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Tema: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

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  1. #1
    Candidus está desconectado Miembro novel
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    17 jun, 14
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Muy poco feliz citar como autoridad a un falsario como José Carlos Clemente Balaguer (aka Josep Carles Clemente), quien junto a Cubero y la ex Infanta María Teresa se han dedicado con ahínco digno de mejor causa, a falsificar la historia del Carlismo, en orden a justificar la traición de Carlos Hugo.

    Magnífica y muy ponderada la respuesta de Martín Ant.

    Saludos
    Valmadian dio el Víctor.

  2. #2
    DOBLE AGUILA está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno, tampoco es que sea muy nuevo esto de "la deriva de don Javier", (o pirueta ideológica), a la que se sumó su hijo primogénito ¿O fue al revés, y el hijo influenció al padre?. La verdad es que jamás resultaría desautorizado por su progenitor, que siempre le consintió sus desmanes REAFIRMÁNDOLO COMO SUCESOR. Creo que ya en la temprana fecha de 1961, Carlos Hugo en la revista "Azada y Asta", ya habla de "monarquías socialistas" y adefesios por el estilo. Supongo que estas cosas estarían muy de moda en su época de estudiante en la Sorbona; curiosa Universidad.

  3. #3
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    07 nov, 12
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Dentro del plano de los historiadores hay que tener mucho cuidado con aquéllos que se traen a la palestra, pues sus textos quedan inmediatamente desautorizados en el momento en el que se descubre el sesgo ideológico que empapa toda su obra y que, por tanto, la desfigura por completo en lo concerniente al relato de los hechos y a su verdadera explicación (véase para más información el excelente libro de Don Estanislao Cantero, La contaminación ideológica de la Historia, Editorial Libros Libres)

    Éste el caso de Josep Carles Clemente, al cual cita ALACRAN, del que puedo hablar con conocimiento de causa (desconozco el caso del historiador Joaquín Cubero, del cual hace mención, en sentido crítico, CANDIDUS). Clemente pertenece a la escuela de los historiadores comunistas, en virtud de la cual reelaboran la Historia de España en clave marxista, mediante una concepción materialista de la Historia que les sirve en todo momento de criterio interpretativo de la misma con fines estrictamente utilitarios al servicio de una determinada afirmación o declaración que, tomándola como axioma, les interesa defender. La "originalidad" de Clemente consiste en trasladar y aplicar este mismo sistema a toda la Historia de la Comunión Legitimista, tomando como único anclaje o base la revolución ideológica preconizada e intentada por Carlos Hugo en apenas los 10 años de la década de los ´70 (esto es, desde su cambio oportunista en dirección al socialismo tras la elección juancarlista de 1969 hasta su abandono en 1980 del partido político inventado por él).

    Esto hace que, como en todos los demás pseudohistoriadores de la misma escuela, pueda con tranquilidad de conciencia ser desechado, en el normal de los casos, todo lo que escribe y, en el mejor de los casos (en los pocos que haya), tomarlo con sumo cuidado y con reservas.

    Tratándose de historiadores, lo mejor es siempre citar a los únicos que pueden interpretar correctamente los hechos históricos, esto es, los católicos tradicionales o, al menos, a aquellos historiadores o investigadores que sigan una línea neutral e independiente y no estén al servicio, como los de la escuela marxista, de una determinada ideología sesgadora o tendenciosa (Pío Moa, Julio Palacios, Juan Balansó, Ismael Medina, ...).

    En este sentido, prefiero quedarme con la visión objetiva y real de un historiador (éste sí serio y verdadero) como Manuel de Santa Cruz. Reproduzco a continuación su recensión (que creo ayudará a despejar algunas falsedades y sofismas vertidos contra la figura del Rey Javier por estos pseudohistoriadores so capa -para más desvergüenza e hipocresía- de alabanza y elogio) de un libro pretendidamente "biográfico" de Don Javier, del cual uno de sus autores fue el propio Clemente.



    «DON JAVIER, UNA VIDA AL SERVICIO DE LA LIBERTAD» *



    por MANUEL DE SANTA CRUZ

    Historiador



    Una parte de la familia de Don Javier de Borbón Parma presenta un libro sobre éste.– Un prólogo de Don Carlos Hugo.– Unas coartadas semánticas.– Un poquito de historia.– Una «enfant terrible»: Doña María Teresa de Borbón Parma.– Los epílogos.– Apéndice Documental.– Conclusiones.–



    UNA PARTE DE LA FAMILIA DE DON JAVIER DE BORBÓN PARMA PRESENTA UN LIBRO SOBRE ÉSTE


    El día tres de junio de 1997 se celebró en el Hotel Ritz, de Madrid, la presentación del libro, Don Javier, una vida al servicio de la libertad. En la presidencia, el representante de la editorial Plaza & Janés y los autores. Buena entrada y expectación, porque ya se sabe que la historia es, a veces, o un ameno pasatiempo o una propaganda política encubierta; en este caso, mucho de las dos cosas a la vez.

    ¿La familia Borbón Parma al completo, como se quiso hacer ver? No. Faltaban dos hijos, de seis, Doña María Francisca y su esposo el príncipe Eduardo de Lobkowicz, y el infante Don Sixto Enrique, ambos en conocida discrepancia con las ideas políticas postreras de Don Carlos Hugo. Dos de las tres infantas físicamente presentes, Doña Cecilia y Doña María de las Nieves, tienen en el libro una participación mínima, lo mismo que los nietos, Doña Margarita y Don Jaime. Faltaban dos nietos, de cuatro: el primogénito, Don Carlos Javier y Doña Carolina, ya hacía tiempo mayores de edad, por razones no conocidas, aunque sospechas de no ceder a la pretensión de mostrar a «toda» la familia Borbón Parma. También notablemente ausente, en espíritu, que por su fallecimiento era la única forma posible en que podía haber estado, Doña Magdalena, tan firme y heroicamente opuesta a las ideas políticas postreras de Don Carlos Hugo.

    Pongo estas primeras precisiones al servicio de los historiadores, para que no caigan en la tentación simplificadora y poco rigurosa de hablar de la familia Borbón Parma como de una unidad sin fisuras, ni distingos, como otros ceden a la moda de hablar mal de los Borbones, en general, cuando los ha habido magníficos.

    La cubierta del libro es recargada y expresiva; le sitúa en lo alto, en cabecera, en la colección de dicha editorial, «Así fue. La historia rescatada», denominación que, con sensacionalismo comercial, augura cosas interesantes; no lo son solamente las que dice, sino todo lo mucho que silencia –décadas enteras–, y las contradicciones que calla.

    De arriba abajo siguen los nombres de los autores: María Teresa de Borbón Parma, Josep Carles Clemente y Joaquín Cubero Sánchez. La primera es bien conocida por sus coqueteos ideológicos en el mundillo de las izquierdas, en los cuales ha sido fiel intérprete y colaboradora de la concepción política originalísima de Don Carlos Hugo. De Don Josep Carles Clemente se podría decir, a menor escala, algo parecido, engalanado con la perla de su libro inmediatamente anterior, Los masones: La apuesta de los Hijos de la Luz, muy benévolo con esa organización. A Don Joaquín Cubero Sánchez,, historiador profesional, parecen deberse muchos fragmentos del andamiaje histórico que se ha puesto en este libro, para disimular su servicio a las teorías políticas de Don Carlos Hugo. Él podría, si se liberara de tales compañías, sacar de su inmenso archivo una auténtica biografía de Don Javier.

    Viene después, en la densa portada, el título principal: Don Javier, una vida al servicio de la libertad. Parece una concesión, quizá con algún ribete comercial, a la demagogia y al carácter de tabú democrático que ha adquirido recientemente la palabra «libertad». Habría que precisar qué es eso. Desde luego que no pueden ser las «libertades de perdición» del liberalismo y de su encarnación política, la democracia, a las que Don Javier combatió toda su vida lúcida, y les contrapuso las libertades del Derecho Público Cristiano y del Carlismo. Por el contrario, parece que su hijo Don Carlos Hugo sí que ha servido a las libertades del liberalismo en la segunda mitad de su vida. Al menos, eso dice el Real Decreto de su antiguo rival, Don Juan Carlos de Borbón, de 5-I-1979, concediéndole, no reconociéndole, la nacionalidad española por «su labor desarrollada a favor del restablecimiento y consolidación de la democracia en España».

    Seguimos descendiendo por la frondosa cubierta: «Prólogo de S.A.R. Don Carlos Hugo de Borbón Parma». Es, más que un prólogo, la tesis política del libro, en 26 páginas, que comentaré por separado.

    Más cosas para terminar con la cubierta: abajo, y con letra pequeña, dice: «La apasionante historia del hombre que osó enfrentarse a Franco y situó el Carlismo a la izquierda». Tengo noticias fidedignas de que estas palabras no fueron inicialmente del agrado del editor, y que fueron finalmente impuestas por Doña María Teresa. Son un falseamiento de la historia que predispone contra el libro a cualquiera que haya seguido y conocido desapasionadamente la historia de España durante la vida –toda la vida lúcida – de Don Javier.

    No es éste el libro deseado sobre Don Javier, «el último gran Príncipe de la Cristiandad», como gustaba llamarle el famoso canónigo falangista Don Fermín Yzurdiaga Lorca. Aunque sí que es el libro esperado, o más bien temido, dado el conocimiento previo que teníamos de los autores. Deja sin llenar el hueco que en la historia de España, y aun de la universal, corresponde a una buena biografía de Don Javier de Borbón Parma y Braganza, Jefe Delegado de Don Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este para la preparación del Alzamiento del 18 de Julio de 1936, y después del fallecimiento de éste, Regente, y a partir de 1952 titular de los derechos a la sucesión legitimista de la Corona de España. Además de otros muchos cometidos, que también quedan a la espera de una nueva y menos tendenciosa biografía. Este vacío produce otro, que reclama una biografía de su esposa, Doña Magdalena de Borbón Busset, que tuvo actuaciones propias altamente meritorias y suficientes para justificar otro libro, aparte.


    EL PRÓLOGO DE DON CARLOS HUGO


    Como los prologuistas aprovechados, con el pretexto de cumplir el encargo de explicar brevemente el contexto del libro, coge Don Hugo la ocasión al vuelo para volver a sus antiguas teorías políticas. Una gran ocasión perdida de enderezar, siquiera mínimamente, la situación que creó y de mejorar su postura personal dentro de lo que cabe, que es, ciertamente, poco. Es una reiteración que dura 26 páginas de la interpretación falsa de la historia del Carlismo y de la de España, que alguien le imbuyó hace muchos años, y de la cual, a lo que se ve, no se arrepiente. Vuelve impenitente y empedernido. El libro es para los carlistas, decepcionante. Dejad toda esperanza.

    Voy a intentar evitar disquisiciones ideológicas y limitarme a señalar la veracidad o falsedad histórica de sus afirmaciones. Por ejemplo: no estudiaré si el pueblo tiene soberanía o representación; sólo me atendré al hecho de que los autores revolucionarios invocan la soberanía y los tradicionalistas la representación.

    A la Cruzada de 1936 le llaman siempre, –él y su hermana–, de manera neutralista y aséptica, «guerra civil». Hay en este detalle un desprecio a todos los carlistas que con diversa suerte participaron en ella, y que llamaban a aquello en los días de autos y muchos años después, «la guerra» (a secas), «la Cruzada», el «Glorioso Movimiento Nacional», o con su denominación legal, «Guerra de Liberación de España». En 1965, en el solemnísimo documento del Acta de Puchheim, Don Javier escribe: «Cruzada», «Cruzada Nacional de Liberación», «la guerra padecida», «los momentos difíciles que siguieron al Alzamiento Nacional del 18 de Julio de 1936»; en otros escritos habla de «la guerra», pero jamás de la «guerra civil». Lo de «guerra civil» y lo de «republicano» fue introducido hacia 1960 por Gironella para elevar a los derrotados al empate. A todo lo rojo le llaman «republicano» con la misma adhesión al lenguaje de los enemigos del Carlismo. Yo mismo he oído en los años cincuenta varias veces a Don Javier hablar de «los rojos» con la misma naturalidad con que todos los carlistas lo hacíamos (1). A la Comunión Tradicionalista le llaman «Partido Carlista» cuando se refieren a ella en los años en que esa segunda denominación no existía. Pero les delata un descuido: en la página 13 se reproduce el famoso telegrama firmado por Don Javier y por Fal Conde, que decía: «La Comunión Tradicionalista se suma con todas su fuerzas en toda España al Movimiento Militar para la salvación de la Patria…».

    Enlaza con esta postura antihistórica, aséptica y neutralista en la elección de denominaciones el mismo tono que emplea cuando se refiere a aquella guerra en su conjunto. Ni una palabra emocionada de alabanza, de recuerdo exaltado y romántico, ni una alusión a alguno de sus episodios aleccionadores. Nada recuerda a aquella frase de Cervantes de que Lepanto fue la más alta ocasión que vieron los siglos. Fue la más gloriosa guerra que hizo el Carlismo y, paradójicamente, el tono general con que la trata Don Carlos Hugo es resignado y exculpatorio, casi de arrepentimiento.

    Todo esto es una reiteración de su deliberada postura de entenderse con los vencidos, haciendo él una paz separada. Fue un antiguo designio suyo. Hace años me informaron que había encargado a uno de sus jóvenes seguidores que fuera escribiendo una historia del Carlismo pero sin insistir en la cuestión religiosa y sí solamente en la cuestión social para poder así sentarse a departir con los socialistas. Al punto concebí yo la idea de recopilar los principales documentos de la historia del Carlismo en aquellos tiempos, y así pude editar años después mi extensa obra, Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español, 1939-1966. Tan objetiva colección de documentos se puede contrastar página a página con el libro que ahora comento para conocer cuál fue la verdad histórica. Lo mismo digno de la magna Historia del Tradicionalismo de don Melchor Ferrer, para conocer lo sucedido desde el comienzo del Carlismo hasta 1936.

    Así, un documento que hay que tener constantemente a la vista durante la lectura de todo este libro sobre Don Javier, –no solamente del prólogo–, es el Real Decreto de Don Alfonso Carlos del 23-I-1936 que nombra Regente a Don Javier y en su disposición Tercera dice: «Tanto el Regente en sus cometidos como las circunstancias y aceptación de Mi sucesor, deberán ajustarse, respetándolos intangibles, a los fundamentos de la legitimidad española, a saber: I) La Religión Católica, Apostólica y Romana, con la unidad y consecuencias jurídicas con que fue amada y servida tradicionalmente en Nuestros Reinos. II) La constitución natural y orgánica de los Estados y cuerpos de la sociedad tradicional. III) La federación histórica de las distintas regiones y sus fueros y libertades, integrante de la unidad de la Patria española. IV) La auténtica Monarquía tradicional, legítima de origen y de ejercicio. V) Los principios y espíritu y, en cuanto sea prácticamente posible, el mismo estado de derecho y legislativo anterior al mal llamado derecho nuevo».

    El contraste de esta doctrina política, buena o mala, ése es otro asunto, con las ideas políticas de Don Carlos Hugo y de su hermana Doña María Teresa, y con la democracia en general, es deslumbrante y explica que este documento básico haya sido escamoteado del libro que reseñamos.

    El «transfondo histórico» que Don Carlos Hugo quiere exhumar del siglo XIX para explicar el año 1936 está tratado con la misma frialdad. Nada de recuerdos de las guerras carlistas, de sus gestas, de su interpretación por los pensadores carlistas. Da una visión exclusivamente economicista y de lucha de clases de tufo marxistoide. Los opresores fueron todos estos: los ricos, el capitalismo, la burguesía, la nobleza, el ejército, la monarquía liberal, y, –esto es más grave–, la misma Iglesia, y luego, nada menos que los propios dirigentes del Carlismo, que según él no eran carlistas sino una pequeña minoría «integrista». Todos reprimían al pueblo, identificado al estilo marxista sólo con los obreros, que se rebela. Tenían razón las izquierdas; los malos eran las derechas. De la larga catilinaria de culpables se salva Don Manuel Fal Conde, al cual elogia. Lo que no dice es que estaba harto de sus excentricidades políticas, de los cual yo soy testigo. Tanto Don Manuel como otros muchos jefes, acabaron abandonándole. Repito que no discuto las ideas sino que recuerdo los hechos.

    Ha tomado una parte, partecita, por el todo, y además esa partecita está falseada. Es una interpretación sectorial y reduccionista del Carlismo a través de su historia; de manera que aunque fuera cierta, que no lo es, se lo podría carear con el esquema del clásico juramento norteamericano: no dice la verdad, ni toda la verdad, ni sólo la verdad. Silencia testimonios ajenos y añade inventos propios.

    Precisamente, si algo ha caracterizado al Carlismo ha sido la amplitud frondosa que le da rango de «Weltanschaung», de cosmovisión, antes y por encima de acciones estrictamente políticas coyunturales. Ha sido como un «holding» que incluye, ciertamente, una parte política y otra militar, y que con el resto tiene capacidad para encajar los continuos fracasos de esos otros sectores y sobrevivir de forma asombrosa y admirable, que sólo así se entiende (2). Además de protagonistas de unas acciones políticas y militares los carlistas son mucho más; tienen una manera de ser y una mentalidad peculiares, que les sitúan más próximos a las buenas maneras clásicas que a la ordinariez de la democracia. Hago notar que apenas alude un par de veces, de pasada, al Antiguo Régimen. Yo comprobé directamente sobre el terreno, durante una larga estancia en París en 1957, que en Francia Don Javier pasaba por ser el último representante del Antiguo Régimen. No digo que éste no estuviera cargado de defectos, sino que la situación era así.

    La base del Carlismo, que según Don Carlos Hugo nada tendría que ver con la cúpula dirigente «integrista», apoya al pueblo en la preparación de la transición a la democracia; y conseguida ésta, que identifica falsamente con la libertad, y a ésta falsamente con la representación social, llegamos a lo que Fukuyama llamaría el Final de la Historia. Don Carlos Hugo y su hermanita ya han triunfado y ya no tienen que hacer nada. Pero como les pide el cuerpo seguir enredando, hablan del futuro.

    Lo que dice del futuro es otra decepción; porque no se refiere al futuro político de España, sino al del mundo. Dice que vamos hacia un Estado mundial. Le ofrece los servicios del Carlismo «que serviría de paradigma en la perspectiva futura de una sociedad mundial».


    UNAS COARTADAS SEMÁNTICAS


    Para salvar ese tan llamativo reduccionismo economicista y su contraste con la cosmovisión del Carlismo, se sirven Don Hugo, su hermana María Teresa y sus amigos de una coartada nada nueva: la manipulación del lenguaje (3), que es uno de los arsenales de la guerra psicológica; introducen una cuña semántica artificial que es distinguir entre las palabras Carlismo e «integrismo», «mellismo», «tradicionalismo», etc., cada una con el tono y contexto que a ellos les conviene, pero sin definirlas.

    El Carlismo habría sido, según su concepción particular, exclusivamente y estrictamente un factor más en la lucha de clases en torno a la economía. Todo lo demás del Carlismo, «Dios-Patria-Rey», Cristiandad, Fueros, gremios y corporaciones, y los fundamentos de la legitimidad establecidos por Don Alfonso Carlos, más arriba transcritos, no serían el Carlismo propiamente tal, el «auténtico», sino ese maligno «integrismo» superpuesto, que todo lo echa a perder. Alguno de sus amigos, más sincero y menos precavido, ha llegado a escribir que Don Alfonso Carlos y el príncipe Don Javier no eran carlistas, sino integristas. Don Carlos Hugo se limita a decir, más cauteloso, que Don Alfonso Carlos entregó los mandos del partido a una minoría dirigente integrista, y fabrica una explicación falsa, a saber: «Hay que distinguir claramente dos estamentos para comprender el Carlismo de entonces. El popular, por una parte; una minoría integrista dirigente, por otra» (pág. 15).

    No ha sido alumna desaventajada su hermana Doña Cecilia, porque en su Epílogo dice: «… desde los muros de su Iglesia, la auténtica, con el cardenal Tarancón a la cabeza…». O sea, que también habría que distinguir entre dos Iglesias, una, la que todo el mundo identifica, y otra, la «auténtica», encabezada por Tarancón.

    De atrás veníamos conociendo estos juegos malabares semánticos. El general Mola, al ver en punto muerto sus negociaciones preparatorias del Alzamiento con Don Manuel Fal Conde, buscó como interlocutores a los de la Junta Carlista de Navarra, como es bien sabido, porque ellos eran «los auténticos». Franco llegó a decir que tenía gran predilección por los carlistas y que alguna pequeña desavenencia se debía a que Fal Conde no era carlista sino integrista.

    El abismo entre el Carlismo y el Huguismo es tan grande, que las coartadas semánticas más risibles y desvergonzadas no son justificantes suficientes. Entonces se introduce otra coartada, «la evolución», porque todo evoluciona. Esta canción tiene un género chico, que son la «actualización» y la «renovación». Doña María Teresa insiste en los de la «evolución»: «Esta vanguardia política de la Dinastía sería el martillo que empezaría a romper la costra integrista y tradicionalista enquistada en el partido, permitiendo con ello, bajo la paciente y eficaz dirección de Don Carlos Hugo, el inicio de la evolución ideológica» (pág. 203).


    UN POQUITO DE HISTORIA

    En todo el libro menudean, dispersas, noticias históricas; pero los capítulos dedicados a ellas son los números 3, 4 y 5; se deben a Don Joaquín Cubero Sánchez. Se encuentran también noticias en los capítulos 2 y 6 escritos por Doña María Teresa, pero éstas van muy sumergidas en connotaciones políticas.

    El trabajo de Cubero de recopilación y ordenación de datos, especialmente los referentes a las negociaciones con el general Mola, es la más completa y mejor ordenada cronología de ellas que conozco, hecha, se ve en seguida, por un buen historiador profesional. Lleva 302 citas a pie de página.

    Más que en esta narración, es en la utilización que se hace de ella en el resto del libro donde se nota un cierto énfasis en unas dificultades que, sin embargo, eran absolutamente normales y aun exigibles para no calificar tan grave negociación de alocada o de servil entrega. Ese énfasis sirve al tono general, ya dicho y criticado, de querer desvincularse de la Cruzada.

    Pero en esos capítulos históricos se advierte una desproporción entre el espacio dedicado al Alzamiento y después hasta la Unificación, y al resto de la biografía de Don Javier y del Carlismo en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, que es llamativamente mínimo e insignificante (93 páginas frente a 25 de las cuales aún hay que descontar doce dedicadas a la GM II y a Carlos VIII). Doña María Teresa reanuda la historia más extensamente para hablar del Partido Carlista. Hay, pues, cerca de treinta años, treinta, de los que se escamotea una historia extensa, o, al menos, suficiente. Son muchos años, muchos saltos, muchas omisiones, muchas trampas virtuales. Esto se refleja en el Apéndice Documental: los primeros veintiún documentos, de veintiocho, cubren de 1936 a 1939; luego, hay un salto de catorce años, catorce, hasta 1954; con esta última fecha aparece un solo documento; los siguientes, hasta el 28 y último, son: uno, de 1958, otro de 1969, (once años, once, en blanco) y otro de 1975 (seis años) y otro de 1976. En estas tres décadas va un pequeño quiste, históricamente pasable, que es lo relativo a las actividades políticas de Don Javier en la Francia no ocupada, y después, su cautiverio por los alemanes. Se han pasado como sobre ascuas casi treinta años de los más activos, llenos y responsables de la vida fecunda de Don Javier y multitud de cuestiones doctrinales cuajadas en documentos importantes que en ellos vieron la luz. En los escritos de Doña María Teresa (capítulos 2 y 6) no hay ninguna cita a pie de página.

    Las «evoluciones» de la política de Don Carlos Hugo, presuntamente suscritas por su padre en posesión de unas facultades mentales menguantes, no pueden ser contrastadas con ideas y conductas de esos treinta años si no se dispone de otras fuentes de información que este libro. Claro está, –se me olvidaba, perdón–, que en esos treinta años no mandaban los carlistas sino los «integristas», «un grupo minoritario que durante más de cuarenta años ocupó o detentó los puestos de responsabilidad y decisión del Carlismo, hasta ahora denominado Comunión Tradicionalista» (pág. 207).

    ¿Eran «integristas» los que llevaron a rastras, encadenado y narcotizado a Don Carlos Hugo a votar «Sí», con publicidad y jactancia en el Referéndum de la Ley Orgánica, en diciembre de 1966? Por cierto que en esa ley, y con ese voto, se refrendaban todas las principales leyes anteriores del régimen de Franco.

    No se encuentra en este libro historiada la «carrera dinástica» o rivalidad con Don Juan Carlos de Borbón por la sucesión de Franco, que entró en su fase final a partir de la presentación de Don Carlos Hugo en Montejurra, en 1957. Quizá sea porque según el Real Decreto de 5-I-1979, que le concede la nacionalidad española, Don Carlos Hugo «promete prestar juramento de fidelidad al Jefe del Estado», en difícil armonización con su legitimidad de ejercicio. En aquellos largos años de confrontación, la candidatura de Don Carlos Hugo se apoya en la vinculación del Carlismo, de Don Javier y suya a los principios y espíritu del 18 de Julio con carácter de monopolio, para agradar a Franco, que era el verdadero Regente. (Grave error táctico, porque Franco ya largaba amarras del 18 de Julio). Las mismas fuentes y equipos no cesaban de poner peyorativamente en contraposición con ese espíritu del 18 de Julio y del Movimiento Nacional, las ideas democráticas de Don Juan de Borbón y sus ya antiguos contactos con los vencidos de ayer, que por extensión se atribuían a Don Juan Carlos, que guardaba silencio.

    Paradigma de la adhesión de Don Carlos Hugo a Franco, a pesar de los insultos que éste dirigía a su padre y a los carlistas, fue el folleto que se repartió profusamente en 1964 (diez mil ejemplares), que llevaba en portada un dibujo retrato de Don Carlos Hugo y el título de «Quién puede ser el Príncipe de sangre real que encarne el 18 de Julio y el Movimiento Nacional». Para su edición se saltó el orden previsto de publicar después del documento «El Carlismo y la Unidad Católica» (23-V-1963), que tanto éxito tuvo, otro folletito sobre la Patria y otro sobre los Fueros, quedando el dedicado al Príncipe para el final. Esta alteración del orden previsto disgustó mucho a los navarros que no hacía más que presionar para que saliera pronto un folleto sobre los Fueros.

    Desde el Decreto de Unificación (19-IV-1937) hasta poco antes del nombramiento de Don Juan Carlos como sucesor de Franco en 1969, el Carlismo, Don Javier y, finalmente, Don Carlos Hugo se sitúan respecto a Franco en una oposición doméstica, restrictiva y selectiva, dentro del espíritu global, cada vez más borroso, del 18 de Julio, con altibajos en un modus vivendi fluctuante y de difícil definición. Esa oposición doméstica o interna, que también ejercían otras personas y grupos concurrentes al Alzamiento, se caracterizaba, ante todo, por su absoluta separación e incomunicación con la oposición global y exterior de los vencidos en la guerra. A diferencia de Don Juan de Borbón que coqueteaba con ellos desde la victoria de las democracias en la GM II. Don Carlos Hugo no inició sus coqueteos con la oposición roja hasta que terminó de perder la última brizna de esperanza de que Franco del hiciera caso. Los iniciaron antes colaboradores de Franco que desertaban a raudales. Aquella «evolución» de Don Carlos Hugo fue una traición a los carlistas y más especialmente a los que murieron en la Cruzada. Fue la historia de un resentimiento, explicable. Solamente le siguió un escasísimo número de carlistas, como se vio en su estrepitoso fracaso electoral posterior.

    Esta oposición doméstica de tira y afloja sin ruptura, tuvo dos fases: la Jefatura de Fal Conde hasta 1955, y la de Valiente, hasta cerca de 1969. En las dos coincidían dentro mismo de las propias filas del Carlismo, dos tendencias opuestas, una en contra de un entendimiento con Franco pero sin pensar jamás en aliarse con los rojos, y otra a favor de la colaboración. Las tendencias colaboracionistas estuvieron siempre deslucidas por la negativa de Franco a acogerlas. Incluso durante el periodo duro de Fal Conde, que coincidía con el más duro de Franco, no faltaron intentos dignos, discretos y sostenidos, de aproximación a Franco, aprobados y aun impulsados por Don Javier, quién sabe si por inspiración del Vaticano, como él mismo explicó en su discurso de Puchheim (1965).

    Después del cese de Fal Conde, el Jefe del Secretariado y luego Jefe Delegado, Don José María Valiente, defendía la política de colaboración con Franco de las crecientes discrepancias internas diciendo, con razón y verdad, que era la política ordenada por el Rey Don Javier. Miente, pues, Doña María Teresa cuando escribe (pág. 216): «… todavía se hallaban incrustadas en el aparato del partido antiguos líderes conservadores y tradicionalistas que habían conducido la época de colaboración y de posibilismo con el régimen de Franco…». Aquella política de colaboración, etc., se inició y se mantuvo por orden del Rey Don Javier, precisamente en contra de la resistencia que a ella oponían muchos carlistas.

    Destacan, entre otros, tres episodios que iluminan la peculiaridad de aquella oposición. Uno, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial. En 1946 la oposición roja del exterior espoleó a las democracias vencedoras a derribar a Franco; esas naciones retiraron sus embajadores en España, negaron a España el ingreso en la ONU, no le concedieron parte del Plan Marshall, etc. Don Javier y todos los carlistas, olvidando pasados agravios, cesaron aun en su oposición doméstica y cerraron filas en torno a Franco. Otro episodio posterior fue análogo: aprovechando unos grandes actos de la Comunidad Económica Europea, se reunieron en Munich todas las fuerzas de izquierda de oposición a Franco y plantearon un chantaje con esquema parecido al de 1946: Espña no disfrutará de un bienestar material mientras no se incorpore a la nueva Europa y ésta no le recibirá hasta que el régimen de la Cruzada no ceda gratuitamente el pode a la democracia. Todas la publicaciones carlistas cerraron filas en torno a Franco. Don Juan de Borbón, y en silencio su hijo fidelísimo, tuvieron en aquel episodio una actitud ambigua y confusa. En 1963 entró clandestinamente en España un dirigente comunista llamado Julián Grimau. Fue detenido y fusilado. Las izquierdas organizaron un clamor internacional parecido al del proceso de Ferrer Guardia al principio de este siglo. Los carlistas cerraron nuevamente filas a favor de Franco.


    UNA «ENFANT TERRIBLE»: DOÑA MARÍA TERESA DE BORBÓN PARMA


    Doña María Teresa empieza el capítulo segundo con unas primeras páginas biográficas de su padre, Don Javier, sin ideología, pero luego todo se va politizando, también en el capítulo 6, que forma pareja. Suscribe las peores teorías de su hermano, y además las amplía, «clarifica» y sirve. Es su alter ego y además, una «enfant terrible» que suelta las frescas que los mayores no se atreven a decir. Lo cual le viene bien a su hermano que así puede nadar y guardar la ropa mejor, como mero prologuista.

    Le ayuda que el libro trae muy poco de las tres décadas, tres, de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, cuajadas de documentos que no abonan nada sus interpretaciones. Aunque ella era ya mayorcita cuando apareció en España al final de los años cincuenta, saludando a las autoridades franquistas que le aclamaban en los partidos judiciales, y enredando en la OAS, nada de aquello le parece Carlismo. Todo era una «costra» formada por «integristas», «mellistas», «tradicionalistas», «ultras» y «antidesviacionistas». Lo que le interesa, la gran obra de su vida, es el Partido Carlista fundado por su hermano. Como las coartadas semánticas y la apelación a la necesaria evolución no bastan para salvar el abismo que hay entre la concepción política de Don Carlos Hugo y el Carlismo, Doña María Teresa echa mano, pues, de un nuevo recurso para disimular la fractura, que es utilizar la figura de Don Javier, su padre, como garantía de continuidad. Presenta una docena de alusiones a una supuesta identificación política del Rey con el «leader». Son brevísimas y empíricas, aunque claro está que susceptibles de terribles ampliaciones. Mientras éstas no llegan, su importancia, que con gran dolor no podemos negar, queda rebajada por la atenuante de que no tienen la culpabilidad de unas adhesiones ampliamente explícitas, sino que se habrían de valorar más bien como omisiones de las debidas desautorizaciones exigidas por la fidelidad al testamento político de Don Alfonso Carlos. Estas omisiones, aunque de suyo graves, tienen a su vez dos atenuantes, una, objetiva, de que la edad de Don Javier se adentraba en la década de los ochenta años, y otra, el recuerdo de que los coetáneos las juzgaban con benevolencia, porque decían que Don Javier «chocheaba», lo cual se confirma implícitamente por su abdicación.

    Doña María Teresa toma el testigo de la «evolución» del Partido, no de la Comunión Tradicionalista, que el lector sigue sin saber si existió. La «evolución», tantas veces repetida, se apoya en la necesidad de «actualizar»; eso le gusta mucho a la gente, aunque no se le diga concretamente qué cosas y hasta qué forma hay que hacer evolucionar, y cómo, para actualizar. Un ejemplo de esta «actualización» es que no presenta a su hermano como Príncipe de Asturias, sino como «líder». ¿Eran verdaderamente monárquicos él y sus hermanas? Bastaría este trueque para negarlo, pero hay otros rasgos, abundantes. En la página 214 leemos: «Don Carlos Hugo se había liberado de una vez de la etiqueta de pretendiente y dirigía con todas su consecuencias el liderazgo de un partido socialista». ¡Qué ilusión para un monárquico! Con este líder, «…el Carlismo dio pasos decisivos en el campo ideológico con la formulación de un socialismo autogestionario…» (pág. 73). Juzgue el lector si éste es un lenguaje monárquico.

    Desprendida la palabra «Rey» del trilema carlista «Dios-Patria-Rey», se desprendieron también los otros términos, «Dios» y «Patria», y ese glorioso trilema no aparece por ninguna parte del libro. Don Carlos Hugo ya iba deliberadamente dejando caer en desuso todo lo religioso. Me contaba el Jefe Delegado, Don José María Valiente, que había discutido larga y explícitamente con «Su Alteza» esa política, desaconsejándosela; le decía que la palabra «dios» es de lo más inocente y que la incluían en sus discursos desde la reina de Inglaterra, que es hereje, hasta estadistas incrédulos. Este abandono de lo religioso le parece muy bien a Doña María Teresa: «Un ateo puede llegar a ser carlista» (pág. 218). Podrá o no podrá; esta posibilidad será buena o mala, pero lo que es innegable es la ruptura con el antiguo aforismo, «se puede ser católico sin ser carlista, per no se puede ser carlista sin ser católico».

    También se perciben en el libro tambaleos en el concepto de Patria. Es evidente la ruptura con la línea seguida, y más arriba comentada, ante la retirada de embajadores (1946), el contubernio de Munich (1962) y la ejecución de Grimau (1963). Ejemplos: «…cuando (Don Carlos Hugo) participó en viajes de la oposición para informar a la opinión mundial de la situación de España…» (pág. 74). O la asistencia de Doña María Teresa y de Doña Cecilia a un Congreso de la Paz montado en Moscú por los soviets, en el que se encontraron con la Pasionaria. (pág. 241). Los marxistas estaban en su papel porque son apátridas.

    Los carlistas habían mostrado su patriotismo de una manera peculiar, que era hacer una oposición sólo interior y doméstica sin contactos con los rojos ni con el extranjero, y que permitía distinguir nítidamente entre la oposición a ciertas cosas de Franco y las agresiones a toda España. Espigando textos de Don Javier encontramos algunos que permiten conjeturar cómo juzgaría los contubernios de su hijo con los marxistas: «…algunos (que) llamándose patriotas, no han vacilado en unirse a los peores enemigos de España…» (Discurso de Puchheim el 17-I-1965). En el mismo discurso: «… la injusta situación creada a España al término de la contienda mundial aconsejaron que se aplazara, una vez más, el planteamiento que condujera a la declaración solemne de la Sucesión dinástica legítima. El ejemplo de mis antecesores y en especial el de Don Carlos VII ante la guerra de Cuba en 1875 y 1898, y el de Don Alfonso Carlos al comenzar el Alzamiento Nacional de 1936, anteponiendo siempre el supremo interés de la Patria a cualquier planteamiento de derecho dinástico, abonan la decisión de aquel aplazamiento, ya que la aceptación y proclamación del Sucesor legítimo en la Corona hubiera podido interpretarse como un planteamiento personal poco patriótico, que pretendiera buscar el apoyo de un clima internacional que en aquellos momentos intentaba asfixiar al País».

    Pues, nada. Don Carlos Hugo sigue del brazo de la oposición roja y Doña María Teresa lo cuenta como una gracia: «…Don Carlos Hugo realiza un llamamiento a los pueblos y a los gobiernos del mundo, denunciando la escalada de la represión en España, donde se conculcan los más elementales derechos humanos». (págs. 227-228). Con motivo de la condena a muerte de cinco militantes de la oposición, pertenecientes concretamente a ETA y al FRAP (no dice que por asesinato de policías), «Don Carlos Hugo dirige un telegrama a Franco solicitando el indulto y el cese inmediato de la represión…». La víspera de la ejecución (26-XI-1975) Don Hugo declara a Radio France: «Lo que está ocurriendo en España es un crimen, un crimen cometido por un Estado: el régimen franquista» (pág. 228). Hay más ejemplos; este libro es una mina; pestilente, pero mina.

    Fíjense ahora, lectores, en este párrafo de la página 73: «Mi padre tenía, en relación con esta labor pedagógica, una gran preocupación: la de poner en perspectiva el trasfondo cristiano, que había sido y seguía siendo el del Carlismo, aunque ya sin afirmación confesional (sic), con los valores de la libertad y de la democracia, que el régimen (…) había logrado presentar como opuestos al Cristianismo».

    Digamos, primero, que no se entiende qué es ni para qué sirve ese «trasfondo cristiano» que se arrepiente y retrae de afirmarse públicamente, como toda la vida había hecho. Segundo, que no solamente la propaganda de Franco, sino el magisterio de la Iglesia, ha declarado siempre opuesta al Cristianismo esa libertad sin límites que invoca Doña María Teresa, que es propia del liberalismo y de su encarnación política, la democracia, esta de ahora, de 1997, a la que tanto dice haber contribuido, y a los que siempre combatió el Carlismo. Pág. 221: «La autogestión política supone, no solamente las libertades para todos los partidos…» (de un documento leído en Montejurra 1974). Pág. 223: «El Partido Carlista se incorpora a la Junta Democrática de España con el único y exclusivo fin de colaborar (…) al establecimiento inmediato de las libertades democráticas sin límite alguno». Pág. 227: «… este nuevo régimen del mañana debería ser socialista, pluralista, federal y respetuoso de todas las libertades».

    En cuanto a la democracia, hasta el Papa Juan Pablo II denuncia en su encíclica «Evangelium Vitae» que su fundamento, el sufragio universal, no es omnipotente, con la única sujeción a la voluntad de la mitad más uno, sino que sus competencias están limitadas por el Derecho Natural y Revelado. Doña María Teresa incurre en el error de creer que no hay más concepto de la libertad que el liberal y democrático de las izquierdas, cuando hay muchos otros, entre ellos, precisamente el del Derecho Público Cristiano y el del Tradicionalismo.

    Estos textos y otros de este libro recogen el error, muy generalizado, de creer que la libertad y la representación política, encorsetados en límites insufribles por los totalitarismos, no tienen más salida ni posibilidad de realización que la democracia, cuando lo cierto es que la tienen muy cumplida en la organización tradicional de la sociedad, ajustada en todo al Derecho Público Cristiano.

    Es falsa, pues, la disyuntiva totalitarismo o democracia, porque hay además otra opción o alternativa que es la organización tradicional de la sociedad, ya realizada largos años y en muchos países, y que es la que ha propugnado siempre el Carlismo. La salida claramente cristiana de alguna estructura del régimen de Franco de cristianismo discutible, no era la democracia, que es anticristiana, sino precisamente el tradicionalismo, el Carlismo, que por su confesionalidad esencial se ajusta al Derecho Público Cristiano.

    Por esos errores se ha producido a la muerte de Franco la tragedia de que el Carlismo ni se había mantenido ni se ofreció al pueblo español, y que su Dinastía fue a arrojarse, desnaturalizada por «evoluciones», «actualizaciones» y «renovaciones» a las coaliciones de sus enemigos seculares, los liberales y los marxistas. De ellas fueron pioneros y cofundadores (Junta Democrática y Convergencia Democrática, pág. 34) Don Carlos Hugo y sus hermanas María Teresa y Cecilia.

    Esta corrupción ideológica se manifiesta mediante un deslizamiento semántico útil, o «trasvase ideológico inadvertido», basado en la frivolidad o falta de rigor en el significado de las palabras; aparte de la malicia, claro está.

    Otro ejemplo: atribuye a Don Javier estas palabras: «Esta diversidad de opiniones, así como de todos los intereses de la sociedad, deben estar representados en las Cortes». Perfecta doctrina tradicionalista. Pero ahora viene el sutil cambiazo; según Doña María Teresa (pág. 72) «Acaba de aludir a la libertad política y a su vehículo, el partido político». Hay otras formas de ejercer esa anhelada representación política distintas de las democráticas y de los partidos políticos, que son, precisamente, las características de la organización tradicional de la sociedad.

    Otro ejemplo de cambiazo:

    Don Javier dijo: «… el triunfo de la Causa Nacional (…) permitía que una vez restablecida la paz y reconstruida la sociedad en sus instituciones peculiares, pudieran reunirse las Cortes Tradicionales representativas. Ante esas Cortes el Sucesor de la Dinastía Legítima debía renovar, con amplitud nacional, el Pacto histórico entre el Pueblo y la Dinastía…». Este y los siguientes textos son del discurso de Puchheim. «Con ella (con la Sucesión de los Reyes Legítimos) acepté la plenitud de derechos y gravísimos deberes de la Corona de España en espera de que aquella aceptación ante la Comunión Tradicionalista pudiera ser ratificada ante el Reino junto en Cortes».– «… la Autoridad Soberana requiere para su ejercicio, cuánto más para su instauración, la concurrencia de la sociedad y la colaboración de sus hombres representativos».– «Quedan de este modo diferenciados dos momentos: mi Resolución, a vuestro ruego, de asumir el Derecho Real vacante, y el de su promulgación oficial…».–

    Don Carlos Hugo le da a todo esto un cambiazo involucrando a la democracia con la mayor sencillez y naturalidad, en la página 28. «Nuestro padre aceptó (la Sucesión) con una sola condición: que en el futuro se realizara por un procedimiento democrático la confirmación de la Sucesión». Los procedimientos que acabamos de ver que Don Javier exige no son democráticos, ni de sufragio universal, ni de Parlamento liberal, sino tradicionalistas. No podía ser de otra manera. En la disposición segunda del Real Decreto de 23-I-1936 estableciendo la Regencia, Don Alfonso Carlos dice que la sucesión legítima se hará «conforme a las leyes y usos históricos y principios de legitimidad que ha sustentado durante un siglo la Comunión Tradicionalista».


    LOS EPÍLOGOS

    El de Doña Cecilia.– Se extiende bastante en recuerdos personales acerca de su padre. Pero no pierde esta ocasión de tomar algunos dardos políticos de sus hermanos Carlos Hugo y María Teresa y de relanzarlos entre noticias poco conocidas.

    «Había que trabajar junto a los otros partidos por la democratización de España, que la pedía a gritos desde las rejas de sus cárceles, desde los muros de su Iglesia, la auténtica del pueblo con un cardenal Tarancón a su cabeza, y tantos obreros, tantos trabajadores, perseguidos por la sola mención del comunismo. Se alegró nuestro padre de que María Teresa y yo asistiéramos en Moscú al Congreso de la Paz, junto a todas las fuerzas unidas, y que allá nos encontráramos con la Pasionaria, trabajando todos por la paz, después de haber luchado él y ella en bandos opuestos. A los que se indignaban al enterarse de nuestras relaciones con Dolores Ibarruri mi padre llegó a contestar: “Yo le hubiera dado un abrazo”» (pág. 241).

    Anteriormente, en este mismo libro, pág. 56, habíamos leído en el escrito de Doña María Teresa lo siguiente: «Cuarenta años más tarde, cuando (mi padre) se entrevistó con Santiago Carrillo, como éste hace constar en sus memorias, le dijo riendo: “Si usted y yo nos hubiéramos conocido antes quizás la guerra no hubiese estallado”. Se trataba por su parte de una declaración simbólica».

    Preferimos pensar, piadosamente, que los años hacían mella en las facultades mentales de Don Javier. En sus hijas no encontramos atenuantes para estos intentos de paz separada al margen de los carlistas con sus enemigos de ayer y de siempre, gracias a los cuales no prosperaron.

    El de Doña María de las Nieves.– De las tres infantas que alrededor de 1960 viajaban por toda España apoyando la candidatura de su hermano Carlos Hugo, Doña María de las Nieves fue la menos activa y atraída por la política. Ahora ha hecho con algunos rasgos de su padre un texto bueno y corto, pero suficiente para solidarizarla con el resto del libro de que forma parte. Alude, brevísimamente a tres asuntos de la vida de Don Javier que pueden servir de puntos de referencia para comprender la malignidad de la transformación de las ideas de su juventud y de su madurez hasta venir a parar, en su exculpatoria senectud, en el artefacto socialista autogestionario de Don Carlos Hugo y de Doña María Teresa.

    Recuerda que Don Javier ayudó a los legitimistas portugueses en sus revueltas, y a los legitimistas franceses, permanentemente. Fue, además, lugarteniente de la Orden del Santo Sepulcro. ¿Qué tienen que ver esos recuerdos de la Cristiandad y del Antiguo Régimen con las fantasías políticas de algunos de sus hijos?

    El de los nietos.– Margarita y Jaime de Borbón y Orange-Nassau suscriben conjuntamente un epílogo de 19 líneas, bien separado en una sola página, la 255, bajo el título «Nuestro abuelo, en el recuerdo». Son un trozo literario agradable, sin sustancia política, aparentemente. La tiene, en realidad, y consiste en su mera inclusión en este libro político, del que inevitablemente resultan por ello de alguna manera solidarios. Puede esto llegar a ser en el futuro un antecedente político, aunque de interés ya desvaído.

    Su presencia llama la atención, en silencio, acerca de la ausencia no explicada de otros dos nietos de Don Javier, María Carolina y Carlos Javier, este último primogénito de Don Carlos Hugo, por quien algunos preguntan, de vez en cuando, más con sentimentalismo romántico que por auspicios serios. Error sólo comparable a la obsesión de quienes se obstinaban hasta el delirio en requerir a Don Esteban y a Don Domingo de Habsburgo y Hohenzollern para que siguieran los supuestos derechos dinásticos de su padre el archiduque Don Antonio de Habsburgo y Borbón, hermano de Don Carlos VIII.

    Con todo, no parece que a ninguno de los cuatro nietos les desagraden los ambientes políticos. Sus contactos renovados recientemente con el Ducado de Parma se recogen en el libro de Don Juan Balansó, La Familia Rival (Planeta, 1994). Sería bueno que los católicos parmesanos estuvieran informados de las teorías del socialismo autogestionario y de los coqueteos con las izquierdas de una parte de esta familia.


    APÉNDICE DOCUMENTAL


    Un Apéndice Documental parece, a priori, gratificante. A posteriori puede descubrirse la sutil paradoja de que en vez de dar a la obra el respaldo de objetividad que se esperaba, contribuye por su selección a una visión tendenciosa de la historia. Éste es el caso de esta colección de veintiocho documentos que cierra el libro. Su extensión, 157 páginas, devalúa la coartada clásica de la falta de espacio como justificante de omisiones tendenciosas. Ya he señalado más arriba que presenta muy dilatadas lagunas.

    ¿Cuáles de los documentos de este Apéndice no estarían obligados a ceder su espacio a cada uno de los documentos siguientes que faltan? Porque faltan por lo menos tres documentos de insuperable importancia en la vida de Don Javier, a saber:

    – El Real Decreto de Don Alfonso Carlos de 21-I-1936 que en su primera disposición instituía Regente a Don Javier y en la tercera establecía que tanto el Regente como el sucesor (el propio Regente Don Javier después del Acto de Puchheim, en 1965) deberían ajustarse a los fundamentos de la legitimidad española, respetándolos intangibles. He transcrito antes, más arriba, la definición que hace de ellos.

    – La Declaración de Don Javier al Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista reunido en Barcelona el 31-I-1952 en la que asume el Derecho Real vacante y se proclama Rey de derecho, quedando pendiente la promulgación y el juramento posteriores, preceptivos para ser Rey, también de hecho.

    – El documento leído en el Castillo de Puchheim el 17-I-1965 en el que da fin a la Regencia y se proclama sucesor de Don Alfonso Carlos.

    Éstas y otras extrañas incomparecencias se explican suficientemente por el contraste innegable de su doctrina con las ideas liberales, democráticas y socialistas autogestionarias recogidas en el libro.

    Los doce primeros documentos se refieren a las negociaciones con el general Mola para el Alzamiento. Ya he dicho al comentar esa narración titulada, «cronología de un desacuerdo» que es de las más completas y mejores que conozco; aquella alabanza, sin regateos, se avalora con esta parte del Apéndice Documental.

    Otro mérito tiene éste, que es sacar a la luz un «Diario de Don Javier de la guerra civil española», que ocupa 85 páginas. Solamente una pequeña parte estaba inédita hasta ahora; el resto había sido ya publicado si bien en escritos poco divulgados. Este diario es flojito y decepcionante; después de lo referente a los primeros días, el interés decae y hay que pasar por muchas anotaciones sin interés; y las que podrían interesar, como las entrevistas con Franco, son exageradamente breves, meras menciones.


    CONCLUSIONES


    1ª.– Este libro contiene cuestiones ideológicas y aportaciones a la historia del Alzamiento del 18 de Julio de 1936, a la del franquismo y a la del postfranquismo. Pero no es la gran biografía completa que Don Javier merece y nosotros necesitamos y seguimos esperando.

    2ª.– Muestra que la ideología y la conducta de Don Carlos Hugo de Borbón Parma y de sus hermanas Doña María Teresa y Doña Cecilia son muy dispares de las que hasta su llegada ha profesado el Carlismo. Han producido una fractura irreparable y un abismo insalvable; no se trata solamente de una mera «evolución»; presentan algo muy distinto y contrapuesto, con independencia de otras calificaciones.

    3ª.– La presunta adhesión de Don Javier de Borbón Parma a la nueva ideología de los hijos suyos citados es insuficiente y se produce en su extrema ancianidad. Si hubiera sido más explícita y extensa, y con más lucidez mental, estaría en grave colisión con sus juramentos de cumplir el Testamento Político de Don Alfonso Carlos.

    4ª.– Doña Magdalena de Borbón Busset, esposa de Don Javier, y el infante Don Sixto Enrique discreparon abiertamente de la nueva ideología de Don Carlos Hugo. No se da a conocer la posición adoptada respecto de la nueva ideología por la infanta Doña María Francisca de Lobkowicz, ni por los nietos de Don Javier, Don Carlos Javier y Doña Carolina de Borbón y Orange-Nassau.




    * Don Javier, una vida al servicio de la libertad, por Mª Teresa de Borbón Parma, Josep Carles Clemente y Joaquín Cubero Sánchez. Prólogo de S.A.R. Don Carlos Hugo de Borbón-Parma. Plaza & Janés, 1997, 4º, 431 págs., cartoné, 2.995 ptas.

    (1) Acerca de la utilización enfática de la palabra «rojo» por los propios rojos hay una buena antología en el libro La columna de Bayo, de José Luis Gordillo (DYRSA).

    (2) Se ha hecho clásico un texto de Aparisi y Guijarro que decía: «La cuestión carlista no es una cuestión española; es una cuestión europea. Es más, mucho más que una cuestión política; es una cuestión social y religiosa; de suerte que en nuestros aciertos o errores está interesado el mundo; y si es lícito usar una expresión atrevida, está interesado Dios mismo».

    (3) Acerca de la manipulación del lenguaje, son recomendables los libros Trasvase ideológico inadvertido y diálogo, de Plinio Correa de Oliveira, y El lenguaje y los mitos, de Rafael Gambra, ambos de Editorial Speiro.




    (Fuente: Revista Aportes, Nº 35, XII (3/1997), páginas 25-36)
    Última edición por Martin Ant; 28/06/2014 a las 11:03

  4. #4
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    En el mensaje sobre los testimonios de terceros se me pasó poner el de una figura importante, el de su hijo y heredero político Don Sixto Enrique de Borbón. Don Sixto Enrique siempre ha tratado, según confesión propia, de seguir en su actuación política, en todo momento, las mismas ideas que su Padre Don Javier sostuvo durante toda su vida. Es pues también un testimonio valioso en favor de la ortodoxia de Don Javier y su exención en la culpa del desviacionismo revolucionario oficialmente propalado por Carlos Hugo a partir de 1969.

    Se podría objetar que lo que hace Don Sixto Enrique es simplemente un acto de piedad filial en el que, a semejanza de los hijos de Noé cuando éste se emborrachó y se quedó desnudo, trataría de "cubrir" las supuestas "vergüenzas" de su padre de sus últimos 8 años de vida (1969-1977), pregonando una especie de mentira "piadosa" acerca de cuál era la verdadera mentalidad política de su Padre en esos sus últimos años de ancianidad.

    Sin embargo esto no se sostiene, porque estamos hablando aquí de cuestiones capitales e importantísimas que no pueden admitir duda alguna, pues de lo contrario el propio Don Sixto Enrique se estaría haciendo solidario de esos errores supuestamente defendidos por su Padre y quedaría, en cierto modo, desautorizado. Es por ello, como digo, que su testimonio en favor de su Padre vale mucho y desautoriza el que pudieran realizar los otros hijos (Carlos Hugo, María Teresa, Cecilia y María de las Nieves) que se separaron y traicionaron los principios de la legitimidad tradicionalista.

    La versión de los hechos está tomada de uno de los Apéndices del libro-entrevista realizado a Don Sixto Enrique "Secrets de Princes". Dejo primero la versión original francesa (únicamente he españolizado los nombres propios) y, a continuación, una traducción mía (no domino el francés, lo digo por si alguien quiere revisarlo por si hubiera algún fallo involuntario de traducción).

    Défection de Carlos Hugo et attitude du Prince Sixto Enrique



    Dés le début des années soixante, on a pu observer chez le Prince de Asturies un changemente de position totalement étrangère au carlisme. Ce processus apparatut aut grand jour et de façon évidente à partir de 1970. Le Prince Javier vieillissant ne souhaitait pas désavouer son fils héritier, en dépit du mécontentement des Carlistes. De son côté, le Prince Sixto Enrique qui se trouvait alors à Lisbonne, se montra prudente et ne prit aucune position publique. Les événements se précipitèrent en 1975. Des notables carlistes écrivirent en premier lieu au Roi Javier et au Prince Carlos Hugo; puis, ils firent appel au Prince Sixto Enrique qui répondit en levant aut le drapeau traditionaliste face à la trahison de Carlos Hugo.

    L`affrontement fut très dur, y compris sur le plan personnel et la famille se divisa en deux: d´un côté Carlos Hugo et seus soeurs cadettes, María Teresa, Cecilia et María de las Nieves. De l´autre, Sixto Enrique et sa soeur aînée Franscisca, princesa de Lobkowicz.

    En mai 1976, à Montejurra, cette montagne de la Navarre oú se célèbre chaque année le souvenir d`une mémorable Bataille, les deux freres et leurs partisans s´affrontèrent, laissant deux morts sur le terrain. Le Prince Javier écrivit alors a sa soeur Doña Enriqueta lui disant, à propos de ces événements qu`une nouvelle fois, comme en 1936, les Carlistes s`etaient heurtés aux révolutionnaires. Les Carlistes, c´etait clair, étaient les partisans de Sixto Enrique, les révolutionnaires du côté de Carlos Hugo.

    Dans la déclaration du 4 mars 1977 qu´on a appelé son “testament politique”, deux mois avanti son décès, le Prince Javier a dit bien clairement que la légitimité était du côté du Prince Sixto Enrique. Il en vâ de meme pour la Princesa Magdalena qui, telle une nouvelle Princesa de Beira, sauva le Carlisme en désavouant Carlos Hugo et en soutenant Sixto Enrique. En conséquence, quand mourunt la Princesa Magdalena, en 1984, et selon ses instructions, il fut interdit à Carlos Hugo et à ser soeurs María Teresa, Cecilia et María de las Nieves, d`accéder à la chapelle ardente.

    Le Prince Sixto Enrique a continué à assumer son rôle de porte-drapeau de la Tradition –une façon discrète de dire qu`i lest le roi légitime d`Espagne ou, tout au moins, son Régent, jusqu`à ce que soit connue la position prise par ses neveux, les fils du Prince Carlos Hugo.

    Deux documents récenos nous apprenent que Carlos Hugo a rompu avec les partisans révolutionnaires qui l´avaient suivi. Il a obtenu de Juan Carlos, la nationalité espagnole ce qui implique un acte soumission à l`usurpateur.

    Rappelons que le Prince Sixto Enrique qui avait demandé, comme son pére, la reconnaissance de sa nationalité espagnole, s`était heurté à l`opposition de Franco.

    1960-1977



    Traducción


    Defección de Carlos Hugo y actitud del Príncipe Sixto Enrique


    Desde el comienzo de los años sesenta, se pudo observar en el Príncipe de Asturias [Carlos Hugo] un cambio de posición totalmente extraño al carlismo. Este proceso apareció abiertamente y se hizo evidente a partir de 1970. El envejecido Príncipe Javier no quiso renegar de su hijo heredero, a pesar del descontento de los carlistas. Por su parte, el Príncipe Sixto Enrique, que estaba por entonces en Lisboa, se mostró prudente y no tomó ninguna posición pública. Los acontecimientos se precipitaron en 1975. Carlistas notables escribieron en primer lugar al Rey Javier y al Príncipe Carlos Hugo; después, apelaron al Príncipe Sixto Enrique quien respondió levantando la bandera tradicionalista frente a la traición de Carlos Hugo.

    El enfrentamiento fue muy duro, que incluía el plano personal, y la familia se dividió en dos: por un lado, Carlos Hugo y sus hermanas menores, María Teresa, Cecilia y María de las Nieves. Del otro, Sixto Enrique y su hermana mayor Francisca, princesa de Lobkowicz.

    En mayo de 1976, en Montejurra, la montaña de Navarra donde se celebra todos los años la memoria de una batalla memorable, los dos hermanos y sus partidarios se enfrentaron, dejando dos muertos sobre el terreno. El Príncipe Javier escribió entonces a su hermana Doña Enriqueta, a propósito de estos eventos, que una vez más, como en 1936, los carlistas se enfrentaron con los revolucionarios. Los carlistas, estaba claro, eran los partidarios de Sixto Enrique; los revolucionarios del lado de Carlos Hugo.

    En la declaración de 4 de marzo de 1977, que se ha denominado “testamento político”, dos meses antes de su muerte, el Príncipe Javier establece muy claramente que la legitimidad está del lado del Príncipe Sixto Enrique. Esto mismo ocurre con la Princesa Magdalena que, como una nueva Princesa de Beira, salvó al Carlismo al repudiar a Carlos Hugo y apoyar a Sixto Enrique. En consecuencia, cuando murió la Princesa Magdalena en 1984, y de acuerdo con sus instrucciones, se le prohibió acceder a la capilla ardiente a Carlos Hugo y a sus hermanas María Teresa, Cecilia y María de las Nieves.

    El Príncipe Sixto Enrique siguió cumpliendo su papel como portaestandarte de la Tradición –una forma discreta de decir que él es el rey legítimo de España o, al menos su Regente, hasta que se conozca la posición adoptada por sus sobrinos, los hijos del Príncipe Carlos Hugo.

    Dos documentos recientes nos dicen que Carlos Hugo rompió con sus simpatizantes revolucionarios que le habían seguido. Él obtuvo de Juan Carlos la nacionalidad española, que implica un acto de sumisión al usurpador.

    Recordemos que el Príncipe Sixto Enrique, que había pedido, como su padre, el reconocimiento de su nacionalidad española, se encontró con la oposición de Franco.

    1960-1977



    (Fuente: “Secrets de Princes”. Huguette Pérol. Anexo. Páginas 180-181.)
    Última edición por Martin Ant; 28/06/2014 a las 11:30

  5. #5
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    El traidor Don Javier de Borbón Parma y su esposa la "legitimísima regente" Dª Magdalena, ceden su "modesto chalé" para reuniones de los comunistas:

    En julio de 1974 se presenta en Paris la Junta Democráticade España, vertebrada y dominada por el PCE de Santiago Carrillo… Al pocotiempo se sumaría el Partido Carlista, con Carlos Hugo de Borbón a la cabeza;el PSP de Tierno Galván y Raúl Morodo y el Partido del Trabajo de España deEladio Castro.
    Referente a la incorporación de los carlistas a la Junta, asistí a una reunión en Francia,concretamente en el Chateau de Lignières, propiedad de don Javier y doñaMagdalena de Borbón Parma. A la reunión asistió, en representación del PC,Santiago Carrillo, y el doctor Gutiérrez Díaz por el PSUC catalán

    Josep Carles Clemente “Historias de la transición, el fin del apagón, 1973-1981”, pág 42
    Historias de la transición: el fin del apagón, 1973-1981 - José Carlos Clemente

    Es evidente que Carrillo y compañía entraron allí en limusina y un lacayo les abrió las puertas, luego caviar y champán y unas cuantas risotadas sobre el futuro de España: "¡Coño, qué bien vivís los de la nobleza!"
    Última edición por ALACRAN; 30/06/2014 a las 18:42
    jasarhez y Pious dieron el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  6. #6
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno, a mi modo de ver, el problema aquí no es tanto de tendencia historiográfica, sino de hechos históricos simplemente. Don Sixto, en una postura que respeto mucho, siempre ha querido salvaguardar la memoria de su padre demostrando con ello su conciencia católica y su deber de hijo; el problema es que es muy difícil hacerlo, cuando su padre en todo momento apoyó incondicionalmente los desmanes de su hermano mayor, sin censurale como regente del carlismo o reconvenirle lo más mínimo al menos en el plano paternal. El hecho de que don Javier entregase a su primogénito la fundación y dirección del partido bajo principios heréticos, para integrarlo en juntas o "platajuntas" democráticas, con estalinistas, separatistas, liberales de todo pelaje, masones, maoístas y socialdemócratas es algo absolutamente insólito en un verdadero príncipe de la Tradición; pero es que el problema NO es de principios de los años 70, que es cuando esto ocurre, sino que empiezan a principios los 60, cuando las ideas de Carlos Hugo empiezan a estar bastante claras, y hubieran bastado para desheredarle al menos políticamente.

    En lugar de ello, decidió dejarse llevar por su hijo y prestarle oídos a iluminados (como Clemente), que le inculcaron la absurda idea de que podrían ser los reyes del antifranquismo y la España democrática.

    De todas maneras, su mujer doña Magdalena no tiene nada que ver en estos desmanes, y según me consta siempre fue una princesa católica intachable.
    ALACRAN dio el Víctor.

  7. #7
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno, a mi modo de ver, el problema aquí no es tanto de tendencia historiográfica, sino de hechos históricos simplemente.
    Pero el problema es que los nudos y simples hechos no constituyen por sí solos la verdad sobre una persona, sino que es necesaria una interpretación o explicación de la misma que dé el sentido correcto a dichos hechos: es ahí en donde entran los historiadores (y es ahí donde yo me acojo a los historiadores y pensadores católicos tradicionalistas como, por ejemplo, M. de Santa Cruz, mientras que ALACRAN prefiere acogerse al pseudohistoriador marxista Clemente, él sabrá por qué).

    Esto que digo de los hechos y de la interpretación no es algo gratuito. Usted mismo, DOBLE ÁGUILA, por ejemplo, en un mensaje anterior afirma lo siguiente: "Estaría bién colgar, si se encuentra disponible en la red, alguna de las cartas que le mandó don Javier a Franco allá por los años 50 en un intento de atraerselo. Estarían al mismo nivel de credibilidad que los discursos aquellos de tono "tradicionalista" que hizo don Juan a ciertos oficiales del requeté en los años 60; tengo por casa algún pequeño libro (ilegal por entonces) que le regalarían a mi padre o a mi abuelo donde aparecen; a ver si lo encuentro y lo pongo. Son muestras de a lo que podían llegar entonces los "candidatos", con tal de ganar apoyos dentro del régimen." O sea, que un hecho en sí mismo no vituperable como es el escribir cartas amigables para una colaboración política conforme al espíritu del 18 de Julio (dentro del marco de la nueva política de "mano tendida" o suavización de la oposición iniciada a partir de mediados de los `50) usted lo convierte, en virtud de la interpretación que usted le da, en algo vituperable. Por supuesto, la interpretación correcta es la continuación ideológica ortodoxa de Don Javier en coherencia con la misma línea doctrinal seguida desde su juramento ante el cadáver de Don Alfonso Carlos hasta entonces, pero con la diferencia de cambiar de estrategia o táctica política (la cual se podrá calificar de acertada o errónea, pero no de "oportunismo" por parte Don Javier o algo parecido equiparándolo arbitrariamente con el comportamiento de Juan Battemberg, completamente distinto y, éste sí, vituperable).

    Como diije antes, simplemente pongo este ejemplo a modo ilustrativo para hacerle ver que sí se trata de un problema de tendencia historiográfica, es decir, de interpretación (correcta o falsa) de los hechos. Pero aprovecho también, ahondando en ello, para comentar los dos ejemplos puestos por ALACRAN: el de la entrevista con Santiago Carrillo y el de la utilización del Castillo de Ligniéres por Carlos Hugo y sus amigos para sus tareas políticas revolucinarias.

    1º Ejemplo: En lo que se refiere a la entrevista con Santiago Carrillo, el pseudohistoriador Clemente da a entender que ya a partir de ahí Don Javier y Santiago Carrillo se convierten en poco menos que gemelos del alma.

    Situémonos primero en los hechos. Parece ser, según dice María Teresa de Borbón, que Santiago Carrillo se vio una única vez con Don Javier:


    Lignières, nuestro castillo, muchos años después: Santiago Carrillo acompañado de Simón Sánchez Montero y de otro compañero en la única entrevista que tuvo con mi padre (…)


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 74).

    La propia María Teresa nos cuenta que la entrevista tuvo lugar la víspera del bautizo de Carlos Javier, es decir, el 21 de febrero de 1970.


    La víspera [del bautizo de Carlos Javier de Borbón en Lignières el 22 de febrero de 1970], don Javier, acompañado de don Carlos, se ha entrevistado con personalidades políticas españolas, Santiago Carrillo, Simón Sánchez Montero, (…)

    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 135).


    Es decir, que los hechos son que Don Carlos Hugo invita a casa y presenta a su Padre al nuevo amiguito que acaba de conocer en los contactos políticos que ha hecho en el extranjero dentro de su nueva política revolucionaria, conversan un poco Don Javier y Carrillo, y de ahí Clemente, aunque ciertamente no lo diga explícitamente pero lo da a entender, interpreta que la mentalidad de Don Javier viene a coincidir prácticamente con la de Carrillo.

    Pues bien. Yo también podría traer otros hechos acaecidos en ese mismo año 1970 que abogan por una interpretación distinta en lo que a la verdadera mentalidad de Don Javier se refiere acaecidos en ese año.

    Podemos, empezar, por ejemplo, con la carta que, como un año más, amablemente le remite Jean Ousset a Don Javier para su invitación un año más al Congreso de Lausana, en donde, recordamos, se iban celebrando esos últimos años la reunión internacional más importante de personalidades en defensa de la doctrina político-social católica tradicionalista:


    Office International des oeuvres de formation civique et d´action culturelle selon le droit natural et chrétien

    Secretariat des congreso: 49, rue Des Renaudes – 75 – Paris 17e – Tél. 924-77-87

    OOF.JO.FC. París, le 22 Janvier 1970

    A Son Altesse Royale le Prince Xavier de BOURBON PARME
    Château de Bost
    03 – BESSON


    Monseigneur,

    En adressant ci-joint à Votre Altesse Royale le Programme de notre 7ème Congrè international qui se tiendra à Laussanne, les 3, 4, 5 Avril prochaine, nous tenons à lui dire combien nous serions heureux l´accueillir à ces Journées, tout entières consacrées au développement d´un esprit d´unité doctrinale, à l´accroissement des liens d´amitié et à une meilleure synchronisation entre organismos dévoués à la restauration d´un ordre social chrétien.

    Daigne Votre Altesse Royale agréer l´expression de notre profond et respectueux dévouement.

    Le Président

    Jean Ousset [firmado]


    Traducción


    Monseñor,

    Adjunto se envía a Vuestra Alteza Real el programa de nuestro séptimo Congreso internacional que tendrá lugar en Lausana, los días 3, 4, 5 de Abril próximo, nos gustaría decirle cuánto estaremos encantados de darle la bienvenida a estas jornadas, todas enteramente consagradas al desarrollo de un espíritu de unidad doctrinal, al aumento de las amistades y a una mejor sincronización entre los organismos dedicados a la restauración de un orden social cristiano.

    Dígnese su Alteza Real a aceptar la expresión de nuestro profundo y permanente devoción.

    El Presidente

    Jean Ousset


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    O si se prefiere, cotéjese la correspondencia y documentos personales de Don Javier de este año de 1970 con las distintas organizaciones católicas tradicionalistas a las que pertenecía o de las que era colaborador y/o simpatizante. A voz de pronto, podemos citar: RENOVATION DE L´ORDRE CHRETIEN (cuyo Presidente era el conocido publicista tradicionalista Almirante Penfentenyo); L´ORDRE DES CHEVALIERS DE NOTRE DAME POUR L´AIDE AUX PRISONNIERS; LE “COMBAT DE LA FOI” CATHOLIQUE (publicación católica tradicionalista, 1º de marzo de 1970); ORDEN ECUESTRE DEL SANTO SEPULCRO; ISTITUTO SACRO-CUORE TRINTÀ DEI MONTI; CONGRÉGATION DES SACRÉS-COEURS (PICPUS), etc...

    Resulta importante el caso particular de este año de 1970 porque la mayoría de estas organizaciones se centraron (junto con Don Javier) en el que era el tema "estrella" de aquel entonces: la defensa de la Misa Tradicional ante la reciente implantación manu militari del Novus Ordo Missae. En este sentido, encontramos en el Archivo de Don Javier el siguiente borrador de carta hecho a máquina:


    Très Saint-Père

    C´est avec une profonde tristesse que nous voyons disparâitre la Messe de Saint Pie V, qui fut notre nourriture spirituelle et celle de nos ancêstres, source de doctrine catholique.

    Il nous est incompréhensible que cette forme liturgique précise et traditionnelle se voit remplacer par une formulation moins exacte, et contenant des expressions pouvant favoriser de graves déviations doctrinales.

    Si des transformations liturgiques s´avéraient nécessarires, c´etait bien dans le sens opposé. Les deviations doctrinales actuelles rencent en effet, urgentes et necessaries un réaffermissement des verités dogmatiques. L´authenticité de la Présence réelle, le rôle imparti aux Anges et aux Saints la notion d´Offrande et de Sacrifice, notamment devraient se voir réaffirmer afin d´augmenter le sens du surnaturel et de rappeler que la Messe constitue bien une reproduction du Sacrifice de la Croix.

    Humblement prosternés aux pieds de Votre Sainteté nous osons demander comme une mesure urgente apte à stopper l´auto-destruction de l´Iglise, -conséquence de tant d´innovations,- que la Messe de Saint Pie V soit conservée, le nouvel Ordo Missae abrogé.


    Traducción

    Querido Santo Padre

    Es con una profunda tristeza que vemos desaparecer la Misa de San Pío V, que fue nuestro alimento espiritual y la de nuestros ancestros, fuente de la doctrina católica.

    Nos es incomprensible que esta forma litúrgica precisa y tradicional se vea reemplazad por una formulación menos exacta, que contiene expresiones que pueden facilitar graves desviaciones doctrinales.

    Si se necesitaban transformaciones litúrgicas, éstas eran en la dirección opuesta. Las desviaciones doctrinales actuales hacen, en efecto, urgentes y necesarias una reafirmación de las verdades dogmáticas. La autenticidad de la Presencia real, el papel asignado a los Ángeles y a los Santos en la noción de Ofrenda y de Sacrificio, debe ser reafirmado con el fin de aumentar el sentido de lo sobrenatural y de recordar que la Misa constituye de hecho una reproducción del Sacrificio de la Cruz.

    Humildemente postrado a los pies de Su Santidad, nos atrevemos a demandar como una medida urgente apta para detener la autodestrucción de la Iglesia, -consecuencia de tantas innovaciones-, que la Misa de San Pío V sea conservada, y el Novus Ordo Missae derogado.


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    En fin, ¿para qué seguir? Lo que quería poner en claro, en definitiva y una vez más, es esa dicotomía entre la presentación de un hecho, y la interpretación que se pueda hacer del mismo en orden a identificar el verdadero y genuino pensamiento de Don Javier (en el caso del pseudohistoriador Clemente, lo interpretará como un dato a favor del supuesto cambio de mentalidad de Don Javier a terrenos revolucionarios, mientras que un historiador católico, por ejemplo M. de Santa Cruz, no lo interpretaría de esa forma, sino más bien como una más de las barrabasadas de Carlos Hugo para con su Padre).



    2º Ejemplo: El de la utilización del Castillo de Lignieres en 1974 por Carlos Hugo y sus amigos, lo cual es interpretado por Clemente (y le sigue en ello ALACRAN) como una aquiescencia y aprobación por parte de la legítima dueña de la propiedad, esto es, Doña Magdalena (y no Don Javier y Doña Magdalena como afirma mintiendo Clemente), a las actividades políticas desempañadas dentro de sus muros (con "caviar y champán", eso me temo que no sabría confirmarlo).

    Aquí la interpretación verdadera del hecho resulta aún más sencilla, y es de agradecer que DOBLE AGUILA implícitamente la abogue cuando afirma que: "De todas maneras, su mujer doña Magdalena no tiene nada que ver en estos desmanes, y según me consta siempre fue una princesa católica intachable."

    En efecto, Doña Magdalena, harta ya por la acumulación de idioteces que hacía su hijo Carlos Hugo, decide finalmente poner fin a este "cachondeo" de utilizar su casa para este tipo de actividades políticas revolucionarias, y desde entonces el Castillo de Ligniéres pasó a ser lugar de reunión de actividades políticas tradicionalistas, abriendo sus puertas a todos los sectores y grupos católicos tradicionalistas (tanto en el ámbito religioso -especialmente sacerdotes de la HSSPX- como del ámbito político) marginados de la sociedad actual; situación que continuó y ha continuado, por supuesto, con su digno hijo y heredero de la propiedad Don Sixto Enrique de Borbón (aunque no sé si "con caviar y champán"; eso es algo que dejo a la investigación de ALACRAN).


    Don Sixto, en una postura que respeto mucho, siempre ha querido salvaguardar la memoria de su padre demostrando con ello su conciencia católica y su deber de hijo; el problema es que es muy difícil hacerlo, cuando su padre en todo momento apoyó incondicionalmente los desmanes de su hermano mayor, sin censurale como regente del carlismo o reconvenirle lo más mínimo al menos en el plano paternal. El hecho de que don Javier entregase a su primogénito la fundación y dirección del partido bajo principios heréticos, para integrarlo en juntas o "platajuntas" democráticas, con estalinistas, separatistas, liberales de todo pelaje, masones, maoístas y socialdemócratas es algo absolutamente insólito en un verdadero príncipe de la Tradición; pero es que el problema NO es de principios de los años 70, que es cuando esto ocurre, sino que empiezan a principios los 60, cuando las ideas de Carlos Hugo empiezan a estar bastante claras, y hubieran bastado para desheredarle al menos políticamente.
    No. Los desmanes públicos de Carlos Hugo no comienzan hasta principios de los años ´70. A lo que usted se refiere es a lo que empezaba a asomar desde principios de los ´60 en alguna que otra conversación privada con Carlos Hugo (y que algunos conspicuos pensadores tradicionalistas empezaban, temerosamente, a vislumbrar como un tipo de mentalidad heterodoxa); pero en el ámbito político-público Carlos Hugo se adhería (luego, cuando se quitara la máscara, se vería que por puro oportunismo) a la política oficial que Don Javier y José María Valiente llevaban a cabo entonces de presentarse públicamente como la Dinastía del 18 de Julio (suavizando su oposición a Franco), política a la cual se ajustó, en su comportamiento público, Carlos Hugo, presentándose como Príncipe del 18 de Julio. Por lo tanto no tenía sentido, en aquel entonces, ninguna reconvención o desautorización pública contra su hijo, el cual mostraba en público un comportamiento doctrinalmente ortodoxo.

    Otra cosa distinta es cuando, a principios de los ´70, se produce el cambio ideológico público de Carlos Hugo; ahí sí que tendría sentido hablar de reconvención o desautorización pública de Don Javier que, efectivamente, como usted dice, no se produjo. Pero aquí de nuevo entra en juego lo que dijimos antes de diferenciar entre hecho (esto es, en este caso, la no realización de la desautorización pública de su hijo) e interpretación de ese hecho.

    Sin perjuicio de acogerme a la Conclusión Nº 3 del historiador católico Manuel de Santa Cruz de su artículo reproducido en un mensaje anterior, voy a traer aquí el texto del Testamento de Don Javier de 6 de diciembre de 1970 (que es el último que hizo), el cual sería ratificado, a nivel doctrinal, en la famosa Declaración de 4 marzo de 1977. ¿Por qué lo traigo a colación? Porque se podría decir que, si bien no hubo desautorización explícita de Don Javier a Carlos Hugo, se podría decir que sí la hubo implícita, pues en ese documento de 1970 Don Javier establece el carácter condicional de la verdadera adhesión a él al respeto de los mismos principios que él juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (este argumento no es baladí, pues precisamente se sirvieron de él grupo representativo de legitimistas que enviaron las cartas a Carlos Hugo reconociéndole incurso en ilegitimidad política de ejercicio por no cumplir esa obligación condicional, y cuyos textos he reproducido en un mensaje anterior).


    Testamento de don Javier

    6 de diciembre de 1970.


    Para la hora en la que Dios Nuestro Señor me llame a rendir cuentas de mi larga vida y de los grandes deberes y responsabilidades que me impuso en sus designios, quiero dejar consignada en este Testamento Político, ante mi sucesor, mi familia, mis amados Carlistas y el pueblo español, sin lugar de dudas, la incontestable y doble legitimidad de la sucesión de nuestra dinastía, que se refiere tanto al orden sucesorio legítimo de la Corona de España como al mando supremo del Carlismo.

    La legitimidad histórica de la Monarquía Española, la encarnó durante más de un siglo la Dinastía Carlista y por rigurosa aplicación de las leyes sucesorias recayó en mi persona a la muerte de mi Augusto Tío Don Alfonso Carlos, quien reiteradamente lo declaró así en solemnes documentos desde el año 1934.

    A mi muerte, mi querido hijo y heredero, el Príncipe Don Carlos Hugo, será mi único sucesor legítimo y después de él, el Infante don Carlos Javier Bernardo y los demás hijos y descendientes varones legítimos que Dios le otorgue. Si llegaran a faltar éstos, sucederá mi segundo hijo el Infante Don Sixto Enrique y sus descendientes varones legítimos. Recuerdo que es deber de todos los Infantes y demás miembros de la Familia Real que tengan siempre como el mayor honor el reconocimiento y sumisión de los Infantes al Rey, que deben al Jefe de la Familia por ser su Cabeza y Rey legítimo. Esta sumisión de los Infantes al Rey es tan importante que nuestras leyes tradicionales castigan a los rebeldes y desleales con la pérdida del derecho de sucesión al trono para ellos y para sus descendientes. Pero esta legitimidad de nada serviría si no hubiera estado, y continuara estando, revalorizada en todo momento por el servicio al bien común, en constante renovación de antiguo Pacto de la Corona con la Nación. Sin ese servicio permanente de la dinastía a las libertades y derechos del pueblo, a cuya defensa vivimos consagrados, a costa de los mayores sacrificios personales, la Monarquía en sí carecería de sentido.

    Esta aceptación del Pacto la he ratificado solemnemente ante el cadáver de mi Tío el Rey don Alfonso Carlos (***), en 1936; posteriormente con el Juramento que empeñé bajo el Árbol de Guernica en 1936; y en 1952 en Montserrat, de mantener, respetar y defender los Fueros y libertades de todos los Pueblos de las Españas, así como con mi entrega total y la de mis hijos al servicio de la Causa de España. Mi solemne Juramento, renovación del que hicieron siempre los Reyes de las Españas, obliga a mis sucesores legítimos y en primer lugar a mi hijo Carlos. La necesidad de revisar, adaptar y poner al día los grandes principios Carlistas es constante obligación y responsabilidad de los Reyes de nuestra dinastía, en su natural y legítima evolución de acuerdo con las necesidades de los tiempos. Así también os he dejado ya consignada por escrito en documentos anteriores más extensos, y muy especialmente en el que doy con esta fecha misma, las grandes líneas de mi pensamiento doctrinal, como antes que yo lo hicieron los Reyes, mis predecesores. A este documento me remito, pues, en cuanto a la línea política que señalo a todos.

    Doy gracias a la Reina, compañera de mi vida, cuya inalterable voluntad de servicio y de sacrificio me sostuvo en los momentos más difíciles.

    El Príncipe de Asturias, mi fiel colaborador, que juntamente con Irene ha sacrificado tantas cosas con amor y generosidad, asegurando la continuidad directa de nuestra Dinastía en el Infante don Carlos Javier mi nieto primogénito.

    Al Infante Don Sixto Enrique, que sirvió bajo la bandera española, la cual juró en Melilla en el tercio Gran Capitán de la Legión, a las Infantas que recorrieron palmo a palmo España entera ante mil dificultades, dando el testimonio de la dinastía.

    A todos aquellos otros que sin militar en el Carlismo, y aun militando en otros campos, han colaborado con su voluntad de servicio al bien de la justicia y de la libertad, aportando su trabajo y lealtad.

    En fin, a todos vosotros, mi queridos Carlistas cuya tarea sigue firme para llevar a cabo la construcción política de España. Os doy a todos y a cada uno de vosotros las gracias por vuestra constancia, vuestros inmensos sacrificios, vuestra fidelidad y amor que han sido mi gran apoyo en tantos momentos difíciles de nuestra vida.

    Como habéis sido leales a mi y a los Reyes que me precedieron en el trono, o en el destierro, lo seréis a mi hijo Carlos y a sus herederos legítimos en su alta y difícil misión con la más completa disciplina y total acatamiento a su persona.

    A vosotros, mi queridos Carlistas, os está confiada la tarea de ser fermento de una sociedad nueva de intensa participación y constante compromiso político. Que Dios os guarde a todos y bendiga vuestros trabajos y nuestras Esperanzas.

    En mi residencia de villa Valcarlos (Arbonne), día seis de diciembre de mil novecientos setenta.

    FRANCISCO JAVIER

    Éste, mi Testamento Político, forma seis páginas y media manuscritas, numeradas y firmadas por mí.


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Páginas 225-228).


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    (***)


    Juramento de Don Javier de Borbón Parma ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (3 octubre 1936)


    En solemne y público cumplimiento de la promesa que hice a V.M. nuestro bien amado Rey D. Alfonso Carlos, vengo en este momento inolvidable a renovar mi juramento de ser el depositario de la Tradición legitimista española y su abanderado hasta que la sucesión quede regularmente establecida. Mi juramento de sostener y guiar a la Comunión Tradicionalista Carlista española, debe cumplirse en la época más grave de su gloriosa existencia; pero así como la vida del Rey que lloramos nos estuvo consagrada hasta su último trágico suspiro, así lo estará la mía hasta que Dios me otorgue la merced de terminar la misión de que estoy investido, tal como lo hubiera hecho el mismo Rey, Alfonso Carlos.

    Al tomar la bandera que el Augusto finado ha puesto en mis manos, me dirijo a todos, recordando que la Comunión Tradicionalista es católica antes que nada, patriótica en la unidad intangible de las variedades regionales, y esencialmente monárquica a través del curso fecundo de una historia milenaria y auténticamente española.

    La sangre de nuestros mártires de otros días ha hecho brotar generosa la de una muchedumbre de nuevos mártires que, ante el mundo desequilibrado de nuestros días, han mostrado a España levantándose en un arranque admirable de abnegación. La España que salvó a Europa rechazando a los moros; la misma que llevó a América la cruz y la civilización; la que impidió el dominio turco, en la memorable ocasión de Lepanto. La misma que hoy llama con magnífico ejemplo a toda Europa para batir las hordas de los sin Dios y de los sin Patria, que intentan el asalto y la destrucción de la civilización y de la Cristiandad.

    Vuestros gritos, «Dios, Patria y Rey», han unido a todas la fuerzas saludables en colaboración con el Ejército; unión que, por la fe y el valor de los requetés, tendrá ya bastante garantía de no romperse jamás, restaurando, por la amistad inquebrantable de los combatientes, la armonía más fuerte que la vida, que es base de la justicia y sagrada unidad del Ejército y cimiento de la verdadera vida de las naciones.

    Subyuga el honroso ejemplo de energía de la joven generación, ahora en armas, queriendo, con plenitud de viril voluntad, reconstruir la inmortal España creyente en Dios y en sus destinos universales, sobre las bases inconmovibles de la justicia, del orden moral y material y de la seguridad de todo bien en prosperidad de la Patria común.

    El llamamiento del Rey el mío se dirige a todos, y espero que sea escuchado más allá de las trincheras y de los odios.

    De todos modos, por duros que puedan ser los combates futuros, venceremos. Diríase que sólo cuando ya ha visto que la aurora de la victoria dora las cimas de la Patria, ha conseguido tomar descanso en la tumba el Augusto anciano cuyo cuerpo tenemos aún presente y que fue el último vástago directo de la gran dinastía carlista de los legítimos Reyes de España. La victoria es ya segura, y sobre ella se asentará la paz fecunda; el porvenir está asegurado, y no tardaremos a volver a este lugar para decir ante el sepulcro de V.M., presentando armas: Señor, os hemos obedecido; la victoria está acabada. Os damos gracias porque habéis sido el padre vigilante y el guía prudente que nos ha preparado esta victoria. La Dinastía Carlista, primera rama de la Casa de Borbón, al extinguirse directamente, ha dejado cumplida su misión de salvar a la España eterna.

    Al ascender al seno de Dios, no dejará V.M. de continuar guiando a España.


    (Fuente: “In memoriam. Manuel J. Fal Conde”. Ana María Fidalgo – Manuel M. Burgueño. Editorial Católica Española, S.A., Sevilla, 1980).


    En lugar de ello, decidió dejarse llevar por su hijo y prestarle oídos a iluminados (como Clemente), que le inculcaron la absurda idea de que podrían ser los reyes del antifranquismo y la España democrática.
    La lectura de la correspondencia y documentos privados de Don Javier me llevan, en principio, a suscribir (por lo menos para los primeros años siguientes al cambio ideológico público de Carlos Hugo de principios de los `70) esto que usted dice en este párrafo.

    Es posible que al principio la razón de que Don Javier no se opusiera a su hijo Carlos Hugo fuera el convencimiento de la buena fe que Don Javier presumía en su hijo Carlos Hugo, cuando éste le explicaba que ese lenguaje nuevo que se estaba utilizando era una simple táctica lingüística didáctica para llegar mejor a la gente de su tiempo, pero que no suponía menoscabo ninguno a los principios doctrinales políticos que Don Javier juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos. Es posible que esta explicación tranquilizara, temporalmente, la conciencia del anciano Rey y, por ello, confiara cándidamente en su hijo Carlos Hugo y en los amigos de éste (Clemente, etc...).
    Última edición por Martin Ant; 03/07/2014 a las 12:43

  8. #8
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Bueno. Continuo trayendo otro testimonio más que aboga por la interpretación exculpatoria de Don Javier (recayendo la reponsabilidad, por tanto, en Carlos Hugo) en los hechos de sus últimos años.

    En este caso se trata de un legitimista del que no se puede sospechar que pudiera caer en la tentación de una "idolatría" o una "canonización" (por utilizar las expresiones de ALACRAN) de Don Javier, pues se trata del que aparece firmando en primer lugar las cartas, transcritas en un mensaje anterior, en las que se reconoce la ilegitimidad de ejercicio en que incurre Carlos Hugo. Me refiero a Raimundo de Miguel.

    Reproduzco a continuación un escrito suyo, pero sin antes matizar y puntualizar que no es correcto afirmar, como dice Raimundo de Miguel, la deserción de toda la Dinastía. Pues, como el mismo De Miguel reconoce (dicho sea de paso) hubo miembros de la Dinastía que continuaron fieles a Don Javier y a la Tradición y al 18 de Julio (Don Sixto Enrique, Doña Magdalena, Doña Francisca, etc...). Por lo tanto más correcto sería hablar de deserción de parte de la Dinastía, pero no de toda.

    Y en cuanto a lo que afirma de que Don Sixto Enrique no es regente ni heredero, eso es una afirmación gratuita suya, pues viene ejerciendo hasta hoy como Regente como mínimo desde que recogió, con el apoyo de su Padre Don Javier, la Bandera de la Legitimidad y la Tradición en 1975 (tomando medidas para la reorganización de la Comunión, nombrando a D. Juan Sáenz Díez como Jefe Delegado, etc. etc...).



    Artículo de Raimundo de Miguel

    (Fuente: “Boletín Informativo del Círculo Cultural Aparisi Guijarro”. Noviembre 1980. Nº 28.) Visto en la web del partido politico CTC


    EL CARLISMO Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS


    III. LA DESERCIÓN DE LA DINASTÍA

    Por Raimundo de Miguel


    Era éste un evento para el que no estaba preparado el Carlismo. En su larga historia había sufrido y superado derrotas militares, traiciones horrendas, escisiones dolorosas, ingratitudes y desprecios sensibles, desventuras sin cuento. Pero el bloque granítico de pueblo y dinastía identificados en un ideal común, resistía imperterrito y volvía a la lucha política, con mayor coraje, si cabe, que antes, enardecido por la adversidad. Y con experiencias y anticuerpos para afrontar nuevos avatares.

    La lealtad carlista a sus reyes, precisamente por estar en el destierro y sufrir las mismas humillaciones y pobrezas que su pueblo, se había quintaesenciado y significaba la única compensación, la del honor de la fidelidad a la legitimidad proscrita, que permitía continuar encendida la llama de la fortaleza y el entusiasmo. Como no había la distancia que produce la presencia material en el trono, nuestros reyes, eran de verdad amigos, sus fotografías estaban en todos los hogares, había comunicación epistolar y personal y como de familia era el amor que se les profesaba.

    Era impensable que la Dinastía Legítima, la Dinastía Insobornable, claudicase; que renegase de su ideario y de su historia, que olvidase la sangre por ella derramada, que abandonase a sus leales y se pasase a las filas enemigas. ¡Eso nunca!. Pero pasó y el desconcierto dura todavía y no hemos sabido reponernos de sus perniciosos efectos.


    DON JUAN, EL PADRE DE CARLOS VII


    Se dice, sin embargo, que sí, que ya había acaecido algo semejante con D. Juan, el padre de Carlos VII, que se manifestó como liberal y reconoció a Isabel II. Pero el parecido es muy remoto y no sólo en el tiempo. Porque D. Juan obró con cierta gallardía; consideró que su conciencia no le permitía acaudillar a los veteranos de su padre D. Carlos Mª. Isidro, ni a los de su hermano el Conde de Montemolín y así lo declaró públicamente con sus palabras y con su conducta, desentendiéndose del Partido Carlista, de tal manera que nadie pudo llamarse a engaño. El que quiso, le siguió (y la historia no registra desplazamientos detrás de él), pero el que quiso, también quedó claramente enterado de la postura inequívoca de D. Juan, desde el primer momento. Pero aunque el daño no fue pequeño, el carlismo en masa supo a qué atenerse y así se volcó en su hijo Carlos VII, que levantó la bandera de la legitimidad y de la tradición.


    EL PRINCIPE D. CARLOS-HUGO


    No sucedió así en los tiempos que hemos tenido la desgracia de vivir. Me duele mucho hablar de este tema, por el gran afecto que profesé al hoy Duque de Parma, la íntima colaboración política de muchos años y las atenciones y deferencias con que honró mi modesta persona. Pero es mayor mi amor a la verdad y la necesidad de tener que tratar de este desagradable asunto en bien del Carlismo; aun cuando quiera pasa sobre él, como sobre ascuas.

    Ahora el Carlismo fue sometido a una deliberada demolición interior. Fue utilizada la lealtad a la Dinastía, para proyectar su empuje contra el Ideario, lo que necesariamente iba a dar lugar a su autodestrucción. Si esto fue lo directamente querido, sólo Dios lo sabe, aunque yo creo que no; pero el resultado no podría ser inevitablemente más que ése. ¿Cómo pudo pues llegar a producirse?

    Porque la maniobra fue efectuada subrepticiamente, en el transcurso de muchos años y nunca declarando el propósito verdadero, si es que había uno determinado desde el principio, o más bien, como el aprendiz de brujo, fueron desencadenadas fuerzas que no pudieron detenerse y arrastraron al autor a término en el que inicialmente no pensó llegar. Lo cierto es que solo se proclamó sin rebozo el llamado socialismo autogestionario, en el momento en que se consideró que toda resistencia doctrinal había sido barrida o borrada. Mientras tanto se mantuvo la cáscara, la apariencia del carlismo, al que se le estaba desnucleando en el interior.

    Si aquello hubiese sido dicho sinceramente al pueblo carlista, cuando empezaron a aparecer los primeros síntomas de alarma seguidos de las respetuosas protestas, la reacción hubiera sido inmediata y total en sentido contrario; pero no sólo no fue así, sino que se dieron toda clase de seguridades a quienes, mostrando disconformidad, pidieron explicaciones. Se habló de táctica política, de expresiones puramente verbales, de adaptaciones de léxico, de extralimitaciones particulares, etc., etc., fácilmente creíbles, aunque no gustosas y molestas, porque el amor a la Dinastía, cegaba el juicio y alejaba la sospecha como imposible, de que el Príncipe desembocase en la negación del Ideario y pretendiese arrastrar tras él a sus seguidores.


    EL PROCESO DE MUTACIÓN


    Visto desde las alturas del tiempo presente el camino seguido aparece muy claro; más difícil era verlo incursos en su desarrollo y mucho más, cuando el corazón se resistía a admitir las advertencias de la cabeza.

    Todos hemos sido testigos de la aplicación del análisis marxita (procedimiento de interpretación filosófico-política proclamado públicamente más tarde por D. Carlos-Hugo) a la historia del Carlismo, lo que significaba que éste era explicado desde dentro, con el mismo punto de vista que sus declarados enemigos; y como consecuencia el obscurecimiento de sus glorias más preclaras, el como pedir excusas por su conducta histórica, el renegar de su tradición política y hasta de la sangre derramada en cuatro guerras; el lanzar pelladas de barro sobre sus figuras más nobles y representativas,…; pero al mismo tiempo, eso sí, aprovecharse del prestigio político adquirido a costa de abnegaciones durante más de un siglo, utilizar la boina, los himnos y las banderas (hasta que considerados como no útiles ya a la nueva situación, fueran abandonados con vilipendio) y exaltar, al mismo tiempo y de manera paradójica para quienes se calificaban de demócratas, la lealtad; pero concebida no como la obsequiosa reverencia del hombre libre e independiente, sino como la adhesión puramente personal e incondicionada a un Príncipe.

    El carlismo así entendido, no era la comunión ideológica en unos principios inamovibles; era un “partido” más, una facción de comprometidos con una persona para colocarle en el Poder. El medio utilizado o los comportamientos exigidos, podrían ser todo lo cambiantes que las circunstancias exigieran para conseguir ese único objetivo. Por lo tanto había que prescindir de los principios para moverse en la praxis. De aquí que fueran presentados como no carlistas, como tibiamente afectos a la dinastía, si no como embaucadores o traidores en la historia pasada y en el momento presente, todos aquellos que ponían como norma de su conducta el ideario y no el sometimiento personal; los que condicionasen la obediencia a los imperativos de su conciencia; sin caer en la cuenta de que fueron los Reyes de la Dinastía carlista y muy especialmente D. Alfonso Carlos (de quien la rama Borbón-Parma traía su derecho) los primeros en obrar así y crear un magisterio.

    Luego, ya se arrumbó las tramoya y descaradamente se renunció al Dios, Patria y Rey, por el que lucharon nuestros padres, para aliarse con separatistas y marxistas en común resentimiento y proclamar la “nueva línea” del carlismo, en esa contradicción en los términos de socialismo en libertad.

    Es hecho comprobado en la historia, que tanto D. Carlos Mª. Isidro, como Carlos VII, pudieron haberse sentado en el trono de España con sólo haber hecho, no renuncia, sino silencio sobre sus convicciones políticas; pero el alto concepto que tenían de su honor, se lo impidió.

    Y como triste final de esta triste relación, D. Carlos Hugo, declinando de su carácter de sucesor de los derechos históricos de D. Javier (que dijo haber recibido por su abdicación) al de Presidente del Partido Carlista (ahora ya ex) no llegó a alcanzar ni un acta de diputado; ya no había carlistas que le votasen y tampoco lo hicieron sus recientes amigos ideológicos en democracia y socialismo.


    EL DOLOROS DEBER


    No he hecho más que bosquejar alguna de las partes del proceso y sin mencionar el periodo anterior de un indiscreto intento de colaboración con el régimen establecido, pero podría escribirse un libro. Quizá para un futuro sea necesario; pero para el propósito de hoy basta y sobra, porque todos lo hemos vivido y no es cosa de hurgar en la herida más allá de lo necesario.

    Llegó un momento en el que el desenlace no podía ocultarse por más tiempo a los prudentes y con él el de tomar una decisión. El marcharse ante los primeros síntomas de incomodidad o desagrado para retirarse al narcisismo de un carlismo de complacencia interior, no parece que fuera la conducta más adecuada. El permanecer dentro de las filas, desde donde se pudiese actuar y contrarrestar el mal, a pesar de la hostilidad y la amargura, considero que era lo verdaderamente político y carlista. Era posible soltar maroma al barco para que quedase sujeto a puerto, aunque fuese arriesgada la maniobra, mientras humanamente quedase cabo que agarrar desde tierra y soltarle sólo en el momento preciso, para no dejarse arrastrar con la embarcación a las quebrantas.

    Por otra parte la legitimidad es una doctrina de exigencias muy serias, si se la profesa conscientemente. La lealtad carlista no es una caprichosa adhesión, sino un imperativo de conciencia. Y la convicción monárquica obliga, cuando el rey se desvía gravemente del ejercicio de sus deberes, a oponerle razones, a elevarle peticiones, a formularle protestas, a pedir a Dios el remedio, a soportar con paciencia la adversidad y sólo, cuando agotadas sin fruto todas estas medidas, es cuando resulta legítima la rebeldía.

    Esta requiere la prueba cierta de la ilegitimidad sobrevenida (en este caso la negación del Ideario y la aceptación del contrario) y la repudiación real, como el único medio para restaurar el derecho.

    Ello exige un largo proceso de maduración porque no es remedio que pueda adoptarse precipitadamente. Contribuyó también a la dilación, la realidad de que no era propiamente D. Javier quién seguía la conducta equivocada sino su hijo (aunque captada su anciana voluntad, se amparase en él) y que las repetidas desgracias que sobre el carlismo sobrevinieron en aquellos tiempos (deserciones de amigos; destierro de D. Carlos-Hugo y de D. Javier; proclamación de D. Juan Carlos, por Franco) hacían que se fuese demorando una decisión, para no multiplicar el daño o hacerla aparecer como interesada o comprometida con alguno de los hechos indicados, enmascarando a ojos malévolos o ignorantes, su pureza y quitando así, eficacia a la misma.

    Faltaba además la autoridad de una Princesa de Beira que, como en tiempos de D. Juan, pudiese cortar con acierto y limpieza el nudo gordiano de la difícil cuestión.


    LA REPUDIACIÓN DEL PRÍNCIPE


    Éramos los carlistas los que teníamos que resolver el problema con nuestros propios medios y creo que la Providencia divina dispuso los acontecimientos de manera que, la formulación solemne del derecho de la Comunión a la rebeldía de la Dinastía, viniese a coincidir, no deliberadamente, con la abdicación de D. Javier en D. Carlos-Hugo, con lo que la cuestión se presentaba más sencilla: no se hería al “viejo rey” y el príncipe heredero, si no juraba los principios inmutables del carlismo, venía a declararse a sí mismo incapaz de asumir la continuidad dinástica.

    Afortunadamente también y para situaciones que en cierta manera pudiéramos calificar de semejantes, D. Alfonso Carlos en su Decreto de 23 de Enero de 1936, dejó señalados –para que no cupiera duda alguna sobre los mismos– los cinco puntos intangibles del Ideario carlista (confesionalidad católica, constitución orgánica, federación regional, monarquía tradicional y tradición política española) que habría de profesar quien pretendiese ostentar la titularidad dinástica carlista.

    Cualquier carlista estaba autorizado para pedir la pública proclamación de estos principios sin paliativos, a cualquier príncipe que pretendiese la sucesión, alegase legitimidad titular y le pidiese fidelidad. Tanto más un grupo –ciertamente no numeroso, por las dificultades gubernativas de convocatoria y reunión, pero sí de cierta significación– que formalmente, por el conducto fehaciente del Notario de Valencia D. Daniel Beunza, hizo saber a D. Carlos-Hugo, la obligada necesidad de este juramento antes de poder reconocerle como rey.

    Ante su significativo silencio, por el mismo medio, se le recordó la frase de la Princesa de Beira a su hijo D. Juan:

    “Ni el honor, no la conciencia, ni el patriotismo, permiten a ninguno reconocerle como rey” y que no se trataba de separarse del carlismo que él pretendía dirigir, sino que era él mismo quién se apartaba, mientras que el pueblo carlista permanecía con su historia y sus banderas, continuando la trayectoria política de la Comunión Tradicionalista, que constituía. Esta última carta lleva fecha de 10 de julio de 1975.


    CARA AL PRESENTE


    La Comunión con este paso había salvado su honor ante la historia, dando una prueba de coherencia y vigor, que ninguna otra agrupación política había sabido ofrecer antes, ni ha acertado a dar después.

    Pero esta gallardía no hacía disminuir en nada la grave situación creada. A la imposibilidad jurídica y política de continuidad en la Dinastía carlista y la misma de aceptar la que Franco había designado (continuadora de la liberal y sanada con aguas democráticas más tarde) se encontraba en situación de tensa contradicción interna: la de una Comunión esencialmente monárquica, sin Dinastía en que apoyarse. Y además con la desaparición de su organización como grupo político.

    Se ensancha el ánimo dejando volar la fantasía de lo que hoy hubiera podido ser la Comunión Tradicionalistas como fuerza política, sin la deserción de D. Carlosh-Hugo. La única que hubiera podido afrontar con unos cuadros, una organización y un pueblo detrás, la nueva situación política, con el prestigio de su historia, la garantía de su conducta, la pureza de sus principios, su no contaminación con el régimen precedente y la esperanza de un ideario sin fracasos.

    Hubiera sido una aglutinante de la España sana y sin duda alguna la mayor agrupación política del país y el medio por el cual, la Patria renaciese; si es que no hubiese impedido el que llegara a caer tan bajo.

    Pero esto no es más que un sueño. La triste realidad es, que no hemos sabido remontar el bache y como dije al principio, la herida producida por D. Carlos-Hugo al carlismo, ha sido tan grande, que aún está sin fuerzas e incapaz de una reacción eficaz.

    Cierto es que el Infante D. Sixto (apoyado por su augusta madre, Dña. Magdalena, a quién debemos tributo de recuerdo, agradecimiento y amor los carlistas y yo me complazco en enviarle el mío desde aquí) recogió la bandera que su hermano mayor abandonara, para no hacer dejación del compromiso histórico de la familia Borbón-Parma y que su gesto reforzó la postura de la Comunión en aquél momento crítico, situándose al lado de ella y al mismo tiempo quitó todo equívoco sobre traspaso de lealtades que quizá alguien pudo abrigar, no sabiendo interpretar el alcance que la interrupción sucesoria en la dinastía carlista significaba verdaderamente.

    D. Sixto es un príncipe carlista y como tal, goza de un primado de honor y consideración en la Comunión Tradicionalista; pero no puede resolver el problema, porque no es rey, ni regente, ni heredero.

    La Comunión Tradicionalista (reorganizada legalmente en su continuidad histórica en documento público de 17 de Diciembre de 1976) se enfrenta sola con la situación que presintiera Carlos VII en su testamento político, “apuradas todas las amarguras” y extinguida la Dinastía, los carlistas tendrían que suplirla por ellos mismos.


    MONARQUICOS SIN REY


    La paradójica frase de Ossorio y Gallardo, viene a cobrar realidad –aunque en sentido muy diverso– en la postura actual de la Comunión.

    Hay ciertos principios de filosofía política que, cualquiera que sea la situación concreta en un momento determinado de la nación, se imponen a la mente y son indeclinables. La ventaja de la monarquía como la más acertada fórmula de expresión del poder político, que se manifiesta por sus cualidades de unidad, continuación e independencia, no puede desconocerse; como tampoco el arrastre histórico de la tradición política patria a su favor. Hay una coincidencia en la consideración teórica y en la realidad práctica, que están por encima de pasajeras circunstancias y hacen que el Carlismo no pueda abdicar de su convicción monárquica. Sin ella desaparecería como tal.

    Pero ello nos exige una extremada depuración de nuestras concepciones políticas, para que pueda sostenerse el principio, sin persona que le encarne. Si el Carlismo pudo resistir casi siglo y medio a la corrosión que le rodeaba, hay que atribuirlo, casi de manera exclusiva a la existencia de una Dinastía que hacía visible, amable y emotiva la convicción interna.

    La primera consecuencia de esta difícil posición será, la de que haya que reafirmar la solidez de nuestros principios para que permanezcan y perduren, así como reforzar la organización política, para que su coherencia interna, sirva de autoapoyo a la actividad externa, ya que el pilar dinástico ha desaparecido. Por todos los caminos volvemos a la misma conclusión, que es la que también nos falta: ingreso, colaboración y acción dentro de la unidad de organización que supone la Comunión Tradicionalista. Ya no se puede ejercer el carlismo por cuenta propia.

    No quiero decir con esto que hayamos de mantener esta tensión indefinidamente. En política hay muchos imponderables y sorpresas y la solución, impensable hoy, puede aparecer mañana como premio a la constancia.

    Extinguida humanamente nuestra dinastía, el Carlismo puede presentarse ante España, aún si cabe, con más desprendimiento que antaño, porque hoy vuelve a ser verdad que “desde que murió el último Rey carlista, el tradicionalismo no tiene vinculación alguna personal” (Manifestación de los Ideales Tradicionalistas al Jefe de Estado. 10 de Marzo 1939). D. Alfonso Carlos dejó escrito: “A las grandes causas nunca les falta su Caudillo y aunque se extinguieran todas las legitimidades posibles, hay un derecho que jamás prescribe en los pueblos y es el supremo derecho que la Tradición española conoció más de una vez, de otorgarse Príncipe que sepa representar dignamente la causa de la Patria…” Caudillo que en tales circunstancias tampoco puede imponerle un Partido (aquí sí es lícito el empleo de esta palabra al referirse a la Comunión) sino la nación reunida en Cortes.

    A nosotros nos queda ejercitar las virtudes de la fortaleza y de la esperanza.


    CONSIDERACIONES DOCTRINALES


    La deserción de la Dinastía plantea otro problema político serio y es el de los efectos retroactivos de la repudiación de D. Carlos-Hugo en el aspecto doctrinal y operativo. ¿Hasta dónde, hasta qué fecha, puede sentirse vinculada la Comunión Tradicionalista por la actuación del Príncipe, dado que hay necesariamente un tiempo desde que la ilegitimidad aparece, hasta que se declara formalmente?

    Porque evidentemente no podemos proceder como si los años no hubiesen transcurrido para la Comunión desde el de 1952, fecha en la que D. Javier, con ocasión del Congreso Eucarístico de Barcelona asumió la carga de la representación dinástica carlista. Y aunque nos aproximáramos a años más cercanos, lo que no puede hacerse, sin negar la tradición que es marcha hacia adelante, adaptación, depuración y progreso, es detenerse en un punto caprichosamente sin razones sólidas y positivas que lo justifiquen.

    Si miramos desde la altura del tiempo en la que estamos (que ya sabemos el resultado final) todo el pasado pudiera parecer sospechoso. Pero eso sería tanto como hacérsenos los dedos huéspedes, cuando en realidad hay muchas cosas asimilables y enriquecedoras en la política de apertura y renovación de D. Javier, que respondían a una nueva necesidad creada por el régimen de Franco, que suponían aplicaciones de la doctrina tradicional a cuestiones que se planteaban como nuevas.

    Para mi criterio considero válidos todos los Manifiestos y Declaraciones de D. Javier, hasta la de 6 de Diciembre de 1970 de Arbonne, ésta inclusive. Aunque en ella se silencia con cuidado toda alusión al lema de Dios, Patria, Fueros, Rey (lo que motivó mi dimisión como Presidente del Consejo Real) sin embargo su contenido no puede ser serenamente rechazado. ¡Ojalá todo no hubiese pasado de ahí! Pero desde entonces las cosas se precipitaron de manera que ya resultaban inaceptables, por muy buena voluntad de comprensión que se pusiese.

    Quiero recordar a este respecto que yo, publiqué a seguido, en este mismo Boletín Aparisi Guijarro, nada menos que seis artículos sucesivos comentando esta Declaración y demostrando su interpretación y entronque con la doctrina tradicional y cómo así resultaba cierta una de las frases del documento: “No se cambia nada. Se perfecciona. Se avanza en la dinámica política”. Lo que quiere es hacerse más asequible al vulgo político, simplificando los conceptos y empleando una terminología no consagrada, pero más usual y corriente.

    Y otros dos más, a continuación, en “Esfuerzo Común” haciendo ver cómo la Declaración, anterior a la Carta Pastoral “Octogessima Adveniens” de Pablo VI, se anticipaba a ésta al señalar la vía política cristiana, entre el liberalismo y el marxismo; al mismo tiempo que podía encontrarse una cierta correspondencia en la Carta, a la triple representación: regional, sindical y política, que la Declaración propugnaba.

    Por mi parte fue el último intento de retener, dentro de términos aceptables, algo que se intuía como una futura ruptura y que resultó a pesar de los esfuerzos de todos, inevitable.

    No es cuestión de repetir aquí lo que allí dije y a lo que me remito; sino simplemente indicar que todo lo que vino después no es de recibo y que por lo tanto de la Declaración de Arbonne en adelante, a la Comunión Tradicionalista no puede serle imputada cualquier manifestación de D. Javier o de D. Carlos-Hugo, que ya no hablaban en nombre de ésta ni la representaban legítimamente, sino en el de un partido que había roto con la tradición política española y sólo retenía por puro oportunismo el apellido carlista.

    Allí es pues, a mi juicio, donde se produce la solución de continuidad política y en donde hay que enlazar con el pasado, porque el llamado partido carlista era rama muerta, desprendida del tronco de la Tradición.


    Madrid, 25 Marzo 1980.
    Última edición por Martin Ant; 03/07/2014 a las 13:01

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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Lo leído hasta ahora por activa y por pasiva , en este forum, sobre don Francisco Javier de Borbón-Parma y Braganza como sobre su señora esposa y sus hijos e hijas es históricamente cierta y no voy a cuestionar lo que esta históricamente demostrado Ahora bien, tres cosas tengo claras.
    Primera. El Carlismo ni es un movimiento tonto y anticuado de beatos y beatas que se pasan todo el santo día pegándose golpes por el pecho ;pero menos aun es el partido comunista marxista-lenista bis.
    Segunda. Me cuesta mucho creer o hacerme la idea que una persona como Su Alteza Real Don Francisco Javier de Borbón-Parma y Braganza - vista su edad y la educación cristiana tradicional por él recibida; pudiera estar convencida de las bondades y maravillas de este nuevo carlismo socialista autogestionario que estaba liderando su hijo Carlos Hugo.
    Y tercera Tanto Don Javier como su hijos u otras reclamantes "legitimistas" se equivocaron pensando, en el supuesto caso de una restauración efectiva de la monarquía en España, que el General Franco iba a preferirlos a un miembro de la última rama reinante o sea la del Rey Alfonso XIII y de su sucesor el Conde de Barcelona.
    El carlismo socialista autogestionario quizá muy bien como táctica política en un momento dado de nuestra historia contemporánea o explicar ,en moderno, nuestros viejos fueros ,pero no para ser el bis de algo totalmente opuesto y contrario a las esencias del carlismo de siempre.
    Aquí para mi radica la deserción o traición de Don Carlos Hugo de Borbón-Parma y Borbón-Busset: " Pretender un carlismo hermano o primo hermano de un partido comunista marxista y por lo tanto ateo o por lo menos agnóstico. Esta pretención o por lo menos apariencia de pretención condujo si no a la muerte del carlismo por lo menos a su larguísima agonía y a la deserción o abandono de militancia de muchos antiguos carlistas. Pues si el Partido Carlista era ahora un partido con una ideología igual o parecida al Partido Comunista, el Partido Carlista sobraba y podían afiliarse al ya existente Partido Comunista de España con el que sin duda harían mejor carrera. Recordando ya los primeros resultados electorales tras las primeras elecciones legislativas tras la promulgación de la Constitución del 78 y en que don Carlos Hugo se presentó como candidato ( otro gravísimo error pues el representante de una dinastía jamás ha de ser candidato a diputado puesto que esto es rebajarse) creo que lo que digo esta más que comprobado y demostrado. Y no estupidez ni tontería alguna. Dicho todo. Pienso que el buen camino tanto si se trata del carlismo o no esta en la moderación de la doctrina y de la praxis doctrina y no en los extremismos a que me refería al principio de mi comentario.
    Cita Iniciado por Martin Ant Ver mensaje
    Pero el problema es que los nudos y simples hechos no constituyen por sí solos la verdad sobre una persona, sino que es necesaria una interpretación o explicación de la misma que dé el sentido correcto a dichos hechos: es ahí en donde entran los historiadores (y es ahí donde yo me acojo a los historiadores y pensadores católicos tradicionalistas como, por ejemplo, M. de Santa Cruz, mientras que ALACRAN prefiere acogerse al pseudohistoriador marxista Clemente, él sabrá por qué).

    Esto que digo de los hechos y de la interpretación no es algo gratuito. Usted mismo, DOBLE ÁGUILA, por ejemplo, en un mensaje anterior afirma lo siguiente: "Estaría bién colgar, si se encuentra disponible en la red, alguna de las cartas que le mandó don Javier a Franco allá por los años 50 en un intento de atraerselo. Estarían al mismo nivel de credibilidad que los discursos aquellos de tono "tradicionalista" que hizo don Juan a ciertos oficiales del requeté en los años 60; tengo por casa algún pequeño libro (ilegal por entonces) que le regalarían a mi padre o a mi abuelo donde aparecen; a ver si lo encuentro y lo pongo. Son muestras de a lo que podían llegar entonces los "candidatos", con tal de ganar apoyos dentro del régimen." O sea, que un hecho en sí mismo no vituperable como es el escribir cartas amigables para una colaboración política conforme al espíritu del 18 de Julio (dentro del marco de la nueva política de "mano tendida" o suavización de la oposición iniciada a partir de mediados de los `50) usted lo convierte, en virtud de la interpretación que usted le da, en algo vituperable. Por supuesto, la interpretación correcta es la continuación ideológica ortodoxa de Don Javier en coherencia con la misma línea doctrinal seguida desde su juramento ante el cadáver de Don Alfonso Carlos hasta entonces, pero con la diferencia de cambiar de estrategia o táctica política (la cual se podrá calificar de acertada o errónea, pero no de "oportunismo" por parte Don Javier o algo parecido equiparándolo arbitrariamente con el comportamiento de Juan Battemberg, completamente distinto y, éste sí, vituperable).

    Como diije antes, simplemente pongo este ejemplo a modo ilustrativo para hacerle ver que sí se trata de un problema de tendencia historiográfica, es decir, de interpretación (correcta o falsa) de los hechos. Pero aprovecho también, ahondando en ello, para comentar los dos ejemplos puestos por ALACRAN: el de la entrevista con Santiago Carrillo y el de la utilización del Castillo de Ligniéres por Carlos Hugo y sus amigos para sus tareas políticas revolucinarias.

    1º Ejemplo: En lo que se refiere a la entrevista con Santiago Carrillo, el pseudohistoriador Clemente da a entender que ya a partir de ahí Don Javier y Santiago Carrillo se convierten en poco menos que gemelos del alma.

    Situémonos primero en los hechos. Parece ser, según dice María Teresa de Borbón, que Santiago Carrillo se vio una única vez con Don Javier:


    Lignières, nuestro castillo, muchos años después: Santiago Carrillo acompañado de Simón Sánchez Montero y de otro compañero en la única entrevista que tuvo con mi padre (…)


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 74).

    La propia María Teresa nos cuenta que la entrevista tuvo lugar la víspera del bautizo de Carlos Javier, es decir, el 21 de febrero de 1970.


    La víspera [del bautizo de Carlos Javier de Borbón en Lignières el 22 de febrero de 1970], don Javier, acompañado de don Carlos, se ha entrevistado con personalidades políticas españolas, Santiago Carrillo, Simón Sánchez Montero, (…)

    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Página 135).


    Es decir, que los hechos son que Don Carlos Hugo invita a casa y presenta a su Padre al nuevo amiguito que acaba de conocer en los contactos políticos que ha hecho en el extranjero dentro de su nueva política revolucionaria, conversan un poco Don Javier y Carrillo, y de ahí Clemente, aunque ciertamente no lo diga explícitamente pero lo da a entender, interpreta que la mentalidad de Don Javier viene a coincidir prácticamente con la de Carrillo.

    Pues bien. Yo también podría traer otros hechos acaecidos en ese mismo año 1970 que abogan por una interpretación distinta en lo que a la verdadera mentalidad de Don Javier se refiere acaecidos en ese año.

    Podemos, empezar, por ejemplo, con la carta que, como un año más, amablemente le remite Jean Ousset a Don Javier para su invitación un año más al Congreso de Lausana, en donde, recordamos, se iban celebrando esos últimos años la reunión internacional más importante de personalidades en defensa de la doctrina político-social católica tradicionalista:


    Office International des oeuvres de formation civique et d´action culturelle selon le droit natural et chrétien

    Secretariat des congreso: 49, rue Des Renaudes – 75 – Paris 17e – Tél. 924-77-87

    OOF.JO.FC. París, le 22 Janvier 1970

    A Son Altesse Royale le Prince Xavier de BOURBON PARME
    Château de Bost
    03 – BESSON


    Monseigneur,

    En adressant ci-joint à Votre Altesse Royale le Programme de notre 7ème Congrè international qui se tiendra à Laussanne, les 3, 4, 5 Avril prochaine, nous tenons à lui dire combien nous serions heureux l´accueillir à ces Journées, tout entières consacrées au développement d´un esprit d´unité doctrinale, à l´accroissement des liens d´amitié et à une meilleure synchronisation entre organismos dévoués à la restauration d´un ordre social chrétien.

    Daigne Votre Altesse Royale agréer l´expression de notre profond et respectueux dévouement.

    Le Président

    Jean Ousset [firmado]


    Traducción


    Monseñor,

    Adjunto se envía a Vuestra Alteza Real el programa de nuestro séptimo Congreso internacional que tendrá lugar en Lausana, los días 3, 4, 5 de Abril próximo, nos gustaría decirle cuánto estaremos encantados de darle la bienvenida a estas jornadas, todas enteramente consagradas al desarrollo de un espíritu de unidad doctrinal, al aumento de las amistades y a una mejor sincronización entre los organismos dedicados a la restauración de un orden social cristiano.

    Dígnese su Alteza Real a aceptar la expresión de nuestro profundo y permanente devoción.

    El Presidente

    Jean Ousset


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    O si se prefiere, cotéjese la correspondencia y documentos personales de Don Javier de este año de 1970 con las distintas organizaciones católicas tradicionalistas a las que pertenecía o de las que era colaborador y/o simpatizante. A voz de pronto, podemos citar: RENOVATION DE L´ORDRE CHRETIEN (cuyo Presidente era el conocido publicista tradicionalista Almirante Penfentenyo); L´ORDRE DES CHEVALIERS DE NOTRE DAME POUR L´AIDE AUX PRISONNIERS; LE “COMBAT DE LA FOI” CATHOLIQUE (publicación católica tradicionalista, 1º de marzo de 1970); ORDEN ECUESTRE DEL SANTO SEPULCRO; ISTITUTO SACRO-CUORE TRINTÀ DEI MONTI; CONGRÉGATION DES SACRÉS-COEURS (PICPUS), etc...

    Resulta importante el caso particular de este año de 1970 porque la mayoría de estas organizaciones se centraron (junto con Don Javier) en el que era el tema "estrella" de aquel entonces: la defensa de la Misa Tradicional ante la reciente implantación manu militari del Novus Ordo Missae. En este sentido, encontramos en el Archivo de Don Javier el siguiente borrador de carta hecho a máquina:


    Très Saint-Père

    C´est avec une profonde tristesse que nous voyons disparâitre la Messe de Saint Pie V, qui fut notre nourriture spirituelle et celle de nos ancêstres, source de doctrine catholique.

    Il nous est incompréhensible que cette forme liturgique précise et traditionnelle se voit remplacer par une formulation moins exacte, et contenant des expressions pouvant favoriser de graves déviations doctrinales.

    Si des transformations liturgiques s´avéraient nécessarires, c´etait bien dans le sens opposé. Les deviations doctrinales actuelles rencent en effet, urgentes et necessaries un réaffermissement des verités dogmatiques. L´authenticité de la Présence réelle, le rôle imparti aux Anges et aux Saints la notion d´Offrande et de Sacrifice, notamment devraient se voir réaffirmer afin d´augmenter le sens du surnaturel et de rappeler que la Messe constitue bien une reproduction du Sacrifice de la Croix.

    Humblement prosternés aux pieds de Votre Sainteté nous osons demander comme une mesure urgente apte à stopper l´auto-destruction de l´Iglise, -conséquence de tant d´innovations,- que la Messe de Saint Pie V soit conservée, le nouvel Ordo Missae abrogé.


    Traducción

    Querido Santo Padre

    Es con una profunda tristeza que vemos desaparecer la Misa de San Pío V, que fue nuestro alimento espiritual y la de nuestros ancestros, fuente de la doctrina católica.

    Nos es incomprensible que esta forma litúrgica precisa y tradicional se vea reemplazad por una formulación menos exacta, que contiene expresiones que pueden facilitar graves desviaciones doctrinales.

    Si se necesitaban transformaciones litúrgicas, éstas eran en la dirección opuesta. Las desviaciones doctrinales actuales hacen, en efecto, urgentes y necesarias una reafirmación de las verdades dogmáticas. La autenticidad de la Presencia real, el papel asignado a los Ángeles y a los Santos en la noción de Ofrenda y de Sacrificio, debe ser reafirmado con el fin de aumentar el sentido de lo sobrenatural y de recordar que la Misa constituye de hecho una reproducción del Sacrificio de la Cruz.

    Humildemente postrado a los pies de Su Santidad, nos atrevemos a demandar como una medida urgente apta para detener la autodestrucción de la Iglesia, -consecuencia de tantas innovaciones-, que la Misa de San Pío V sea conservada, y el Novus Ordo Missae derogado.


    (Fuente: ARCHIVO FAMILIA BORBÓN PARMA)

    En fin, ¿para qué seguir? Lo que quería poner en claro, en definitiva y una vez más, es esa dicotomía entre la presentación de un hecho, y la interpretación que se pueda hacer del mismo en orden a identificar el verdadero y genuino pensamiento de Don Javier (en el caso del pseudohistoriador Clemente, lo interpretará como un dato a favor del supuesto cambio de mentalidad de Don Javier a terrenos revolucionarios, mientras que un historiador católico, por ejemplo M. de Santa Cruz, no lo interpretaría de esa forma, sino más bien como una más de las barrabasadas de Carlos Hugo para con su Padre).



    2º Ejemplo: El de la utilización del Castillo de Lignieres en 1974 por Carlos Hugo y sus amigos, lo cual es interpretado por Clemente (y le sigue en ello ALACRAN) como una aquiescencia y aprobación por parte de la legítima dueña de la propiedad, esto es, Doña Magdalena (y no Don Javier y Doña Magdalena como afirma mintiendo Clemente), a las actividades políticas desempañadas dentro de sus muros (con "caviar y champán", eso me temo que no sabría confirmarlo).

    Aquí la interpretación verdadera del hecho resulta aún más sencilla, y es de agradecer que DOBLE AGUILA implícitamente la abogue cuando afirma que: "De todas maneras, su mujer doña Magdalena no tiene nada que ver en estos desmanes, y según me consta siempre fue una princesa católica intachable."

    En efecto, Doña Magdalena, harta ya por la acumulación de idioteces que hacía su hijo Carlos Hugo, decide finalmente poner fin a este "cachondeo" de utilizar su casa para este tipo de actividades políticas revolucionarias, y desde entonces el Castillo de Ligniéres pasó a ser lugar de reunión de actividades políticas tradicionalistas, abriendo sus puertas a todos los sectores y grupos católicos tradicionalistas (tanto en el ámbito religioso -especialmente sacerdotes de la HSSPX- como del ámbito político) marginados de la sociedad actual; situación que continuó y ha continuado, por supuesto, con su digno hijo y heredero de la propiedad Don Sixto Enrique de Borbón (aunque no sé si "con caviar y champán"; eso es algo que dejo a la investigación de ALACRAN).




    No. Los desmanes públicos de Carlos Hugo no comienzan hasta principios de los años ´70. A lo que usted se refiere es a lo que empezaba a asomar desde principios de los ´60 en alguna que otra conversación privada con Carlos Hugo (y que algunos conspicuos pensadores tradicionalistas empezaban, temerosamente, a vislumbrar como un tipo de mentalidad heterodoxa); pero en el ámbito político-público Carlos Hugo se adhería (luego, cuando se quitara la máscara, se vería que por puro oportunismo) a la política oficial que Don Javier y José María Valiente llevaban a cabo entonces de presentarse públicamente como la Dinastía del 18 de Julio (suavizando su oposición a Franco), política a la cual se ajustó, en su comportamiento público, Carlos Hugo, presentándose como Príncipe del 18 de Julio. Por lo tanto no tenía sentido, en aquel entonces, ninguna reconvención o desautorización pública contra su hijo, el cual mostraba en público un comportamiento doctrinalmente ortodoxo.

    Otra cosa distinta es cuando, a principios de los ´70, se produce el cambio ideológico público de Carlos Hugo; ahí sí que tendría sentido hablar de reconvención o desautorización pública de Don Javier que, efectivamente, como usted dice, no se produjo. Pero aquí de nuevo entra en juego lo que dijimos antes de diferenciar entre hecho (esto es, en este caso, la no realización de la desautorización pública de su hijo) e interpretación de ese hecho.

    Sin perjuicio de acogerme a la Conclusión Nº 3 del historiador católico Manuel de Santa Cruz de su artículo reproducido en un mensaje anterior, voy a traer aquí el texto del Testamento de Don Javier de 6 de diciembre de 1970 (que es el último que hizo), el cual sería ratificado, a nivel doctrinal, en la famosa Declaración de 4 marzo de 1977. ¿Por qué lo traigo a colación? Porque se podría decir que, si bien no hubo desautorización explícita de Don Javier a Carlos Hugo, se podría decir que sí la hubo implícita, pues en ese documento de 1970 Don Javier establece el carácter condicional de la verdadera adhesión a él al respeto de los mismos principios que él juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (este argumento no es baladí, pues precisamente se sirvieron de él grupo representativo de legitimistas que enviaron las cartas a Carlos Hugo reconociéndole incurso en ilegitimidad política de ejercicio por no cumplir esa obligación condicional, y cuyos textos he reproducido en un mensaje anterior).


    Testamento de don Javier

    6 de diciembre de 1970.


    Para la hora en la que Dios Nuestro Señor me llame a rendir cuentas de mi larga vida y de los grandes deberes y responsabilidades que me impuso en sus designios, quiero dejar consignada en este Testamento Político, ante mi sucesor, mi familia, mis amados Carlistas y el pueblo español, sin lugar de dudas, la incontestable y doble legitimidad de la sucesión de nuestra dinastía, que se refiere tanto al orden sucesorio legítimo de la Corona de España como al mando supremo del Carlismo.

    La legitimidad histórica de la Monarquía Española, la encarnó durante más de un siglo la Dinastía Carlista y por rigurosa aplicación de las leyes sucesorias recayó en mi persona a la muerte de mi Augusto Tío Don Alfonso Carlos, quien reiteradamente lo declaró así en solemnes documentos desde el año 1934.

    A mi muerte, mi querido hijo y heredero, el Príncipe Don Carlos Hugo, será mi único sucesor legítimo y después de él, el Infante don Carlos Javier Bernardo y los demás hijos y descendientes varones legítimos que Dios le otorgue. Si llegaran a faltar éstos, sucederá mi segundo hijo el Infante Don Sixto Enrique y sus descendientes varones legítimos. Recuerdo que es deber de todos los Infantes y demás miembros de la Familia Real que tengan siempre como el mayor honor el reconocimiento y sumisión de los Infantes al Rey, que deben al Jefe de la Familia por ser su Cabeza y Rey legítimo. Esta sumisión de los Infantes al Rey es tan importante que nuestras leyes tradicionales castigan a los rebeldes y desleales con la pérdida del derecho de sucesión al trono para ellos y para sus descendientes. Pero esta legitimidad de nada serviría si no hubiera estado, y continuara estando, revalorizada en todo momento por el servicio al bien común, en constante renovación de antiguo Pacto de la Corona con la Nación. Sin ese servicio permanente de la dinastía a las libertades y derechos del pueblo, a cuya defensa vivimos consagrados, a costa de los mayores sacrificios personales, la Monarquía en sí carecería de sentido.

    Esta aceptación del Pacto la he ratificado solemnemente ante el cadáver de mi Tío el Rey don Alfonso Carlos (***), en 1936; posteriormente con el Juramento que empeñé bajo el Árbol de Guernica en 1936; y en 1952 en Montserrat, de mantener, respetar y defender los Fueros y libertades de todos los Pueblos de las Españas, así como con mi entrega total y la de mis hijos al servicio de la Causa de España. Mi solemne Juramento, renovación del que hicieron siempre los Reyes de las Españas, obliga a mis sucesores legítimos y en primer lugar a mi hijo Carlos. La necesidad de revisar, adaptar y poner al día los grandes principios Carlistas es constante obligación y responsabilidad de los Reyes de nuestra dinastía, en su natural y legítima evolución de acuerdo con las necesidades de los tiempos. Así también os he dejado ya consignada por escrito en documentos anteriores más extensos, y muy especialmente en el que doy con esta fecha misma, las grandes líneas de mi pensamiento doctrinal, como antes que yo lo hicieron los Reyes, mis predecesores. A este documento me remito, pues, en cuanto a la línea política que señalo a todos.

    Doy gracias a la Reina, compañera de mi vida, cuya inalterable voluntad de servicio y de sacrificio me sostuvo en los momentos más difíciles.

    El Príncipe de Asturias, mi fiel colaborador, que juntamente con Irene ha sacrificado tantas cosas con amor y generosidad, asegurando la continuidad directa de nuestra Dinastía en el Infante don Carlos Javier mi nieto primogénito.

    Al Infante Don Sixto Enrique, que sirvió bajo la bandera española, la cual juró en Melilla en el tercio Gran Capitán de la Legión, a las Infantas que recorrieron palmo a palmo España entera ante mil dificultades, dando el testimonio de la dinastía.

    A todos aquellos otros que sin militar en el Carlismo, y aun militando en otros campos, han colaborado con su voluntad de servicio al bien de la justicia y de la libertad, aportando su trabajo y lealtad.

    En fin, a todos vosotros, mi queridos Carlistas cuya tarea sigue firme para llevar a cabo la construcción política de España. Os doy a todos y a cada uno de vosotros las gracias por vuestra constancia, vuestros inmensos sacrificios, vuestra fidelidad y amor que han sido mi gran apoyo en tantos momentos difíciles de nuestra vida.

    Como habéis sido leales a mi y a los Reyes que me precedieron en el trono, o en el destierro, lo seréis a mi hijo Carlos y a sus herederos legítimos en su alta y difícil misión con la más completa disciplina y total acatamiento a su persona.

    A vosotros, mi queridos Carlistas, os está confiada la tarea de ser fermento de una sociedad nueva de intensa participación y constante compromiso político. Que Dios os guarde a todos y bendiga vuestros trabajos y nuestras Esperanzas.

    En mi residencia de villa Valcarlos (Arbonne), día seis de diciembre de mil novecientos setenta.

    FRANCISCO JAVIER

    Éste, mi Testamento Político, forma seis páginas y media manuscritas, numeradas y firmadas por mí.


    (Fuente: “Así fueron, así son”. María Teresa de Borbón Parma. Editorial Planeta. 2009. Páginas 225-228).


    ------------------------------------------------------------


    (***)


    Juramento de Don Javier de Borbón Parma ante el cadáver de Don Alfonso Carlos (3 octubre 1936)


    En solemne y público cumplimiento de la promesa que hice a V.M. nuestro bien amado Rey D. Alfonso Carlos, vengo en este momento inolvidable a renovar mi juramento de ser el depositario de la Tradición legitimista española y su abanderado hasta que la sucesión quede regularmente establecida. Mi juramento de sostener y guiar a la Comunión Tradicionalista Carlista española, debe cumplirse en la época más grave de su gloriosa existencia; pero así como la vida del Rey que lloramos nos estuvo consagrada hasta su último trágico suspiro, así lo estará la mía hasta que Dios me otorgue la merced de terminar la misión de que estoy investido, tal como lo hubiera hecho el mismo Rey, Alfonso Carlos.

    Al tomar la bandera que el Augusto finado ha puesto en mis manos, me dirijo a todos, recordando que la Comunión Tradicionalista es católica antes que nada, patriótica en la unidad intangible de las variedades regionales, y esencialmente monárquica a través del curso fecundo de una historia milenaria y auténticamente española.

    La sangre de nuestros mártires de otros días ha hecho brotar generosa la de una muchedumbre de nuevos mártires que, ante el mundo desequilibrado de nuestros días, han mostrado a España levantándose en un arranque admirable de abnegación. La España que salvó a Europa rechazando a los moros; la misma que llevó a América la cruz y la civilización; la que impidió el dominio turco, en la memorable ocasión de Lepanto. La misma que hoy llama con magnífico ejemplo a toda Europa para batir las hordas de los sin Dios y de los sin Patria, que intentan el asalto y la destrucción de la civilización y de la Cristiandad.

    Vuestros gritos, «Dios, Patria y Rey», han unido a todas la fuerzas saludables en colaboración con el Ejército; unión que, por la fe y el valor de los requetés, tendrá ya bastante garantía de no romperse jamás, restaurando, por la amistad inquebrantable de los combatientes, la armonía más fuerte que la vida, que es base de la justicia y sagrada unidad del Ejército y cimiento de la verdadera vida de las naciones.

    Subyuga el honroso ejemplo de energía de la joven generación, ahora en armas, queriendo, con plenitud de viril voluntad, reconstruir la inmortal España creyente en Dios y en sus destinos universales, sobre las bases inconmovibles de la justicia, del orden moral y material y de la seguridad de todo bien en prosperidad de la Patria común.

    El llamamiento del Rey el mío se dirige a todos, y espero que sea escuchado más allá de las trincheras y de los odios.

    De todos modos, por duros que puedan ser los combates futuros, venceremos. Diríase que sólo cuando ya ha visto que la aurora de la victoria dora las cimas de la Patria, ha conseguido tomar descanso en la tumba el Augusto anciano cuyo cuerpo tenemos aún presente y que fue el último vástago directo de la gran dinastía carlista de los legítimos Reyes de España. La victoria es ya segura, y sobre ella se asentará la paz fecunda; el porvenir está asegurado, y no tardaremos a volver a este lugar para decir ante el sepulcro de V.M., presentando armas: Señor, os hemos obedecido; la victoria está acabada. Os damos gracias porque habéis sido el padre vigilante y el guía prudente que nos ha preparado esta victoria. La Dinastía Carlista, primera rama de la Casa de Borbón, al extinguirse directamente, ha dejado cumplida su misión de salvar a la España eterna.

    Al ascender al seno de Dios, no dejará V.M. de continuar guiando a España.


    (Fuente: “In memoriam. Manuel J. Fal Conde”. Ana María Fidalgo – Manuel M. Burgueño. Editorial Católica Española, S.A., Sevilla, 1980).




    La lectura de la correspondencia y documentos privados de Don Javier me llevan, en principio, a suscribir (por lo menos para los primeros años siguientes al cambio ideológico público de Carlos Hugo de principios de los `70) esto que usted dice en este párrafo.

    Es posible que al principio la razón de que Don Javier no se opusiera a su hijo Carlos Hugo fuera el convencimiento de la buena fe que Don Javier presumía en su hijo Carlos Hugo, cuando éste le explicaba que ese lenguaje nuevo que se estaba utilizando era una simple táctica lingüística didáctica para llegar mejor a la gente de su tiempo, pero que no suponía menoscabo ninguno a los principios doctrinales políticos que Don Javier juró defender ante el cadáver de Don Alfonso Carlos. Es posible que esta explicación tranquilizara, temporalmente, la conciencia del anciano Rey y, por ello, confiara cándidamente en su hijo Carlos Hugo y en los amigos de éste (Clemente, etc...).
    Última edición por Moncaira; 06/02/2016 a las 22:20

  10. #10
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Entrevista a Don Javier en persona, publicada en la revista izquierdista "Triunfo" en septiembre de 1976:

    Entresaco de su parte final frases suyas que confirman la degeneración doctrinal a que llevaron al carlismo él y su hijo Carlos Hugo:

    Quizá lo más revolucionario del carlismo sea precisamente el proponer una revolución democrática, socialista y pacífica...

    El carlismo ha sido monárquico siempre por una profunda concepción democrática...

    El rey en el planteamiento carlista y como lo definió claramente Carlos VII es el rey de las Repúblicas españolas... el carlismo es monárquico porque es republicano...

    La Monarquía es en el carlismo la garantía de las Repúblicas. Todo el mecanismo democrático debe ser, en efecto, de abajo a arriba, canal de expresión de la voluntad popular...

    El carlismo ha podido liberarse de una serie de condicionamientos históricos y sigue por sus vías populares y socialistas...para lograr su ideal político, una sociedad democrática, con el ejercicio de la total participación de abajo a arriba.

    Esto presupone socialismo de autogestión, tanto en lo económico, ideológico y de las nacionalidades para desembocar en un estado federal...

    Esto no es una nueva doctrina del carlismo, aunque su formulación actual aparece como nueva después de cuarenta años de silencio forzado por el Régimen...


    Mi hijo Sixto ha quedado fuera de la dinastía por desobediencia y por propia decisión, al no aceptar a su hermano mayor como jefe de la familia y responsable legítimo al abdicar yo en él. Ha quedado también fuera de la disciplina del carlismo y de su partido... por expresarse contrariamente a la línea ideológica que el carlismo tiene establecida por voluntad popular...

    Mis relaciones con mi hijo Sixto en el orden político están totalmente rotas...

    https://dinastiacarlista.files.wordp...don-javier.pdf





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    Última edición por ALACRAN; 31/03/2019 a las 13:13
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  11. #11
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Oiga, Alacrán, en la entrevista y manifiesto publicados menos de un año después en la revista La Actualidad Española que reproduzco abajo (que, a diferencia de la que acaba de colgar usted, incluye fotografías que demuestran que realmente se produjo in situ), Don Javier decía exactamente lo contrario acerca del socialismo y otras cuestiones y reafirmaba la doctrina carlista de siempre.

    Aquí solo caben dos opciones para explicar su actitud en este hilo:
    1) usted considera que Don Javier tenía doble personalidad o
    2) usted prefiere creerse a los periodistas rojos, que le merecen mayor confianza y credibilidad, aunque diga usted ser anticomunista.

    No hay ninguna otra explicación posible, dado que en otras ocasiones se le ha hablado de esta entrevista y del comunicado de la esposa de Don Javier denunciando públicamente las extorsiones y amenazas de Carlos Hugo a su padre (que no debían ser cosa de un día, aunque lo de sacar a Don Javier del hospital en que estaba ingresado debió ser la gota que colmó el vaso).

    Que cada uno lea la entrevista de abajo y saque sus propias conclusiones.

    https://carlismo.es/1977-ultima-entr...l-separatismo/


    1977: Última entrevista a S.M.C. Don Javier I y manifiesto contra el marxismo y el separatismo

    25 SEPTIEMBRE, 2017


    Nada más oportuno en este año del XL aniversario de S.M.C Don Javier I, que editar la última entrevista que le hicieron los medios de comunicación españoles.
    Fue publicada en marzo de 1977 en la revista La Actualidad Española (n.º 1314), que también reprodujo un manifiesto ante notario en el que el viejo rey legítimo de España reafirmaba los principios inmutables del Tradicionalismo español, desmintiendo así las calumnias vertidas sobre él por los deformadores del Carlismo.Ante los ataques recibidos por los enemigos de la Causa de Dios, Patria y Rey, que llegaron a afirmar que el augusto padre de Don Sixto había sido secuestrado por su hijo —cosa que fue desmentida públicamente por Don Javier—, el entrevistador, Ignacio Amestoy, actor y periodista que elogia la Transición y la democracia inorgánica, se vio en la necesidad de manifestar en una carta a EL PAIS, que no conocía con anterioridad a Don Javier ni a los dirigentes de la Comunión Tradicionalista.Para acceder a la digitalización de la entrevista y reportaje fotográfico, puede hacer clic en el siguiente enlace:Entrevista a Don Javier en La Actualidad Española (1977)Transcribimos a continuación el texto de la entrevista, destacando en negrita las respuestas de Don Javier.


    Enviados especiales a París
    Don Javier firmó un manifiesto carlista

    En la noche del viernes 4, la oficina de prensa del Partido Carlista hacía pública una nota en la que se afirmaba que don Javier de Borbón Parma había desaparecido de su domicilio siete días antes y que, según parecía, se encontraba retenido por su hijo don Sixto para evitar que conectase con otro de sus hijos, don Carlos Hugo. Anunciaban que, una vez localizado su paradero, quedaría aclarado el desagradable asunto que estaba dividiendo a la familia carlista. La polémica había saltado dos semanas antes, cuando LA ACTUALIDAD publicó una fotografía de don Javier junto a su hijo don Sixto que fue interpretada en numerosos ambientes políticos como una confirmación de que el jefe de la familia carlista se inclinaba a favor de don Sixto Enrique, descalificando la actuación de don Carlos Hugo.Horas antes de que se difundiera el comunicado carlista sobre la «desaparición» de don Javier, nuestro enviado especial a París, Ignacio Amestoy, nos enviaba una crónica sobre cómo había transcurrido su jornada junto a él, y de cómo había sido firmado —a las siete menos diez de la tarde— un manifiesto del jefe de la familia. Las fotografías que ilustran este reportaje, de Rogelio Leal, fueron obtenidas ese mismo día.Ofrecemos, en rigurosa exclusiva, la crónica de la jornada pasada junto a don Javier y la entrevista mantenida con él.
    Un leve sol traspasaba las nieblas de París. La figura sonriente de Chirac invadía las vallas de las calles parisienses. Don Francisco Javier de Borbón, duque de Parma, cabeza de la familia carlista, vivía los momentos que precedían a una «declaración de principios» sobre el carlismo y su significación, que iba a tener lugar en la tarde del viernes 4 de marzo de 1977. En el hotel Terminus, de Saint Lazare, don Javier estaba contento. Con sus ojos pequeños y profundos escrutaba con cariño a los que estaban junto a él.

    – Me encuentro muy feliz de tener todos los amigos aquí. Es un gran gozo para mí encontrarme con mis fieles. Al cabo de los años nos encontramos como siempre. Es un consuelo veros. Y tengo una confianza total. La partida difícil la hemos pasado. El carlismo estaba abandonado, pero, no obstante, el combate todavía continúa; el combate espiritual.



    A su lado, doña María Francisca, su hija mayor, y don Sixto, el pequeño de la familia. También estaban junto a él el jefe delegado de la Comunión Tradicionalista Carlista, don Juan Sáenz Díez; el delegado nacional de Requetés, don José Arturo Márquez de Prado, y tres consejeros nacionales de la Comunión: don Antonio Garzón, jefe de Andalucía oriental, y don Ignacio Toca, en su día presidente de la Hermandad del Vía Crucis de Montejurra, y don Juan Antonio Olazábal, uno de los hombres que siempre ha disfrutado de la confianza de don Javier.Esta conversación se celebraba tomando café después de una frugal comida, a la que habían asistido los anteriormente citados y los enviados especiales de LA ACTUALIDAD. El ambiente era, entre ellos, de familia y así quiso subrayarlo don Javier.

    – La familia es lo que tenemos que cuidar sobremanera. Y en la familia siempre tiene que haber una misma dirección. El padre ha de escribir unas páginas que se continúen en los hijos; el mismo sentido y la misma dirección; si no, sería una tragedia. El valor del padre ha de destacarse; siempre hemos de tener una gran admiración por él.Historia de la entrevista

    Don Javier se queda meditando. Y aprovechamos esos momentos de sosiego para iniciar la conversación acordada para LA ACTUALIDAD. Después de las últimas entrevistas con don Carlos Hugo y don Sixto, publicadas en nuestra revista, el interés se centraba en el padre de esta familia Borbón-Parma. Habíamos intentado ponernos en contacto con él a través de sus dos hijos. Por fin, en la mañana del jueves 3 recibimos una llamada que nos citaba para pocas horas después en París, donde se iban a desarrollar «unos acontecimientos decisivos para el carlismo». Todo, al parecer, estaba preparado para la tarde del mismo jueves. Pero circunstancias que desconocemos impidieron nuestro contacto. De nuevo se nos citó a las doce treinta del viernes en el hotel Terminus, de París. Allí pasamos dos largas horas hasta que por fin pudimos apreciar la llegada del jefe de la familia carlista. Junto a él pronto aparecerían una serie de hombres que durante estos últimos cuarenta años han vivido los avatares del Tradicionalismo: primero, en el Requeté; después, junto a don Javier; más tarde, junto a Carlos Hugo, y ahora, apiñados en torno a don Sixto, que, según todo parece indicar, pretende situar a su padre junto a su causa. ¿Por qué este retraso desde las doce y media hasta las dos, que prolongaba la demora de nuestra cita anterior? Según nos han comunicado, don Javier había pasado los últimos días en el campo, y a su regreso a la ciudad sus acompañantes se encontraron con la vigilancia intensiva de su domicilio por partidarios de don Carlos Hugo. Al parecer, el burlar esta vigilancia fue la causa de los retrasos. Esto, unido a la repentina indisposición de doña Magdalena, esposa de don Javier, que sería internada en la misma mañana del viernes en el Hospital Americano, víctima de una pulmonía. Hemos de señalar que algunos de los partidarios de don Carlos Hugo, al conocer esta noticia, se trasladaron al citado centro hospitalario, esperando que, en breve plazo de tiempo, apareciese don Javier. Hacia las dos y media de la tarde, y antes de trasladarse don Javier a la notaría de la rue des Saints Peres, 15, se celebró el almuerzo al que nos hemos referido.

    Firma del manifiesto

    Celebrada nuestra entrevista, tan rápida como sigilosamente los asistentes se desplazaron en tres automóviles hacia el despacho del notario ante el que don Javier firmaría el manifiesto. En uno de esos coches seguimos a la expedición.Una vez en el despacho, el nerviosismo fue en aumento, ya que la traducción al francés del documento redactado por don Javier se demoraba. Al cabo de casi dos horas pudo dar comienzo el acto de la firma. Firmó don Javier, a continuación los testigos. Don Sixto de Borbón, en el momento de la firma, quiso estar ausente. El documento redactado en francés incluía unas consideraciones del notario sobre la identidad de los firmantes, así como el propio manifiesto. Posteriormente, don Javier firmó el documento en castellano y nos lo entregó.La tensión de las horas anteriores cedió y el ambiente quedó más relajado, aunque con la visible emoción de don Javier. Por otro lado, don Sixto reflejaba en su rostro una inconfundible sonrisa de satisfacción. Esos fueron los momentos en los que se pusieron unas boinas rojas para posar ante Rogelio Leal.Rápidamente, la reunión quedó disuelta y al primer plano de la preocupación de los asistentes saltó el estado de salud de doña Magdalena, y varios de ellos se dirigieron al Hospital Americano, donde se encontraba internada.




    Don Javier: “Franco me echó tres veces y ahora no me dejan entrar”

    Don Javier, ochenta y ocho años, hombre profundamente religioso –que ha hecho de su religión el centro de su actividad política–, que sólo duerme tres horas al día, lee de dos de la madrugada a siete de la mañana –«son las horas más tranquilas de la jornada»– y va todos los días a Misa de siete, tiene en sus manos la clave del futuro de la tradición carlista. Responde a nuestra entrevista con una sola condición: «no contestar a preguntas relacionadas directamente con sus hijos».


    – Don Javier, ¿hasta qué punto fue decisiva la intervención del Requeté en la guerra civil?

    – Fue casi decisiva. Pero, de todas formas, maravillosa. Muchos fueron mártires y murieron con alegría tras abandonar a sus familias. Algunos han tratado esta intervención horrorosamente pero, en realidad, fue maravilloso. Hoy en día hasta se tiene miedo de decir que aquella guerra fue una Cruzada. Desgraciadamente. Y ahora vamos a un tiempo más difícil todavía, porque todo se mezcla. Debemos considerar muy alta la Cruzada, porque fue la razón de ser no personal, porque lo que pretendíamos era mantener la fe de España. De cualquier forma, hay que hablar de aquel pasado a nuestros hijos, a nuestros nietos, aunque, eso sí –puntualiza con energía don Javier– sin insistir en la violencia para que no se cree un temor al pasado. Debemos ser prudentes, pero no podemos callar. Que todos entiendan la grandeza de aquel sacrificio.

    – ¿Usted pactó la intervención carlista con el Ejército sublevado?

    – Sí, con Sanjurjo y Mola. Lo de Sanjurjo fue fácil. Con Mola, más difícil. Sanjurjo era hombre que conocía una gran cantidad de cosas, un hombre realmente nacido para el mando. Mola era muy distinto, cerrado en sí mismo, muy cerrado. En realidad, creo que no tenía un punto de vista personal, por eso con Sanjurjo sí pude plantear nuestra intervención como una defensa del catolicismo. Con Mola, no estoy muy seguro.

    – Suponiendo que las circunstancias de 1936 se repitieran, ¿usted volvería a pactar?

    – Si Sanjurjo y Mola estuvieran aquí, sí. Pero hoy en día hay elementos que no valen, con los cuales se debe tratar. En realidad, pienso que el comunismo no tendría que representar un peligro, porque el comunismo acabará en una catástrofe inevitable. No obstante, el ataque del marxismo es feroz y es grave porque sus planteamientos son todos mentira. Pretenden el sacrificio de los pueblos por bienes materiales que nunca llegarán. Hoy ya hay quien intenta ser católico, o incluso sacerdote, siendo marxista. Eso es muy fácil de decir, pero a la hora de los hechos se ve que no es la verdad.

    – El carlismo en este momento, ¿estaría preparado para asumir una responsabilidad en el poder?

    – Entre los carlistas tenemos gente de primera categoría, porque no hablan, trabajan. Cuando el momento llegue saldrá afuera nuestro carácter. Ahora preparamos gente para el instante oportuno. Todos los que han pasado por el Requeté están ahora a nuestro lado en la lucha católica. Estoy convencido de que estamos en una circunstancia crítica, pero hay requetés que hicieron la guerra y que son los que darán el ejemplo a una juventud maravillosa que tiene fe política y fe religiosa.

    – ¿Cabría, desde los planteamientos carlistas, comparar 1977 con 1936?

    – Las fuerzas se encuentran mucho más poderosas de un lado y de otro. La lucha es más importante que nunca, por eso insisto tanto en la promoción de nuestra juventud que necesita que estemos cerca de ella, formándola, porque precisamente el gran apoyo del carlismo tiene que estar en la formación. Una formación de lucha.

    – Don Javier, ¿observa hoy en día la amenaza de algunos peligros concretos para el pensamiento tradicionalista?

    – El mayor peligro que nos acecha hoy es el materialismo. Los Estados son un conjunto de intereses y capitales. Eso es un gran peligro. Por otra parte, en el terreno religioso, el protestantismo ha debilitado las conciencias. Considera una forma exterior del bien sin dar importancia al interior. De cualquier forma, estas dificultades y otras de la vida son naturales. Tienen que existir. Hace veinte años todo era más fácil.

    – Uno de los lemas que defiende el Tradicionalismo es la Monarquía. ¿Cómo la definiría?

    – El poder viene de Dios. El Rey tiene una gracia especial y un deber del cual tiene que rendir cuentas a Dios si es un verdadero católico. El ejemplo nos lo dio mi tío don Alfonso Carlos, que no dudó un momento en llevar a la batalla a los carlistas, indicándome que procediese a un acuerdo con Sanjurjo y Mola. Fue una gracia especial de visión. Y es que no podemos ver las cosas del futuro, pero hay que adivinarlas tal como Dios las quiere. Yo tengo ahora ochenta y ocho años, pero tengo confianza en todo lo que haga, porque Dios está detrás. Muchas veces el Santo Padre me ha dicho: «Usted no debe pedir que el futuro de España sea de una manera u otra, lo que debe de hacer es encomendar a Dios ese futuro». Todo es cuestión de darse a Dios. Todo depende de Dios. Tenemos que tener confianza en Él.

    – Ha hablado usted de España, ¿cómo contempla nuestra Patria?

    – De todos los países que conozco no hay otro como España. Es el más profundo de todos. Es una fuerza extraordinaria, con miles de santos, como los requetés que dieron su vida para Dios, no como cosa personal. No eran ricos, no tenían esperanza en la riqueza, fue un servicio maravilloso a Dios. Fueron mártires. Los que sufren ahora en el carlismo entienden muy bien de todo esto. España es una gran fuerza. Uno, por ejemplo, contempla el caso de Italia. ¡Qué gran debilidad!, todo en el exterior y tan poco en el fondo… En España hay mucho fondo y poco exterior. Esta fuerza interna es peculiar de nuestro país.

    – Don Javier de Borbón Parma fue encargado por el Papa Pío XI de renovar la Orden del Santo Sepulcro. Desde entonces, el padre de la familia carlista ha estado muy estrechamente vinculado con el Vaticano y con la Iglesia. ¿Cómo ve, desde esa postura de privilegio, la situación de la Iglesia en estos momentos, uno de los poderes más atendidos por el carlismo?

    – El momento actual es muy duro. Conozco al Santo Padre muy de cerca, su salud no es muy buena, tiene muchos problemas. La Iglesia necesitaría más energía, es decir, ser más fuerte. Desde luego que la Iglesia tenía que ser otra cosa, más abierta, nos habíamos acostumbrado al clericalismo; al mismo tiempo, el Santo Padre no puede hacer una política de violencia: ha de estar abierto para consolidar los aspectos favorables que vengan de fuera y mantener, al mismo tiempo, el mando eterno de la Iglesia. Hay ambiente de cambio, pero más que en Roma, en conventos y asociaciones. Es un peligro interno, pero no de Roma. Es un peligro que el demonio hace inevitablemente. Se siente muy bien al enemigo que trabaja entre nosotros. Pero soy muy optimista, porque Dios es más potente que el diablo. Éste es un momento crítico en el que debíamos tener un Papa fuerte y tenemos un Papa dulce. Aunque el Santo Padre tiene una fuerza interna maravillosa. No queremos criticarle, de ninguna manera, pero debemos intentar comprender cómo lo hace. En tiempos tan duros esperábamos otro Papa más firme. Así se lo comenté a un alto dignatario de la Curia, que me respondió: «Usted no debe hablar así. Este Papa llega con su barca a buen puerto a través de todas las dificultades».

    – En algunos sectores del carlismo se habla de una deformación general de conciencia con relación a los criterios de la Iglesia…

    – Éste es un peligro cierto de debilidad mental. Muchos principios de la religión son abandonados porque falla la responsabilidad con relación a los principios inspirados por la Iglesia. Por ejemplo, el gran peligro de muchos sacerdotes y de muchos fieles es el no tener en cuenta la doctrina social de la Iglesia en este momento. El marxismo ha ganado mucho terreno. El dinero es, por otra parte, el gran peligro. Pero nuestra juventud carlista es la contrafuerza. Una juventud que no acepta el fútbol como una religión, o el esquí… Nuestra juventud lo entiende. No es fácil de comprenderlo, pero lo entienden. Quieren conseguir una vida llena de sacrificio y con mucho amor.

    – ¿Cuándo va a volver usted a España?

    – No me dejan entrar. Franco me echó tres veces y yo, como los judíos, volví; me tiraron por la puerta y entré por la ventana. La mejor solución. Las relaciones con Franco fueron muy difíciles. No quería contar conmigo. Franco tenía respeto a los reyes liberales y tenía también una especial predilección por ellos; en realidad era una correspondencia con don Alfonso, que le había hecho llegar al mando dentro del Ejército con gran facilidad. Tuve discusiones profundas con Franco. En una ocasión me dijo: «Tengo a los falangistas, no necesito de los carlistas». Yo le contesté que la Falange tenía una gran valentía, pero que en ella no había idea ni corazón, sin una razón de vida. Todo lo hacían por ellos o por el pequeño jefe y así el falangismo se hizo dueño de España. Muchos oficiales que no estuvieron con él, cayeron. Franco basó su política en una autoridad personal. Habrá hecho todo lo que ha podido, pero en muchas cosas no vio el futuro. Su gran acierto fue llegar al mando inesperadamente. Mola era muy superior a Franco, pero Dios puso a mandar a Franco por su dureza.

    – Don Javier, por último, ¿cómo ve el futuro?

    – Optimista para los próximos años, con todas las dificultades que puedan llegar. El fecundo trabajo del pasado dará ahora sus frutos. Lo nuestro es una fuerza nueva que atrae en el momento materialista actual. Damos soluciones. Dios vuelve al mundo. Siempre he luchado por ello. He luchado mucho.

    IGNACIO AMESTOY

    Fotos: ROGELIO LEAL



    MANIFIESTO

    Contra el marxismo y el separatismo


    Éste es el texto del manifiesto:
    «Ante ciertos rumores relacionados con pretendidas declaraciones políticas que se me atribuyen, quiero, en este día, dar a conocer una declaración mía para disipar toda confusión o mal entendido en cuanto a mi posición y forma de pensar, en lo que al carlismo se refiere, en su permanente línea ideológica derivada de los grandes principios que la informan y constituyen su razón de ser.

    Debo, por tanto, afirmar, ante todo, que si siempre me he esforzado por mantener la unidad en el seno de mi familia, no puedo consentir que se utilice mi nombre, pese a lo que se intentó hacerme decir, para justificar un gravísimo error doctrinal dentro del carlismo, haciéndolo aparecer ante la opinión pública como partido socialista o aliado del marxismo o del separatismo, que son incompatibles con su propia naturaleza y contra los cuales el carlismo ha luchado siempre con la mayor energía, de la misma manera que también ha luchado contra el capitalismo liberal materialista, que todavía trata de imponerse en nuestra patria como ya trató de hacerlo en el pasado.

    Así, toda concomitancia de aquéllos que se llaman a sí mismos carlistas con el separatismo o el socialismo constituye una provocación evidente y una clara voluntad de engaño. No puede haber, por tanto, carlistas ni carlismo fuera de la plena aceptación de los principios fundamentales que son, quiero recordarlo:

    1) La confesionalidad católica: es decir, la afirmación de nuestra condición católica como primera razón de nuestra causa: Dios.

    2) El mantenimiento del principio indiscutible de la unidad nacional y del conjunto de tradiciones específicas de la naturaleza de la España de siempre y que dan su pleno sentido al concepto de patria.

    3) La defensa de los fueros, fórmula que no está en modo alguno en contradicción con el principio anterior, sino que lo complementa.

    Además de constituir unos derechos históricos indiscutibles, representan la libre y original evolución de cada región de España, y de los cuerpos intermedios, evitando así los graves inconvenientes del centralismo absorbente y paralizador.

    4) La afirmación de la necesidad de la Monarquía para España, que se basa en nuestra convicción de que es herencia permanente de autoridad, responsabilidad, independencia y continuidad.

    Todo esto, lo sé, puede parecer una exposición de verdades elementales, pero creo que es oportuno recordarlas para terminar con ciertos falsos razonamientos que pretenden hacer que se puede ser carlista sin ser católico ni monárquico, patente traición a las convicciones de todos aquéllos que, obedeciendo las órdenes que tuve el honor de firmar en nombre de mi augusto tío el Rey, don Alfonso Carlos, lucharon con valor y murieron gloriosamente por la religión y por la Patria.

    Pido a Dios que el carlismo, sin desviación alguna, siga fiel a sí mismo para el mejor servicio a España y la Cristiandad.

    Francisco Javier de Borbón, duque de Parma.»

    Última edición por Rodrigo; 31/03/2019 a las 21:13
    Militia est vita hominis super terram et sicut dies mercenarii dies ejus. (Job VII,1)

  12. #12
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Celebrada nuestra entrevista, tan rápida como sigilosamente los asistentes se desplazaron en tres automóviles hacia el despacho del notario ante el que don Javier firmaría el manifiesto. En uno de esos coches seguimos a la expedición.Una vez en el despacho, el nerviosismo fue en aumento, ya que la traducción al francés del documento redactado por don Javier se demoraba. Al cabo de casi dos horas pudo dar comienzo el acto de la firma. Firmó don Javier, a continuación los testigos. Don Sixto de Borbón, en el momento de la firma, quiso estar ausente. El documento redactado en francés incluía unas consideraciones del notario sobre la identidad de los firmantes, así como el propio manifiesto. Posteriormente, don Javier firmó el documento en castellano y nos lo entregó.La tensión de las horas anteriores cedió y el ambiente quedó más relajado, aunque con la visible emoción de don Javier. Por otro lado, don Sixto reflejaba en su rostro una inconfundible sonrisa de satisfacción. Esos fueron los momentos en los que se pusieron unas boinas rojas para posar ante Rogelio Leal.Rápidamente, la reunión quedó disuelta y al primer plano de la preocupación de los asistentes saltó el estado de salud de doña Magdalena, y varios de ellos se dirigieron al Hospital Americano, donde se encontraba internada.
    Pero tres días después (7 de Marzo 1977) volvió a firmar otro documento en la notaría de Marie Pierre Roque (13, Pace Etienne Pernet) facilitado a la prensa, desdiciéndose del que había hecho cuando estaba con su hijo Don Sixto; donde decía:

    Hoy, día 7 de marzo de 1977, me dirijo a todos vosotros carlistas, para disipar las dudas que se hayan podido producir en torno a unas manifestaciones mías. ES MI HIJO CARLOS HUGO, el único sucesor político y máximo responsable en la dirección del Carlismo. Por tanto, cualquier manifestación o acción en contra de estos derechos que asisten a mi hijo Carlos Hugo será considerada ATENTATORIA contra el Carlismo y su Dinastía (...).

    Esto ya ha salido al principio del hilo (página 1) adjuntado por ALACRÁN en un recorte del diario "Arriba" (8 de Marzo de 1977):

    https://linz.march.es/Documento.asp?Reg=r-15868

    Aquí la declaración última de Don Javier, completa (7 de Marzo 1977):

    https://es.wikisource.org/wiki/%C3%9..._Javier_(1977)
    Última edición por DOBLE AGUILA; 02/04/2019 a las 14:13

  13. #13
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Por cierto, en la entrevista de Don Javier en compañía de su hijo Don Sixto, interesantísima declaración que hace sobre la persona de Franco; ya que a pesar de sus difíciles relaciones, le considera un personaje providencial:

    – No me dejan entrar. Franco me echó tres veces y yo, como los judíos, volví; me tiraron por la puerta y entré por la ventana (.... ) Franco basó su política en una autoridad personal. Habrá hecho todo lo que ha podido, pero en muchas cosas no vio el futuro. Su gran acierto fue llegar al mando inesperadamente. Mola era muy superior a Franco, pero Dios puso a mandar a Franco por su dureza.
    Pues si a pesar de todo: "Dios puso a mandar a Franco por su dureza", ¿A qué tantas críticas?.
    Última edición por DOBLE AGUILA; 02/04/2019 a las 14:29
    ALACRAN dio el Víctor.

  14. #14
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    Re: El revolucionario rey Don Javier traicionó al legitimismo

    Cita Iniciado por Candidus Ver mensaje
    un falsario como José Carlos Clemente Balaguer (aka Josep Carles Clemente
    Ah, ¿que también don Javier era amigo de "falsarios"? No es nada extraño, si están demostradas, como ya hemos visto, sus reuniones con genocidas como Carrillo.

    Todo cuadra, ¡¡si es que lo de este Don Javier es de traca!!; debe retorcerse de risa en el más allá leyendo como es tanto más canonizado por aquellos a los que tanto más traicionó.
    Su genial técnica socio-psicólogica pareció ser la misma de la que abusan los papas posconcilares: "agrademos a los del otro bando, que a los de toda la vida los tendremos siempre en el bote".
    Última edición por ALACRAN; 30/06/2014 a las 17:31
    raolbo y Pious dieron el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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