Revista FUERZA NUEVA, nº 359, 24-Nov-1973
DIARIO DE UN INGENUO
PATALEO
El despecho por la cordial visita de monseñor Casaroli a España no se ha hecho esperar. La semana pasada, en este mismo diario, señalábamos el contraste entre la sonrisa de López Rodó y el mal humor de los sectores clericales. Quienes pretendan convertir la religión en ariete contra el Estado han reaccionado ruidosamente. El ruido era preciso para que parezca que son alguien. Su soledad es patética. Por sí sola explica la violencia desesperada a que se entregan.
Tres han sido las acciones realizadas, en indudable conexión cronológica. La reunión ilegal de 113 personas en un local eclesiástico de Barcelona; el motín de los curas de la cárcel de Zamora, y las encerronas prácticamente simultáneas, en el obispado de Bilbao y en la nunciatura de Madrid. Un brindis al Vaticano con bendición episcopal.
El espacio de que disponemos no nos permite extendernos sobre estas acciones. Pero simplificando lo posible, vamos a dejar constancia del pataleo clerical.
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OBISPO BENÉVOLO
El caso del obispo de Segovia (Palenzuela) es diferente. Su presencia en el espectáculo se debe a que en la cárcel de Zamora se encuentra recluido el cura Francisco García Salve, que pertenece a la diócesis de Segovia. ¿Qué hace un cura segoviano en la cárcel?, se preguntará el lector. Pues nada; porque, como verá si sigue leyendo, García Salve nada tiene que ver con el dignísimo clero segoviano. Este señor era jesuita y, cuando salió de la orden, buscó, como es reglamentario, un obispo que le admitiera en su diócesis. Lo encontró en Palenzuela, obispo de Segovia.
Pero no crea nadie que el cura García Salve, tan benévolamente recibido por el obispo de Segovia, ha sido detenido mientras ejercía su oficio pastoral en Santa María de Nieva o en otra parroquia de la diócesis, sino en Madrid, en una reunión de las Comisiones Obreras (CC.OO.), instrumento del Partido Comunista para alterar la paz española. Curiosamente, el obispo de Segovia, cuya buena fe parece haber sido sorprendida, en vez de poner en su sitio a un cura que se ha dedicado a actividades consideradas ilegales, extiende sobre él su manto protector, uniéndose a los obispos vascos implicados.
Nos figuramos que los católicos segovianos, que nada tienen que ver ni con los terroristas de la ETA ni con los mandos comunistas, se preguntarán, desconcertados, qué pinta su obispo en todo esto. Que a un jesuita exclaustrado lo admita, pase. Pero que publique cartas colectivas pidiendo privilegios para curas encarcelados por actividades contra la paz de la nación, es algo inconcebible. Algo que tendrá que explicar de forma más clara si quiere que se le entienda.
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“DURA PRISIÓN”
Los señores obispos de San Sebastián y Bilbao, respaldados por el colega que les ha salido en Segovia, han publicado una carta, dirigida a los sacerdotes, en la que explican su conducta en relación con la cárcel de curas de Zamora.
La carta recuerda la desdichada pastoral conjunta de los obispos de San Sebastián y Bilbao en ocasión del Consejo de Guerra de Burgos (1970). Como de los firmantes sólo es el mismo monseñor Argaya de San Sebastián, ya que monseñor Cirarda, de Bilbao, ha sido sustituido por Añoveros, y Palenzuela, de Segovia, es nuevo en la plaza, la calidad del producto no hay más remedio que atribuirla a la “solera” del medio en que fermenta: la postura adoptada por una parte del clero en las diócesis vascas citadas, que ha llevado a algunos curas a la cárcel por actividades terroristas, y a otros a actitudes de rebeldía “en sagrado” por solidaridad con ellos.
Los obispos, en su actual carta colectiva, hablan de la “dura prisión” que soportan los curas que, con arreglo al Concordato, están en la prisión de Zamora en dependencias separadas de los presos comunes. Esta “dura prisión” consiste, según informa la Agencia Cifra, en que los curas encarcelados viven confortablemente, disponiendo de la capilla, sala de lectura, calefacción, televisión, biblioteca, un amplio patio, y una galería cubierta. ¿Qué tipo de confort querrán los señores obispos para los curas encarcelados? Desde luego, algo que nunca les hemos visto pedir para los restantes presos, lo que da la penosa impresión de que para ciertos obispos los curas son ciudadanos de clase especial, con derechos que no piden para los albañiles.
En cuanto al motivo de la prisión, que podría justificar trato diferente, los obispos no lo citan, con lo que el sencillo pueblo de Dios puede creer que están en la cárcel por decir misa o por leer el breviario. Sin embargo, la verdad es que los curas vascos encerrados en Zamora han sido condenados por los tribunales militares como responsables de delitos de terrorismo, entre los que destacan la participación de los curas Calzada y Echave (*), en las acciones de la ETA realizadas por los asesinos de un inspector de policía, que a Calzada le valieron doce años de cárcel y cincuenta a Echave. Este último fue el responsable de la redacción, impresión y difusión de un “evangélico” panfleto, en el que se justificaba el asesinato del policía.
Es curioso que, ahora, a obispos que no tuvieron una palabra de compasión para el asesinado, les parezca “duro” castigo que dos cómplices de los asesinos disfruten en Zamora de calefacción, televisión, biblioteca y capilla, y hasta encuentren explicable que se hayan amotinado, prendiendo fuego a los bienes del Estado puestos a su disposición. Pero de estas circunstancias los señores obispos no dicen una palabra. Ellos se contentan con detallar las gestiones que han hecho en favor de los curas presos, como si estuvieran justificándose ante alguien.
Afán justificatorio que los lleva a notables contradicciones, como la de exigir el estricto cumplimiento del Concordato y pedir, al mismo tiempo, que deje de cumplirse, suprimiendo la separación de curas y presos comunes. Esta actitud no es nueva, pues, en el pasado, el obispo de Bilbao unas veces exigía que los juicios de curas fueran secretos, y otras, públicos, esgrimiendo unas veces el Concordato y pidiendo que se olvidara, otras.
Tampoco tenemos conocimiento de que se haya exigido a los curas de sus respectivas diócesis que cumplan la parte del Concordato que obliga a elevar en la misa preces por el Jefe del Estado en la forma tradicional. Lo asombroso es que un obispo, al que cabe atribuirle una delicadeza extrema en su conducta, haga tan parcial empleo del Concordato.
Juan NUEVO
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