Fuente: El Imparcial, nº 483, 1 Julio 1979, páginas 1, y 16 – 17.



ADIOS, «HOLOCAUSTO», ADIOS


Terminada la serie de televisión «Holocausto», que tanta expectación ha suscitado, hoy hemos recogido para nuestros lectores la opinión de dos personas totalmente contrarias en ideología y sentimientos. Por un lado, León Degrelle, el último fascista, general de las SS, para quien la serie exagera y es panfletaria. Por otro lado, Toledano, portavoz de la Comunidad Hebrea-Española, según el cual no pasa de ser más que un tenue reflejo de lo que pasó en la realidad.


(Págs. 16 – 17)


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LA POLÉMICA


ADIOS, «HOLOCAUSTO», ADIOS


· Leon Degrelle, general de las Waffen SS: «Deforma e inventa los hechos»


· Toledano, portavoz de la Comunidad Hebrea: «Fue más»



En España, al igual que en el resto de los países donde ha sido proyectada la película de televisión «Holocausto» –que aborda el tema de la odisea judía durante la segunda guerra mundial–, ha levantado una viva polémica. Muchas han sido las personalidades que han dejado oír su voz y que han dado su opinión y expuesto sus puntos de vista. Hoy EL IMPARCIAL se convierte en tribuna pública y recoge las opiniones de dos personas especialmente capacitadas para hablar de este tema. Por un lado el portavoz de la Comunidad Hebrea-Española, señor Toledano, y por otro León Degrelle, que llegó a ostentar el rango de general del Ejército alemán durante la última conflagración mundial. Asimismo, hemos querido resumir y ofrecer a nuestros lectores algunos aspectos del debate que tuvo lugar ante las cámaras de televisión tras proyectarse el último capítulo de «Holocausto» y en el que intervinieron Haro Tecglen, Luis Apostua, Manuel Piedrahíta y Reynhard Spitci.




LEON DEGRELLE

Como jefe de una de las grandes unidades militares de las Waffen SS en el curso de la segunda guerra mundial, quiero contestar al artículo que EL IMPARCIAL del 27 de junio de 1979 dedicó en su primera página a «Holocausto». No es mi intención intervenir en una polémica política, sino en un problema de historia.

«Holocausto» es una novela, nada más que una novela, en la que se inventan personajes a gusto del autor: todos los judíos son buenísimos, cultos, generosos y las hebreas son diosas rubias, irresistibles; los alemanes, ellos, son brutos, inmundos y degenerados. Deforma e inventa los hechos, hace morir en «cámaras de gas» –que nunca existieron– a millones de judíos que andan ahora más vivos, más numerosos y más potentes que nunca: un millón en Francia, en lugar de 350.000 durante la segunda guerra mundial; en Madrid quince veces más que hace un cuarto de siglo; 2.500.000 judíos llegados a Israel, procedentes principalmente de Polonia.

De todas maneras, una versión de las aventuras de los judíos en tiempos de Hitler, como aparece en «Holocausto», hubiera tenido más fuerza convincente yendo acompañada, o precedida, por un examen libre, completo y, sobre todo, público de «la veracidad de las cifras, los datos, las circunstancias de la serie que triunfa en Televisión Española», tal como pedía EL IMPARCIAL.

Pero, ¿qué examen se hizo? De antemano, el que se llamaba graciosamente «moderador» del debate previo, intervino con unas afirmaciones tajantes: seis millones de judíos muertos… ¡que pasaron rápidamente a siete y ocho! Dos millones más o menos, ¿qué importaba? ¿De dónde sacó este señor esos números tan variados? ¡Ni siquiera el Tribunal de Jerusalem, durante el proceso Eichmann, se atrevió a precisar tal cifra! Pero el «moderador» de Televisión, sí lo hizo.

Deliberadamente, desde el primer minuto, se ofreció a los millones de telespectadores un debate falso. Únicamente se había invitado a gente que sólo opinaría en un solo sentido, el de la película, y que no conocía absolutamente nada de los hechos verdaderos. En verdad que tampoco hacía falta, pues sólo tenían que limitarse a echar agua bendita sobre «Holocausto».

Para tener un juicio documentado sobre el problema capital de la existencia o no de millones de judíos exterminados en Europa basta con leer las obras de un testigo de primer rango, el historiador francés Paul Rassinier. Rassinier fue un importante jefe de la resistencia francesa. Pasó unos años en campos de concentración como Dora y Buchenwald. Su comportamiento fue tan ejemplar que después de la guerra fue elegido diputado socialista. No «fascista», sino socialista. ¿Qué pasó? Sorprendido por la historia de los seis millones de judíos muertos, investigó y rápidamente quedó escandalizado. Publicó unos libros decisivos explicando cómo, de ninguna manera, pudieron morir seis millones de judíos, que esta afirmación era totalmente inexacta. Él, víctima de los nazis, no había visto nunca una sola cámara de gas y, a fuerza de estudiar el caso, de interrogar testigos y visitar los campos uno por uno, no tuvo otro remedio que concluir que en la totalidad de la superficie del territorio alemán no había funcionado jamás una sola cámara de gas en todo el curso de la segunda guerra mundial.

El historiador Rassinier ha tenido, con el tiempo, émulos de la más alta calidad intelectual, a los que pudo invitar perfectamente a su coloquio TVE. Uno es americano. Tampoco éste es un nazi. Es un gran científico de la Universidad de Evanston (Illinois), el catedrático Butz. Extrañado por las muchas inverosimilitudes de estas historias de gas y de judíos, decidió estudiar a fondo los archivos americanos de la guerra. Después visitó y examinó detenidamente cada campo. Por fin publicó sus conclusiones en un libro ya famoso: «The Hoax of the Twentieth Century». En él Butz afirma rotundamente que estamos frente a la «mayor estafa del siglo», que estos «exterminios masivos» de judíos sólo proceden de una mentira. Su estudio sobre Auschwitz es, científicamente, aplastante. Ni cámara de gas, ni genocidio. ¿Es verdad? ¿No lo es? De ser falsa su afirmación, ¿por qué Televisión Española no invitó a su debate al catedrático americano Butz, en lugar de presentarnos a un alemán torpe que aburrió a todos? Era la ocasión perfecta, si el informe histórico de Butz es criticable, de demostrar la falsedad de sus conclusiones. Con ello hubieran dado una mayor credibilidad a «Holocausto». ¿De qué tenía miedo TVE? ¿De ver –como ciertamente se habría visto– al profesor Butz convenciendo a los telespectadores?

Sin ir tan lejos como a Illinois, Televisión Española hubiera podido invitar, por lo menos, a otro gran especialista, también catedrático, el profesor Robert Faurisson, de la universidad francesa de Lyón. Este señor tampoco tiene un pelo de nazi. Es un antinazi que, a mí personalmente, me escandalizó, congratulándose del asesinato, en junio de 1944, del ministro del mariscal Petain, Philippe Henriot. Es decir, que de hitleriano nada.

El profesor Faurisson se dedicaba en su cátedra al estudio y análisis de textos y documentos. Es así como, con una proyección exclusivamente intelectual, vino casualmente a estudiar, con sus alumnos, documentos sobre un problema bien delimitado: las cámaras de gas y el gas Cyclon B. Con el tiempo, el profesor Faurisson, también él, se puso a dudar, comprobó los «dossiers», hizo numerosas visitas a los archivos alemanes, consultó a todos los especialistas, pasó dos temporadas en el mismo Auschwitz, etcétera. ¡Catorce años de trabajo intenso, estrictamente intelectual, sobre este único problema!

Sus conclusiones científicas aparecieron, finalmente, en forma de cartas al conocido diario «Le Monde», así como en estudios recogidos en otras publicaciones. Faurisson señala que el empleo del gas Cyclon B, con el fin de realizar exterminios, tal como se ha dicho en mil veces y se ha presentado en «Holocausto», es una imposibilidad técnica. Este gas, peligrosísimo e inflamable, no hubiera permitido acercarse a los cadáveres durante veintiuna horas. El profesor Faursisson ha estudiado cada detalle de la cámara de gas que se enseña a los visitantes de Auschwitz: es falsa, edificada después de la guerra. El sabio francés termina su estudio categóricamente: toda esta historia de las cámaras de gas es insensata, no es más que una leyenda.

La tesis del catedrático de la Universidad de Lyón ha tenido una repercusión tan profunda que la televisión suiza de lengua italiana invitó a Faurisson a participar en el debate que precedió a la emisión helvética de «Holocausto». ¿Por qué, con Lyón a dos horas de avión de Madrid, TVE no invitó al profesor Faurisson como lo hicieron los suizos? Posiblemente porque su intervención, estrictamente de carácter científico, tuvo en Suiza un impacto considerable.

Tampoco aceptó TVE mi testimonio. He conocido de cerca a Hitler y Himmler. Yo podría explicar muchas cosas. Me he ofrecido públicamente a TVE para participar en sus debates y he reiterado amablemente por escrito mi oferta.

Debieran haber permitido a historiadores, a sabios, a testigos de las dos partes, comparecer caballerosamente ante un público capaz de juzgar, y no engañarle con un debate prefabricado y unilateral.”


LEON DEGRELLE

D.N.I.: 27.761.932





COMUNIDAD HEBREA


Como portavoz de la Comunidad Hebrea-Española, el señor Toledano comentó a EL IMPARCIAL que, para él, «Holocausto» tiene un enorme interés para evitar que se repitan hechos parecidos. «De todas formas –dijo–, el excesivo personalismo de la película, al tratar de narrar los sucesos a través de una sola familia, ha restado horror al genocidio. No se han visto en el estado en que quedaban los internados en los campos y, concretamente, me ha chocado mucho ver que los detenidos gozaban de buena salud, cuando la realidad, y en la película se pueden ver algunas secuencias, es que quedaban reducidos a la condición de auténticos esqueletos vivientes. Indudablemente se le ha restado horror y quizá no se ha insistido lo suficiente en el carácter industrial y frío de la matanza. No existía ningún conflicto entre verdugos y víctimas, los judíos no entraron en la guerra… Se trataba de matar desapasionadamente. Para ellos, el único problema consistía en averiguar la forma de matar el mayor número de judíos por hora, por día… No ha sido bastante recogido ese aspecto de industrialización de la muerte. Sin embargo, la película tiene un aspecto muy positivo, y es que otro tipo de documento no habría llegado tanto al público, no habría tenido un eco tan amplio como el que ha tenido “Holocausto”.»

Con respecto al número de víctimas de los campos de exterminio nazis, el señor Toledano manifestó que no merecía la pena discutir ese asunto. «Mire, se conocen listas y nombres –señaló–; los nazis conservaban archivos perfectos y esos seis millones de víctimas están comprobadas. Existe documentación de la gente que entraba en cada campo, de la que salía, de la que fue liberada… Hay una estadística exacta de todo que demuestra que ese número es exacto.»


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Coloquio en TVE

ALEMANIA NO FUE CULPABLE


Con participación de los periodistas Haro Tecglen, Luis Apostua y Manuel Piedrahíta, corresponsal de TVE en Bonn, y del ex diplomático alemán, miembro del Partido Nacional Socialista y de las SS hasta su abandono en 1938, señor Spitci, la emisión de la serie «Holocausto» se cerró con un diálogo que de alguna manera sirvió para resumir y analizar lo que los españoles hemos visto a través de la pequeña pantalla en los últimos siete días.

Haro Tecglen planteó que esta serie, como tantas otras, plantea el error de dividir entre «buenos y malos», repartiendo estos papeles a vencedores y vencidos. Separó de la responsabilidad en el genocidio al conjunto del pueblo alemán, que achacó a un grupo de responsables nazis y se mostró en desacuerdo con el pago de indemnizaciones, por Alemania, al Estado de Israel, Estado que no existía en el momento del genocidio y que ha capitalizado así sus muertos.

La intervención de Spitci fue la intervención más polémica. Comenzó afirmando que el pueblo alemán desconocía absolutamente la existencia de los campos de exterminio y abogó por la no prescripción de los delitos contra la humanidad. Señaló que el pueblo alemán llevaba treinta y cinco años viendo y escuchando las mismas acusaciones, sin que nadie se ocupase de poner en candelero los «otros holocaustos» que han sido y son en el mundo.

Por su parte, Luis Apostua respondió al ex diplomático alemán que la teoría del «más eres tú» no podía resultar válida en ningún caso; que la acción antijudía se había llevado a cabo premeditadamente y al margen de las secuelas de las atrocidades bélicas, y que la serie había tenido la virtud de llevar la opinión pública mundial al hecho de ese genocidio.

Por su parte, Manuel Piedrahíta resumió en sus intervenciones la que, al final, sería opinión general de la tertulia sobre los efectos de la serie. Se trataba –dijo el corresponsal– de una producción comercial que tenía la utilidad –reconocida incluso por el pueblo alemán– se servir de toque de atención para que no vuelvan a producirse las circunstancias históricas que terminaron en el asesinato sistemático e industrializado de millones de seres humanos.


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Con este trabajo damos por finalizada la polémica sobre «Holocausto» en nuestro periódico.