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Tema: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

  1. #181
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Julio Popper, el intrépido aventurero acusado de perpetrar un genocidio en Tierra del Fuego


    Popper, de pie, junto a un nativo abatido/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    No deja de resultar macabramente paradójico que un hombre obligado a dejar su patria por antisemitismo, terminase convertido -justa o injustamente- en responsable más visible de un presunto genocidio en su país de adopción. Algo especialmente llamativo tratándose de un personaje de gran cultura cuya imagen, además, fue inmortalizada en sellos y monedas, buena prueba del prestigio que tenía y que no fue discutido hasta mucho después. Hablamos de Julio Popper y el llamado Genocidio Selknam.

    En el artículo que dedicamos a la mítica ciudad de Trapalanda explicábamos que Pedro Sarmiento de Gamboa, que navegaba por el entorno de Nueva León (una gobernación al sur del Perú que ocupaba parte de las actuales Chile y Argentina) con la misión de expulsar a unos corsarios ingleses avistados, tuvo que dejar a parte de su hueste en Tierra del Fuego mientras regresaba en busca de provisiones.




    Retrato idealizado de Pedro Sarmiento de Gamboa (Guillermo Muñoz Vera)/Imagen: Araucochinchon en Wikimedia Commons


    Lamentablemente fueron los intrusos los que le apresaron a él, por lo que los que se quedaron acabaron falleciendo; sólo uno, Tomás Hernández, sobrevivió para dar testimonio de su tragedia y del primer contacto que tuvieron con los indígenas locales, cuyas fogatas había avistado ocho años antes la expedición de Magallanes dando nombre al lugar. Eran los nativos a quienes sus vecinos yaganes llamaban onas y los tehueches (o patagones) conocían como selknam.

    Se trataba de cazadores y recolectores nómadas, emparentados con los anteriores cultural y morfológicamente (eran altos y fornidos) hasta el punto de que se cree que en realidad no eran sino tehuelches emigrados desde la Patagonia meridional a Tierra del Fuego, donde compartieron territorio con los haush, los alacalufes y los citados yaganes. Dado lo apartado e inhóspito de aquel hábitat, pudieron vivir con cierta tranquilidad durante los siglos de dominio español, hasta que llegó el último cuarto del siglo XIX, con toda Sudamérica ya independizada, que trajo la amenaza de estancieros y buscadores de oro.




    Pueblos indigenas de la Patagonia Austral y Tierra del Fuego/Imagen: Janitoalevic en Wikimedia Commons


    Porque entre 1883 y 1890 aquel extremo insular del continente sufrió una conmoción después de que la expedición del chileno Ramón Serrano Montaner de 1879 descubriera yacimientos auríferos. Como cabía esperar, se produjo una emigración masiva de aventureros de múltiples países -con predominio croata, curiosamente-, ansiosos por hacer fortuna a cualquier precio. Ello llevó cierto grado de desarrollo en forma de puertos, tendido de telégrafos y una incipiente industrialización para explotar las vetas más importantes, las de Punta Páramo, Sierra Carmen Sylva y Bahía Slogget. Y esos intereses, como también era inevitable, chocaron con los de los nativos, que al fin y al cabo eran los dueños de las tierras pero nadie les preguntaba.

    Tampoco resultaba una novedad, ya que la República Argentina, por ejemplo, acababa de terminar una campaña militar conocida como Conquista del Desierto y consistente en ganar territorio en la Pampa y la Patagonia para las grandes cabañas ganaderas a costa de los mapuches, ranqueles y tehuelches. Diversos contingentes de tropas se enfrentaron sistemáticamente a las tribus indígenas, cuya resistencia en forma de esporádicas malocas (incursiones) no podía parar lo que se les venía encima; entre enfrentamientos directos, división por sexos, agotadores destierros, concentraciones en campos ad hoc y trabajos forzados terminaron pereciendo unos catorce mil y quedando al borde de la extinción.




    Indios onas a finales del siglo XIX/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    Los siguientes de la lista fueron los onas -o selknam-, que ya habían tenido que ir desplazándose hacia el sur de la isla ante el empuje de los ganaderos. Eran unos tres o cuatro mil que ante aquella invasión sólo podían oponer robos de reses y asaltos a haciendas aisladas, debidos a que la presencia de los blancos y su ganado había supuesto la desaparición del guanaco, su principal fuente de alimentación. La fiebre del oro precipitó los acontecimientos y enredó más la rivalidad entre los clanes aborígenes. En este contexto hizo aparición Julio Popper, que sería protagonista junto a otros como el neozelandés Alexander Cameron, los escoceses Samuel Hyslop y Alexander McLennan, John McRae​ o Montt E. Wales con infames currículums como cazadores de indios.

    Popper nació en Bucarest en 1857 en el seno de una familia judía, aunque marchó a París para estudiar Ingeniería e incluso participó en los trabajos del Canal de Suez antes de viajar por medio mundo. No quiso regresar a la recién independizada Rumanía por sus leyes antisemitas, así que se fue a Rusia y luego a EEUU para después pasar a la Cuba española, México y Brasil, siempre acumulando experiencia en su trabajo y adquiriendo soltura con múltiples idiomas.




    Julio Popper en 1898/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    El manejo del castellano le llevó a Buenos Aires atendiendo a la llamada del oro. Desembarcó en Tierra del Fuego en 1886 y empezó a hacer exitosas prospecciones en El Páramo mientras paralelamente realizaba una amplia labor de registro geográfico, topográfico y cartográfico de la isla. También fundó un asentamiento que bautizó con el nombre de Atlanta y, en suma, alcanzó tal prestigio, que al año siguiente fue acogido calurosamente por el Instituto Geográfico Argentino e ingresó en una logia masónica local, posibilitando la creación de la Compañía Anónima Lavaderos de Oro del Sur.

    Al frente de esta empresa, que había recibido la concesión de la explotación de los yacimientos auríferos que encontrase, regresó a Tierra del Fuego. Allí se encontró el obstáculo de los nativos, que decidió resolver de forma contundente, tal cual había hecho el militar y explorador argentino Ramón Lista el año anterior. Lista había llegado al territorio al frente de una expedición para afianzar su incorporación a la República Argentina y, nada más desembarcar en la Playa de San Sebastián, se encontró un poblado ona contra el que ordenó disparar inmediatamente sin mediar provocación.




    Ramón Lista/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    El resultado fue la muerte de veintiséis personas, incluyendo mujeres y niños, más un superviviente herido al que remataron con una treintena de balazos. La masacre fue tan gratuita que algunos miembros de la expedición como el sacerdote salesiano José Fagnano y Federico Spurr (el capitán del barco que les había llevado hasta allí) tuvieron un serio altercado con Lista. Las recriminaciones no sirvieron de nada y hubo más matanzas en los días siguientes hasta que llegaron al otro extremo de la isla y reembarcaron.

    Aquellas acciones nunca fueron sancionadas, así que sirvieron de ejemplo a seguir. Igual que se había convertido en costumbre disparar contra los indios desde los barcos que navegaban por la costa, a muchos, una vez muertos, se les cortaba la cabeza para enviar el cráneo a Londres, donde se decía que el Museo de Antropología pagaba ocho libras por pieza. Eran los tiempos dorados de la antropometría y el propio Ramón Lista se quejó alguna vez de que tenía que hacer mediciones a sus prisioneros onas recurriendo a la fuerza.




    Hombres de Popper disparando contra los indios/Foto: Julius Popper en Wikimedia Commons


    Popper contrató a un grupo de mercenarios y con ellos se enfrentó a los indígenas fueguinos. Hay controversia en torno al comportamiento del rumano (que adoptó la nacionalidad argentina) porque algunos estudiosos de su vida opinan que no se dedicó a perseguir indios sino que sólo tuvo encontronazos armados con ellos que luego exageró para ganarse al presidente Miguel Ángel Juárez Celman, quien al parecer les tenía hostilidad abierta. A él precisamente le regaló un álbum fotográfico que documentaba su paso por Tierra del Fuego, combinando aspectos etnográficos con mapas y escenas de combate.

    Ciertamente, Popper no tenía tapujos en adornar sus aventuras, como había demostrado al contar viajes inexistentes a sitios que nunca había pisado -pocos- en un alarde de la misma capacidad oratoria que le hizo triunfar en el Instituto Geográfico Argentino. De hecho, apenas consta que matase un par de nativos, según se deduce de las imágenes que él mismo aportó y de algunas declaraciones que hizo defendiéndolos: «La injusticia no está del lado de los indios… Los que hoy día atacan la propiedad ajena en aquel territorio, no son los onas, son los indios blancos, son los salvajes de las grandes metrópolis».




    Monedas de uno y cinco gramos acuñadas por Popper en 1889/Imagen: Billetes Argentinos


    Es posible, dicen otros, que esa palabras pretendieran encubrir su responsabilidad, bien por acción, bien por omisión, ya que los capataces que trabajaban en Tierra del Fuego tasaron en una libra los testículos y senos de los adultos cazados y media libra por cada oreja de niño. Lo que sí hizo seguro con los onas fue robarles bienes personales, pues reunió una buena colección de objetos folklóricos. No obstante, Popper tuvo problemas tanto con otros colonos como con el gobierno por conducirse como una especie de dictador autónomo, con guardia uniformada y acuñando su propia moneda, el popper. Fue llevado a juicio pero salió indemne; eso sí, no volvió a la región y empezó a planificar la explotación de la Antártida.

    No tendría tiempo; en 1893, dos años después de su hermano Máximo, murió mientras dormía en un hotel de Buenos Aires. Sólo tenía treinta y cinco años, por lo que hubo suspicacias acerca del ataque cardíaco que se diagnosticó como causante del óbito. Se pidió hacer una nueva autopsia pero al procederse a exhumar el cuerpo éste había desaparecido. La sombra de la sospecha recayó siempre sobre un hacendado de origen asturiano llamado José Menéndez y Menéndez, que a la postre fue quien se quedó con sus tierras; para él trabajaba el citado Alexander McLennan (alias Chancho colorado, por su cabello pelirrojo), un individuo despiadado.




    José Menéndez con su familia/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    Hay que reseñar que, de la misma forma que intentó usar cientos de miles de hectáreas indias para establecer colonos y rebaños de ovejas, Popper también trazó un plan para repoblar Tierra del Fuego con onas, repartiendo entre doscientas cincuenta familias parcelas de cien hectáreas de las ochenta mil que le había concedido el gobierno a él. Fue en 1891 y contradecía así su anterior animosidad contra los indios, a los que ahora elogiaba:

    “He podido cerciorarme de que no sólo son susceptibles de llegar al más alto grado de perfección sino que se hallan dotados de elevados y nobles sentimientos humanitarios, que tienen raciocinio sensato, que son magnánimos hasta el punto de saber perdonar a sus enemigos, que -más aún- llevan el desdén de la venganza, hasta compensar el mal con el bien, hasta convertirse en protectores de la raza que los persigue, conduciendo a náufragos varados en las playas hacia los puntos donde puedan encontrar auxilio. Son padres afectuosos, tienen un acentuado cariño hacia sus hijos como los hijos hacia sus padres; llevan largo luto por los difuntos, pintándose al efecto el rostro de negro. Se lavan a menudo el cuerpo y el rostro…”




    Los últimos onas de Isla Dawson/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    Fuera culpable o no, el fallecimiento de Popper no puso fin al sufrimiento selknam porque las verdaderas masacres se registraron más tarde, ya en la primera década del siglo XX: el medio millar de indios fallecidos por un ingerir carne de ballena deliberadamente envenenada, los veinticinco que cayeron luchando contra colonos en Punta Alta, los trescientos tiroteados a sangre fría tras emborracharlos en la Playa de Santo Domingo… La viruela y la tuberculosis remataron la faena con el millar y medio que había quedado y que fue recluido por el gobierno chileno en la isla Dawson, a cargo de misioneros salesianos. La última ona conocida de sangre pura se llamaba Ángela Loij y murió en 1979.




    Fuentes:

    Los aborígenes de la Argentina. Ensayo socio-histórico-cultural (Guillermo E. Magrassi)

    /Expedición a Tierra del Fuego (Martin Gusinde y Mario Orellana Rodríguez)

    /Patagonia Y Antártica. Personajes históricos (Nelson Toledo)

    /Viejas estancias de la Patagonia (Yuyú Guzmán)/Wikipedia





    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.labrujulaverde.com/2018/...erra-del-fuego
    Erasmus dio el Víctor.

  2. #182
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    G. Papini sobre los judios (libro Gog)

    LAS IDEAS DE BENRUBI


    Ginebra, 30 julio


    He hecho publicar en algunos periódicos este anuncio:


    »Necesito secretario políglota, filósofo, célibe, paciente, nómada. Presentarse hasta el 20 de julio, “Hotel Mon Repos”, a las diez de la noche.»


    Como desde hace algún tiempo sufro de insomnio, el examen de los candidatos me ayudará a pasar la noche.
    Han venido sesenta y tres. Entre esos sesenta y tres, cuarenta y siete eran hebreos. He elegido un hebreo: el que me ha parecido más inteligente de todos.


    El doctor Benrubi tiene todas las cualidades que pedía y algunas más en las que no había pensado. Es un joven bajo, con las espaldas un poco curvadas, las mejillas hundidas, los ojos profundos, los cabellos ya un poco blanquecinos, la piel de color de barro de pantano. Nació en Polonia, hizo los primeros estudios en Riga, se doctoró en Filosofía en Jena, en Filología moderna en París, ha enseñado en Barcelona y en Zurich. Tiene el aspecto pobrísimo y la expresión de un perro que teme ser apaleado, pero que sabe, sin embargo, que es necesario.


    Le he preguntado, charlando, por qué los hebreos son, de ordinario, tan inteligentes y tan miedosos.


    -¿Miedosos? Se refiere probablemente al coraje físico, material, bestial. En cuanto al espiritual, los hebreos no son únicamente valerosos, sino temerarios. No han sido nunca héroes a la manera bárbara, ni siquiera creo, en la época de David, pero han sido los primeros, entre todos los pueblos, que comprendieron que el verdadero trabajo del hombre consiste más bien en ejercitar la mente que en matar criaturas semejantes a ellos.


    Además, después de la Dispersión, los hebreos han vivido siempre sin Estado, sin Gobierno, sin Ejército; grupos esparcidos en medio de unas multitudes que les odiaban. ¿Cómo quiere que se desarrolle en ellos el heroísmo de los cruzados y de los condottieri?
    Para no ser exterminados, los hebreos tuvieron que inventar su defensa. Hallaron dos medios: el dinero y la inteligencia.


    Los hebreos no aman el dinero. Tres cuartas partes de su literatura, sin contar los Profetas, es la glorificación de los pobres. Pero los hombres se destruyen con el hierro y se compran con el oro. No pudiendo adoptar el hierro, los hebreos se protegieron con el oro, el metal más estético y más noble. Los florines fueron sus lanzas, los ducados sus espadas, las esterlinas sus arcabuces, y los dólares sus ametralladoras. Armas no siempre eficaces, pero cada vez más potentes, de siglo en siglo, a causa del cariz que toma la civilización. El hebreo convertido en capitalista por legítima defensa, se ha transformado, por culpa de la decadencia moral y mística de Europa, en uno de los amos de la tierra, contra su mismo genio y contra su voluntad. Primeramente le han obligado a ser rico, después han proclamado que la riqueza es lo principal de todo, de modo que, por voluntad de sus enemigos, el pobre de la Biblia y el recluso del ghetto se ha convertido en el dominador de los pobres y de los ricos.


    Lo que fueron arneses de protección se convirtieron, con el tiempo, en instrumentos de venganza. Mucho más potente que el oro es, en opinión mía, la inteligencia. ¿De qué manera el hebreo pisoteado y escupido podía vengarse de sus enemigos? Rebajando, envileciendo, desenmascarando, disolviendo los ideales del Goim. Destruyendo los valores sobre los cuales dice vivir la Cristiandad, y de hecho,si mira usted bien, la inteligencia hebrea, de un siglo a esta parte, no ha hecho otra cosa que socavar y ensuciar vuestras más caras creencias, las columnas que sostenían vuestro pensamiento. Desde el momento en que los hebreos han podido vivir libremente, todo vuestro andamiaje espiritual amenaza caerse.


    El Romanticismo alemán había creado el Idealismo, y rehabilitado el Catolicismo; viene un pequeño hebreo de Dusseldorf, Heine, y, con su genio alegre y maligno, se burla de los románticos de los idealistas y de los católicos.


    Los hombres han creído siempre que política moral, religión, arte, son manifestaciones superiores del espíritu y que no tienen nada que ver cor la bolsa y con el vientre; llega un hebreo de Tréveris, Marx, y demuestra que todas aquellas idealísimas cosas vienen del barro y del estiércol de la baja economía.


    Todos se imaginan al hombre de genio como un ser divino y al delincuente como un monstruo; llega un hebreo de Verona, Lombroso, y nos hace tocar con la mano que el genio es un semi loco epiléptico y que los delincuentes no son otra cosa que nuestros antepasados sobrevivientes, es decir, nuestros primos carnales.


    A fines de los ochocientos, la Europa de Tolstoi, de Ibsen, de Nietzsche, de Verlaine, se hacía la ilusión de ser una de las grandes épocas de la Humanidad; aparece un hebreo de Budapest, Max Nordau, y se divierte explicando que vuestros famosos poetas son unos degenerados y que vuestra civilización está fundada sobre la mentira.


    Cada uno de nosotros está persuadido de ser, en conjunto, un hombre normal y moral; se presenta un hebreo de Freiberg en Moravia, Sigmund Freud, y descubre que en el más virtuoso y distinguido caballero se halla escondido un invertido, un incestuoso, un asesino en potencia.


    Desde el tiempo de las Cortes de Amor y del Dulce Estilo Nuevo estamos habituados a considerar a la mujer como un ídolo, como un vaso de perfecciones; interviene un hebreo de Viena, Weininger, y demuestra científicamente y dialécticamente que la mujer es un ser innoble y repugnante, un abismo de porquería y de inferioridad.


    Los intelectuales, filósofos y otros, han considerado siempre que la inteligencia es el medio único para llegar a la verdad, la mayor gloria del hombre; surge un hebreo de París, Bergson, y con análisis sutiles y geniales, abate la supremacía de la inteligencia, derroca el edificio milenario del platonismo y deduce que el pensamiento conceptual es incapaz de captar la realidad.


    Las religiones son consideradas por casi todos como una admirable colaboración entre Dios y el espíritu más alto del hombre; y he aquí que un hebreo de Saint-Germain de Laye, Reinach, se ingenia para demostrar que son simplemente un resto de los viejos tabús salvajes, sistemas de prohibiciones con supra estructuras ideológicas variables.


    Nos imaginábamos vivir tranquilos en un sólido universo ordenado sobre fundamentos de un tiempo y de un espacio separados y absolutos; sobreviene un hebreo de Ulm, Einstein, y establece que el tiempo y el espacio son una sola cosa, que el espacio absoluto no existe, ni tampoco el tiempo, que todo está fundado sobre una perpetua relatividad, y el edificio de la vieja física, orgullo de la ciencia moderna, queda destruido.


    El racionalismo científico estaba seguro de haber conquistado el pensamiento y haber encontrado la llave de la realidad; se presenta un hebreo de Dublín, Meyerson, y disuelve también esta ilusión: las leyes racionales no se adaptan nunca completamente a la realidad, hay siempre un residuo irreductible y rebelde que desafía el pretendido triunfo de la razón razonante.


    Y se podría continuar. No hablo de la política, donde el dictador Bismarck tiene como antagonista al hebreo Lasalle, donde Gladstone fue superado por el hebreo Disraeli, donde Cavour tiene como brazo derecho al hebreo Artom, Clemenceau al hebreo Mandel y Lenin al hebreo Trotski.


    Fíjese que no le he puesto delante nombres oscuros o de segundo orden. La Europa intelectual de hoy se halla, en gran parte, bajo la influencia o, si quiere, el sortilegio de los grandes hebreos que he recordado. Nacidos en medio de pueblos diversos, consagrados a investigaciones diversas, todos ésos, alemanes y franceses, italianos y polacos, poetas y matemáticos, antropólogos y filósofos, tienen un carácter común, un fin común: el de poner en duda la verdad reconocida, rebajar lo que está elevado, ensuciar lo que parece puro, hacer vacilar lo que parece sólido, lapidar lo que es respetado.


    Esta propinación secular de venenos disolventes es la gran venganza hebraica contra el mundo griego, latino y cristiano. Los griegos se han burlado de nosotros, los romanos nos han diezmado y dispersado, y los cristianos nos han torturado y despreciado, y nosotros, demasiado débiles para vengarnos con la fuerza, hemos realizado una ofensiva tenaz y corrosiva contra las columnas sobre las cuales reposa la civilización nacida de la Atenas de Platón y de la Roma de los emperadores y de los Papas. Y nuestra venganza se halla en buen punto. Como capitalistas, dominamos los mercados financieros en un tiempo en que la economía lo es todo o casi todo; como pensadores, dominamos los mercados intelectuales, agrietando las viejas creencias sagradas y profanas, las religiones reveladas y las laicas. El hebreo reúne en sí los dos extremos más temibles: déspota en el reino de la materia, anárquico en el reino del espíritu. Sois nuestros servidores en el orden económico, nuestras víctimas en el orden intelectual. El pueblo acusado de haber matado a un Dios ha querido también matar a los ídolos de la inteligencia y del sentimiento y os obliga a arrodillaros ante el ídolo máximo, el único que permanece en pie: el Dinero. Nuestra humillación, que va desde la esclavitud de Babilonia a la derrota de Bar-Cosceba y se perpetúa en los ghettos hasta la Revolución francesa, ha sido finalmente vengada. ¡El paria de los pueblos puede cantar el himno de una doble victoria!


    Mientras hablaba, el pequeño Benrubi se había ido exaltando; sus ojos, en el fondo de las órbitas, brillaban; sus delgadas manos cortaban el aire; su voz blanda se había hecho estridente. Se dio cuenta de que había dicho demasiado y se calló de pronto. Reinó un largo silencio en la habitación. Al fin el doctor Benrubi, con voz tímida y baja, me preguntó:


    -¿No podría usted anticiparme mil francos sobre mis honorarios? Tengo que hacerme un vestido, desearía pagar algunas pequeñas cuentas...


    Cuando estuvo el cheque en su poder me miró con una sonrisa que quería ser espiritual.


    -No tome al pie de la letra las paradojas que he dicho esta noche. Los hebreos somos así: nos gusta demasiado hablar y cuando se ha comenzado se continúa hablando… y se termina siempre por molestar a alguien. Si le he ofendido en algo, le ruego que me perdone.

    https://m.forocoches.com/foro/showthread.php?t=6715801
    Última edición por ReynoDeGranada; 18/09/2018 a las 23:28
    Erasmus dio el Víctor.
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
    𝕽𝖆𝖒𝖎𝖗𝖔 𝕷𝖊𝖉𝖊𝖘𝖒𝖆 𝕽𝖆𝖒𝖔𝖘

  3. #183
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Los pioneros. Judíos progres de procedencia ibérica en el s.XVII:


    Los heterodoxos sefaradíes – La herética trinidad







    En la historiografía del pueblo hebreo, es común atribuir los cambios revolucionarios en la mentalidad judía a los correligionarios ashkenazíes del centro o del este de Europa. Si bien en la mayoría de los casos esta afirmación tiene un gran porcentaje de correlación, existen a grandes revolucionarios de la mentalidad judía moderna cuyo origen es puramente sefaradí.

    Por Rabino Andy Faur

    Los sefaradíes, descendientes de aquellos judíos expulsados o bien obligados a convertirse al cristianismo por la fuerza, a manos de las coronas española y portuguesa, se adelantan en por lo menos un siglo en sus lúcidas y progresivas ideas a sus colegas del Levante europeo.
    Me refiero a tres figuras intelectuales descollantes del pueblo judío que vivieron en la Ámsterdam del siglo XVII, con enfoques filosóficos e ideas similares y que son poco conocidas para la mayor parte del público general.
    Esta triada de librepensadores sefaradíes hispano-portugueses que sufrieron el Jérem/Anatema de su comunidad, esta formada por: Gabriel (Uriel) da Costa, Juan (Daniel) de Prado, y el más conocido de ellos, Baruj (Benito – Bento) Spinoza.

    Vamos por orden cronológico:

    Gabriel (Uriel) da Costa

    Es el pionero y vanguardista del pensamiento heterodoxo sefaradí. Nació en Oporto, Portugal en 1580 y murió en Ámsterdam, Países Bajos en 1640 o 1645. Filósofo escéptico y racionalista de origen portugués, de familia de ricos comerciantes sefardíes que se habían convertido al catolicismo, fue bautizado como “cristiano nuevo” con el nombre de Gabriel da Costa.
    Estudió religión y fue profesor en la Universidad de Coímbra y a medida que estudiaba y profundizaba en la teología cristiana, le fue encontrando defectos al catolicismo, lo que lo llevó a interesarse por las raíces judías ancestrales de su familia. A partir de estas disquisiciones teológicas, da Costa y su madre pasaron de ser conversos (judíos convertidos al catolicismo) a ser criptojudíos (judíos aparentemente conversos que practicaban en secreto el judaísmo). Ante la sombra de la Inquisición portuguesa que perseguía a los criptojudíos y del peligro que corrían, da Costa convenció a su familia de emigrar a los relativamente liberales Países Bajos en busca de una nueva vida, como tantas familias judías hispano-portuguesas lo habían hecho antes.
    Tras instalarse en la comunidad sefaradí de Ámsterdam en 1618, adoptó el nombre de Uriel, la variante hebrea de su nombre portugués. Uriel da Costa se dedicó entonces a estudiar judaísmo y filosofía, encontrándole también defectos a las enseñanzas y las prácticas del judaísmo, que expuso por escrito y en público. La comunidad lo criticó y censuró por sus ideas filosóficas, naturalistas y racionalistas, tal y como le sucedería algunos años después a sus colegas continuadores.
    A lo largo de las siguientes décadas, da Costa fue anatematizado, luego exonerado, y de nuevo vuelto a anatematizar. Por un tiempo encontró refugio en la comunidad judía de Hamburgo, pero también allí sufrió el Jérem de la misma. Las ideas de Da Costa se habían convertido en un asunto preocupante para las autoridades judías, no sólo porque las consideraban heréticas, sino también porque temían que las autoridades eclesiásticas holandesas tomaran represalias contra la comunidad judía, por considerar que sus ideas eran antirreligiosas y peligrosas también para los cristianos.
    En 1640 o 1645 (no es clara la fecha) la situación de da Costa era sumamente complicada y, agotado física y mentalmente, llegó a un acuerdo con las autoridades judías de Ámsterdam para renegar públicamente de sus ideas y, de esta forma, recuperar su posición en la comunidad.
    En sus memorias tituladas Exemplar humanae vitae narra con detalle todo el episodio y deja claro que, aunque aceptase el acuerdo, sus ideas no habían variado en absoluto, y que lo hacía para librarse de las humillaciones que sufría. El día del juicio, con la sinagoga llena, leyó una confesión de arrepentimiento redactada por los rabinos de la comunidad. Después, se le ordenó abrazar una columna, le ataron las manos y recibió 39 azotes (según la Ley, nunca debían pasar el número de 40). Finalmente, se lo sentó en el piso y el rabino proclamó su rehabilitación pública y las puertas de la sinagoga volvieron a abrirse ante él. El final del humillante rito consistió en hacerlo acostarse en la entrada de la sinagoga para que toda la comunidad pasase por encima de él al salir de la misma. Uriel da Costa, tras ser felicitado por la entereza con que soportó el castigo, volvióa a ser miembro pleno de la comunidad.
    No son claras las fechas o duración de dichos eventos, lo que sí es sabido es que Da Costa dedicó los días siguientes a concluir sus memorias, cuyas últimas páginas narran el episodio y su impotencia para rebelarse. Al final, concluida su obra y tras ser dos veces anatematizado por el Maamad – la dirigencia de la comunidad judía, separado de ésta en un principio quince años y otros siete más tarde, doblemente renegado (primero del catolicismo, luego del judaísmo), perseguido y humillado por los suyos, atormentado por las dudas religiosas y acosado por el drama de la exclusión perpetua, puso fin a su vida suicidándose.
    El legado de Uriel da Costa, su materialismo y su crítica a los ritos y a la hipocresía de la religión organizada, fueron retomados post mortem por Baruj Spinoza. Es muy probable que el joven Spinoza se encontrase entre el público que presenció la humillación pública de Uriel da Costa y que, quizá por eso, decidiera no estar presente en su propio Anatema/Jérem en la sinagoga algunos años después, y así ahorrarse la misma humillación. Paradójicamente, Spinoza nunca mencionó a Da Costa en su obra, pero las ideas de este último tuvieron sin duda, una gran influencia sobre el Sabio de Ámsterdam.


    Juan (Daniel) de Prado

    Nacio en España en 1614 o 1615. Es poco lo que se sabe fehacientemente de él y hay poca documentación acerca de su vida y obra. Está asentado que estudió Medicina en las prestigiosas universidades de Alcalá y de Toledo, y logró ser aceptado en la sección de médicos del Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de Alcalá entre 1633 y 1636.
    De Prado fue delatado como judaizante ante el Santo Oficio de Sevilla por su amigo Orobio de Castro, también de origen judeoconverso y que fuera delatado él mismo por “judeizante” ante la Inquisición. En su confesión, de Castro describe a su amigo y colega de Prado como partidario de un naturalismo descreído y de ideas libertinas.
    Perseguido por la Inquisición española huye de la penísula y hacia 1655 llega y se instala en Ámsterdam, donde se incorpora a la floreciente comunidad hispano-portuguesa, se declara abiertamente judío y adopta el nombre hebreo de Daniel.
    Casi enseguida, de Prado formó a su alrededor un grupo de jóvenes intelectuales que desarrollaron ideas filosóficas no ortodoxas. Entre los miembros del grupo se contaba a un tal Baruj Spinoza de sólo 22 años.
    Por sus ideas netamente heterodoxas, como criticar públicamente a la Biblia, negar la autoridad de la tradición rabínica y sostener la idea de la supremacía de la Ley Natural, en 1656 de Prado será primero criticado y hostigado y luego en 1657, anatematizado por las autoridades religiosas judías de Ámsterdam, en otro famoso proceso similar al que sufrieron antes Uriel da Costa y Baruj Spinoza.
    A diferencia de Spinoza, de Prado luchó para que le anulen el Jérem y, por lo visto, ambos siguieron en estrecha relación al menos hasta 1659 y por ello se suele atribuir al médico andaluz el origen de la heterodoxia religiosa spinozista y la consideración de la razón como único criterio de verdad.
    No se conoce la fecha exacta de la muerte de Juan (Daniel) de Prado, probablemente c. 1672.


    Baruj (Benedicto) Spinoza

    Filósofo holandés de origen sefaradí-portugués, considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con el francés René Descartes y el alemán Gottfried Leibniz.
    Nació en Ámsterdam en 1632, procedente de una familia de judíos sefaradíes emigrantes de Portugal, que huían de la persecución de la Inquisición. Su familia procedía de España, de donde huyó durante el siglo XV a Portugal.
    A pesar de haber recibido una educación ligada a la ortodoxia judía asistiendo a las clases del Rabino Saúl Levi Morteira (rabino de la comunidad y gran intelectual, y el mismo que tiempo después y con gran dolor lo anatematizaría) el joven Spinoza mostró una actitud bastante crítica frente a estas enseñanzas y amplió por su cuenta sus estudios en matemáticas y filosofía cartesiana.
    Las lecturas críticas sumadas a la influencia del grupo de los ‘colegiantes’ (cristianos liberales protestantes holandeses) con los cuales se relacionaba, así como las de otros heterodoxos judíos hispano-portugueses, lo fueron alejando de la ortodoxia judía.
    Muerto su padre en 1654, Spinoza sacó a luz su descreimiento, que mantenía oculto por respeto a la figura paterna. Debido a sus ideas heréticas y su oposición a retractarse de las mismas, el 27 de julio de 1656 la comunidad judía le impuso el jérem y lo desterró de la ciudad.
    Tras la expulsión, se retiró a un suburbio en las afueras de la ciudad y publicó su Apología para justificarse de su abdicación de la sinagoga, obra perdida que algunos autores consideran un precedente de su enorme Tractatus theologico-politicus/Tratado teológico-político. Ya fuera de Ámsterdam, acentuó su relación con grupos cristianos menonitas y colegiantes, de carácter liberal y tolerante.
    En 1663 se instaló en un suburbio de La Haya, donde frecuentó los círculos liberales y trabó una gran amistad con el jefe de gobierno Jan de Witt, quien, según algunas fuentes, protegió la publicación anónima de su Tractatus theologico-politicus en 1670, obra que causó un gran revuelo público por su crítica racionalista de la religión. Estas protestas, y la muerte de su protector De Witt en 1672, lo convencieron de no volver a publicar nuevas obras. Sin embargo las ya publicadas circularían entre sus admiradores y seguidores, cada vez más numerosos.
    En 1673 le ofrecieron ser docente de una cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg, pero Spinoza no la aceptó, pues aunque se le garantizaba “libertad de filosofar”, se le exigía “no perturbar la religión públicamente establecida”.
    Desahuciado por la tuberculosis, murió el 21 de febrero de 1677 cuando tenía 44 años de edad. Sus amigos editaron ese mismo año, simultáneamente en latín y en holandés, todas las obras inéditas que encontraron en su haber.

    Su obra e influencia
    Partiendo de la innegable influencia de Descartes en su pensamiento filosófico, creó un sistema muy original, con mezcla de elementos propiamente judíos, escolásticos y estoicos. En lo que se refiere a Descartes, éste había considerado la existencia de tres sustancias: el pensamiento, la extensión y Dios. Spinoza redujo estas tres sustancias a una sola: sustancia divina infinita, que según la perspectiva que se adopte, se identifica con Dios o con la Naturaleza (ambos términos llegaron a ser equivalentes para él, según su célebre expresión Deus sive Natura – Dios es decir la Naturaleza). Esta forma filosófica conocida como Panteísmo, es sin duda, el aporte filosofico más original de Spinoza a la humanidad
    Para Spinoza, la substancia es la realidad, que es causa de sí misma y a la vez de todas las cosas; que existe por sí misma y es productora de toda la realidad; por tanto, la naturaleza es equivalente a Dios. Dios y el mundo – su creación, son entonces idénticos.
    Spinoza es también determinista, lo que supone que no cree en el libre albedrío: asegura que el hombre está determinado por leyes universales que lo condicionan mediante la ley de la preservación de la vida. Así, afirma que ser libre es regirse por la razón frente a la sumisión, por ejemplo, a la religión.

    A modo de conclusión
    Como lo demuestran claramente estas tres grandes figuras del judaísmo de comienzos de la Era Moderna, el pensamiento y la mentalidad judías estan en constante evolución y transformación, lo que no atenta a la continuidad y la herencia cultural de nuestro pueblo.
    Es interesante notar, que esta orientación filosófica, intelectual y cultural heterodoxa, se desenvuelve a la par del desarrollo halájico – rabínico del judaismo religioso, de la mano del Shulján Aruj del rabino y codificador Yosef Caro y del Mapa de Moisés Isserles, que se impusieron como textos centrales de la Halajá – o ley rabínica en estas épocas.
    Hasta el dia de hoy, coexisten dentro del judaismo los herederos de ambas vertientes. Por un lado, la de estos vanguardistas heterodoxos (incluido el posterior Moisés Mendelsohn) son los que inspiran y otorgan continuidad a las corrientes laicas y a las religiosas liberales. Y por otro, los herederos de la ortodoxia halájica, que son continuación de la vertiente rabínica del judaísmo.
    Nuestros antepasados heterodoxos sufrieron de intolerancia, humillación y exclusión. La lección que nos transmiten, nos motiva a entender que el judaísmo es variado y controvertido desde siempre y quizás a aprender a vivir en un ambiente de pluralismo ideológico con respeto, convivencia y diálogo entre las distintas formas de expresarlo, que nos auguraría la continuidad y el enriquecimiento mutuo entre todos los judíos más allá de sus creencias, ideas o convicciones.







    FUENTE: https://anonym.to/?http://www.nuevas.../archivos/6499
    Mexispano dio el Víctor.



    Imperium Hispaniae

    "En el imperio se ofrece y se comparte cultura, conocimiento y espiritualidad. En el imperialismo solo sometimiento y dominio económico-militar. Defendemos el IMPERIO, nos alejamos de todos los IMPERIALISMOS."







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