Lo que el Crédito Social puede hacer por los distributistas





Por M. Oliver Heydorn


Como expliqué en mi primer artículo para The Distributist Review: Crédito Social: Una introducción para distributistas, las propuestas económicas del Crédito Social apuntan al establecimiento de una amplia distribución de la posesión de propiedad productiva privada por medio de la reforma monetaria. La posesión en cuestión sería una propiedad o dominio de carácter usufructuario y no directo, e implicaría la distribución de un beneficio social (es decir, del excedente de producción resultante a partir de la recurrente brecha de precio-ingreso) en forma de dividendos nacionales y precios compensados o descontados en favor de los verdaderos accionistas de la economía: la ciudadanía común.

Si bien el Crédito Social no ordena ni favorece, como una explícita cuestión de política, la distribución de la posesión directa de la propiedad productiva a los trabajadores conforme a los lineamientos del Distributismo “clásico”, no tiene objeción ninguna, per se, a los modelos distributistas de organización productiva, tales como granjas familiares, pequeñas empresas, talleres, comercios, y cooperativas, etc… Al contrario, en la medida en que estos tipos de empresas –que combinan trabajo y posesión de capital dentro de sus mismas estructuras– sean más efectivos y/o eficientes en suministrar las clases de bienes y servicios que los consumidores realmente desean de sus asociaciones económicas y, en segundo lugar, sean más reflejantes de cómo un número cada vez menor de gente empleada útilmente desea realmente trabajar, la introducción de un sistema financiero de Crédito Social proporcionaría un entorno financiero muy favorable para la proliferación de compañías distributistas.

En lo que sigue a continuación intentaré explicar, con la ayuda de un ejemplo concreto, cómo el Crédito Social promete mejorar considerablemente las condiciones socio-económicas que rodean las operaciones de las empresas que son propiedad de los empleados, haciéndoles así más fácil establecerse y mantenerse.

Mi cuñado es un entrenador personal que posee su propia pequeña empresa. Él y su puñado de empleados proporcionan servicios altamente especializados a atletas locales y entusiastas del fitness… ¡el ideal distributista en acción! Sin embargo, a fin de poder hacer funcionar el negocio bajo las actuales condiciones financieras, ha de trabajar desde las seis de cada mañana (excepto domingos) hasta las nueve de la noche. A pesar de esta dedicación extrema, hay periodos espaciosos en los cuales no puede permitirse pagarse a sí mismo (los empleados han de venir primero), y su familia debe depender de los pasados beneficios ahorrados por él. Incluso cuando el negocio va bien, no hay equilibrio entre trabajo y vida y mis dos pequeñas sobrinas realmente no le ven mucho durante la semana a menos que él pueda venir a casa a almorzar. Mi cuñado no constituye un caso extremo; en muchos sectores diferentes la “vida como un adicto al trabajo” parecería ser una condición necesaria para tener un próspero negocio pequeño o de tamaño familiar.

Por si pudiera haber alguna duda sobre la materia, aclaro que la “adicción al trabajo” es algo malo. No vivimos con el fin de trabajar, sino que más bien trabajamos (o deberíamos trabajar) con el fin de vivir y, por tanto, sólo en la medida en que dicho trabajo constituya una necesidad natural (en lugar de artificial). Como C. H. Douglas lo señaló en una ocasión:


El principal problema de la civilización –no el único problema, pero sí aquél que ha de ser eliminado antes que cualquier otro– es el problema de la provisión de cama, pensión y ropas, y esto afecta al hombre ordinario en términos de esfuerzo. Si él ha de trabajar duras y largas horas para obtener una precaria existencia, entonces para él la civilización está fallando. [1]


Si, bajo las actuales convenciones financieras, la producción industrial (y uso la palabra “industrial” en su más amplio sentido posible: cualquier producción que implique el uso de capital real en forma de maquinaria, herramientas, etc., puede ser considerado industrial) necesariamente genera un flujo de valores en precios que, incluso excluyendo cualquier cuestión relacionada con beneficios, excede significativamente el poder adquisitivo que simultáneamente distribuye a los consumidores, entonces hay un problema fundamental relacionado con los términos financieros básicos a los que se encuentran sujetos todas las organizaciones productivas, ya sean capitalistas, distributistas o socialistas en su orientación, por no hablar de los intereses de los consumidores. El sistema de precios está inherentemente desequilibrado y, como resultado directo, nuestras actividades económicas se encuentran artificialmente impedidas así como distorsionadas por la insuficiencia de ingresos del consumidor. Puede que los distributistas quieran ver a mucha más gente entrar en negocios por sí mismos o en estrecha colaboración con otros, pero, dada la inseguridad y dificultad de este método para ganarse el sustento bajo el actual sistema financiero, no debería de extrañarnos que mucha gente prefiera trabajar como empleados contratados.

Pero ahora, consideremos de nuevo la situación de mi cuñado bajo el Crédito Social. En primer lugar, cada miembro de su familia sería receptora de un dividendo mensual (digamos dos dividendos para los adultos y dos mini-dividendos para los niños). El poder adquisitivo de ese dividendo, al igual que cualquier otro ingreso que recibieran, se vería incrementado por el descuento de precios compensado que se aplicaría uniformemente a todos los bienes y servicios a la venta al por menor. Esto reduciría la presión financiera general que se encuentra sobre las espaldas de mi cuñado, permitiéndole así ser más selectivo en términos de si quiere trabajar, cómo y cuándo. En la otra parte de la ecuación, el Crédito Social, al incrementar el poder adquisitivo de todos y proporcionar la oportunidad para un ocio incrementado, es probable que expanda su grupo de clientes potenciales y también las horas que tendrían disponibles para poder entrenar. El resultado final sería que mi cuñado se encontraría en una posición mucho más fuerte y mejor para determinar qué clientes él estaría dispuesto a entrenar durante qué horas del día. Bajo un sistema financiero sano, él podría llevar su negocio conforme a sus propios términos, en lugar de hacerlo conforme a los injustos términos de la viabilidad financiera que actualmente son impuestos por los monopolistas del crédito.

Otra ventaja para la pequeña empresa bajo el Crédito Social es que nivelaría el campo de juego de tal forma que el “libre” mercado pudiera funcionar como un mercado mucho más justo. Los productos más baratos poseen una ventaja natural sobre sus más caros competidores en cualquier economía. Comprándolos le permite a la gente obtener, ceteris paribus, el paquete más satisfactorio de bienes; le permite conseguir lo más por lo menos. Pero, en una economía en donde el poder adquisitivo apropiado del consumidor es crónicamente insuficiente, los bienes más baratos poseen una doble ventaja. [2] Muy a menudo son preferidos, no porque sean reflejo de lo que los consumidores realmente desearían, sino porque son reflejo de lo que los consumidores pueden permitirse. Puesto que las grandes organizaciones y, especialmente, las compañías transnacionales y multinacionales, están en una mejor posición para tomar ventaja en cosas como las compras a granel, mejores términos financieros, diferencias en mercados nacionales y regionales, y costes reguladores más bajos por unidad de producción, etc., ellas son las únicas que pueden suministrar más baratos los productos. El actual sistema financiero favorece, pues, con el funcionamiento de su misma estructura, la centralización de la posesión y control de la producción en cada vez menos y menos manos. En una comunidad política de Crédito Social, en donde los precios y los ingresos se mantienen en un equilibrio automático, autoliquidable, esa doble ventaja desaparece. Los consumidores siempre tendrían los medios para adquirir el producto más caro que localmente se produjera a una escala más pequeña y, si vieran que ese producto fuera de mejor calidad o que el servicio al cliente fuera más competente y personal, etc., optarían por la producción de la compañía distributista por encima de aquella otra de la corporación tradicional.

El resultado final es que, al atribuir a cada ciudadano –con independencia de estar o no empleado– el título de accionista en esa empresa común (también conocida como “sociedad”), y al distribuírsele debidamente esos beneficios de empresa mediante una reforma racional del sistema operativo de la economía –es decir, su sistema financiero–, todo ello iría unido a la difusión de un buen número de beneficios o ventajas en cadena que deberían ser de gran interés para los distributistas clásicos. El hecho de que un “macro-distributismo” o un “distributismo monetario” conforme a los lineamientos del Crédito Social haría mucho más factible para aquéllos que desean perseguir proyectos “micro-distributistas” el poder hacerlos, constituye precisamente una de esas muchas ventajas. [3]



[1] C. H. Douglas, The Control and Distribution of Production (London: Cecil Palmer, 1922), 77 – 78.

[2] Por poder adquisitivo “apropiado” del consumidor, me estoy refiriendo al poder adquisitivo que se deriva de los ingresos en lugar de los que se derivan de préstamos al consumidor u otras formas de deuda compensatoria.

[3] Estoy en deuda con Cliff Alexander por haber acuñado el término “distributismo monetario” en relación con el Crédito Social.


Fuente: CLIFFORD HUGH DOUGLAS INSTITUTE