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Tema: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

  1. #21
    DOBLE AGUILA está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Lo descabellado, que vengo leyendo en varios blogs y páginas en los últimos años, es que algunas personas de buena intención se han acercado a la figura idealizada de don Javier, y LES HAN HECHO CREER que éste "regente" (que es el verdadero título con que le invistió su augusto tío y no "rey"), era el único adalid antiliberal y verdadero defensor del tradicionalismo maltratado por el régimen .........y luego a Franco le llaman liberal claro.

    Estaría bién colgar, si se encuentra disponible en la red, alguna de las cartas que le mandó don Javier a Franco allá por los años 50 en un intento de atraerselo. Estarían al mismo nivel de credibilidad que los discursos aquellos de tono "tradicionalista" que hizo don Juan a ciertos oficiales del requeté en los años 60; tengo por casa algún pequeño libro (ilegal por entonces) que le regalarían a mi padre o a mi abuelo donde aparecen; a ver si lo encuentro y lo pongo. Son muestras de a lo que podían llegar entonces los "candidatos", con tal de ganar apoyos dentro del régimen.
    ALACRAN, jasarhez y Pious dieron el Víctor.

  2. #22
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno. Voy a ir poniendo algunas cosas que, si bien no constituyen un estudio exhaustivo del asunto del presuento cambio de mentalidad de Don Javier, sí por lo menos permiten conceder fuertemente el beneficio de la duda acerca del verdadero pensamiento de Don Javier.

    En primer lugar, quisiera tocar en este mensaje el momento más o menos exacto en el que se podría establecer el supuesto cambio de mentalidad. ALACRAN dice que fue en 1965, pero echando un repaso a las declaraciones públicas, la verdad es que, como muy temprano, se podría considerar las supuestas declaraciones a la prensa francesa tras su expulsión en diciembre de 1968 como la primera vez que se advierte cierto lenguaje, no diré todavía que heterodoxo, pero sí un tanto ambiguo. En los anexos de este trabajo aparecen textos de Don Javier de antes y después de 1969 (año que se podría considerar "de inflexión" en cuanto al supuesto cambio de mentalidad de Don Javier).

    Precisamente el periodo de 1965 a 1969, es el que se caracteriza por la mayor impulsión en la política "de mano tendida" iniciada en 1955, dentro del contexto del apoyo a la Ley Orgánica del Estado que se estaba preparando por aquel entonces (hasta el punto de que si se puede hablar de lenguaje desviado del tradicionalismo lo sea en función, más bien, de la heterodoxia revolucionaria del régimen franquista, tal y como pone de manifiesto, por ejemplo, en los comentarios o notas a pie de página de Manuel de Santa Cruz -tomo de su obra correspondiente al año 1966- de la declaración del 3 de octubre de 1966, ya por omisión o silenciamiento de los errores político-sociales del régimen ya por cierta condescencia y/o apoyo expreso de los mismos).

    Este momento, como digo, de máximo impulso de la política "colaboracionista" coincide a su vez con la salida de gran parte de los secretarios de Carlos Hugo, que durante aproximadamente una década habían estado intentando infiltrar en la Comunión (sobre todo en los ámbitos universitarios y sindicales) un nuevo lenguaje completamente ajeno al tradicionalista, chocando siempre con los cuadros oficiales ortodoxos de la Comunión, liderados por el Jefe Delegado Jose María Valiente (máximo representante de la táctica política prudencial de "oposición moderada" hacia el régimen, impulsada desde 1955).

    Señala el investigador independiente Juan Balansó:


    A principios de 1966, don Carlos perdió a su confidente e inspirador, Ramón Massó, que rompió con el príncipe, así como otros miembros jóvenes de su secretariado. Javier estaba espantado ante la evolución de la Iglesia, a la que no reconocía, pues él la había servido según los cánones de Pío XII, que sus sucesores barrieron. “Vuelvo de Roma –escribía por entonces el viejo rey– y se ve un mondo que se disolve y un nuevo que surge. A mi edad es difícil adaptarse a un rumbo tan distincto, sobre todo en cosas que tocan a lo religioso (sic)”. Ordenó, en consecuencia, un frenazo a las reformas innovadoras de su heredero, y los secretarios de éste tiraron la toalla.

    (Fuente: “La familia rival”. Juan Balansó. Páginas 216-217)

    Esto lo confirma José Antonio Parrilla, uno de esos secretarios de Carlos Hugo:


    El 10 de mayo de 1967, gran parte de la prensa nacional y extranjera publicaba la siguiente nota, que cerraba prácticamente el ciclo comenzado y contado en esta historia [es decir, la labor intentada por los secretarios de Carlos Hugo de ir “transformando” poco a poco, desde dentro, la línea ideológica y táctica de la Comunión hacia planteamientos de signo revolucionario desde la aparición a la vida pública del Príncipe de Asturias en el acto de Montejurra de 1957]:

    “Las personas que crearon y lanzaron en España la figura del príncipe Carlos Hugo de Borbón Parma discrepan de la orientación ideológica y política marcada al carlismo, puesta de manifiesto en el acto de Montejurra (30 de abril de 1967) por don Javier de Borbón Parma y el jefe nacional, profesor Valiente.

    Esta orientación lleva consigo la no aceptación de la libertad religiosa, una estrecha identificación con los elementos antidemocráticos, incomprensión de los problemas de la Universidad española y censuras al pensamiento posconciliar.

    Por todo ello, el ala joven del carlismo, habiendo cesado hace meses en sus cargos oficiales, ha acordado hacer pública su decisión de abandonar definitivamente el partido, y toda vinculación con la llamada causa monárquica.

    Firmado: Ramón Massó, último jefe de la secretaría técnica del príncipe [Carlos Hugo]; Víctor Perea, último delegado nacional de los estudiantes carlistas; José Antonio Parrilla, exsecretario particular del príncipe [Carlos Hugo] y ex jefe de prensa de la Comunión tradicionalista; Fernando Truyols, último secretario nacional de los estudiantes carlistas; Pedro Olazábal, exmiembro de la secretaría técnica y ex delegado de asuntos económicos; Luis Olazábal, exmiembro de la secretaría técnica y exvicepresidente de los estudiantes carlistas de Madrid.”

    (Fuente: “El último pretendiente” Javier Lavardin [seudónimo de José Antonio Parrilla]. Página 278.)

    Por desgracia, esta salida no supuso la de todos los secretarios o colaboradores de Carlos Hugo, y los que quedaron siguieron ocupando importantes puestos (aunque, en realidad, el problema principal, como se vería más tarde, cuando se quitara definitivamente la careta, era el propio Carlos Hugo). Véase este interesante texto publicado por una autodenominada Junta Depuradora Carlista (que está relacionada con el grupo de las Juntas de Defensa Carlistas, estrechamente unidas con los sivattistas) en la que se describe el estado general de la Comunión en mayo de 1968:


    A TODOS LOS CARLISTAS


    Cuando la mentira, la falsificación y el engaño, es el único motor que impulsa las acciones políticas de ciertos hombres, empeñarse en dialogar con ellos es caer en grave pecado de ingenuidad.

    Somos muchos los carlistas que conocemos la génesis de lo ocurrido este año en Montejurra. Sabemos los nombres de quiénes organizaron la manifestación convocada para el día 4 de mayo en Pamplona, con el único objetivo de poner al Carlismo al margen del 18 de Julio. Y el Jefe Regional de la Comunión Tradicionalista de Navarra –caballeroso carlista que tuvo que desautorizar la convocatoria–, lo sabe también. Porque se trata, y perdonadnos amigos si no damos nombres, de los jovenzuelos progresistas que se presentan bajo la careta de “Grupos de Acción Carlista”, siguiendo las consignas de quienes actúan dentro del Carlismo de Madrid y Zaragoza, a través de la A.E.T. [Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas] y del M.O.T. [Movimiento Obrero Tradicionalista].

    Tampoco ignoramos quienes son los que redactan la propaganda de CARÁCTER MARXISTA –si amigos de Zaragoza, de CARÁCTER MARXISTA–, que se distribuyó durante los actos. “Que son los mismos –como muy bien dice una conocida personalidad del Carlismo en su carta dirigida al Presidente de la Hermandad de Montejurra–, que durante los actos de la tarde en Estella, portaban una pancarta que decía ¡Viva Che Guevara!. Los mismos que gritaban ¡Viva la Libertad!, para contrarrestar los vivas al Rey Javier. Los mismos que enarbolaban pancartas en las que se abogaba por las comisiones obreras, que fueron destruidas por un grupo de requetés madrileños. Los mismos que se alían en la Universidad con los troskistas, y en las comisiones obreras con los comunistas. Los mismos, en resumen, que pretenden hacer renegar al Carlismo de sus ideales, de su historia y de su lealtad al 18 de Julio”.

    Y los mismos, añadimos nosotros, que prepararon un atentado contra el escritor carlista, Don Roberto Bayod Pallarés, en Estella, que fue abortado por la intervención de un grupo de carlistas santanderinos y de unas margaritas de Durango.

    Pues bien, según el “Boletín Informativo” que edita la Junta Provincial de la Comunión Tradicionalista de Madrid –a cuya Junta por cierto no sigue nadie–, los culpables de todo fueron unos veteranos carlistas, entre los que figuraban un Teniente Coronel del Ejército, herido varias veces por la Patria y que mandó unidades del Requeté durante la Cruzada, y un Alférez, mutilado absoluto, a los que se agredió cobardemente en la explanada del Santuario de Irache.

    Por eso y ante actitud tan típicamente marxista, creemos llegado el momento de que “cada uno actúe con arreglo a los dictados de su responsabilidad y de su conciencia”.

    Por nuestra parte, en esta ocasión nos limitaremos a reproducir varios párrafos del artículo publicado por Mendibelza, tras cuyo seudónimo se oculta una destacada figura del Carlismo [Nota mía. Se refiere al gran filósofo Rafael Gambra], Dice así!

    ¿REQUIEM POR EL CARLISMO?

    “Cuando los hechos o las situaciones son suficientemente notorios y graves no hay por qué silenciarlos; antes bien, es deber ponerlos de manifiesto para crear una conciencia de sana reacción. Tanto las familias como los demás grupos humanos tienden –o deben tender– a disimular sus internas desavenencias mientras puedan éstas considerarse como estados transitorios y superables. Pero cuando la escisión, la polémica o la interna odiosidad amenazan con la ruptura o desvirtuación del grupo, es preferible manifestar el mal para que quienes sepan y puedan se esfuercen en el todavía posible remedio.

    El reciente acto de Montejurra ha evidenciado que el Carlismo no es inmune a la formidable penetración comunista que está sufriendo todo Occidente (un Occidente sin fe ni estructuras), e incluso la misma Iglesia Católica.

    La consigna marxista se cumple de modo inexorable: “Corrompamos y desarticulemos a los estúpidos pueblos de Occidente con las ideas de igualdad y libertad, que después los organizaremos nosotros en el socialismo integral”. Si el partido comunista fue capaza en años pasados de situar en uno de los puestos cumbres del Servicio Secreto británico a uno de sus agentes, ¿qué no podrá hacer en sociedades abiertas y diáfanas como son la Iglesia y el Carlismo? A las que se pertenece por sólo estar bautizado o por ponerse una boina roja y acudir a una romería…

    En Montejurra, uno de los oradores denunció la resistencia del Gobierno español a aceptar las consignas del Concilio: La Libertad Religiosa. (Parece que las más lógicas e inmediatas serán la ley del divorcio, la renuncia al derecho de presentación y la laicización de la enseñanza).

    Naturalmente, para hacer esta afirmación, no se precisa ir a Montejurra a profanar la memoria de quienes allá dieron sus vidas por la antigua monarquía católica y española; bastaba acudir a cualquier comisión obrera o a cualquier asamblea de Facultad en la capital de residencia.

    La estrategia marxista se ha dado cuenta de que la única fuerza espiritual de Occidente capaz de resistir a su descomposición y entrega espontánea es el Catolicismo, y que, dentro de él, el último grupo humano de resistencia estaría en el Carlismo español. Se ha dado cuenta también que la naturaleza de uno y otro no permiten su destrucción desde fuera (antes bien crecen en la lucha y la persecución), sino sólo desde dentro. Corrompiendo a sus cabezas directoras con el necio señuelo de un triunfo fácil, que consiste en salir al encuentro de las “nuevas corrientes”, en hacer propio y bendecir lo que parecen traer los “vientos de la Historia”, en ponerse maquiavélicamente en cabeza de la revolución triunfante… Corrompiendo después al pueblo con ideas fáciles y demagógicas que se apoyan en la noción democrática de igualdad y en las pasiones de la envidia y del confort. Tranquilizando la conciencia de todos mediante la utilización hábil de palabras puente que permitan dar a la nueva predicación marxista un aspecto cristiano o carlista, según los casos.

    El deslizamiento o la penetración son tan evidentes, que el propio corresponsal de LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA no puede por menos de registrarlo en un reportaje titulado ¿QUÉ PASA EN MONTEJURRA? En él pregunta si a ese “nuevo carlismo” universitario y obrero no le restará seguidores la vinculación sentimental a la persona del Rey. “Y ellos me dicen que esto suele suceder, pero que lo han resuelto bastante bien. Y que, en definitiva, EL REY SOLO CONTARÁ SI ES ACEPTADO DEMOCRÁTICAMENTE POR EL PUEBLO”.

    ¿Podrá concebirse nada más incongruente, más grotesco, que un régimen democrático, estrictamente igualitario, claramente socialista, hostil a cualquier forma de derecho histórico y de aristocracia, pero presidido por un rey hereditario? ¿Podrás imaginarse una rémora más nociva para un Estado previsor de subsidios y enseñanza, patrón laboral de todos sus ciudadanos, que una administración de tipo foral? ¿Qué cabeza en su sano juicio aceptaría la implantación de un socialismo con rey y fueros? ¿Qué mentalidad democrática o socialista reconocería por su abanderado (su “líder” como públicamente le llaman estos neocarlistas) a alguien que, si no es por el derecho tradicional, por la sangre, y por la lex privata (privilegio) real, sería simplemente un ciudadano francés? Menos mal que el anuncio de lanzar todo esto por la ventana en el momento oportuno está ya insinuado con claridad.

    Junto a estos prohombres (a duras penas bachilleres) del neocarlismo socialista (Zabala, Clemente, Pascual…), otros orquestadores de corta mirada pero de tono carlista, lanzaron sus peroratas con “valerosas” lanzadas al régimen vigente (no les conocimos tales habilidades hace diez o veinte años), pero omitiendo por entero la VERDADERA CUESTIÓN que se ventila en nuestros días: la rápida transformación del catolicismo y del carlismo en marxismo; la apostasía inconsciente, insensible, la entrega del bastión a la barbarie de la técnica y el ateísmo”.

    Y AHORA UN NOTICIA GRATA

    S.M. el Rey, D. Javier de Borbón Parma, ha acudido este año, como en ocasiones anteriores, al IV Congreso del Office International des Oeuvres de Formation Civique selon le Droit natural et Chretien. En él se reúne toda la opinión católica tradicionalista del mundo.


    LA JUNTA DEPURADORA CARLISTA

    Mayo 1968.

    (Fuente: ARCHIVO BORBÓN PARMA)


    La primera vez que aparece un cierto lenguaje "raro" en Don Javier, como señalé antes, es en unas declaraciones hechas en Francia tras su expulsión en Diciembre de 1968. Lo recoge así la revista "Tiempos Críticos" de enero-febrero de 1969 del grupo político sivattista. (Una advertencia: el reproducir el siguiente texto no quiere decir que esté de acuerdo con él, pues se caen en exageraciones y aparece mutilado en lo que se refiere a las supuestas declaraciones de Don Javier, como puede observarse en los anexos del trabajo antes citado, donde aparece el texto completo; lo reproduzco solamente porque en él se hace constar por primera vez una crítica, no a la táctica o estrategia política prudencial de Don Javier, como se había hecho hasta entonces, sino al lenguaje doctrinal empleado por él):

    La nota de expulsión de Don Hugo y Don Javier del territorio español, es la demostración irrecusable de inaptitud política, que buena parte del pueblo carlista imputó a los Príncipes cuando éstos impulsaron la política de colaboración. Don Juan Carlos, sin pueblo que le apoye, en el terreno de las maniobras políticas ha ganado la partida, convenida, a su primo Don Hugo. El último abrazo entre estos dos Príncipes, tuvo lugar pocos días antes de la expulsión, en un céntrico edificio de Madrid. La traición de Don Hugo queda de manifiesto con la nota de expulsión de España. Jamás Franco se hubiera atrevido a medida tan expeditiva, si el Príncipe Don Hugo no fuera objeto posible de contubernio.

    La traición de Don Javier queda de manifiesto en las declaraciones que dicho Príncipe hizo al llegar al aeropuerto de Orly (Francia), desterrado ya de España. El periódico Le Monde del 29-30 de Diciembre pasado publica las siguientes declaraciones de Don Javier… “Yo rechazo, puntualiza el Príncipe Javier, estas demostraciones de autoridad hacia mí y hacia mi hijo, ya que ellas afectan al porvenir del país y su desarrollo sereno y constructivo tanto en el plano político como en el social. Yo estimo que la autoridad debe, en primer lugar, respetar los principios generales de la liberta de expresión y acción, condiciones para una paz política y base de todo movimiento democrático”. El Príncipe Javier prosiguió: “España tiene necesidad de continuar su desarrollo económico y, por encima de todo, social, y este desarrollo no es posible sino dentro de una atmósfera de libertad: libertad de acción dentro del orden y de la dignidad, y es en este sentido que yo pido a todos los carlistas sigan en su trabajo, a pesar de ciertas imprudencias del gobierno. Nosotros continuaremos todos luchando por las grandes libertades concretas que nosotros hemos defendido desde hace ciento treinta años: nuestras libertades sindicales y nuestras libertades de asociación política. Estas tres libertades son las condiciones esenciales de la participación del pueblo en el gobierno del país, y lo mismo, de todo progreso social”.

    ¿Desde cuando estas libertades que Don Javier enumera fueron el banderín de enganche de la sacrosanta Tradición? Don Javier intencionadamente confunde las libertades nacidas del orden natural establecido por Dios, con las libertades de perdición que la Revolución prepara para destruir ese mismo orden natural. La traición de la familia Borbón-Parma queda de manifiesto, con el silencio absoluto ante el pueblo español, que ha seguido a la medida de expulsión determinada hace ya dos meses, dejando, por su parte, abandonado y roto al sufrido pueblo carlista que todavía confiaba en su lealtad.

    Pensando y obrando en carlista, Don Javier y Don Hugo jamás debieron mendigar la nacionalidad española, ni menos aceptar subordinados y mediatizados, la residencia en España. El destierro debió ser su mejor gloria. En la forma que han sido desterrados, podemos asegurar, amigos carlistas, que los Príncipes han terminado con el papel que la Revolución les asignó en esta etapa. El tiempo descubrirá la parte de incógnita que todavía pesa sobre corazones excesivamente confiados. El puente que Don Javier tenía preparado con Madrid y Estoril, está tendido. Don Javier y Don Hugo, dejaron vía libre, en cuanto dependía de ellos, a Don Juan y Don Juan Carlos. LOS PRÍNCIPES BORBÓN-PARMA, REOS DE ALTA TRAICIÓN.”

    (Fuente: Fuente: “D. Mauricio de Sivatte. Una biografía política (1901-1980)”. César Alcalá. Páginas 179-180.)

    Lo cierto es que se podría hablar de lenguaje claramente heterodoxo en las supuestas declaraciones de Don Javier solamente a partir del I Congreso de Arbonne de 1970, donde ya claramente se empienza a usar el neolenguaje de "Revolución", "socialismo", etc... Entre la expulsión y este Congreso, las declaraciones se podrían considerar, más bien, ambiguas. Pero para redondear creo que, basándonos exclusivamente en los supuestos discursos o declaraciones públicas de Don Javier, no se podría hablar de un supuesto cambio de mentalidad, como muy temprano, hasta después de su expulsión.

    Esto nos dejaría una situación de un Don Javier de línea coherente e ininterrumpida de pensamiento tradicionalista ortodoxo de 33 años (1936-1969) y un Don Javier de supuesto pensamiento heterodoxo de 8 años (1969-1977), esto es, que de repente, y de la noche a la mañana, habría "decidido" cambiar total y radicalmente de pensamiento después de su expulsión de diciembre de 1968.
    Última edición por Martin Ant; 14/06/2014 a las 12:47
    muñoz dio el Víctor.

  3. #23
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bien. Pasemos ahora al texto del testamento político de Don Javier de 4 de marzo de 1977. ALACRAN dice que no es espontánea y libre esa declaración, y se basa para afirmarlo en una declaración posterior hecha supuestamente por Don Javier, contraria a la primera declaración pública. MUÑOZ puso después una declaración pública de Doña Magdalena advirtiendo de la falsedad o contrariedad con el verdadero pensamiento de Don Javier de la última supuesta declaración de éste que, según ella, esta vez sí que habría sido arrancada a la fuerza.

    ¿Quién tenía razón en todo esto?

    Me he tomado la libertad de seguir las pistas que apuntaba MUÑOZ en el libro de Juan Balansó, y esto es lo que voy a reproducir a continuación.

    En primer lugar, de modo preliminar, señala Juan Balansó lo siguiente:

    Instalado en París, junto a su familia, el príncipe Carlos iba a desarrollar desde entonces [esto es, desde la expulsión en diciembre de 1968 y el consecuente nombramiento de Juan Carlos como sucesor de Franco en julio de 1969] una labor casi frenética. Su objetivo ya estaba claro: por razones de táctica política había de presentarse en adelante como el rey de la oposición, de las izquierdas, de la democracia socialista. Tenía que prepararse para el acceso al trono, que significaría el gran fracaso de la monarquía franquista personificada por Juan Carlos. Franquismo sin Franco no era imaginable. En consecuencia, el reinado de su sucesor estaba llamado al fiasco. Y entonces, pensaba el heredero carlista, sería su oportunidad.

    Irene, y las infantas María Teresa, Cecilia y María de las Nieves se pusieron, como siempre, abiertamente a su lado. Sixto y Francisca, por el contrario, no veían como podía conjugarse la nueva inclinación del carlismo con los principios contrarrevolucionarios que determinaron, a lo largo de la historia, su existencia.

    La infanta María Teresa –aquella antigua novia de Balduino de Bélgica– se transformó, en un santiamén, en “la princesa roja”, y declaraba con convicción: “Es evidente que hace veinte años yo no pensaba lo mismo que ahora, pero este proceso ha sido fruto de la evolución que ha sufrido todo el pueblo carlista”.

    Parte del pueblo carlista, sí. Todo el pueblo carlista, no, naturalmente. El rey Javier, por ejemplo, estaba volado, y la reina Magdalena, descompuesta. La Familia Real de dividió. A la izquierda, Carlos y las tres infantas menores; a la derecha, Sixto y la primogénita. Los padres en medio, casi seniles, sin saber bien a qué carta quedarse. Tal vez la última reunión en buena armonía fuera el nacimiento del heredero del Príncipe de Asturias, el infante Carlos Javier, que vino al mundo en Nimega, Países Bajos, el 27 de enero de 1970.

    (Fuente: “La familia rival”. Juan Balansó. Páginas 221 y 222)

    Y ahora, ya, pasamos a la cuestión prinicipal de este asunto:

    En 1975, cuando ya Franco parecía que se encontraba en estado crítico, los carlistas seguidores de don Carlos entraron a formar parte de la plataforma de Convergencia Democrática, presta a enfrentarse con la sucesión del dictador para asegurar las libertades democráticas. Javier abdicó sus derechos dinásticos españoles el 8 de abril en su hijo mayor, quien desde tres años antes asumía ya el control, a todos los niveles, de sus organizaciones carlistas, a causa de un accidente de automóvil que había hecho temer por la vida del rey octogenario.

    Conocida la abdicación, un grupo de destacados elementos del tradicionalismo se dirigieron a Carlos para que efectuase pública manifestación de su adhesión a los principios constitutivos del carlismo, como requisito necesario y previo para poder ser reconocido como continuador de los reyes tradicionalistas. Ante el silencio de Carlos, el grupo acordó “dejar pública constatación de que el príncipe don Carlos Hugo de Borbón Parma, por su propia voluntad, se ha separado del carlismo al rechazar sus inmutables principios, y que, en consecuencia, careciendo de todo derecho para exigirles el deber de lealtad, se consideran en plena libertad política para salvar la continuidad histórica de la Comunión Tradicionalista”. El infante don Sixto se convirtió, como consecuencia, en abanderado del carlismo para un sector de ese grupo, mientras que los partidarios de su hermano lo declaraban expulsado de sus filas “al no haber reconocido como Rey a su Majestad don Carlos” y lo culpaban de mantener escabrosas conexiones con la extrema derecha internacional.

    La emoción iba in crescendo. En marzo de 1977 la prensa europea anunció que Sixto había secuestrado a su padre, según acusaba Carlos. No era cierto, y estoy en situación de afirmarlo. Lejos de mí querer tomar partido por una de las líneas beligerantes, pero lo que se puede demostrar, deber ser consignado.

    Cuando estudié esta página triste de la dinastía, se me ocurrió que lo más útil sería consultar la correspondencia de la princesa Enriqueta. Esta señora, hay que recordarlo, era la última hija del duque Roberto I; es decir, la hermana menor de don Javier. Un aya la dejó caer contra el suelo un salón de Piánore cuando sólo tenía unos meses, a consecuencia de lo cual, roto el oído, creció sordomunda. Javier quería mucho a esta hermana y, puesto que no podía comunicarse con ella por teléfono, solía escribirle a menudo dándole cuenta de sus peripecias.

    ¿Habría consignado Javier por escrito algo sobre su presunto secuestro? Ciertamente, con fecha 28 de febrero de 1977, el viejo rey explicaba a Enriqueta: “Te escribo desde casa de Francisca, en Normandía, donde me he retirado con Magdalena para pasar dos o tres días de calma, lejos de convulsiones políticas, pues a mi edad ya no sirvo para discutir y busco en el aislamiento calma y tiempo para reflexionar. A fin de distraerme leo un libro sobre los faraones de Egipto… Mañana iré a Solesmes (abadía donde vivían sus hermanas monjas) para ver a las hermanas y luego te contaré cómo se encuentran”. Y ocho días después, mientras su hijo Carlos pregonaba su secuestro, Javier comunicaba a la sordomuda: “8 de marzo. Te escribo estas líneas desde el Hospital Americano de París, donde Magdalena está ingresada desde hace unos días. Se encuentra mejor, pero debe permanecer aquí tres o cuatro días más. Me siento feliz porque hemos podido evitar una operación muy seria para ella. Espero, pues, volver al apartamento de la calle Silvestre de Sacy en cinco o seis días. Estuve en Solesmes a ver a las hermanas. Francisca está bien, aunque relativamente sorda. María Antonia, en cambio, muy cambiada. Esta visita mía a Solesmes ha creado gran confusión en los periódicos, que han contado que yo había desaparecido, secuestrado y encerrado quién sabe dónde. Cuando la verdad es que me había quedado en Solesmes con las hermanas. Estos periodistas, esparciendo noticias falsas, estropean la vida. Si los diarios italianos se hicieran eco de todo eso, ten en cuenta que es un montaje contra mí, a causa de los asuntos españoles. Es una historia inventada.” (10)

    (10) Archivo Borbónico de Parma, 248. Inédita.

    (Fuente: “La familia rival”. Juan Balansó. Páginas 224-226).


    Yo creo, entonces, que si, en virtud de estas confesiones, realmente Don Javier no estaba secuestrado, entonces su Declaración o Testamento Político de 4 de marzo lo hizo con total libertad y espontaneidad y, por tanto, se correspondía con su verdadero pensamiento político, pensamiento político coherentemente sostenido desde 1936, en que juró defenderlo ante el cadáver de Don Alfonso Carlos.

    Por tanto, la declaración pública de doña Magdalena arroja luz sobre la contradictoria declaración posterior, que vendría a ser, por tanto, forzada y, por consiguiente, contraria al verdadero pensamiento político de Don Javier.
    Última edición por Martin Ant; 14/06/2014 a las 13:04
    muñoz dio el Víctor.

  4. #24
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Pasemos ahora al periodo de 1975-1977. ¿Qué pensar de la supuesta abdicación de Don Javier de 1975 y el supuesto apoyo de Don Javier a los revolucionarios en el enfrentamiento de Montejurra de 1976 entre Carlos Hugo y Don Sixto Enrique de Borbón?

    Respecto al valor que pueda darse a la "abdicación" de Don Javier, ésta fue totalmente rechazada por Don Sixto Enrique de Borbón, que se negó a reconocer, en consecuencia, a su hermano Carlos Hugo, principal artífice de la debacle a la que su heterodoxia revolucionaria estaba llevando a la Comunión. El texto de la Carta-Declaración es el siguiente:

    Madrid, 22 de Septiembre de 1975
    A S.A.R.

    D. Carlos Hugo de Borbón Parma

    París.

    Querido Carlos:

    Recibido un requerimiento notarial firmado por dos miembros de tu Junta de Gobierno, en el que se me conmina para que, en el plazo de diez días, conteste reconociéndote como Rey y Abanderado del partido carlista.

    Siempre respeté tus derechos como sucesor en la Dinastía y jamás interferí públicamente en tus decisiones.

    A pesar de tus graves posiciones ideológicas y desviaciones inadmisibles, en contradicción manifiesta con las esencias de la Comunión Tradicionalista-Carlista, y olvidándote de la razón del sacrificio heroico de nuestros requetés, no he querido pronunciarme por respeto a nuestro Padre y porque he venido esperando una rectificación de tu parte, que he deseado de todo corazón.

    Hoy, después de la forzada abdicación de nuestro Padre, me obligas, con el documento que acabo de recibir, a definirme públicamente y tomar la firme decisión de mantener en alto la bandera de la Comunión Tradicionalista-Carlista, que tú has abandonado y ello por lealtad al pueblo carlista, al cual nos debemos, y por fidelidad a los grandes principios de nuestra Causa que son inalterables, sin pretender con ello arrogarme derechos que no me corresponden.

    Quiero al mismo tiempo recordar la pureza de ideales de nuestro Padre que, con ejemplar sacrificio, tan grandes servicios ha prestado al Carlismo y a España.

    Manteniéndome fiel a los principios básicos de la Comunión Tradicionalista-Carlista, confío servir mejor así a nuestro pueblo, y con él a España.

    Tu hermano,
    Sixto Enrique de Borbón.


    Don Sixto Enrique de Borbón, con el apoyo de su padre Don Javier (sin lo cual Don Sixto Enrique no se hubiera atrevido a dar el paso) confirma con el siguiente Manifiesto su valiente toma de posición como rescatador de la Bandera de la Legitimidad y de la Tradición política española que su traidor hermano había ultrajado:



    MANIFIESTO DE DON SIXTO ENRIQUE DE BORBÓN

    A LOS CARLISTAS:

    Hace cien años, el 28 de febrero de 1876, Carlos VII, vencido por la adversidad, pasaba la frontera española por Valcarlos, camino del destierro, con sus últimas tropas leales, pronunciando entonces el famoso "Volveré" que resume la tensión y la esperanza del Carlismo.

    Palabra que él mismo recordó en su testamento político, glosándola en su pleno significado: "Si España es sanable, a ella volveré aunque haya muerto. Volveré con mis principios, únicos que pueden devolverle su grandeza; volveré con mi Bandera que no rendí jamás y que he tenido el honor y la dicha de conservaros sin una sola mancha, negándome a toda componenda, para que podáis tremolarla muy alto".

    Sesenta años después de aquel grito profético, a la voz de mi Padre, en nombre de Don Alfonso Carlos y en el suyo propio, volvió aquella Bandera con más de cien mil requetés que brindaron a España su máximo esfuerzo y aún su propia vida, bajo el ideal de lealtad y de fe, sin odios ni rencores personales.

    Con esta conmemoración del "Volveré", creo oportuno dirigirme por primera vez a los carlistas, porque es esta Bandera la que me he visto obligado a recoger ante el abandono de quien teniendo el deber de defenderla no lo ha hecho, al haberse apartado de los principios esenciales del Carlismo, fuera de los cuales nadie puede pretender ser carlista.

    Principios que puntualizó Don Alfonso Carlos como fundamentos intangibles de la legitimidad española, de obligada observancia. Como constan en Real Decreto de 23 de enero de 1936.

    Principios que yo profeso y que me honro en proclamar, convocándoos para que los defendáis, haciendo honor a la continuidad histórica y política de la Comunión Tradicionalista Carlista a la que tenemos, en conciencia, el grave deber de exaltar y revitalizar para el bien de España.

    1º. Confesionalidad Católica

    Proclamamos que la Religión Católica, Apostólica y Romana es base esencial de nuestros principios y lazo inconmovible entre todos los miembros de la Comunión; así como justificación suprema de los sacrificios pasados, presentes y futuros de todos nuestros leales.

    2º. Constitución Orgánica de la Sociedad

    Mantenemos la necesidad de una constitución orgánica de la sociedad, mediante la restauración y la autonomía de sus asociaciones y corporaciones naturales, como base de un justo orden social y de la libertad efectiva del hombre frente al Estado; la representación política de las Cortes a través de las sociedades infrasoberanas, no excluyendo la participación eventual en aquellas, y a su lado, de determinados grupos orgánicos de opinión pública, ya que como dijo mi augusto Padre en su declaración de 3 de octubre de 1966: "La opinión pública no es título de poder, pero sí es título de representación, por ser indispensable a toda sociedad sana para la alta orientación de la política nacional".

    3º. Defensa de los Fueros

    Recordamos, ahora que tanto se habla de regionalismo y se le admite como indiscutible, que la primacía en su enunciación y defensa corresponde al Carlismo bajo la fórmula de los fueros que no son privilegios sino reconocimiento de una realidad viva, la más justa y respetuosa con las libertades concretas, y una de las premisas fundamentales de la sociedad orgánica.

    Por esto el Carlismo respeta a todas las regiones que han sabido conservar su Tradición política y componen la base de la actual nacionalidad española; pueblos cuyos derechos deseamos ver confirmados mediante organismos con autonomía regional, auténticos y genuinos, en beneficio de la superior unidad española, que a todos pertenece y que integra un ideal de Patria, incompatible con cualquier veleidad separatista.

    Proclamación del Principio Monárquico

    Sustentamos el principio monárquico tal como siempre lo defendió la Comunión Tradicionalista, sin el cual el Carlismo carecería de sentido. Manifestación que conlleva antes de todo el compromiso de mantener y de garantizar el ideario de Dios, Patria y Fueros, quintaesencia de la Tradición política española y expresión del pacto entre el Rey y el Pueblo. Pacto que vincula tan estrechamente a las dos partes, que ninguna puede separarse del mismo sin caer en perjurio.

    Vigencia Política de la Tradición Española

    Enraizamos nuestros conceptos políticos en la Tradición española, Tradición incompatible con el sufragio universal concebido como única fuente de legitimidad política; Tradición, como siempre, combatida por las fuerzas cómplices del liberalismo y del socialismo.

    Estos son los principios irrenunciables para el Carlismo y que han de condicionar siempre la actitud que pueda tomar la Comunión ante cualquier problema.

    Además, quiero dejar constancia de manera expresa, que es consustancial al Carlismo su preocupación por la justicia social. Por ello la Comunión Tradicionalista Carlista, que incorporó en forma oficial y solemne a su programa la doctrina social católica en las Actas de Loredán, seguirá abogando, con la máxima energía, por una amplia transformación social dentro de los principios cristianos en que se inspira, sin temor a la quiebra de determinados intereses cuya legitimidad moral resulta discutible.

    Finalmente, no quiero cerrar este manifiesto sin invitaros a reconstruir la unidad del Carlismo que todos añoramos y que trataron de destruir los que se aprovecharon de una lealtad personal para proyectarla en contra de la fidelidad a los principios.

    Yo, por estricto deber de sangre, sin arrogarme derechos que no me corresponden, ni renunciar a los que pudieran recaer en mí, quiero mantener en alto la Bandera de la Tradición y unir a los carlistas para que, en un momento grave para España y para el mundo, puedan ofrecer una doctrina y una organización ajenas a cualquier materialismo, sea marxista o capitalista, basadas sobre todo en su raíz histórica.

    En épocas como la pasada, cuando se ha perdido el norte, es natural que algunos, desorientados, hayan buscado el acomodo que su conciencia o las circunstancias parecían indicarle como aceptable.

    A nadie culpo, a nadie reprocho y a todos llamo para que juntos procuremos una vez más, servir lealmente los altos intereses de nuestra Patria.

    ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA ESPAÑA!
    En Irache, el 2 de mayo de 1976.


    El apoyo de Don Javier a su digno hijo en los sucesos de Montejurra que tuvieron lugar poco despúes del anterior Manifiesto queda ratificado en la siguiente confesión que recoge también el investigador independiente Juan Balansó:


    Zarandeado por unos y otros, Javier falleció exactamente dos meses después, el 7 de mayo. Magdalena jamás perdonó a Carlos, ni a María Teresa, Cecilia y Nieves. Cuando falleció, a su vez, de cáncer, en septiembre de 1984, ordenó que aquellos hijos que había repudiado no pudiesen entrar en el castillo de Lignières, donde su cadáver debía ser expuesto. En virtud de estos deseos, Carlos Hugo y las tres infantas tuvieron que esperar en la verja de acceso al patio del castillo la salida hacia la iglesia del pueblo del cadáver de su madre, escoltado por Sixto y Francisca. Hoy, los herederos de las propiedades maternas son estos dos últimos.

    La correspondencia de Javier con su hermana sordomuda también da que pensar sobre otro asunto importante: el sangriento enfrentamiento de Montejurra en 1976. Porque un año antes del comentado “secuestro” ocurrió en la cumbre del monte carlista, durante la manifestación anual, un ajuste de cuentas entre los partidarios de Carlos y Sixto, que ocasionó dos muertos a tiros. Acaecían tan graves sucesos el 9 de mayo, y, al día siguiente, Javier informaba a Enriqueta: “Por el momento, tenemos grandes dificultades en España, donde ayer sin ir más lejos los carlistas se han enfrentado con los revolucionarios y hemos tenido muertos y heridos”. (13)

    (13) Archivo Borbónico de Parma, 248. Inédita.

    (Fuente: “La familia rival”. Juan Balansó. Páginas 228-229).
    Última edición por Martin Ant; 14/06/2014 a las 17:27
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  5. #25
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Pasemos ahora a los testimonios de terceros. ALACRAN ha subido al estrado al testigo Santiago Carrillo y da por buena su declaración. Yo simplemente me limito a señalar el valor real que pueda tener el testimonio de un hombre como él que afirmaba no saber qué era Paracuellos del Jarama cuando le preguntaban sobre esta localidad madrileña.


    Voy a traer testimonios de personas que, a diferencia de Santiago Carrillo, sí son respetables y pueden ser tomados sus respectivas declaraciones más en serio.

    1º. Empezemos con la persona que mejor podía conocer el verdadero pensamiento político de Don Javier en tanto en cuanto era la persona que podía tener mayor intimidad y confidencia con él, esto es, su esposa Doña Magdalena. Esto es lo que decía su augusta esposa en unas declaraciones en el periódico El Alcázar de 4 de mayo de 1978:

    EL ALCÁZAR 4 de mayo 1978

    Por decisión de doña Magdalena de Borbón, duquesa de Parma

    LOS TRADICIONALISTAS NO ASISTIRÁN ESTE AÑO A MONTEJURRA

    “Ultraje a la memoria de don Javier”

    Juan Sáenz-Díez, jefe delegado de la Comunión Tradicionalista, ha ordenado a todos los carlistas en nombre de doña Magdalena, duquesa de Parma, que se abstengan de asistir a los actos de Montejurra el próximo domingo. La carta de doña Magdalena de Borbón estipula que el día 7 se cumple el aniversario de la muerte de Javier y que por este motivo se debería celebrar un homenaje “a los requetés que, obedeciendo su orden, lucharon y murieron en nuestra Cruzada”. Añade el escrito de la duquesa de Parma: “Sé, con dolor, que algunos miembros de mi familia profanarán su memoria acudiendo a un Montejurra que se celebrará en una concepción política radicalmente opuesta a aquellos ideales por los que Javier luchó toda su vida.”

    Por todo ello, doña Magdalena de Borbón expresa su deseo de que “en estas circunstancias no asistan los verdaderos carlistas a este Montejurra, que constituye un ultraje a su memoria”.

    2º. El testimonio de Don José Arturo Márquez de Prado, último Jefe Nacional de Requetés (por ahora) de la Comunión. Se puede escuchar en el portal de AUDIO CRISTIANDAD, bajo el texto Montejurra 76.



    3º. Testimonio de Blas Piñar en su libro “La pura verdad”. Tercera parte de “Escrito para la Historia”. Blas Piñar. Páginas 95-99.

    Aunque nada tiene que ver directamente con nuestras relaciones con los tradicionalistas, no omito, porque me parece de un valor histórico inestimable, la carta que, fechada en París, el 30 de abril de 1937, dirigió a Franco el Príncipe Javier, en la que expresaba su punto de vista sobre el Decreto de Unificación de las fuerzas políticas que se sumaron al Alzamiento nacional. La carta, que tengo en mi poder, y que aclara muchas cosas dice así:

    “Excmo. Sr. Don Francisco Franco. Jefe del Estado Español. Mi general: Vengo –bien los sabe– unido al Movimiento Nacional desde el primer día, con la más íntima y fervorosa participación.

    Al hacerlo así, pongo por obra no sólo mis propios designios sino el mandato de honor y confianza de que fui investido por mi inolvidable Jefe y tío el Príncipe Alfonso Carlos (g.s.g.h.).

    Me siento orgulloso de la lealtad y el brío con que las fuerzas tradicionalistas y sus magníficos requetés respondieron al mismo impulso, con una grandeza esculpida ya en la Historia por la sangre generosa de millares de héroes.

    Quiero, por mi parte, acreditar en todos mis actos el mismo elevado espíritu de desinterés y de sacrificio. En tal estado de ánimo y de voluntad, como un soldado más de la Santa Causa de España, le envío estas líneas a fin de rogarle que señale día para una conferencia.

    A ella habré de asistir con el único empeño de cooperar eficazmente al anhelo de unidad política a que responden sus últimas disposiciones.

    Quiero hacerlo así también como el mejor medio de inspirar el documento que haya de dirigir más tarde a las fuerzas tradicionalistas.

    Confío esta carta a mi dilecto amigo el señor don Rafael Olazábal, a quien puede entregar su respuesta.

    Le reitero, mi General, el testimonio de mi sincera simpatía y amistad.

    Príncipe Javier de Borbón.

    París, 30 de abril de 1937”.


    Es evidente que tanto esta Carta, como la declaración del Príncipe Francisco Javier de Borbón Parma, de 10 de marzo de 1955, hecha en Trieste, están en la misma línea ideológica y táctica.

    En las declaraciones de Trieste, el príncipe aseguraba que “la monarquía tradicional es el Régimen estable que asegura el orden jerárquico de la sociedad, sin partidos únicos o varios interpuestos y disociadores”, agregando que “no es tan siquiera nuestra propia legitimidad la que en última instancia garantizará la continuidad de la Cruzada. Lo que la hará inconmovible es la fidelidad absoluta al 18 de Julio”. (Por su parte, Carlos VII, consideró como “una alta empresa que acometería, en cuanto le fuera posible, la de acabar con los partidos políticos”).

    Ello no obstante, en la Declaración de Principios de 1 de mayo de 1971, formulada en Pamplona, se relacionan varios puntos, muy distintos y hasta contradictorios y, entre ellos, el cuarto y el sexto, que manifiestan que el carlismo aspira a “reconocer todos los grupos políticos y garantizar su libre ejercicio, sin condicionarlos a un asociacionismo restringido, y a reconocer el pleno derecho de los pueblos que configuran a España para que puedan voluntariamente constituir la Federación de Repúblicas sociales que aseguren su unidad”.

    Al requerimiento del príncipe a la Hermandad Nacional de Requetés para que aceptara la Declaración de Principios, aquélla contestó negativamente, por entender, con acierto, que tales Principios cortaban de raíz con la ideología y la conducta de la Comunión. Ante esta negativa, señalaba Miguel Angel Forruriz, inspector nacional de Requetés, comenzaron “las dimisiones y expulsiones de los hombres más representativos de la Comunión tradicionalista (y) sus puestos fueron ocupados por hombres ajenos al carlismo (algunos de ellos fichados como pertenecientes al Partido Comunista) y algún que otro resentido que, dejándose llevar por las adulaciones de don Hugo, no le importó traicionar sus sagrados ideales”.

    La impresión deducida de esta información no podía ser otra que la de entender que el Príncipe Francisco Javier estaba identificado con la ideología y la táctica de su hijo Carlos Hugo y de sus hermanas.

    Las cosas, sin embargo, no eran así. Rafael Gambra Ciudad, brillante y documentado –tal y como él acostumbra a serlo– nos ha desvelado lo sucedido. Confieso que a mí, personalmente, me parecía imposible este cambio tan radical en quien, como hemos visto, había expresado su adhesión entusiasta a Franco y a la Tradición.

    A raíz de la publicación de un libro titulado: Don Javier, una vida al servicio de la Libertad, del que fueron coautores Josep-Carles Clemente y Joaquín Cubero, Rafael Gambra escribí en nuestra revista (nº 1168, del 28 de junio al 12 de julio de 1997) un artículo: Historia para no dormir… Honrarás a tu padre y a tu madre. De su artículo copio lo siguiente: “En el prólogo, don Carlos Hugo se reafirma en su inverosímil empeño de transformar lo que él llama “Partido Carlista”, en un partido de “izquierda”, socialista y autogestionario, del que él mismo se titula líder. Este libro –continúa Gambra– atribuye esa maniobra de deserción a don Javier, su piadosísimo padre. Fue doloroso el papel que aceptó doña Magdalena, al hacer público un testimonio y una protesta (que publicó El Alcázar, de 8 de marzo de 1977), por el hecho imperdonable (de) que Carlos Hugo, obligara a su esposo a hacer una declaración contraria al auténtico tradicionalismo, empleando el chantaje y presiones innobles, llegando a decir a don Javier que la vida de su hijo Sixto se vería amenazada si no firmaba esa declaración”.

    Por su parte, Miguel Ayuso, abundando en el tema, publicó en ABC, el 11 de noviembre de 1997, una artículo titulado Una biografía falsaria, en el que, luego de aludir a la orden del príncipe a los Requetés a sumarse “con todas sus fuerzas” al Alzamiento Nacional, y a “sus manifestaciones durante tres decenios de purísima doctrina tradicionalista”, se opone a cuanto se afirma en el libro citado de Clemente y Cubero, al que califica de “manipulación grosera (y) falsificación de la historia”, además de suponer, por parte de Carlos Hugo y de doña María Teresa, una “irrisión de su propio padre” y un desconocimiento de “la oposición de su madre (esposa de don Javier) doña Magdalena”.

    Nuestra inquietud por el daño evidente que una disidencia tan radical estaba produciendo en las filas del tradicionalismo, con el que estábamos estrechamente vinculados, dio origen, sin duda, a un trabajo, que agradecí muy de veras, de J.A. Ferrer Bonet, publicado en ¿Qué Pasa?, del 23 de julio de 1972, en el que se decía:

    “Una vez más la amarga realidad da toda la razón a don Blas Piñar, que afirmó en una conferencia política, pronunciada hace poco en Guadalajara, no admitir “la tesis fatídica y fatalista de que una dinastía carlista produzca siempre príncipes leales a la Tradición.”

    Son manifiestamente contrarias al Credo Tradicionalista las siguientes declaraciones de don Carlos Hugo hechas a la revista Familia Nueva de diciembre de 1970:

    `Un estado confesional es, hoy día, de alguna manera anticatólico.

    En el carlismo hay un abanico de opiniones totalmente abierto, desde los diversos integrismos a los progresismos más avanzados.`

    Dialéctica marxista más clara ya no puede desmentirse.

    Una traición y perjurio más grave hacia el pensamiento y la conducta obligada en los que de verdad quieren ser carlistas lo constituye el sumarse los seguidores de don Javier y don Carlos Hugo a la campaña internacional antiespañola con motivo del proceso de Burgos.

    Jamás, antes del mandato javierista y carloshuguista, fue posible en el carlismo semejante actitud de probada convergencia con los enemigos de España. Ni habían sido concebibles los elogios de Mundo Obrero, órgano del Comité Central del Partido Comunista de España, como los viene prodigando hacia dicho “sedicente” carlismo de unos años a esta parte.

    Montejurra, de abril de 1971, publicó una encuesta a la juventud carlista muy del estilo de la escuela de Carlos Hugo, en la que afirma que un 78 por ciento –casi cuatro de cada cinco encuestados– piensan que se puede ser carlista y ateo a la vez, y nada menos que un 92 por ciento de los encuestados afirman no es ninguna herejía hablar de un carlismo socialista… y el más alto porcentaje piensa que el carlismo, principalmente, es un partido político.

    Como muy bien ha dicho Aurelio de Gregorio, la Comunión Tradicionalista se desmorona, las infiltraciones marxistas se instalan en los mandos y se objetivan en los escritos de la organización. Los carlistas más distinguidos por su saber y su dedicación se marchan en distintas direcciones, y son reemplazados rápidamente, y sin pena, por advenedizos de ideología marxista y progresista, que desplazan a los ortodoxos que aún no se habían ido.

    Lo hasta aquí expuesto prueba fehacientemente que a Blas Piñar le asiste toda la razón. Don Javier y su hijo Carlos Hugo son príncipes que después de proclamar que su monarquía era la del 18 de Julio, se han pasado con armas y bagajes al socialismo, y don Javier ha hecho expresa afirmación de MONARQUÍA SOCIALISTA”.

    Hemos dejado constancia de la lealtad del príncipe Javier. Sólo nos queda decir que Carlos Hugo dimitió como presidente del Partido Carlista, en la reunión extraordinaria de su Comité Federal celebrado en Madrid en noviembre de 1979.

    Dos matizaciones sobre este texto:

    1ª. Blas Piñar dice: "Confieso que a mí, personalmente, me parecía imposible este cambio tan radical en quien, como hemos visto, había expresado su adhesión entusiasta a Franco y a la Tradición". Don Javier, ciertamente era fiel a la Tradición y, por ende, a los Principios del 18 Julio, que no es lo mismo que ser fiel a Franco. La carta que pone al principio del texto Blas Piñar de Don Javie a Franco no supone ninguna subordinación o acatamiento del Decreto de Unificación sino que sólo es una petición de entrevista para la discusión sobre el futuro político español (y es lógico que fuera así, pues Don Javier, naturalmente, en virtud de la cooperación militar como hermanos de guerra que eran, solicitaba la cooperación política para el establecimiento de los lineamientos de la futura reconstrucción social española). Huelga decir que, en cuanto vio por dónde iban los tiros del Decreto de Unificación de Franco, lo rechazó completamente y así lo hizo llegar a la Comunión dicho rechazo de una medida política tan contraria al espíritu político del 18 de Julio.


    2ª. Blas Piñar es citado diciendo: "la tesis fatídica y fatalista de que una dinastía carlista produzca siempre príncipes leales a la Tradición". La Comunión, que yo sepa, nunca ha dicho eso (y estaba el ejemplo del Rey Juan III -hijo de Carlos V y padre de Carlos VII- para confirmar lo contrario). Lo que sí decía la Comunión es que se debe presumir que, en principio, la dinastía legítima-tradicionalista produzca siempre príncipes leales a la Tradición y, por lo tanto, sea lo normal que así ocurra. Lo que no se puede hacer es tomar las excepciones que pueda haber (Juan III, Carlos Hugo) como regla porque entonces se caería en un puro escepticismo esterilizador donde nada sería seguro en virtud de la elevación a norma de esas excepciones. Mutatis mutandis, dígase lo mismo de la dinastía liberal-revolucionaria, donde se ha de presumir (como siempre ha recordado la Comunión) que de ella sólo salgan "príncipes" revolucionarios (y la triste experiencia, con Juan Carlos, ha dado la razón a los tradicionalistas una vez más).


    El texto completo del artículo de Don Miguel Ayuso a que hace referencia Blas Piñar es el siguiente:



    UNA BIOGRAFÍA FALSA


    La experiencia del hombre muestra con usura lo que fue objeto de la enseñanza de Pablo de Tarso: que hay diversidad de carismas que se nos dan en el servicio de múltiples vocaciones para la común utilidad. Así, el secreto de la vida no es otro que el del discernimiento de cuál sea nuestro don y la perseverancia en su desenvolvimiento. La fecundidad se halla precisamente ahí, al igual que en el desprecio o el abandono de lo propio radica la inautenticidad y a la postre la esterilidad.

    El carlismo tiene una larga historia. Que puede gustar o repugnar, pero que es la que es. Como su nítido signo intelectual. Y que, desde luego, excede de la coyuntura histórica de un hoy hasta pintoresco pleito dinástico, que en puridad no pasó de simple banderín de enganche, para venir a encarnar la vieja España en la continuidad —durante los dos últimos siglos— de la defensa del régimen histórico español y de la religión como fundamento de la comunidad política. Este carácter es precisamente el que ha teñido la trayectoria del carlismo, singularizándolo de otros legitimismos. Y aun así, ¡qué entrega a sus reyes la de los leales de la Causa, envidia tantas veces de la rama reinante! Porque en el primado de la que, con toda intención anticarlista, llamó el gran historiador Jesús Pabón «la otra legitimidad», se alimentaba al tiempo el fervor por la originaria legitimidad dinástica.

    Como quiera que sea, en la vitalidad tanto tiempo sostenida del carlismo, así como en sus numerosas reviviscencias posteriores, late la «diferencia» de la historia contemporánea española —de la guerra de la Convención a la de 1936—, fundada en la resistencia del comunitarismo religioso y tradicional frente a la laicización y desvinculación introducidas por la revolución liberal. Al fin y al cabo, el profesor Palacio Atard pudo escribir, con referencia a la España del barroco, que «nosotros, los que no somos europeos», «tuvimos un programa político con validez para el mundo», y «no solamente lo tuvimos: lo sostuvimos». El carlismo es cabalmente la continuidad de esa vieja España.

    Ahora, cierto sector de la familia de Don Javier de Borbón Parma —que, a la muerte de don Alfonso Carlos en 1936, abanderó la Comunión Tradicionalista—, a comenzar por el heredero Carlos Hugo, no contento con la acción profundamente desnaturalizadora desarrollada ya en el seno de ésta desde finales de los sesenta, pretende «recrear» la figura de Don Javier con una biografía delirante. ¿Por qué no había de llegar hasta Don Javier la piqueta que no respetó elemento alguno del entero edificio del carlismo? La desaparición durante los últimos años de sus muñidores de la escena española, la retirada —al menos— a un discreto segundo plano, permitieron concebir durante algún tiempo la esperanza de que, ya que no el arrepentimiento, el desánimo hubiera cundido entre ellos. Pero ya se sabe que en el infierno hay que dejar toda esperanza, y —así— ha terminado por resultar vana.

    La figura de un gran príncipe cristiano, confidente y agente de Pío XII, que dio a la Comunión Tradicionalista la orden de sumarse «con todas sus fuerzas» al Alzamiento Nacional, que dirigió las actividades de aquélla durante tres decenios con centenares de manifestaciones de purísima doctrina tradicionalista —pueden exhumarse acudiendo a la oceánica recopilación de Manuel de Santa Cruz en 28 tomos, alguno de varios volúmenes—, se convierte en el libro que comento en «el hombre que osó enfrentarse a Franco y situó al carlismo a la izquierda». Raya lo grotesco lo primero, pues —aparte del tono— la oposición carlista al régimen fue oscilante, precisamente porque el propio Don Javier durante algún tiempo defendió la «colaboración», y siempre sui generis. Y lo segundo es una manipulación grosera, porque tal es lo que intentó hacer Carlos Hugo, sin más éxito que la «gloria» de haber contribuido a desarbolar un carlismo demasiado azotado ya por el franquismo, el cambio social y, sobre todo, el concilio Vaticano II. Pero, Don Javier... Los gestos que trabajosamente se ayuntan en tal sentido, no sólo son de un raquitismo extremo, que delata el fraude, sino que en todo caso desacreditan a quien los utiliza por la falta de piedad que implica. Francamente, son actos arrancados por su hijo don Hugo en la avanzada ancianidad de Don Javier. Silenciándose, en cambio, entre otras, la frontal oposición de su esposa, Doña Magdalena de Borbón Busset.

    Sobre el resto no merece la pena volver ahora. Es el carlismo socialista de una «historia-ficción» que, a fuerza de repetirla durante veinticinco años, temo que ha comenzado, ya que no a calar, a dejar algunos tics. La impresión que deja esta sedicente biografía de Don Javier no puede ser sino de nostalgia y hasta de tristeza. Por la falsificación de la historia, por la ingratitud de unos príncipes que —tras haberse burlado de la lealtad heroica de un pueblo que lo ha dado todo por sus antepasados— no dudan ahora en hacer irrisión de su propio padre. Por la misma postración del carlismo. José María Pemán dijo de los carlistas que habían mantenido intacta, por encima de toda claudicación, «la castidad de su pensamiento y de su esperanza». Parece que algunos, por contra, han hecho su propia revolución sexual.

    Entre el carlismo y la corriente histórica de la contemporaneidad media un abismo. La situación de la Iglesia católica, la presión internacional y las propias tendencias sociales más acusadas —en buena medida inducidas comunicacionalmente— marchan en dirección opuesta a la del pensamiento tradicional. Lo que no quita para que sea posible descubrir en la situación presente otra serie de rasgos que abren brechas en el sistema de la modernidad: la crisis moral profundísima que ha puesto en primer plano la necesidad de la «comunidad»; la crisis del Estado-nación, que abre vías a nuevas formas de integración territorial, que recuerdan al foralismo; la crisis del parlamentarismo y de la partitocracia, que lleva a fórmulas presidencialistas y a la quiebra de la monopolización de la representación por los partidos. He ahí un camino abierto para, auscultando los signos de los tiempos, y sin renunciar a un acervo amasado en dos siglos de heroísmo y sacrificios sin cuento, lanzar el grito de «aún vive el carlismo». El rescoldo queda en muchas viejas y nobles familias adormecidas hoy en la plácida vida de sociedad. Y el pueblo... La senda esforzada conduciría a avivarlo. Otros, a lo que se ve, se afanan en extinguirlo.

    M. Ayuso

    Fuente: TETRALEMA - BITÁCORA LEALTAD
    Última edición por Martin Ant; 14/06/2014 a las 17:22
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  6. #26
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Aprovecho también para contestar algunas cosas que se han dicho ajenas al tema principal del hilo.

    Solamente una cosa mas... ¡Cada vez entiendo y admiro más a Franco!. No quiero ni imaginarme los sufrimientos y dolores de cabeza que tuviera que sufrir el pobre a la hora de encontrar heredero. ¡Y hay que ver, qué paciencia tenía...! (yo hubiera enviado a más de uno a picar piedra).

    PacIencia de Santo Job la que tuvo Don Javier con Franco siempre. A pesar del trato miserable e injustificado que Franco tenía con él, no he visto en su correspondencia privada ni una sola palabra mala o insulto (sí quejas, evidentemente, en las que Don Javier no podía explicarse este trato del que consideraba hermano y compañero de guerra) contra Franco. En cambio Franco, siempre que tenía oportunidad, le insultaba llamándole "extranjero" o "francés" en su declaraciones a la Prensa.

    Los "dolores de cabeza" de Franco (si es que podía tenerlos un personaje tan calculadoramente frío como él) en cuanto a la cuestión de qué dinastía era la que auténticamente representaba el 18 de Julio, esto es, si la dinastía que levantó sacrificios ingentes de hombres y haciendas, o si la dinastía que en los preparativos y en la guerra brilló... por su ausencia, pues comprenderá usted Jasarhez que se los provocaba (esos supuestos "dolores de cabeza") él mismo con su mentalidad retorcida que le impedía ver cuál de las dos dinastías era la verdaderamente representativa del 18 de Julio (o quizá eligió a la dinastía revolucionaria-liberal porque él mismo no quería saber nada de los Principios del 18 de Julio, explicación más razonable a la vista de las políticas gubernamentales de sus ministros tecnócratas-demoliberadores, -como muy bien denunciaban los Blas Piñar, Eugenio Vegas, Rafael Gambra, etc..., por citar sólo unos nombres de tradicionalistas tanto legimistas como no legitmistas- del tardOfranquismo, y que Dios quiera que no se restauren -de hecho, mejor dicho, no han dejado de aplicarse en el juancarlismo con la única diferencia de detalle de su potenciación masificadora-totalitaria contraria al bien común español).

    Y es que D. Javier es la pieza clave para que no se rompa "el hilo" de la tradición "sagrada"... etc
    Don Javier no es pieza clave de nada sobre una supuesta "ruptura del hilo" de la Tradición Legitmista Política española. La doctrina política tradicionalista establece no solamente la legitimidad de origen, sino también la legitimidad de ejercicio. Si un príncipe no se ajusta a los principios de la legimitidad política española, entonces cae en ilegitimidad de ejercicio. Es lo que le ocurrió al Rey Juan III, y de ahí que saliera la Princesa de Beira a defender los principios intangibles de la Tradición política española (algo parecido ocurrió con Doña Magdalena y Carlos Hugo).

    Yo lo que más me sorprendo es de lo tonto que era, en el fondo: entre curas y borbones buena se la liaron y él tragaba y tragaba...
    Aquí nadie se quiere dar cuenta de que los reyes modernos (los que sean) son igual de pícaros y malvados que el populacho y van a lo suyo.
    De tonto Franco no tenía ni un pelo; pero vamos ¡ni uno! En todo momento sabía por donde tenía que teledirigir la política hacia su desenlace final y definitivo (que a día de hoy seguimos padeciendo los españoles, en consecuencia).

    Franco no tenía libertad ninguna para elegir si debía favorecer una u otra determinada forma de gobierno, sino que se debía en todo momento (o al menos tenía la obligación de hacerlo) de respetar y ajustarse a los Principios del 18 de Julio. Ahora bien, uno de esos Principios, conforme al Pacto fundacional del Alzamiento, implícitamente (como muy bien interpretaba y explicaba Fal Conde, uno de los protagonistas de dicho espíritu del 18 de Julio) implicaba que la vuelta a la normalidad política sólo podía hacerse recurriendo a la forma política monáquica. Franco reconoció (y repito, tenía la obligación de hacerlo, pues tenía la obligación de ajustarse al 18 de Julio) este principio en su Ley de 1958 (la desgracia para los españoles es que sólo fue un reconocimiento puramente nominal sin traducción ninguna en la práctica política).

    Y lo de pícaro y malvado estará bien para los de la rama liberal-revolucionaria que tanto le gustaba a Franco, pero seguro que ni Don Javier, que sacrificó casi toda su hacienda para los pertrechos de armas y municiones en los preparativos de la guerra, ni Don Sixto Enrique de Borbón, que ha sufrido atentado terrorista de sangre por defender los mismos principios que su Padre, estarían muy de acuerdo con usted, ALACRAN.


    El problema es que los franquistas se creen que los legitimistas caen en el mismo error personalista en el que caen ellos con Franco. Igual que en materia religiosa existe el error del papismo o personalismo papal (el Papa tiene razón diga lo que diga) también puede darse el personalismo regio (el Rey tiene razón diga lo que diga). Pero en el legitimismo no se ha dado este error del personalismo regio, sino que en las dos ocasiones en que se ha dado el caso de desviacionismo doctrinal regio (Juan III, Carlos Hugo) el príncipe que provocaba el desviacionismo se quedaba solo (como así ocurrió con Juan III y Carlos Hugo).

    ¿Por qué es más díficil caer en este error tanto en lo que se refiere al Papa como en lo que se refiere al Rey? Por una sencilla razón: porque en ambos lo que importa es la INSTITUCIÓN, es decir, son institucionales (en contraposición a personalistas), y eso hace que uno pueda seguir siendo católico y legitimista y, al mismo tiempo, criticar lo que haya de malo en el Papa y el Rey Legítimo (siempre y cuando, por supuesto, no caigan en herejía formal e ilegitimidad política de ejercicio respectivamente).

    En cambio los defensores de un dictadura particular no tienen salida, debido al carácter o naturaleza esencialmente personalista que tiene toda dictadura. O lo rechazan por completo o tienen que ponerse irracionalmente a defenderlo a toda costa o a cualquier precio, aunque las políticas de sus respectivos gobiernos y ministros sean totalmente contrarias al espíritu del 18 de Julio, es decir, contrarias a los principios de la Tradición Política Española, es decir, contrarias al genuino y verdadero bien común político-social español.

    Veamos el ejemplo práctico de lo que digo en cómo reaccionarion los legitimistas españoles ante la defección y traición de Carlos Hugo. Voy a reproducir los siguientes 3 textos que prueban esa primacía de los principios sobre las personas (desde el punto de vista metafísico de los principios):



    Textos de los escritos enviados por un grupo de tradicionalistas al Rey Don Javier y al Príncipe Don Carlos Hugo de Borbón Parma



    Un grupo de carlistas de distintas regiones españolas, han venido cambiando impresiones desde hace varios años, seriamente preocupados por la creciente separación que el carlismo oficial mantenía en ideología y conducta política, de su motivación fundamental histórica condensada en el lema de Dios, la Patria, los Fueros y el Rey.

    Agotados todos los medios privados cerca del Príncipe Don Carlos Hugo, Jefe Delegado del partido, para obtener una rectificación o cuando menos una detención en el declive emprendido, que suponía la desnucleización del Carlismo, reducido a un nombre sin contenido que venía a amparar una actitud política, totalmente diferente a lo que más de cien años de historia representan, se pensó en una actuación conjunta que, dentro de la más acendrada lealtad a la Dinastía, procurase un remedio a esta lamentable situación.

    En este estado de cosas la Junta Regional de Asturias —que ya había manifestado públicamente su discrepancia de la llamada "nueva línea" del llamado "partido carlista"— convocó una reunión en Madrid (como punto geográfico más asequible) sin orden del día alguno para que, sin cauces prefijados, las personas asistentes pudieran exponer con total independencia su criterio sobre la cuestión planteada.

    Como resultado de esta reunión que tuvo lugar el día 6 de abril de 1975, se acordó la redacción de una carta que una comisión compuesta por Raimundo de Miguel (en representación de Castilla), Antonio Garzón (Andalucía), Auxilio Goñi (Navarra) y Sánchez Runde (Cataluña) llevara en mano a Don Javier de Borbón, al que expondría ampliamente el pensamiento de los reunidos y que la carta sintetizaba.

    Estando ausente en Italia Don Javier por aquellos días, el viaje de la comisión se demoró en espera de su regreso. La noticia de la llegada a París del Rey, coincidió con la de su abdicación en Don Carlos Hugo, con lo que la visita proyectada resultaba inútil. Pero escrita ya la carta, fue confiada al correo, constando su acuse de recibo con fecha de 28 de abril de 1975.

    No se ha recibido contestación.




    Escrito al Rey Don Javier

    Señor:

    El domingo 6 de Abril de 1975 nos hemos reunido en Madrid dos docenas de carlistas procedentes de distintas regiones españolas, al objeto de cambiar impresiones sobre la situación política actual de España y del Carlismo. La convocatoria ha sido limitada y no pública y los asistentes son bien conocidos de V.M. por su acreditada lealtad.

    De manera unánime delegaron en mí —según el documento improvisado allí mismo que acompaño— para que en su nombre me dirigiera a V.M. por escrito en los términos que refleja la presente carta. Cumpliendo este encargo tengo el honor de manifestaros el pensamiento de los reunidos.

    La situación actual del Carlismo se considera dolorosamente lamentable, habiendo perdido toda la influencia y el prestigio de que gozaba hasta hace muy pocos años en la vida pública y encontrándose desarticulado e inoperante como organización política.

    La causa hay que encontrarla en el abandono deliberado que se ha hecho en los últimos años del ideario carlista de Dios, Patria, Fueros, Rey, para sustituirlo por una ideología contraria, aconfesional, democrático-liberal y socialista. Esta nueva postura política para tratar de justificarse, no sólo ha hecho tabla rasa del pensamiento y de la historia del Carlismo, sino que lo ha querido interpretar conforme a los puntos de vista con los que nos contemplan nuestros seculares enemigos (en un afán inmoderado de congraciarse con ellos) manchando la memoria de nuestros reyes, nuestros políticos y nuestros soldados. Se desvincula del Alzamiento del 18 de Julio al que el Requeté acudió por mandato expreso de V.M. y se alía a los partidos que aquél combatió con las armas, en un Frente Democrático Revolucionario.

    Ello ha conducido a la vergüenza y el retraimiento de los leales (los 100.000 asistentes a Montejurra se han reducido a 5.000) en espera de una rectificación, que reiteradamente pedida, ha sido desoída sistemáticamente.

    El mal es tan profundo y el daño que se está produciendo a España tan grave, en estos momentos tan difíciles para el mundo y para nuestra Patria, que los reunidos (que representan el sentir de la gran masa del pueblo carlista) han decidido salir de su respetuoso retiro y de sus quejas individuales, para dirigirse a V.M. como grupo, en solicitud de un rápido remedio que ya sólo puede esperarse de vuestra indiscutible autoridad. No hacen con ello otra cosa que ejercitar un derecho, ya que el Carlismo no significa una actitud servil hacia sus príncipes, sino una exigencia mutua de Dinastía y Pueblo para el común servicio de Dios, la Patria, los Fueros y el Rey.

    Cualquiera que de ese lema se separe, niega la razón de ser de su titularidad carlista. Si es el súbdito, cae en rebeldía; si es la Dinastía, pierde su legitimidad. Esto es algo que constituye la esencia del Carlismo. Los tradicionalistas que aún diciendo conservar el ideario, cambiaron de lealtades, no sólo dejaron de ser carlistas, sino que también abandonaron la tradición política española que pretendían retener. Los reyes que por sucesión lineal deberían haber debido continuar la Dinastía legítima, se vieron decaídos en su derecho en cuanto se separaron de los principios (Don Juan, respecto de su hijo Carlos VII y en nuestros tiempos, el actual D. Juan, por decisión de Don Alfonso Carlos, tuvo que dejar el paso a V.M.). Por esta razón es por lo que dicho Rey nos dejó la mejor definición del Partido Carlista, denominándolo Comunión Tradicionalista-Carlista.

    Con la fuerza conjunta de los principios y de la historia, aunque sin mengua alguna de la lealtad y el amor que os profesamos, nos permitimos exponer ante V.M. estas consideraciones.

    Don Alfonso Carlos en el Decreto de 23 de Enero de 1936 instituyendo la Regencia, dejó señalados los cinco puntos que sus sucesores deberían respetar como intangibles y bajo juramento "conforme a las leyes y usos históricos y principios de legitimidad que ha mantenido durante un siglo la Comunión Tradicionalista". "Porque jamás podría yo cometer y protesto solemnemente que no cometeré, la inconsecuencia de entregar las huestes leales, que tantos esfuerzos realizaron por el triunfo de nuestros inmortales principios, a la dirección de quienes no acertaron a comprender la magnitud de tanto sacrificio y el deber de reparar el daño inmenso que un siglo de liberalismo y revoluciones originó en España" (Manifiesto a los españoles, 29 de Junio de 1934).
    Estos puntos o principios son en substancia: confesionalidad católica, constitución orgánica, federación regional, monarquía tradicional y tradición política española.

    Estos principios juró V.M. seguir ante la tumba de Don Alfonso Carlos, así como el aceptar la continuación en la realeza al contestar al requerimiento que a tal efecto os hizo el Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista con fecha 30 de Mayo de 1952 y en ocasión del Congreso Eucarístico de Barcelona.

    Pero el caso es, Señor, que la "nueva línea" por la que hoy se rige de manera oficial el llamado partido carlista, está en evidente contradicción con aquellos cinco principios. Se proclama laico; propugna un régimen de partidos en un sistema de democracia inorgánica; se autocalifica de monarquía socialista y reniega de la tradición política española anunciando la revolución; en cuanto a federación regional se pospone al logro de una revolución social ilimitada y se construye en forma desconocedora y disolvente de la superior unidad de España.

    Por eso Señor, aún comprendiendo la delicadeza interna de la situación y no desconociendo las dificultades que su inmediato remedio encierra, como el mal ha llegado tan hondo y el daño que se está haciendo a España y el Carlismo es tan grande —y que llegará a hacerse irreparable si no se toman medidas urgentes para corregirlo— los reunidos han decidido requerir respetuosamente a V.M. para que reafirme solemnemente los principios inmutables del Carlismo que prometió cumplir a Don Alfonso Carlos y a sus leales y para que conforme a ellos se rectifiquen las desviaciones actuales, acomodándose la actuación política del Carlismo al Dios, Patria, Fueros, Rey.

    Los asistentes a la reunión nos hemos dado cita para otra segunda en el mes de Junio (ya que la situación crítica por la que atraviesa España no permite más dilaciones) y para entonces recibir de V.M. una respuesta satisfactoria.

    A los reales pies de V.M.C.

    Firmado: Raimundo de Miguel

    Los nombres de las personas adheridas a esta carta son: Alberto Mª Caso, Julio Fonseca, Ramón Mª Rodón, Ignacio Hernando de Larramendi, José Cabrero, Antonio Segura, Miguel Virgós, Juan Arredondo, Pascual Agramunt, Antonio Garzón, Jaime de Carlos, Domingo Fal, Auxilio Goñi, Benito Tamayo, José Miguel Orts, Ignacio Laviada, José Antonio Cabrero, Modesto Botella, Carlos de Miguel, Ángel Onrubia.

    Madrid, veintiuno de Abril de 1975

    ------------------------------------------------------------------------------------------------


    El hecho de la abdicación alteraba totalmente los términos de los que en esta carta se partía. Al transmitir Don Javier sus derechos a D. Carlos Hugo y prescindiendo de otros motivos de procedimiento, nos encontrábamos ante una circunstancia distinta: la necesidad por parte del príncipe de afirmar los principios tradicionales antes de que pudiera ser reconocido como rey por los carlistas. Don Javier tenía la autoridad para disponer lo que en la carta anterior se le pedía; a D. Carlos Hugo no podía pedírsele nada en el sentido indicado, porque sería tanto como reconocerle por rey antes de su juramento. Lo único que se le podía pedir —si voluntariamente no lo hacía— era que jurase, para que uniendo la legitimidad de ejercicio a la de origen que ostentaba, pudiera ser considerado como sucesor de la Dinastía carlista.

    Se esperó con ansiedad el primer domingo de Mayo, conmemoración de Montejurra. Pero en aquel acto que ofrecía una ocasión inmediata y solemne para el reconocimiento de los principios que Don Alfonso Carlos proclamara como de respeto intangible para su sucesor en el derecho a la corona, D. Carlos Hugo no efectuó declaración alguna.

    Ello dio motivo a la convocatoria de otra reunión en Madrid para el 18 de Mayo, en la que considerada la nueva situación, se acordó dirigir a D. Carlos Hugo la carta que a continuación se traslada. Carta que fue enviada por conducto del Notario de Valencia don Daniel Beunza y cuyo acuse de recibo es de fecha 29 Mayo 1975.

    Copia de la misma fue enviada por correo ordinario a Don Javier, quien la recibió el día 3 de Junio de 1975.

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    Primer escrito al Príncipe Don Carlos Hugo

    Señor:

    Conocida la noticia de la abdicación en V.A. de vuestro padre el Rey, las personas cuyos nombres se relacionan al final de esta carta (cuya lealtad dinástica y consecuencia política es patente a lo largo de muchos años y a través de muchas pruebas) nos hemos reunido en Madrid el día 18 de este mes y hemos reflexionado seriamente sobre las responsabilidades que nos incumben en estos momentos, tanto por los cargos que hemos desempeñado en el Carlismo, como por nuestra conocida y pública actuación en su servicio, e impelidos por un deber grave de conciencia en relación con la continuidad histórica de ciento cuarenta años de presencia y actividad política, en cuyo obsequio hicieron oblación de sus sacrificios y sus vidas miles de carlistas, nos consideramos en la imperativa obligación de manifestaros lo que yo, en su nombre y delegación como el último Presidente del Consejo Real, os expongo a continuación:

    Según la constitución tradicional política española (que por otra parte es compartida universalmente) el derecho de sangre en la sucesión dinástica no constituye más que un título necesario, pero inicial para acceder a la realeza. Pero ningún príncipe puede ser reconocido como rey, si antes no jura la aceptación y el respeto de las leyes, fueros y libertades por las que se rige la nación.

    En el caso del Carlismo (en ausencia del Poder) este compromiso del príncipe ha de recaer sobre el ideario de Dios, la Patria, los Fueros y el Rey, que como representativo de la constitución política patria es el propósito en que comulgan Dinastía y Pueblo durante ciento cuarenta años y la única razón de ser del Carlismo como agrupación política. Aquel ideario constituye el verdadero pacto entre el Rey y sus leales, en el que pesan más los muertos que los vivos, y al que Don Alfonso Carlos (de quien derivan los derechos que hoy ostenta la rama de Borbón Parma) se refirió en repetidos documentos y muy especialmente en el Decreto de 23 de Enero de 1936, para imponer como ineludible obligación su profesión y defensa a los que fueren sus sucesores.

    Este explícito juramento es imprescindible para poder ostentar la continuidad dinástica; pero en el caso de V.A. no es bastante. V.A. ha hecho públicas manifestaciones de discrepancia con los principios que Don Alfonso Carlos señalara como intangibles, proclamando una ideología de democracia liberal y socialismo y manteniendo unas alianzas con partidos revolucionarios contrarios por esencia a la tradición política española. Por lo tanto, a aquel juramento de fidelidad al ideario carlista ha de preceder la retractación de vuestra anterior conducta política; ambos de manera expresa y pública, para que no se dé lugar a equívocos y el honor y la continuidad histórica, doctrinal y política del Carlismo queden patentes ante España.

    Ejercitamos, Señor, un derecho que no puede ser considerado como humillante, ni siquiera irrespetuoso hacia V.A., ya que no es más que la puesta en juego, llegado su momento, de una prevención constitucional en la tradición política española y cuya aceptación servirá tanto para honrar y enaltecer a V.A. como para legitimarlo en el ejercicio de la realeza.

    Si estas protestas públicas y solemnes no se producen en un plazo no superior a un mes, los reunidos nos consideraremos desligados de toda vinculación política con la persona de V.A., que por su propia voluntad habrá dejado de reunir las condiciones para ser considerado como Príncipe carlista y declinando de su derecho, sin autoridad alguna para exigirnos el deber de lealtad.

    B.l.m. de V.A.R.

    Firmado: Raimundo de Miguel

    Rufino Menéndez, Ignacio Laviada, Julio Fonseca, Antonio Garzón, Ángel Onrubia, Antonio Segura, Domingo Fal, Pedro Lozano, Juan Arredondo, Auxilio Goñi, José G. Sarasa, Daniel Beunza, Pascual Agramunt, José Miguel Orts, Modesto Botella, Vicente Porcar, Ramón Mª Rodón, José Antonio Cabrero, Fernando Díaz de Bustamante Quijano, Ignacio Igea, José Millaruelo, Juan Sáenz-Díez, Jaime de Carlos, José Cabrero, Carlos de Miguel.
    Madrid, 23 de mayo de 1975.
    -------------------------------------------------------------------------------------------------



    Ante el silencio de D. Carlos Hugo, en cumplimiento de lo convenido en la reunión del 18 de Mayo para tal supuesto, se redactó el borrador de una tercera carta que circulada a las personas citadas en las otras ocasiones y con las modificaciones por algunas sugeridas, dio lugar a la que de segunda se transcribe, remitida a D. Carlos Hugo por el mismo conducto notarial que la anterior y cuyo acuse de recibo lleva fecha de 23 de Julio de 1975.

    --------------------------------------------------------------------------------------------------



    Segundo escrito al Príncipe Don Carlos Hugo

    Señor:

    Tenemos fundados motivos para suponer que no ignoráis la carta que con fecha de 21 de abril pasado dirigimos a vuestro padre el Rey un grupo de carlistas. En ella sometíamos a su consideración y remedio la desviación ideológica y de actuación política por la que actualmente atraviesa el Carlismo. Poníamos así fin a una actitud de respetuoso silencio, en espera de una rectificación de conductas que, individualmente pedida una y otra vez, no se producía y que por el tiempo transcurrido y las graves consecuencias que para España comporta, entendíamos que no podía prolongarse más.

    Cuando dicha carta llegó a su destino, Don Javier ya había abdicado en V.A. y, consecuentemente, cambiaba el planteamiento anterior. V.A. aparece ahora ostentando unos iniciales derechos a la realeza, que deberán ser confirmados con la aceptación de los principios tradicionales de Dios, Patria, Fueros, Rey, constitutivos del Carlismo. Pero esta pública proclamación que todos los reyes carlistas efectuaron de manera inmediata en caso semejante, no se produjo (a pesar de la propicia ocasión que Montejurra ofrecía) lo que nos obligó a dirigiros la carta de 23 de mayo, requiriéndoos para ello, como requisito necesario e imprescindible para poder consideraros como rey carlista.

    Ha transcurrido más de un mes del recibo de esta carta (plazo en el que prudencialmente os incitábamos a hacerlo, para saber a qué atenernos en tan delicado e importante asunto) y no ha llegado a nuestro conocimiento que V.A. haya hecho manifestación alguna en el sentido indicado.

    Queda así puesto en evidencia y sin lugar a dudas, que no compartís aquellos principios y que con esta actitud os separáis de la continuidad histórica, doctrinal y política que el Carlismo significa.

    No pretendemos con esta carta, Señor, más que dejar patente este hecho y sacar las consecuencias que del mismo se derivan en cuanto a nuestra conducta política futura, que queda libre de todo compromiso con vuestra persona, ya que nosotros permanecemos fieles y firmes en los principios doctrinales del Carlismo y es V.A. quien de ellos se separa.

    No queremos tampoco atribuirnos representaciones que no tenemos, aún cuando estamos ciertos de que nuestra postura es compartida por la gran mayoría de los carlistas. Nos basta nuestra simple condición de tales para ejercitar este derecho, que es consecuencia imperativa de la fidelidad que debemos a los reyes de la Dinastía legítima y a la sangre derramada en cuatro guerras en defensa de Dios, la Patria, los Fueros y el Rey.

    Ante un acontecimiento similar al presente, Doña María Teresa de Braganza y Borbón, Princesa de Beira, viuda de Don Carlos María Isidro, Carlos V, respondiendo a la ansiedad de los carlistas sobre a quién habían de considerar como rey (ya que Don Juan, su hijo, al que por sangre correspondía el derecho, había abandonado los principios, a pesar de sus exhortaciones para que los aceptara) proclamaba en carta dirigida a los españoles y fechada en Baden a 25 de septiembre de 1864 que "ni el honor, ni la conciencia, ni el patriotismo, permiten a ninguno reconocerle como rey".

    Parecida coyuntura iba a producirse setenta años más tarde ante el problema que la falta de sucesión directa de Don Alfonso Carlos planteaba. Y este Rey, en su manifiesto a los españoles de 29 de junio de 1934, mantuvo la misma doctrina y actitud expuesta:

    "Que ante Dios y España soy y tengo que ser el más fiel guardador de las leyes tradicionales, que no puedo modificar por mi sola voluntad, lo que significaría un absolutismo del que reniego, ni por presiones de grupos más o menos numerosos, lo que significaría estar en manos de oligarquías y demagogias".

    "Que no teniendo sucesor directo, sólo podrán sucederme quienes, sabiendo lo que este derecho vale y significa, unan la doble legitimidad de origen y de ejercicio, entendida aquélla y cumplida ésta al modo tradicional, con el juramento solemne de nuestros principios y el reconocimiento de la legitimidad de mi rama".

    Y es que la obsesiva preocupación de Don Alfonso Carlos era la de encontrar un príncipe "que de veras asegure la lealtad a la Santa Causa, que no está al servicio de una sucesión de sangre porque ésta es la que ha de servir a aquélla, como ordenado todo al bien común de los españoles". (Carta a Don Javier de Borbón sobre la cuestión sucesoria, de 10 de marzo de 1936).

    El Carlismo es algo, Señor, que tenemos recibido con ciento cuarenta años de historia: se acepta tal cual es, o se rechaza. Lo que no puede pretenderse es quebrar la consecuencia de su doctrina política, o degradarlo haciéndole perder su autenticidad.

    Nos faltan hoy una Princesa de Beira y un Carlos VII, que con su autoridad indiscutida puedan resolver la nueva crisis que afecta al Carlismo. Pero la Comunión está madura para superar esta difícil prueba.

    Carlos VII dejó escrito en su testamento político (6 de enero de 1897) lo siguiente: "Mi hijo Jaime. o el que en derecho y sabiendo lo que este derecho significa y exige me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras la Dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial estuviera llamada a extinguirse, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria..." Y Don Alfonso Carlos en el manifiesto antes citado: "A las grandes causas nunca les falta su caudillo y aunque se extinguieran todas las legitimidades posibles, hay un derecho sagrado que jamás prescribe en los pueblos y es el supremo derecho que la Tradición española conoció más de una vez, de otorgarse el Príncipe que sepa representar dignamente la causa de la Patria, que es la causa de la Fe y de aquellas gloriosas tradiciones que nuestra Comunión supo encarnar y encarnará siempre, por encima de todas las mudanzas de la Historia".

    Esta decisión la tomamos, Señor, con la conciencia plenamente tranquila de haber agotado todos los medios para evitarla, e impelidos por un ineludible deber. Huelga decir que no significa preparación para un cambio de lealtades e incorporación tardía a un régimen del que continuamos discrepantes. Permanecemos en el mismo lugar en el que estuvimos siempre y del que os vemos alejaros con el sentimiento de tantos entusiasmos, amores, esperanzas, trabajos y sacrificios puestos con ilusión en V.A. y que han quedado defraudados, a pesar de nuestros pacientes esfuerzos por reteneros.

    Confiamos en Dios que no querrá consentir que la Comunión Tradicionalista-Carlista, fructificada en sangre, generosidades y afán principal de su servicio, pueda llegar a desaparecer sin gloria, en estos momentos en los que España tiene necesidad de ella más que nunca.

    Nuestro propósito es salvar el honor del Carlismo ante la historia y hacer efectivas, cuando el caso desgraciadamente ha vuelto a presentarse, sus formulaciones políticas.

    Atentamente saluda y se despide de V.A. en nombre propio y en el de las personas que a continuación se relacionan.

    Firmado: Raimundo de Miguel

    Rufino Menéndez, Ignacio Laviada, Julio Fonseca, Amparo Cuervo-Arango, Antonio Garzón, Ángel Onrubia, Antonio Segura, Domingo Fal, Pedro Lozano, Juan Arredondo, José Ángel Zubiaur, Daniel Beunza, Pascual Agramunt, José Miguel Orts, Modesto Botella, Vicente Porcar, Ramón María Rodón, José María Andreu, José Antonio Cabrero, Luis García, Ignacio Igea, José Millaruelo, Juan Sáenz-Díez, Jaime de Carlos, José Cabrero, Carlos de Miguel, Fernando Díaz de Bustamante Quijano.
    Madrid, 10 julio de 1975.



    Cartas que para general información de carlistas y no carlistas, se procede a su divulgación, transcurrido el tiempo en que por la gravedad y delicadeza del asunto se han mantenido prudentemente reservadas.


    Fuente de los textos: COMUNIÓN TRADICIONALISTA
    -


    Última edición por Martin Ant; 14/06/2014 a las 15:16
    muñoz y Xaxi dieron el Víctor.

  7. #27
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    ALACRAN está en línea YO, TESTIGO DE CARGO
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Otra prueba más de los tratos y amistad parisina entre Santiago Carrillo, el genocida de Paracuellos y el "demócrata-"autogestionario", Don Javier, mancomunados para despedazar España a base de federalismo separatista, autogestión y marxismo.
    Parece que el odio atroz que tenian en común hacia Franco producía lo inverosímil. (No puede uno evitar la comparación entre Herodes y Pilatos, que eran enemigos y gracias a Cristo se reconciliaron).
    Así relata la hazaña de su idolatrado y "fascinante" Don Javier el famoso historiador del carlismo Josep Carles Clemente, en la obra "Seis estudios sobre el Carlismo":

    "Don Javier fue un personaje fascinante para los jóvenes de mi época que le conocimos...

    ... el capítulo de esta historia de la transición española a la democracia también es conocida aunque no sé si suficientemente, pero para valorar la acción de la misma de Don Javier, voy a revelarles un dato.

    En su primera entrevista en Paris con Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista, con el que se reunía para colaborar con la resistencia al franquismo
    "Primera entrevista"...; o sea, que hubo más de una entre el genocida y el autogestionario

    al despedirse éste de Don Javier, le dijo que si se hubieran conocido antes, la guerra civil española hubiera sido imposible..."



    Conmovedor. Dicho en sentido carrillista, el Don Javier de 1974 estaría ya en el bando de los incendia-conventos y de la hoz y el martillo.

    Y las amistades comunistas y anarquistas de Don Javier:

    "A finales de la década de los sesenta... me propuso ir paseando hasta la plaza Vendome para almorzar. A mitad del camino se le acercó un viejo jardinero y al verse se fundieron en un abrazo. Más tarde me dijo que era un antiguo amigo, militante del Partido Comunista francés..."
    "Entramos en un restaurante... apareció un cocinero... Al verse se saludaron efusivamente. Me dijo que era un anarquista que también había conocido en la Resistencia francesa..."

    (Josep Carles Clemente, Seis estudios sobre el Carlismo, 1999, pág. 83)

    http://books.google.es/books?id=NRaU...6&lpg=PA166&dq
    Última edición por ALACRAN; 17/06/2014 a las 10:35
    Pious dio el Víctor.
    "...Tras las escuelas liberales vienen las socialistas
    con su teoría de las insurrecciones santas y los delitos heroicos...
    el nuevo evangelio del mundo
    lo están escribiendo presidiarios
    ...
    el mundo no tendrá sino lo que se merece
    cuando sea evangelizado por los nuevos apóstoles..."
    Año 1851
    (profecía de J. Donoso Cortés)
    ************************

  8. #28
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Muy poco feliz citar como autoridad a un falsario como José Carlos Clemente Balaguer (aka Josep Carles Clemente), quien junto a Cubero y la ex Infanta María Teresa se han dedicado con ahínco digno de mejor causa, a falsificar la historia del Carlismo, en orden a justificar la traición de Carlos Hugo.

    Magnífica y muy ponderada la respuesta de Martín Ant.

    Saludos
    Valmadian dio el Víctor.

  9. #29
    DOBLE AGUILA está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno, tampoco es que sea muy nuevo esto de "la deriva de don Javier", (o pirueta ideológica), a la que se sumó su hijo primogénito ¿O fue al revés, y el hijo influenció al padre?. La verdad es que jamás resultaría desautorizado por su progenitor, que siempre le consintió sus desmanes REAFIRMÁNDOLO COMO SUCESOR. Creo que ya en la temprana fecha de 1961, Carlos Hugo en la revista "Azada y Asta", ya habla de "monarquías socialistas" y adefesios por el estilo. Supongo que estas cosas estarían muy de moda en su época de estudiante en la Sorbona; curiosa Universidad.

  10. #30
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Dentro del plano de los historiadores hay que tener mucho cuidado con aquéllos que se traen a la palestra, pues sus textos quedan inmediatamente desautorizados en el momento en el que se descubre el sesgo ideológico que empapa toda su obra y que, por tanto, la desfigura por completo en lo concerniente al relato de los hechos y a su verdadera explicación (véase para más información el excelente libro de Don Estanislao Cantero, La contaminación ideológica de la Historia, Editorial Libros Libres)

    Éste el caso de Josep Carles Clemente, al cual cita ALACRAN, del que puedo hablar con conocimiento de causa (desconozco el caso del historiador Joaquín Cubero, del cual hace mención, en sentido crítico, CANDIDUS). Clemente pertenece a la escuela de los historiadores comunistas, en virtud de la cual reelaboran la Historia de España en clave marxista, mediante una concepción materialista de la Historia que les sirve en todo momento de criterio interpretativo de la misma con fines estrictamente utilitarios al servicio de una determinada afirmación o declaración que, tomándola como axioma, les interesa defender. La "originalidad" de Clemente consiste en trasladar y aplicar este mismo sistema a toda la Historia de la Comunión Legitimista, tomando como único anclaje o base la revolución ideológica preconizada e intentada por Carlos Hugo en apenas los 10 años de la década de los ´70 (esto es, desde su cambio oportunista en dirección al socialismo tras la elección juancarlista de 1969 hasta su abandono en 1980 del partido político inventado por él).

    Esto hace que, como en todos los demás pseudohistoriadores de la misma escuela, pueda con tranquilidad de conciencia ser desechado, en el normal de los casos, todo lo que escribe y, en el mejor de los casos (en los pocos que haya), tomarlo con sumo cuidado y con reservas.

    Tratándose de historiadores, lo mejor es siempre citar a los únicos que pueden interpretar correctamente los hechos históricos, esto es, los católicos tradicionales o, al menos, a aquellos historiadores o investigadores que sigan una línea neutral e independiente y no estén al servicio, como los de la escuela marxista, de una determinada ideología sesgadora o tendenciosa (Pío Moa, Julio Palacios, Juan Balansó, Ismael Medina, ...).

    En este sentido, prefiero quedarme con la visión objetiva y real de un historiador (éste sí serio y verdadero) como Manuel de Santa Cruz. Reproduzco a continuación su recensión (que creo ayudará a despejar algunas falsedades y sofismas vertidos contra la figura del Rey Javier por estos pseudohistoriadores so capa -para más desvergüenza e hipocresía- de alabanza y elogio) de un libro pretendidamente "biográfico" de Don Javier, del cual uno de sus autores fue el propio Clemente.



    «DON JAVIER, UNA VIDA AL SERVICIO DE LA LIBERTAD» *



    por MANUEL DE SANTA CRUZ

    Historiador



    Una parte de la familia de Don Javier de Borbón Parma presenta un libro sobre éste.– Un prólogo de Don Carlos Hugo.– Unas coartadas semánticas.– Un poquito de historia.– Una «enfant terrible»: Doña María Teresa de Borbón Parma.– Los epílogos.– Apéndice Documental.– Conclusiones.–



    UNA PARTE DE LA FAMILIA DE DON JAVIER DE BORBÓN PARMA PRESENTA UN LIBRO SOBRE ÉSTE


    El día tres de junio de 1997 se celebró en el Hotel Ritz, de Madrid, la presentación del libro, Don Javier, una vida al servicio de la libertad. En la presidencia, el representante de la editorial Plaza & Janés y los autores. Buena entrada y expectación, porque ya se sabe que la historia es, a veces, o un ameno pasatiempo o una propaganda política encubierta; en este caso, mucho de las dos cosas a la vez.

    ¿La familia Borbón Parma al completo, como se quiso hacer ver? No. Faltaban dos hijos, de seis, Doña María Francisca y su esposo el príncipe Eduardo de Lobkowicz, y el infante Don Sixto Enrique, ambos en conocida discrepancia con las ideas políticas postreras de Don Carlos Hugo. Dos de las tres infantas físicamente presentes, Doña Cecilia y Doña María de las Nieves, tienen en el libro una participación mínima, lo mismo que los nietos, Doña Margarita y Don Jaime. Faltaban dos nietos, de cuatro: el primogénito, Don Carlos Javier y Doña Carolina, ya hacía tiempo mayores de edad, por razones no conocidas, aunque sospechas de no ceder a la pretensión de mostrar a «toda» la familia Borbón Parma. También notablemente ausente, en espíritu, que por su fallecimiento era la única forma posible en que podía haber estado, Doña Magdalena, tan firme y heroicamente opuesta a las ideas políticas postreras de Don Carlos Hugo.

    Pongo estas primeras precisiones al servicio de los historiadores, para que no caigan en la tentación simplificadora y poco rigurosa de hablar de la familia Borbón Parma como de una unidad sin fisuras, ni distingos, como otros ceden a la moda de hablar mal de los Borbones, en general, cuando los ha habido magníficos.

    La cubierta del libro es recargada y expresiva; le sitúa en lo alto, en cabecera, en la colección de dicha editorial, «Así fue. La historia rescatada», denominación que, con sensacionalismo comercial, augura cosas interesantes; no lo son solamente las que dice, sino todo lo mucho que silencia –décadas enteras–, y las contradicciones que calla.

    De arriba abajo siguen los nombres de los autores: María Teresa de Borbón Parma, Josep Carles Clemente y Joaquín Cubero Sánchez. La primera es bien conocida por sus coqueteos ideológicos en el mundillo de las izquierdas, en los cuales ha sido fiel intérprete y colaboradora de la concepción política originalísima de Don Carlos Hugo. De Don Josep Carles Clemente se podría decir, a menor escala, algo parecido, engalanado con la perla de su libro inmediatamente anterior, Los masones: La apuesta de los Hijos de la Luz, muy benévolo con esa organización. A Don Joaquín Cubero Sánchez,, historiador profesional, parecen deberse muchos fragmentos del andamiaje histórico que se ha puesto en este libro, para disimular su servicio a las teorías políticas de Don Carlos Hugo. Él podría, si se liberara de tales compañías, sacar de su inmenso archivo una auténtica biografía de Don Javier.

    Viene después, en la densa portada, el título principal: Don Javier, una vida al servicio de la libertad. Parece una concesión, quizá con algún ribete comercial, a la demagogia y al carácter de tabú democrático que ha adquirido recientemente la palabra «libertad». Habría que precisar qué es eso. Desde luego que no pueden ser las «libertades de perdición» del liberalismo y de su encarnación política, la democracia, a las que Don Javier combatió toda su vida lúcida, y les contrapuso las libertades del Derecho Público Cristiano y del Carlismo. Por el contrario, parece que su hijo Don Carlos Hugo sí que ha servido a las libertades del liberalismo en la segunda mitad de su vida. Al menos, eso dice el Real Decreto de su antiguo rival, Don Juan Carlos de Borbón, de 5-I-1979, concediéndole, no reconociéndole, la nacionalidad española por «su labor desarrollada a favor del restablecimiento y consolidación de la democracia en España».

    Seguimos descendiendo por la frondosa cubierta: «Prólogo de S.A.R. Don Carlos Hugo de Borbón Parma». Es, más que un prólogo, la tesis política del libro, en 26 páginas, que comentaré por separado.

    Más cosas para terminar con la cubierta: abajo, y con letra pequeña, dice: «La apasionante historia del hombre que osó enfrentarse a Franco y situó el Carlismo a la izquierda». Tengo noticias fidedignas de que estas palabras no fueron inicialmente del agrado del editor, y que fueron finalmente impuestas por Doña María Teresa. Son un falseamiento de la historia que predispone contra el libro a cualquiera que haya seguido y conocido desapasionadamente la historia de España durante la vida –toda la vida lúcida – de Don Javier.

    No es éste el libro deseado sobre Don Javier, «el último gran Príncipe de la Cristiandad», como gustaba llamarle el famoso canónigo falangista Don Fermín Yzurdiaga Lorca. Aunque sí que es el libro esperado, o más bien temido, dado el conocimiento previo que teníamos de los autores. Deja sin llenar el hueco que en la historia de España, y aun de la universal, corresponde a una buena biografía de Don Javier de Borbón Parma y Braganza, Jefe Delegado de Don Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este para la preparación del Alzamiento del 18 de Julio de 1936, y después del fallecimiento de éste, Regente, y a partir de 1952 titular de los derechos a la sucesión legitimista de la Corona de España. Además de otros muchos cometidos, que también quedan a la espera de una nueva y menos tendenciosa biografía. Este vacío produce otro, que reclama una biografía de su esposa, Doña Magdalena de Borbón Busset, que tuvo actuaciones propias altamente meritorias y suficientes para justificar otro libro, aparte.


    EL PRÓLOGO DE DON CARLOS HUGO


    Como los prologuistas aprovechados, con el pretexto de cumplir el encargo de explicar brevemente el contexto del libro, coge Don Hugo la ocasión al vuelo para volver a sus antiguas teorías políticas. Una gran ocasión perdida de enderezar, siquiera mínimamente, la situación que creó y de mejorar su postura personal dentro de lo que cabe, que es, ciertamente, poco. Es una reiteración que dura 26 páginas de la interpretación falsa de la historia del Carlismo y de la de España, que alguien le imbuyó hace muchos años, y de la cual, a lo que se ve, no se arrepiente. Vuelve impenitente y empedernido. El libro es para los carlistas, decepcionante. Dejad toda esperanza.

    Voy a intentar evitar disquisiciones ideológicas y limitarme a señalar la veracidad o falsedad histórica de sus afirmaciones. Por ejemplo: no estudiaré si el pueblo tiene soberanía o representación; sólo me atendré al hecho de que los autores revolucionarios invocan la soberanía y los tradicionalistas la representación.

    A la Cruzada de 1936 le llaman siempre, –él y su hermana–, de manera neutralista y aséptica, «guerra civil». Hay en este detalle un desprecio a todos los carlistas que con diversa suerte participaron en ella, y que llamaban a aquello en los días de autos y muchos años después, «la guerra» (a secas), «la Cruzada», el «Glorioso Movimiento Nacional», o con su denominación legal, «Guerra de Liberación de España». En 1965, en el solemnísimo documento del Acta de Puchheim, Don Javier escribe: «Cruzada», «Cruzada Nacional de Liberación», «la guerra padecida», «los momentos difíciles que siguieron al Alzamiento Nacional del 18 de Julio de 1936»; en otros escritos habla de «la guerra», pero jamás de la «guerra civil». Lo de «guerra civil» y lo de «republicano» fue introducido hacia 1960 por Gironella para elevar a los derrotados al empate. A todo lo rojo le llaman «republicano» con la misma adhesión al lenguaje de los enemigos del Carlismo. Yo mismo he oído en los años cincuenta varias veces a Don Javier hablar de «los rojos» con la misma naturalidad con que todos los carlistas lo hacíamos (1). A la Comunión Tradicionalista le llaman «Partido Carlista» cuando se refieren a ella en los años en que esa segunda denominación no existía. Pero les delata un descuido: en la página 13 se reproduce el famoso telegrama firmado por Don Javier y por Fal Conde, que decía: «La Comunión Tradicionalista se suma con todas su fuerzas en toda España al Movimiento Militar para la salvación de la Patria…».

    Enlaza con esta postura antihistórica, aséptica y neutralista en la elección de denominaciones el mismo tono que emplea cuando se refiere a aquella guerra en su conjunto. Ni una palabra emocionada de alabanza, de recuerdo exaltado y romántico, ni una alusión a alguno de sus episodios aleccionadores. Nada recuerda a aquella frase de Cervantes de que Lepanto fue la más alta ocasión que vieron los siglos. Fue la más gloriosa guerra que hizo el Carlismo y, paradójicamente, el tono general con que la trata Don Carlos Hugo es resignado y exculpatorio, casi de arrepentimiento.

    Todo esto es una reiteración de su deliberada postura de entenderse con los vencidos, haciendo él una paz separada. Fue un antiguo designio suyo. Hace años me informaron que había encargado a uno de sus jóvenes seguidores que fuera escribiendo una historia del Carlismo pero sin insistir en la cuestión religiosa y sí solamente en la cuestión social para poder así sentarse a departir con los socialistas. Al punto concebí yo la idea de recopilar los principales documentos de la historia del Carlismo en aquellos tiempos, y así pude editar años después mi extensa obra, Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español, 1939-1966. Tan objetiva colección de documentos se puede contrastar página a página con el libro que ahora comento para conocer cuál fue la verdad histórica. Lo mismo digno de la magna Historia del Tradicionalismo de don Melchor Ferrer, para conocer lo sucedido desde el comienzo del Carlismo hasta 1936.

    Así, un documento que hay que tener constantemente a la vista durante la lectura de todo este libro sobre Don Javier, –no solamente del prólogo–, es el Real Decreto de Don Alfonso Carlos del 23-I-1936 que nombra Regente a Don Javier y en su disposición Tercera dice: «Tanto el Regente en sus cometidos como las circunstancias y aceptación de Mi sucesor, deberán ajustarse, respetándolos intangibles, a los fundamentos de la legitimidad española, a saber: I) La Religión Católica, Apostólica y Romana, con la unidad y consecuencias jurídicas con que fue amada y servida tradicionalmente en Nuestros Reinos. II) La constitución natural y orgánica de los Estados y cuerpos de la sociedad tradicional. III) La federación histórica de las distintas regiones y sus fueros y libertades, integrante de la unidad de la Patria española. IV) La auténtica Monarquía tradicional, legítima de origen y de ejercicio. V) Los principios y espíritu y, en cuanto sea prácticamente posible, el mismo estado de derecho y legislativo anterior al mal llamado derecho nuevo».

    El contraste de esta doctrina política, buena o mala, ése es otro asunto, con las ideas políticas de Don Carlos Hugo y de su hermana Doña María Teresa, y con la democracia en general, es deslumbrante y explica que este documento básico haya sido escamoteado del libro que reseñamos.

    El «transfondo histórico» que Don Carlos Hugo quiere exhumar del siglo XIX para explicar el año 1936 está tratado con la misma frialdad. Nada de recuerdos de las guerras carlistas, de sus gestas, de su interpretación por los pensadores carlistas. Da una visión exclusivamente economicista y de lucha de clases de tufo marxistoide. Los opresores fueron todos estos: los ricos, el capitalismo, la burguesía, la nobleza, el ejército, la monarquía liberal, y, –esto es más grave–, la misma Iglesia, y luego, nada menos que los propios dirigentes del Carlismo, que según él no eran carlistas sino una pequeña minoría «integrista». Todos reprimían al pueblo, identificado al estilo marxista sólo con los obreros, que se rebela. Tenían razón las izquierdas; los malos eran las derechas. De la larga catilinaria de culpables se salva Don Manuel Fal Conde, al cual elogia. Lo que no dice es que estaba harto de sus excentricidades políticas, de los cual yo soy testigo. Tanto Don Manuel como otros muchos jefes, acabaron abandonándole. Repito que no discuto las ideas sino que recuerdo los hechos.

    Ha tomado una parte, partecita, por el todo, y además esa partecita está falseada. Es una interpretación sectorial y reduccionista del Carlismo a través de su historia; de manera que aunque fuera cierta, que no lo es, se lo podría carear con el esquema del clásico juramento norteamericano: no dice la verdad, ni toda la verdad, ni sólo la verdad. Silencia testimonios ajenos y añade inventos propios.

    Precisamente, si algo ha caracterizado al Carlismo ha sido la amplitud frondosa que le da rango de «Weltanschaung», de cosmovisión, antes y por encima de acciones estrictamente políticas coyunturales. Ha sido como un «holding» que incluye, ciertamente, una parte política y otra militar, y que con el resto tiene capacidad para encajar los continuos fracasos de esos otros sectores y sobrevivir de forma asombrosa y admirable, que sólo así se entiende (2). Además de protagonistas de unas acciones políticas y militares los carlistas son mucho más; tienen una manera de ser y una mentalidad peculiares, que les sitúan más próximos a las buenas maneras clásicas que a la ordinariez de la democracia. Hago notar que apenas alude un par de veces, de pasada, al Antiguo Régimen. Yo comprobé directamente sobre el terreno, durante una larga estancia en París en 1957, que en Francia Don Javier pasaba por ser el último representante del Antiguo Régimen. No digo que éste no estuviera cargado de defectos, sino que la situación era así.

    La base del Carlismo, que según Don Carlos Hugo nada tendría que ver con la cúpula dirigente «integrista», apoya al pueblo en la preparación de la transición a la democracia; y conseguida ésta, que identifica falsamente con la libertad, y a ésta falsamente con la representación social, llegamos a lo que Fukuyama llamaría el Final de la Historia. Don Carlos Hugo y su hermanita ya han triunfado y ya no tienen que hacer nada. Pero como les pide el cuerpo seguir enredando, hablan del futuro.

    Lo que dice del futuro es otra decepción; porque no se refiere al futuro político de España, sino al del mundo. Dice que vamos hacia un Estado mundial. Le ofrece los servicios del Carlismo «que serviría de paradigma en la perspectiva futura de una sociedad mundial».


    UNAS COARTADAS SEMÁNTICAS


    Para salvar ese tan llamativo reduccionismo economicista y su contraste con la cosmovisión del Carlismo, se sirven Don Hugo, su hermana María Teresa y sus amigos de una coartada nada nueva: la manipulación del lenguaje (3), que es uno de los arsenales de la guerra psicológica; introducen una cuña semántica artificial que es distinguir entre las palabras Carlismo e «integrismo», «mellismo», «tradicionalismo», etc., cada una con el tono y contexto que a ellos les conviene, pero sin definirlas.

    El Carlismo habría sido, según su concepción particular, exclusivamente y estrictamente un factor más en la lucha de clases en torno a la economía. Todo lo demás del Carlismo, «Dios-Patria-Rey», Cristiandad, Fueros, gremios y corporaciones, y los fundamentos de la legitimidad establecidos por Don Alfonso Carlos, más arriba transcritos, no serían el Carlismo propiamente tal, el «auténtico», sino ese maligno «integrismo» superpuesto, que todo lo echa a perder. Alguno de sus amigos, más sincero y menos precavido, ha llegado a escribir que Don Alfonso Carlos y el príncipe Don Javier no eran carlistas, sino integristas. Don Carlos Hugo se limita a decir, más cauteloso, que Don Alfonso Carlos entregó los mandos del partido a una minoría dirigente integrista, y fabrica una explicación falsa, a saber: «Hay que distinguir claramente dos estamentos para comprender el Carlismo de entonces. El popular, por una parte; una minoría integrista dirigente, por otra» (pág. 15).

    No ha sido alumna desaventajada su hermana Doña Cecilia, porque en su Epílogo dice: «… desde los muros de su Iglesia, la auténtica, con el cardenal Tarancón a la cabeza…». O sea, que también habría que distinguir entre dos Iglesias, una, la que todo el mundo identifica, y otra, la «auténtica», encabezada por Tarancón.

    De atrás veníamos conociendo estos juegos malabares semánticos. El general Mola, al ver en punto muerto sus negociaciones preparatorias del Alzamiento con Don Manuel Fal Conde, buscó como interlocutores a los de la Junta Carlista de Navarra, como es bien sabido, porque ellos eran «los auténticos». Franco llegó a decir que tenía gran predilección por los carlistas y que alguna pequeña desavenencia se debía a que Fal Conde no era carlista sino integrista.

    El abismo entre el Carlismo y el Huguismo es tan grande, que las coartadas semánticas más risibles y desvergonzadas no son justificantes suficientes. Entonces se introduce otra coartada, «la evolución», porque todo evoluciona. Esta canción tiene un género chico, que son la «actualización» y la «renovación». Doña María Teresa insiste en los de la «evolución»: «Esta vanguardia política de la Dinastía sería el martillo que empezaría a romper la costra integrista y tradicionalista enquistada en el partido, permitiendo con ello, bajo la paciente y eficaz dirección de Don Carlos Hugo, el inicio de la evolución ideológica» (pág. 203).


    UN POQUITO DE HISTORIA

    En todo el libro menudean, dispersas, noticias históricas; pero los capítulos dedicados a ellas son los números 3, 4 y 5; se deben a Don Joaquín Cubero Sánchez. Se encuentran también noticias en los capítulos 2 y 6 escritos por Doña María Teresa, pero éstas van muy sumergidas en connotaciones políticas.

    El trabajo de Cubero de recopilación y ordenación de datos, especialmente los referentes a las negociaciones con el general Mola, es la más completa y mejor ordenada cronología de ellas que conozco, hecha, se ve en seguida, por un buen historiador profesional. Lleva 302 citas a pie de página.

    Más que en esta narración, es en la utilización que se hace de ella en el resto del libro donde se nota un cierto énfasis en unas dificultades que, sin embargo, eran absolutamente normales y aun exigibles para no calificar tan grave negociación de alocada o de servil entrega. Ese énfasis sirve al tono general, ya dicho y criticado, de querer desvincularse de la Cruzada.

    Pero en esos capítulos históricos se advierte una desproporción entre el espacio dedicado al Alzamiento y después hasta la Unificación, y al resto de la biografía de Don Javier y del Carlismo en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, que es llamativamente mínimo e insignificante (93 páginas frente a 25 de las cuales aún hay que descontar doce dedicadas a la GM II y a Carlos VIII). Doña María Teresa reanuda la historia más extensamente para hablar del Partido Carlista. Hay, pues, cerca de treinta años, treinta, de los que se escamotea una historia extensa, o, al menos, suficiente. Son muchos años, muchos saltos, muchas omisiones, muchas trampas virtuales. Esto se refleja en el Apéndice Documental: los primeros veintiún documentos, de veintiocho, cubren de 1936 a 1939; luego, hay un salto de catorce años, catorce, hasta 1954; con esta última fecha aparece un solo documento; los siguientes, hasta el 28 y último, son: uno, de 1958, otro de 1969, (once años, once, en blanco) y otro de 1975 (seis años) y otro de 1976. En estas tres décadas va un pequeño quiste, históricamente pasable, que es lo relativo a las actividades políticas de Don Javier en la Francia no ocupada, y después, su cautiverio por los alemanes. Se han pasado como sobre ascuas casi treinta años de los más activos, llenos y responsables de la vida fecunda de Don Javier y multitud de cuestiones doctrinales cuajadas en documentos importantes que en ellos vieron la luz. En los escritos de Doña María Teresa (capítulos 2 y 6) no hay ninguna cita a pie de página.

    Las «evoluciones» de la política de Don Carlos Hugo, presuntamente suscritas por su padre en posesión de unas facultades mentales menguantes, no pueden ser contrastadas con ideas y conductas de esos treinta años si no se dispone de otras fuentes de información que este libro. Claro está, –se me olvidaba, perdón–, que en esos treinta años no mandaban los carlistas sino los «integristas», «un grupo minoritario que durante más de cuarenta años ocupó o detentó los puestos de responsabilidad y decisión del Carlismo, hasta ahora denominado Comunión Tradicionalista» (pág. 207).

    ¿Eran «integristas» los que llevaron a rastras, encadenado y narcotizado a Don Carlos Hugo a votar «Sí», con publicidad y jactancia en el Referéndum de la Ley Orgánica, en diciembre de 1966? Por cierto que en esa ley, y con ese voto, se refrendaban todas las principales leyes anteriores del régimen de Franco.

    No se encuentra en este libro historiada la «carrera dinástica» o rivalidad con Don Juan Carlos de Borbón por la sucesión de Franco, que entró en su fase final a partir de la presentación de Don Carlos Hugo en Montejurra, en 1957. Quizá sea porque según el Real Decreto de 5-I-1979, que le concede la nacionalidad española, Don Carlos Hugo «promete prestar juramento de fidelidad al Jefe del Estado», en difícil armonización con su legitimidad de ejercicio. En aquellos largos años de confrontación, la candidatura de Don Carlos Hugo se apoya en la vinculación del Carlismo, de Don Javier y suya a los principios y espíritu del 18 de Julio con carácter de monopolio, para agradar a Franco, que era el verdadero Regente. (Grave error táctico, porque Franco ya largaba amarras del 18 de Julio). Las mismas fuentes y equipos no cesaban de poner peyorativamente en contraposición con ese espíritu del 18 de Julio y del Movimiento Nacional, las ideas democráticas de Don Juan de Borbón y sus ya antiguos contactos con los vencidos de ayer, que por extensión se atribuían a Don Juan Carlos, que guardaba silencio.

    Paradigma de la adhesión de Don Carlos Hugo a Franco, a pesar de los insultos que éste dirigía a su padre y a los carlistas, fue el folleto que se repartió profusamente en 1964 (diez mil ejemplares), que llevaba en portada un dibujo retrato de Don Carlos Hugo y el título de «Quién puede ser el Príncipe de sangre real que encarne el 18 de Julio y el Movimiento Nacional». Para su edición se saltó el orden previsto de publicar después del documento «El Carlismo y la Unidad Católica» (23-V-1963), que tanto éxito tuvo, otro folletito sobre la Patria y otro sobre los Fueros, quedando el dedicado al Príncipe para el final. Esta alteración del orden previsto disgustó mucho a los navarros que no hacía más que presionar para que saliera pronto un folleto sobre los Fueros.

    Desde el Decreto de Unificación (19-IV-1937) hasta poco antes del nombramiento de Don Juan Carlos como sucesor de Franco en 1969, el Carlismo, Don Javier y, finalmente, Don Carlos Hugo se sitúan respecto a Franco en una oposición doméstica, restrictiva y selectiva, dentro del espíritu global, cada vez más borroso, del 18 de Julio, con altibajos en un modus vivendi fluctuante y de difícil definición. Esa oposición doméstica o interna, que también ejercían otras personas y grupos concurrentes al Alzamiento, se caracterizaba, ante todo, por su absoluta separación e incomunicación con la oposición global y exterior de los vencidos en la guerra. A diferencia de Don Juan de Borbón que coqueteaba con ellos desde la victoria de las democracias en la GM II. Don Carlos Hugo no inició sus coqueteos con la oposición roja hasta que terminó de perder la última brizna de esperanza de que Franco del hiciera caso. Los iniciaron antes colaboradores de Franco que desertaban a raudales. Aquella «evolución» de Don Carlos Hugo fue una traición a los carlistas y más especialmente a los que murieron en la Cruzada. Fue la historia de un resentimiento, explicable. Solamente le siguió un escasísimo número de carlistas, como se vio en su estrepitoso fracaso electoral posterior.

    Esta oposición doméstica de tira y afloja sin ruptura, tuvo dos fases: la Jefatura de Fal Conde hasta 1955, y la de Valiente, hasta cerca de 1969. En las dos coincidían dentro mismo de las propias filas del Carlismo, dos tendencias opuestas, una en contra de un entendimiento con Franco pero sin pensar jamás en aliarse con los rojos, y otra a favor de la colaboración. Las tendencias colaboracionistas estuvieron siempre deslucidas por la negativa de Franco a acogerlas. Incluso durante el periodo duro de Fal Conde, que coincidía con el más duro de Franco, no faltaron intentos dignos, discretos y sostenidos, de aproximación a Franco, aprobados y aun impulsados por Don Javier, quién sabe si por inspiración del Vaticano, como él mismo explicó en su discurso de Puchheim (1965).

    Después del cese de Fal Conde, el Jefe del Secretariado y luego Jefe Delegado, Don José María Valiente, defendía la política de colaboración con Franco de las crecientes discrepancias internas diciendo, con razón y verdad, que era la política ordenada por el Rey Don Javier. Miente, pues, Doña María Teresa cuando escribe (pág. 216): «… todavía se hallaban incrustadas en el aparato del partido antiguos líderes conservadores y tradicionalistas que habían conducido la época de colaboración y de posibilismo con el régimen de Franco…». Aquella política de colaboración, etc., se inició y se mantuvo por orden del Rey Don Javier, precisamente en contra de la resistencia que a ella oponían muchos carlistas.

    Destacan, entre otros, tres episodios que iluminan la peculiaridad de aquella oposición. Uno, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial. En 1946 la oposición roja del exterior espoleó a las democracias vencedoras a derribar a Franco; esas naciones retiraron sus embajadores en España, negaron a España el ingreso en la ONU, no le concedieron parte del Plan Marshall, etc. Don Javier y todos los carlistas, olvidando pasados agravios, cesaron aun en su oposición doméstica y cerraron filas en torno a Franco. Otro episodio posterior fue análogo: aprovechando unos grandes actos de la Comunidad Económica Europea, se reunieron en Munich todas las fuerzas de izquierda de oposición a Franco y plantearon un chantaje con esquema parecido al de 1946: Espña no disfrutará de un bienestar material mientras no se incorpore a la nueva Europa y ésta no le recibirá hasta que el régimen de la Cruzada no ceda gratuitamente el pode a la democracia. Todas la publicaciones carlistas cerraron filas en torno a Franco. Don Juan de Borbón, y en silencio su hijo fidelísimo, tuvieron en aquel episodio una actitud ambigua y confusa. En 1963 entró clandestinamente en España un dirigente comunista llamado Julián Grimau. Fue detenido y fusilado. Las izquierdas organizaron un clamor internacional parecido al del proceso de Ferrer Guardia al principio de este siglo. Los carlistas cerraron nuevamente filas a favor de Franco.


    UNA «ENFANT TERRIBLE»: DOÑA MARÍA TERESA DE BORBÓN PARMA


    Doña María Teresa empieza el capítulo segundo con unas primeras páginas biográficas de su padre, Don Javier, sin ideología, pero luego todo se va politizando, también en el capítulo 6, que forma pareja. Suscribe las peores teorías de su hermano, y además las amplía, «clarifica» y sirve. Es su alter ego y además, una «enfant terrible» que suelta las frescas que los mayores no se atreven a decir. Lo cual le viene bien a su hermano que así puede nadar y guardar la ropa mejor, como mero prologuista.

    Le ayuda que el libro trae muy poco de las tres décadas, tres, de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, cuajadas de documentos que no abonan nada sus interpretaciones. Aunque ella era ya mayorcita cuando apareció en España al final de los años cincuenta, saludando a las autoridades franquistas que le aclamaban en los partidos judiciales, y enredando en la OAS, nada de aquello le parece Carlismo. Todo era una «costra» formada por «integristas», «mellistas», «tradicionalistas», «ultras» y «antidesviacionistas». Lo que le interesa, la gran obra de su vida, es el Partido Carlista fundado por su hermano. Como las coartadas semánticas y la apelación a la necesaria evolución no bastan para salvar el abismo que hay entre la concepción política de Don Carlos Hugo y el Carlismo, Doña María Teresa echa mano, pues, de un nuevo recurso para disimular la fractura, que es utilizar la figura de Don Javier, su padre, como garantía de continuidad. Presenta una docena de alusiones a una supuesta identificación política del Rey con el «leader». Son brevísimas y empíricas, aunque claro está que susceptibles de terribles ampliaciones. Mientras éstas no llegan, su importancia, que con gran dolor no podemos negar, queda rebajada por la atenuante de que no tienen la culpabilidad de unas adhesiones ampliamente explícitas, sino que se habrían de valorar más bien como omisiones de las debidas desautorizaciones exigidas por la fidelidad al testamento político de Don Alfonso Carlos. Estas omisiones, aunque de suyo graves, tienen a su vez dos atenuantes, una, objetiva, de que la edad de Don Javier se adentraba en la década de los ochenta años, y otra, el recuerdo de que los coetáneos las juzgaban con benevolencia, porque decían que Don Javier «chocheaba», lo cual se confirma implícitamente por su abdicación.

    Doña María Teresa toma el testigo de la «evolución» del Partido, no de la Comunión Tradicionalista, que el lector sigue sin saber si existió. La «evolución», tantas veces repetida, se apoya en la necesidad de «actualizar»; eso le gusta mucho a la gente, aunque no se le diga concretamente qué cosas y hasta qué forma hay que hacer evolucionar, y cómo, para actualizar. Un ejemplo de esta «actualización» es que no presenta a su hermano como Príncipe de Asturias, sino como «líder». ¿Eran verdaderamente monárquicos él y sus hermanas? Bastaría este trueque para negarlo, pero hay otros rasgos, abundantes. En la página 214 leemos: «Don Carlos Hugo se había liberado de una vez de la etiqueta de pretendiente y dirigía con todas su consecuencias el liderazgo de un partido socialista». ¡Qué ilusión para un monárquico! Con este líder, «…el Carlismo dio pasos decisivos en el campo ideológico con la formulación de un socialismo autogestionario…» (pág. 73). Juzgue el lector si éste es un lenguaje monárquico.

    Desprendida la palabra «Rey» del trilema carlista «Dios-Patria-Rey», se desprendieron también los otros términos, «Dios» y «Patria», y ese glorioso trilema no aparece por ninguna parte del libro. Don Carlos Hugo ya iba deliberadamente dejando caer en desuso todo lo religioso. Me contaba el Jefe Delegado, Don José María Valiente, que había discutido larga y explícitamente con «Su Alteza» esa política, desaconsejándosela; le decía que la palabra «dios» es de lo más inocente y que la incluían en sus discursos desde la reina de Inglaterra, que es hereje, hasta estadistas incrédulos. Este abandono de lo religioso le parece muy bien a Doña María Teresa: «Un ateo puede llegar a ser carlista» (pág. 218). Podrá o no podrá; esta posibilidad será buena o mala, pero lo que es innegable es la ruptura con el antiguo aforismo, «se puede ser católico sin ser carlista, per no se puede ser carlista sin ser católico».

    También se perciben en el libro tambaleos en el concepto de Patria. Es evidente la ruptura con la línea seguida, y más arriba comentada, ante la retirada de embajadores (1946), el contubernio de Munich (1962) y la ejecución de Grimau (1963). Ejemplos: «…cuando (Don Carlos Hugo) participó en viajes de la oposición para informar a la opinión mundial de la situación de España…» (pág. 74). O la asistencia de Doña María Teresa y de Doña Cecilia a un Congreso de la Paz montado en Moscú por los soviets, en el que se encontraron con la Pasionaria. (pág. 241). Los marxistas estaban en su papel porque son apátridas.

    Los carlistas habían mostrado su patriotismo de una manera peculiar, que era hacer una oposición sólo interior y doméstica sin contactos con los rojos ni con el extranjero, y que permitía distinguir nítidamente entre la oposición a ciertas cosas de Franco y las agresiones a toda España. Espigando textos de Don Javier encontramos algunos que permiten conjeturar cómo juzgaría los contubernios de su hijo con los marxistas: «…algunos (que) llamándose patriotas, no han vacilado en unirse a los peores enemigos de España…» (Discurso de Puchheim el 17-I-1965). En el mismo discurso: «… la injusta situación creada a España al término de la contienda mundial aconsejaron que se aplazara, una vez más, el planteamiento que condujera a la declaración solemne de la Sucesión dinástica legítima. El ejemplo de mis antecesores y en especial el de Don Carlos VII ante la guerra de Cuba en 1875 y 1898, y el de Don Alfonso Carlos al comenzar el Alzamiento Nacional de 1936, anteponiendo siempre el supremo interés de la Patria a cualquier planteamiento de derecho dinástico, abonan la decisión de aquel aplazamiento, ya que la aceptación y proclamación del Sucesor legítimo en la Corona hubiera podido interpretarse como un planteamiento personal poco patriótico, que pretendiera buscar el apoyo de un clima internacional que en aquellos momentos intentaba asfixiar al País».

    Pues, nada. Don Carlos Hugo sigue del brazo de la oposición roja y Doña María Teresa lo cuenta como una gracia: «…Don Carlos Hugo realiza un llamamiento a los pueblos y a los gobiernos del mundo, denunciando la escalada de la represión en España, donde se conculcan los más elementales derechos humanos». (págs. 227-228). Con motivo de la condena a muerte de cinco militantes de la oposición, pertenecientes concretamente a ETA y al FRAP (no dice que por asesinato de policías), «Don Carlos Hugo dirige un telegrama a Franco solicitando el indulto y el cese inmediato de la represión…». La víspera de la ejecución (26-XI-1975) Don Hugo declara a Radio France: «Lo que está ocurriendo en España es un crimen, un crimen cometido por un Estado: el régimen franquista» (pág. 228). Hay más ejemplos; este libro es una mina; pestilente, pero mina.

    Fíjense ahora, lectores, en este párrafo de la página 73: «Mi padre tenía, en relación con esta labor pedagógica, una gran preocupación: la de poner en perspectiva el trasfondo cristiano, que había sido y seguía siendo el del Carlismo, aunque ya sin afirmación confesional (sic), con los valores de la libertad y de la democracia, que el régimen (…) había logrado presentar como opuestos al Cristianismo».

    Digamos, primero, que no se entiende qué es ni para qué sirve ese «trasfondo cristiano» que se arrepiente y retrae de afirmarse públicamente, como toda la vida había hecho. Segundo, que no solamente la propaganda de Franco, sino el magisterio de la Iglesia, ha declarado siempre opuesta al Cristianismo esa libertad sin límites que invoca Doña María Teresa, que es propia del liberalismo y de su encarnación política, la democracia, esta de ahora, de 1997, a la que tanto dice haber contribuido, y a los que siempre combatió el Carlismo. Pág. 221: «La autogestión política supone, no solamente las libertades para todos los partidos…» (de un documento leído en Montejurra 1974). Pág. 223: «El Partido Carlista se incorpora a la Junta Democrática de España con el único y exclusivo fin de colaborar (…) al establecimiento inmediato de las libertades democráticas sin límite alguno». Pág. 227: «… este nuevo régimen del mañana debería ser socialista, pluralista, federal y respetuoso de todas las libertades».

    En cuanto a la democracia, hasta el Papa Juan Pablo II denuncia en su encíclica «Evangelium Vitae» que su fundamento, el sufragio universal, no es omnipotente, con la única sujeción a la voluntad de la mitad más uno, sino que sus competencias están limitadas por el Derecho Natural y Revelado. Doña María Teresa incurre en el error de creer que no hay más concepto de la libertad que el liberal y democrático de las izquierdas, cuando hay muchos otros, entre ellos, precisamente el del Derecho Público Cristiano y el del Tradicionalismo.

    Estos textos y otros de este libro recogen el error, muy generalizado, de creer que la libertad y la representación política, encorsetados en límites insufribles por los totalitarismos, no tienen más salida ni posibilidad de realización que la democracia, cuando lo cierto es que la tienen muy cumplida en la organización tradicional de la sociedad, ajustada en todo al Derecho Público Cristiano.

    Es falsa, pues, la disyuntiva totalitarismo o democracia, porque hay además otra opción o alternativa que es la organización tradicional de la sociedad, ya realizada largos años y en muchos países, y que es la que ha propugnado siempre el Carlismo. La salida claramente cristiana de alguna estructura del régimen de Franco de cristianismo discutible, no era la democracia, que es anticristiana, sino precisamente el tradicionalismo, el Carlismo, que por su confesionalidad esencial se ajusta al Derecho Público Cristiano.

    Por esos errores se ha producido a la muerte de Franco la tragedia de que el Carlismo ni se había mantenido ni se ofreció al pueblo español, y que su Dinastía fue a arrojarse, desnaturalizada por «evoluciones», «actualizaciones» y «renovaciones» a las coaliciones de sus enemigos seculares, los liberales y los marxistas. De ellas fueron pioneros y cofundadores (Junta Democrática y Convergencia Democrática, pág. 34) Don Carlos Hugo y sus hermanas María Teresa y Cecilia.

    Esta corrupción ideológica se manifiesta mediante un deslizamiento semántico útil, o «trasvase ideológico inadvertido», basado en la frivolidad o falta de rigor en el significado de las palabras; aparte de la malicia, claro está.

    Otro ejemplo: atribuye a Don Javier estas palabras: «Esta diversidad de opiniones, así como de todos los intereses de la sociedad, deben estar representados en las Cortes». Perfecta doctrina tradicionalista. Pero ahora viene el sutil cambiazo; según Doña María Teresa (pág. 72) «Acaba de aludir a la libertad política y a su vehículo, el partido político». Hay otras formas de ejercer esa anhelada representación política distintas de las democráticas y de los partidos políticos, que son, precisamente, las características de la organización tradicional de la sociedad.

    Otro ejemplo de cambiazo:

    Don Javier dijo: «… el triunfo de la Causa Nacional (…) permitía que una vez restablecida la paz y reconstruida la sociedad en sus instituciones peculiares, pudieran reunirse las Cortes Tradicionales representativas. Ante esas Cortes el Sucesor de la Dinastía Legítima debía renovar, con amplitud nacional, el Pacto histórico entre el Pueblo y la Dinastía…». Este y los siguientes textos son del discurso de Puchheim. «Con ella (con la Sucesión de los Reyes Legítimos) acepté la plenitud de derechos y gravísimos deberes de la Corona de España en espera de que aquella aceptación ante la Comunión Tradicionalista pudiera ser ratificada ante el Reino junto en Cortes».– «… la Autoridad Soberana requiere para su ejercicio, cuánto más para su instauración, la concurrencia de la sociedad y la colaboración de sus hombres representativos».– «Quedan de este modo diferenciados dos momentos: mi Resolución, a vuestro ruego, de asumir el Derecho Real vacante, y el de su promulgación oficial…».–

    Don Carlos Hugo le da a todo esto un cambiazo involucrando a la democracia con la mayor sencillez y naturalidad, en la página 28. «Nuestro padre aceptó (la Sucesión) con una sola condición: que en el futuro se realizara por un procedimiento democrático la confirmación de la Sucesión». Los procedimientos que acabamos de ver que Don Javier exige no son democráticos, ni de sufragio universal, ni de Parlamento liberal, sino tradicionalistas. No podía ser de otra manera. En la disposición segunda del Real Decreto de 23-I-1936 estableciendo la Regencia, Don Alfonso Carlos dice que la sucesión legítima se hará «conforme a las leyes y usos históricos y principios de legitimidad que ha sustentado durante un siglo la Comunión Tradicionalista».


    LOS EPÍLOGOS

    El de Doña Cecilia.– Se extiende bastante en recuerdos personales acerca de su padre. Pero no pierde esta ocasión de tomar algunos dardos políticos de sus hermanos Carlos Hugo y María Teresa y de relanzarlos entre noticias poco conocidas.

    «Había que trabajar junto a los otros partidos por la democratización de España, que la pedía a gritos desde las rejas de sus cárceles, desde los muros de su Iglesia, la auténtica del pueblo con un cardenal Tarancón a su cabeza, y tantos obreros, tantos trabajadores, perseguidos por la sola mención del comunismo. Se alegró nuestro padre de que María Teresa y yo asistiéramos en Moscú al Congreso de la Paz, junto a todas las fuerzas unidas, y que allá nos encontráramos con la Pasionaria, trabajando todos por la paz, después de haber luchado él y ella en bandos opuestos. A los que se indignaban al enterarse de nuestras relaciones con Dolores Ibarruri mi padre llegó a contestar: “Yo le hubiera dado un abrazo”» (pág. 241).

    Anteriormente, en este mismo libro, pág. 56, habíamos leído en el escrito de Doña María Teresa lo siguiente: «Cuarenta años más tarde, cuando (mi padre) se entrevistó con Santiago Carrillo, como éste hace constar en sus memorias, le dijo riendo: “Si usted y yo nos hubiéramos conocido antes quizás la guerra no hubiese estallado”. Se trataba por su parte de una declaración simbólica».

    Preferimos pensar, piadosamente, que los años hacían mella en las facultades mentales de Don Javier. En sus hijas no encontramos atenuantes para estos intentos de paz separada al margen de los carlistas con sus enemigos de ayer y de siempre, gracias a los cuales no prosperaron.

    El de Doña María de las Nieves.– De las tres infantas que alrededor de 1960 viajaban por toda España apoyando la candidatura de su hermano Carlos Hugo, Doña María de las Nieves fue la menos activa y atraída por la política. Ahora ha hecho con algunos rasgos de su padre un texto bueno y corto, pero suficiente para solidarizarla con el resto del libro de que forma parte. Alude, brevísimamente a tres asuntos de la vida de Don Javier que pueden servir de puntos de referencia para comprender la malignidad de la transformación de las ideas de su juventud y de su madurez hasta venir a parar, en su exculpatoria senectud, en el artefacto socialista autogestionario de Don Carlos Hugo y de Doña María Teresa.

    Recuerda que Don Javier ayudó a los legitimistas portugueses en sus revueltas, y a los legitimistas franceses, permanentemente. Fue, además, lugarteniente de la Orden del Santo Sepulcro. ¿Qué tienen que ver esos recuerdos de la Cristiandad y del Antiguo Régimen con las fantasías políticas de algunos de sus hijos?

    El de los nietos.– Margarita y Jaime de Borbón y Orange-Nassau suscriben conjuntamente un epílogo de 19 líneas, bien separado en una sola página, la 255, bajo el título «Nuestro abuelo, en el recuerdo». Son un trozo literario agradable, sin sustancia política, aparentemente. La tiene, en realidad, y consiste en su mera inclusión en este libro político, del que inevitablemente resultan por ello de alguna manera solidarios. Puede esto llegar a ser en el futuro un antecedente político, aunque de interés ya desvaído.

    Su presencia llama la atención, en silencio, acerca de la ausencia no explicada de otros dos nietos de Don Javier, María Carolina y Carlos Javier, este último primogénito de Don Carlos Hugo, por quien algunos preguntan, de vez en cuando, más con sentimentalismo romántico que por auspicios serios. Error sólo comparable a la obsesión de quienes se obstinaban hasta el delirio en requerir a Don Esteban y a Don Domingo de Habsburgo y Hohenzollern para que siguieran los supuestos derechos dinásticos de su padre el archiduque Don Antonio de Habsburgo y Borbón, hermano de Don Carlos VIII.

    Con todo, no parece que a ninguno de los cuatro nietos les desagraden los ambientes políticos. Sus contactos renovados recientemente con el Ducado de Parma se recogen en el libro de Don Juan Balansó, La Familia Rival (Planeta, 1994). Sería bueno que los católicos parmesanos estuvieran informados de las teorías del socialismo autogestionario y de los coqueteos con las izquierdas de una parte de esta familia.


    APÉNDICE DOCUMENTAL


    Un Apéndice Documental parece, a priori, gratificante. A posteriori puede descubrirse la sutil paradoja de que en vez de dar a la obra el respaldo de objetividad que se esperaba, contribuye por su selección a una visión tendenciosa de la historia. Éste es el caso de esta colección de veintiocho documentos que cierra el libro. Su extensión, 157 páginas, devalúa la coartada clásica de la falta de espacio como justificante de omisiones tendenciosas. Ya he señalado más arriba que presenta muy dilatadas lagunas.

    ¿Cuáles de los documentos de este Apéndice no estarían obligados a ceder su espacio a cada uno de los documentos siguientes que faltan? Porque faltan por lo menos tres documentos de insuperable importancia en la vida de Don Javier, a saber:

    – El Real Decreto de Don Alfonso Carlos de 21-I-1936 que en su primera disposición instituía Regente a Don Javier y en la tercera establecía que tanto el Regente como el sucesor (el propio Regente Don Javier después del Acto de Puchheim, en 1965) deberían ajustarse a los fundamentos de la legitimidad española, respetándolos intangibles. He transcrito antes, más arriba, la definición que hace de ellos.

    – La Declaración de Don Javier al Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista reunido en Barcelona el 31-I-1952 en la que asume el Derecho Real vacante y se proclama Rey de derecho, quedando pendiente la promulgación y el juramento posteriores, preceptivos para ser Rey, también de hecho.

    – El documento leído en el Castillo de Puchheim el 17-I-1965 en el que da fin a la Regencia y se proclama sucesor de Don Alfonso Carlos.

    Éstas y otras extrañas incomparecencias se explican suficientemente por el contraste innegable de su doctrina con las ideas liberales, democráticas y socialistas autogestionarias recogidas en el libro.

    Los doce primeros documentos se refieren a las negociaciones con el general Mola para el Alzamiento. Ya he dicho al comentar esa narración titulada, «cronología de un desacuerdo» que es de las más completas y mejores que conozco; aquella alabanza, sin regateos, se avalora con esta parte del Apéndice Documental.

    Otro mérito tiene éste, que es sacar a la luz un «Diario de Don Javier de la guerra civil española», que ocupa 85 páginas. Solamente una pequeña parte estaba inédita hasta ahora; el resto había sido ya publicado si bien en escritos poco divulgados. Este diario es flojito y decepcionante; después de lo referente a los primeros días, el interés decae y hay que pasar por muchas anotaciones sin interés; y las que podrían interesar, como las entrevistas con Franco, son exageradamente breves, meras menciones.


    CONCLUSIONES


    1ª.– Este libro contiene cuestiones ideológicas y aportaciones a la historia del Alzamiento del 18 de Julio de 1936, a la del franquismo y a la del postfranquismo. Pero no es la gran biografía completa que Don Javier merece y nosotros necesitamos y seguimos esperando.

    2ª.– Muestra que la ideología y la conducta de Don Carlos Hugo de Borbón Parma y de sus hermanas Doña María Teresa y Doña Cecilia son muy dispares de las que hasta su llegada ha profesado el Carlismo. Han producido una fractura irreparable y un abismo insalvable; no se trata solamente de una mera «evolución»; presentan algo muy distinto y contrapuesto, con independencia de otras calificaciones.

    3ª.– La presunta adhesión de Don Javier de Borbón Parma a la nueva ideología de los hijos suyos citados es insuficiente y se produce en su extrema ancianidad. Si hubiera sido más explícita y extensa, y con más lucidez mental, estaría en grave colisión con sus juramentos de cumplir el Testamento Político de Don Alfonso Carlos.

    4ª.– Doña Magdalena de Borbón Busset, esposa de Don Javier, y el infante Don Sixto Enrique discreparon abiertamente de la nueva ideología de Don Carlos Hugo. No se da a conocer la posición adoptada respecto de la nueva ideología por la infanta Doña María Francisca de Lobkowicz, ni por los nietos de Don Javier, Don Carlos Javier y Doña Carolina de Borbón y Orange-Nassau.




    * Don Javier, una vida al servicio de la libertad, por Mª Teresa de Borbón Parma, Josep Carles Clemente y Joaquín Cubero Sánchez. Prólogo de S.A.R. Don Carlos Hugo de Borbón-Parma. Plaza & Janés, 1997, 4º, 431 págs., cartoné, 2.995 ptas.

    (1) Acerca de la utilización enfática de la palabra «rojo» por los propios rojos hay una buena antología en el libro La columna de Bayo, de José Luis Gordillo (DYRSA).

    (2) Se ha hecho clásico un texto de Aparisi y Guijarro que decía: «La cuestión carlista no es una cuestión española; es una cuestión europea. Es más, mucho más que una cuestión política; es una cuestión social y religiosa; de suerte que en nuestros aciertos o errores está interesado el mundo; y si es lícito usar una expresión atrevida, está interesado Dios mismo».

    (3) Acerca de la manipulación del lenguaje, son recomendables los libros Trasvase ideológico inadvertido y diálogo, de Plinio Correa de Oliveira, y El lenguaje y los mitos, de Rafael Gambra, ambos de Editorial Speiro.




    (Fuente: Revista Aportes, Nº 35, XII (3/1997), páginas 25-36)
    Última edición por Martin Ant; 28/06/2014 a las 12:03

  11. #31
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    En el mensaje sobre los testimonios de terceros se me pasó poner el de una figura importante, el de su hijo y heredero político Don Sixto Enrique de Borbón. Don Sixto Enrique siempre ha tratado, según confesión propia, de seguir en su actuación política, en todo momento, las mismas ideas que su Padre Don Javier sostuvo durante toda su vida. Es pues también un testimonio valioso en favor de la ortodoxia de Don Javier y su exención en la culpa del desviacionismo revolucionario oficialmente propalado por Carlos Hugo a partir de 1969.

    Se podría objetar que lo que hace Don Sixto Enrique es simplemente un acto de piedad filial en el que, a semejanza de los hijos de Noé cuando éste se emborrachó y se quedó desnudo, trataría de "cubrir" las supuestas "vergüenzas" de su padre de sus últimos 8 años de vida (1969-1977), pregonando una especie de mentira "piadosa" acerca de cuál era la verdadera mentalidad política de su Padre en esos sus últimos años de ancianidad.

    Sin embargo esto no se sostiene, porque estamos hablando aquí de cuestiones capitales e importantísimas que no pueden admitir duda alguna, pues de lo contrario el propio Don Sixto Enrique se estaría haciendo solidario de esos errores supuestamente defendidos por su Padre y quedaría, en cierto modo, desautorizado. Es por ello, como digo, que su testimonio en favor de su Padre vale mucho y desautoriza el que pudieran realizar los otros hijos (Carlos Hugo, María Teresa, Cecilia y María de las Nieves) que se separaron y traicionaron los principios de la legitimidad tradicionalista.

    La versión de los hechos está tomada de uno de los Apéndices del libro-entrevista realizado a Don Sixto Enrique "Secrets de Princes". Dejo primero la versión original francesa (únicamente he españolizado los nombres propios) y, a continuación, una traducción mía (no domino el francés, lo digo por si alguien quiere revisarlo por si hubiera algún fallo involuntario de traducción).

    Défection de Carlos Hugo et attitude du Prince Sixto Enrique



    Dés le début des années soixante, on a pu observer chez le Prince de Asturies un changemente de position totalement étrangère au carlisme. Ce processus apparatut aut grand jour et de façon évidente à partir de 1970. Le Prince Javier vieillissant ne souhaitait pas désavouer son fils héritier, en dépit du mécontentement des Carlistes. De son côté, le Prince Sixto Enrique qui se trouvait alors à Lisbonne, se montra prudente et ne prit aucune position publique. Les événements se précipitèrent en 1975. Des notables carlistes écrivirent en premier lieu au Roi Javier et au Prince Carlos Hugo; puis, ils firent appel au Prince Sixto Enrique qui répondit en levant aut le drapeau traditionaliste face à la trahison de Carlos Hugo.

    L`affrontement fut très dur, y compris sur le plan personnel et la famille se divisa en deux: d´un côté Carlos Hugo et seus soeurs cadettes, María Teresa, Cecilia et María de las Nieves. De l´autre, Sixto Enrique et sa soeur aînée Franscisca, princesa de Lobkowicz.

    En mai 1976, à Montejurra, cette montagne de la Navarre oú se célèbre chaque année le souvenir d`une mémorable Bataille, les deux freres et leurs partisans s´affrontèrent, laissant deux morts sur le terrain. Le Prince Javier écrivit alors a sa soeur Doña Enriqueta lui disant, à propos de ces événements qu`une nouvelle fois, comme en 1936, les Carlistes s`etaient heurtés aux révolutionnaires. Les Carlistes, c´etait clair, étaient les partisans de Sixto Enrique, les révolutionnaires du côté de Carlos Hugo.

    Dans la déclaration du 4 mars 1977 qu´on a appelé son “testament politique”, deux mois avanti son décès, le Prince Javier a dit bien clairement que la légitimité était du côté du Prince Sixto Enrique. Il en vâ de meme pour la Princesa Magdalena qui, telle une nouvelle Princesa de Beira, sauva le Carlisme en désavouant Carlos Hugo et en soutenant Sixto Enrique. En conséquence, quand mourunt la Princesa Magdalena, en 1984, et selon ses instructions, il fut interdit à Carlos Hugo et à ser soeurs María Teresa, Cecilia et María de las Nieves, d`accéder à la chapelle ardente.

    Le Prince Sixto Enrique a continué à assumer son rôle de porte-drapeau de la Tradition –une façon discrète de dire qu`i lest le roi légitime d`Espagne ou, tout au moins, son Régent, jusqu`à ce que soit connue la position prise par ses neveux, les fils du Prince Carlos Hugo.

    Deux documents récenos nous apprenent que Carlos Hugo a rompu avec les partisans révolutionnaires qui l´avaient suivi. Il a obtenu de Juan Carlos, la nationalité espagnole ce qui implique un acte soumission à l`usurpateur.

    Rappelons que le Prince Sixto Enrique qui avait demandé, comme son pére, la reconnaissance de sa nationalité espagnole, s`était heurté à l`opposition de Franco.

    1960-1977



    Traducción


    Defección de Carlos Hugo y actitud del Príncipe Sixto Enrique


    Desde el comienzo de los años sesenta, se pudo observar en el Príncipe de Asturias [Carlos Hugo] un cambio de posición totalmente extraño al carlismo. Este proceso apareció abiertamente y se hizo evidente a partir de 1970. El envejecido Príncipe Javier no quiso renegar de su hijo heredero, a pesar del descontento de los carlistas. Por su parte, el Príncipe Sixto Enrique, que estaba por entonces en Lisboa, se mostró prudente y no tomó ninguna posición pública. Los acontecimientos se precipitaron en 1975. Carlistas notables escribieron en primer lugar al Rey Javier y al Príncipe Carlos Hugo; después, apelaron al Príncipe Sixto Enrique quien respondió levantando la bandera tradicionalista frente a la traición de Carlos Hugo.

    El enfrentamiento fue muy duro, que incluía el plano personal, y la familia se dividió en dos: por un lado, Carlos Hugo y sus hermanas menores, María Teresa, Cecilia y María de las Nieves. Del otro, Sixto Enrique y su hermana mayor Francisca, princesa de Lobkowicz.

    En mayo de 1976, en Montejurra, la montaña de Navarra donde se celebra todos los años la memoria de una batalla memorable, los dos hermanos y sus partidarios se enfrentaron, dejando dos muertos sobre el terreno. El Príncipe Javier escribió entonces a su hermana Doña Enriqueta, a propósito de estos eventos, que una vez más, como en 1936, los carlistas se enfrentaron con los revolucionarios. Los carlistas, estaba claro, eran los partidarios de Sixto Enrique; los revolucionarios del lado de Carlos Hugo.

    En la declaración de 4 de marzo de 1977, que se ha denominado “testamento político”, dos meses antes de su muerte, el Príncipe Javier establece muy claramente que la legitimidad está del lado del Príncipe Sixto Enrique. Esto mismo ocurre con la Princesa Magdalena que, como una nueva Princesa de Beira, salvó al Carlismo al repudiar a Carlos Hugo y apoyar a Sixto Enrique. En consecuencia, cuando murió la Princesa Magdalena en 1984, y de acuerdo con sus instrucciones, se le prohibió acceder a la capilla ardiente a Carlos Hugo y a sus hermanas María Teresa, Cecilia y María de las Nieves.

    El Príncipe Sixto Enrique siguió cumpliendo su papel como portaestandarte de la Tradición –una forma discreta de decir que él es el rey legítimo de España o, al menos su Regente, hasta que se conozca la posición adoptada por sus sobrinos, los hijos del Príncipe Carlos Hugo.

    Dos documentos recientes nos dicen que Carlos Hugo rompió con sus simpatizantes revolucionarios que le habían seguido. Él obtuvo de Juan Carlos la nacionalidad española, que implica un acto de sumisión al usurpador.

    Recordemos que el Príncipe Sixto Enrique, que había pedido, como su padre, el reconocimiento de su nacionalidad española, se encontró con la oposición de Franco.

    1960-1977



    (Fuente: “Secrets de Princes”. Huguette Pérol. Anexo. Páginas 180-181.)
    Última edición por Martin Ant; 28/06/2014 a las 12:30

  12. #32
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Cita Iniciado por Candidus Ver mensaje
    un falsario como José Carlos Clemente Balaguer (aka Josep Carles Clemente
    Ah, ¿que también don Javier era amigo de "falsarios"? No es nada extraño, si están demostradas, como ya hemos visto, sus reuniones con genocidas como Carrillo.

    Todo cuadra, ¡¡si es que lo de este Don Javier es de traca!!; debe retorcerse de risa en el más allá leyendo como es tanto más canonizado por aquellos a los que tanto más traicionó.
    Su genial técnica socio-psicólogica pareció ser la misma de la que abusan los papas posconcilares: "agrademos a los del otro bando, que a los de toda la vida los tendremos siempre en el bote".
    Última edición por ALACRAN; 30/06/2014 a las 18:31
    raolbo y Pious dieron el Víctor.
    "...Tras las escuelas liberales vienen las socialistas
    con su teoría de las insurrecciones santas y los delitos heroicos...
    el nuevo evangelio del mundo
    lo están escribiendo presidiarios
    ...
    el mundo no tendrá sino lo que se merece
    cuando sea evangelizado por los nuevos apóstoles..."
    Año 1851
    (profecía de J. Donoso Cortés)
    ************************

  13. #33
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    El traidor Don Javier de Borbón Parma y su esposa la "legitimísima regente" Dª Magdalena, ceden su "modesto chalé" para reuniones de los comunistas:

    En julio de 1974 se presenta en Paris la Junta Democráticade España, vertebrada y dominada por el PCE de Santiago Carrillo… Al pocotiempo se sumaría el Partido Carlista, con Carlos Hugo de Borbón a la cabeza;el PSP de Tierno Galván y Raúl Morodo y el Partido del Trabajo de España deEladio Castro.
    Referente a la incorporación de los carlistas a la Junta, asistí a una reunión en Francia,concretamente en el Chateau de Lignières, propiedad de don Javier y doñaMagdalena de Borbón Parma. A la reunión asistió, en representación del PC,Santiago Carrillo, y el doctor Gutiérrez Díaz por el PSUC catalán

    Josep Carles Clemente “Historias de la transición, el fin del apagón, 1973-1981”, pág 42
    Historias de la transición: el fin del apagón, 1973-1981 - José Carlos Clemente

    Es evidente que Carrillo y compañía entraron allí en limusina y un lacayo les abrió las puertas, luego caviar y champán y unas cuantas risotadas sobre el futuro de España: "¡Coño, qué bien vivís los de la nobleza!"
    Última edición por ALACRAN; 30/06/2014 a las 19:42
    jasarhez y Pious dieron el Víctor.
    "...Tras las escuelas liberales vienen las socialistas
    con su teoría de las insurrecciones santas y los delitos heroicos...
    el nuevo evangelio del mundo
    lo están escribiendo presidiarios
    ...
    el mundo no tendrá sino lo que se merece
    cuando sea evangelizado por los nuevos apóstoles..."
    Año 1851
    (profecía de J. Donoso Cortés)
    ************************

  14. #34
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno, a mi modo de ver, el problema aquí no es tanto de tendencia historiográfica, sino de hechos históricos simplemente. Don Sixto, en una postura que respeto mucho, siempre ha querido salvaguardar la memoria de su padre demostrando con ello su conciencia católica y su deber de hijo; el problema es que es muy difícil hacerlo, cuando su padre en todo momento apoyó incondicionalmente los desmanes de su hermano mayor, sin censurale como regente del carlismo o reconvenirle lo más mínimo al menos en el plano paternal. El hecho de que don Javier entregase a su primogénito la fundación y dirección del partido bajo principios heréticos, para integrarlo en juntas o "platajuntas" democráticas, con estalinistas, separatistas, liberales de todo pelaje, masones, maoístas y socialdemócratas es algo absolutamente insólito en un verdadero príncipe de la Tradición; pero es que el problema NO es de principios de los años 70, que es cuando esto ocurre, sino que empiezan a principios los 60, cuando las ideas de Carlos Hugo empiezan a estar bastante claras, y hubieran bastado para desheredarle al menos políticamente.

    En lugar de ello, decidió dejarse llevar por su hijo y prestarle oídos a iluminados (como Clemente), que le inculcaron la absurda idea de que podrían ser los reyes del antifranquismo y la España democrática.

    De todas maneras, su mujer doña Magdalena no tiene nada que ver en estos desmanes, y según me consta siempre fue una princesa católica intachable.
    ALACRAN dio el Víctor.

  15. #35
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno, a mi modo de ver, el problema aquí no es tanto de tendencia historiográfica, sino de hechos históricos simplemente.
    Pero el problema es que los nudos y simples hechos no constituyen por sí solos la verdad sobre una persona, sino que es necesaria una interpretación o explicación de la misma que dé el sentido correcto a dichos hechos: es ahí en donde entran los historiadores (y es ahí donde yo me acojo a los historiadores y pensadores católicos tradicionalistas como, por ejemplo, M. de Santa Cruz, mientras que ALACRAN prefiere acogerse al pseudohistoriador marxista Clemente, él sabrá por qué).

    Esto que digo de los hechos y de la interpretación no es algo gratuito. Usted mismo, DOBLE ÁGUILA, por ejemplo, en un mensaje anterior afirma lo siguiente: "Estaría bién colgar, si se encuentra disponible en la red, alguna de las cartas que le mandó don Javier a Franco allá por los años 50 en un intento de atraerselo. Estarían al mismo nivel de credibilidad que los discursos aquellos de tono "tradicionalista" que hizo don Juan a ciertos oficiales del requeté en los años 60; tengo por casa algún pequeño libro (ilegal por entonces) que le regalarían a mi padre o a mi abuelo donde aparecen; a ver si lo encuentro y lo pongo. Son muestras de a lo que podían llegar entonces los "candidatos", con tal de ganar apoyos dentro del régimen." O sea, que un hecho en sí mismo no vituperable como es el escribir cartas amigables para una colaboración política conforme al espíritu del 18 de Julio (dentro del marco de la nueva política de "mano tendida" o suavización de la oposición iniciada a partir de mediados de los `50) usted lo convierte, en virtud de la interpretación que usted le da, en algo vituperable. Por supuesto, la interpretación correcta es la continuación ideológica ortodoxa de Don Javier en coherencia con la misma línea doctrinal seguida desde su juramento ante el cadáver de Don Alfonso Carlos hasta entonces, pero con la diferencia de cambiar de estrategia o táctica política (la cual se podrá calificar de acertada o errónea, pero no de "oportunismo" por parte Don Javier o algo parecido equiparándolo arbitrariamente con el comportamiento de Juan Battemberg, completamente distinto y, éste sí, vituperable).

    Como diije antes, simplemente pongo este ejemplo a modo ilustrativo para hacerle ver que sí se trata de un problema de tendencia historiográfica, es decir, de interpretación (correcta o falsa) de los hechos. Pero aprovecho también, ahondando en ello, para comentar los dos ejemplos puestos por ALACRAN: el de la entrevista con Santiago Carrillo y el de la utilización del Castillo de Ligniéres por Carlos Hugo y sus amigos para sus tareas políticas revolucinarias.

    1º Ejemplo: En lo que se refiere a la entrevista con Santiago Carrillo, el pseudohistoriador Clemente da a entender que ya a partir de ahí Don Javier y Santiago Carrillo se convierten en poco menos que gemelos del alma.

    Situémonos primero en los hechos. Parece ser, según dice María Teresa de Borbón, que Santiago Carrillo se vio una única vez con Don Javier:


    Lignières, nuestro castillo, muchos años después: Santiago Carrillo acompañado de Simón Sánchez Montero y de otro compañero en la única entrevista que tuvo con mi padre (…)


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 74).

    La propia María Teresa nos cuenta que la entrevista tuvo lugar la víspera del bautizo de Carlos Javier, es decir, el 21 de febrero de 1970.


    La víspera [del bautizo de Carlos Javier de Borbón en Lignières el 22 de febrero de 1970], don Javier, acompañado de don Carlos, se ha entrevistado con personalidades políticas españolas, Santiago Carrillo, Simón Sánchez Montero, (…)

    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 135).


    Es decir, que los hechos son que Don Carlos Hugo invita a casa y presenta a su Padre al nuevo amiguito que acaba de conocer en los contactos políticos que ha hecho en el extranjero dentro de su nueva política revolucionaria, conversan un poco Don Javier y Carrillo, y de ahí Clemente, aunque ciertamente no lo diga explícitamente pero lo da a entender, interpreta que la mentalidad de Don Javier viene a coincidir prácticamente con la de Carrillo.

    Pues bien. Yo también podría traer otros hechos acaecidos en ese mismo año 1970 que abogan por una interpretación distinta en lo que a la verdadera mentalidad de Don Javier se refiere acaecidos en ese año.

    Podemos, empezar, por ejemplo, con la carta que, como un año más, amablemente le remite Jean Ousset a Don Javier para su invitación un año más al Congreso de Lausana, en donde, recordamos, se iban celebrando esos últimos años la reunión internacional más importante de personalidades en defensa de la doctrina político-social católica tradicionalista:


    Office International des oeuvres de formation civique et d´action culturelle selon le droit natural et chrétien

    Secretariat des congreso: 49, rue Des Renaudes – 75 – Paris 17e – Tél. 924-77-87

    OOF.JO.FC. París, le 22 Janvier 1970

    A Son Altesse Royale le Prince Xavier de BOURBON PARME
    Château de Bost
    03 – BESSON


    Monseigneur,

    En adressant ci-joint à Votre Altesse Royale le Programme de notre 7ème Congrè international qui se tiendra à Laussanne, les 3, 4, 5 Avril prochaine, nous tenons à lui dire combien nous serions heureux l´accueillir à ces Journées, tout entières consacrées au développement d´un esprit d´unité doctrinale, à l´accroissement des liens d´amitié et à une meilleure synchronisation entre organismos dévoués à la restauration d´un ordre social chrétien.

    Daigne Votre Altesse Royale agréer l´expression de notre profond et respectueux dévouement.

    Le Président

    Jean Ousset [firmado]


    Traducción


    Monseñor,

    Adjunto se envía a Vuestra Alteza Real el programa de nuestro séptimo Congreso internacional que tendrá lugar en Lausana, los días 3, 4, 5 de Abril próximo, nos gustaría decirle cuánto estaremos encantados de darle la bienvenida a estas jornadas, todas enteramente consagradas al desarrollo de un espíritu de unidad doctrinal, al aumento de las amistades y a una mejor sincronización entre los organismos dedicados a la restauración de un orden social cristiano.

    Dígnese su Alteza Real a aceptar la expresión de nuestro profundo y permanente devoción.

    El Presidente

    Jean Ousset


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    O si se prefiere, cotéjese la correspondencia y documentos personales de Don Javier de este año de 1970 con las distintas organizaciones católicas tradicionalistas a las que pertenecía o de las que era colaborador y/o simpatizante. A voz de pronto, podemos citar: RENOVATION DE L´ORDRE CHRETIEN (cuyo Presidente era el conocido publicista tradicionalista Almirante Penfentenyo); L´ORDRE DES CHEVALIERS DE NOTRE DAME POUR L´AIDE AUX PRISONNIERS; LE “COMBAT DE LA FOI” CATHOLIQUE (publicación católica tradicionalista, 1º de marzo de 1970); ORDEN ECUESTRE DEL SANTO SEPULCRO; ISTITUTO SACRO-CUORE TRINTÀ DEI MONTI; CONGRÉGATION DES SACRÉS-COEURS (PICPUS), etc...

    Resulta importante el caso particular de este año de 1970 porque la mayoría de estas organizaciones se centraron (junto con Don Javier) en el que era el tema "estrella" de aquel entonces: la defensa de la Misa Tradicional ante la reciente implantación manu militari del Novus Ordo Missae. En este sentido, encontramos en el Archivo de Don Javier el siguiente borrador de carta hecho a máquina:


    Très Saint-Père

    C´est avec une profonde tristesse que nous voyons disparâitre la Messe de Saint Pie V, qui fut notre nourriture spirituelle et celle de nos ancêstres, source de doctrine catholique.

    Il nous est incompréhensible que cette forme liturgique précise et traditionnelle se voit remplacer par une formulation moins exacte, et contenant des expressions pouvant favoriser de graves déviations doctrinales.

    Si des transformations liturgiques s´avéraient nécessarires, c´etait bien dans le sens opposé. Les deviations doctrinales actuelles rencent en effet, urgentes et necessaries un réaffermissement des verités dogmatiques. L´authenticité de la Présence réelle, le rôle imparti aux Anges et aux Saints la notion d´Offrande et de Sacrifice, notamment devraient se voir réaffirmer afin d´augmenter le sens du surnaturel et de rappeler que la Messe constitue bien une reproduction du Sacrifice de la Croix.

    Humblement prosternés aux pieds de Votre Sainteté nous osons demander comme une mesure urgente apte à stopper l´auto-destruction de l´Iglise, -conséquence de tant d´innovations,- que la Messe de Saint Pie V soit conservée, le nouvel Ordo Missae abrogé.


    Traducción

    Querido Santo Padre

    Es con una profunda tristeza que vemos desaparecer la Misa de San Pío V, que fue nuestro alimento espiritual y la de nuestros ancestros, fuente de la doctrina católica.

    Nos es incomprensible que esta forma litúrgica precisa y tradicional se vea reemplazad por una formulación menos exacta, que contiene expresiones que pueden facilitar graves desviaciones doctrinales.

    Si se necesitaban transformaciones litúrgicas, éstas eran en la dirección opuesta. Las desviaciones doctrinales actuales hacen, en efecto, urgentes y necesarias una reafirmación de las verdades dogmáticas. La autenticidad de la Presencia real, el papel asignado a los Ángeles y a los Santos en la noción de Ofrenda y de Sacrificio, debe ser reafirmado con el fin de aumentar el sentido de lo sobrenatural y de recordar que la Misa constituye de hecho una reproducción del Sacrificio de la Cruz.

    Humildemente postrado a los pies de Su Santidad, nos atrevemos a demandar como una medida urgente apta para detener la autodestrucción de la Iglesia, -consecuencia de tantas innovaciones-, que la Misa de San Pío V sea conservada, y el Novus Ordo Missae derogado.


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    En fin, ¿para qué seguir? Lo que quería poner en claro, en definitiva y una vez más, es esa dicotomía entre la presentación de un hecho, y la interpretación que se pueda hacer del mismo en orden a identificar el verdadero y genuino pensamiento de Don Javier (en el caso del pseudohistoriador Clemente, lo interpretará como un dato a favor del supuesto cambio de mentalidad de Don Javier a terrenos revolucionarios, mientras que un historiador católico, por ejemplo M. de Santa Cruz, no lo interpretaría de esa forma, sino más bien como una más de las barrabasadas de Carlos Hugo para con su Padre).



    2º Ejemplo: El de la utilización del Castillo de Lignieres en 1974 por Carlos Hugo y sus amigos, lo cual es interpretado por Clemente (y le sigue en ello ALACRAN) como una aquiescencia y aprobación por parte de la legítima dueña de la propiedad, esto es, Doña Magdalena (y no Don Javier y Doña Magdalena como afirma mintiendo Clemente), a las actividades políticas desempañadas dentro de sus muros (con "caviar y champán", eso me temo que no sabría confirmarlo).

    Aquí la interpretación verdadera del hecho resulta aún más sencilla, y es de agradecer que DOBLE AGUILA implícitamente la abogue cuando afirma que: "De todas maneras, su mujer doña Magdalena no tiene nada que ver en estos desmanes, y según me consta siempre fue una princesa católica intachable."

    En efecto, Doña Magdalena, harta ya por la acumulación de idioteces que hacía su hijo Carlos Hugo, decide finalmente poner fin a este "cachondeo" de utilizar su casa para este tipo de actividades políticas revolucionarias, y desde entonces el Castillo de Ligniéres pasó a ser lugar de reunión de actividades políticas tradicionalistas, abriendo sus puertas a todos los sectores y grupos católicos tradicionalistas (tanto en el ámbito religioso -especialmente sacerdotes de la HSSPX- como del ámbito político) marginados de la sociedad actual; situación que continuó y ha continuado, por supuesto, con su digno hijo y heredero de la propiedad Don Sixto Enrique de Borbón (aunque no sé si "con caviar y champán"; eso es algo que dejo a la investigación de ALACRAN).


    Don Sixto, en una postura que respeto mucho, siempre ha querido salvaguardar la memoria de su padre demostrando con ello su conciencia católica y su deber de hijo; el problema es que es muy difícil hacerlo, cuando su padre en todo momento apoyó incondicionalmente los desmanes de su hermano mayor, sin censurale como regente del carlismo o reconvenirle lo más mínimo al menos en el plano paternal. El hecho de que don Javier entregase a su primogénito la fundación y dirección del partido bajo principios heréticos, para integrarlo en juntas o "platajuntas" democráticas, con estalinistas, separatistas, liberales de todo pelaje, masones, maoístas y socialdemócratas es algo absolutamente insólito en un verdadero príncipe de la Tradición; pero es que el problema NO es de principios de los años 70, que es cuando esto ocurre, sino que empiezan a principios los 60, cuando las ideas de Carlos Hugo empiezan a estar bastante claras, y hubieran bastado para desheredarle al menos políticamente.
    No. Los desmanes públicos de Carlos Hugo no comienzan hasta principios de los años ´70. A lo que usted se refiere es a lo que empezaba a asomar desde principios de los ´60 en alguna que otra conversación privada con Carlos Hugo (y que algunos conspicuos pensadores tradicionalistas empezaban, temerosamente, a vislumbrar como un tipo de mentalidad heterodoxa); pero en el ámbito político-público Carlos Hugo se adhería (luego, cuando se quitara la máscara, se vería que por puro oportunismo) a la política oficial que Don Javier y José María Valiente llevaban a cabo entonces de presentarse públicamente como la Dinastía del 18 de Julio (suavizando su oposición a Franco), política a la cual se ajustó, en su comportamiento público, Carlos Hugo, presentándose como Príncipe del 18 de Julio. Por lo tanto no tenía sentido, en aquel entonces, ninguna reconvención o desautorización pública contra su hijo, el cual mostraba en público un comportamiento doctrinalmente ortodoxo.

    Otra cosa distinta es cuando, a principios de los ´70, se produce el cambio ideológico público de Carlos Hugo; ahí sí que tendría sentido hablar de reconvención o desautorización pública de Don Javier que, efectivamente, como usted dice, no se produjo. Pero aquí de nuevo entra en juego lo que dijimos antes de diferenciar entre hecho (esto es, en este caso, la no realización de la desautorización pública de su hijo) e interpretación de ese hecho.

    Sin perjuicio de acogerme a la Conclusión Nº 3 del historiador católico Manuel de Santa Cruz de su artículo reproducido en un mensaje anterior, voy a traer aquí el texto del Testamento de Don Javier de 6 de diciembre de 1970 (que es el último que hizo), el cual sería ratificado, a nivel doctrinal, en la famosa Declaración de 4 marzo de 1977. ¿Por qué lo traigo a colación? Porque se podría decir que, si bien no hubo desautorización explícita de Don Javier a Carlos Hugo, se podría decir que sí la hubo implícita, pues en ese documento de 1970 Don Javier establece el carácter condicional de la verdadera adhesión a él al respeto de los mismos principios que él juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (este argumento no es baladí, pues precisamente se sirvieron de él grupo representativo de legitimistas que enviaron las cartas a Carlos Hugo reconociéndole incurso en ilegitimidad política de ejercicio por no cumplir esa obligación condicional, y cuyos textos he reproducido en un mensaje anterior).


    Testamento de don Javier

    6 de diciembre de 1970.


    Para la hora en la que Dios Nuestro Señor me llame a rendir cuentas de mi larga vida y de los grandes deberes y responsabilidades que me impuso en sus designios, quiero dejar consignada en este Testamento Político, ante mi sucesor, mi familia, mis amados Carlistas y el pueblo español, sin lugar de dudas, la incontestable y doble legitimidad de la sucesión de nuestra dinastía, que se refiere tanto al orden sucesorio legítimo de la Corona de España como al mando supremo del Carlismo.

    La legitimidad histórica de la Monarquía Española, la encarnó durante más de un siglo la Dinastía Carlista y por rigurosa aplicación de las leyes sucesorias recayó en mi persona a la muerte de mi Augusto Tío Don Alfonso Carlos, quien reiteradamente lo declaró así en solemnes documentos desde el año 1934.

    A mi muerte, mi querido hijo y heredero, el Príncipe Don Carlos Hugo, será mi único sucesor legítimo y después de él, el Infante don Carlos Javier Bernardo y los demás hijos y descendientes varones legítimos que Dios le otorgue. Si llegaran a faltar éstos, sucederá mi segundo hijo el Infante Don Sixto Enrique y sus descendientes varones legítimos. Recuerdo que es deber de todos los Infantes y demás miembros de la Familia Real que tengan siempre como el mayor honor el reconocimiento y sumisión de los Infantes al Rey, que deben al Jefe de la Familia por ser su Cabeza y Rey legítimo. Esta sumisión de los Infantes al Rey es tan importante que nuestras leyes tradicionales castigan a los rebeldes y desleales con la pérdida del derecho de sucesión al trono para ellos y para sus descendientes. Pero esta legitimidad de nada serviría si no hubiera estado, y continuara estando, revalorizada en todo momento por el servicio al bien común, en constante renovación de antiguo Pacto de la Corona con la Nación. Sin ese servicio permanente de la dinastía a las libertades y derechos del pueblo, a cuya defensa vivimos consagrados, a costa de los mayores sacrificios personales, la Monarquía en sí carecería de sentido.

    Esta aceptación del Pacto la he ratificado solemnemente ante el cadáver de mi Tío el Rey don Alfonso Carlos (***), en 1936; posteriormente con el Juramento que empeñé bajo el Árbol de Guernica en 1936; y en 1952 en Montserrat, de mantener, respetar y defender los Fueros y libertades de todos los Pueblos de las Españas, así como con mi entrega total y la de mis hijos al servicio de la Causa de España. Mi solemne Juramento, renovación del que hicieron siempre los Reyes de las Españas, obliga a mis sucesores legítimos y en primer lugar a mi hijo Carlos. La necesidad de revisar, adaptar y poner al día los grandes principios Carlistas es constante obligación y responsabilidad de los Reyes de nuestra dinastía, en su natural y legítima evolución de acuerdo con las necesidades de los tiempos. Así también os he dejado ya consignada por escrito en documentos anteriores más extensos, y muy especialmente en el que doy con esta fecha misma, las grandes líneas de mi pensamiento doctrinal, como antes que yo lo hicieron los Reyes, mis predecesores. A este documento me remito, pues, en cuanto a la línea política que señalo a todos.

    Doy gracias a la Reina, compañera de mi vida, cuya inalterable voluntad de servicio y de sacrificio me sostuvo en los momentos más difíciles.

    El Príncipe de Asturias, mi fiel colaborador, que juntamente con Irene ha sacrificado tantas cosas con amor y generosidad, asegurando la continuidad directa de nuestra Dinastía en el Infante don Carlos Javier mi nieto primogénito.

    Al Infante Don Sixto Enrique, que sirvió bajo la bandera española, la cual juró en Melilla en el tercio Gran Capitán de la Legión, a las Infantas que recorrieron palmo a palmo España entera ante mil dificultades, dando el testimonio de la dinastía.

    A todos aquellos otros que sin militar en el Carlismo, y aun militando en otros campos, han colaborado con su voluntad de servicio al bien de la justicia y de la libertad, aportando su trabajo y lealtad.

    En fin, a todos vosotros, mi queridos Carlistas cuya tarea sigue firme para llevar a cabo la construcción política de España. Os doy a todos y a cada uno de vosotros las gracias por vuestra constancia, vuestros inmensos sacrificios, vuestra fidelidad y amor que han sido mi gran apoyo en tantos momentos difíciles de nuestra vida.

    Como habéis sido leales a mi y a los Reyes que me precedieron en el trono, o en el destierro, lo seréis a mi hijo Carlos y a sus herederos legítimos en su alta y difícil misión con la más completa disciplina y total acatamiento a su persona.

    A vosotros, mi queridos Carlistas, os está confiada la tarea de ser fermento de una sociedad nueva de intensa participación y constante compromiso político. Que Dios os guarde a todos y bendiga vuestros trabajos y nuestras Esperanzas.

    En mi residencia de villa Valcarlos (Arbonne), día seis de diciembre de mil novecientos setenta.

    FRANCISCO JAVIER

    Éste, mi Testamento Político, forma seis páginas y media manuscritas, numeradas y firmadas por mí.


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Páginas 225-228).


    ------------------------------------------------------------


    (***)


    Juramento de Don Javier de Borbón Parma ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (3 octubre 1936)


    En solemne y público cumplimiento de la promesa que hice a V.M. nuestro bien amado Rey D. Alfonso Carlos, vengo en este momento inolvidable a renovar mi juramento de ser el depositario de la Tradición legitimista española y su abanderado hasta que la sucesión quede regularmente establecida. Mi juramento de sostener y guiar a la Comunión Tradicionalista Carlista española, debe cumplirse en la época más grave de su gloriosa existencia; pero así como la vida del Rey que lloramos nos estuvo consagrada hasta su último trágico suspiro, así lo estará la mía hasta que Dios me otorgue la merced de terminar la misión de que estoy investido, tal como lo hubiera hecho el mismo Rey, Alfonso Carlos.

    Al tomar la bandera que el Augusto finado ha puesto en mis manos, me dirijo a todos, recordando que la Comunión Tradicionalista es católica antes que nada, patriótica en la unidad intangible de las variedades regionales, y esencialmente monárquica a través del curso fecundo de una historia milenaria y auténticamente española.

    La sangre de nuestros mártires de otros días ha hecho brotar generosa la de una muchedumbre de nuevos mártires que, ante el mundo desequilibrado de nuestros días, han mostrado a España levantándose en un arranque admirable de abnegación. La España que salvó a Europa rechazando a los moros; la misma que llevó a América la cruz y la civilización; la que impidió el dominio turco, en la memorable ocasión de Lepanto. La misma que hoy llama con magnífico ejemplo a toda Europa para batir las hordas de los sin Dios y de los sin Patria, que intentan el asalto y la destrucción de la civilización y de la Cristiandad.

    Vuestros gritos, «Dios, Patria y Rey», han unido a todas la fuerzas saludables en colaboración con el Ejército; unión que, por la fe y el valor de los requetés, tendrá ya bastante garantía de no romperse jamás, restaurando, por la amistad inquebrantable de los combatientes, la armonía más fuerte que la vida, que es base de la justicia y sagrada unidad del Ejército y cimiento de la verdadera vida de las naciones.

    Subyuga el honroso ejemplo de energía de la joven generación, ahora en armas, queriendo, con plenitud de viril voluntad, reconstruir la inmortal España creyente en Dios y en sus destinos universales, sobre las bases inconmovibles de la justicia, del orden moral y material y de la seguridad de todo bien en prosperidad de la Patria común.

    El llamamiento del Rey el mío se dirige a todos, y espero que sea escuchado más allá de las trincheras y de los odios.

    De todos modos, por duros que puedan ser los combates futuros, venceremos. Diríase que sólo cuando ya ha visto que la aurora de la victoria dora las cimas de la Patria, ha conseguido tomar descanso en la tumba el Augusto anciano cuyo cuerpo tenemos aún presente y que fue el último vástago directo de la gran dinastía carlista de los legítimos Reyes de España. La victoria es ya segura, y sobre ella se asentará la paz fecunda; el porvenir está asegurado, y no tardaremos a volver a este lugar para decir ante el sepulcro de V.M., presentando armas: Señor, os hemos obedecido; la victoria está acabada. Os damos gracias porque habéis sido el padre vigilante y el guía prudente que nos ha preparado esta victoria. La Dinastía Carlista, primera rama de la Casa de Borbón, al extinguirse directamente, ha dejado cumplida su misión de salvar a la España eterna.

    Al ascender al seno de Dios, no dejará V.M. de continuar guiando a España.


    (Fuente: “In memoriam. Manuel J. Fal Conde”. Ana María Fidalgo – Manuel M. Burgueño. Editorial Católica Española, S.A., Sevilla, 1980).


    En lugar de ello, decidió dejarse llevar por su hijo y prestarle oídos a iluminados (como Clemente), que le inculcaron la absurda idea de que podrían ser los reyes del antifranquismo y la España democrática.
    La lectura de la correspondencia y documentos privados de Don Javier me llevan, en principio, a suscribir (por lo menos para los primeros años siguientes al cambio ideológico público de Carlos Hugo de principios de los `70) esto que usted dice en este párrafo.

    Es posible que al principio la razón de que Don Javier no se opusiera a su hijo Carlos Hugo fuera el convencimiento de la buena fe que Don Javier presumía en su hijo Carlos Hugo, cuando éste le explicaba que ese lenguaje nuevo que se estaba utilizando era una simple táctica lingüística didáctica para llegar mejor a la gente de su tiempo, pero que no suponía menoscabo ninguno a los principios doctrinales políticos que Don Javier juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos. Es posible que esta explicación tranquilizara, temporalmente, la conciencia del anciano Rey y, por ello, confiara cándidamente en su hijo Carlos Hugo y en los amigos de éste (Clemente, etc...).
    Última edición por Martin Ant; 03/07/2014 a las 13:43

  16. #36
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno. Continuo trayendo otro testimonio más que aboga por la interpretación exculpatoria de Don Javier (recayendo la reponsabilidad, por tanto, en Carlos Hugo) en los hechos de sus últimos años.

    En este caso se trata de un legitimista del que no se puede sospechar que pudiera caer en la tentación de una "idolatría" o una "canonización" (por utilizar las expresiones de ALACRAN) de Don Javier, pues se trata del que aparece firmando en primer lugar las cartas, transcritas en un mensaje anterior, en las que se reconoce la ilegitimidad de ejercicio en que incurre Carlos Hugo. Me refiero a Raimundo de Miguel.

    Reproduzco a continuación un escrito suyo, pero sin antes matizar y puntualizar que no es correcto afirmar, como dice Raimundo de Miguel, la deserción de toda la Dinastía. Pues, como el mismo De Miguel reconoce (dicho sea de paso) hubo miembros de la Dinastía que continuaron fieles a Don Javier y a la Tradición y al 18 de Julio (Don Sixto Enrique, Doña Magdalena, Doña Francisca, etc...). Por lo tanto más correcto sería hablar de deserción de parte de la Dinastía, pero no de toda.

    Y en cuanto a lo que afirma de que Don Sixto Enrique no es regente ni heredero, eso es una afirmación gratuita suya, pues viene ejerciendo hasta hoy como Regente como mínimo desde que recogió, con el apoyo de su Padre Don Javier, la Bandera de la Legitimidad y la Tradición en 1975 (tomando medidas para la reorganización de la Comunión, nombrando a D. Juan Sáenz Díez como Jefe Delegado, etc. etc...).



    Artículo de Raimundo de Miguel

    (Fuente: “Boletín Informativo del Círculo Cultural Aparisi Guijarro”. Noviembre 1980. Nº 28.) Visto en la web del partido politico CTC


    EL CARLISMO Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS


    III. LA DESERCIÓN DE LA DINASTÍA

    Por Raimundo de Miguel


    Era éste un evento para el que no estaba preparado el Carlismo. En su larga historia había sufrido y superado derrotas militares, traiciones horrendas, escisiones dolorosas, ingratitudes y desprecios sensibles, desventuras sin cuento. Pero el bloque granítico de pueblo y dinastía identificados en un ideal común, resistía imperterrito y volvía a la lucha política, con mayor coraje, si cabe, que antes, enardecido por la adversidad. Y con experiencias y anticuerpos para afrontar nuevos avatares.

    La lealtad carlista a sus reyes, precisamente por estar en el destierro y sufrir las mismas humillaciones y pobrezas que su pueblo, se había quintaesenciado y significaba la única compensación, la del honor de la fidelidad a la legitimidad proscrita, que permitía continuar encendida la llama de la fortaleza y el entusiasmo. Como no había la distancia que produce la presencia material en el trono, nuestros reyes, eran de verdad amigos, sus fotografías estaban en todos los hogares, había comunicación epistolar y personal y como de familia era el amor que se les profesaba.

    Era impensable que la Dinastía Legítima, la Dinastía Insobornable, claudicase; que renegase de su ideario y de su historia, que olvidase la sangre por ella derramada, que abandonase a sus leales y se pasase a las filas enemigas. ¡Eso nunca!. Pero pasó y el desconcierto dura todavía y no hemos sabido reponernos de sus perniciosos efectos.


    DON JUAN, EL PADRE DE CARLOS VII


    Se dice, sin embargo, que sí, que ya había acaecido algo semejante con D. Juan, el padre de Carlos VII, que se manifestó como liberal y reconoció a Isabel II. Pero el parecido es muy remoto y no sólo en el tiempo. Porque D. Juan obró con cierta gallardía; consideró que su conciencia no le permitía acaudillar a los veteranos de su padre D. Carlos Mª. Isidro, ni a los de su hermano el Conde de Montemolín y así lo declaró públicamente con sus palabras y con su conducta, desentendiéndose del Partido Carlista, de tal manera que nadie pudo llamarse a engaño. El que quiso, le siguió (y la historia no registra desplazamientos detrás de él), pero el que quiso, también quedó claramente enterado de la postura inequívoca de D. Juan, desde el primer momento. Pero aunque el daño no fue pequeño, el carlismo en masa supo a qué atenerse y así se volcó en su hijo Carlos VII, que levantó la bandera de la legitimidad y de la tradición.


    EL PRINCIPE D. CARLOS-HUGO


    No sucedió así en los tiempos que hemos tenido la desgracia de vivir. Me duele mucho hablar de este tema, por el gran afecto que profesé al hoy Duque de Parma, la íntima colaboración política de muchos años y las atenciones y deferencias con que honró mi modesta persona. Pero es mayor mi amor a la verdad y la necesidad de tener que tratar de este desagradable asunto en bien del Carlismo; aun cuando quiera pasa sobre él, como sobre ascuas.

    Ahora el Carlismo fue sometido a una deliberada demolición interior. Fue utilizada la lealtad a la Dinastía, para proyectar su empuje contra el Ideario, lo que necesariamente iba a dar lugar a su autodestrucción. Si esto fue lo directamente querido, sólo Dios lo sabe, aunque yo creo que no; pero el resultado no podría ser inevitablemente más que ése. ¿Cómo pudo pues llegar a producirse?

    Porque la maniobra fue efectuada subrepticiamente, en el transcurso de muchos años y nunca declarando el propósito verdadero, si es que había uno determinado desde el principio, o más bien, como el aprendiz de brujo, fueron desencadenadas fuerzas que no pudieron detenerse y arrastraron al autor a término en el que inicialmente no pensó llegar. Lo cierto es que solo se proclamó sin rebozo el llamado socialismo autogestionario, en el momento en que se consideró que toda resistencia doctrinal había sido barrida o borrada. Mientras tanto se mantuvo la cáscara, la apariencia del carlismo, al que se le estaba desnucleando en el interior.

    Si aquello hubiese sido dicho sinceramente al pueblo carlista, cuando empezaron a aparecer los primeros síntomas de alarma seguidos de las respetuosas protestas, la reacción hubiera sido inmediata y total en sentido contrario; pero no sólo no fue así, sino que se dieron toda clase de seguridades a quienes, mostrando disconformidad, pidieron explicaciones. Se habló de táctica política, de expresiones puramente verbales, de adaptaciones de léxico, de extralimitaciones particulares, etc., etc., fácilmente creíbles, aunque no gustosas y molestas, porque el amor a la Dinastía, cegaba el juicio y alejaba la sospecha como imposible, de que el Príncipe desembocase en la negación del Ideario y pretendiese arrastrar tras él a sus seguidores.


    EL PROCESO DE MUTACIÓN


    Visto desde las alturas del tiempo presente el camino seguido aparece muy claro; más difícil era verlo incursos en su desarrollo y mucho más, cuando el corazón se resistía a admitir las advertencias de la cabeza.

    Todos hemos sido testigos de la aplicación del análisis marxita (procedimiento de interpretación filosófico-política proclamado públicamente más tarde por D. Carlos-Hugo) a la historia del Carlismo, lo que significaba que éste era explicado desde dentro, con el mismo punto de vista que sus declarados enemigos; y como consecuencia el obscurecimiento de sus glorias más preclaras, el como pedir excusas por su conducta histórica, el renegar de su tradición política y hasta de la sangre derramada en cuatro guerras; el lanzar pelladas de barro sobre sus figuras más nobles y representativas,…; pero al mismo tiempo, eso sí, aprovecharse del prestigio político adquirido a costa de abnegaciones durante más de un siglo, utilizar la boina, los himnos y las banderas (hasta que considerados como no útiles ya a la nueva situación, fueran abandonados con vilipendio) y exaltar, al mismo tiempo y de manera paradójica para quienes se calificaban de demócratas, la lealtad; pero concebida no como la obsequiosa reverencia del hombre libre e independiente, sino como la adhesión puramente personal e incondicionada a un Príncipe.

    El carlismo así entendido, no era la comunión ideológica en unos principios inamovibles; era un “partido” más, una facción de comprometidos con una persona para colocarle en el Poder. El medio utilizado o los comportamientos exigidos, podrían ser todo lo cambiantes que las circunstancias exigieran para conseguir ese único objetivo. Por lo tanto había que prescindir de los principios para moverse en la praxis. De aquí que fueran presentados como no carlistas, como tibiamente afectos a la dinastía, si no como embaucadores o traidores en la historia pasada y en el momento presente, todos aquellos que ponían como norma de su conducta el ideario y no el sometimiento personal; los que condicionasen la obediencia a los imperativos de su conciencia; sin caer en la cuenta de que fueron los Reyes de la Dinastía carlista y muy especialmente D. Alfonso Carlos (de quien la rama Borbón-Parma traía su derecho) los primeros en obrar así y crear un magisterio.

    Luego, ya se arrumbó las tramoya y descaradamente se renunció al Dios, Patria y Rey, por el que lucharon nuestros padres, para aliarse con separatistas y marxistas en común resentimiento y proclamar la “nueva línea” del carlismo, en esa contradicción en los términos de socialismo en libertad.

    Es hecho comprobado en la historia, que tanto D. Carlos Mª. Isidro, como Carlos VII, pudieron haberse sentado en el trono de España con sólo haber hecho, no renuncia, sino silencio sobre sus convicciones políticas; pero el alto concepto que tenían de su honor, se lo impidió.

    Y como triste final de esta triste relación, D. Carlos Hugo, declinando de su carácter de sucesor de los derechos históricos de D. Javier (que dijo haber recibido por su abdicación) al de Presidente del Partido Carlista (ahora ya ex) no llegó a alcanzar ni un acta de diputado; ya no había carlistas que le votasen y tampoco lo hicieron sus recientes amigos ideológicos en democracia y socialismo.


    EL DOLOROS DEBER


    No he hecho más que bosquejar alguna de las partes del proceso y sin mencionar el periodo anterior de un indiscreto intento de colaboración con el régimen establecido, pero podría escribirse un libro. Quizá para un futuro sea necesario; pero para el propósito de hoy basta y sobra, porque todos lo hemos vivido y no es cosa de hurgar en la herida más allá de lo necesario.

    Llegó un momento en el que el desenlace no podía ocultarse por más tiempo a los prudentes y con él el de tomar una decisión. El marcharse ante los primeros síntomas de incomodidad o desagrado para retirarse al narcisismo de un carlismo de complacencia interior, no parece que fuera la conducta más adecuada. El permanecer dentro de las filas, desde donde se pudiese actuar y contrarrestar el mal, a pesar de la hostilidad y la amargura, considero que era lo verdaderamente político y carlista. Era posible soltar maroma al barco para que quedase sujeto a puerto, aunque fuese arriesgada la maniobra, mientras humanamente quedase cabo que agarrar desde tierra y soltarle sólo en el momento preciso, para no dejarse arrastrar con la embarcación a las quebrantas.

    Por otra parte la legitimidad es una doctrina de exigencias muy serias, si se la profesa conscientemente. La lealtad carlista no es una caprichosa adhesión, sino un imperativo de conciencia. Y la convicción monárquica obliga, cuando el rey se desvía gravemente del ejercicio de sus deberes, a oponerle razones, a elevarle peticiones, a formularle protestas, a pedir a Dios el remedio, a soportar con paciencia la adversidad y sólo, cuando agotadas sin fruto todas estas medidas, es cuando resulta legítima la rebeldía.

    Esta requiere la prueba cierta de la ilegitimidad sobrevenida (en este caso la negación del Ideario y la aceptación del contrario) y la repudiación real, como el único medio para restaurar el derecho.

    Ello exige un largo proceso de maduración porque no es remedio que pueda adoptarse precipitadamente. Contribuyó también a la dilación, la realidad de que no era propiamente D. Javier quién seguía la conducta equivocada sino su hijo (aunque captada su anciana voluntad, se amparase en él) y que las repetidas desgracias que sobre el carlismo sobrevinieron en aquellos tiempos (deserciones de amigos; destierro de D. Carlos-Hugo y de D. Javier; proclamación de D. Juan Carlos, por Franco) hacían que se fuese demorando una decisión, para no multiplicar el daño o hacerla aparecer como interesada o comprometida con alguno de los hechos indicados, enmascarando a ojos malévolos o ignorantes, su pureza y quitando así, eficacia a la misma.

    Faltaba además la autoridad de una Princesa de Beira que, como en tiempos de D. Juan, pudiese cortar con acierto y limpieza el nudo gordiano de la difícil cuestión.


    LA REPUDIACIÓN DEL PRÍNCIPE


    Éramos los carlistas los que teníamos que resolver el problema con nuestros propios medios y creo que la Providencia divina dispuso los acontecimientos de manera que, la formulación solemne del derecho de la Comunión a la rebeldía de la Dinastía, viniese a coincidir, no deliberadamente, con la abdicación de D. Javier en D. Carlos-Hugo, con lo que la cuestión se presentaba más sencilla: no se hería al “viejo rey” y el príncipe heredero, si no juraba los principios inmutables del carlismo, venía a declararse a sí mismo incapaz de asumir la continuidad dinástica.

    Afortunadamente también y para situaciones que en cierta manera pudiéramos calificar de semejantes, D. Alfonso Carlos en su Decreto de 23 de Enero de 1936, dejó señalados –para que no cupiera duda alguna sobre los mismos– los cinco puntos intangibles del Ideario carlista (confesionalidad católica, constitución orgánica, federación regional, monarquía tradicional y tradición política española) que habría de profesar quien pretendiese ostentar la titularidad dinástica carlista.

    Cualquier carlista estaba autorizado para pedir la pública proclamación de estos principios sin paliativos, a cualquier príncipe que pretendiese la sucesión, alegase legitimidad titular y le pidiese fidelidad. Tanto más un grupo –ciertamente no numeroso, por las dificultades gubernativas de convocatoria y reunión, pero sí de cierta significación– que formalmente, por el conducto fehaciente del Notario de Valencia D. Daniel Beunza, hizo saber a D. Carlos-Hugo, la obligada necesidad de este juramento antes de poder reconocerle como rey.

    Ante su significativo silencio, por el mismo medio, se le recordó la frase de la Princesa de Beira a su hijo D. Juan:

    “Ni el honor, no la conciencia, ni el patriotismo, permiten a ninguno reconocerle como rey” y que no se trataba de separarse del carlismo que él pretendía dirigir, sino que era él mismo quién se apartaba, mientras que el pueblo carlista permanecía con su historia y sus banderas, continuando la trayectoria política de la Comunión Tradicionalista, que constituía. Esta última carta lleva fecha de 10 de julio de 1975.


    CARA AL PRESENTE


    La Comunión con este paso había salvado su honor ante la historia, dando una prueba de coherencia y vigor, que ninguna otra agrupación política había sabido ofrecer antes, ni ha acertado a dar después.

    Pero esta gallardía no hacía disminuir en nada la grave situación creada. A la imposibilidad jurídica y política de continuidad en la Dinastía carlista y la misma de aceptar la que Franco había designado (continuadora de la liberal y sanada con aguas democráticas más tarde) se encontraba en situación de tensa contradicción interna: la de una Comunión esencialmente monárquica, sin Dinastía en que apoyarse. Y además con la desaparición de su organización como grupo político.

    Se ensancha el ánimo dejando volar la fantasía de lo que hoy hubiera podido ser la Comunión Tradicionalistas como fuerza política, sin la deserción de D. Carlosh-Hugo. La única que hubiera podido afrontar con unos cuadros, una organización y un pueblo detrás, la nueva situación política, con el prestigio de su historia, la garantía de su conducta, la pureza de sus principios, su no contaminación con el régimen precedente y la esperanza de un ideario sin fracasos.

    Hubiera sido una aglutinante de la España sana y sin duda alguna la mayor agrupación política del país y el medio por el cual, la Patria renaciese; si es que no hubiese impedido el que llegara a caer tan bajo.

    Pero esto no es más que un sueño. La triste realidad es, que no hemos sabido remontar el bache y como dije al principio, la herida producida por D. Carlos-Hugo al carlismo, ha sido tan grande, que aún está sin fuerzas e incapaz de una reacción eficaz.

    Cierto es que el Infante D. Sixto (apoyado por su augusta madre, Dña. Magdalena, a quién debemos tributo de recuerdo, agradecimiento y amor los carlistas y yo me complazco en enviarle el mío desde aquí) recogió la bandera que su hermano mayor abandonara, para no hacer dejación del compromiso histórico de la familia Borbón-Parma y que su gesto reforzó la postura de la Comunión en aquél momento crítico, situándose al lado de ella y al mismo tiempo quitó todo equívoco sobre traspaso de lealtades que quizá alguien pudo abrigar, no sabiendo interpretar el alcance que la interrupción sucesoria en la dinastía carlista significaba verdaderamente.

    D. Sixto es un príncipe carlista y como tal, goza de un primado de honor y consideración en la Comunión Tradicionalista; pero no puede resolver el problema, porque no es rey, ni regente, ni heredero.

    La Comunión Tradicionalista (reorganizada legalmente en su continuidad histórica en documento público de 17 de Diciembre de 1976) se enfrenta sola con la situación que presintiera Carlos VII en su testamento político, “apuradas todas las amarguras” y extinguida la Dinastía, los carlistas tendrían que suplirla por ellos mismos.


    MONARQUICOS SIN REY


    La paradójica frase de Ossorio y Gallardo, viene a cobrar realidad –aunque en sentido muy diverso– en la postura actual de la Comunión.

    Hay ciertos principios de filosofía política que, cualquiera que sea la situación concreta en un momento determinado de la nación, se imponen a la mente y son indeclinables. La ventaja de la monarquía como la más acertada fórmula de expresión del poder político, que se manifiesta por sus cualidades de unidad, continuación e independencia, no puede desconocerse; como tampoco el arrastre histórico de la tradición política patria a su favor. Hay una coincidencia en la consideración teórica y en la realidad práctica, que están por encima de pasajeras circunstancias y hacen que el Carlismo no pueda abdicar de su convicción monárquica. Sin ella desaparecería como tal.

    Pero ello nos exige una extremada depuración de nuestras concepciones políticas, para que pueda sostenerse el principio, sin persona que le encarne. Si el Carlismo pudo resistir casi siglo y medio a la corrosión que le rodeaba, hay que atribuirlo, casi de manera exclusiva a la existencia de una Dinastía que hacía visible, amable y emotiva la convicción interna.

    La primera consecuencia de esta difícil posición será, la de que haya que reafirmar la solidez de nuestros principios para que permanezcan y perduren, así como reforzar la organización política, para que su coherencia interna, sirva de autoapoyo a la actividad externa, ya que el pilar dinástico ha desaparecido. Por todos los caminos volvemos a la misma conclusión, que es la que también nos falta: ingreso, colaboración y acción dentro de la unidad de organización que supone la Comunión Tradicionalista. Ya no se puede ejercer el carlismo por cuenta propia.

    No quiero decir con esto que hayamos de mantener esta tensión indefinidamente. En política hay muchos imponderables y sorpresas y la solución, impensable hoy, puede aparecer mañana como premio a la constancia.

    Extinguida humanamente nuestra dinastía, el Carlismo puede presentarse ante España, aún si cabe, con más desprendimiento que antaño, porque hoy vuelve a ser verdad que “desde que murió el último Rey carlista, el tradicionalismo no tiene vinculación alguna personal” (Manifestación de los Ideales Tradicionalistas al Jefe de Estado. 10 de Marzo 1939). D. Alfonso Carlos dejó escrito: “A las grandes causas nunca les falta su Caudillo y aunque se extinguieran todas las legitimidades posibles, hay un derecho que jamás prescribe en los pueblos y es el supremo derecho que la Tradición española conoció más de una vez, de otorgarse Príncipe que sepa representar dignamente la causa de la Patria…” Caudillo que en tales circunstancias tampoco puede imponerle un Partido (aquí sí es lícito el empleo de esta palabra al referirse a la Comunión) sino la nación reunida en Cortes.

    A nosotros nos queda ejercitar las virtudes de la fortaleza y de la esperanza.


    CONSIDERACIONES DOCTRINALES


    La deserción de la Dinastía plantea otro problema político serio y es el de los efectos retroactivos de la repudiación de D. Carlos-Hugo en el aspecto doctrinal y operativo. ¿Hasta dónde, hasta qué fecha, puede sentirse vinculada la Comunión Tradicionalista por la actuación del Príncipe, dado que hay necesariamente un tiempo desde que la ilegitimidad aparece, hasta que se declara formalmente?

    Porque evidentemente no podemos proceder como si los años no hubiesen transcurrido para la Comunión desde el de 1952, fecha en la que D. Javier, con ocasión del Congreso Eucarístico de Barcelona asumió la carga de la representación dinástica carlista. Y aunque nos aproximáramos a años más cercanos, lo que no puede hacerse, sin negar la tradición que es marcha hacia adelante, adaptación, depuración y progreso, es detenerse en un punto caprichosamente sin razones sólidas y positivas que lo justifiquen.

    Si miramos desde la altura del tiempo en la que estamos (que ya sabemos el resultado final) todo el pasado pudiera parecer sospechoso. Pero eso sería tanto como hacérsenos los dedos huéspedes, cuando en realidad hay muchas cosas asimilables y enriquecedoras en la política de apertura y renovación de D. Javier, que respondían a una nueva necesidad creada por el régimen de Franco, que suponían aplicaciones de la doctrina tradicional a cuestiones que se planteaban como nuevas.

    Para mi criterio considero válidos todos los Manifiestos y Declaraciones de D. Javier, hasta la de 6 de Diciembre de 1970 de Arbonne, ésta inclusive. Aunque en ella se silencia con cuidado toda alusión al lema de Dios, Patria, Fueros, Rey (lo que motivó mi dimisión como Presidente del Consejo Real) sin embargo su contenido no puede ser serenamente rechazado. ¡Ojalá todo no hubiese pasado de ahí! Pero desde entonces las cosas se precipitaron de manera que ya resultaban inaceptables, por muy buena voluntad de comprensión que se pusiese.

    Quiero recordar a este respecto que yo, publiqué a seguido, en este mismo Boletín Aparisi Guijarro, nada menos que seis artículos sucesivos comentando esta Declaración y demostrando su interpretación y entronque con la doctrina tradicional y cómo así resultaba cierta una de las frases del documento: “No se cambia nada. Se perfecciona. Se avanza en la dinámica política”. Lo que quiere es hacerse más asequible al vulgo político, simplificando los conceptos y empleando una terminología no consagrada, pero más usual y corriente.

    Y otros dos más, a continuación, en “Esfuerzo Común” haciendo ver cómo la Declaración, anterior a la Carta Pastoral “Octogessima Adveniens” de Pablo VI, se anticipaba a ésta al señalar la vía política cristiana, entre el liberalismo y el marxismo; al mismo tiempo que podía encontrarse una cierta correspondencia en la Carta, a la triple representación: regional, sindical y política, que la Declaración propugnaba.

    Por mi parte fue el último intento de retener, dentro de términos aceptables, algo que se intuía como una futura ruptura y que resultó a pesar de los esfuerzos de todos, inevitable.

    No es cuestión de repetir aquí lo que allí dije y a lo que me remito; sino simplemente indicar que todo lo que vino después no es de recibo y que por lo tanto de la Declaración de Arbonne en adelante, a la Comunión Tradicionalista no puede serle imputada cualquier manifestación de D. Javier o de D. Carlos-Hugo, que ya no hablaban en nombre de ésta ni la representaban legítimamente, sino en el de un partido que había roto con la tradición política española y sólo retenía por puro oportunismo el apellido carlista.

    Allí es pues, a mi juicio, donde se produce la solución de continuidad política y en donde hay que enlazar con el pasado, porque el llamado partido carlista era rama muerta, desprendida del tronco de la Tradición.


    Madrid, 25 Marzo 1980.
    Última edición por Martin Ant; 03/07/2014 a las 14:01

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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

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    Lo leído hasta ahora por activa y por pasiva , en este forum, sobre don Francisco Javier de Borbón-Parma y Braganza como sobre su señora esposa y sus hijos e hijas es históricamente cierta y no voy a cuestionar lo que esta históricamente demostrado Ahora bien, tres cosas tengo claras.
    Primera. El Carlismo ni es un movimiento tonto y anticuado de beatos y beatas que se pasan todo el santo día pegándose golpes por el pecho ;pero menos aun es el partido comunista marxista-lenista bis.
    Segunda. Me cuesta mucho creer o hacerme la idea que una persona como Su Alteza Real Don Francisco Javier de Borbón-Parma y Braganza - vista su edad y la educación cristiana tradicional por él recibida; pudiera estar convencida de las bondades y maravillas de este nuevo carlismo socialista autogestionario que estaba liderando su hijo Carlos Hugo.
    Y tercera Tanto Don Javier como su hijos u otras reclamantes "legitimistas" se equivocaron pensando, en el supuesto caso de una restauración efectiva de la monarquía en España, que el General Franco iba a preferirlos a un miembro de la última rama reinante o sea la del Rey Alfonso XIII y de su sucesor el Conde de Barcelona.
    El carlismo socialista autogestionario quizá muy bien como táctica política en un momento dado de nuestra historia contemporánea o explicar ,en moderno, nuestros viejos fueros ,pero no para ser el bis de algo totalmente opuesto y contrario a las esencias del carlismo de siempre.
    Aquí para mi radica la deserción o traición de Don Carlos Hugo de Borbón-Parma y Borbón-Busset: " Pretender un carlismo hermano o primo hermano de un partido comunista marxista y por lo tanto ateo o por lo menos agnóstico. Esta pretención o por lo menos apariencia de pretención condujo si no a la muerte del carlismo por lo menos a su larguísima agonía y a la deserción o abandono de militancia de muchos antiguos carlistas. Pues si el Partido Carlista era ahora un partido con una ideología igual o parecida al Partido Comunista, el Partido Carlista sobraba y podían afiliarse al ya existente Partido Comunista de España con el que sin duda harían mejor carrera. Recordando ya los primeros resultados electorales tras las primeras elecciones legislativas tras la promulgación de la Constitución del 78 y en que don Carlos Hugo se presentó como candidato ( otro gravísimo error pues el representante de una dinastía jamás ha de ser candidato a diputado puesto que esto es rebajarse) creo que lo que digo esta más que comprobado y demostrado. Y no estupidez ni tontería alguna. Dicho todo. Pienso que el buen camino tanto si se trata del carlismo o no esta en la moderación de la doctrina y de la praxis doctrina y no en los extremismos a que me refería al principio de mi comentario.
    Cita Iniciado por Martin Ant Ver mensaje
    Pero el problema es que los nudos y simples hechos no constituyen por sí solos la verdad sobre una persona, sino que es necesaria una interpretación o explicación de la misma que dé el sentido correcto a dichos hechos: es ahí en donde entran los historiadores (y es ahí donde yo me acojo a los historiadores y pensadores católicos tradicionalistas como, por ejemplo, M. de Santa Cruz, mientras que ALACRAN prefiere acogerse al pseudohistoriador marxista Clemente, él sabrá por qué).

    Esto que digo de los hechos y de la interpretación no es algo gratuito. Usted mismo, DOBLE ÁGUILA, por ejemplo, en un mensaje anterior afirma lo siguiente: "Estaría bién colgar, si se encuentra disponible en la red, alguna de las cartas que le mandó don Javier a Franco allá por los años 50 en un intento de atraerselo. Estarían al mismo nivel de credibilidad que los discursos aquellos de tono "tradicionalista" que hizo don Juan a ciertos oficiales del requeté en los años 60; tengo por casa algún pequeño libro (ilegal por entonces) que le regalarían a mi padre o a mi abuelo donde aparecen; a ver si lo encuentro y lo pongo. Son muestras de a lo que podían llegar entonces los "candidatos", con tal de ganar apoyos dentro del régimen." O sea, que un hecho en sí mismo no vituperable como es el escribir cartas amigables para una colaboración política conforme al espíritu del 18 de Julio (dentro del marco de la nueva política de "mano tendida" o suavización de la oposición iniciada a partir de mediados de los `50) usted lo convierte, en virtud de la interpretación que usted le da, en algo vituperable. Por supuesto, la interpretación correcta es la continuación ideológica ortodoxa de Don Javier en coherencia con la misma línea doctrinal seguida desde su juramento ante el cadáver de Don Alfonso Carlos hasta entonces, pero con la diferencia de cambiar de estrategia o táctica política (la cual se podrá calificar de acertada o errónea, pero no de "oportunismo" por parte Don Javier o algo parecido equiparándolo arbitrariamente con el comportamiento de Juan Battemberg, completamente distinto y, éste sí, vituperable).

    Como diije antes, simplemente pongo este ejemplo a modo ilustrativo para hacerle ver que sí se trata de un problema de tendencia historiográfica, es decir, de interpretación (correcta o falsa) de los hechos. Pero aprovecho también, ahondando en ello, para comentar los dos ejemplos puestos por ALACRAN: el de la entrevista con Santiago Carrillo y el de la utilización del Castillo de Ligniéres por Carlos Hugo y sus amigos para sus tareas políticas revolucinarias.

    1º Ejemplo: En lo que se refiere a la entrevista con Santiago Carrillo, el pseudohistoriador Clemente da a entender que ya a partir de ahí Don Javier y Santiago Carrillo se convierten en poco menos que gemelos del alma.

    Situémonos primero en los hechos. Parece ser, según dice María Teresa de Borbón, que Santiago Carrillo se vio una única vez con Don Javier:


    Lignières, nuestro castillo, muchos años después: Santiago Carrillo acompañado de Simón Sánchez Montero y de otro compañero en la única entrevista que tuvo con mi padre (…)


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 74).

    La propia María Teresa nos cuenta que la entrevista tuvo lugar la víspera del bautizo de Carlos Javier, es decir, el 21 de febrero de 1970.


    La víspera [del bautizo de Carlos Javier de Borbón en Lignières el 22 de febrero de 1970], don Javier, acompañado de don Carlos, se ha entrevistado con personalidades políticas españolas, Santiago Carrillo, Simón Sánchez Montero, (…)

    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 135).


    Es decir, que los hechos son que Don Carlos Hugo invita a casa y presenta a su Padre al nuevo amiguito que acaba de conocer en los contactos políticos que ha hecho en el extranjero dentro de su nueva política revolucionaria, conversan un poco Don Javier y Carrillo, y de ahí Clemente, aunque ciertamente no lo diga explícitamente pero lo da a entender, interpreta que la mentalidad de Don Javier viene a coincidir prácticamente con la de Carrillo.

    Pues bien. Yo también podría traer otros hechos acaecidos en ese mismo año 1970 que abogan por una interpretación distinta en lo que a la verdadera mentalidad de Don Javier se refiere acaecidos en ese año.

    Podemos, empezar, por ejemplo, con la carta que, como un año más, amablemente le remite Jean Ousset a Don Javier para su invitación un año más al Congreso de Lausana, en donde, recordamos, se iban celebrando esos últimos años la reunión internacional más importante de personalidades en defensa de la doctrina político-social católica tradicionalista:


    Office International des oeuvres de formation civique et d´action culturelle selon le droit natural et chrétien

    Secretariat des congreso: 49, rue Des Renaudes – 75 – Paris 17e – Tél. 924-77-87

    OOF.JO.FC. París, le 22 Janvier 1970

    A Son Altesse Royale le Prince Xavier de BOURBON PARME
    Château de Bost
    03 – BESSON


    Monseigneur,

    En adressant ci-joint à Votre Altesse Royale le Programme de notre 7ème Congrè international qui se tiendra à Laussanne, les 3, 4, 5 Avril prochaine, nous tenons à lui dire combien nous serions heureux l´accueillir à ces Journées, tout entières consacrées au développement d´un esprit d´unité doctrinale, à l´accroissement des liens d´amitié et à une meilleure synchronisation entre organismos dévoués à la restauration d´un ordre social chrétien.

    Daigne Votre Altesse Royale agréer l´expression de notre profond et respectueux dévouement.

    Le Président

    Jean Ousset [firmado]


    Traducción


    Monseñor,

    Adjunto se envía a Vuestra Alteza Real el programa de nuestro séptimo Congreso internacional que tendrá lugar en Lausana, los días 3, 4, 5 de Abril próximo, nos gustaría decirle cuánto estaremos encantados de darle la bienvenida a estas jornadas, todas enteramente consagradas al desarrollo de un espíritu de unidad doctrinal, al aumento de las amistades y a una mejor sincronización entre los organismos dedicados a la restauración de un orden social cristiano.

    Dígnese su Alteza Real a aceptar la expresión de nuestro profundo y permanente devoción.

    El Presidente

    Jean Ousset


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    O si se prefiere, cotéjese la correspondencia y documentos personales de Don Javier de este año de 1970 con las distintas organizaciones católicas tradicionalistas a las que pertenecía o de las que era colaborador y/o simpatizante. A voz de pronto, podemos citar: RENOVATION DE L´ORDRE CHRETIEN (cuyo Presidente era el conocido publicista tradicionalista Almirante Penfentenyo); L´ORDRE DES CHEVALIERS DE NOTRE DAME POUR L´AIDE AUX PRISONNIERS; LE “COMBAT DE LA FOI” CATHOLIQUE (publicación católica tradicionalista, 1º de marzo de 1970); ORDEN ECUESTRE DEL SANTO SEPULCRO; ISTITUTO SACRO-CUORE TRINTÀ DEI MONTI; CONGRÉGATION DES SACRÉS-COEURS (PICPUS), etc...

    Resulta importante el caso particular de este año de 1970 porque la mayoría de estas organizaciones se centraron (junto con Don Javier) en el que era el tema "estrella" de aquel entonces: la defensa de la Misa Tradicional ante la reciente implantación manu militari del Novus Ordo Missae. En este sentido, encontramos en el Archivo de Don Javier el siguiente borrador de carta hecho a máquina:


    Très Saint-Père

    C´est avec une profonde tristesse que nous voyons disparâitre la Messe de Saint Pie V, qui fut notre nourriture spirituelle et celle de nos ancêstres, source de doctrine catholique.

    Il nous est incompréhensible que cette forme liturgique précise et traditionnelle se voit remplacer par une formulation moins exacte, et contenant des expressions pouvant favoriser de graves déviations doctrinales.

    Si des transformations liturgiques s´avéraient nécessarires, c´etait bien dans le sens opposé. Les deviations doctrinales actuelles rencent en effet, urgentes et necessaries un réaffermissement des verités dogmatiques. L´authenticité de la Présence réelle, le rôle imparti aux Anges et aux Saints la notion d´Offrande et de Sacrifice, notamment devraient se voir réaffirmer afin d´augmenter le sens du surnaturel et de rappeler que la Messe constitue bien une reproduction du Sacrifice de la Croix.

    Humblement prosternés aux pieds de Votre Sainteté nous osons demander comme une mesure urgente apte à stopper l´auto-destruction de l´Iglise, -conséquence de tant d´innovations,- que la Messe de Saint Pie V soit conservée, le nouvel Ordo Missae abrogé.


    Traducción

    Querido Santo Padre

    Es con una profunda tristeza que vemos desaparecer la Misa de San Pío V, que fue nuestro alimento espiritual y la de nuestros ancestros, fuente de la doctrina católica.

    Nos es incomprensible que esta forma litúrgica precisa y tradicional se vea reemplazad por una formulación menos exacta, que contiene expresiones que pueden facilitar graves desviaciones doctrinales.

    Si se necesitaban transformaciones litúrgicas, éstas eran en la dirección opuesta. Las desviaciones doctrinales actuales hacen, en efecto, urgentes y necesarias una reafirmación de las verdades dogmáticas. La autenticidad de la Presencia real, el papel asignado a los Ángeles y a los Santos en la noción de Ofrenda y de Sacrificio, debe ser reafirmado con el fin de aumentar el sentido de lo sobrenatural y de recordar que la Misa constituye de hecho una reproducción del Sacrificio de la Cruz.

    Humildemente postrado a los pies de Su Santidad, nos atrevemos a demandar como una medida urgente apta para detener la autodestrucción de la Iglesia, -consecuencia de tantas innovaciones-, que la Misa de San Pío V sea conservada, y el Novus Ordo Missae derogado.


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    En fin, ¿para qué seguir? Lo que quería poner en claro, en definitiva y una vez más, es esa dicotomía entre la presentación de un hecho, y la interpretación que se pueda hacer del mismo en orden a identificar el verdadero y genuino pensamiento de Don Javier (en el caso del pseudohistoriador Clemente, lo interpretará como un dato a favor del supuesto cambio de mentalidad de Don Javier a terrenos revolucionarios, mientras que un historiador católico, por ejemplo M. de Santa Cruz, no lo interpretaría de esa forma, sino más bien como una más de las barrabasadas de Carlos Hugo para con su Padre).



    2º Ejemplo: El de la utilización del Castillo de Lignieres en 1974 por Carlos Hugo y sus amigos, lo cual es interpretado por Clemente (y le sigue en ello ALACRAN) como una aquiescencia y aprobación por parte de la legítima dueña de la propiedad, esto es, Doña Magdalena (y no Don Javier y Doña Magdalena como afirma mintiendo Clemente), a las actividades políticas desempañadas dentro de sus muros (con "caviar y champán", eso me temo que no sabría confirmarlo).

    Aquí la interpretación verdadera del hecho resulta aún más sencilla, y es de agradecer que DOBLE AGUILA implícitamente la abogue cuando afirma que: "De todas maneras, su mujer doña Magdalena no tiene nada que ver en estos desmanes, y según me consta siempre fue una princesa católica intachable."

    En efecto, Doña Magdalena, harta ya por la acumulación de idioteces que hacía su hijo Carlos Hugo, decide finalmente poner fin a este "cachondeo" de utilizar su casa para este tipo de actividades políticas revolucionarias, y desde entonces el Castillo de Ligniéres pasó a ser lugar de reunión de actividades políticas tradicionalistas, abriendo sus puertas a todos los sectores y grupos católicos tradicionalistas (tanto en el ámbito religioso -especialmente sacerdotes de la HSSPX- como del ámbito político) marginados de la sociedad actual; situación que continuó y ha continuado, por supuesto, con su digno hijo y heredero de la propiedad Don Sixto Enrique de Borbón (aunque no sé si "con caviar y champán"; eso es algo que dejo a la investigación de ALACRAN).




    No. Los desmanes públicos de Carlos Hugo no comienzan hasta principios de los años ´70. A lo que usted se refiere es a lo que empezaba a asomar desde principios de los ´60 en alguna que otra conversación privada con Carlos Hugo (y que algunos conspicuos pensadores tradicionalistas empezaban, temerosamente, a vislumbrar como un tipo de mentalidad heterodoxa); pero en el ámbito político-público Carlos Hugo se adhería (luego, cuando se quitara la máscara, se vería que por puro oportunismo) a la política oficial que Don Javier y José María Valiente llevaban a cabo entonces de presentarse públicamente como la Dinastía del 18 de Julio (suavizando su oposición a Franco), política a la cual se ajustó, en su comportamiento público, Carlos Hugo, presentándose como Príncipe del 18 de Julio. Por lo tanto no tenía sentido, en aquel entonces, ninguna reconvención o desautorización pública contra su hijo, el cual mostraba en público un comportamiento doctrinalmente ortodoxo.

    Otra cosa distinta es cuando, a principios de los ´70, se produce el cambio ideológico público de Carlos Hugo; ahí sí que tendría sentido hablar de reconvención o desautorización pública de Don Javier que, efectivamente, como usted dice, no se produjo. Pero aquí de nuevo entra en juego lo que dijimos antes de diferenciar entre hecho (esto es, en este caso, la no realización de la desautorización pública de su hijo) e interpretación de ese hecho.

    Sin perjuicio de acogerme a la Conclusión Nº 3 del historiador católico Manuel de Santa Cruz de su artículo reproducido en un mensaje anterior, voy a traer aquí el texto del Testamento de Don Javier de 6 de diciembre de 1970 (que es el último que hizo), el cual sería ratificado, a nivel doctrinal, en la famosa Declaración de 4 marzo de 1977. ¿Por qué lo traigo a colación? Porque se podría decir que, si bien no hubo desautorización explícita de Don Javier a Carlos Hugo, se podría decir que sí la hubo implícita, pues en ese documento de 1970 Don Javier establece el carácter condicional de la verdadera adhesión a él al respeto de los mismos principios que él juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (este argumento no es baladí, pues precisamente se sirvieron de él grupo representativo de legitimistas que enviaron las cartas a Carlos Hugo reconociéndole incurso en ilegitimidad política de ejercicio por no cumplir esa obligación condicional, y cuyos textos he reproducido en un mensaje anterior).


    Testamento de don Javier

    6 de diciembre de 1970.


    Para la hora en la que Dios Nuestro Señor me llame a rendir cuentas de mi larga vida y de los grandes deberes y responsabilidades que me impuso en sus designios, quiero dejar consignada en este Testamento Político, ante mi sucesor, mi familia, mis amados Carlistas y el pueblo español, sin lugar de dudas, la incontestable y doble legitimidad de la sucesión de nuestra dinastía, que se refiere tanto al orden sucesorio legítimo de la Corona de España como al mando supremo del Carlismo.

    La legitimidad histórica de la Monarquía Española, la encarnó durante más de un siglo la Dinastía Carlista y por rigurosa aplicación de las leyes sucesorias recayó en mi persona a la muerte de mi Augusto Tío Don Alfonso Carlos, quien reiteradamente lo declaró así en solemnes documentos desde el año 1934.

    A mi muerte, mi querido hijo y heredero, el Príncipe Don Carlos Hugo, será mi único sucesor legítimo y después de él, el Infante don Carlos Javier Bernardo y los demás hijos y descendientes varones legítimos que Dios le otorgue. Si llegaran a faltar éstos, sucederá mi segundo hijo el Infante Don Sixto Enrique y sus descendientes varones legítimos. Recuerdo que es deber de todos los Infantes y demás miembros de la Familia Real que tengan siempre como el mayor honor el reconocimiento y sumisión de los Infantes al Rey, que deben al Jefe de la Familia por ser su Cabeza y Rey legítimo. Esta sumisión de los Infantes al Rey es tan importante que nuestras leyes tradicionales castigan a los rebeldes y desleales con la pérdida del derecho de sucesión al trono para ellos y para sus descendientes. Pero esta legitimidad de nada serviría si no hubiera estado, y continuara estando, revalorizada en todo momento por el servicio al bien común, en constante renovación de antiguo Pacto de la Corona con la Nación. Sin ese servicio permanente de la dinastía a las libertades y derechos del pueblo, a cuya defensa vivimos consagrados, a costa de los mayores sacrificios personales, la Monarquía en sí carecería de sentido.

    Esta aceptación del Pacto la he ratificado solemnemente ante el cadáver de mi Tío el Rey don Alfonso Carlos (***), en 1936; posteriormente con el Juramento que empeñé bajo el Árbol de Guernica en 1936; y en 1952 en Montserrat, de mantener, respetar y defender los Fueros y libertades de todos los Pueblos de las Españas, así como con mi entrega total y la de mis hijos al servicio de la Causa de España. Mi solemne Juramento, renovación del que hicieron siempre los Reyes de las Españas, obliga a mis sucesores legítimos y en primer lugar a mi hijo Carlos. La necesidad de revisar, adaptar y poner al día los grandes principios Carlistas es constante obligación y responsabilidad de los Reyes de nuestra dinastía, en su natural y legítima evolución de acuerdo con las necesidades de los tiempos. Así también os he dejado ya consignada por escrito en documentos anteriores más extensos, y muy especialmente en el que doy con esta fecha misma, las grandes líneas de mi pensamiento doctrinal, como antes que yo lo hicieron los Reyes, mis predecesores. A este documento me remito, pues, en cuanto a la línea política que señalo a todos.

    Doy gracias a la Reina, compañera de mi vida, cuya inalterable voluntad de servicio y de sacrificio me sostuvo en los momentos más difíciles.

    El Príncipe de Asturias, mi fiel colaborador, que juntamente con Irene ha sacrificado tantas cosas con amor y generosidad, asegurando la continuidad directa de nuestra Dinastía en el Infante don Carlos Javier mi nieto primogénito.

    Al Infante Don Sixto Enrique, que sirvió bajo la bandera española, la cual juró en Melilla en el tercio Gran Capitán de la Legión, a las Infantas que recorrieron palmo a palmo España entera ante mil dificultades, dando el testimonio de la dinastía.

    A todos aquellos otros que sin militar en el Carlismo, y aun militando en otros campos, han colaborado con su voluntad de servicio al bien de la justicia y de la libertad, aportando su trabajo y lealtad.

    En fin, a todos vosotros, mi queridos Carlistas cuya tarea sigue firme para llevar a cabo la construcción política de España. Os doy a todos y a cada uno de vosotros las gracias por vuestra constancia, vuestros inmensos sacrificios, vuestra fidelidad y amor que han sido mi gran apoyo en tantos momentos difíciles de nuestra vida.

    Como habéis sido leales a mi y a los Reyes que me precedieron en el trono, o en el destierro, lo seréis a mi hijo Carlos y a sus herederos legítimos en su alta y difícil misión con la más completa disciplina y total acatamiento a su persona.

    A vosotros, mi queridos Carlistas, os está confiada la tarea de ser fermento de una sociedad nueva de intensa participación y constante compromiso político. Que Dios os guarde a todos y bendiga vuestros trabajos y nuestras Esperanzas.

    En mi residencia de villa Valcarlos (Arbonne), día seis de diciembre de mil novecientos setenta.

    FRANCISCO JAVIER

    Éste, mi Testamento Político, forma seis páginas y media manuscritas, numeradas y firmadas por mí.


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Páginas 225-228).


    ------------------------------------------------------------


    (***)


    Juramento de Don Javier de Borbón Parma ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (3 octubre 1936)


    En solemne y público cumplimiento de la promesa que hice a V.M. nuestro bien amado Rey D. Alfonso Carlos, vengo en este momento inolvidable a renovar mi juramento de ser el depositario de la Tradición legitimista española y su abanderado hasta que la sucesión quede regularmente establecida. Mi juramento de sostener y guiar a la Comunión Tradicionalista Carlista española, debe cumplirse en la época más grave de su gloriosa existencia; pero así como la vida del Rey que lloramos nos estuvo consagrada hasta su último trágico suspiro, así lo estará la mía hasta que Dios me otorgue la merced de terminar la misión de que estoy investido, tal como lo hubiera hecho el mismo Rey, Alfonso Carlos.

    Al tomar la bandera que el Augusto finado ha puesto en mis manos, me dirijo a todos, recordando que la Comunión Tradicionalista es católica antes que nada, patriótica en la unidad intangible de las variedades regionales, y esencialmente monárquica a través del curso fecundo de una historia milenaria y auténticamente española.

    La sangre de nuestros mártires de otros días ha hecho brotar generosa la de una muchedumbre de nuevos mártires que, ante el mundo desequilibrado de nuestros días, han mostrado a España levantándose en un arranque admirable de abnegación. La España que salvó a Europa rechazando a los moros; la misma que llevó a América la cruz y la civilización; la que impidió el dominio turco, en la memorable ocasión de Lepanto. La misma que hoy llama con magnífico ejemplo a toda Europa para batir las hordas de los sin Dios y de los sin Patria, que intentan el asalto y la destrucción de la civilización y de la Cristiandad.

    Vuestros gritos, «Dios, Patria y Rey», han unido a todas la fuerzas saludables en colaboración con el Ejército; unión que, por la fe y el valor de los requetés, tendrá ya bastante garantía de no romperse jamás, restaurando, por la amistad inquebrantable de los combatientes, la armonía más fuerte que la vida, que es base de la justicia y sagrada unidad del Ejército y cimiento de la verdadera vida de las naciones.

    Subyuga el honroso ejemplo de energía de la joven generación, ahora en armas, queriendo, con plenitud de viril voluntad, reconstruir la inmortal España creyente en Dios y en sus destinos universales, sobre las bases inconmovibles de la justicia, del orden moral y material y de la seguridad de todo bien en prosperidad de la Patria común.

    El llamamiento del Rey el mío se dirige a todos, y espero que sea escuchado más allá de las trincheras y de los odios.

    De todos modos, por duros que puedan ser los combates futuros, venceremos. Diríase que sólo cuando ya ha visto que la aurora de la victoria dora las cimas de la Patria, ha conseguido tomar descanso en la tumba el Augusto anciano cuyo cuerpo tenemos aún presente y que fue el último vástago directo de la gran dinastía carlista de los legítimos Reyes de España. La victoria es ya segura, y sobre ella se asentará la paz fecunda; el porvenir está asegurado, y no tardaremos a volver a este lugar para decir ante el sepulcro de V.M., presentando armas: Señor, os hemos obedecido; la victoria está acabada. Os damos gracias porque habéis sido el padre vigilante y el guía prudente que nos ha preparado esta victoria. La Dinastía Carlista, primera rama de la Casa de Borbón, al extinguirse directamente, ha dejado cumplida su misión de salvar a la España eterna.

    Al ascender al seno de Dios, no dejará V.M. de continuar guiando a España.


    (Fuente: “In memoriam. Manuel J. Fal Conde”. Ana María Fidalgo – Manuel M. Burgueño. Editorial Católica Española, S.A., Sevilla, 1980).




    La lectura de la correspondencia y documentos privados de Don Javier me llevan, en principio, a suscribir (por lo menos para los primeros años siguientes al cambio ideológico público de Carlos Hugo de principios de los `70) esto que usted dice en este párrafo.

    Es posible que al principio la razón de que Don Javier no se opusiera a su hijo Carlos Hugo fuera el convencimiento de la buena fe que Don Javier presumía en su hijo Carlos Hugo, cuando éste le explicaba que ese lenguaje nuevo que se estaba utilizando era una simple táctica lingüística didáctica para llegar mejor a la gente de su tiempo, pero que no suponía menoscabo ninguno a los principios doctrinales políticos que Don Javier juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos. Es posible que esta explicación tranquilizara, temporalmente, la conciencia del anciano Rey y, por ello, confiara cándidamente en su hijo Carlos Hugo y en los amigos de éste (Clemente, etc...).
    Última edición por Moncaira; 06/02/2016 a las 23:20

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