Revista FUERZA NUEVA, nº 520 25-Dic-1976
Galería de tipos pintorescos de la España actual
EL POLÍTICO PROFESIONAL
Escomencipiamos esta torva galería de personajes de la agitada España de 1976 con uno de los más característicos y lamentables: el político hortera profesional. Casi siempre, en España, el político profesional ha sido lo peor de cada casa. Por eso Franco, que era tan inteligente, los huía y, salvo raras excepciones, prescindió de sus “servicios”. Los pocos que “contrató” han resultado unos traidorzuelos de ópera cómica italiana. No niego que haya una noble vocación por la política que, sobre todo, se suele detectar en épocas de crisis para la Patria. Es la vocación política de Torrejón, el alcalde de Móstoles, el de la proclama de 1808 (…). Pero salvo las escasas excepciones de nobles políticos vocacionales, mayoría son los “profesionales” de tan noble ciencia, arte y “carrera”.
En la Corte de los Milagros del año de escasa gracia de 1976 bulle sobre todo el político profesional, en el más abyecto sentido de la palabra. Veamos su extracción. Puede ser hijo de un pequeño comerciante o profesional liberal, de familia ni pobre ni rica, sino todo lo contrario. Más bien de pueblo o pequeña ciudad que de capital. Desde el astroso instituto provinciano sueña con Madrid. Por fin viene a Madrid y estudia, poco o mal, la carrera de Derecho. Se mete en el SEU. Allí se harta de levantar el brazo y recibe brazo en alto, y dando coba, hasta a los tradicionalistas, que le advierten que si quiere no tiene por qué levantarlo tanto, no le vaya a doler, pues si ellos no tienen asco alguno a tan noble saludo, tampoco lo inventaron y menos lo exigieron. Pero el politicucho profesional, por si acaso, enronquece al grito de ¡arriba España! con su bracito castrador de España en ángulo de cuarenta y cinco grados, con el hombro dispuesto a arrimar su sardina al sol que más caliente.
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Tras su cochambrosa licenciatura en Derecho, un amiguete azul y buena persona lo enchufa en una chupatintería oficial, para que el apuesto mancebo no tenga que trabajar mucho y no viva del sable. Más coba a todo quisque. Alguna conferencia chirle con berridos consabidos y sin comprometerse. Más coba. Un ministro complaciente atiende una recomendación y le da un carguejo. Allá, incompetencia y más coba a las alturas. Una combinación de gobernadores civiles, y nuestro politiquejo profesional (incultérrimo, que desconoce la prosodia y dice “costitución”, “preveer”, que confunde a don Antonio Maura con Prim, y que escribe con vocablos como “impactación equipacional en la disyuntiva coyuntural de las incidencias, prospectivas de un muestreo en un “marketing” predemocrático en colaboración con instancias unitarias dentro de la serenidad de una evolución tendente a la preinducción de ciertos procesos aleatorios “off the record”, en el marco de una europeización, si bien autóctona, no mimética, pero sí ansiosa de magmas antiplutócratas en un consenso capitalístico y demófilico”, mejor dicho se lo escribe un periodista marxistoide de su pueblo) sigue medrando.
No sabe derecho constitucional, ni civil, ni romano, ni mercantil, ni historia de España. No conoce ni el significado de la palabra sintaxis, que le suena a huelga paramunicipal. Se ha aprendido una poesía de don Antonio Machado. Se declara no marxista, pero en un rollo ante unos palurdos inaugurando unas alcantarillas, siendo gobernador, les da la murga hablando de “la finura dialéctica de Carlos Marx”, del innegable instinto prospectivo-político de Lenin, del indudable amor a la patria china de Mao, etc.
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Ya no para en casa. Todos son almuerzos de trabajo, cacerías de trabajo, cenas de trabajo, orgías de trabajo, desayunos de trabajo, viajes en jet y helicóptero de trabajo, borracheras de trabajo; ya no es gobernador, es director general. Entre whisky y whisky y canapé de caviar y canapé de caviar invoca mucho al pueblo y a la democracia en sus contactos “con la oposición” en las postrimerías del franquismo, pacta, cede, cae (tiene mucho miedo a la “rojería”). Un buen día va y tiñe de rojo su chaqueta blanca de jerarca de Falange; la camisa azul la tiñe de gris, que va con todo, y su ignorancia aumenta. No lee la prensa. Sólo la selección que le hace su consejero de prensa, el periodista rojazo de su pueblo (ya rojo declarado). Discursea poco y mal, pero sin que las palabras democracia y libertad se le caigan de la boca. No sabe sumar, no sabe ni rudimentos de economía; sólo chapurrea muy mal el francés, y cree que el Derecho Canónico es el derecho de los canónigos, y los derechos reales los de la familia Borbón.
Pero es tan sinvergüenza, tan astuto, tan cobista, tan oportunista, tan chaquetero, tan mangante, que Dios para castigar a España de sus muchos pecados, ¡cualquier día nos lo hace ministro! Estad al tanto, camaradas.
Alfonso DE FIGUEROA Y MELGAR
Duque de Tovar
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