VIII. Los nacionalismos [Cataluña]
El nuevo brote de las ideas federalistas, el contemporáneo, toma vuelo con el desconcierto que cayó sobre la nación tras el desastre de 1898. Una importante causa económica se añade ahora: la pérdida de las colonias perturba el comercio de Cataluña y causa grave malestar en esta comarca. También el influjo extranjero que Balmes acusaba viene en ayuda del particularismo ibérico: es la “política de las pequeñas naciones”, practicada por las naciones grandes en provecho propio; es la doctrina de la autodeterminación de los pueblos que progresa después de la primera guerra mundial.
El federalismo catalán toma entre los extremistas la forma de nacionalismo. Se quiso empezar descubriendo una diversidad étnica; en el mismo año trágico de 1898, el doctor Bartolomé Robert anuncia al mundo la superioridad craneana de los catalanes; y así en otros muchos órdenes se abultaron artificialmente los “hechos diferenciales” por los que presenta al pueblo catalán en el curso de los siglos como algo completa y permanentemente separado de los demás pueblos de España. Para esto, la Historia tenía que ser tratada nacionalmente, como lo hace, entre otros, con gran erudición, Rovira Virgili.
Pero esta empresa historiográfica tropieza con serias dificultades: hay que ir cortando cuidadosamente los más fuertes enlaces que se observan entre la historia catalana y la general de España, y donde no se pueden cortar, mostrar lo injusto o nocivo del lazo. Hay que descastellanizar la historia. Entonces los agravios hechos a Cataluña no arrancan ya de Felipe V o de Felipe IV, sino que se asciende a unos siglos más arriba, al afianzamiento de la unidad dinástica de los reinos peninsulares, y se denigra el Compromiso de Caspe (el hecho más insigne y ejemplar en la política del siglo XV), como si aquellos doctos y santos juristas que estudiaron y resolvieron la cuestión sucesoria fueran unos jueces inicuos.
Otros nacionalistas remontan tres siglos más atrás, y encabezan las injusticias históricas respecto a Cataluña con el conde Ramón Berenguer IV; éste, al casarse con la reina niña aragonesa, hizo demasiadas concesiones, pues debió haberse titulado rey de Cataluña y Aragón. Pero tal reproche olvida una dificultad: que Cataluña, la unidad diferenciada que pretenden, no tenía una clara existencia ni aun en el nombre, pues catalanus y Catalonia no aparecen en los documentos oficiales hasta treinta o cuarenta años más tarde; y olvida también que el tomar título de rey no dependía entonces, ni dependió después del capricho individual. Pero Ramón Berenguer IV, sin saber que estaba desangrando al nacionalismo del siglo XX hizo más que el no llamarse rey; se reconoció vasallo del emperador toledano Alfonso VII, hecho bien divulgado por la honradez historial de Zurita, pero callado por los historiógrafos nacionalistas catalanes, quienes cuando tienen que hablar del emperador y del conde-príncipe de Aragón envuelven la Historia en una terminología anacrónica y enfática: “els dos sobirans”, el del “Estat castellá” y el del “Estat catalano-aragonés”, y llaman “Confederació catalano aragonesa” (1), a lo que siempre se llamó simplemente reino de Aragón.
Pero, en fin, dejando cuestiones de nomenclatura, no cabe pensar que la historia de Cataluña viene equivocada y mal hecha desde hace ocho siglos, sino que son los nacionalistas quienes la escriben equivocadamente desde hace cuarenta años [1907], son ellos los que entienden mal a Cataluña y no Ramón Berenguer IV ni los compromisarios de Caspe; son los separatistas los que pugnan con la Historia al querer vivir solos, “¡Nosaltres sols!”, cuando Cataluña jamás quiso vivir sola, sino siempre unida en comunidad bilingüe con Aragón o con Castilla.
(1) Véase A. Rovira Virgili, Historia Nacional de Catalunya, IV, 1926, págs. 121, 135, etc. y 383-393. Entre muchos ejemplos análogos, no dejaré de anotar uno con que tropiezo antes de retirar el libro de la mesa. En el tomo III, 1924, pág. 131, traduce un pasaje de Gómez Moreno, Iglesias Mozárabes, 1919, pág. XII, que en el original dice: “El influjo carolingio hizo que instituciones bárbaras tomasen arraigo y que un arte de tipo europeo gallardease en Oviedo y Barcelona, sin acordarse casi para nada de Toledo ni de Córdoba”; en la traducción, se suprime la mención de Oviedo y se obtiene así un hecho diferencial perfecto; y para no ensombrecerlo en nada, se traduce el adjetivo “bárbaras” por “d’origen germánic”.
(continúa)
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