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Tema: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

  1. #1
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    José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: Requetés, Número 9, Agosto-Septiembre 1948, página 2.




    ULTIMA HORA


    Don Juan de Borbón y Don Francisco Franco se han entrevistado


    La noticia la publicó la prensa española del día 29 de agosto. El yate de Don Juan hizo el viaje escoltado por un crucero de la Real Armada de S. E. el Jefe de Estado del Reino de España. La entrevista fue propugnada por Don Indalecio Prieto (¿acaso también aspira a ser título del Reino?).

    La entrevista puede obedecer a cuatro razones:

    1.ª) Solicitar Don Juan la revalidación de su pretendido título de Conde de Barcelona.

    2.ª) Habilidad del Jefe de Estado para convertir a Don Juan en un títere al igual que ha hecho con Don Carlos de Habsburgo, para su mejor servicio personal.

    3.ª) Entrevista sin trascendencia y para dar largas al asunto, semejante en resultados a otras habidas por Franco con Hitler y similares.

    4.ª) Manifiestas intenciones de restaurar en España la dinastía liberal, en el propio Don Juan o en su hijo.

    Si es lo primero, o lo segundo, o lo tercero, aplaudimos la habilidad política del Jefe de Estado. Si es lo último…

    Sí; parece que Don Juan y Franco se pelearon. Pero no olvidemos que los ataques franquistas fueron contra los consejeros de Don Juan. Y no olvidemos que Don Juan es liberal, y los liberales tiene manga ancha para avenirse a cualquier política y olvidar agravios que un momento de discrepancia pueda producir.

    Si es lo último…

    ¿Nos vamos dando cuenta del camino que llevamos?

    ¿Se instalará de nuevo en España una dinastía sobre cuya cabeza pesan todos los graves desastres que hemos sufrido en el último siglo, desde la pérdida de las Américas hasta la de Cuba, desde el masónico liberalismo de primeros del XIX hasta la masónica República de 1931, como consecuencia ineludible, viviendo todo un largo período de ataques a la Iglesia, de crímenes, de revoluciones, de pronunciamientos, de antiespañolismo, de desvergüenzas?

    ¿Para acabar en la dinastía liberal se hizo la Cruzada?

    Démonos plena cuenta de a dónde nos puede conducir una restauración de tal dinastía, que traería consigo la vuelta de los partidos políticos y sus nefastas luchas. Antes acabó en la República del 31. Ahora, tal como están los ánimos en el mundo…

    Va siendo hora de que caigan las caretas bobaliconas que a todo cuanto hace el actual régimen dicen «amén» y lo aplauden como cosa santa y buena, aunque ello ofenda a la unidad religiosa, a la moral católica… o a la dignidad nacional y al recuerdo de los mártires de la Cruzada, como sucedería en el caso de que la entrevista del Cantábrico condujese a la restauración de la funesta dinastía liberal.

    A tal maniobra los requetés del 18 de Julio, los muertos y los vivos, sabrán decir: ¡No! Y Dios quiera que un día esa exclamación no tenga que proferirla España entera, porque hoy se considere palabra de exaltados y locos…





    Encuentro del 25 de Agosto de 1948 entre Don Juan y Franco, primera de las tres entrevistas habidas entre ambos.
    Última edición por Martin Ant; 12/12/2017 a las 22:14

  2. #2
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: Mis conversaciones privadas con Franco, Teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, Editorial Planeta, Barcelona, 1976, páginas 490 y 491.





    27 de diciembre de 1966



    Comentamos la disputa periodística de ABC y Arriba a consecuencia de los artículos publicados por Pemán los días 21 y 23 del actual titulados «El sí de la gente» y «La sucesión». Franco me dice:


    «Ismael Herráiz ha contestado a los artículos de Pemán, que no pueden llevar peor intención y que faltan en muchas cosas a la verdad. Lo que dice en el titulado “La sucesión” no puede ser más intolerable, pues da a entender que yo puedo estar de acuerdo con el infante Don Juan cuando dice refiriéndose al señor Pinay: “Porque él no podía pensar que todo eso no estuviera hecho de común y patriótico acuerdo”. Esto es inaudito y este señor se merece una sanción o una llamada de atención, pues le consta que esto no es verdad y que yo no considero al infante Don Juan merecedor de la confianza del pueblo español; no olvido sus antecedentes después de nuestra victoria, cuando después del triunfo de los aliados en la guerra mundial se puso abiertamente frente al régimen. Sabe de sobra el señor Pemán que yo no engañé nunca a mi pueblo ni soy capaz de jugar con un asunto tan serio y trascendental. Es verdad que al empezar el Movimiento se presentó Don Juan en Pamplona y que más tarde quiso embarcarse en el crucero Baleares. Pero su actitud a raíz de las sanciones no pudo ser más desdichada e inoportuna. Cuando todo el pueblo español reiteró al régimen su más entusiasta adhesión al ser retirados los embajadores, es incomprensible lo hecho entonces por Don Juan. Además yo estuve en contacto con él varias veces y no nos pusimos de acuerdo, sin duda por estar asesorado por sus íntimos consejeros que son enemigos míos, según ellos mismos presumen. El señor Pemán sabe que haber traído a España al hijo de Don Juan y educarlo aquí en plan de estudios intensivos, haciéndole pasar por todas las academias de los tres ejércitos, no fue un capricho mío ni tenía por objeto molestar a S. A. Lo hice por considerarlo un candidato a ocupar el trono de España. Por consiguiente, la alusión de Pemán a un acuerdo oculto con el padre de S. A. carece por completo del menor fundamento y no puede llevar peor intención».


    Al decir todo esto se veía al Caudillo bastante enfadado, mostrando de forma más explícita que nunca su propósito de que el trono vacante lo ocupe en su día Don Juan Carlos de Borbón. Le he manifestado como en otras ocasiones mi opinión de que hay que hacer más propaganda monárquica, y hacer que el pueblo conozca las virtudes y magníficas cualidades de los que en su día serán nuestros reyes. A esto me vuelve a repetir Franco más o menos como hace días que:


    «Ellos voluntariamente, sin presión estatal alguna, procuran conocer las necesidades del pueblo, sobre todo de las clases más necesitadas. Están alejados de toda frivolidad, llevan una vida sencilla, y esto será apreciado cada vez más por los españoles, y especialmente por la clase media».



    Después comentamos un artículo de Arriba bastante fuerte y agresivo contra la memoria del rey Don Alfonso XIII (q.e.p.d.), que si cometió algún error, tuvo muchos aciertos, y sobre todo demostró siempre buena intención y un gran amor a España. Franco me dice que no ha leído dicho artículo.


    «Pero me han informado que ponía por los suelos a la dinastía de la casa de Borbón, que, por lo que respecta a su último rey, tuvo algunos errores pero muchos aciertos. No tuvo más remedio que irse en bien de la nación española y porque no tenía dónde apoyarse para resistir, dado que la guardia civil se había inhibido, por orden de Sanjurjo, de defenderle. En cuanto al Ejército no debe olvidarse el telegrama que Berenguer dirigió a los capitanes generales para que se acatara la voluntad de la nación. Dios sabe lo que hubiese ocurrido si Su Majestad resiste; tal vez se hubiese salvado el trono».



    A esto le he respondido recordándole que en presencia mía, el 14 de abril de 1931, le dijo el mismo general Millán Astray que si Sanjurjo no respondía de la guardia civil S. M. no tenía más remedio que irse. Franco no me contesta a este recuerdo mío. No cabe duda de que después de muchos años de haber ocurrido un suceso histórico se van olvidando los detalles del mismo, y tal vez de buena fe se cambian y desfiguran.

  3. #3
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: ABC, 21 de Diciembre de 1966, página 3.




    LA SUCESIÓN



    No quisiera iniciar unos comentarios ingenuos al “sí” otorgado a la Ley Orgánica sin dedicar primero una mirada a lo que es corazón y almendra de ella: la Sucesión. Sería tonto negar que ésta ha sido la preocupación máxima con que el español medio ha entrado en este episodio electoral-legislativo. Es difícil recordar un Poder concentrado que no haya sido sucedido por la catástrofe. Ni Napoleón, ni Mussolini, ni Hitler, ni Perón acertaron a hacer de “hombres del tiempo” cuando anunciaban anticiclones y bonanzas, alguno incluso para un milenio, pero que nunca cuajaron. No hubo más meteorología sucesoria que la de “después de mí el diluvio”. Franco, hombre prudente por esencia, es el que más se ha preocupado de preparar paraguas, impermeables y tejados para que nos mojemos luego lo menos posible.

    Para esto ha previsto: un Reino, la Monarquía, y una indicación dinástica bien clara: la dinastía Borbón Battenberg, señalada por las entrevistas con el padre y de educación y residencia del hijo. ¿Por qué un hombre tan prudente y racionalista como Franco ha ido a buscar, para asegurar el futuro, una solución tan irracionalista e intuitiva como parece a primera vista la Monarquía?

    Porque sabe que él no es ya un hombre, sino una institución y sólo puede ser sucedido por otra institución; porque sabe que ésa es la única manera de colocar sobre el incierto futuro un elemento de moderación, equilibrio y automatismo sucesorio.

    Ahora bien, esta misma prudencia que le llevaba a señalar para el futuro Monarquía y Dinastía le llevaba a procurar que ese señalamiento tuviera la indeterminación suficiente para que nunca hubiera ni una apariencia de interinidad en su poder. Para llevar esto hasta el final construyó en torno a la sucesión una ley cautelosa que amontona sobre ese instante, difícil por sí mismo, una bruma de mayores dificultades. Un mecanismo de tipo “amadeísta” y gótico que embrolla y dilata la esencia misma de la Institución, que es su unicidad, claridad y automatismo. En lugar del clásico “a rey muerto, rey puesto”, un contingente “a rey muerto, rey discutido, manoseado y votado”: un premioso itinerario –Regencia, Consejo, Cortes– repetido como el ir y venir del cántaro a la fuente, con un estancamiento posible de la operación sucesoria durante quince o veinte o más días: plazo que, concebido seguramente como un agotamiento de cautelas, puede convertirse en una convocatoria de intrigas o violencias. Yo he oído celebrar al Generalísimo lo diáfana y precisa que Don Alfonso XIII dejó la Sucesión. La alcoba del Gran Hotel, de Roma, donde murió el Rey con disnea de cardíaco y anhelo de español, es una estampa de claridad sucesoria. Sería temerario inspirarse teóricamente, en vez de en ésa de Roma, en la confusa alcoba de Fernando VII, con dudas, codicilos, revocaciones y hasta bofetadas.

    Esa cautela actual y futura ha sido para muchos licencia para insultar, calumniar y desacreditar al titular de la Dinastía. Todavía no hace quince días que un nieto mío me transmitía las injurias proferidas por su profesor de Política, en el colegio, sobre el padre y el hijo de la Dinastía española. Un caso de juzgado de guardia. No hay nadie que conozca de verdad y personalmente la dignidad y ausencia de rencor con que ha sido llevada la titularidad dinástica que no vea en la operación sucesoria, reintegrada a su claridad rectilínea, tanto como una realización política de simplificación eficaz, un caso moral de restitución de la honra.

    Esto hace que en este punto el país que entró en el referéndum con esa perplejidad haya salido con la misma. El país pregunta: “¿quién?”, y se le contesta: “qué”, “cómo”. El “sí” otorgado con tanta extensión a Franco sería un resultado bastante paradójico para una operación electoral que tenía por máximo objetivo el contingente futuro: porque Franco es el presente indiscutido. Sólo puede entenderse, pues, el “sí” como una renovación de crédito para que Franco resuelva el futuro. Pero como ese futuro ha querido el mismo Franco que sea la Monarquía no puede concebirse que utilice ese crédito para desvirtuar la esencia misma de ésta, que es su claridad unívoca. Otra cosa sería como necesitar unas tijeras para una operación cualquiera y preocuparse antes en que estuvieran rotas, despuntadas o sin filo.

    No una ni dos veces ha expresado el Generalísimo la ventaja que para el país podía significar la existencia de un Rey, que “tendría que venir con el carácter de pacificador y no debe contarse en el número de los vencedores”. Palabras textuales de Franco. Ya sirvió ese argumento frente a la victoria de las democracias aliadas para señalar una opción política de futuro que evitó que muchas potencias reconocieran al Gobierno rojo del exilio, como estaban a punto de hacer. España tuvo así cubiertos todos los flancos. Cuando los totalitarios cayeron fue utilísimo poder presentar la alternativa futura de un Rey viviendo fuera de España, comprometido con la contienda en lo que tenía de acción militar defensiva y patriótica (intentos de ir a Somosierra o al “Baleares”), pero desligado de ninguna determinada parcialidad política.

    Recuerdo que en una ocasión, en París, un español ingenuo explicaba a un amigo de Pinay su preocupación de que Franco y Don Juan parecieran dos posiciones políticas dispares y alejadas. El político francés, acostumbrado a lo que en cualquier parte se llama “política”, exclamaba: “¡Qué montaje más genial!”. Porque él no podía ni pensar que todo eso no estuviera hecho de común y patriótico acuerdo.

    A mí no me parece mal que Franco y el titular de la Dinastía vayan aparentemente “cada uno por su lado”. También las parejas de la Guardia Civil van por la carretera, al borde de las cunetas, “cada uno por su lado”. Distanciados físicamente y cumpliendo, de acuerdo, la misma función de vigilancia y seguridad.



    José María PEMAN

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  4. #4
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: ABC, 23 de Diciembre de 1966, página 3.




    EL SÍ DE LA GENTE



    Ya tiene su “sí” la Ley Orgánica del Estado. Un “sí” masivo y clamoroso. Ya sé que se pueden oponer cuantas malicias y reticencias se quiera a estas liturgias masivas e inorgánicas. Cuando en octubre se volvió a leer a toda España el discurso inaugural de José Antonio en el teatro de la Comedia, se repitió aquella frase suya: “El destino más noble de las urnas electorales es ser rotas”. Minutos después, desplazadas del pasado al presente, en la misma pequeña pantalla donde se había evocado esta frase, aparecía una urna de cristal como propaganda e incitación de las elecciones en curso: sindicales, municipales, estudiantiles y, al fin, nacionales o “referéndum”.

    Efectivamente, cuando se entró, hace treinta años, en este cambio histórico español, parecía que se había alcanzado un grado de casi dogmática excomunión para la palabra “democracia” y para sus desahogos electorales. Era parábola casi evangélica el cuentecito de Tolstoi, en el que van un señor y su criado en un trineo a votar contradictoriamente en las elecciones, y deciden volverse, puesto que el voto de uno va a anular el voto del otro; como era sentencia firme el chiste de Anatole France: “una imbecilidad repetida por mil personas, sigue siendo una imbecilidad”. Pero ahora resulta que la palabra “democracia”, de un modo u otro, tiene que ser puesta, como rótulo, en algún frente de la nueva fachada constitucional, en cuya pintura, todavía fresca, se trasluce el sitio de otros antiguos letreros retirados. Por muy poca fe que se tenga en esas convocatorias orfeónicas de todo un país, no se ha encontrado todavía otro modo de dar respaldo popular a una persona, institución o ley, sino ése de preguntárselo a todos, uno por uno. Necesariamente la pregunta es genérica. Y genérica resulta también la contestación. Pero, por muy sintética y sin matiz que sea necesariamente la respuesta afirmativa, sobrenada en ella una cierta verdad u orientación. Al cabo, con el “sí” electoral pasa lo mismo que con el “sí” matrimonial, que fundamenta toda una vida. El novio dice “sí quiero” a su novia sin que ello signifique que no hubiera querido que fuese un poco más alta o que tuviera menos pecas, o que poseyera un cortijo en Écija. La imagen picaresca de las elecciones caciquiles de antaño no quita para creer que ese mecanismo se fue perfeccionando, y ya las últimas elecciones anteriores a la guerra reflejaban con bastante verdad tendencias genéricas y populares. Por mucho cubileteo que se haga con las cifras, las elecciones del catorce de abril expresaron de un modo sintético y difuso que el pueblo se había apartado de la Monarquía; dos años después, las elecciones gilrroblistas dijeron claramente que el país se había asustado del rumbo extremoso de la República y quería frenar, aún “derrapando” hacia la derecha. Como dos años después era bastante claro que el país se sentía defraudado del ensayo democristiano y lerrouxista, y quería tantear otra vez una aventura izquierdista de “frente popular”.

    Dentro de este modesto contenido orientador genérico que es lo más que puede pedirse a un país entero, sin disponer, como los padres del Concilio, del Espíritu Santo por arriba y del “placet juxta modo” por abajo, es como hay que valorar el ascenso a esta Ley orgánica y a su tramitación. Todo ha sido masivo. La Ley entró en el salón de las Cortes como un bloque compacto. Los procuradores entraron detrás como otro bloque homogéneo. Nada se jugaba en terreno de análisis. Todo en volúmenes de síntesis. La ley se veía como una sierra en el fondo del paisaje: no mata a mata, sino en nublado volumen. No se hacía botánica política, sino orografía. Como destinado todo, en definitiva, a este último bloque en que cada uno había de decir “sí” o “no”, como el Referéndum nos enseña.

    La misma propaganda que se hizo ante el Referéndum: “Vota la paz”, “vota el progreso”, “vota el desarrollo”, indicaba que se pedía la anuencia, más que al detallismo de una ley, a un propósito psicológico de seguir y terminar juntos una obra inacabada.

    Esto es lo que se ha votado. Sin que esto quite para que al mismo tiempo ese “sí” genérico arrastre muchas cosas que pueden ser buenas. Nadie midió bien hasta que lo vivió el panorama nuevo que traía en sí la moderada libertad de Prensa. Tampoco es fácil adivinar el paisaje distinto que puede significar un presidente de Consejo y un Gobierno. La Cámara podrá desentumecer sus olvidados ejercicios de fiscalización interpelante y preguntona: porque tendrá delante para su “pin-pan-pun”, una diana mucho menos asustante de respeto y tabú. Tampoco se imagina nadie lo que pueda resultar de la entrada de las mujeres en liza electoral. No faltan poderes europeos sostenidos sobre un pavés de libretas y cuentas de la plaza. Y lo mismo la subrayada independencia del poder judicial, que entrará en sus nuevas funciones a nivel más gubernativo con tan limpia ejecutoria de “noes” y calabazas a la Administración. Y lo mismo la libertad religiosa que se desliza entre el bosque legal, con tranquilo paso de obediencia y no con carrera de olímpica novelería. Como que habrá que recordar a muchos que el famoso edicto de Milán, de Constantino, que muchos creen que inauguró el Estado confesional y la Iglesia oficializada, fue en realidad un decreto de “libertad religiosa”, puesto que entonces los cristianos minoritarios y empalidecidos de catacumbas, eran los reclamantes liberales.

    La Ley convoca nuevamente a la unidad. Pero ahora a una unidad concebida como ejercicio dialéctico dentro de una cancha de juego. La Ley camina tímidamente por la línea asertoria de que “la guerra la ganó España”: no media España; pero tampoco “una” España; demasiado “una” en cuanto confundía a veces la unidad con la uniformidad. Tampoco sabemos bien lo que lleva en su entraña y embarazo la palabra “concurrencia”, que puede quedarse en un puro tumor nominalista, hasta parir quintillizos y pluralismo.

    Precisamente porque aún se ve la Ley como deficiente –porque incluso tiene un agujero en la red de su articulado, por donde podría irse, como por un salidero, la unicidad y claridad del instante más necesitado de ellas, que es el de la sucesión– hay que acudir a la Ley con ánimo de utilizarla, por lo que tiene de dialéctica, contra lo que le queda todavía de mejorable, por lo que tiene de equívoca. Una Ley es una cosa viva que más que del legislador depende, al cabo, del usuario.

    En resumen. Consiéntanme los lectores mezclar en tan elevado tema un símil campesino. Homero comparaba los ojos de Minerva con los ojos de una yegua. Lope, la voz de la amada con un relincho. No es excesivo que el “Séneca” compare la Ley con un queso gruyere. Nadie dejará de comprar queso gruyere porque tenga agujeros. El “sí” del español sencillo ha sido dado a lo mucho que el queso tiene de bueno, sustancioso y alimenticio. Pero no habrá faltado en el mundillo político quien haya votado por los agujeros. Por los boquetes por donde puede escaparse el habilidoso hacia objetivos y preferencias que desvirtúen y relativicen lo sólido y nutritivo de la Ley.



    José María PEMAN

    De la Real Academia Española

  5. #5
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: Arriba, Editorial del 23 de Diciembre de 1966, páginas 1 y 3.





    LA DINASTÍA DEL PUEBLO



    Es necesario hablar hoy con la voz clara de las verdades elementales, con la firmeza serena de quien defiende la justicia, con la fuerza y el aliento que da el pueblo a quien recoge y repite sus más nobles y comunes palabras. Porque hoy no se trata de jugar a esgrimas político-periodísticas ni de enzarzarnos en dimes y diretes de intrascendentes discrepancias. Hoy se trata de afirmar, defender y clarificar el derecho más sagrado que el pueblo español ha adquirido, después de tres años de guerra y veintisiete de paz, unido y apretado bajo el mando de Francisco Franco en las duras y en las maduras: el derecho a elegir y edificar su propio futuro.

    Ese derecho, que ya es no sólo moral, sino también constitucional, acaba de sufrir, desde las páginas de un periódico, un ataque que no admite otra calificación que la de atentado. Ni la exaltada adscripción dinástica de ese periódico, ni el incondicional fervor personalista del autor del artículo (José María Pemán: “La sucesión”. “ABC”, 21 de diciembre), pueden disculpar el intento de tergiversación más caprichosa, parcial y peligrosa que se haya perpetrado hasta hoy contra una Ley fundamental, a los pocos días de ser aprobada casi unánimemente por los españoles, como base para hacer al pueblo responsable de la España del presente y único heredero de la España del futuro.

    La definición de Reino dada al nuevo Estado español no puede ser confundida con una Dinastía cuyo último reinante fue sucedido por la mayor catástrofe de la última Historia de España; una catástrofe sólo comparable, y en algunos casos con ventaja, a ésas que sobrevinieron tras los “poderes concentrados” de Napoleón, de Mussolini, de Hitler, de Perón. Ni la herencia que nos deje Francisco Franco, henchida de gloria, de prosperidad y de esperanza, puede ser comparada con el testamento dictado en una habitación del Gran Hotel de Roma, en el que no se podía dejar a los herederos otro legado que un trono abandonado y perdido y una secuela de luchas familiares. Ni una Ley que está hecha para todos y que por eso ha sido aprobada por todos; que abre al pueblo y a las instituciones donde el pueblo está representado las puertas de un porvenir seguro y libre, merece ser tachada de “embrollo amadeísta y gótico”, y luego humillada a la categoría de un papel mojado, por encima del cual son posibles acuerdos y pasteleos que nunca existieron. Ni el pueblo español, este pueblo español de cuya lealtad y nobleza podrían aprender tanto quienes desean arrebatarle su soberanía, merece que nadie tome en las manos su voluntad de paz, de unidad y de trabajo como una chistera en la cual pueda desaparecer, por arte de birlibirloque, la preciosa moneda de su libertad.

    La Ley que despeja el camino de nuestro futuro ofrece a la Monarquía unas posibilidades que ningún monárquico pudo soñar después del 14 de abril, y ofrece al pueblo ocasión de hallar para el futuro una fórmula política que ni excluye la sucesión hereditaria ni tampoco la electiva. Es una Ley sabia; preparada por quien no guiña el ojo a nadie a espaldas del pueblo, por quien sólo piensa en el bien de la nación; es una Ley que reconoce el derecho que el pueblo tiene a recibir una herencia que a cualquier otro heredero vendría demasiado grande. ¿Cuál habría sido el destino de esa Ley si se hubiese entregado nuestro futuro no al Pueblo, sino a la Dinastía? ¿Qué habría salido de las urnas si en vez de la Ley Orgánica se hubiese sometido a votación el testamento de don Alfonso XIII? ¿Cuántos “síes” habría obtenido cualquiera de esas personas de estirpe regia que nos presentan como pacificadoras y unificadoras de la Patria (ya unificada, y pacificada bajo Franco), antes aún de lograr poner paz y unidad en su propia familia?

    Ahora se nos quiere decir que cuando Francisco Franco y el pueblo español, hechos una sola piña, soportaron y vencieron el asedio del mundo entero, uno de los flancos de España fue cubierto por aquellas desdichas actitudes y manifiestos desde Lausana o Estoril. El 14 de abril de 1931, unos votos municipales encontraron ya vacío el Palacio de Oriente. El 9 de diciembre de 1946, en el Palacio de Oriente estaba un hombre que no conoce la huida, la rendición ni el desaliento cuando se trata de defender a su Patria. Y abajo, en la plaza, estaba un pueblo que sólo quiere ser vasallo de un buen señor. Más allá de nuestras fronteras estaban los que contemplaban el hambre, la soledad, la pobreza del pueblo, las colas del pan, el humo de los gasógenos, los campos secos y las ciudades heridas, no para compartir el dolor, el trabajo y la indómita independencia, sino como circunstancias favorables a una oportunidad de poder personal.

    Franco no ha firmado nunca acuerdos de tapujo, ni con don Juan de Borbón ni con nadie. Franco sólo tiene firmado un grande acuerdo con el pueblo español, renovado constantemente a la luz del día y bajo el sol de la Historia. Franco no tiene pareja posible: él es impar y caudillo. Ni por la cuneta de la carretera del futuro de España camina Franco en pareja imposible, ni por esa carretera camina el pueblo español emparejado como los bueyes. Por esa carretera avanza un pueblo libre y soberano; a su frente va, de por vida, Francisco Franco. Y cuando Francisco Franco nos falte, el pueblo español se enjugará el más sincero llanto de su historia para elegir al español que crea más digno de representarle; al español que merezca representar a la soberana dinastía del Pueblo. Ésa es la verdadera dinastía legítima de España.
    ALACRAN dio el Víctor.

  6. #6
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: ABC, Editorial del 24 de Diciembre de 1966, página 56.




    DIECIOCHO DE JULIO, VOLUNTAD POPULAR Y MONARQUÍA


    (Aclaraciones a una tergiversación)


    Confundiendo los términos de un artículo de colaboración aparecido en nuestras columnas con las propias opiniones del periódico ABC, el artículo editorial del órgano de F.E.T. y de las J.O.N.S., correspondiente al día de ayer, realizaba ciertas afirmaciones a las que nos parece indispensable salir al paso en nombre de la correcta interpretación de la Ley Orgánica aprobada por clamorosa mayoría del país en el pasado Referéndum del día 14 de diciembre. Dejando voluntariamente de lado la defensa de los puntos de vista avanzados por José María Pemán en uno de sus artículos de colaboración, son los aspectos esenciales del editorial del “Arriba” los que nos parecen dignos de una respuesta tan clara como sus ataques, porque consideramos semejante claridad como urgentísima cuando tanta confusión puede desprenderse de unas tesis que amenazan la busca de esos denominadores comunes de convivencia nacional que hemos buscado los españoles a través de la reciente votación. Contra lo que el editorial del “Arriba” tiene de divisorio y separatista, publicamos estas líneas con un propósito decidido de unión y de claridad.

    En primer lugar, consideramos contrario a la verdad histórica la afirmación de que “el último reinante” de la dinastía española “fue sucedido por la mayor catástrofe de la última historia de España”. La afirmación resulta tan intolerable como inexacta, porque “la mayor catástrofe de la última historia de España” no sucedió al último reinante, sino a la última República, y porque entre el 14 de abril de 1931 y el 18 de julio de 1936 se extiende precisamente la forma de gobierno republicana con la política de partidos, el parlamentarismo estéril, la incapacidad del Poder ejecutivo y el Poder, como decía el propio Martínez Barrio, “en medio de la calle”. Responsabilizar al Rey Don Alfonso XIII, que evitó con su ausencia un prematuro derramamiento de sangre, es, además de un error histórico, una ofensa de extremada gravedad a una parte decisiva de los plurales combatientes de la Cruzada, monárquicos de convicción, a los que en buena teoría estaba “Arriba” en la obligación de defender como órgano oficial del Movimiento –“comunión de los españoles en los ideales que dieron vida a la Cruzada”–, según una definición que se incluía en el último Referéndum como parte de las Leyes fundamentales, y que por una especie de ironía de la historia somos nosotros, desde las columnas de ABC, quienes nos encargamos de recordar con tanta insistencia como escaso resultado al periódico que se tituló oficialmente órgano de F.E.T. y de las J.O.N.S. No hay un solo historiador que considere la guerra civil española como consecuencia de una Monarquía desaparecida cinco años antes, sino como resultado de unos años republicanos, y por eso precisamente el pueblo español hizo la guerra contra la República y ha votado por dos veces con el apoyo de la propaganda del “Arriba” que España es una Monarquía “tradicional, católica, social y representativa”. En julio de 1947 y en diciembre de 1966, por dos veces, el pueblo español se ha pronunciado por esta forma de Gobierno.

    Y con esto desembocamos en lo que encierra, a nuestro juicio, más gravedad del artículo editorial del “Arriba”, si lo insertamos en la realidad histórica de esta España que acaba de votar en favor de la solución monárquica como remedio a sus pasadas catástrofes republicanas. En España se ha votado la Monarquía, y la Ley establece un procedimiento instaurador enteramente acorde con el pensamiento popular, pero no por eso menos claro en la intención de instaurar la Monarquía en la persona de un Rey, puesto que no hay Monarquía sin dinastía, sin “estirpe regia”, como dice la Ley. Afirmaciones esenciales que “Arriba” ha aprobado haciendo campaña por el voto afirmativo.

    Ahora bien, resulta extremadamente grave que cuando el pueblo español ha votado en favor de la forma monárquica de Gobierno por dos veces durante el Régimen del 18 de Julio, y cuando en las leyes que deben regular la sucesión se precisa que el Rey debe ser persona de estirpe regia, pueda considerarse como un “atentado” que José María Pemán, por avanzar la previsión personal que considera más sabia y prudente dentro de los propios términos de la Ley, reciba la furibunda andanada del “Arriba”.

    España, con el voto de la Ley Orgánica, destinada a garantizar la sucesión de Franco a través de un juego de instituciones jurídicas y de aportaciones dinásticas, ha intentado asegurar su futuro sobre la aceptación de la inmensa mayoría de los españoles de ciertos denominadores comunes de convivencia, entre los cuales la Monarquía ocupa un destacado papel. Parece por lo menos sospechoso que ante la simple posibilidad especulativa de que la institución adoptada por el pueblo salga de los abstractos textos legales se hable de “atentado”, de “tergiversación caprichosa parcial y peligrosa” y se trate de ensuciar con el barro miserable de las inexactitudes históricas la última figura reinante de España, a la que el propio Jefe del Estado ha sabido dedicar con tanta generosidad como justicia exactos elogios. Ni la Monarquía fue la causa de la guerra civil española, sino la República; ni la forma monárquica de Gobierno es una utopía, sino un deseo expresado por dos veces por el pueblo español, ni puede estar prohibido que un monárquico, bajo la responsabilidad de su propia firma, dibuje sus deseos apoyándolos en la modesta contribución de los manuales de historia.

    Quizá la simple contemplación de una fotografía tomada durante el último Referéndum hubiese dado al “Arriba” la mejor respuesta a su editorial de ayer. En un colegio electoral de El Pardo, el Príncipe Don Juan Carlos, hijo del que tantas veces, sin error, moleste o no al editorialista de “Arriba”, hemos denominado Jefe de la Casa Real Española, depositó su voto, como un ciudadano más de esta España alumbrada en 1936, para borrar los errores de la España republicana que comenzó en 1931. En aquel gesto, lleno a la vez de humildad y de grandeza, estaba la mejor respuesta al artículo del órgano de F.E.T. y de las J.O.N.S., cuya lectura nos hace preguntarnos, llenos de estupor, sobre lo que el “Arriba” ha querido decir cuando aconsejaba el voto afirmativo en el último Referéndum. Porque los españoles hemos querido con el voto de la Ley Orgánica aclarar las incertidumbres de nuestro futuro, convendría clarificar con toda urgencia hasta qué punto pueden ser admitidas en nuestra sociedad contemporánea la deformación histórica y la reticencia camuflada, cuando lo que se trata es de convertir en automática, feliz y regular la sucesión del hombre excepcional que rige actualmente los destinos de la Patria. Para hacer esto, el nieto del último Rey de España, votando la Ley Orgánica, demostraba que toda futura legitimidad nace en el 18 de Julio y se apoya en la voluntad popular; pero que esa legitimidad ha de encarnarse un día en la dinastía al servicio de España. El 18 de Julio y la Monarquía han quedado unidos por un voto del pueblo. No podremos tolerar que nadie intente separarlos.

  7. #7
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: Arriba, Editorial del 27 de Diciembre de 1966, páginas 1 y 3.




    SUCESIÓN SIN MONOPOLIO



    En la respuesta de “ABC” a nuestro editorial “La dinastía del pueblo” se insertan expresiones que contrastan con el tono correcto de ARRIBA, que dificultan el diálogo y que desvían la atención del lector de la cuestión de fondo para llevarla hacia los alfilerazos polémicos. Expresiones como “furibunda andanada” y como “ensuciar con el barro miserable”, están hoy tan pasadas de moda como lo puede estar el tango, y delatan a un editorialista tan falto de argumentos como de afán clarificador y constructivo. Es frecuente que donde faltan razones florezca la aspereza.

    La aspereza y la contradicción. Citemos un ejemplo. Para “ABC” resulta “tan intolerable como inexacta” nuestra afirmación de que el último reinante de la dinastía fue sucedido por la mayor catástrofe de la última historia de España. Según “ABC”, esa catástrofe “no sucedió al último reinante, sino a la última República”. Un poco más adelante se dice que España “acaba de votar en favor de la solución monárquica como remedio a sus pasadas catástrofes republicanas”. ¿En qué quedamos? ¿Fue o no fue la catástrofe lo que sucedió al último reinante? Parece claro que para “ABC” la República resulta dos veces catastrófica: Primero, en sí misma, y luego, porque desembocó en la guerra civil. ¿Cómo entonces se puede tachar de “tan intolerable como inexacta” nuestra afirmación de que Alfonso XIII, para quien guardamos todo respeto, fue sucedido por la mayor catástrofe de la última historia de España y calificarla con evidente mala fe como ofensa grave a su memoria?

    Ladrillo a ladrillo, podríamos seguir desmontando dialécticamente el editorial de “ABC”. Pero nuestro propósito sigue siendo, no el de la esgrima polémico-periodística, sino el de defender y clarificar el derecho del pueblo español a elegir y edificar su propio futuro. A nadie debe extrañar que ARRIBA, por el espíritu con fue fundado y por ser precisamente órgano de FET y de las JONS, como repetidamente recuerda “ABC”, cumpla su deber de defender y clarificar los derechos del pueblo con lealtad y constancia. Ni que cumpla ese deber tanto frente a los editorialistas como frente a los colaboradores de “ABC”, mucho más si los primeros y los más significados y representativos de entre los segundos se ponen de acuerdo para aliñar las mismas tesis con semejante inspiración a la que asiste a Pemán.

    Por “una especie de ironía de la historia”, son los monárquicos de cámara los más eficaces enemigos de la Monarquía. Cada uno de sus artículos impacientes es un pregón de propaganda antimonárquica, una productiva fábrica de hacer republicanos. No daría muestras de prudencia un pretendiente al Trono que lanzase a sus amigos y secuaces a una lucha pública de candidaturas en los momentos en que los españoles debemos consolidar la fórmula de nuestra futura y pacífica convivencia sobre la unanimidad salida del Referéndum.

    Presentar al pueblo una Monarquía futura, restauradora de la que cayó el 14 de abril, identificada con aquélla y continuadora de aquélla, después del “interregno” de Pemán, es apartar cada vez más al pueblo de una institución que para ser viable debe ganarse un crédito que perdió. “Nuestra Monarquía futura –ha dicho Franco– no puede ser igual a la que presidió nuestros tristes destinos”.

    La Ley de Sucesión, aprobada en 1947 con el “sí” de ARRIBA y sin el “sí” de “ABC”, y modificada y refrendada en 1966, prevé la Monarquía, pero no determina la persona que la vaya a encarnar; ni siquiera determina si esa persona debe llamarse Rey o Regente; abre posibilidades a la sucesión hereditaria y a la sucesión electiva. Y, sobre todo, otorga al pueblo, representado en las Cortes, la decisión de designar al Rey o al Regente. Se trata, pues, de una Monarquía que debe instaurar el pueblo y que sólo podrá encarnar la persona que el pueblo designe.

    Tal vez, a los colaboradores y editorialistas de “ABC” la “indeterminación” de la Ley parezca un embrollo “amadeísta y gótico” o un contrasentido con la esencia de la institución monárquica tal y como ellos la entienden. Pero es precisamente esa “indeterminación” lo que el pueblo ha votado y aprobado clamorosamente en el Referéndum y una de las muchas razones en que se ha fundado el clarísimo “sí” de ARRIBA, que tanto estupor produce al “ABC”.

    Adelantar decisiones que corresponden constitucionalmente al pueblo, confundiendo la Monarquía hecha posible por el 18 de Julio, con la que murió el 14 de abril; avanzar candidaturas antes aún de que quede plenamente configurado el órgano que deberá hacerlo; insinuar hipotéticos y gratuitos acuerdos con el Jefe del Estado, y finalmente, rechazar una de las dos soluciones sucesorias que la Ley prevé con alternativa tan inteligente y realista como respetuosa hacia la voluntad futura del pueblo, son no sólo “tergiversaciones caprichosas, parciales y peligrosas de la Ley”, sino también gravísimos intentos de desunión y separatismo. Y, por supuesto, un atentado contra los derechos del pueblo.

    No somos nosotros los exclusivistas monopolizadores de una sola de las soluciones legales. No somos nosotros los que echamos nombres a la mesa de las disputas ni los que alentamos a nadie en una anticipada carrera hacia la sucesión de Franco. Nosotros estamos conformes de antemano con la decisión que en su día tome el pueblo. A esa decisión seremos leales. La Ley preceptúa una concreta mayoría en nuestras Cortes para la designación de un Rey o de un Regente. No tema “ABC” disidencias ni separatismos por nuestra parte en esa hora, que Dios mantenga lo más alejada posible: ARRIBA estará junto a esa mayoría que representará a la voluntad popular. “ABC” puede entrenarse desde mañana en el respeto a esa futura voluntad del pueblo, sin insistir en teorías que tuercen la Ley, ignoran al pueblo e insinúan inventados proyectos del Jefe del Estado en materia tan grave y esencial para el futuro de España.

    El deber más imperativo que en este momento deben servir los órganos de opinión es el de robustecer la unidad y convivencia de todos los españoles a través de la concurrencia de pareceres, y por entenderlo nosotros así hacemos una invitación a “ABC” para que la polémica agria se convierta en diálogo sereno y para que la causticidad verbal se traduzca en reposada meditación. Esto es lo que todo periódico le debe a sus lectores; esto es lo que esperan de todos después del 14 de diciembre.
    ALACRAN dio el Víctor.

  8. #8
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: Tiempos Críticos, Número 11, Octubre de 1948, Editorial en páginas 1 y 7.



    ¿Desembocará el actual régimen en la dinastía liberal?


    Todavía es la materia de actualidad. Días atrás, según informaron primeramente las emisoras de radio extranjeras, y luego la prensa española, el Generalísimo Franco sostuvo una prolongada entrevista con don Juan, en aguas del Atlántico. Nuestro querido colega REQUETÉS se ocupó ya, en su día, de esta noticia, a la que puso atinado comentario. Hoy nos toca hacerlo a nosotros. No fuera que el silencio pudiera interpretarse como complicidad. Una de esas complicidades que luego repercuten en largos periodos de decadencia y funestas desviaciones. Por eso, y por si fuera cierto (lo que a veces lo es, y en otras no) que “quien calla otorga”, vamos a hablar. Porque, vaya por delante, otorgar no otorgamos de ninguna de las maneras.

    Este Régimen que, quiéralo o no, es discontinuidad y carece de auténticos precedentes y perspectivas históricas, y tiene más mostrador que trastienda, ha venido engañando a los españoles con falsas promesas y mentirosas palabras. Inestable en sí mismo y caduco por naturaleza (la inestabilidad y caducidad son característica de todo régimen de caudillaje), conocedor de su intrínseca debilidad, no ha cesado, principalmente por boca del Generalísimo como a su representante más autorizado, de pregonar el paso en su día al Régimen Tradicional, el más conforme con el ser de España y con su historia. Ilusos hubieron, menos de los que parece, que a pies juntillas creyeron en tales anuncios y promesas. El temor a combatir induce a escuchar con oídos complacientes aun las mismas palabras del adversario. Otros, los más, aparentaron creer simplemente. Así justificaban colaboraciones absurdas y empleos y colocaciones incompatibles con el mantenimiento de una sana ortodoxia política.

    Por creer en tales promesas y simplemente por aparentar tal creencia, –de todo hubo en la viña del Señor–, vino a la política española el llamado Carlos-Octavismo. Más especialmente aún, la política Carlos-Octavista, colaboracionista cien por cien, válida y valedora del Régimen actual, entusiasta de Franco, oportunista al grito de “Franco y Carlos VIII”. Ilusiones y mentiras llevaron su carro a un terreno nunca conocido en la historia del Carlismo. Al reconocimiento de una especie de doble Legitimidad, encarnada en el Generalísimo y el Príncipe don Carlos. En realidad, al reconocimiento de una más propia Legitimidad, la del Régimen actual representado por Franco, con una desvalorización real (fuera cualquiera la hipótesis en cuanto a la determinación del Pretendiente) del principio Legitimista, clave del Carlismo y piedra sobre la [que] quiso cimentarse la disidencia Carlos-Octavista. Así, el propio Príncipe Don Carlos fue a votar la Ley del referéndum [1], de la que las publicaciones Carlos-Octavistas hicieron los mayores elogios y don Esteban Bilbao entonó, como Presidente de las mal llamadas Cortes Españolas, el panegírico. La Legitimidad desaparecería para dar paso a lo que quisiera Franco o el célebre Consejo de Regencia previsto en dicha Ley. Aceptar tal fuente de soberanía era exponerse a perder la propia, sin honra y sin provecho, sin garantía alguna para el futuro, sin la esperanza siquiera de salvar nada fundamental. Mas la ingenuidad de unos y la malicia y conveniencia de otros optó por la votación del referéndum, en forma afirmativa además. Ahora bien, si nadie puede ir contra sus propios actos, ya nos explicarán los partidarios de don Carlos, llamado VIII, cómo puede defenderse el derecho de éste cuando sea desconocido por el Generalísimo, después de aceptada una nueva Ley o causa de Legitimidad.

    Es injusto y es inmoral, pero tiene también su lógica, que ahora el Régimen se burle de sus aliados, haciéndole el amor a don Juan, el Príncipe liberal, hijo de liberales, como le recuerda Romanones, contra el que tanto se despotricó hace pocos años, y tan incompatible se presentó a los ojos de los españoles. Podría decirse que al Carlos-Octavismo le habrá ocurrido lo que a ciertas poco honestas doncellas: después de gozadas no valen para casadas. Bien se ve que ello es injusto e inmoral; más aún, que tiene, como decimos, su lógica. Empero, es más injusto e inmoral todavía que el Régimen se burle de los españoles en general, especialmente de los móviles de la pasada Cruzada. Los muertos no lo quieren, y, en todo caso, los muertos no tienen ninguna culpa de las payasadas de los vivos, ni del escaso honor de una época llena de apariencias.

    Cierto es, amigos, que las palabras de los hombres no son de fiar.

    Determinada revista quincenal, con motivo de esa entrevista, ha ponderado el sentido de continuidad que Franco busca con ella para su política. Se airea que su cuerpo de redacción es juanista; es más, que su dirección es principalmente liberal. Aunque el Liberalismo esté oficialmente desterrado de nuestra Patria. Nosotros, a tiempo lo decimos, no estamos conformes con esta continuidad, que, en todo caso, es una continuidad que bien pudiera tener a Romanones por alguno de sus eslabones. Las razones huelga ahora exponerlas porque las tenemos dichas muchas veces. Con palabras de todas clases y también con tres guerras civiles, hechas precisamente contra esa Dinastía que durante un siglo ha vivido abrazada a todas las malas causas de la Patria.

    Por ello, no estamos conformes. De ninguna de las maneras. Y también porque, con sinceridad lo manifestamos, nos revuelve las tripas que el Generalísimo, un simple hombre al que no queremos discutir los méritos que le correspondan, se erija en árbitro de Legitimidades y Dinastías. La Realeza y la Legitimidad están mucho más altas que eso. Y si los Reyes se hacen pequeños al venir de Franco, éste no crece un palmo porque los Reyes se hagan pequeños. Aunque más pequeños se hacen los hombres que por algún momento han puesto al arbitrio de un simple hombre la determinación de Legitimidades y Realezas.




    [1] Nota mía. Se refiere a la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947. El referéndum de esta ley tuvo lugar el 6 de Julio de 1947.
    Última edición por Martin Ant; 08/07/2018 a las 18:56

  9. #9
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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

    Fuente: Tiempos Críticos. Monarquía Popular, Número 12, Diciembre de 1948, páginas 2 y 7.



    LA ENTREVISTA FRANCO – DON JUAN


    Sobre un claroscuro de diversos acontecimientos, cuya resonancia, al correr de los días, se advierte meramente episódica, la entrevista –o entrevistas– Franco-D. Juan resalta con caracteres de permanencia en el primer plano de la actualidad política nacional.

    ¿Qué piensan, qué dicen los tradicionalistas?, preguntan muchos. Siquiera para satisfacer la natural curiosidad de los que preguntan, diremos algo de lo que sentimos sobre el particular. Algo tan sólo, porque el tema es de por sí fecundo y capaz de llenar las páginas de un libro, cuánto más las de un modesto periódico como es “Monarquía Popular”.

    La entrevista Franco-D. Juan nos ha colmado de íntimo regocijo. Nosotros, señores, somos cristianos ante todo, y, como a tales, experimentamos profunda satisfacción cada vez que la paz y la amistad recobran su imperio allí en donde se había enseñoreado la discordia. A lo que parece, entre el Generalísimo y D. Juan de Borbón medió la discordia. Y ¡qué discordia!, señores. Una discordia que degeneró en sañuda y enconadísima pelea. Como que los pacíficos observadores mentales llegamos a temer con serio, finalmente, por la vida de los contendientes, si, por un imposible, acaso se topan en mitad de la calle. Porque, ¡hay qué ver las flores que se echaron mutuamente los representantes de ambos bandos! Del lado de allá, que yo no quiero saber nada con las consecuencias de una guerra, de la que tú fuiste el culpable. (Lo cual, dicho sea de paso, y en honor a la verdad, no es cierto, porque el jefe supremo del Alzamiento fue el General Sanjurjo). Del lado de acá, que si te crees tú que vas a venir ahora a recoger el fruto de nuestro trabajo. En fin, señores, que renunciamos a transcribirles los textos de los respectivos obsequios, particularmente los del lado de acá, porque, a Dios gracias, pretendemos ser personas decentes, y, sobre no estar dispuestas a contaminar las presentes páginas con frases de mal tono, aborrecemos, a fuer de selectos, toda suerte de chismorreos, aunque provengan de sitios tan escogidos como pueden ser los palacios o residencias oficiales. Fuera de que no ha faltado quien –en este mundo hay gente para todo– haya reunido en un solo número de un semanario –“El Español”, de Madrid– toda la “silva de varia lección” a que dio motivo la contienda, con la poca caritativa idea de proporcionar un rato de solaz esparcimiento a gente desaprensiva y malintencionada.

    En este tan lamentable estado de cosas, imagínense ustedes nuestro gozo cuando, una mañana de verano, nos trae la aurora, junto con el anuncio de un nuevo día, la grata, la inesperada noticia de la entrevista Franco-D. Juan. Y cuando, más tarde, por conductos semi-oficiosos, nos llegaron informes fidedignos que transmitían pormenores del hecho, entonces el gozo subió a términos de paroxismo. Sí, no había duda: la reconciliación se había efectuado; el ejemplo deprimente para el pueblo sencillo había desaparecido. Figúrense ustedes, decían los informes, que la emoción fue tan intensa, que hasta por parte de una de las ídem se derramaron copiosas lágrimas. ¿Quieren ustedes indicio más elocuente de que se trata de una sincera reconciliación? Por parte de la otra ídem no sabemos si hubo tanto; no es aventurado suponer, sin embargo, que no faltaría en ella, por lo menos, el clásico temblor de mentón, prenuncio de lloriqueo. En cuanto a saludos, apretones (de manos, se entiende), excusas (había que ver), ofrecimientos, etc., eche usted y no se derrame. ¿Tienen ustedes algún vislumbre ahora de la magnitud del Océano de alegría en que se inundó nuestra alma?

    ¡Y que tenga que aguantar uno, no digo ya la comentación, pero la presencia siquiera, de personas que, sin acertar a ver que lo esencial del caso está en que han hecho las paces dos cristianos, todavía le andan buscando peros con reparos de poca monta!. Pero, hombre, dicen algunos, entonces quienes se han lucido de verdad hemos sido nosotros, los que perdimos cargos y empleos por haber puesto nuestra firma al pie de un manifiesto en favor de D. Juan. Y comentan otros guasones: para ese viaje no eran menester alforjas, es decir, para acabar comiendo juntos, estaba de más echarse primero los platos por la cabeza. Ahora que, decimos nosotros, si de guasones se trata, ninguno como los que afirman que la actitud en este punto de nuestros gobernantes [es] de una inconsecuencia sencillamente vergonzosa. Pero, ¡hombre de Dios!, eso de que la inconsecuencia consista en decir una cosa y luego hacer su contraria, es algo que queda para las gentes de otras épocas o para los habitantes de países atrasados como, por ejemplo, Estados Unidos o Inglaterra. Hoy es cosa sabida de propios y extraños que el centro de gravedad de algunos conceptos morales ha sufrido en España cierto desplazamiento. Así, la verdad ya no es lo que es, según San Agustín, ni la conformidad de la mente con la cosa, si nos atenemos a la definición de Santo Tomás: la verdad es… lo que en un momento determinado establece la Dirección General de Propaganda. Por lo tanto, no es inconsecuencia prometer lumbre y pan blanco a todos los hogares, y darles luego pan negro y quitarles la lumbre; ni decir que la Religión Católica es vital para la grandeza de la Patria, y permitir a los Protestantes una labor de captación progresiva; ni mucho menos afirmar que se cortarán de raíz los abusos administrativos, y engordar después a costa del Presupuesto. Estas cosas son pruebas evidentes de la sana y ortodoxa política que sigue el Gobierno para retornar a España al buen camino, del que le apartan, según la propaganda oficial, unos estadistas que vivían del enchufismo, que no iban a Misa más que para guardar las apariencias, y que –eso no lo dice la susodicha propaganda, pero se supone– no tenían cuenta con que los ciudadanos comieran pan negro –cosa muy saludable– y se vieran de vez en cuando privados de lumbre –cosa sumamente provechosa para la economía doméstica–.

    Hasta aquí la expresión del inefable gozo que ha inundado nuestro espíritu por efecto de una consideración meramente espiritual y, un si es o no es, romántica del asunto… Para otra ocasión reservamos, Dios mediante, dedicar unos cuantos párrafos al aspecto político que aquél presenta.

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    Re: José María Pemán y el Pacto entre D. Juan y Franco

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    Reviso este antiguo hilo y son un placer los espléndidos artículos y gran pugilato, podemos decir, entre los editoriales del diario Arriba contra la elegante aunque falsa sofística barroca del señor Pemán, al servicio de los monárquicos juanistas de ABC.

    A la afirmación de Pemán sobre que
    Franco, hombre prudente por esencia, es el que más se ha preocupado de preparar paraguas, impermeables y tejados para que nos mojemos luego lo menos posible. Para esto ha previsto: un Reino, la Monarquía, y una indicación dinástica bien clara: la dinastía Borbón Battenberg, señalada por las entrevistas con el padre y de educación y residencia del hijo.
    le responde el editorial de Arriba con dos textos, de los que no me resisto a repetir y enmarcar uno, y que coincide con el pensamiento del propio Franco, la normativa legal entonces fijada y que defendería Blas Piñar y Fuerza Nueva: una instaurada Monarquía del 18 de Julio, no una "restaurada" monarquía patrimonial a merced de Borbón Battenberg e hijo, descendientes de un Alfonso XIII abdicado.

    Cita Iniciado por Martin Ant Ver mensaje
    Fuente: Arriba, Editorial del 27 de Diciembre de 1966, páginas 1 y 3.




    SUCESIÓN SIN MONOPOLIO



    En la respuesta de “ABC” a nuestro editorial “La dinastía del pueblo” se insertan expresiones que contrastan con el tono correcto de ARRIBA, que dificultan el diálogo y que desvían la atención del lector de la cuestión de fondo para llevarla hacia los alfilerazos polémicos. Expresiones como “furibunda andanada” y como “ensuciar con el barro miserable”, están hoy tan pasadas de moda como lo puede estar el tango, y delatan a un editorialista tan falto de argumentos como de afán clarificador y constructivo. Es frecuente que donde faltan razones florezca la aspereza.

    La aspereza y la contradicción. Citemos un ejemplo. Para “ABC” resulta “tan intolerable como inexacta” nuestra afirmación de que el último reinante de la dinastía fue sucedido por la mayor catástrofe de la última historia de España. Según “ABC”, esa catástrofe “no sucedió al último reinante, sino a la última República”. Un poco más adelante se dice que España “acaba de votar en favor de la solución monárquica como remedio a sus pasadas catástrofes republicanas”. ¿En qué quedamos? ¿Fue o no fue la catástrofe lo que sucedió al último reinante? Parece claro que para “ABC” la República resulta dos veces catastrófica: Primero, en sí misma, y luego, porque desembocó en la guerra civil. ¿Cómo entonces se puede tachar de “tan intolerable como inexacta” nuestra afirmación de que Alfonso XIII, para quien guardamos todo respeto, fue sucedido por la mayor catástrofe de la última historia de España y calificarla con evidente mala fe como ofensa grave a su memoria?

    Ladrillo a ladrillo, podríamos seguir desmontando dialécticamente el editorial de “ABC”. Pero nuestro propósito sigue siendo, no el de la esgrima polémico-periodística, sino el de defender y clarificar el derecho del pueblo español a elegir y edificar su propio futuro. A nadie debe extrañar que ARRIBA, por el espíritu con fue fundado y por ser precisamente órgano de FET y de las JONS, como repetidamente recuerda “ABC”, cumpla su deber de defender y clarificar los derechos del pueblo con lealtad y constancia. Ni que cumpla ese deber tanto frente a los editorialistas como frente a los colaboradores de “ABC”, mucho más si los primeros y los más significados y representativos de entre los segundos se ponen de acuerdo para aliñar las mismas tesis con semejante inspiración a la que asiste a Pemán.

    Por “una especie de ironía de la historia”, son los monárquicos de cámara los más eficaces enemigos de la Monarquía. Cada uno de sus artículos impacientes es un pregón de propaganda antimonárquica, una productiva fábrica de hacer republicanos. No daría muestras de prudencia un pretendiente al Trono que lanzase a sus amigos y secuaces a una lucha pública de candidaturas en los momentos en que los españoles debemos consolidar la fórmula de nuestra futura y pacífica convivencia sobre la unanimidad salida del Referéndum.

    Presentar al pueblo una Monarquía futura, restauradora de la que cayó el 14 de abril, identificada con aquélla y continuadora de aquélla, después del “interregno” de Pemán, es apartar cada vez más al pueblo de una institución que para ser viable debe ganarse un crédito que perdió. “Nuestra Monarquía futura –ha dicho Franco– no puede ser igual a la que presidió nuestros tristes destinos”.

    La Ley de Sucesión, aprobada en 1947 con el “sí” de ARRIBA y sin el “sí” de “ABC”, y modificada y refrendada en 1966, prevé la Monarquía, pero no determina la persona que la vaya a encarnar; ni siquiera determina si esa persona debe llamarse Rey o Regente; abre posibilidades a la sucesión hereditaria y a la sucesión electiva. Y, sobre todo, otorga al pueblo, representado en las Cortes, la decisión de designar al Rey o al Regente. Se trata, pues, de una Monarquía que debe instaurar el pueblo y que sólo podrá encarnar la persona que el pueblo designe.

    Tal vez, a los colaboradores y editorialistas de “ABC” la “indeterminación” de la Ley parezca un embrollo “amadeísta y gótico” o un contrasentido con la esencia de la institución monárquica tal y como ellos la entienden. Pero es precisamente esa “indeterminación” lo que el pueblo ha votado y aprobado clamorosamente en el Referéndum y una de las muchas razones en que se ha fundado el clarísimo “sí” de ARRIBA, que tanto estupor produce al “ABC”.

    Adelantar decisiones que corresponden constitucionalmente al pueblo, confundiendo la Monarquía hecha posible por el 18 de Julio, con la que murió el 14 de abril; avanzar candidaturas antes aún de que quede plenamente configurado el órgano que deberá hacerlo; insinuar hipotéticos y gratuitos acuerdos con el Jefe del Estado, y finalmente, rechazar una de las dos soluciones sucesorias que la Ley prevé con alternativa tan inteligente y realista como respetuosa hacia la voluntad futura del pueblo, son no sólo “tergiversaciones caprichosas, parciales y peligrosas de la Ley”, sino también gravísimos intentos de desunión y separatismo. Y, por supuesto, un atentado contra los derechos del pueblo.

    No somos nosotros los exclusivistas monopolizadores de una sola de las soluciones legales. No somos nosotros los que echamos nombres a la mesa de las disputas ni los que alentamos a nadie en una anticipada carrera hacia la sucesión de Franco. Nosotros estamos conformes de antemano con la decisión que en su día tome el pueblo. A esa decisión seremos leales. La Ley preceptúa una concreta mayoría en nuestras Cortes para la designación de un Rey o de un Regente. No tema “ABC” disidencias ni separatismos por nuestra parte en esa hora, que Dios mantenga lo más alejada posible: ARRIBA estará junto a esa mayoría que representará a la voluntad popular. “ABC” puede entrenarse desde mañana en el respeto a esa futura voluntad del pueblo, sin insistir en teorías que tuercen la Ley, ignoran al pueblo e insinúan inventados proyectos del Jefe del Estado en materia tan grave y esencial para el futuro de España.

    El deber más imperativo que en este momento deben servir los órganos de opinión es el de robustecer la unidad y convivencia de todos los españoles a través de la concurrencia de pareceres, y por entenderlo nosotros así hacemos una invitación a “ABC” para que la polémica agria se convierta en diálogo sereno y para que la causticidad verbal se traduzca en reposada meditación. Esto es lo que todo periódico le debe a sus lectores; esto es lo que esperan de todos después del 14 de diciembre.
    Espléndida respuesta.
    Última edición por ALACRAN; 08/01/2021 a las 22:22
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Último mensaje: 15/09/2005, 14:49

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