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Tema: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

  1. #201
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Los marranos fueron victimarios de España y de todos los países en que se enquistaron.
    Porque su conversión es falsa, simulada, apócrifa, y solapadamente como el caballo de Troya, o la quinta columna, judaízan dentro de nuestra “propia tropa”.
    Una cosa es el judío que se identifica como tal y practica su religión y otra muy distinta el marrano.
    Pero hay algo tan peligroso como el marranismo, que debemos evitar caer.
    Me refiero a la arcana herejía del “judeocristianismo”, actualmente reavivada por los neo judaizantes católicos, herederos de la oscura secta de los ebionitas, a las que se fueron agregando, posteriormente, otras con distintos nombres, pero similares en sus preceptos.
    Debemos rechazar la “Revolución Cultural” de los modernos teólogos iconoclastas, que pretenden introducir un racismo malsano de un “Jesús judío”.
    Olvidando el misterio insondable de la Divino-Humanidad, por obra del Espíritu Santo, de lo cual se infiere que se encuentra excluido todo planteo racial de Jesús.
    Por otra parte, señalar a Nuestro Señor Jesucristo como judío, es una contradicción in terminis, por cuanto al fundar la Iglesia derogó la sinagoga con todo lo que ello implica.
    Expone San Juan Evangelista: "Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron. Más a cuanto lo recibieron dióles el poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre; que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son Nacidos. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria como de Unigénito del Padre lleno de gracia y verdad". (Proemio del Evangelio de San Juan).
    “Los suyos (es decir los judíos) no lo recibieron”.
    Desde el punto de vista de la teología católica: “los que creen en su nombre” Y lo “recibimos”, nos dio el poder de ser “Hijos de Dios”, pero, “somos nacidos de Diosno de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón”.
    Y también resulta trascendente para esta “quaestio” aquello de: “Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que coma no muera...Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros", (Jn. 6/48-49-53).
    Todo esto para un creyente judío es una blasfemia, una locura, una herejía, como el que Jesús sea el “Hijo de Dios”, la “Santísima Trinidad”, la “Encarnación”, (et Verbum caro factum est)”, y las demás verdades de nuestro Credo, la Tradición, El Magisterio de la Iglesia, los Dogmas, etc., que para los judíos no tiene absolutamente nada que ver con el veterotestamento, su religión, el Talmud, etc.
    Lo mismo cabe explicitar con relación al tenso y fundamental capítulo 8° del Evangelio de San Juan: "... Vosotros juzgáis según la carne...vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo...Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres...Si sois del linaje de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero ahora buscáis quitarme la vida, a un hombre que hablado la verdad, que oyó de Dios; eso Abraham no lo hizo...Si Dios fuera vuestro padre me amarías a mí; porque yo he salido y vengo de Dios, pues yo no he venido de mí mismo antes es El quien me ha enviado. ¿Porque no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra. Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio...El que es de Dios oye la palabra de Dios; porque vosotros no las oís, porque no sois de Dios...Si alguno guardara mi palabra, no verá jamás la muerte...Entonces tomaron piedras para arrojárselas...".
    La encarnación del Logos o del Verbo, la Divina-Humanidad, supone la abolición del judaísmo, quienes dejaron de ser hijos de Abraham (hebreos) para corromperse y desviarse en el judaísmo y su interpretación talmúdica-rabínica.
    Se apartaron del misterioso sacerdocio de Melkisedec y de la fe de Abraham, repudiando en su esencia a Jesús Hijo de Dios y su doctrina de Salvación.
    Pasaron a ser "hijos de la carne", y “juzgando según la carne”, decretaron la muerte de Jesús, (Mt. 17/1-2; Mc. 15/1; Lc. 22/66-71: Jn. 18/28-32).
    Esto lo venían rumiando, pero deciden su ejecución luego de la resurrección de Lázaro: “Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a casa de María creyeron. Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho”, (Jn.11/45-45). “Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos…”, (Jn. 11/47), “y los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban como apoderarse de El con engaño y darle muerte”. (Mc 14/1), “…los ancianos del pueblo” (Mt.26/3), “convocaron… a los maestros de la ley, a todos los miembros del Consejo Supremo” (Sanedrín), (Jn 11/47; Mc. 15/1), “y se reunieron en el palacio del pontífice que se llamaba Caifás”, (Mt. 26/3), “¿Y dijeron: que haremos? Porque este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en El, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación. Uno de ellos llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, tomó la palabra y les dijo: ustedes no entienden ni piensan. ¿No les parece preferible que muera un solo hombre por el pueblo antes que perezca la nación entera? Esto no lo dijo Caifás por iniciativa propia, sino que, como era el Sumo Sacerdote por ese año, profetizó que Jesús había de morir por la nación y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a todos los hijos de Dios que estaban dispersos. A partir de ese día resolvieron que debían matar a Jesús”, (Jn.11/47-53).
    Puesto que: “Pilato que quería dejar libre a Jesús”, (Lc. 23/20), les propone que elijan entre Barrabás y Jesús. Los judíos eligen a Barrabas, (Mc.15/11; Lc.23/18; Jn.18/39-40). Al preguntarles Pilato que querían que hiciese con el “Rey de los Judíos” vociferan y repiten persistentemente, “Crucifícalo”, (Mt. 27/ 21-22; Lc. 23/17-23; Jn. 18/ 39-40; 19/14-15).
    Precisando categóricamente que no era su rey: “Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque todo el que se hace rey, se opone al César”, (Jn. 19/12). “Ellos gritaron: ¡Que muera, que muera! ¡Crucifícalo! Pilato dijo: ¿A su rey, debo crucificar? Los sumos sacerdotes dijeron: no tenemos otro rey que el Cesar”, (Jn. 19/15).
    San Mateo narra que cuando Pilato señala: “Yo soy inocente de esta sangre; vosotros veáis”, “todo el pueblo contestó diciendo: Caiga la sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, (Mt. 27/ 7-23-25).
    En el momento que Judas: “se llenó de remordimientos y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los jefes del pueblo. Y les dijo: He pecado entregando a la muerte a un inocente. Ellos dijeron: ¿Qué importa eso a nosotros? Es asunto tuyo”, (Mt. 27/3-4).
    Resulta imperioso recordar las palabras del protomártir San Esteban, “varón lleno de fe y del Espíritu Santo”, (Hch. 6/5), “varón lleno de gracia y de fortaleza”, (Hch. 6/8), que nos trasmite San Lucas.
    El diácono San Esteban, habiendo sido acusado por testigos falsos, comprados por la sinagoga, les enrostra: “Duros de cerviz e incrédulos de corazón y de oídos, vosotros siempre habéis resistido al Espíritu Santo. Como vuestros padres, así también vosotros. ¿A que profeta no persiguieron vuestros padres?
    Dieron muerte al que anunciaba la venida del justo, a quien vosotros habéis ahora traicionado y crucificado, vosotros que recibiste por medio de los ángeles la Ley y no la guardasteis.
    Al oír estas cosas se llenaron de rabia sus corazones y rechinaban sus dientes contra él. El lleno del Espíritu Santo miró al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús en pie a la diestra de Dios, y dijo: Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios. Ellos, gritaron a grandes voces, tapándose los oídos y se arrojaron sobre él. Sacándole fuera de la ciudad le apedreaban. Los testigos depositaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo; y mientras lo apedreaban, Esteban oraba, diciendo: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Puesto de rodillas, grito con fuerte voz: Señor, no les imputes este pecado. Y diciendo esto se durmió. Saulo aprobaba su muerte”, (Hch. 7/51-59).
    La diáfana y cristalina teología de San Esteban, sobre la Deidad Trinitaria, la sórdida respuesta de los judíos, y su conmovedor martirio, es un testimonio irrefutable contra los católicos que predican una semántica judaizante.
    En ese momento Saulo era un judío fariseo de estricta observancia y por tanto perseguidor a muerte de los apóstoles, discípulos, y primeros cristianos: “Saulo devastaba la iglesia entrando en las casas arrastraba a hombres y mujeres y los hacia encarcelar”, (Hch. 8/3).
    Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se llegó al sumo sacerdote, pidiéndole cartas de recomendación para las sinagogas en Damasco, a fin de que si allí hallaba a quienes siguiesen ese camino, hombres o mujeres, los llevasen atados a Jerusalén”, (Hch. 9/ 1-2).
    Precisamente cuando Saulo se convierte ante la visión que tuvo de Jesús, “lleno del Espíritu Santo”, renuncia definitivamente a su judaísmo para predicar que: “Jesús es el Hijo de Dios”; “cuantos lo oían quedaban fuera de sí, diciendo: ¿No es éste el que en Jerusalén perseguía a cuantos invocaban ese nombre, y que venía aquí, para llevarlos atados a los sumos sacerdotes? Pero Saulo cobraba cada día más fuerza y confundía a los judíos de Damasco, demostrando que éste era el Mesías. Pasados bastantes días resolvieron los judíos matarle…”, (Hch. 9/17-23).
    Más adelante San Pablo y Bernabé estaban predicando a los paganos: “Al ver esa multitud los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza dijeron: A ustedes debíamos anunciar en primer lugar las palabras de Dios, pero ya que las rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el Señor:
    Yo te he establecido
    Para ser la luz a las naciones,
    Para llevar la salvación
    Hasta los confines de la tierra”, (Hch. 13/44-47).
    En distintas oportunidades San Pedro expuso que los judíos dieron “muerte a Jesús”.
    Después de Pentecostés, el Sanedrín lo apresó junto con los apóstoles prohibiéndoles predicar.
    Fueron liberados de la cárcel por “el ángel del Señor”.
    Volvieron a enseñar en el templo, entonces el oficial judío con sus alguaciles, los arrestó nuevamente y los presento al Sanedrín: “Dirigiéndoles la palabra el sumo sacerdote, les dijo: Solemnemente os hemos ordenado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre. Respondiendo Pedro y los apóstoles dijeron: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”, (Hch. 5/27-29).
    Obsérvese cómo a más de prohibirles la difusión del mensaje evangélico, y encarcelarlos, los judíos ni siquiera quieren mencionar el nombre de Jesús.
    En la “Controversia de Jerusalén” San Pedro defendió contra “algunos miembros de la secta de los fariseos que habían abrazado la fe”, (Hch. 15/5), que a los paganos podían recibir la “Palabra del Evangelio, a fin de que ellos abracen la fe”, (Hch. 15/7).
    Se constata como desde el inicio hubo conversos judaizantes, y cómo fueron amonestados e impetrados por los apóstoles, a cesar en su error judaizante.
    En el “Incidente de Antioquía”, habiendo tenido San Pedro un momento de vacilación y en su titubeo judaizó, San Pablo recalca: “en su mismo rostro le resistí, porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquellos llegaron, se retraía y apartaba, por miedo a los de la circuncisión. Y consistieron con él en la misma simulación los otros judíos, tanto, que Bernabé se dejó arrastrar a su simulación. Pero cuando yo vi que no caminaban rectamente según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: Si tu siendo judío vives como gentil y no como judío, ¿Por qué obligas a los gentiles a judaizar”, (Gal. 2/12-14).
    San Pedro aceptó la corrección de San Pablo y de allí en más se abstuvo de judaizar.
    Aquí queda claro que no debemos “judaizar” “por miedo a los de la circuncisión”.
    Hay mucho por decir y cientos de ejemplos pero con lo expuesto entiendo que es suficiente.
    Por eso es que en la Liturgia tradicional se reza el Viernes Santo, "oremus et pro perfidis iudaes".
    Precisamente "perfidis", es porque han perdido la fe, y caritativamente debemos orar para que la recuperen.
    Esta cuestión surge con meridiana claridad de los Evangelios, Cartas de los Apóstoles, Hechos de los Apóstoles, primeros Concilios y de los Santos Padres.
    Al igual que de San Bernardo, Santo Tomás, San Buenaventura y demás teólogos no contaminados del sofisma “judeo-cristiano”.
    Son numerosos los rabinos que coinciden en la absoluta incompatibilidad entre judaísmo y cristianismo.
    Uno de ellos es el rabino S. Warshae quien en el Jewish Chronicle de Londres el 23 de febrero de 1964 expresó:
    "Pues por más elocuencia que pongan los defensores judíos o gentiles en sostener que los Judíos y Cristianos adoran realmente al mismo Dios tal afirmación es absolutamente falsa y equívoca".
    "La verdad es que nosotros sostenemos que ambas deidades son enteramente irreconciliables y ninguna clase de recurso de un pensamiento casuístico puede conseguir una identidad entre ambas. La doctrina trinitaria del cristianismo es diametralmente opuesta a la gloriosa y perfecta unidad del Dios de Israel, que es un atributo indispensable de la fe judía. El rechazo del Viejo Testamento por parte de la Iglesia Católica, en favor de una "nueva" religión y de un salvador que contradice las verdades del credo judío, que declara en los trece Principios de la Fe, de Maimónides, que nuestra Torah no puede ser cambiada, ni habrá de aparecer otra Torah o enseñanza de parte del Creador, Bendito sea su nombre".
    "Por este motivo debo proclamar con fuerza que tales experimentos religiosos opuestos a la verdadera convivencia, en el marco de una fraternización artificial son intentos deshonestos y perjudiciales para obtener una forzada identidad de objetivos espirituales sin fundamento en la realidad".
    Conforme a su creencia es absolutamente lógico el razonamiento del rabino Warshae.
    Lo que vengo alegando no es “anti-semitismo”, ni nada que se le parezca.
    El catolicismo no es antisemita.
    Esta errónea imputación es un arma utilizada por quienes nos etiquetan falsamente, para hacernos sentir culpables de algo que no somos.
    Con ello procuran aflojarnos, desarmarnos, confundirnos, en definitiva pretenden que claudiquemos, o traicionemos nuestra fe.
    Además en estos tiempos tempestuosos devastados por un falso ecumenismo y un artificial, vacuo y engañoso “amor” o una supuesta defensa de los “derechos humanos”, la falaz acusación de antisemita, implica prácticamente la muerte civil y el ostracismo del injusto imputado, a quién se le pone el mote de antisemita.
    Para peor, cuando somos alcanzados por el improperio de “antisemita”, nos atacan -al unísono- desde todos los ángulos (y uno de los principales, lamentablemente proviene de la “Jerarquía Eclesiástica”) quienes en lugar de ser nuestros defensores -como cuadra a su condición de testigos de la fe- se transforman en impiadosos verdugos.
    Que la sacra teología Trinitaria del protomártir San Esteban, nos alumbre y guie, a fin de caminar “según la verdad”, y “rectamente sin tenerle miedo a los de la circuncisión”.
    Dando el buen combate y conservando la fe, abrevando en las sacras Fuentes, imborrables, incambiables, imperecederas, inamovibles, de la Tradición, que solo cabe enriquecerla, revivirla, recrearla, embellecerla, a mayor gloria de la Trinidad Beatísima y por el bien de nuestros cuerpos y almas.

  2. #202
    Avatar de Mexispano
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

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    «Y judío es también, en su forma más opresora, el movimiento capitalista israelita, que, por medio de empréstitos usurarios, ha clavado sus garras en la hacienda de las principales naciones».

    Juan Vázquez de Mella, EL PENSAMIENTO ESPAÑOL, 28 de febrero de 1920.






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