Caray Veleta, desde luego tu pensamiento o cosmovisión está lejos de esquemas preconcebidos. La Dictadura de Primo de Rivera fue desarrollista, y en esto tuvo aspectos positivos. Con el concurso de Francia y el Mariscal Petain solucionó medio dignamente el problema marroquí. Pero fue jacobina al máximo, sin parangón desde luego con la de Francisco Franco. Y estaba rodeada externamente de un cierto "charangismo prototípico ezpañolizta". No le gustarían los toros, pero el flamenco que criticas (no entro a juzgar sobre el mismo, porque no conozco el flamenco suficientemente) lo elevó a la categoria de "baile nacional" en la exposición universal de Barcelona, como gustaba hacer la Isabelona, y donde por cierto se repartió bastante estopa por hablar catalán.
A la hora de juzgar los toros hay que tener en cuenta que actualmente pasan por una gran crisis de identidad (¿paralela a la de la Iglesia Católica?). El aspecto circense, morboso o pintoresco ha solapado el verdadero arte, temple, estética y emoción de la lidia. Toreros buenos hay poquisimos. Aficionados verdaderos fuera del tendido 7 de Las Ventas, algunos de la Maestranza y de la plaza de toros de Ciudad de México pocos quedan. Ganaderias de casta las minimas. El panorama es un poco desolador.
Sobre la crueldad o no de la lidia. Las reglas de El Cossio y la propia reglamentación de la fiesta se encuentran precisamente enfocadas a evitar el sufrimiento innecesario del animal. Picar demasiado al animal está muy mal visto (por puro mimetismo con Las Ventas, pero algo es algo). Y el toreo con la muleta no puede durar más de 15 minutos, dándose a los 10 el primer aviso, cuya entonación supone quedarse sin trofeo. Cualquiera que haya presenciado una matanza de cerdo o de cordero sabrá que de menos de 10 minutos de agonia no se le priva al animal. Respecto de los presuntos sufrimientos inaguantables que le produce al toro la suerte de varas dicho argumento es fácilmente refutable cuando después de ser picado y banderilleado el toro y "mareado" (otro mito) con la muleta durante bastantes minutos el animal por su casta y su fuerza puede ser indultado. Tras lo cual se curan sus heridas y vuelve al campo de semental viviendo unos cinco años más. Algo que es dificilmente imaginable si dichas heridas fuesen tan mortales o afectasen a tejidos vitales (de hecho son supercifiales, la única herida mortal es la de la espada, como ahora explicaré). En unas jornadas taurinas organizadas por la UCLM -con el acoso por cierto del rectorado rojo- el veterinario de la plaza de toros de Albacete demostró como la única de las heridas mortales de la lidia es la que se produce por la espada. Y como un buen matador de toros que domine esa suerte y sepa dar un espadazo certero puede acabar con el animal en el acto. Hoy día lamentablemente apenas ningún torero sabe entrar a matar bien y el miedo les puede. Por otra parte la carne del toro de lidia -deliciosa por cierto- se comercializa en casi tantas partes como la del cerdo. No se trata de un mero espectaculo con supuestas reminiscencias paganas (la bula de San Pío V condena una espectaculo que nada tiene que ver con el toreo tal como lo conocemos, el cual procede del s. XVII, y por esa época también nos podiamos fiar de los Papas) que derive en un sacrificio inútil del animal. Es más, seria imposible pensar en poder disfrutar de esa carne si no fuese por las corridas, pues ningún ganadero se puede permitir cuidar (sí, cuidar, en contraste a como se trata toda la carne que llega a nuestro plato en esas infernales granjas intensivas) en el campo durante cinco años a un animal solo por el valor de su carne, el cual adquiriría precios inalcanzables.
No creo que el arte de los toros sean ningún paradigma especial de españolidad. Pueden gustar o no. Pero es innegable que forman parte de nuestro enorme patrimonio cultural, que su arte, estética y emoción es innegable y de que no se trata de ningún abuso sádico de un animal que se cría por y para la lidia.
Por último, unas fotos de mi torero favorito. Torero a caballo, porque desde la retirada de José Tomás poco hay que ver de a pie. El coloso navarro (de la antigua capital carlista, Estella) Pablo Hermoso de Mendoza.

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