reúne a 30.000 jubilados, pretende que el Gobierno laborista equipare sus míseras pensiones (hasta de 40 euros) a las de los soldados británicos, con retiros mínimos de 485 euros.


    Larache, Alhucemas, Azalquivir, Arcila, Xauen, Nador, Sidi Ifni...En todos estos lugares del Protectorado (1912-1956) Franco encontró la cantera de su ejército moro. Después fueron enclaves donde durante décadas se vieron por las calles a ancianas, esposas de marroquíes caídos en España, pidiendo limosna. También en Tetuán, que alberga la pagaduría central por la que siguen desfilando los viejos regulares. Todos, marroquíes desde cuando Mohamed V declaró la independencia, lucharon con los militares sublevados para derrocar a la II República.


    PAGADURÍA DE TETUÁN
    De los supervivientes de aquellos 70.000 hombres apenas quedan vivos dos millares con derecho a pensión española (la perdieron quienes pasaron al Ejército marroquí en 1956). La cifra, según la pagaduría adscrita al Ministerio de Exteriores, mengua a diario.En 1985 los pensionistas eran casi 5.000. Hoy son 1.684 ex combatientes y 186 entre viudas (178) y huérfanos, y se quejan de que sus pagas, instauradas por una ley de 1965, nunca se han actualizado.Oscilan entre los 100 euros de viudas y los alrededor de 200 de los oficiales de mayor graduación (tenientes y capitanes).Sólo tienen derecho a las 14 pagas anuales quienes hubieran sumado más de 20 años en el Ejército español.


    «Fue Franco», dice la historiadora Mª Rosa de Madariaga, autora de Los moros que trajo Franco, «quien fijó las pensiones ínfimas de los marroquíes. Su señalamiento, decía la ley que se les aplica, constituía un acto definitivo y no revisable». En plena guerra, el caudillo «de moros y cristianos», según definición de un diario de la época de Tetuán, canalizó para sus fines la secular morofobia del pueblo español.


    A los ejércitos moros, y no a legionarios y falangistas, se les atribuyeron las peores atrocidades (destripamientos, decapitaciones y amputaciones de orejas, nariz o testículos). Del «moro fascista» de los republicanos al «camarada moro» de los nacionales no hay tanto trecho.


    Queipo de Llano: «Nuestros bravos legionarios y regulares han enseñado a los cobardes rojos lo que significa ser hombre. También a sus mujeres. Después de todo, a estas comunistas y anarquistas les ha hecho bien adoptar la doctrina del amor libre. Y ahora conocerán por lo menos a hombres verdaderos, y no esos milicianos maricas». Dolores Ibárruri, Pasionaria, daba el contrapunto rojo: «Morisma salvaje, borracha de sensualidad, que se vierte en horrendas violaciones de nuestras muchachas en los pueblos que han sido hollados por la pezuña fascista».


    ¿Propaganda de guerra? «Decían que éramos demonios», reconocen hoy los abandonados ancianos. Pero cada hombre fue una historia.«Yo evité que se fusilara a un muchacho que se me había rendido con bandera blanca. Llevaba una foto con su novia tomada en Barcelona», explica desde Tánger Mohamed Lmrabet. «Yo traté bien a los prisioneros, les daba de mi chocolate», añade quien, tras ser herido cinco veces y haber trabajado para los españoles hasta 1956, recibe 70 euros al año. Él también asistió al desfile de la victoria en Madrid.


    Como Bel Horena, el inválido de guerra de Melilla cuya historia militar es más prolongada. Pasó 32 años con uniforme, desde 1928 cuando contaba 19 hasta 1962. Herido más de una docena de veces y condecorado (cruz laureada colectiva, entre otras), regresó a su tierra para seguir sirviendo al Ejército de Franco. Al jubilarse, como sargento, aún sin disfrutar de la nacionalidad española que le fue finalmente otorgada en 1986, le quedó una pensión de 1.800 pesetas mensuales. Hoy sobrevive con el único hijo que le queda y una mísera paga que le dejaron 32 años de militar.Los 159,7 euros al mes de su retiro no parecen bastón de oro.


    Muchos eran chiquillos cuando empuñaron las armas. Houcine tenía 11 años y recorrió los frentes de Sevilla, Córdoba, Madrid...«Los indígenas íbamos siempre por delante, donde la muerte», recuerda al tiempo que se lamenta por no recibir paga alguna.Junto a él habla Amar Lassar, 80 años. Una metralla en la rodilla en Teruel le relegó con 17 años a servicios auxiliares y percibe 5,17 euros de pensión.


    VIUDAS SIN PENSIÓN
    En nombre de su difunto, Yagub Ben Butahar, habla Yamina Hamud, viuda desamparada. Su esposo se alistó en 1934, hizo toda la guerra, recibió la Cruz Laureada de San Fernando y le dio dos hijas. Cuando se retiró de sargento, en 1963, su recompensa fue una «pequeñísima pensión militar» de 5.000 pesetas anuales. Lo peor vino después, tras su muerte en 1980. «Nos dieron 15.000 pesetas para el entierro y se acabó... Sí, hemos sufrido mucho: hambre, miseria y, lo que es peor, el abandono de España». Es lo que cuenta, con otras palabras, la viuda de Mesaud Buzzian, que logró el grado de alférez de caballería por sus servicios durante la guerra. Él murió hace 37 años dejando a Luazna Hadi Tahar con una huérfana que hoy es militar en el grupo de Regulares de Melilla. «Aunque mi marido estuvo desde los 11 años pegando tiros por España, yo sólo cobro una ayuda del Inserso. Cuando falleció nos dieron 10.000 pesetas. Nunca más se acordaron de nosotras».


    Las tristes historias se acumulan en expedientes cada vez más amarillentos. Las primeras demandas, de 1966, se cursaron al Ministerio de Defensa. A partir de 1989, los expedientes fueron llegando a las secciones VIII y IX del Tribunal Superior de Justicia de Madrid. En la actualidad, la segunda de las salas tramita alrededor de 150 recursos, muchos correspondientes ya a veteranos que han ido falleciendo de viejos.


    En una sola ocasión los tribunales han atendido las súplicas de los ex combatientes. El beneficiado fue el cabo Mohamed Mahit, que disfrutaba de DNI español desde pocos años antes. Aún vive en Melilla. El entonces presidente de la sala VIII (al poco pasó al Supremo) fue ponente de la sentencia histórica (605 de 6 de junio de 1991, publicada en el Boletín Oficial de Defensa).


    El fallo supuso que se le abonaran los atrasos correspondientes y se actualizara su pensión, que pasó de 12.000 pesetas a algo más de 70.000. «Después», dice uno de los abogados que colabora con el colectivo de veteranos, «posiblemente se han estado rechazando todos los recursos por miedo a que supusieran un golpe al tesoro público español. Pero lo cierto es que hablamos de cantidades míseras para gente que es española. No se les puede tratar como moros para cobrar y como cristianos sólo en el DNI».


    En Marruecos, los viejos y viudas que acuden a la pagaduría de mutilados y pensionistas, dependiente del Consulado de Tetuán, no sólo reclaman pagas más dignas. En su mayoría, al carecer de medios económicos o de alguien que les invite, han visto cómo se les denegaban también sus peticiones de visado para visitar el país por el que, de jóvenes, lucharon.


    Ya que no pueden invocar el artículo 14 de la Constitución (el de que todos los españoles son iguales ante la ley), piden al menos la limosna de que sus descendientes tengan preferencia para ser incluidos en los cupos anuales de inmigrantes que fija el Gobierno español. Que los hijos de aquellos moros que trajo Franco no sean carne de cañón en las avanzadillas de la guerra, más sorda pero no incruenta, que se libra sobre pateras.






    El regreso de la guardia mora
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  5. #5
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    Re: Los moros del bando nacional

    Pero, Michael, ¿has visto las fuentes de las que has sacado esta información? Un canal de radio y televisión andaluz bastante zurdo y progre, un blog apologético del islam, otro republicano, un periódico neoliberal...
    Última edición por Hyeronimus; 09/07/2013 a las 19:07

  6. #6
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    Re: Los moros del bando nacional

    Michael, deberías revisar la veracidad de las fuentes que usas antes de publicar nada.
    No levantarás falsos testimonios, ni mentiras (ni tampoco colaborarás a la propagación de las mentiras de otros).

  7. #7
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    Re: Los moros del bando nacional

    Cita Iniciado por jasarhez Ver mensaje
    Michael, deberías revisar la veracidad de las fuentes que usas antes de publicar nada.
    No levantarás falsos testimonios, ni mentiras (ni tampoco colaborarás a la propagación de las mentiras de otros).

    De qué se cometieron errores en ambos bandos es algo irrefutable. No son falsos testimonios. Pero discúlpame si te ofendí, no fue mi intención. Las entradas las coloqué de un modo neutral y sin tomar partidos con ninguno de los dos bandos.
    Última edición por Michael; 09/07/2013 a las 19:42
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  8. #8
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    Re: Los moros del bando nacional

    Cita Iniciado por Michael Ver mensaje
    De qué se cometieron errores en ambos bandos es algo irrefutable. No son falsos testimonios. Pero discúlpame si te ofendí, no fue mi intención. Las entradas las coloqué de un modo neutral y sin tomar partidos con ninguno de los dos bandos.
    No me ofendiste. ¿Por qué me ibas a ofender?. En España constantemente se oyen y se leen cosas semejantes, y si fuéramos a ofendernos por la necedad de cualquier artículo que cuenta mentiras, apañados iríamos. La tensión la tendríamos por las nubes, y yo, gracias a Dios, la tengo baja y estabilizada. Solo te decía que revisaras tus fuentes. En cualquier guerra se cometen crímenes (yo no voy a ser tan benévolo como tu, y no los voy a llamar ni 'errores', ni como dicen otros, 'daños colaterales', ni nada parecido. Yo les voy a llamar por su verdadero nombre, 'crímenes'...). Ahora bien, lo que cuentan esos artículos son exageraciones malsanas pronunciadas con toda la mala baba de articulistas tales como Juan Goytisolo... y compañía. Y por otra parte, ¿qué van a contar medios desinformativos neoliberales, zurdos y progresistas?. Lo extraño y digno de mención sería que dijeran la verdad, tal y como si se contara que un niño mordiera a un perro, en lugar de al revés. Eso sí que sería noticia. Por eso te digo que hay que cuidar las fuentes de las que se extrae la supuesta 'información'.

    Y en esta historia de la participación de tropas marroquíes en nuestra guerra, tampoco debemos olvidar que la república tambien reclutó algunos moros y no precisamente lo consiguió hacer por ideales. Eso no lo cuentan los periódicos liberales, ni marxistas... Pero es cierto. Pero fueron muy pocos, porque la enemistad de los moros se la gano a pulso la república.

    De hecho, los moros que apoyaron al bando nacional, no solamente luchaba en la guerra de España por compromisos adquiridos de tipo crematístico. Como te hemos contado, también hay que tener en cuenta que durante el bombardeo por parte de la flota republicana de la ciudad de Tánger, además en viernes... para mas inri (que es el día santo para los musulmanes), varios obuses atacaron de lleno a la Mezquita matando a numerosos fieles, e hiriendo gravemente al Ayatolah, quien, casi inmediatamente, declaró la "Yihhad" (o guerra santa) contra la II República. Es decir, que la enemistad mora se la ganaron a pulso...

    Y no contentos con el bombardeo de Tánger, también hicieron lo mismo en Tetuán:
    "Desde el primer momento parece evidente que las autoridades marroquíes se decantaron por apoyar a los insurgentes; el mismo 18 de julio de 1936 varios aviones gubernamentales bombardearon Tetuán, en una operación de castigo a la zona levantada, la poca precisión del arma de aviación, y la limitada tecnología del momento, hicieron del hecho un desastre político, dado que en el bombardeo murieron 15 marroquíes y fueron seriamente dañadas dos céntricas mezquitas de la ciudad, de forma que los mandos militares sublevados temieron por un estallido popular contra ellos; sin embargo el entonces Gran Visir del Sultán, que se equiparaba a un jefe de gobierno en la nomenclatura europea, se desplazó urgentemente desde Tánger a Tetuán para calmar los ánimos de la población, su intervención fue proverbial para los intereses de Franco, y podemos entender que no fue arbitraria y, de cualquier forma, no habría de ser gratuita".

    http://hispanianova.rediris.es/gener...015/art015.htm
    El hecho de haber sido declarada la "Yihhad" contra la república, por parte de las autoridades religiosas musulmanas, al convertir su participación en la guerra en una lucha 'santa' contra el infiel republicano, acompañado de la fama que las tropas marroquíes tenían de crueles y de aguerridas, les permitieron llegar a recuperrar posiciones sin apenas combatir, ni pegar un solo tiro. Al grito de "que vienen los moros", los milicianos republicanos salían corriendo, mientras iban cagándose en los pantalones, según cuentan algunas 'malas lenguas'. Quizás mucha de esa 'leyenda negra', no fué mas que el fruto del pánico y la imaginación calenturienta, que el solo nombre de 'los moros de Franco' producía entre las milicianas y milicianos republicanos. El caso es que las tropas moras avanzaban imparables, mientras los republicanos retrocedían acojonaditos al grito de 'hay moros en la costa'.


    Un saludo


    Desfile de la Guardia Mora por el madrileño paseo de El Prado, a la altura de Cibeles
    Última edición por jasarhez; 10/07/2013 a las 00:38

  9. #9
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    Re: Los moros del bando nacional

    En eso estoy de acuerdo Adriano. De hecho, si muchos carlistas hubieran tenido una visión "menos romántica" de la cosas, tal vez otro gallo hubiera cantado.

    Con todo, las mismas proclamas de Queipo, sin justificarlas, obedecen a todo ese ambiente, enfrentándose a un enemigo brutal que llevaba 5 años quemando conventos. Si nosotros mismos a veces podemos decir lo peor para nuestros enemigos no quiero imaginarme en una guerra. Aunque yo pongo en cuarentena esa grabación, y no obstante, conociendo a Queipo, es plausible. Por cierto, no sé si has leído sus memorias, te las recomiendo, es un documento muy interesante que dirigió Jorge Fernández-Coppel. Como curiosidad, el mismo Queipo cuenta que en Sevilla los gitanos apoyaron el Alzamiento, hartos del hostigamiento republicano. Amén de matar al santo Pele, en Sevilla les quemaron la iglesia. Luego, salvo excepciones, esos valientes rojazos se ensuciaban los pantalones y exageraban las algaradas de los moros. Aunque como dicen los requetés en ese libro que cito, no todos los rojos eran cobardes, sino la guerra no hubiera durado 3 años...
    Última edición por Ordóñez; 10/07/2013 a las 00:28

  10. #10
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    Re: Los moros del bando nacional

    Cita Iniciado por jasarhez Ver mensaje

    acompañado de la fama que las tropas marroquíes tenían de crueles y de aguerridas
    Vaya, vaya Parece que al final van saliendo cosas

    Cita Iniciado por jasarhez Ver mensaje
    les permitieron llegar a recuperrar posiciones sin apenas combatir, ni pegar un solo tiro. Al grito de "que vienen los moros", los milicianos republicanos salían corriendo, mientras iban cagándose en los pantalones, según cuentan algunas 'malas lenguas' (...) El caso es que las tropas moras avanzaban imparables, mientras los republicanos retrocedían acojonaditos al grito de 'hay moros en la costa'.
    Eso es totalmente cierto. Las tropas moras tenían fama de ser muy eficaces en el combate. Mi abuelo también contaba que se metían en cualquier sitio y que allí por donde pasaban no quedaba ni un enemigo vivo. Tenían mucha costumbre de atacar por sorpresa deslizándose y llegar al cuerpo a cuerpo degollando muy eficazmente con cuchillo en mano. Y eso también lo he leído en libros. Se adaptaban muy bien a las ondulaciones del terreno.

    Cita Iniciado por jasarhez Ver mensaje
    Quizás mucha de esa 'leyenda negra', no fué mas que el fruto del pánico y la imaginación calenturienta.
    Que cientos de mujeres fueran violadas y que esa misma historia te la cuenten en varios pueblos distintos y esté recogida por historiadores no creo que se pueda explicar solo por "la imaginación de la gente".

    Los legionarios también eran muy eficaces en el combate, luchaban con tanta eficacia como los moros y aún encima ya eran muy odiados de antes por los sucesos de Asturias. Y sin embargo de ellos no se cuentan esas barbaridades.

    Todo el mundo sabe que las tropas de élite franquistas eran tres: Los requetés, los legionarios y los moros. A los requetés y a los legionarios ya se les conocía de antes y se les consideraba mucho más "fascistas" que a nadie. Y sin embargo de ellos no hay esas historias.


    Cita Iniciado por Ordóñez Ver mensaje
    En eso estoy de acuerdo Adriano. De hecho, si muchos carlistas hubieran tenido una visión "menos romántica" de la cosas, tal vez otro gallo hubiera cantado.

    Con todo, las mismas proclamas de Queipo, sin justificarlas, obedecen a todo ese ambiente, enfrentándose a un enemigo brutal que llevaba 5 años quemando conventos. Si nosotros mismos a veces podemos decir lo peor para nuestros enemigos no quiero imaginarme en una guerra. Aunque yo pongo en cuarentena esa grabación, y no obstante, conociendo a Queipo, es plausible. Por cierto, no sé si has leído sus memorias, te las recomiendo, es un documento muy interesante que dirigió Jorge Fernández-Coppel. Como curiosidad, el mismo Queipo cuenta que en Sevilla los gitanos apoyaron el Alzamiento, hartos del hostigamiento republicano. Amén de matar al santo Pele, en Sevilla les quemaron la iglesia. Luego, salvo excepciones, esos valientes rojazos se ensuciaban los pantalones y exageraban las algaradas de los moros. Aunque como dicen los requetés en ese libro que cito, no todos los rojos eran cobardes, sino la guerra no hubiera durado 3 años...
    Por fama, las tropas más eficaces de los rojos eran los comunistas stalinistas y los anarquistas del sector más duro y fanático. También se habla bastante bien de la izquierda abertzale que por aquel entonces empezaba a nacer. Los sectores con fama de más cobardes eran los demócratas (¿Por qué no me sorprende?), los sectores "perroflautas" del anarquismo y del comunismo (trotskista, sobre todo) los sociatas (O socialtraidores como los llamaban los stalinistas), los separatistas del PNV que huían en masa y trataron de venderse a los italianos y otros separatismos que poco duraron como en Galicia donde se rindieron rápidamente a los falangistas gallegos y a los militares o como el separatismo catalán que huyó masivamente a Francia.

    Y que conste que a pesar de todo yo me alegro profundamente de la victoria franquista, no solo por mis abuelos que estuvieron en el bando ganador, sino por el destino de España. El bando nacional con todos sus defectos estaba formado por militares patriotas, falangistas, legionarios, requetés, nacionalsindicalistas... Por patriotas en definitiva. Tendrían sus miopías, pero al menos sus ideales eran nobles. El bando republicano estaba formado por separatistas, anarquistas, liberales, antiespañoles... etc. De hecho la segunda república a mi me parece casi idéntica a la España actual. Un triunfo republicano hubiera supuesto adelantar los acontecimietos actuales al año 1939. Imaginaos que estuviésemos igual que ahora ya desde 1939. ¿Existiría España? No lo creo. El franquismo abortó eso. Y si hoy en día volviese a ocurrir lo mismo, aún conociendo los errores del franquismo, dentro de lo malo apoyaría lo mismo que mis abuelos. No me cabe ninguna duda. Cualquier cosa antes que la demoniocracia separatista. Con Franco al menos había un estado soberano y no una casa de putas.

  11. #11
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    Re: Los moros del bando nacional

    todos sabeis mas que yo y solo puedo aportar una apreciación,al respecto de la barbarie que se comenta.Los moros por pura lógica combatieron al lado de los requetés,por tanto estos verían esas atrocidades,se supone no?.Pues bien,habeis visto sus caras,sus ropas,sus ojos...yo tambien;Estoy seguro que ningún requeté consentiría semejante cosa,absolutamente seguro,ningun requeté con esa mirada,con esa Fe,obviaria algo asi....tenlo por descontado Michael.Un abrazo en Xto.
    jasarhez dio el Víctor.
    ...les mataria sin odio...

  12. #12
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    Re: Los moros del bando nacional

    TROPAS REGULARES INDIGENAS DE ESPAA


    REGULARES

    (Fuerzas Regulares Indígenas de España)




    Lucharon codo con codo y murieron con los Requetés en todos los Frentes
    No puedo olvidar como mi Padre siempre que nos contaba cosas de la guerra como los partidos de fútbol y cosas así, nos hablaba de su amigo Moro (No puedo recordar el nombre) pero estoy seguro que fueron muy amigos en aquellas trincheras de la vieja Andalucía. En recuerdo de ese "Moro" he preparado este apartado en honor de los valientes Soldados de las Tropas Indígenas que lucharon muy codo con codo con los Requetés.
    Las acciones más sobresalientes de estas tropas de elite son las efectuadas en la defensa de la Ciudad Universitaria en Madrid, Liberación de Toledo, Bilbao y Oviedo, el Pingarrón, Teruel, Frente del Ebro, Brunete, Gandesa que proporcionan a los Grupos de Regulares las Laureadas y Medallas Militares Colectivas que son las más altas condecoraciones que se pueden conceder y el reconocimiento de su valentía, sacrificio, capacidad de lucha y ardor combativo y cuyas corbatas lucen en sus Banderas, con el orgullo adicional de ser las más condecoradas de nuestro Ejercito.
    TROPAS QUE LUCHARON EN LA GUERRA CIVIL
    GRUPO TETUAN Nº 1
    6 Tabores en 1936 y 11 Tabores en 1939

    GRUPO MELILLA Nº 2
    6 Tabores en 1936 y 10 Tabores en 1939

    GRUPO CEUTA Nº 3
    5 Tabores en 1936 y 10 Tabores en 1939

    GRUPO LARACHE Nº 4
    6 Tabores en 1936 y 10 Tabores en 1939

    GRUPO ALHUCEMAS Nº 5
    5 Tabores en 1936 y 10 Tabores en 1939









    Coronel El-Mizian




    ACCIONES DE GUERRA MAS IMPORTANTES

    LIBERACIÓN DE TOLEDO
    En la Liberación de la Ciudad Imperial, participan el I y II Tabor de Regulares de Melilla, el I Tabor de Regulares de Tetuán y II Tabor de Regulares de Alhucemas.
    El día 26 de septiembre de 1936 las columnas constituidas al mando de! General Várela él único militar español en posesión de dos Laureadas de San Fernando, partiendo de Maqueda, teniendo como eje de progresión la carretera de Ávila, van venciendo una tras otra la resistencia del enemigo y desalojándolo del atrincheramiento próximo al cruce de la carretera de Madrid con Mocejón. El contacto de las dos columnas se produce en el cementerio.
    La columna del Comandante Mizzian ocupa la Plaza de toros, el Colegio de Huérfanos, el Hospital de Tavera y el barrio de Covachuelas, venciendo una fuerte resistencia, una compañía marcha por la orilla del Tajo, mientras que el resto del Tabor penetra a través de la Puerta de Bisagra, subiendo por el Miradero y reduciendo la fuerte resistencia que se encontraba, logran alcanzar la cuesta del Carmen y la Plaza de Zocodover y alcanzando las ruinas del Alcázar, ya de noche.
    El primero en alcanzar el privilegio de romper el cerco y tomar contacto con los defensores del Alcázar, fue el Teniente D. Luis Lahuerta Ciordia que al mando de su sección logra romper el asedio y entra por el Norte de la misma y recibir por parte de un centinela de la misma ¿QUIEN VIVE?, a lo que el Teniente Lahuerta Ciordia contesta ¡FUERZAS DE ESPAÑA, REGULARES DE TETUÁN!, era el día 27 de mencionado mes.
    Por estos hechos se le concede a los Grupos participantes la Medalla Militar Colectiva (O.C. de 7 mayo de 1937) y la Medalla de Oro de la Ciudad de Toledo por acuerdo unánime del Ayuntamiento al I Tabor de Tetuán

    LIBERACIÓN DE OVIEDO
    El día 12 de febrero de 1937 el IV Tabor, trasladado desde Algeciras a Asturias, inicia a su vez desde Grado, la carrera de Oviedo, para salvar a los heroicos defensores.
    El día 17 formando la vanguardia de la columna en una atrevida operación nocturna ocupan el Monte Naranco, que era la llave de la liberación de Oviedo y defendiendo la posición de numerosos contraataques enemigos.
    En la mañana del día 21 el enemigo desencadena una ofensiva brutal contra Oviedo y sus comunicaciones, el Tabor es relevado de la posición del Naranco y trasladado urgentemente a Oviedo y participa activamente en el restablecimiento de la situación en lugares muy peligrosos, que el enemigo había asaltado y acudir a taponar brechas abiertas en nuestras líneas de defensa, mediante luchas épicas en las que el arma blanca y las granadas de mano tuvieron la palabra.
    Así como primero recupera Pando, posición clave a escasos metros de la estación y del Cuartel de Pelayo, mediante un tremendo choque con el enemigo. No repuesto, recibe ordenes de acudir a rehacer la situación en el Stadium de Buenavista y así, en lucha constante el IV Tabor sufrió más del 70% de bajas, pero continuó combatiendo con gran espíritu de sacrificio donde se tenían que multiplicar para frenar los intensos asaltos que sufren del 10 al 14 de marzo, quién tras los numerosos fracasos quedo convencido de la inutilidad de sus esfuerzos.
    Por su excelente actuación en la Liberación de Oviedo consigue la Medalla Militar Colectiva.

    OPERACIONES SOBRE MADRID
    Del 1 al 14 de noviembre de 1936 tuvieron lugar los cruentos combates que dio lugar a una tenaz oposición del enemigo, que veía el extraordinario avance de las Fuerzas hacia su objetivo MADRID. Actúan los Grupos de Regulares logrando !a ocupación de GETAFE (I Tabor) y con ritmo semejante hacia BRUNETE-MOSTOLES (II y III Tabor).
    La proximidad de Madrid aún hizo más fuertes a estas Unidades, y ante el asombro de quienes siguieron la marcha de las mismas, alcanzan los alrededores de la capital de España (Villaverde, Casa de Campo).
    Entre los días 15 al 20 tuvieron lugar las memorables jornadas de atravesar el río Manzanares, ocupar la Ciudad Universitaria y consolida esta posición.
    En esta fase participan el II y III Tabor, que tras pasar el mencionado río, bajo un intenso fuego, logran vencer al enemigo, ocupando el Stadium, Fundación Amo, Palacete de la Moncloa, Escuela de Arquitectura, Invernadero e Institutos de Higiene y Ceregricultura, así como las líneas de trincheras que se adentraban hacia Madrid. Por estas acciones ganan otra Medalla Militar Colectiva, independientemente de la Cruz Laureada Colectiva que con posterioridad premió el tesón y espíritu de sacrificio que pusieron en la defensa y conservación de la Ciudad Universitaria.
    Entre los días del 21 al 30, dándose cuenta el enemigo del peligro que suponía la permanencia en la Ciudad Universitaria y habiendo recibido abundante material y otros medios, desencadena en estos días sus primeros contraataques contra los Tabores II y III que defendían las posiciones ante la superioridad numérica de personal y material, chocaron una tras otra vez con la defensa heroica de los Regulares

    OPERACIONES DE SOLLUBE
    El IV Tabor del Grupo de Fuerzas Indígenas de Alhucemas n.º 5 al mando del Comandante D. Juan Fernández-Capalleja y Fernández-Capalleja recibe la orden de ocupar las posiciones de la línea Truende constituida por la cota 496 Sollube, (crestas) que eran la llave de toda la línea enemiga que había logrado detener el avance sobre la ciudad de Bilbao, con su intervención el día 8 de junio de 1937 en un ataque nocturno lleno de dificultades, pero que coronada con éxito gracias a las aptitudes de sus mandos, valor de la tropa y convencimiento en todos de la importancia de la misión que se les confiara. Presentadas nuestras tropas en la retaguardia de las líneas enemigas, con las que sostienen breve, pero rudo combate, ponen en fuga al enemigo apoderándose de numerosos muertos, un centenar de fusiles, un mortero de 81, dos cañones, varias camionetas con milicianos y gran cantidad de municiones de todas clases.
    Este éxito permitió el avance del resto de la Brigada por Truende y demás estribaciones del Sollube, restando resistencia al enemigo puesto que éste al darse cuenta de la importancia de la posición perdida, la contraatacó violentamente sin conseguir poner en pie en ella, pese a las precarias condiciones de defensa con que aún se encontraba por falta de tiempo para su organización defensiva.
    Los efectivos de este Tabor, ya mermados en luchas anteriores en otros puntos, en este periodo de operaciones, sufrieron la baja de siete oficiales, ocho suboficiales y 130 de tropa.
    Por estas acciones se le concede al Tabor la Medalla Colectiva por O.C. de 23 de septiembre de 1937 (B.O. núm. 353) y al Comandante D. Juan Fernández-Capalleja y Fernández-Capalleja la Medalla Militar Individual por O.C. de 24 de septiembre de 1937 (B.O. núm. 345).

    REGULARES LAUREADOS EN LA CRUZADA


    Teniente D. José Marzo Mediano
    por Orden de 9 de junio de 1938 (B.O. núm. 598 de 12 de junio de 1938), ocupación Vértice Basurero 13 de noviembre de 1936.
    Capitán D. Pedro Janariz Peris
    Orden de 7 de abril de 1943 (B.O. núm. 82 de 10 de abril de 1943), ocupación de Casa Blanca (Frente de Madrid) 12 de febrero de 1937
    Cabo D. Benito Lorenzo Benítez
    Orden de 18 de marzo de 1939 (B.O. núm. 81 de 22 de marzo de 1939), Vértice Pingarrón (Frente de Madrid) 23 de febrero de 1937
    Comandante D. Mariano Gómez de Zamalloa
    Orden de 24 de junio de 1940 (D.O. núm. 142 de 26 de junio de 1940), defensa del Pingarrón (Frente de Madrid) 23 de febrero de 1937
    Alférez D. Simón Hernández Sagrado
    Orden de 6 de marzo de 1939 (B.O. núm. 72 de 13 de marzo de 1939 ). Vértice Pingarrón (Frente de Madrid) 13 de marzo de 1937
    Capitán D. Antonio Dema Giraldo
    Orden de 11 de enero de 1946 (D.O núm. 19 de 23 de enero de 1945), defensa de Villafranca del Castillo (Brunete) 10 de julio de 1937
    Alférez D. Juan Chicoy Daban
    Orden de 19 de enero de 1945 (D.O. núm. 17 de 23 de enero de 1945), defensa de Villafranca del Castillo (Brunete) 10 de julio de 1937
    Alférez D. Carlos García de la Herrán Martínez
    Orden de 13 de marzo de 1939 (D.O. núm. 73 de 14 de marzo de 1939), defensa del Cerro del Águila (Frente de Córdoba) 17 de julio de 1937
    Capitán D. Antonio Vaquero Santos
    Orden de 13 de noviembre de 1940 (D.O. núm. 259 de 17 de noviembre de 1940), defensa del Parque del Oeste (Madrid) 20 de abril de 1938.
    Teniente D. José Oriol Anguera-Dodero
    Orden de 1 de agosto de 1945 (D.O. núm. 175 de 8 de agosto de 1945), Peña Juliana (Frente de Valencia) 18 y 20 de agosto de 19

  13. #13
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    Re: Los moros del bando nacional


    Evidentemente las críticas a un sector del bando nacional es lógico que vengan del bando rival. Salvo excepciones será muy raro que vengan del propio bando. Si vemos una crítica al holocausto, no va a venir del bando nazi, vendrá del bando enemigo, como es lógico en la mayoría de los casos.



    Correcto, mi gran amigo. Los británicos siempre hablarán bien de Isabel I y dirán que Felipe II era un fanático loco. Eso lo pudimos comprobar en la película Elizabeth. Los sureños de Estados Unidos dirán que los Yankees eran unos imperialistas que querían acabar con su estado. Los Yankees dirán que la unión trajo la libertad al negro... Por ahí podemos seguir.


    Me ha llamado muchísimo la atención una esta frase de uno de esos artículos que pone Michael: "Franco les prometió que si morían en España resucitarían en Marruecos, cosa que la mayoría creían al ser bastante ignorantes e incultos". Es curiosísimo porque eso es exactamente lo que contaba también mi humilde abuelo campesino gallego. Curioso como lo que escribe este historiador coincide exactamente con el testimonio de un humilde recluta franquista que convivió con ellos. ¿Casualidad? ¿Se conocerían mi abuelo campesino y este historiador actual y estarían los dos compinchados y confabulados para conspirar e inventarse la misma mentira? Porque ya es casualidad ¿Eh?

    Que cientos de mujeres fueran violadas y que esa misma historia te la cuenten en varios pueblos distintos y esté recogida por historiadores no creo que se pueda explicar solo por "la imaginación de la gente".


    Los legionarios también eran muy eficaces en el combate, luchaban con tanta eficacia como los moros y aún encima ya eran muy odiados de antes por los sucesos de Asturias. Y sin embargo de ellos no se cuentan esas barbaridades.


    Todo el mundo sabe que las tropas de élite franquistas eran tres: Los requetés, los legionarios y los moros. A los requetés y a los legionarios ya se les conocía de antes y se les consideraba mucho más "fascistas" que a nadie. Y sin embargo de ellos no hay esas historias.


    Como bien dices, son relatos de tu abuelo franquista, que no se puede decir que estaba confabulado con los rojos para desprestigiar a Franco. Y como tú dices, ya son muchas las historias que se oyen por ahí. No puede ser un simple delirio de los rojos.


    Repito que en las guerras siempre hay barbaridades en todos los bandos. El que crea lo contrario tiene una visión muy idealizada.

    Totalmente de acuerdo. A eso me refiero: ni todos los moros repartieron flores ni tampoco todos violaron mujeres. Había de todo en la viña del Señor.


    Un abrazo.
    Adriano dio el Víctor.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  14. #14
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    Re: Los moros del bando nacional

    Cita Iniciado por Xaxi Ver mensaje
    todos sabeis mas que yo y solo puedo aportar una apreciación,al respecto de la barbarie que se comenta.Los moros por pura lógica combatieron al lado de los requetés,por tanto estos verían esas atrocidades,se supone no?.Pues bien,habeis visto sus caras,sus ropas,sus ojos...yo tambien;Estoy seguro que ningún requeté consentiría semejante cosa,absolutamente seguro,ningun requeté con esa mirada,con esa Fe,obviaria algo asi....tenlo por descontado Michael.Un abrazo en Xto.
    Un abrazo en Xto para ti también, estimado Xaxi.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  15. #15
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    Re: Los moros del bando nacional

    III. LA GUERRA. 1
    Dicen que antes de comenzar la guerra se vieron en el cielo gran cantidad de estrellas que iban de un lado para otro. Lo dicen también en un pueblo de Córdoba cuya patrona es Santa Ana: «La gente sabía que iba a empezar [la guerra] porque unos días antes corrían estrellas en el cielo.» Y ya durante la guerra, en una ocasión, el cielo se puso todo rojo y las madres decían que era la sangre de sus hijos.


    M. C., que militó en las milicias de la C.N.T., perdió a un hermano, voluntario del P.O.U.M., en Sigüenza y tuvo a su hermano mayor de sargento en Salamanca, se lamenta de que los frecuentes enfrentamientos entre hermanos convirtieron esta guerra en una guerra fratricida. Sin embargo, muchas veces tales enfrentamiento no eran políticos ni ideológicos: «Al comenzar la guerra —dice— la mayoría de las personas eran de un bando u otro dependiendo de cuál era el bando que dominaba la región en la que se encontraban.»


    Aquella fue «una guerra sangrienta en la que lucharon hermanos contra hermanos, sólo por encontrarse en diferente situación geográfica.»


    «Fue tan cruel esta guerra —recuerda L. D.— que se mataban entre hermanos y entre amigos de toda la vida.»


    «La Guerra Civil, según mis abuelos, fue demasiado sangrienta para describirla con palabras, aunque las más adecuadas podrían ser: hambre, dolor, armas e Iglesia.»


    «En Madrid y Barcelona el Ejército se tiró a la calle, pero el pueblo pudo reducirlos —explica AVA—; como pudo haberlo hecho el pueblo de las ciudades que fueron tomadas si no hubiera sido porque el Gobierno no se decidió a dar las armas al pueblo.»


    «Talavera estaba por los rojos, los cuales cambiaron el nombre de Talavera de la Reina por el de Talavera del Tajo.


    «Los capitalistas trajeron a Franco para proteger sus intereses —explica F. B.—. Todo capitalista estaba en contra del obrero. A Franco lo apoyaron alemanes (aviones y artillería), italianos y moros, de ahí que ganase la guerra; aparte de que el número de militares de derechas era mayor que el de izquierdas... El Ejército estaba con Franco... de ahí que entrasen los nacionales en Madrid. La Casa de Campo quedó llena de cadáveres. Las afueras de Madrid estaban llenas de soldados del lado de Franco.»


    En Guadalajara había unos ciento treinta oficiales —dice J, G, Y.— y cuando el pueblo tomó los acuartelamientos murieron todos y dejaron marchar a los soldados.


    En Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde vivían muchos aristócratas, al estallar la guerra los republicanos fusilaron al duque de San Fernando.


    «En mi pueblo (?) había un convento pequeño y cuando entraron los republicanos fue lo primero que quemaron, e hicieron lo que quisieron con las monjitas. No quedó ni una. Al cura le obligaron dos días antes a que quemara la sotana y se vistiera de paisano. Era joven, buen mozo y fuerte como una mula. Nos enteramos después de que lo habían mandado al frente y el pobre hombre no tuvo más remedio que ir.»


    Los bandos enfrentados, según dos mujeres de Bargas, se resumen así:


    «Nacionales: dirigidos por el general Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Su apoyo era la clase alta, los ricos y la Iglesia.
    «Republicanos: su líder ideológico era Manuel Azaña, presidente de la República. Su apoyo eran las clases trabajadoras, deseosas de mejorar su situación.»
    E. C. dice no entender mucho de la cuestión; pero opina que Franco fue un general de su época «que realizó muchas matanzas, al igual que los republicanos.»
    «Franco trajo a los moros que cortaban los pechos a las mujeres, robaban joyas, cortaban las cabezas a la gente que tenía dientes de oro. En una ocasión a mi abuela [V N] le contaron que un moro llevaba en su bolsa una mancha de sangre y le preguntó el sargento qué llevaba, le dijo que nada y, cuando la abrió y vio que llevaba la cabeza de un médico con dientes de oro, lo mandó matar.»


    1. Las primeras noticias y el reclutamiento


    «Yo estaba comprando el pan en la tahona y me dijeron que se habían levantado los moros de Marruecos y pensé que había mucho español fuerte para bajarles los humos. Pero cuando llegué a casa, don Eduardo, el médico (que tenía la única radio del bloque), nos dijo:


    —Hijas, he estado siguiendo las noticias desde ayer y tengo que deciros una cosa: ¡Estamos en guerra!
    —¿Contra quién?
    —Escuchadme bien: Esto es una guerra civil; así que cuidado con quien habláis, que os jugáis el pellejo.»
    El día 18 de julio de 1936 N M S se asomó al balcón de la casa de Madrid donde servía, que daba sobre la calle Santa Engracia, y «vio muchos automóviles con pancartas y banderas nacionales. Los ocupantes de los coches apuntaban con armas de fuego a los balcones de las casas... Su primera impresión fue de miedo... A los pocos días ocurrió lo del cuartel de la Montaña.»
    Cuando se produjo la rebelión militar del 18 de julio, los fascistas robaron los uniformes a los soldados del cuartel de la Montaña y los dejaron desnudos en la calle; pero N. F. y su esposo, «que vivían en una buhardilla frente al cuartel y lo vieron todo, recogieron a un par de ellos para dejarles ropa y un refugio hasta que pasase el jaleo.»


    En Madrid la guarnición del cuartel de la Montaña se sublevó al mando del general Fanjul y «las madres de los que estaban allí —cuenta F. B.— pidieron al general que sacara a sus hijos porque lo iban a bombardear e iban a morir dentro. Entonces Fanjul mandó ametrallar a aquellas mujeres. Se decía que en el cuartel de la Montaña la sangre corría como el agua.»


    El 18 de julio «CG. recibe la noticia del pronunciamiento militar y como muchos otros se echa a las calles donde la multitud enloquecida y con armas rudimentarias se lanza a la conquista de los cuarteles.»


    CG «no participaba de las posiciones exaltadas de los miembros del Partido Comunista. Él seguía las directrices de la UGT; pero bajo las mismas y con una gran convicción, muestra de una profunda ideología, se lanzó a las calles el 18 de julio de 1936 y sin dudarlo formó parte de un ejército para defender aquello que él consideraba justo.»


    «Yo estaba en el cuartel de caballería de Alcorcón (Madrid) y un día nos dijo el teniente Larriaga, un tío pequeño y con muy mala leche:


    —Señores, parece que la situación de guerra va a ser inminente.
    «Nos retiró los permisos y no nos dejó salir, pero yo me escapé a ver a una novia que tenía... Dos semanas después se levantaron las tropas y estalló la guerra. El teniente Larriaga nos reunió en el patio y dijo:
    —El que quiera que me siga, y el que no que se quede a defender lo que no se puede defender. ¡Viva España y viva el Rey!
    «Ciento cincuenta de aquellos hombres se fueron con él hacia el sur, en busca de las tropas nacionales; de ellos sólo veinte sobrevivirían después de la guerra.»
    «Yo era cartero en Sevilla. Cuando se levantó Queipo de Llano, fueron a mi casa y me preguntaron:


    —¿Quieres a España?
    —Sí —contesté.
    —Pues venga —me dijeron—, que te está esperando en la cama y en camisón.
    «Y de esa manera tan sencilla me vi en un camión y con un fusil en la mano.»
    A. V. A. supo que la guerra había estallado cuando a las dos la tarde del domingo 19 de julio, mientras veía la cartelera de un cine o teatro en el centro de León, apareció la Guardia de Asalto disparando al aire y la gente que andaba por la calle corrió a refugiarse en cafeterías y bares.


    A Torremocha del Campo (Guadalajara), «un pueblo junto a la Carretera Nacional II —donde entonces trabajaba J, G, Y.—, llegaron noticias de que habían matado a Calvo Sotelo y a un dirigente de Correos de Sigüenza; además, normalmente pasaban muy pocos coches y ese día [¿18 de julio?] pasaron muchísimos; la gente notaba que algo pasaba, pero no sabía qué era porque había muy pocas radios en los pueblos. Cuando por fin llegó el correo y trajo periódicos se enteraron de que había estallado una guerra civil.»


    J, G, Y. tenía entonces veintiséis años, trabajaba en Torremocha del Campo y un cartero le trajo a escondidas el aviso de movilización desde la zona republicana, pero J, G, Y., que estaba en el límite entre ambas zonas, «eligió la zona nacional porque ya conocía la manera de vivir de esta zona y no sabía lo que le esperaba en la otra.


    En la plaza de Torremocha del Campo les preguntaron «si querían ir a las Falanges o al Ejército», pero como J, G, Y. tenía la cartilla militar lo destinaron al Ejército. Hizo la guerra en artillería y estuvo en Calatayud, en Zaragoza y Huesca. Luego fue a la sierra de Alcubierre y a Castellón hasta que terminó la guerra. Se licenció en Alcira.


    P S L estaba segando en el alfoz de Torija, cuando unos guardias civiles, que huían hacia Medinaceli para unirse a los nacionales, le dijeron que había estallado la guerra. Al llegar esa noche al pueblo, su madre lo estaba esperando para ponerle un pañuelo rojo al brazo, que esa misma noche se habían llevado a todos los de derechas a la cárcel de Guadalajara. Al día siguiente se llenó el pueblo de milicianos.


    La noticia de la insurrección militar contra la República le llegó a Pepe Zayas cuando estaba segando. Entonces corrió al pueblo, Bocigas de Perales (Soria), y se puso al cabo de la situación. Su pueblo quedaba en zona nacional y vivía rodeado de enemigos de la República, entre ellos sus propios padres; así que, temeroso de que sus vecinos lo denunciaran a la Guardia Civil, una noche preparó unas alforjas y huyó a Madrid. Durante el viaje en tres ocasiones estuvo a punto de caer en manos de la Guardia Civil, que iba por los pueblos arrestando a los sospechosos de ser rojos o a los que eran denunciados como tales por los vecinos («a veces sólo porque el denunciante estaba a mal con alguien»): en Aranda de Duero (Burgos), en Milagros, donde se quedó dormido, y en Robregordo (Madrid), cuando tuvo que robar unas alpargatas porque las suyas, como eran de cáñamo, estaban ya destrozadas. Por fin llegó a Madrid con los pies deshechos después de recorrer unos doscientos treinta kilómetros, la mayoría por el monte, en cinco días. Necesitó casi una semana para recuperarse y en cuanto pudo se alistó.


    En Herencia (Ciudad Real) J. D. F. estaba trabajando en el campo con otros hombres cuando les llegó la noticia que publicaba el ABC: Franco se ha sublevado. «Todos, asustados, huyeron a sus casas.»


    «Yo no quería ir a la guerra [confiesa uno que estuvo en la zona republicana] porque me asustaba matar a alguien. Me había casado hacía dos meses y, como no podíamos tener hijos, habíamos sacado uno de la inclusa de dos añitos. Una noche entraron un capitán y dos soldados y en pocas palabras me dijeron que o paseíto o uniforme y a pegar tiros. No tenía elección; porque tenía familia, que si no...»


    La mayoría de los jóvenes de la zona en torno al Salto de Bolarque (Guadalajara) fueron reclutados y alistados en el ejército republicano contra su voluntad, como el hermano mayor de Victoriano Bermejo, que era de derechas como su padre, y fue destinado a Granada donde murió de reumatismo agudo por «las malas condiciones en que se encontraban las trincheras.»


    Tras la rebelión militar todo el mundo estaba pegado a la radio pendiente de los informativos. Las noticias eran continuas y la guerra parecía inminente. «Al principio nadie sabía con claridad lo que estaba pasando, únicamente por los medios de comunicación se enteraron de que había estallado la guerra.»


    Cuando estalló la guerra «la gente se enteraba de los sucesos por la radio —cuenta F. Bodas—. En Belvís de la Jara (Toledo) el cura tenía una radio, pero lo mataron y los rojos le robaron la radio.»


    A. D., en Miajadas (Cáceres) aprovechaba la ausencia de sus señores «para encender la radio y enterarse de las noticias.» Así se enteró de la muerte de José Antonio.


    «Las personas que vivían en el campo llegaron a enterarse [del comienzo de la guerra] ¡hasta con tres días de retraso! Y hubo reacciones para todo. Dicen que hubo quien recogió sus ropas y se fue rápidamente a Francia o a Portugal, y quien no se creyó lo de la guerra hasta que no le cayeron las bombas encima.»


    «Todos [los encuestados] coinciden en que fueron momentos de desconcierto y confusión. Nadie sabía qué hacer. España se había quedado dividida en dos bandos y nadie sabía de qué lado ponerse. O casi nadie... Tan sólo uno de los encuestados se presentó voluntario al bando republicano.»


    [Resumen de Pablo de Lera Villarejo, de 3º de BUP 1992-93, que ha entrevistado a doce ancianos de más de 75 años].


    2. La guerra en el frente. 1. Zona gubernamental


    Después de las batallas, cuenta B. M., «los campesinos» impedían a los camilleros recoger a los heridos del bando contrario y los mataban.


    B. M. luchó en los dos bandos. Primero con los republicanos, que dominaron en Cuenca, su ciudad natal, en un batallón de dinamiteros formado mayoritariamente por campesinos, y luego, tras ser apresado en el frente de Teruel en 1938, con los nacionales. Durante dos o tres meses estuvo en un campo de concentración en León, de donde salía para trabajar en diversas obras públicas; de allí pasó a Astorga y de Astorga fue enviado, ya como quinto nuevo, a Valdemorillo para reforzar un batallón del que sólo habían quedado catorce hombres. Después estuvo en Cuenca, esta vez guardando prisioneros, en Toledo, en Madrid, en Lérida, en Tortosa... Camino de Zaragoza encontraron un puente destruido y otro ocupado por los republicanos; así que a las 2:00 de la madrugada del 25 de julio de 1938 intentaron pasar el Ebro en barcas, pero la primera de ellas se hundió y las otras tuvieron que retroceder cuando fueron descubiertas y rechazadas con fuego de artillería y ametralladoras por los republicanos.


    C. M. era comerciante en Ciudad Real y acababa de licenciarse cuando estalló la guerra; fue movilizado al instante, pero como era corto de vista fue destinado a servicios auxiliares. Estuvo en Albacete, Valencia y Manzanares, lugar este último donde se libraron muy duras batallas y continuamente se oían aviones, ametralladoras y bombardeos. En más de una ocasión tuvo que correr a unas canteras próximas para protegerse de los bombardeos.


    «El final de la guerra se produjo cuando los fascistas ocuparon rápidamente los pueblos.» Cuando los nacionales entraron en Manzanares, formaron a toda la tropa y les obligaron a cantar el Cara al Sol. A poco, sin embargo, pudo volver a Ciudad Real. Su padre y sus cinco hermanos, en cambio, no tuvieron la misma suerte; a su padre lo mataron porque era socialista, tres de sus hermanos murieron en el frente, a un cuarto le dieron el paseo y el quinto, «que era azul y estuvo viviendo bien en Sigüenza hasta que acabó la guerra», murió de fiebres tifoideas.


    El marido de N F B se alistó como voluntario en la Cruz Roja y estuvo de camillero toda la guerra y vio tantas «cosas muy fuertes y cómo las vidas de los jóvenes de uno y otro bando se iban perdiendo» que, aunque en el frente la comida no escaseaba, «se le quitó el apetito porque no conseguía acostumbrarse y adelgazó hasta casi ponerse enfermo.»


    A M A R lo sorprendió la guerra en Cartagena, donde cumplía el servicio militar como administrativo en el Hospital Militar. El primer recuerdo que tiene es el del silbido de las bombas que lanzaban los franquistas; una de ellas cayó en el edificio de Capitanía, atravesó todas las plantas y, sin llegar a explosionar, fue a alojarse en el aljibe donde Mateo se había refugiado con otros compañeros. «El terror hizo que se quedaran todos mudos.»


    Otro bombardeo le pilló cuando caminaba con un amigo de regreso a su residencia. De pronto todo quedó a oscuras y cogidos de la mano avanzaron tanteando con un palo largo hasta llegar a un pretil donde trataron de guarecerse; pero su amigo no anduvo lo suficientemente rápido y la metralla de una bomba que cayó próxima le seccionó la cabeza.


    También recuerda cómo durante otro bombardeo una bomba cayó en un lugar donde pocos momentos antes él había estado tomando unas navajas con unos amigos.


    Su peor recuerdo es el del hundimiento del destructor Jaime I, que llegaban los marineros al Hospital, amigos suyos muchos de ellos, con los rostros deshechos por las quemaduras y los miembros amputados. Aún hoy no puede olvidar, ni dejar de contar, el olor a carne quemada de aquellos desgraciados.


    E. C. R., en cambio, fue enviado a Madrid a la 21 Brigada Mixta que tenía su sede en el cuartel de Delicias. Muchos de sus compañeros cayeron en el frente y los supervivientes fueron enviados al frente de Teruel en la 11 Brigada Internacional. Allí permaneció treinta y cinco día entre la nieve, lo que dio lugar a que muchos soldados sufrieran congelación de pies y piernas que luego les eran amputados. No obstante, comían bien y tenían un sueldo de una peseta diaria. De allí pasó a Cuenca y más tarde al frente del Ebro, en cuya retirada el 24 de julio muchos perecieron ahogados. En Barcelona se entregó a los nacionales y fue llevado a un campo de concentración donde a los tres meses se enteró del final de la guerra. La banda de música festejó el final de la contienda y les decían: «Alegraos, corazones españoles, que la guerra ha terminado.» Trasladado luego a un batallón de trabajadores, le pusieron en la manga de la chaqueta una T de Trabajadores, según unos, o de Traidores, según otros.


    Cuando en Madrid se supo la rebelión del Ejército de África, la gente acudió en masa al ministerio de la Guerra en busca de armas para defender a la República.


    El marido de M. F. G., A. M. M., se alistó como voluntario y fue destinado a ametralladoras en una unidad acorazada. Fue herido de metralla tres veces: en Belchite (Teruel), en el cerro Garabitas de Madrid y en El Escorial. Luego fue destinado a la retaguardia como conductor de ambulancias porque tenía un trozo de metralla alojado en un pulmón. En la estación de Atocha estuvo vigilando el embarque de oro para Moscú.


    Acabada la guerra, fue detenido y enviado a un batallón disciplinario donde pasó tres penosos años, aunque pudo hacerse practicante. Se licenció el 13 de abril de 1942 e inmediatamente fue llamado a filas, que nada de lo anterior contaba como servicio militar. Murió en 1954 a consecuencia de las heridas recibidas durante la guerra.


    F. I. S. estuvo año y medio en la guerra. Era de Yélamos de Abajo (Guadalajara), en la zona republicana, por lo que se vio alistado en el «ejército rojo, aun teniendo ideas nacionalistas, como la mayoría que iba.» Fue movilizado en octubre del 37 y en un día fue en tren desde Guadalajara a Barcelona pasando por Albacete, Valencia y Tarragona. Durante todo el recorrido el tren fue recogiendo nuevos reclutas. Estuvo en una unidad de camilleros, en espera de que a su quinta le llegara el turno de entrar en combate, evacuando heridos desde el frente. Desde Barcelona fue a Mediana de Aragón, donde se juntaron unos trescientos, y de allí a Rodén, al SE de Zaragoza, ya próximo al frente, desde donde bajaban a Fuentes de Ebro a recoger a los heridos. Enseguida se ven obligados a retroceder a Quinto, aguas abajo del Ebro, desde donde van retrocediento hasta Tarragona.


    De abril a septiembre del 38 estuvo en la zona de Andorra desde donde, a consecuencia del reuma, hubo de ser evacuado a Quinto (Zaragoza), a un hospital habilitado en un café «que llenaron de camas de matrimonio y allí metían a los enfermos, y algunas veces metían a uno o dos enfermos en una cama.»


    Allí supo que unos paisanos suyos se habían pasado a los nacionales, lo que dio lugar a que a los pocos días se presentaran «unos comandantes a interrogarle» por si había conocido su intención. Recibió luego cartas de los familiares de los desertores en que les preguntaban por su paradero, pero no pudo explicarles nada «ya que todas las cartas pasaban por la censura.» Poco después otro soldado de su batallón también intentó cruzar las líneas, pero tuvo menos suerte y fue apresado por una avanzadilla roja. «Al día siguiente la compañía fue llevada a una especie de barranco. Allí se encontraba un pelotón de fusilamiento y delante de él, a unos diez metros, estaba el soldado desertor, y delante de toda la compañía lo fusilaron. Cuando cayó al suelo se retorcía, entonces el teniente pidió permiso a su superior para darle el tiro de gracia y el superior se lo dio. Se acercó y, apuntándole a la cabeza, le disparó matándolo y estremeciendo de miedo y pánico a todos los presentes.»


    Confiesa F. I. S. que «mucha gente quería pasarse, pero nadie nos atrevíamos.» Tres miedos hacían desistir a los posibles desertores: uno era el pelotón de fusilamiento; otro, el miedo a los moros que, «si caías en sus manos, te cortaban el cuello. También tenían miedo porque al pasarse podían castigar a la familia.»


    De regreso al frente, una noche tuvo guardia al mando de cuatro chavales de catorce años de la quinta del chupete, pero al hacer la ronda encontró que faltaba uno de ellos; lo buscó por toda la zona sin encontrarlo. A la mañana siguiente vieron que de las trincheras nacionales salían unos soldados a recoger un cuerpo en el que reconocieron al chico que había faltado durante la noche.


    La situación era desesperante en el sentido literal de que no tenían esperanza, porque no avanzaban nada; «lo único que hacían era retroceder y siempre retroceder, de forma que no dieron un solo paso adelante.» Cediendo terreno llegaron a Mataró.


    J. R., camarero de la quinta del 31, fue capacitado para teniente tras un cursillo de cuarenta días en el Palacio Real; otro cursillo, también de cuarenta días, en el castillo de Aldobea (Aranjuez) lo capacitó para capitán de Estado Mayor. Luego, por muerte de su comandante, fue promocionado a este grado al mando de un batallón (que se componía de cuatro compañías mandadas por un capitán cada una; éstas, a su vez, de cuatro secciones de fusileros al mando de un teniente y una de armas, con dos ametralladoras y dos morteros, y cada sección, de dos pelotones cada uno mandado por un sargento, y cada pelotón de dos escuadras de cuatro números y un cabo). Al término de la guerra estuvo en prisión hasta el 1º de julio de 1941: «Las cárceles estaban en muy malas condiciones, eran conventos..., se comía lo que te mandaban los familiares.»


    JMMG era de la quinta del 24 y ya estaba casado cuando lo movilizaron en 1938. Estuvo en la provincia de Badajoz y pasó por Talarrubias y Siruela (Badajoz), y Agudo (Ciudad Real); padeció hambre y calamidades y, aunque su compañía no entró en combate, las balas le pasaban silbando sobre la cabeza. Muchas veces tuvo que alimentarse de hierbas cocidas y también tenía que cocer la ropa para evitar los parásitos, y una vez que su hermano y su cuñado fueron a visitarlo y llevarle comida no les permitió que tirasen las migas, sino que se las comió todas. Luego lo trasladaron a otra compañía y, como un soldado le diese recuerdos para un amigo, los mandos sospecharon que era un espía y lo detuvieron junto con otros soldados.


    Estando en prisión, una noche escucharon a los centinelas decir: «A estos los vamos a matar y decimos que se han escapado.» A poco se llevaron a uno de los detenidos y oyeron unos tiros, lo que les hizo pensar que habían dado cumplimiento a su proyecto. Sin embargo, el compañero no tardó en volver sano y salvo.


    Por fin se aclaró el malentendido y los pusieron en libertad.


    Al estallar la guerra J. D. F. tenía catorce años y en el 38 lo movilizaron; pero se escapó y se volvió a su pueblo, Herencia, que era muy frecuente que los chicos de dieciséis o diecisiete años desertasen. Sin embargo, lo encontraron y lo devolvieron al frente.


    Cuando Pepe Zayas se alistó en Madrid, luego de huir de su pueblo, lo destinaron a Bilbao (lo que le sentó muy mal después del trabajo que le había costado llegar a Madrid) adonde llegó en avión en muy poco tiempo. Estuvo destinado en Munguía, sacó un buen concepto de los vascos, que eran muy buenas personas, y notó que allí no faltaba de nada, porque, aunque las provincias del norte estaban cercadas, había bastantes reservas y por mar llegaba todo lo necesario ya que la Marina permaneció leal a la República.


    El bombardeo de Guernica les desmoralizó mucho, sobre todo al saber que Alemania apoyaba a Franco.


    Durante la defensa de Bilbao fue herido de bala en una pierna, de modo que los últimos días de la defensa y la caída de la ciudad le pillaron en la enfermería. Los nacionales lo cogieron cuando planeaba huir a Francia con otros compañeros en el barco Atxuvi. Lo juzgaron por lo militar y lo metieron en la cárcel de donde no salió hasta octubre de 1939. Allí, a causa de la poco atención, se le infectó la herida de la pierna y ya no se le curó nunca, que todos los veranos, con el calor, se le ulcera y le sangra.


    Nada había sabido de sus padres durante la guerra y, aunque tenía muchas ganas de volver a verlos, temía que no lo aceptasen. Su padre, en efecto, no salió a recibirlo y no le perdonó nunca que luchara del lado de la República, sólo a su muerte lo perdonó, recuerda Pepe Zayas con los ojos enrojecidos. Su madre, en cambió, lo abrazó llorando y sólo le reprochó que no se casara con su novia (con la que al fin se casó) que tenía una hija suya de tres años.


    Las quintas recibían nombres graciosos, así:

    La quinta del chupete:
    La quinta del biberón:
    La quinta del saco: reclutas de 15-16 años.
    reclutas de 16-18 años.
    reclutas de 60 años.
    Se solía reclutar una quinta joven y otra vieja alternativamente.


    «Existieron dos generales al mando de las tropas rojas que fueron bastante odiados por toda la gente y llamados asesinos. Fueron Líster y el Campesino, dos personas sin corazón que mandaban a las tropas a lugares imposibles de conquistar [donde tenían todas las posibilidades de ser] destruidas, ya que las dirigían directamente a la boca del lobo, y ellos no paraban de pedir cada vez más hombres; pero mi abuelo tuvo suerte, ya que tres días antes [de ser llamado a filas] se acabó la guerra.»


    La batalla de Guadalajara


    «Se produjo un levantamiento de los militares contra el pueblo» y M. C. (cuya odisea se cuenta en el libro Ma guerre d'Espagne a mort de Mika Etchebehere, editado en 1976), que vivía cerca del cuartel de San Andrés en Barcelona, vio cómo las milicias de la C.N.T., que «eran en cierta forma las fuerzas del pueblo», lo bombardearon y sometieron. Luego vino con los milicianos a Madrid y fue al frente de Sigüenza, de donde guarda el recuerdo de unas noches muy frías y de la comida que no les faltó nunca. Allí apresaron a tres curas acusados de disparar contra gente de izquierdas y de guardar fusiles y munición en sus iglesias. M. C. cree que serían fusilados. Y sobre todo recuerda la muerte de su hermano menor, de tan sólo catorce años, alistado en los Voluntarios del P.O.U.M., que cayó de un balazo en la cabeza.


    Caída Sigüenza en poder de los franquistas, huyó como pudo y regresó a Madrid. Luego fue destinado a Chinchilla, adonde llegaba el armamento de la ayuda rusa. Más tarde estuvo en Almería, «para cortar algo la retirada de Málaga», en la batalla de Brunete y en la del Ebro. Por último pasó a Francia y estuvo en el campo de concentración de Agde (Eraun).


    El haber conocido lugares nuevos, como Almería, es el único recuerdo positivo que guarda de la guerra.


    U G ingresó en octubre de 1935 en el Primer Regimiento de Artillería Ligera de Getafe. El 17 de julio del 36 los oficiales de su cuartel, aunque se pusieron de parte de la rebelión militar, no la apoyaron activamente, lo que permitió a los vecinos de Getafe, apoyados por fuerzas de aviación, tomar el cuartel y apresar a la mayoría de los oficiales. El día 21 U G salió para Buitrago como ordenanza de una batería; allí permaneció un año y la tropa tuvo tiempo de hacerse unas cabañas de madera bastante acogedoras. En verano se bañaban en el Lozoya y en invierno tenían una estufa de leña con la que calentarse. Tuvieron muchas bajas por los continuos ataques de la aviación nacionalista. Luego de un breve descanso en La Cabrera, fue destinado al frente de Guadalajara y estuvo en Torrebeleña, monte Ibarra, Brihuega, Sacecorbo... En este último lugar encontró casualmente a uno de sus hermanos que era trasladado al frente de Madrid. Los continuos desplazamientos en este área les obligaban a dormir muchas veces en el suelo a la intemperie. En una acción nocturna frente a Cogolludo un proyectil estalló dentro de un cañón y provocó varias bajas. En enero del 1938, en Chaparral de Yela, fue nombrado por votación comisario de la batería, que fue trasladada luego a la fábrica de cemento Valderribas, en Vicálvaro, y de allí a Seseña, donde el fuego fue tan intenso que la pintura de los cañones hervía. Volvió a Cogolludo, pasó por Añover de Tajo, actuó en Brunete y Quijorna, y en el sector de Aranjuez, cerca de Vicálvaro, pasó los últimos días de la guerra.


    La batalla de Teruel


    A poco de empezar la guerra llegaron los italianos a Torija y un bombardeo hundió la casa de P S L; toda la familia tuvo que huir en mitad de la noche. Se refugiaron en Ciruelas y allí permanecieron hasta que pudieron volver a Torija.


    En el 37 lo movilizaron por su quinta, hizo la instrucción en Ciudad Real e inmediatamente fue destinado al Puerto Escandón, cerca de Teruel, donde estuvo durante seis meses haciendo trincheras.


    «En aquella zona caían grandes nevadas y los soldados morían congelados. Mi abuelo se salvó de morir helado gracias a una cantimplora de coñac. Después lo evacuaron a un pueblo debido a una intoxicación del coñac ya que la botella era para ocho personas y mi abuelo se la tomó entera.»


    Una noche que subió a un cerro con dos compañeros para hacer trincheras, fueron sorprendidos por fuego de mortero que alcanzó a sus dos compañeros. P S L pidió socorro, pero cuando llegaron los camilleros ya no pudieron hacer nada para salvar la vida a los heridos.


    En otra ocasión que estaba tendiendo alambradas tuvo que hacer «una especie de muro apilando los muchos muertos que allí había» para protegerse del intenso tiroteo que se armó en un instante.


    Otro día que se retiraban hacia el Toro, la aviación comenzó a bombardearlos y se tuvieron que dispersar en una chopera, después de lo cual todos se perdieron y tardaron ocho días en volver a reunirse.


    Otra vez, tras otro bombardeo en un pueblo, encontró a un primo al que no veía desde hacía dos años.


    El hambre y las necesidades eran tantas que una vez, mientras hacía trincheras, le robaron todas sus pertenencias y en otra ocasión fue él quien con seis compañeros robó un cochinillo, pero tuvieron que abandonarlo cuando estaban a punto de comérselo porque vinieron los moros. Tanto era el cansancio que muchas veces sacaba el brazo por si lo herían y lo mandaban a casa, pero nunca tuvo esa suerte.


    Sin embargo a través de un capitán amigo consiguió un permiso de ocho días cuando le llegó un telegrama que le informaba del grave estado de salud de su madre. Pudo llegar al pueblo a punto de verla morir y a los ocho días terminó la guerra.


    La batalla de Madrid


    «Llega el momento de partir... a detener al enemigo.» Con un arma, municiones y su humilde ropa por único equipo C. G. se dirige a la sierra por donde, según informes, se acerca un ejército falangista. «En camiones requisados al pueblo y al ejército los jóvenes se distribuyen por la sierra de Guadarrama, Buitrago, Lozoya... Era un ejército muy especial, constituido por voluntarios como C. y sus hermanos que abandonan sus hogares para dirigirse al frente.»


    El frente se estabiliza en la sierra de Guadarrama tras los primeros combates. C. recuerda con estusiasmo aquellos primeros días de la guerra, en que aún no había llegado el hambre ni el frío; «sin embargo, la falta de organización pronto se hizo evidente en unas compañías nacidas de la exaltación y formadas por el pueblo llano.»


    Ciriaco hizo una guerra cómoda, a pesar que fue herido en los primeros días; que la misión de su compañía era proteger el embalse de Lozoya, único que aprovisionaba de agua a Madrid, y la estabilidad del frente facilitó «incluso la relación entre los miembros de ambos bandos, los cuales se intercambiaban el papel, el tabaco...» Cómo, además, «en el seno de una población semianalfabeta», él y sus hermanos sabían leer, escribir y las cuatro reglas, fueron ascendidos a sargentos.


    El ambiente de Madrid —cuenta Pepe Zayas— era muy animado en los primeros días con manifestaciones en las calles de gentes que cantaban y gritaban el ¡No pasarán!


    En octubre del 36 la población de Madrid aún no se había dado cuenta de la inminencia del ataque de las fuerzas franquistas, sólo el Partido Comunista, que había crecido notablemente, había empezado a hacer preparativos para la defensa de la capital y a finales de julio formó el Quinto Regimiento cuyo primer comisario político era un tal Contreras. Durante el mes de octubre los sublevados se aproximaron a Madrid formando un extenso arco de NO a SO, por lo que el oeste de la ciudad se llenó de trincheras y alambradas, y en Olías del Rey (Toledo), en noviembre, tuvieron el primer contacto con las avanzadas de la capital. J, H. G. dice que allí pasó las peores noches de su vida, «la gente tenía que sobrevivir como podía, y cada cual hacía lo posible..., aunque era muy difícil ya que se pasaba también mucha hambre; pero cuando tenías que luchar se te quitaba el hambre de un tirón.»


    Los republicanos se replegaron hacia la capital y Madrid se llenó de refugiados por lo que hubo necesidad de racionar los alimentos y el agua.


    Según J. R., el cerro Garabitas fue bombardeado por los nacionales a las tres de la madrugada y a la mañana siguiente apareció todo lleno de cadáveres.


    Insuficiencias tácticas de los milicianos


    En los montes del Tajo había guerrilleros anarquistas y hacia el norte se enviaban unidades de milicianos que «no sabían desplegarse en el llano, ni avanzar, ni retirarse.» Cuando tenían superioridad numérica, «a veces arrollaban una posición enemiga; pero, cuando eran atacados con ametralladoras (los rebeldes siempre disponían de mayor capacidad de fuego), corrían hacia los camiones, momento que aprovechaban los ametralladores de los sublevados para abatirlos en grandes cantidades.» Así, en octubre los republicanos lanzaron un ataque cerca de Illescas, «pero no sirvió de nada porque no supieron defender el terreno ganado.» En las zonas de montaña, en cambio, o en lugares arbolados, «la lucha era mucho más igualada.»


    A finales de octubre los sublevados iniciaron un avance sobre la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria, y a principios de noviembre las tropas de Mola tomaban el aeródromo de Getafe «adonde habían sido llevadas las tropas anarquistas para combatir desde trincheras cavadas por mujeres y niños. Los aviones rebeldes bombardearon a los defensores y los pocos supervivientes huyeron junto con miles de campesinos.»


    Poco después «el ejército invasor ocupaba la parte oeste de la Casa de Campo y en la mañana del 8 de noviembre el pueblo coreaba la consigna ¡No pasarán!.


    Ese mismo mes llegaron a Madrid las primeras unidades de las Brigadas Internacionales, alemanes en su mayoría, que fueron destinadas a la Casa de Campo donde a poco aguantaron el ataque de los sublevados y sufrieron un gran número de bajas. Durante diez días, del 8 al 18 de noviembre se luchó denodadamente en la Casa de Campo y en la Ciudad Universitaria y todo Madrid estuvo pendiente del resultado de la batalla, pero los internacionales consiguieron detener el avance rebelde en Puerta de Hierro y en el Puente de los Franceses.


    Las trincheras eran galerías subterráneas con respiraderos de tramo en tramo y en una ocasión que J, H. G. estaba de guardia con un compañero el capitán les advirtió que no asomaran la cabeza por los respiraderos porque era muy peligroso. En cuanto el capitán se marchó, sin embargo, el compañero de J, H. G. quiso comprobar aquella circunstancia; «se asomó por uno de los agujeros y le metieron un tiro entre ceja y ceja.» J, H. G. lo vio caer a sus pies y hubo de pasar toda la noche junto al cadáver de su compañero.


    Otra noche que llovía a cántaros se retiraban hacia un pueblo próximo campo a través porque los nacionales batían toda la carretera; dadas las circunstancias, era imposible organizar la retirada y el capitán dijo: «¡Sálvese el que pueda!» La retirada entre la oscuridad, el barro y la lluvia fue penosísima; había además pozos de agua para el ganado en los que muchos soldados cayeron; un compañero de J, H. G. que iba delante cayó en uno de ellos y a la mañana siguiente lo encontraron ahogado. Todos los que cayeron en los pozos se ahogaron; sólo la suerte guió a los que se salvaron, que «aquella noche fue una de las peores.»


    F. B. estuvo ocho meses en el frente de Madrid; en la Cuesta de las Perdices, en Aravaca, en Las Rozas y en Majadahonda estuvo, «lugares donde había muchos tiros.»


    Trabajaba en un túnel que llegaba desde Puerta de Hierro hasta Las Rozas y Majadahonda. El túnel, cuya construcción estaba a cargo de la compañía de Ingenieros Minadores, tenía siete salidas y debía llegar al puesto de mando enemigo. «En Aravaca sólo se separaban de los enemigos por el ancho de una carretera. Cuando localizaban a los nacionales se paraban; los localizaban gracias a unos escuchas... compuestos por un tambor de mercurio con un auricular.» Podían oírlos picar otro túnel a mucha distancia. «En la carretera que los separaba del enemigo había un tanque inutilizado y para ver lo que tenía dentro cavaron una mina hasta él; estaba lleno de metralla.»


    Un día en Aravaca «su túnel dio con el del enemigo y capturaron a un piqueta, a otro que sacaba tierra del túnel nacional, y dos carburos con los que los nacionales obtenían luz. Los rojos obtenían la luz con unas pequeñas baterías eléctricas que tenían un cable fijo y otro movible, el cual hacía de interruptor. Cuando iban atravesando el túnel instalaban bombillas.»


    «Las minas tenían codos, es decir, con forma de zig-zag, para que la voladura no saliese por la boca del túnel. También colocaban sacos de arena en el fondo, tapando la boca para que la explosión hiciese mayor efecto en el extremo del túnel. La última mina que dejaron cargada tenía trece metros de dinamita y tres de trilita, pero la descargaron los nacionales con rojos de una brigada que habían hecho prisionera. Hicieron explotar dos de esta manera y se decía que rompieron las cristaleras de Madrid.»


    «Las minas estaban preparadas por si avanzaban los nacionales, explotarlas y dejarlos inutilizados. En este lugar los nacionales y los rojos habían hecho la paz honrosa, pero los nacionales la violaron y capturaron a algunos rojos con los cuales descargaron las minas.»


    «Las cargas explotaban por medio de una llave que accionaba un fulminante.»


    A G. S. H. le sorprendió la guerra en Madrid y pasó sucesivamente por la Guardia Civil, la Guardia Nacional Republicana y la Guardia de Asalto. Como guardia de asalto (27 Grupo de Asalto, 109 Compañía) estuvo en el Monasterio del Paular y en Robledo de Chavela donde fue herido de metralla en la pierna derecha. Convaleciente en Madrid, conoció a su futura esposa cuando acudía al puesto de abastos de la calle Miguel Ángel donde se despachaban huevos y leche para los enfermos. Se casó en 1938 y enseguida volvió al frente; un día, sin embargo, se escapó para ver a su mujer, pero tuvo que volver a toda prisa porque su compañía se trasladaba a la cuesta de la Reina, cuyo recuerdo se le hace doloroso porque allí cayeron muchos de sus compañeros. Luego fue enviado a Murcia y allí le cogió el final de la guerra. Durante un mes permaneció en un campo de concentración donde se llenó de piojos; tantos tenía, que en los calcetines formaban lunares blancos. Al llegar a Madrid (tres días de viaje empleó) su mujer tuvo que tirar toda la ropa que traía.


    F. O. era estudiante de Bellas Artes en Madrid y sólo tenía catorce años cuando comenzó la guerra, pero la desolación y la muerte que vio a su alrededor le impulsaron a alistarse como voluntario. Estuvo destinado en la unidad de blindados de Alcalá de Henares y aquella experiencia fue tan traumática que aún hoy no puede resistir la vista de la sangre. Aquella unidad estaba formada por rusos y españoles y pudo comer alimentos enlatados procedentes de la URSS: albondiguillas rusas con caviar, perdices escabechadas... Todo muy bueno, particularmente si se consideraba el hambre que pasaban otros.


    A A. P. P. le sorprendió la guerra en Madrid y fue enviado a Navafría donde permaneció hasta que, herido, fue evacuado a la capital. Cuenta que solían hablar con los soldados del otro bando e intercambiarse papel de fumar y tabaco. La estancia en Madrid la aprovechó para hacerse policía militar y como tal estuvo en Guadalajara efectuando controles de carretera; luego fue enviado a Barcelona, cuando los sucesos de la F.A.I. Más tarde estuvo en Belchite, el lugar donde más muertos vio; pasó mucho frío porque durante quince días no cesó de llover y tenía que dormir en los nichos de los cementerios. Por las noches tenía que aproximarse a las filas enemigas a hacer de escucha e iba cargado de bombas.


    En Brunete los soldados tuvieron que comer hierba y más de uno tuvo que refugiarse en un pozo, metidos en el agua, mientras la aviación bombardeaba.


    La caída de Barcelona


    La unidad de F. I. S. se vio obligada a retroceder hacia Barcelona hasta que se disgregó. Él se detiene con otros compañeros en Yanvillas o Llanvillas [acaso Llavaneres situada en la comarca del Maresme, la primera población que se encuentra al norte de Mataró] donde se entregan en febrero del 39.


    «La noche que los nacionales tomaron Barcelona —cuenta F. I. S.—, hubo retirada en camiones y camionetas, y los conductores, como iban de retirada, se llevaban todo lo que podían. Esa noche disparaban hasta los civiles. Salían de Barcelona en dirección al mar, pero nada más salir se oían y veían cañonazos, lo que les hizo volver y tomar el camino contrario. Allí la retirada era ya una desbandada y, como muchos otros, mi abuelo decidió quedarse y esperar al ejército nacional para entregarse.»


    Mientras esperaban el momento de entregarse, Francisco y sus tres amigos se alojaron en casa de los amos de los familiares de uno de ellos que los trataron muy bien y, como tenían ganado vacuno, les dieron un becerro recién nacido «para que se lo comieran.» Por fin, luego de tres o cuatro días, vieron avanzar a los nacionales con las armas al hombro y se entregaron a ellos; pero eran italianos.


    Antes de llegar al campo de concentración pasaron un hambre terrible porque no había suministros para ellos; y así, tuvieron que rebañar las sobras de unos oficiales y robar bellotas de engordar cerdos. En Mataró los nacionales les dieron un trozo de pan, «que era de los que traían de África», más duro que una piedra y tuvieron que machacarlo para poder comerlo y «a estos trozos de pan machacados les llamaban galletas de guerra»; al día siguiente al pasar por el cuartel de Horta, en las afueras de Mataró, una mujer les dio un paquete de comida por si veían a su hijo, pero, como estaban hambrientos, se lo comieron entre los cuatro compañeros: «Era tanta el hambre que pasábamos, que hicimos esto.»


    Durmieron en el cuartel de Horta —«allí entraba y salía mucha gente»— y durante la noche les robaron las bolsas en que llevaban todas sus pertenencias.


    Otro día vieron cómo llevaban mucha gente a los campos de concentración y se unieron a ellos pensando que entonces les darían de comer. Los embarcaron con destino a Tarragona y allí los encerraron en el cuartel del regimiento Almansa número 15. Dos meses pasaron en aquel acuartelamiento, hasta finales de abril, y «hasta entonces no supe lo que era pasar hambre.»


    A diario, hacia las once de la mañana, les daban veinte gramos de pan y una onza de chocolate, y algún día, como algo muy especial, una lata de sardinas pequeñísimas. Dormían sobre una persiana y por la mañana y por la tarde los formaban para izar y arriar bandera mientras les hacían cantar el Cara al sol, y mientras estaban formados muchos se desmayaban de debilidad «y también todas las mañanas aparecían en la enfermería personas muertas del hambre, que allí sólo resistían los fuertes, como si fuese una selección de los más fuertes.» Más adelante, dieron garbanzos los jueves y era una fiesta para todos los presos. Algunos conseguían sobornar a los guardias para que la familia les trajera comida. Pero a uno que sorprendieron robando lo pasearon por todo el recinto con un cartel en que se leía la palabra LADRÓN. En una ocasión Francisco tuvo que vender su onza de chocolate para comprar papel y sellos con que escribir a su casa. Había un lavadero donde se cocinaba, pero a los prisioneros no se les dejaba acercarse a él; tenía, sin embargo, una guardia de presos escogidos que podían beber agua y beneficiarse de la proximidad de la cocina y de la amistad de los cocineros; «lo que me salvó» dice F. I. S. es lo eligieron para hacer guardias en el lavadero.


    «A principios de abril le dijeron que tenía que escribir a su pueblo para que le mandaran el AVAL, que era como decir el historial. Tuvo otra vez que vender la onza de chocolate y cuando le mandaron el AVAL le enviaron a casa.» Volvió a su pueblo con muchos dolores de reuma en las rodillas.



    Memoria: La Guerra



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    Antonio Aparisi

  16. #16
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    Re: Los moros del bando nacional

    Cita Iniciado por Xaxi Ver mensaje
    todos sabeis mas que yo y solo puedo aportar una apreciación,al respecto de la barbarie que se comenta.Los moros por pura lógica combatieron al lado de los requetés,por tanto estos verían esas atrocidades,se supone no?.Pues bien,habeis visto sus caras,sus ropas,sus ojos...yo tambien;Estoy seguro que ningún requeté consentiría semejante cosa,absolutamente seguro,ningun requeté con esa mirada,con esa Fe,obviaria algo asi....tenlo por descontado Michael.Un abrazo en Xto.
    Aquí nadie le está echando la culpa a los requetés ¿Qué culpa tenían ellos de que muchos compañeros moros se pasasen de la raya? Las guerras son guerras y bastante tienes ya con sobrevivir, no vas a andar de niñera cuidadora de todos tus compañeros. Mi abuelo por ejemplo contaba que cuando liberaban un pueblo, si se enteraban de que en una casa había una chica hermosa, corrían a avisar al padre para que la escondiese y no la pudiesen violar. ¡Y eso por petición de algunos mandos incluso! Fíjate como estaban las cosas. Evidentemente si tienes 100 compañeros "sospechosos" no vas a andar detrás de todos ellos mientras entras en un pueblo. Otra historia que contaba mi abuelo era que una vez estaban haciendo recuento de soldados tras una conquista y faltaba un moro. El coronel le envió a él y a otro compañero a buscarlo y tras oír unos gritos se lo encontraron intentando arrancarle un diente de oro a un anciano con la bayoneta. Le dijeron que parase pero el moro los mandó a tomar viento y amenazó con matar al viejo si se le acercaban. Avisaron al coronel y cuando llegó, el moro no se atrevió a cumplir su amenaza ante la presencia de un superior, pero aún así seguía erre que erre diciendo que tenía derecho a un botín. El coronel se enervó tanto que lo rebentó a culatazos de fusil, mi abuelo cuenta que fué una de las palizas más brutales que vió en su vida y el moro acabó bonito.

    Historias de la guerra, da igual de qué bando vengan, nunca son románticas. Y las había peores, no las pongo por buen gusto. Os ahorro la historia por parte de abuela de como otras chicas acabaron desnudas flotando en el río.

  17. #17
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    Re: Los moros del bando nacional

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje
    Pero, Michael, ¿has visto las fuentes de las que has sacado esta información? Un canal de radio y televisión andaluz bastante zurdo y progre, un blog apologético del islam, otro republicano, un periódico neoliberal...

    Por supuesto, Hyeronimus. Coloqué las entradas de una forma neutral y sin tomar partidos con ningún bando, sólo quería saber vuestras opiniones, no lo hice con el propósito de generar bronca, lo hice con el propósito de señalar de que sí se cometieron errores en ambos bandos( que sí los hubieron) y ver que opináis al respecto. Disculpa si te ofendí, no fue mi intención, amigo.
    Última edición por Michael; 09/07/2013 a las 19:43
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    Antonio Aparisi

  18. #18
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    Re: Los moros del bando nacional

    No me has ofendido. Sólo digo que no son fuentes confiables. Yo también he dicho que en ambos bandos hubo atrocidades. Claro que las hubo. Pasa en casi todas las guerras. Pero siempre hay que verificar la información y contrastar las fuentes. No todas son potables.

  19. #19
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    Re: Los moros del bando nacional

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje
    No me has ofendido. Sólo digo que no son fuentes confiables. Yo también he dicho que en ambos bandos hubo atrocidades. Claro que las hubo. Pasa en casi todas las guerras. Pero siempre hay que verificar la información y contrastar las fuentes. No todas son potables.

    Es verdad, amigo. Tienes toda la razón.
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  20. #20
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    Re: Los moros del bando nacional

    Sólo con decir "el especialista Juan Goytisolo".... Y no por nada, sino porque esas fuentes no son fiables. Ese señor no es fiable en absolutamente nada, amén de ser un hispanófobo militante. Alaba a Don Oppas, y no es chiste. Su "historicidad", como la de Antoñita Gala y los malos discípulos de la escuela de Américo Castro está más que desacreditada. Pero ya se sabe: Para Goytisolo, los únicos moros buenos, a los que él alaba, eran lo que vinieron a destruir la Hispania Cristiana.

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