Documentos de condena del copernicanismo
Fuente primaria: Favaro, Antonio, editor. 1890 – 1909. Le Opere di Galileo Galilei. 20 vols. Edición Nacional de las obras completas de Galileo. Florencia: Barbèra. [La numeración que aparece entre corchetes en la documentación reproducida pertenece a las páginas correspondientes a esta edición].
Fuentes secundarias:
(1) The Galileo Affair. A Documentary History. Maurice A. Finocchiaro. University of California Press. 1989. Páginas 146 – 150.
(2) Galileo Galilei. Carta a Cristina de Lorena. Moisés González García, editor. Alianza Editorial. 2006. Páginas 31, y 159 – 161.
(3) The essential Galileo. Maurice A. Finocchiaro. Hackett Publishing Company, Inc. 2008. Páginas 168 – 175.
Nota mía. El Padre Maestro Fray Niccolò Lorini, O.P., envió una queja escrita el 15 de Febrero de 1615 al Cardenal Paolo Sfondrati, miembro de la Inquisición Romana y Prefecto de la Sagrada Congregación del Índice.
Denuncia de Lorini
(7 de Febrero de 1615)
[297] Ilustrísimo y Reverendísimo Señor:
Además del deber común de todo buen cristiano, existe una obligación ilimitada que vincula a todos los frailes dominicos, pues fueron designados por el Santo Padre como los sabuesos blancos y negros del Santo Oficio. Esto se aplica en particular a todos los teólogos y predicadores y, por tanto, a mí, el más bajo de todos y el más devoto de Vuestra Ilustrísima Señoría.
Me he encontrado con una carta que está pasando aquí por manos de todo el mundo, surgida de entre aquéllos que son conocidos como “Galileistas”, los cuales, siguiendo las opiniones de Copérnico, afirman que la tierra se mueve y que los cielos están inmóviles. A juicio de todos los Padres de este muy religioso convento de San Marcos, aquélla contiene muchas proposiciones que a nosotros nos parecen, o sospechas o temerarias: por ejemplo, que ciertas formas en que se expresa la Sagrada Escritura son inapropiadas; que en las disputas acerca de efectos naturales la misma Escritura ocupa el último lugar; que sus expositores a menudo están equivocados en sus interpretaciones; que la misma Escritura no debe inmiscuirse en ninguna otra cosa que no sean las materias concernientes a la fe; y que, en cuestiones acerca de los fenómenos naturales, el argumento de carácter filosófico o astronómico posee más fuerza que el de carácter sacro y divino. Vuestra Ilustrísima Señoría puede ver esas proposiciones subrayadas por mí en la carta antes mencionada, de la cual le envío una copia fiel. Finalmente, afirma que cuando Josué ordenó al sol detenerse, uno debe entender que la orden le fue dada al Primer Móvil y no al sol mismo.
Además de estar pasando esta carta por manos de todo el mundo, sin que sea parado por las autoridades, me parece que algunos quieren exponer la Sagrada Escritura a su propia manera y contra la exposición común de los Santos Padres, y defender [298] una opinión en apariencia totalmente contraria a la Sagrada Escritura. Más aún, he oído que ellos hablan irrespetuosamente de los antiguos Santos Padres y de Santo Tomás; que pisotean bajo sus pies toda la filosofía aristotélica, tan útil para la teología escolástica; y, a fin de aparentar ingenio, profieren y difunden miles de impertinencias por toda nuestra ciudad, que se mantiene tan católica por su propia naturaleza buena y por la vigilancia de nuestros Serenísimos Príncipes.
Por estas razones me decidí, como ya dije, a enviársela a Vuestra Ilustrísima Señoría, quien está lleno del más santo celo, y quien, por la posición que vos ocupáis, es responsable, junto con vuestros ilustrísimos colegas, de mantener vuestros ojos abiertos en semejantes materias; pues, si os pareciera que hubiera necesidad alguna de corrección, vos podríais encontrar aquellos remedios que juzgarais necesarios, a fin de que un pequeño error al comienzo no se convierta en uno grande al final.
Aunque quizás podría haberos enviado una copia de algunas notas sobre la dicha carta hechas en este convento, sin embargo, por modestia me refrené, ya que os estaba escribiendo a vos, que sabéis mucho, y a Roma, en donde, como decía San Bernardo, la santa fe posee ojos de lince.
Declaro que yo considero a todos aquellos llamados Galileistas como hombres de buena voluntad y buenos cristianos, pero un poco presuntuosos y fijos en sus opiniones; del mismo modo, declaro que al tomar esta acción no me ha movido nada más que el celo.
Pido también a Vuestra Ilustrísima Señoría que esta carta mía (no me estoy refiriendo a la otra carta mencionada antes) sea mantenida en secreto por vos, como estoy seguro que lo haréis, y que sea considerada no como una declaración judicial sino sólo como una nota amigable entre vos y yo, igual que la de entre un sirviente y un patrón especial.
Y también os informo que la ocasión que dio lugar a este escrito mío fueron uno o dos sermones públicos dados en nuestra iglesia de Santa María Novella por el Padre Tommaso Caccini, comentando sobre el libro de Josué y el capítulo 10 de dicho libro.
Así pues, termino pidiéndoos vuestra santa bendición, besando vuestras prendas y pidiéndoos una partícula de vuestras santas oraciones.
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Declaración de Caccini
(20 Marzo 1615)
[307] Viernes, 20 de Marzo de 1615.
Compareció personalmente y por su propia voluntad en Roma, en el gran salón de interrogatorios del palacio del Santo Oficio, en presencia del Reverendo Padre Michelangelo Segizzi, O.P., Maestro en Sagrada Teología y Comisario General de la Santa Inquisición Romana y Universal, etc., el Reverendo Padre Tommaso Caccini, hijo del fallecido Giovanni Caccini, florentino, sacerdote profeso de la Orden de Predicadores, Maestro y Bachiller por el convento de Santa María sopra Minerva de Roma, aproximadamente treinta y nueve años de edad. Habiéndosele administrado el juramento para decir la verdad, declaró lo siguiente:
Yo había hablado con el Ilustrísimo Señor Cardenal Aracoeli acerca de algunas cosas que estaban teniendo lugar en Florencia, y ayer me mandó llamar y me dijo que debería venir aquí y contaros todo a vos. Puesto que se me dijo que era necesaria una declaración legal, me encuentro aquí con ese propósito. Digo, pues, que el cuarto Domingo de Adviento de este pasado año [es decir, el 21 de Diciembre de 1614] yo estaba predicando en la Iglesia de Santa María Novella de Florencia, a donde había sido asignado este año por los superiores como lector de la Sagrada Escritura, y yo continúe con la historia de Josué, ya comenzada anteriormente. Precisamente en aquel Domingo sucedió que leí el pasaje del capítulo décimo de ese libro en donde el escritor sagrado relata el gran milagro que Dios hizo, en respuesta a las oraciones de Josué, deteniendo el sol, es decir, “Sol, detente en Gabaón”, etc. Después de interpretar este pasaje, primero en un sentido literal, y después de acuerdo con su intención espiritual para la salvación de las almas, tomé la oportunidad para criticar, con la modestia que aprovecha al oficio que ocupo, una cierta opinión propuesta una vez por Nicolás Copérnico, y que hoy día es sostenida y enseñada por el Sr. Galileo Galilei, matemático, de acuerdo con una opinión pública muy extendida en la ciudad de Florencia. Se trata de la opinión de que el sol, siendo [308] para él el centro del mundo, es inmóvil en lo que se refiere al movimiento local progresivo, esto es, el movimiento de un lugar a otro. Yo dije que esa opinión está considerada como discordante con la fe católica por muy serios escritores, puesto que contradice muchos pasajes de la divina Escritura cuyo sentido literal, tal y como ha sido dado unánimemente por los Santos Padres, resuena y da a entender lo opuesto; por ejemplo, el pasaje del decimoctavo Salmo, o el primer capítulo del Eclesiastés, o Isaías 38, además del pasaje de Josué ya citado. Y a fin de inculcar a mi auditorio que esa enseñanza mía no estaba originada a partir de un capricho mío, les leí la doctrina de Nicolás Serarius (decimocuarta cuestión acerca del capítulo 10 de Josué): después de decir que esa posición de Copérnico era contraria a la explicación común de casi todos los filósofos, todos los teólogos escolásticos, y todos los Santos Padres, añadía que él no podía ver cómo una opinión como esa no venía a ser casi herética, a consecuencia de los pasajes de la Escritura antes mencionados. Después de esta disertación, les previne que a nadie se le permitía interpretar la divina Escritura en una forma contraria a aquel sentido en el que están de acuerdo todos los Santos Padres, ya que esto estaba prohibido tanto por el Concilio de Letrán bajo León X como por el Concilio de Trento.
Aunque esta advertencia caritativa mía complació enormemente a muchos caballeros educados y devotos, disgustó desmedidamente a ciertos discípulos del antedicho Galilei; así, varios de ellos se acercaron al predicador de la catedral para que predicara, sobre este asunto, contra la doctrina que yo había expuesto. Habiendo oído muchos rumores, por celo a la verdad yo informé al mismísimo reverendo Padre Inquisidor de Florencia lo que mi conciencia me había conducido a comentar en relación al pasaje de Josué; también le sugerí que sería bueno refrenar a ciertas mentes petulantes, discípulos del mencionado Galilei, de quienes el Reverendo Padre Fray Ferdinando Ximenes, regente de Santa María Novella, me había dicho que de algunos de ellos él había oído estas tres proposiciones: “Dios no es de ninguna manera una sustancia, sino un accidente”; “Dios es sensitivo porque hay en él sentidos divinos”; y, “en verdad los milagros que se dice que han hecho los santos no son verdaderos milagros.”
Después de estos hechos el Padre Maestro Fray Niccolò Lorini me mostró una copia de una carta escrita por el antedicho Sr. Galileo Galilei dirigida al Padre Benedetto Castelli, monje benedictino y profesor de matemáticas en Pisa, en la cual a mí me parecía que contenía doctrinas cuestionables en el campo de la teología. Puesto que una copia de la misma fue enviada al Señor Cardenal de Santa Cecilia, no tengo nada más que añadir sobre eso.
Así pues, declaro a este Santo Oficio que es una opinión extendida que el antes mencionado Galilei sostiene estas dos proposiciones: la tierra se mueve en su conjunto, así como también con movimiento diario; el sol está inmóvil. Estas son proposiciones que, de acuerdo con mi [309] conciencia y entendimiento, son repugnantes a las divinas Escrituras tal y como son expuestas por los Santos Padres y, consecuentemente, a la fe, la cual enseña que debemos creer como verdadero lo que está contenido en la Escritura. Y por ahora no tengo nada más que decir.
Se le preguntó: Cómo sabe que Galileo enseña y sostiene que el sol está inmóvil y que la tierra se mueve, y si supo de esto expresamente por otros.
Contestó: Aparte de la notoriedad pública, como antes dije, también escuché de Monseñor Filippo de’ Bardi, Obispo de Cortona, en el tiempo en que yo estuve allí y después en Florencia, que Galilei sostiene las proposiciones antes mencionadas como verdaderas; él añadía que esto le parecía muy extraño, ya que no estaban de acuerdo con la Escritura. También lo escuché de un cierto caballero florentino de la familia Attavanti, un seguidor del mismo Galilei, quien me dijo que Galilei interpretaba la Escritura de tal forma que no entrara en conflicto con su opinión. No recuerdo el nombre de este caballero, ni tampoco sé cuál es su casa en Florencia; estoy seguro de que viene a menudo a servir en Santa Maria Novella de Florencia, que lleva ropas de sacerdote, y que tiene veintiocho o treinta años de edad quizás, con tez color de oliva, barba color castaño, talla media, y una cara fuertemente delineada. Me lo dijo este pasado verano, alrededor del mes de agosto, en la habitación del Padre Ferdinando Ximenes, con ocasión de que el Padre Ximenes me estaba diciendo que no debería tomarme demasiado tiempo en discutir el milagro de la detención del sol cuando él (Ximenes) estaba por allá. También leí esa doctrina en un libro impreso en Roma, que trataba acerca de las manchas solares, publicado bajo el nombre del susodicho Galileo, y que me fue prestado por el dicho Padre Ximenes.
Se le preguntó: Quién es el predicador de la catedral, al cual acudieron los discípulos de Galileo a fin de conseguir un sermón público contra la doctrina, enseñada de manera igualmente pública, por el demandante mismo, y quiénes son esos discípulos que hicieron tal petición al susodicho predicador.
Contestó: El predicador de la catedral de Florencia al cual se acercaron los discípulos de Galileo para que predicara contra la doctrina que yo enseñé es un Padre Jesuita de Nápoles, cuyo nombre no lo sé. Tampoco he sabido de estas cosas por el susodicho predicador, ya que ni siquiera hablé con él. Sino que me las dijo el Padre Emanuele Ximenes, un Jesuita, a quien el susodicho predicador le había pedido consejo, y quien le disuadió. Tampoco sé quiénes fueron los discípulos de Galilei que contactaron con el predicador acerca de los temas antes mencionados.
Se le preguntó: Si alguna vez ha hablado con el susodicho Galileo.
Respondió: Ni siquiera sé qué aspecto tiene.
Se le preguntó: Cuál es la reputación del susodicho Galileo en la ciudad de Florencia en relación a materias de fe.
Respondió: Para muchos es considerado un buen católico. Para otros es considerado con sospecha en materias de fe porque dicen que está muy cercano a Fray Paolo, de la Orden de los Servitas, [310] famoso en Venecia por sus impiedades; y dicen que se intercambian cartas entre ellos incluso ahora.
Se le preguntó: Si recuerda de qué persona o personas ha sabido sobre estas cuestiones.
Respondió: Escuché estas cosas del Padre Maestro Niccolò Lorini y de otro Sr. Ximenes, Prior de los Caballeros de Santo Stefano. Ellos me dijeron las cosas antes mencionadas. Esto es, el Padre Niccolò Lorini me ha repetido varias veces, e incluso me ha escrito aquí en Roma, que entre Galileo y el Maestro Paolo hay intercambio de cartas y gran amistad, y que este último es sospechoso en materias de fe. Y el Prior Ximenes no me dijo nada diferente acerca de la cercanía que hay entre el Maestro Paolo y Galileo, excepto solamente que Galilei es sospechoso y que, mientras estaba en Roma una vez, supo de cómo el Santo Oficio estaba intentado hacerse con él, en razón de lo cual huyó. Esto me fue dicho en la habitación del antes mencionado Padre Ferdinando, su primo, aunque no recuerdo exactamente si el dicho Padre estaba presente allí.
Se le preguntó: Si supo del antes mencionado Padre Lorini y del Caballero Ximenes el por qué consideraban al susodicho Galileo sospechoso en materias de fe.
Respondió: Ellos no me dijeron ninguna otra cosa excepto que le consideraban sospechoso por razón de las proposiciones que él sostenía concernientes a la inmovilidad del sol y al movimiento de la tierra, y porque este hombre quería interpretar la Sagrada Escritura contra el sentido dado comúnmente por los Santos Padres.
Añadió por su cuenta: Este hombre, junto con otros, pertenece a una academia –no sé si la organizaron ellos mismos– que lleva el título de “Linceana”. Y se cartean con otros en Alemania; al menos Galileo lo hace, como uno puede ver por ese libro suyo sobre las manchas solares.
Se le preguntó: Si le había contado a él mismo con detalle el Padre Ferdinando Ximenes las personas de quienes él había tenido conocimiento acerca de estas proposiciones: que Dios no es una substancia sino un accidente, que Dios es sensitivo, y que los milagros de los Santos no son verdaderos milagros.
Contestó: Me parece recordar que dio el nombre de Attavanti, a quien he descrito como uno de aquéllos que proferían las susodichas proposiciones. No recuerdo a ningún otro.
Se le preguntó: Dónde, cuándo, en presencia de quiénes, y en qué ocasión el Padre Ferdinando le contó que los discípulos de Galileo le habían mencionado las susodichas proposiciones.
Contestó: Fue en varias ocasiones (a veces en el claustro, a veces en el dormitorio, a veces en su celda) que el Padre Ferdinando me contó que él había oído las susodichas proposiciones por los discípulos de Galileo; él lo hizo después de yo haber predicado aquel sermón, con ocasión de estarme contando que él me había defendido contra esa gente. Y no recuerdo que hubiera alguna vez alguien más presente.
Se le preguntó: Sobre su hostilidad hacia el susodicho Galileo, hacia la persona de Attavanti, y también hacia otros discípulos del susodicho Galileo
Contestó: No sólo no tengo ninguna hostilidad hacia el susodicho Galileo, sino que ni siquiera le conozco. Igualmente, no tengo ninguna hostilidad ni odio hacia Attavanti, o hacia otros discípulos de Galileo. Antes bien, rezo a Dios por ellos.
[311] Se le preguntó: Si el susodicho Galileo enseña públicamente en Florencia, y qué disciplina; y si sus discípulos son numerosos.
Contestó: No sé si Galileo da lecciones públicamente, ni tampoco si tiene muchos discípulos. Lo que sé es que en Florencia tiene muchos seguidores que se llaman Galileistas. Son ellos los que ensalzan y elogian su doctrina y opiniones.
Se le preguntó: De qué ciudad natal procede Galileo, cuál es su profesión, y dónde estudió.
Contestó: Él se considera a sí mismo florentino, pero he oído que es pisano. Su profesión es la de matemático. Por lo que he oído, él estudió en Pisa y ha dado lecciones en Padua. Tiene más de sesenta años.
Con esto fue despedido, habiéndosele obligado a silencio por juramento y habiéndose obtenido su firma.
Yo, Fray Tommaso Caccini, doy fe de las cosas antedichas.
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Nota mía. El Padre Maestro Ferdinando Ximenes, O.P., declaró y fue interrogado en Florencia ante el Inquisidor General de Florencia y sus posesiones, Padre Maestro Lelio Marzoni de Faventia (por orden escrita en carta enviada por el Cardenal Inquisidor Fabrizio Veralli en Roma, de 7 de Noviembre de 1615). Este interrogatorio tuvo lugar el día 13 de Noviembre de 1615.
Nota mía. El Reverendo Señor Gianozzo Attavanti, clérigo menor, declaró y fue interrogado ante el mismo Inquisidor General de Florencia (por orden escrita en la misma carta antes señalada). Este interrogatorio tuvo lugar el día 14 de Noviembre de 1615.
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Dictamen de los Consultores sobre el Copernicanismo
(24 Febrero 1616)
Censura realizada en el Santo Oficio, Roma, Miércoles, 24 Febrero 1616, ante los Padres Teólogos abajo firmantes.
Proposiciones objeto de censura: [321]
1. El Sol está ubicado en el centro del mundo y, por consiguiente, carece de movimiento local.
Censura: Todos dijeron que tal proposición era necia y absurda desde el punto de vista filosófico, y formalmente herética ya que contradice expresamente afirmaciones de las Sagradas Escrituras en muchos pasajes, tanto atendiendo a su significado literal como a la común explicación y sentido que les han dado los Santos Padres y los Doctores en Teología.
2. La Tierra no está ubicada en el centro del mundo ni es inmóvil, sino que se mueve toda ella, incluso con el movimiento diario.
Censura: Todos dijeron que esta proposición merece idéntica censura que la anterior desde el punto de vista filosófico; si se la analiza desde el punto de vista teológico es al menos errónea por lo que se refiere a la fe.
Petrus Lombardus, Arzobispo de Armagh.
Fray Hyacintus Petronius, Maestro del Sacro Palacio Apostólico.
Fray Rafael Rifoz, Maestro en Teología y Vicario General de la Orden de Predicadores.
Fray Michelangelo Segizzi, Maestro en Sagrada Teología y Comisario del Santo Oficio.
Fray Hieronimus de Casalimaiori, Consultor del Santo Oficio.
Fray Tomás de Lemos.
Fray Gregorious Nunnius Coronel.
Benedictus Justinianus, Compañía de Jesús.
Padre Rafael Rastellius, Clérigo Regular, Doctor en Teología.
Padre Miguel de Nápoles, Congregación Casinense.
Fray Iacobus Tintus, asistente del Reverendísimo Padre Comisario del Santo Oficio.
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Actas de la Inquisición (25 Febrero 1616)
Jueves, 25 Febrero 1616.
El Ilustrísimo Señor Cardenal Millini informó a los Reverendos Padres Señor Asesor y Señor Comisario del Santo Oficio que, después de ser notificado del juicio realizado por los Padres Teólogos contra las proposiciones del matemático Galileo (en el sentido de que el sol está inmóvil en el centro del mundo y la tierra se mueve, incluso con movimiento diario), Su Santidad ordenó al Ilustrísimo Señor Cardenal Belarmino llamar a Galileo a su presencia y que le hiciera la advertencia (moneat) de abandonar esas opiniones; y que si se negaba a obedecer, el Padre Comisario, en presencia de un notario y de testigos, le diera la orden (praeceptum) de abstenerse totalmente de enseñar o defender esta doctrina y opinión, o de discutirla; y, en caso de que no se sometiera, que fuera encarcelado.
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Orden Especial (26 Febrero 1616)
Viernes, a 26 del mismo mes.
En el palacio de residencia habitual del susodicho Ilustrísimo Señor Cardenal Belarmino y en las cámaras de Su Ilustrísima Señoría, [322] y completamente en presencia del Reverendo Padre Michelangelo Segizzi de Lodi, O.P. y Comisario General del Santo Oficio, habiendo convocado al antedicho Galileo en su presencia, el mismo Ilustrísimo Señor Cardenal advirtió a Galileo de que la antedicha opinión era errónea y que debía abandonarla; y después, más tarde, delante mía y de testigos, estando todavía presente el mismo Ilustrísimo Señor Cardenal, el mencionado Padre Comisario, en nombre de Su Santidad el Papa y de toda la Congregación del Santo Oficio, ordenó y conminó al susodicho Galileo, quien todavía estaba presente, a abandonar completamente la antedicha opinión de que el sol está inmóvil en el centro del mundo y que la tierra se mueve, y a no sostenerla, enseñarla o defenderla de ahí en adelante en forma alguna, ya sea oralmente o por escrito; de lo contrario, el Santo Oficio iniciaría un proceso contra él. El propio Galileo se sometió a esta orden y prometió obedecer.
Dado en Roma, en el lugar antes mencionado, en presencia, como testigos, del Reverendo Badino Nores de Nicosia del reino de Chipre, y Agostino Mongardo de la Abadía de Rosa de la diócesis de Montepulciano, ambos pertenecientes a la familia del susodicho Ilustrísimo Señor Cardenal.
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Actas de la Inquisición (3 Marzo 1616)
Habiendo recibido el informe por parte del Ilustrísimo Señor Cardenal Belarmino de que el matemático Galileo Galilei se había sometido cuando fue advertido de la orden de la Sagrada Congregación de que abandonara la opinión que él había sostenido hasta entonces, en el sentido de que el sol está inmóvil en el centro de las esferas pero en cambio la tierra está en movimiento, y habiéndosele presentado el Decreto de la Congregación del Índice en el cual se prohibía y suspendía, respectivamente, los escritos de Nicolás Copérnico Sobre la revolución de los orbes celestes, y el de Diego Zúñiga Sobre Job, y el del Padre Carmelita Paolo Antonio Foscarini, Su Santidad ordenó que el edicto de esta suspensión y prohibición, respectivamente, fuera publicado por el Maestro del Sacro Palacio.
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Decreto del Índice (5 de Marzo 1616)
Decreto de la Sagrada Congregación de los Ilustrísimos S.R.E. Cardenales, particularmente delegados por S.D.N. el Papa Pablo V y por la Santa Sede Apostólica para el Índice de los libros, y para su permiso, prohibición, corrección e impresión en la universal República Cristiana, para que sea publicado en todas partes.
Ya hace algún tiempo salieron a la luz algunos libros que contenían diversas herejías y errores; por ello, la Sagrada Congregación de los Ilustrísimos S.R.E. Cardenales delegados para el Índice, para que día a día no se produzcan perjuicios en toda la República Cristiana a causa de una lectura más profunda de estos libros, ha querido que sean totalmente condenados y prohibidos. De la misma manera por el presente Decreto condena y prohíbe absolutamente que estén impresos o vayan a estarlo en cualquier idioma y lugar, ordenando a continuación que nadie, sea cual sea su grado y condición, y bajo las penas contenidas en el Sagrado Concilio de Trento y en el Índice de los libros prohibidos, se atreva a imprimirlos o se preocupe de su impresión, o los tenga de alguna manera en su casa o los lea. Y bajo estas mismas penas, las de los Ordinarios del lugar o las de los Inquisidores, cualquiera que los tenga ahora en casa o vaya a tenerlos en el futuro, ha de mostrarlos en cuanto tenga conocimiento del presente Decreto.
Los libros están citados en la parte inferior, a saber:
Teología Calvinista (en tres partes), por Conradus Schlusserburgius.
Scotanus Redivivus, o Comentario Erótico en Tres Partes, etc… [323]
Explicación Histórica de la Más Importante Cuestión en las Iglesias Cristianas Especialmente en Occidente, desde el Tiempo de los Apóstoles Hasta Nuestra Época, por Jacobus Usserius, profesor de sagrada teología en la Academia de Dublín, en Irlanda.
Investigación Acerca de la Pre-eminencia Entre las Provincias Europeas, Dirigida en el Ilustre Colegio de Tübingen, en 1613 A.D., por Fridericus Achillis, Duque de Wittenberg.
Principios de Donellus, o Comentarios de Derecho Civil, Compendiado para…, etc., por Hugo Donellus.
Y también llegó a conocimiento de dicha Sagrada Congregación que aquella falsa doctrina pitagórica, contraria totalmente a la Divina Escritura, sobre el movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol, que enseña Nicolás Copérnico en su libro, De las revoluciones de los orbes celestes, y Diego de Zúñiga en su Comentario sobre Job, ya había sido divulgada y aceptada por muchos; lo mismo se puede ver a partir de cierta carta impresa de un padre carmelita, cuyo título es: Carta de R. padre carmelita Maestro Pablo A. Foscarini, sobre la opinión de los pitagóricos y de Copérnico acerca del movimiento de la Tierra y de la inmovilidad del Sol, y el nuevo sistema pitagórico del mundo, Nápoles, editado por Lázaro Scorigio, 1615; en ésta, el citado padre se esfuerza en demostrar que la doctrina antes mencionada sobre la inmovilidad del Sol en el centro del mundo y el movimiento de la Tierra, está de acuerdo con la verdad y no es contraria a la Sagrada Escritura; por ello, para que de este modo, no se extienda poco a poco una ulterior opinión en perjuicio de la verdad católica, la Sagrada Congregación ha decretado que las citadas Sobre la revolución de los orbes celestes, de Nicolás Copérnico, y el Comentario sobre Job, de Diego Zúñiga, han de ser suspendidas mientras se corrigen. Pero el libro del Padre carmelita Pablo Antonio Foscarini ha de ser totalmente prohibido y condenado; el resto de los libros que enseñan similares doctrinas han de ser prohibidos. La Sagrada Congregación, por el presente Decreto, suspende, condena y prohíbe todos respectivamente. En fe de esto, el presente Decreto ha sido provisto de sello y firmado por la mano del ilustrísimo y reverendísimo D. Cardenal de Sta. Cecilia, Obispo Albanense, en el día 5 de Marzo de 1616.
P[aolo Sfondrati], Obispo de Albano, Cardenal de Sta. Cecilia.
Fray Francisco Magdaleno Capiferreo, O.P., Secretario.
Roma, Imprenta del Palacio Apostólico, 1616.
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