Fuente: Brújula, Número 23, 10 de Febrero de 1976, páginas 12 – 16.
La entrevista
EUGENIO VEGAS LATAPIÉ
Sería pueril, por mi parte, pretender condensar en unas breves líneas la desbordante biografía de Eugenio Vegas Latapié. Forzosamente, tendré que limitarme a espigar aquí y allá algún dato o rasgo que mejor definan, a mi juicio, su recia personalidad intelectual y política, porque de otro modo, aun recurriendo al laconismo telegráfico, esta presentación resultaría más extensa de lo adecuado.
Un indeclinable –más exacto sería decir un implacable– ímpetu proselitista anima y caracteriza su vida, desde sus ya lejanos días de estudiante en Santander –Vegas Latapié nace en Irún, en 1907, pero su infancia y adolescencia transcurren en la capital montañesa–, durante los que dirige la revista titulada «Cruz y Verdad», órgano de las juventudes integristas de la España de su tiempo, hasta que, después de ingresar por oposición en el cuerpo de Letrados del Consejo de Estado –del que acaba de ser nombrado secretario general–, el día 16 de diciembre de 1931, a los contados meses de proclamada la República, aparece el primer número de «Acción Española», la nueva gran revista calificada de laboratorio de ideas, cuya creación se debe, en gran parte, al celo entusiasta desplegado por Vegas Latapié cerca de Maeztu, el marqués de Quintanar, Pradera, Rodezno y Pemán, entre otros.
Su indomable fuerza de voluntad y su asombrosa capacidad de trabajo al servicio de la fidelidad más absoluta a un ideario político se reflejan en su intensa colaboración en la prensa diaria: en un esfuerzo realmente abrumador, inspira y orienta artículos y editoriales, informaciones y reportajes gráficos incluso. Solamente en «La Época» llegó a escribir más de un centenar de editoriales. Además, incansable y tenaz, organiza cursillos y conferencias, veladas literarias, banquetes políticos, agrupa y aglutina, en fin, a casi todos los intelectuales contrarrevolucionarios españoles.
Interviene en el movimiento del 10 de agosto y, como consecuencia de su fracaso, se evade a Francia. Antes, el presidente de la República, irritado por la audaz actividad política de Vegas Latapié, le había impuesto un arresto de dos meses en el castillo de Badajoz.
De regreso a España multiplica su labor, con renovados bríos. Se convierte en el alma y motor de «Acción Española», que, bajo la dirección nominal de Maeztu, reaparece después de una larga suspensión gubernativa. El 18 de julio se suma en Burgos al Alzamiento y, rechazando su condición militar, se incorpora como soldado raso a la primera línea de fuego. En 1946 fija su residencia en Portugal, acompañando al conde de Barcelona, de quien es secretario político, cuyas funciones compagina con la de profesor del Príncipe don Juan Carlos, hoy Rey de España. Un año más tarde se traslada a Suiza como preceptor de don Juan Carlos, que cursa sus estudios en el colegio de religiosos marianistas de Friburgo. En 1949 regresa Vegas Latapié definitivamente a España. Pero su pluma no permanece inactiva: en 1965 publica un importante libro, «Consideraciones sobre la democracia», en el que, como anteriormente en «Catolicismo y República», en «Romanticismo y democracia» o en su extenso prólogo a la última edición de «El fin del imperio español», hace gala de su profunda formación humanística y de su gran conocimiento de los más ilustres maestros del pensamiento católico y monárquico europeos.
Eugenio Vegas Latapié me recibe en su espaciosa biblioteca, colmada de libros, de fotografías y de recuerdos. Le acompaña su bella esposa, Leonor López de Ceballos, hija del conde de Peña Castillo, que fue secretario de Gil Robles. He charlado con él durante una hora larga, y puedo afirmar que no han decaído ni la fogosidad de la palabra, ni la memoria prodigiosa, ni la inquietud y el entusiasmo de este estupendo luchador político, de este doctrinario irreductible, de este arquetipo humano ejemplar, que ha sacrificado su vida, desde la más temprana juventud, en la defensa de un idealismo pragmático y ejecutivo, dentro de la más rigurosa honestidad y austeridad. En esta hora incierta y cargada de peligros, Vegas Latapié sigue insobornablemente fiel a unos principios inmutables, en los que tiene fe absoluta y con los que denuncia los riesgos previsibles de ideologías y actitudes que han comenzado a probar fortuna en nuestro país.
– Para empezar, ¿tiene usted la amabilidad, señor Vegas Latapié, de definirse políticamente?
– Soy monárquico por estar convencido de que la Monarquía católica es la forma de gobierno que responde mejor a las exigencias de la ciencia política. Asegura y garantiza en beneficio del pueblo la unidad, la continuidad, la competencia y la responsabilidad en la gobernación del Estado.
Con Donoso Cortés afirmo que «la Monarquía hereditaria, tal como existió en los confines que separan la Monarquía feudal y la absoluta, es el tipo más perfecto y acabado del poder político». También coincido con Donoso que a esta Monarquía, que no vacilaba en calificar como el más perfecto de todos los gobiernos posibles, sucedió la Monarquía absoluta, y que ésta tuvo de malo el haber exagerado las facultades regias con desprecio de las legítimas resistencias de los cuerpos y jerarquías sociales. «Todo poder sin límites es un poder esencialmente anticristiano; es un ultraje a un tiempo mismo contra la Majestad de Dios y la dignidad del hombre». La Monarquía parlamentaria fue una reacción funesta contra la Monarquía absoluta. Ésta tenía de malo el desconocer su carácter ilimitado, en tanto que la Monarquía parlamentaria implica la negación de la Monarquía cristiana en su esencia y en todas sus condiciones.
En la misma línea que Donoso se encuentran Balmes, Nocedal, Vázquez de Mella, Pradera y otros autores españoles y extranjeros, entre los que merece destacarse a Charles Maurras, autor de la «Encuesta sobre la Monarquía», libro que mereció el calificativo de «contrato social de la Contrarrevolución».
TRADICIONALISMO Y CARLISMO: PUNTUALIZACIÓN
– Carlismo y tradicionalismo son dos conceptos distintos aunque complementarios. ¿Podría usted explicarme la diferencia que existe –si, en rigor, existe– entre ambos?
– La diferencia que existe entre tradicionalismo y carlismo es la misma que hay entre el todo y la parte. El carlismo es tradicionalismo, pero no todos los tradicionalistas han sido carlistas. El Partido Carlista nace, como tal, en 1833, al morir Fernando VII sin descendencia masculina, pero los ideales y principios del tradicionalismo existían con anterioridad. El tradicionalismo es la concreción de los principios del Derecho Público Cristiano, que se fueron elaborando y perfilando en el correr de los siglos. Al surgir y desarrollarse las doctrinas anticristianas y secularizadoras sustentadas por los enciclopedistas franceses y sus secuaces, que se extendieron con la Revolución francesa por todo el mundo que hasta entonces era civilizado, se produjo un movimiento contrario en defensa del Estado cristiano y de sus instituciones fundamentales, y que constituyó la doctrina tradicionalista.
Tradicionalistas fueron los diputados de las Cortes de Cádiz, que lucharon para impedir que se introdujeran en las leyes españolas los principios del llamado Derecho Nuevo. En 1833, a la muerte de Fernando VII, y al producirse el pleito sucesorio, la inmensa mayoría de los españoles, contrarios a los principios revolucionarios, abrazó la causa de don Carlos, hermano del rey muerto y, como es lógico, los partidarios de las ideas nuevas formaron la inmensa masa de los partidarios de Isabel II, a la sazón niña de tres años. Pero, aunque ésta fue la regla general, hubo tradicionalistas, aunque en escaso número, que permanecieron fieles a la reina niña. Merece leerse a este respecto el libro del marqués de Rozalejo titulado «Cheste o todo un siglo. El tradicionalismo isabelino».
Confirma lo expuesto que tres de las más grandes figuras del pensamiento tradicional, Balmes, Donoso Cortés y Menéndez y Pelayo, no militaron en el Partido Carlista.
– ¿Cree usted que siguen siendo válidos, como programa político, los cuatro principios fundamentales de la doctrina tradicionalista, esto es: «Dios, Patria, Fueros y Rey»?
– «Dios, Patria, Rey» fue el lema del Partido Carlista. El «Oriamendi» comienza con las palabras «Por Dios, por la Patria y el Rey…». El término «Fueros» quedaba comprendido en el de Patria. Al producirse en 1888 en el carlismo la escisión acaudillada por don Ramón Nocedal, que dio nacimiento al Partido Integrista, y al encontrarse sin rey estos disidentes del carlismo, adoptaron como lema el de «Dios, Patria, Fueros».
Los tres términos del trilema carlista, por estar basados en los principios del Derecho Natural y del Derecho Histórico español, conservan y conservarán perpetua validez, aunque, ocasionalmente, puedan ser silenciados y desconocidos.
Ahora bien, los tres términos del lema tradicionalista no son iguales ni se puede caprichosamente alterar su orden. Dios es lo primero y lo principal, y el Estado debe reconocer y garantizar el reinado social de N. S. Jesucristo. Después de Dios está la Patria, conjunto y asociación de familias, municipios, regiones, clases, instituciones, corporaciones, con vida y leyes propias, con sus fueros, libertades y franquicias tradicionales. Después de la Patria está el Rey, pero no un rey absoluto que gobierne a su capricho, sino que obedezca a la voluntad de Dios y respete las leyes y fueros de su pueblo.
– ¿Es viable, a su juicio, esa democratización del país por la que tantos españoles suspiran?
– A mi juicio es absolutamente inviable en España la democratización del país, si se entiende por democracia el gobierno ejercido por la mayoría de los ciudadanos que expresan su voluntad por medio del sufragio universal. La democracia es la encarnación pura y simple del principio electivo, intrínsecamente corruptor, y que ha hecho que todas las sociedades en que ha prevalecido hayan muerto gangrenadas. «La democracia es el mal, la democracia es la muerte», es una expresión maurrasiana, que hice mía en abril de 1931, a los pocos días de instaurarse la Segunda República, en una encuesta publicada por el diario madrileño «La Nación». La democracia es solamente viable en los países ricos, pero tan sólo mientras dure el capital atesorado por los regímenes anteriores, ya que la democracia es intrínsecamente derrochadora.
ESPAÑA NO CIFRA SU ESPERANZA EN LA DEMOCRACIA
– Una gran mayoría de españoles cifra su esperanza en la democracia, considerándola una especie de panacea socio-política. El descrédito en que ha caído el sistema democrático, el parlamentarismo, ¿no convertirá esa esperanza en una ilusión?
– Es muy discutible la afirmación de ser muchos los españoles que suspiran por la democracia. En mi opinión, la mayoría del país suspira por un gobierno que le asegure el orden, el trabajo y la justicia, presupuestos básicos para una vida tranquila y digna. Más que a gobernarse por sí mismo, el pueblo anhela sentirse bien gobernado.
No comparto la creencia de que una gran mayoría de españoles cifre su esperanza en la democracia, pero es ésta una apreciación numérica carente de importancia teórica. Racionalmente no debe tomarse en consideración el número de los que sostienen una tesis, sino el valor de las razones que se aleguen en su defensa. Un desatino es un desatino, díganlo muchos, díganlo pocos. Las razones y las opiniones no deben contarse, sino pesarse.
No deja de ser sintomático que en su pregunta afirme, como cosa cierta, que el sistema democrático ha caído en descrédito, de lo que parece derivarse la afirmación de que «una gran mayoría» cifra su esperanza en un sistema desacreditado. Por tanto, el buen sentido aconseja que, lejos de facilitar la implantación del sistema desacreditado –de estar motivado el descrédito–, se haga lo posible para convencer a los demócratas de la falsedad y nocividad de sus ideas.
LA ESPAÑA DE HOY Y LA DE 1936
– Se dice que, políticamente, la España de hoy es muy distinta a la España de antes de la guerra. ¿Comparte usted esta opinión?
– Convengo en que la España de hoy es en apariencia muy distinta de la España de la guerra. A mí me recuerda a la España de los primeros meses del Gobierno Berenguer. Tras los seis años de orden ejemplar y de progreso material que dio a España la dictadura del general Primo de Rivera, una serie de literatos, profesores, intelectuales, ateneístas, (…) se lanzaron a agitar al país pidiendo a grandes voces la «vuelta a la normalidad», que suponía el retorno a las causas que produjeron la caótica situación a la que vino a poner fin el golpe de Estado de 1923, con aplauso indiscutible de la casi totalidad del país. En lugar de pedirse modificaciones y reformas en las estructuras, siempre posibles y en muchos casos necesarias, se postulaba hacer tabla rasa de todo lo existente, siguiendo el espejismo de fantásticas quimeras. Pero, al desvanecerse por la realidad los sueños, no faltaron ni faltarán gentes que exclamen con Ortega y Gasset, a los pocos meses de implantarse la República por él patrocinada: «No es eso, no es eso».
– Usted perteneció en 1937 al Consejo Nacional de Falange Española. ¿Cree usted que el «momento» de Falange ha pasado definitivamente?
– Pertenecí, en efecto, en 1937, al Consejo Nacional del Partido Único, creado por Franco en abril de ese año. Aunque el Decreto de Unificación de Partidos no suscitó mi entusiasmo, lo acaté por tratarse de un caso de estado de necesidad debido a la guerra civil que asolaba a España. El nuevo partido estaba integrado exclusivamente por Falange Española y la Comunión Tradicionalista, quedando fuera todos los demás grupos políticos, incluso Acción Popular, Renovación Española y Nacionalismo Español del doctor Albiñana, que, a la sazón, tenían milicias en el frente de batalla.
En una de las primeras reuniones de la junta política de FET se acordó, a propuesta del Generalísimo Franco, invitar a los componentes de «Acción Española» (sociedad y revista) a integrarse en el Partido Único. Como figura destacada de «Acción Española», fui nombrado por el Generalísimo consejero nacional.
Hechas estas aclaraciones, he de manifestar que los principios básicos de la Falange, expuestos por José Antonio Primo de Rivera en el mitin fundacional de octubre de 1933, y tal como los glosó don Víctor Pradera en su famoso artículo «¿Bandera que se alza?», conservan vigencia y potencialidad respecto al futuro.
– Don Ricardo de la Cierva acaba de afirmar en una entrevista periodística que los grupos de franquismo ya no tienen, ahora, nada qué hacer; que son estructuras que se están desmoronando solas. ¿Qué hay, a su entender, de cierto en la tajante opinión del señor De la Cierva?
– Coincido con el señor La Cierva en que los grupos franquistas no tienen nada que hacer en el futuro, entendido por tales los surgidos del Partido Único creado en abril de 1937. En cambio, es posible que en el futuro se tenga que contar con muchos elementos honrados y patriotas que militaron en la Falange, y también con los elementos del tradicionalismo, que sigan fieles a los principios por los que sus mayores combatieron desde la irrupción en nuestra Patria de la revolución anticristiana.
UN MAGNÍFICO ANHELO: LA UNIÓN DE LAS FUERZAS DERECHISTAS
– ¿No sería factible y deseable una reagrupación o federación de todas las fuerzas políticas del país de carácter derechista… civilizado, como se dice ahora?
– La unión de «todas las fuerzas derechistas» del país constituye un magnífico anhelo, pero de muy difícil realización práctica. Para lograr una unión sólida y estable es preciso que esa unión se haga en torno a unos principios concretos y precisos. Ello requiere una formación doctrinal que no existe en la actualidad al haberse aniquilado la obra que en ese sentido realizó «Acción Española» durante la República, labor que hoy continúa realizando la revista «Verbo». Las ideas no se improvisan, y es una trágica realidad el que, desde el principio del Movimiento Nacional, se persiguieron los ideales tradicionales, en tanto que se protegían y subvencionaban las corrientes intelectuales revolucionarias, infiltradas en el Gobierno por falangistas advenedizos.
– ¿Se puede hablar de una «resistencia europea» al afán imperialista soviético?
– No hay verdadera resistencia europea al imperialismo soviético. Tan sólo existen algunos pactos diplomáticos ocasionales y algunas fuerzas militares para contener su expansión, pero nada se hace para impedir la infiltración más o menos pacífica en los países de Occidente de las doctrinas comunistas. No basta con una mentalidad defensiva, sino que es preciso convencer a los anticomunistas de la razón y las razones de su causa, y proceder seguidamente a la ofensiva para conquistar las posiciones ocupadas por el enemigo.
URGENCIA DEL REARME MORAL
– ¿Qué tipo de resistencia habría que oponer a los intentos de penetración comunista en España?
– La resistencia al comunismo en España tiene que ser del mismo carácter que la que se le oponga en el resto del mundo. Se impone en todas partes con urgencia el rearme moral. Es indispensable convencer a los españoles de la verdad y razón de los principios que inspiraron el Movimiento Nacional, y de la obligación de luchar denodadamente por ellos. La fuerza física no basta. Hace muchos años escribió Berdiaeff que no podía vencerse al bolchevismo tan sólo por medio de unos escuadrones de caballería, sino que había que vencerlo en el terreno de las ideas; con la verdad y también con el ejemplo.
– ¿Qué perspectivas se ofrecen ante España dentro del contexto político internacional?
– Ante la situación internacional la posición de España debe ser de resistencia a ultranza, aunque con la esperanza de pasar más adelante a la conquista. Por desgracia, la situación actual de nuestra Patria no ofrece horizontes sonrientes. La generosidad y heroísmo, prodigados durante la Cruzada, se han visto sustituidos por un ciego materialismo y un total desprecio hacia los valores del espíritu. ¡Qué tristeza me produce recordar lo que soñábamos tantos y tantos españoles en los años 36 al 39 y contemplar la torpe realidad presente! Aquella guerra, que pudo ser un punto de partida, una venturosa y definitiva rectificación de los rumbos que seguía nuestra Patria, desde las Cortes de Cádiz, ha sido tan sólo un heroico paréntesis en el lento suicidio al que va caminando nuestra Patria desde hace dos siglos, siglos a los que Maeztu calificó de traidores.
– ¿La participación política «plural» puede conseguirse por medio de las asociaciones, o será necesario e imprescindible acudir a los partidos políticos propiamente dichos?
– El movimiento asociacionista de que se viene hablando por los corifeos de la actual política, no es, a mi modo de ver, más que una máscara que encubre el designio de restablecer en España el régimen de partidos. El postular abiertamente ese nocivo sistema, contra el que se pronunció la mayoría de los españoles en 1923, y que, restablecido en 1931, nos llevó a la guerra civil de 1936, está en evidente oposición a la doctrina tradicionalista y también a la sostenida por José Antonio Primo de Rivera en el discurso fundacional de la Falange, en el que abominó de los partidos políticos. Por tanto, para evitar, al menos de momento, el peligro de ser calificados de «herejes políticos», y al mismo tiempo preparar la resurrección de los partidos, se ha acudido al ingenuo subterfugio de llamar a éstos «asociaciones», con lo que no se infringe, en apariencia, la doctrina todavía oficial proclamada desde hace cuarenta años.
EL GIGANTESCO DESPOTISMO DEL MUNDO MODERNO
– ¿Hacia qué sistema político se inclina el mundo, como más viable y natural?
– El mundo moderno no se inclina hacia un sistema natural, sino que camina hacia un gigantesco despotismo, negador de todo derecho, que Donoso Cortés vaticinó que sería ejercido por un plebeyo de satánica grandeza. Hasta la revolución rusa de 1917, el régimen político de todos los países que iban renegando de los principios cristianos era un turno, normalmente cruento, entre el despotismo y la demagogia. Pero desde esa fecha, ese turno ha desaparecido para ser sustituido por el totalitarismo comunista.
– Se habla de una Monarquía social. ¿Qué tipo de socialismo podría implantarse en España, compatible con el sistema monárquico actual?
– El analfabetismo político reinante hace que circulen los más extraños conceptos. Uno de ellos es el de «social». Dicha palabra supone pertenencia o relación con la sociedad. Toda forma de gobierno –monárquica, aristocracia, democracia– tiene por materia o sujeto a la sociedad, y no se concibe hablar de una monarquía o república «antisocial». El calificar de «social» a una forma de gobierno supone una innecesaria redundancia, ya que todas lo son y deben ser para la sociedad, excepto en algún caso teratológico y patológico.
La Monarquía, como mera forma de gobierno, puede adaptarse a los regímenes más varios. Monarquías socialistas son las escandinavas y la inglesa, y monarquía fue Rusia bajo la férula de Lenin y de Stalin. Pero la monarquía española debe ser «católica», y el catolicismo es intrínsecamente incompatible con toda forma de socialismo y comunismo, aunque en el terreno de los hechos el Vaticano se vea obligado a pactar con tales regímenes.
– El Concordato con la Santa Sede es un tema que ocasiona vivas polémicas. ¿Es usted partidario de la separación definitiva de la Iglesia y el Estado?
– Mis convicciones me impiden admitir la tesis de la separación definitiva de la Iglesia y del Estado. Desde los tiempos más remotos, los filósofos cristianos han considerado axiomático el que el poder civil debe estar unido al poder eclesiástico, como lo está el cuerpo con el alma. Una de las proposiciones del «Syllabus» de Pío IX condena la doctrina de la separación de la Iglesia y del Estado. Esta unión no impide que se mantenga celosamente la independencia de ambas sociedades en las esferas de su exclusiva competencia. Felipe II, siguiendo el dictamen de sus teólogos, se opuso con las armas en la mano a la torpe política del Papa Pablo IV.
Claro es que lo que antecede constituye la tesis que se debe mantener siempre, pero en la práctica cabe que se admitan prudentes matizaciones, e incluso circunstanciales excepciones.
– Usted ha participado en la creación de la revista «Acción Española». ¿Cree usted que el clima de hoy sería propicio a su reaparición?
– El clima de hoy reclama apremiantemente la existencia de una revista y movimiento doctrinal que, como lo hizo «Acción Española» durante la República, exponga, demuestre y propague los principios del Derecho Público cristiano o, en otras palabras, los principios básicos del tradicionalismo. Pero una cosa es que sea imperiosa la necesidad de tal revista, y otra, que ello sea posible. La persecución sistemática de los principios que defendió «Acción Española», realizada desde 1938, junto a la campaña de seducción y atracción de sus componentes, han creado un desierto espiritual de tanta magnitud, que hoy haría muy difícil la puesta en marcha de un movimiento intelectual de la categoría de «Acción Española». Pero el buen político debe hacer posible lo que es necesario. Y es evidente la necesidad de que se produzca una corriente intelectual de hombres perfectamente pertrechados de la verdad de sus ideas, para poder luchar y conquistar las posiciones perdidas.
LA REAPARICIÓN DE «ACCIÓN ESPAÑOLA», DENEGADA
– ¿Qué influencia ejerció y qué representó «Acción Española» en el panorama intelectual y político de la España de entonces?
– Calvo Sotelo, en un discurso, dijo que «Acción Española» se había hecho acreedora al agradecimiento de España por haber intelectualizado a las derechas, y Eugenio Montes, tiempo antes de fundarse Falange Española, escribió: «Desde esta Covadonga de «Acción Española» estamos reconquistando España». Al producirse el Alzamiento Nacional, «Acción Española» constituía un importantísimo grupo intelectual en el que figuraban personalidades muy destacadas del tradicionalismo, de los alfonsinos, de los demócratas cristianos y también algunos precursores de Falange Española. Solía yo comparar, en aquel entonces, a «Acción Española» con una bola de nieve que constantemente va aumentando su volumen. En los primeros meses del Alzamiento fueron asesinados tres de los principales puntales de este grupo, Calvo Sotelo, Maeztu y Pradera, y también otra serie de colaboradores y amigos. En 1937, se publicó en Burgos una «Antología de Acción Española», cuyo editorial señalaba el peligro de que fueran traicionados los ideales que habían inspirado la Cruzada. Inmediatamente venían dos autógrafos de dos suscriptores de la revista: uno, del Generalísimo Franco, y otro, del cardenal Gomá, arzobispo de Toledo.
En 1938 se negó la autorización para que «Acción Española» reanudara sus tareas. Terminada la guerra, solicité dos veces por escrito la autorización para publicar la revista, siendo denegada, a pesar de que en el Gobierno figuraban cuatro ministros procedentes de sus filas, los señores Esteban Bilbao, Ibáñez Martín, Valentín Galarza y Juan Vigón.
RECUERDO DE PRADERA Y MAEZTU
– ¿Qué recuerdos guarda de Pradera y Maeztu? ¿Quiere definirme, siquiera a grandes rasgos, sus ilustres figuras?
– Imborrables. Se trata de dos personalidades que captaban la veneración de quienes frecuentábamos su trato, tanto por su talento como por su bondad. Pradera, ingeniero de Caminos y abogado, era un habilísimo dialéctico, en tanto que Maeztu era un intuitivo con arrebatos idealistas. La primera vez que llamé a la puerta de Maeztu lo hice por compromiso, pensando que la entrevista no duraría más de cinco minutos. Duró dos horas, y quedamos citados para el domingo siguiente. La compenetración entre Maeztu y yo era absoluta, tanto en el terreno de los principios como en la apreciación de los acontecimientos. No se me olvidará nunca la consternación de Maeztu ante el artículo «El error Berenguer», que publicó su antiguo amigo Ortega y Gasset, en noviembre de 1930, y que terminaba con la famosa frase: «Delenda est Monarquia». En un rapto de sinceridad, exclamó Maeztu: «Con ese artículo, Ortega se ha prostituido».
Pradera era de un carácter muy enérgico, y en ocasiones violento. La primera vez que fui a su casa, hube de salir bruscamente por haber discrepado de la teoría que sustentaba don Víctor sobre el origen del poder. En otra ocasión, también me trató rudamente por haberse publicado en «Acción Española» una información favorable a Alfonso XIII.
Ello no fue obstáculo para que yo sintiera verdadera veneración por Pradera y, a su vez, él me demostró reiteradamente un gran afecto. En los primeros días del Movimiento, estando yo en Burgos, y sintiéndome impotente ante los rumbos que empezaba a adoptar la política en esa zona, proyecté ir a San Sebastián a pedir a Pradera que se trasladara conmigo a Burgos, para que con su personalidad exigiera que se rectificasen las orientaciones peligrosas que se iniciaban. En la Capitanía General se me dijo bajo secreto, cuando fui a pedir un salvoconducto, que San Sebastián se había perdido y estaba en poder de los rojos-separatistas. No habían transcurrido dos meses cuando realicé mi aplazado viaje a San Sebastián, y allí abracé a la viuda de don Víctor, que había sido asesinado dos días antes de la entrada de las tropas nacionales.
– ¿Hay actualmente en el mundo grandes pensadores católicos de la talla de Pradera y Maeztu?
– Desde luego que existen actualmente en el mundo pensadores católicos de la categoría de mis inolvidables Pradera y Maeztu. Sin pretender ser exhaustivo, recuerdo a los franceses Louis Salleron, Jean Madiran, Jean Ousset y Gustave Thibon; al belga Marcel de Corte; a los húngaros Andrés de Asboth y Tomas Molnar; el italiano Sciacca…
– ¿El primer Gobierno del Rey es, a su juicio, el que convenía a la delicada situación política de España, en estos momentos?
– Por llevar apartado de la política activa desde el verano de 1947, en que dimití mi cargo de secretario político del conde de Barcelona, y en evitación de contrariedades estériles, procuro ignorar lo más posible de la política activa, manteniéndome en el terreno de los principios e ideales. Ello me impide dar una respuesta consciente a la interesante pregunta que usted me formula.
PERFIL DE LA PERSONALIDAD DEL REY
– Usted fue profesor de don Juan Carlos I. ¿Qué cualidad más sobresaliente y singular admira usted en la personalidad del Rey?
– En efecto, fui profesor durante su infancia del actual Rey. Primeramente en Lausanne y Estoril, simultaneando mis actividades pedagógicas con las de secretario político de su padre, el conde de Barcelona, y en 1948, como preceptor en Friburgo, en cuyo colegio de marianistas estaba internado el Príncipe. Decidida la venida de éste a España, en la histórica entrevista que en agosto de 1948 celebraron, en el yate «Azor», el Generalísimo Franco y el conde de Barcelona, para seguir sus estudios, lo que se realizó en noviembre de ese año, no he vuelto a tener trato con mi antiguo alumno, salvo el normal cruce de cartas de felicitación en determinadas fechas, y algunos afectuosos saludos ocasionales.
Mi absoluto alejamiento del régimen creado por el general Franco me obligó a abstenerme de todo contacto con S. A., para evitar suspicacias y entorpecer la política seguida por el conde de Barcelona para la educación y formación de su hijo; política que, como es lógico, respetaba pero no servía.
El recuerdo que conservo del actual Rey, en aquellos lejanos tiempos, es el de un niño de una inmensa bondad y simpatía, que se hacía querer de cuantos le rodeaban (familiares, servidumbre, condiscípulos y profesores), dotado de magnífica memoria, de inteligencia despierta y de grandes dotes de fisonomista. Pido a Dios que las grandes cualidades a que me vengo refiriendo las haya conservado e incrementado en su madurez, para bien de los supremos intereses de la Religión y de la Patria.
Emilio CANDA
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