El problema de la educación empieza en el seno del hogar... Y fuera -en cualquier centro docente que se quiera- no tiene remedio.

Si los progenitores son malos ejemplos, permisivos y tolerantes -con ese buen rollito del "papá colega" y la "mamá colega"... ¿qué podemos esperar? ¡Pues lo que tenemos! A los niños se les maleduca cuando no les prestamos la atención necesaria. Si ellos detectan que, por tal de quitárnoslos del medio, estamos dispuestos a concederles cualquier capricho... ¡Entonces nos habrán calado y sabrán lo que tienen que hacer para otra vez!

La tendencia perniciosa de la "educación" (por decir algo) que impera en nuestros días, y que tanto debe a ese majadero suizo llamado Juan Jacobo Rousseau, es haber malentendido que la severidad es falta de amor. Y eso no es así: la severidad es el amor más duro, pero es amor siempre y cuando sea auténtica severidad -que no es agarrarse un rebote y pegarle dos guascas a un crío por habernos levantado ese día con el pie izquierdo. La auténtica severidad es la que exige por estar en posición de exigir -por tener la debida autoridad. Y esa severidad o se aplica en la casa o ya no hay forma de aplicarla en el aula (siempre me ha llamado la atención que de "aula" a "jaula" solo vaya una "j").

El auténtico amor paternal y maternal tiene que ser a veces -cuando sea menester- severo... No todo puede mimos y dulzuras. Con los mimos y las dulzuras lo que se acaba es criando a un monstruo, débil y caprichoso: un tirano que al final incluso es capaz de pegarle a los que le dieron la vida.

Ahora mismo he mirado hacia la pared, en la que cuelga un cuadro de un antepasado mío. Le veo los ojos y parece que me están observando, con gente así de enteriza como eran los antiguos a uno -pienso- no se le ocurriría llamarle sino de "Usted", como yo mismo llamo a mi padre.

Y parece una tontería, pero no estaría nada mal que los hijos llamaran a sus progenitores de "Usted".

Y a ver quién entierra de una vez por todas a ese nefasto Rousseau!!!