Revista FUERZA NUEVA, nº 538, 30-Abr-1977
EDITORIAL
¿Otro pucherazo?
Si a algún político español hubiese que ponerle el cuño de “bonapartista”, creemos que pocos dudarían en estos momentos de colocárselo, con toda justicia, al presidente Suárez. Sus “modales” dictatoriales y su gobernar a golpe de real decreto-ley le invalidan, por mucho trabajo que se tomen sus corifeos en lo contrario, como gobernante democrático, en el sano sentido griego de la palabra (…)
El señor Suárez viene desarrollando una política personalísima de Gobierno. Y si hemos de creer la voz de la calle, en clara obediencia a consignas que íntimamente le son ajenas a su conciencia, pero que encierren un total desprecio para el sentir de los demás y que no se limitan a ejercer el poder en toda su extensión, sino que llegan a límites impensados. Ahora, con la desaparición, por “ukasse” personal de Suárez, del Movimiento Nacional dentro de la legalidad constitucional de España, podemos contemplar, a la luz de la realidad de los hechos, cómo esta desaparición del Movimiento del plano real de la vida orgánica del Estado, y, por ello, de la comunidad política nacional, da paso a una instrumentación de sus esquemas operativos. Esta coyuntura otorga, así, un poder auténtico y material encaminado al servicio de la política particular, dogmáticamente parcialista, del presidente del Gobierno.
Es como si Suárez hubiese dicho: “Pues, ahora…, el Movimiento… ¡para mí!”. Es decir, para sus intereses “centristas” y apoyo de sus acciones partidistas y electorales, pues no otra cosa representa la “estatificación” de los organismos antes dependientes de Secretaría General que ahora pasan al control estrictamente gubernamental a través de unas Direcciones Generales de Presidencia o de organismo autónomo de Información y Turismo. Treinta y cinco diarios, varias revistas, dos cadenas de radio, es decir, el instrumento radio-periodístico más amplio y potente de Europa, profesionalmente hablando, más todo el esquema de la no desmontada red operativa de jefes locales-alcaldes, etcétera, al servicio de los intereses políticos y la ambición de poder del presidente Suárez. Y a tenor de lo visto en el pasado referéndum, quién sabe si para otro “pucherazo” electoral.
En otras palabras, el Movimiento ha desaparecido como filosofía política, como instrumento colectivo al servicio de todos los españoles, como fundamento ideológico del Estado. Se ha convertido, por otra parte, en una serie de entes administrativos, asépticos idealmente, pero con absoluta servidumbre hacia Presidencia y sin más alto destino que el servir instrumentalmente de apoyo a una política concreta y anecdótica, de momento, de quien por ahora ocupa el Poder en la nación.
De informar la vida política del Estado, de ser el basamento filosófico del Régimen, el Movimiento, con su desaparición-sustitución burocrática, sin embargo, queda en pie, sin alma auténtica, como mera pieza de arbitrio administrativo y factor, que se quiere hacer decisivo, de la máquina electoral del Gobierno.
El presidente Suárez está jugando fuerte, pero está jugando con ventaja en el quehacer de su política, que, para qué decirlo, dista mucho de la gran política que la Patria demanda en estos momentos cruciales para su vivir presente y para su desarrollo futuro. Es un envite continuo el del presidente, con cartas, si no marcadas, sí claramente servidas en bandeja del oportunismo, de la osadía, del desprecio olímpico hacia lealtades juradas y palabras empeñadas. Palabras, eso sí, que hasta ahora le han servido para hacer su juego audaz, sin servidumbres a la lealtad, pero útil en su empeño -tal vez dictado- de convertir en polvo todo el pasado positivo y creador de estos últimos cuarenta años de vida española.
Una partida fuerte (no cabe duda de que con riesgos), de la que ahora ha buscado, además de los ases de su baraja administrativa, un comodín válido nacido de lo que hasta hace pocos días ha sido el Movimiento-organización. Con él trata de conseguir el repóquer en la partida empeñada desde el Poder, y en la que, hasta ahora, el pueblo español se ha limitado a ser sufrido y a veces airado espectador. A partir de ahora, tal vez, es muy posible deje de serlo y quiera no sólo coger un puesto en la mesa, sino cambiar también la baraja, imponiendo definitivamente su presencia en el juego. Y todo ello, repetimos, para que no sea posible otro “pucherazo” como el que ya contempló recientemente y que muchos han calificado de engaño en grado sumo.
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