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Tema: En defensa de los toros

  1. #181
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    Re: En defensa de los toros

    En el IV Centenario de la muerte de Cervantes. Don Quijote y los toros (y II)

    CAPÍTULO LVIII (2ª parte).

    Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras.

    Y con gran furia y muestras de enojo se levantó de la silla, dejando admirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener por loco o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues bastaban las que en la historia de sus hechos se referían, con todo esto, salió don Quijote con su intención, y puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba. Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la gente del pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento.

    Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino, como se ha dicho, hirió el aire con semejantes palabras:

    —¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo que por este camino pasáis o habéis de pasar en estos dos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de parecer contrario acuda, que aquí le espero.

    Dos veces repitió estas mismas razones y dos veces no fueron oídas de ningún aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor, ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con don Quijote estaban, cuandovolviendo las espaldas se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro: sólo don Quijote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.


    Gustave Doré (1832 - 1883), ilustraciones para El Quijote

    Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos que venía más delante a grandes voces comenzó a decir a don Quijote:
    —¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!

    —¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla.

    No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse, aunque quisiera, y, así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante, pero en fin se levantaron todos, y don Quijote a gran priesa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:
    —¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata!

    Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron más caso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a don Quijote, y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con más vergüenza que gusto, siguieron su camino.

    José Segrelles (1885 - 1969), ilustraciones para El Quijote

    ---o---

    Es curioso cómo en tiempos ya históricos, el toro se crió asociado a las cuencas de los ríos principales y a algunos de sus afluentes, y también a ciertas serranías. Los límites de la crianza del toro han sido Duero y Ebro hacia el Norte, Tajo en el Centro y Guadiana y Guadalquivir en el Sur...

    En los siglos en que el toreo caballeresco predominaba, solíase mencionar la procedencia del ganado bravo adscribiéndolo a un lugar geográfico, hidrográfico más bien, toda vez que a los nombres de ciertos ríos se asociaba la bravura y la acometividad de los ejemplares que en sus riberas se criaban.

    Para la entrada en Madrid de la Reina Margarita, esposa de Felipe III, en el mes de octubre de 1599, mandó el concejo de la Villa se compraran cuarenta toros "procurando sean muy buenos, así de los que suelen traer otras veces de Zamora como los de la ribera del Jarama".

    Jarama tuvo, en efecto, gran predicamento entre los buenos aficionados. Y los caballeros alanceadores y rejoneadores los preferían. En Madrid, por su cercanía se lidiaban muchos jarameños.

    Nuestros literatos citan con frecuencia esos lugares geográficos e hidrográficos en sus escritos.

    [Francisco López Izquierdo; Historia del toro de lidia (De la Prehistoria a nuestros días); edición Agualarga; página 91]
    Última edición por Pious; 15/09/2018 a las 04:57

  2. #182
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    Re: En defensa de los toros

    La Hispanibundia.

    ¿La muerte es una fiesta?

    Cada país y cada región tiene sus símbolos tribales, y es fácil rastrear la presencia del dragón en la mitología alemana, del gallo en las leyendas francesas, de la loba en Roma, del león en la heráldica inglesa o del oso en Suiza. También los españoles tenemos nuestros símbolos, fundamentalmente representados por animales de la fauna autóctona, como el caballo, el verraco, el lince, el águila, el azor o el toro.

    El conde Fernán González se paseaba con un caballo que había pertenecido a Almanzor y sostenía sobre el guante de su mano izquierda un azor mudado; ambos animales tan bellos que el rey Sancho de León los acodiciaba y pagó una fortuna para comprárselos.

    El toro acabó imponiéndose sobre todos nuestros tótems. Fue el origen de los primeros clanes ibéricos, y sucedió en el culto a los bisontes, ciervos y caballos que aparecen en nuestras pinturas rupestres. Muchas fiestas y romerías españolas tienen todavía como personaje central al toro, aunque esas tradiciones pueden recabar un origen más remoto en las civilizaciones indoarias, mesopotámicas y mediterráneas que influyeron en nuestra cultura.

    A través de las invasiones que nos llegaron por el Mediterráneo entró en la península ibérica el culto de Mitra, unido al rito de la tauroctonía (el sacrificio de los toros), pues se supone que el dios había matado a un toro para fecundar con su sangre la tierra.

    Diodoro ya refiere la importancia del culto taurino en España. Y todas esas tradiciones se mantuvieron sin interrupción desde la antigüedad, siendo incluso asimiladas por los invasores bárbaros. Los godos no suprimieron los sacrificios de toros, sino que, cuando se convirtieron al cristianismo —como otros pueblos germanos— adoptaron enseguida los ritos en los que todavía quedaban restos de las viejas mitologías indoarias.

    El rito arcaico de la muerte del tótem se representa en la fiesta española de los toros (¡qué extraño pueblo este que hace coincidir la palabra fiesta con el rito de la muerte!) La liturgia de la corrida tiene un fondo prehistórico, brillante y solar, como aquellos lances sangrientos de las epopeyas homéricas y de las tragedias clásicas que —pese a su brutalidad— nos dejan una sensación deslumbrante.

    Las tragedias griegas —igual que el drama hispánico de la corrida de toros— se representaban al aire libre, en grandes cosos y teatros, de forma que el escenario adquiría así la fuerza mágica de un recinto religioso. Y los espectadores no sólo apreciaban el pathos de los actores y su forma de recitar, sino que daban mucha importancia a la expresión corporal, ya que la eurythmia (“ritmo armónico”) y la euharmostia (“donaire”) completaban la parte escultórica del espectáculo artístico, como ocurriría luego en las normas del toreo español.

    La tauromaquia es una lucha, concebida dentro de un reglamento sangriento y guerrero, en la que se representa un drama de muerte y de fuerza. Curiosamente, la afición por los toros decrece en cuanto el torero deja de ser un héroe mítico al que se suponen ciertos carismas y valores. En el momento en que el matador aparece como un simple asalariado, sin aura mítica y sin leyenda heroica, su figura deja de interesar al pueblo.


    Digamos que el torero fue, en la galería de las figuras españolas, un arquetipo muy popular. Lo representaron los pintores más ilustres, desde Goya hasta Sorolla, desde Zuloaga hasta Manet, desde Lucas Villaamil hasta Daniel Vázquez Díaz. Y, para los extranjeros que venían a vernos, representaba aquello que Stendhal había llamado «el tipo español», el último «personaje» que quedará en Europa.

    La imagen heroica del torero sustituyó en España a la figura del hidalgo, que ya en el siglo XVIII resultaba caduca y había perdido su prestigio. Y, por eso, este personaje —tan magníficamente recreado en los sainetes de don Ramón de la Cruz— fue enseguida apadrinado por el pueblo. Hasta el extremo de que, ya en el siglo siguiente, se convirtió en el símbolo del «patriotismo popular español» frente a la mitología culta de ilustrados y afrancesados.

    No fue tampoco ninguna casualidad que el toreo «a pie» sustituyese en el fervor popular al «toreo a caballo» que había sido más aristocrático y propio de nobles. La inversión de las castas se realizó así en una revolución incruenta, de forma que el torero castizo —hijo del arroyo— despertaba la admiración de duques y duquesas, haciéndose aplaudir y respetar por ellos. Y los viajeros que llegaban a España, especialmente los franceses, se sentían seducidos por estos majos del pueblo que se presentaban en sociedad como si fuesen ellos los vencedores del mariscal Dupont y de los mamelucos.

    La corrida va unida a la muerte del animal y al riesgo del torero. Si el toro no ofende y no ataca no hay lidia. Si brinca, huye o no es agresivo, ya puede tener aires de bravucón o desplantes revoltosos, que no será aceptado por el público entendido. Y, por eso, el animal “manso” era rechazado en todas las plazas, ya que la gente venía a ver el sacrificio de un dios y no la muerte cruel de un animalillo burriciego.

    Mauricio Wiesenthal, «La hispanibundia», Acantilado, 2018, págs. 151-152


  3. #183
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    Re: En defensa de los toros


  4. #184
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    Re: En defensa de los toros


  5. #185
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    Re: En defensa de los toros

    Sobre toreros artistas y toreros totales.

    De todos modos es cierto que el punto de vista más usual y común entre los que asisten a una corrida es el estético. ¿Por qué es esto así? Precisamente porque es mucho más fácil calibrar la belleza de un pase o de una faena entera que su mérito estrictamente técnico. Para lo primero, basta con tener cierto buen gusto; para lo segundo, hay que conocer a fondo el toreo. De ahí que, al juzgar una faena de muleta, a muchos cronistas les sea más fácil hablar del «tarrito de esencia», del «aroma del parque de María Luisa» o de «la seriedad castellana», que de la querencia del toro, de sus dificultades y de la intrínseca calidad técnica de dicha faena. Como es más fácil hablar de la estética de una verónica cualquiera que de su técnica, es decir, del modo de ejecutarla. Semejante escamoteo sigue, por desgracia, a la orden del día. En este sentido, pienso que todos los que hacen o hemos hecho eso que estrictamente se llama «crítica taurina» —yo, a lo largo de veintisiete años, nada menos—, hemos caído en la trampa que nos tiende, con su capacidad de sugerencia, el esteticismo, olvidándonos, una y otra vez, que —¡oh, paradoja!— casi nunca el que torea «bonito» es buen torero. Por esas y otras razones, los toreros predominantemente técnicos, sabios, largos, poderosos —en suma, los que nunca le hacen daño a la fiesta, los que saben torear— han tenido menos «cantores» —oficiales o no— que los que, sin unos sólidos conocimientos profesionales, han dado, de vez en vez, muy de vez en vez, en la tecla de lo bonito...

    Todo torero que no sepa —bien con un «conocimiento» plenamente racional, bien intuitivo— por qué da ese pase y no aquel otro, de esta forma determinada y no de aquella otra, desde un preciso lugar y no desde cualquier otro, en este justo momento y no antes ni después, será, en el más estricto sentido de la palabra, un mal torero, porque de esos cuatro postulados o principios fundamentales de la técnica taurina —el porqué, el cómo, el dónde, y el cuándo— sólo conoce uno: cómo dar el pase. El que un matador, al margen de la técnica, de la profesionalidad y del más limpio, honesto y puro oficio, sea capaz de crear fugaces momentos bonitos, en el fondo no es más que una pura «anécdota», una nota meramente «marginal» en el acontecer de una corrida, que muy poco tiene que ver con el auténtico arte de torear. El conocimiento crea las dos columnas de Hércules del toreo: la seguridad y la regularidad. A la larga, pues, crea también lo que yo llamo «la estética consciente».

    Guillermo Sureda, «Tauromagia», Espasa-Calpe, 1978, págs. 29-30.



    Ignacio Sánchez Mejías en la plaza de Barcelona.

  6. #186
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    Re: En defensa de los toros

    ¡A los toros!



    —¡Altramuces! ¡Abanicos! ¡Naranjas! ¡El programa de la corrida! ¡La lista grande!
    Alcahuetas y cesantes, pícaros y bohemios, ciegos y lisiados, con donaires y lástimas, dan tientos a bolsa ajena. El gentío de a pie, con el sol en la espalda, sube hacia la plaza esparcido por las dos aceras. Endrina y garbosa, ondula la gitana prometiendo venturas. Sobre un penco trota el picador, amarillo jinete, con el azul monosabio a la grupa. Un ciego pregona el romance del Horroroso Crimen de Solana. En la imperial de los ómnibus, chungas y algarabías, calañeses y peinetas de teja, bastoneo y pataleo, luces morenas. El mayoral arrea el tiro de mulas. Bailan borlones y cascabeles. Restalla la fusta. Avinados berridos blasfemos. En torno de la plaza tumulto de ruedas y caballos. Humo de fritangas:
    —¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡El programa de la corrida! ¡Agua, azucarillos, aguardiente! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Claveles! ¡Patitas de bailaor, déjame una mota!
    Moscas y polvareda. Negrea el tendido en las entradas de la plaza. Disputas taurómacas. Impacientes empellones.
    —¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Fresa! ¡Fresquita!... ¡De la Fuente del Berro! ¡Aleluyas de don Perlimplín! ¡Risa para un año! ¡El programa de la corrida! ¡El horroso crimen de la Solana!

    Ramón María del Valle-Inclán. Viva mi dueño, 1928.

  7. #187
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    Re: En defensa de los toros

    Última de la temporada de 1870.






    (cliquear para ver en grande)




    PLAZA DE TOROS


    EN LA TARDE DEL DOMINGO 30 DE OCTUBRE DE 1870,
    Se verificará (si el tiempo no lo impide)


    LA 20ª. CORRIDA DE TOROS,
    ÚLTIMA DE LA TEMPORADA.


    A BENEFICIO
    DEL HOSPITAL GENERAL.
    -------
    PRESIDIRÁ LA PLAZA LA AUTORIDAD COMPETENTE
    -------


    La presente función será definitivamente la última de la temporada, porque concluyen, en fin del corriente mes, las contratas con los lidiadores.
    Por este motivo, y deseosa la Excma. Diputación provincial de manifestar al público su profundo agradecimiento, por la numerosa concurrencia que tan poderosamente ha contribuido al socorro de los pobres enfermos del Hospital General, ha dispuesto que esta corrida tenga todo el carácter de extraordinaria, y que en obsequio del público, y sin alterar los precios, se lidien


    OCHO TOROS


    de las más acreditadas ganaderías. También ha dispuesto la Diputación que la Plaza se halle adornada con una vistosa colgadura: que todo el servicio sea de gala; que las banderillas sean de guirnaldas, cintas, flores, plumeros, banderas y gallardetes, y por último los lidiadores se han ofrecido a demostrar en esta función de despedida, que son dignos del aprecio de los aplausos con que el público los ha distinguido constantemente.

    Los ocho toros serán de las ganaderías y con las divisas siguientes:



    DOS... del Excmo. Sr. Duque de Veragua... Madrid... Encarnada y blanca.
    DOS... de D. Vicente Martínez... Colmenar Viejo... Morada.
    DOS... del Excmo. Sr. D. Rafael Laffitte (antes Hidalgo Barquero)... Sevilla... Blanca y negra.
    UNO... de Antonio Miura... Sevilla... Verde y negra.
    UNO... de D. Joaquín Concha y Sierra, hoy de su sobrino D. Joaquín Pérez de la Concha... Sevilla... Celeste, rosa y verde.

    LIDIADORES.



    PICADORES... A los cuatro primeros toros, JUAN ANTONIO MONDEJAR Y JOSÉ CALDERÓN, y a los cuatro últimos RAMÓN AGUJETAS Y MANUEL CALDERÓN.
    Habrá dos reservas de picadores,y si hubiera necesidad se suplirán los de una tanda con la otra, sin que en el caso de inutilizarse los seis pueda exigirse que salgan otros.
    ESPADAS... CAYETANO SANZ, FRANCISCO ARJONA REYES Y SALVADOR SÁNCHEZ(Frascuelo), estando a cargo de los tres sus respectivas y excelentes cuadrillas de banderilleros.
    SOBRESALIENTE DE ESPADA... ÁNGEL FERNÁNDEZ (Valdemoro), sin perjuicio de banderillear los toros que le correspondan.




    El apartado de los toros se verificará en la Plaza el día de la función a las once y media. Los billetes para verle desde los balcones del corral y toriles, se expenderán a cuatro reales, en la administración, contigua a las Caballerizas, desde las once en adelante.
    Se observarán todas las prevenciones que la Autoridad tiene dispuestas para las corridas de toros, y se advierte al público, que según está previamente anunciado en los programas, no habrá perros de presa, y en su lugar se usarán banderillas de fuego, para los toros que no entren a varas, cuando lo disponga la Autoridad. Tampoco se lidiará más número de toros que los anunciados.

    Los precios de las localidades serán los mismos de la corrida anterior.



    Los niños que no sean de pecho necesitan billete y se advierte que una vez tomados los billetes no podrán devolverse al despacho sino en el caso de suspenderse la función y que no se darán contraseñas al salir. El despacho de billetes de la CALLE DE ALCALÁ, NÚM. 24, estará abierto el viernes y el sábado desde las diez de la mañana hasta el anochecer y el domingo desde la misma hora hasta las tres de la tarde. El despacho de la Plaza de Toros se abrirá el día de la corrida a la una.

    LA CORRIDA EMPEZARÁ A LAS TRES EN PUNTO.

    La banda de música del Hospicio tocará antes de la función y en los intermedios




    AVISO A LOS SRES. ABONADOS. Los señores abonados que quieran favorecer a la Beneficencia, asistiendo a esta corrida, pueden servirse recoger sus respectivos billetes, en el referido despacho, presentando documento que tienen en su poder, el viernes hasta el anochecer y el sábado hasta las dos de la tarde.


    Imp. a cargo de Montero, Plaza del Carmen, 5.




    ---o---

    NOTA. Nada como leer carteles antiguos y transportarse al mundo taurino decimonónico. Se podrían comentar muchas cosas de este fabuloso cartel, entre ellas, llama la atención que sólo hubiera 20 corridas de toros en toda la temporada, acostumbrados a las cifras de ahora, que a muchos les parecen pocas. Véase el San Isidro actual, motivo de conflicto entre los aficionados, por un lado los que lo ven con buenos ojos o incluso corto, por el otro los que les parece un gran disparate un mes continuado de toros.

    Ya podría copiar la actual empresa, que tanto alardea de innovación y tan de moda está lo vintage, este formato de cartel, aunque solo fuera para un festejo de temporada. Habrá que proponerlo, sería un bombazo.

  8. #188
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    Re: En defensa de los toros

    Primera alternativa en La Maestranza.


    Apariencia del coso, siglos atrás | Joaquín Domínguez Bécquer

    No siempre acudir a una tarde de toros en Sevilla consistió en Taquilla, Serranito, Vincci La Rábida, habano, espetar "suerte, maestro", en calle Iris, a tu torero y Tristán, director de Tejera, ordenando el toque de "Plaza de La Maestranza", mientras Morante, cariacontecido en su tercera tarde, dibuja una cruz, a modo de ritual, en el albero, ataviado con estridente capote de paseo, envoltorio de alamares color azabache.

    Resulta imposible transformar ciertas características o determinados sentimientos y, desde el XVIII, cuando emanaron los primeros arquillos de este bendito coso, no existe abril-mayo sin runrún, miedo, ilusión, esperanza, hartazgo, habano, alcohol, cigarrillo, bolsillo lleno, cartera vacía, traje italiano o camisa de "tienda vintage", como afirman, ahora, los modernos.

    Atracando mi velero en posición de partida, imposible entender la plaza de toros de Sevilla sin su único propietario en la historia, corporación aristocrática-nobiliaria, quien otorga nomenclatura al óvalo: la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, creada en 1670, bajo unión de la antigua Cofradía de San Hermenegildo, nacida a raíz de la reconquista de la ciudad, por Fernando III el Santo, en 1248, y titulada, en esos momentos, Nuestra Señora del Rosario. Los 1700, con posesiones en ultramar y decadencia latente (hasta hogaño, sin cesar), comenzaron (y finalizaron, paradójicamente; entiéndase doble sentido) de la dinastía Habsburgo, al no obtener descendencia Carlos II, y los españoles (tan azul, rojo; blanco, negro; pepé, soe; morado, naranja) comenzamos a matarnos entre nosotros. Unos, por el Austria. Otros, por el Borbón, quienes continúan, hasta ahora, en el trono, con el sexto Felipe. Finalizó, en 1714, la contienda.

    Existe una publicación, titulada "La Maestranza... y Sevilla (1670-1992)" (Espasa-Calpe, 1992), autoría conjunta de Francisco Narbona y Enrique de la Vega, donde desgranan, a la perfección, este contexto sociopolítico, aumentando-alejando zoom, según conveniencia: "El siglo XVIII, inaugurado con la Guerra de Sucesión y la instalación, el trono español, de la dinastía borbónica [...] Éste [el toreo] pasó, a lo largo del siglo, de ser ocio reservado a los nobles, a convertirse en apasionada diversión nacional, con la unánime aprobación del pueblo y el "invento" de las diversas suertes que fueron, poco a poco, componiendo tan original creación artística. Hay como una despreocupación de las clases altas, por el riesgo d ela fiesta brava y, a la vez, una irrupción en las plazas de la gente plebeya, hasta entonces simple servidora en los preparativos del peligroso encuentro entre el jinete y el toro bravo; en realidad, los toreros de a pie, únicamente intervenían para llevar a la res hasta el terreno o la proximidad del caballo, para que se produjera el choque o la burla del astado y sólo en el caso de que el toro no muriera fulminado por el rejón (o la lanza), impulsado por la mano del caballero, aquéllos, previo permiso, le daban muerte al cornúpeta. Lo de preparar al bicho, con mañas más o menos artísticas, fue un valor añadido que se inventaron los lidiadores de la Baja Andalucía, al calor del aplauso de los públicos, que preferían los adornos pintureros – la gracia o la hondura, de sevillanos y rondeños – a los alardes temerarios, a la simple y contundente liquidación del enemigo. Vascos y navarros, e incluso los castellanos, acostumbraban, probablemente, a matar al animal sin muchos preámbulos".

    Real Cédula de los Fueros y Privilegios de las Maestranzas de Sevilla y Granada | Espasa - Calpe
    "En El Baratillo, antiguo vertedero urbano y verdadero Monstestaceum de Sevilla – formado al rellenar la depresión del brazo subalterno y desecado del Guadalquivir, que, partiendo de La Barqueta, cruzaba la Alameda y venía a unirse al curso principal del mismo, a la altura de la Torre del Oro –, comenzó a construirse, el 5 de octubre de 1733, la primera plaza redonda, en madera, tras desmontar el recinto rectangular allí existente, que apoyaba uno de sus lados en el convento del Pópulo, expropiado después (cuando la desamortización) y convertido en cárcel", prosiguen Narbona y de la Vega.

    La ausencia de oficialidad, por llamarlo de alguna manera, no eximía de la existencia del toreo de a pie par de siglos atrás, como queda patente: "del primer torero sevillano de quien se tienen noticias, es de un tal Juan Guardiola, que se libra del anonimato por haber solicitado del Cabildo Municipal de Sevilla, en el año 1594, una ayuda para adquirir una capa torera, porque, según un documento de la época, se le había estropeado la suya, toreando en un festejo celebrado en la Plaza de San Francisco".

    Tras atravesar el primer cuarto de siglo, arriban noticias interesantes: "el 15 de diciembre de 1733, se firmaba el acta de entrega del nuevo coso sevillano, inaugurado en junio de 1734, si bien no quedó terminado del todo. Allí actúo "el primer torero de la tierra" de quien se tiene noticia: Miguel Canelo; cobró 2100 reales. No debieron quedar muy contentos los maestrantes con la obra, cuando en 1739 se realizaron sustanciales reformas, gastados, 101.482 en apenas un año".

    Miguelillo. Canelo, como el actual boxeador mexicano, de nombre Saúl. Este espada nació (fíjense cuán antigua se antoja la tradición) en el Barrio de San Bernando, sobreviviendo en su Calle Ancha. ¿Por qué San Bernardo, cuna de tan insignes matadores, con supremo conocimiento de las reses? Amén de su antiguo matadero (donde hoy, bajo el mismo edificio, encontramos un colegio público de educación infantil y primaria), los chavalillos postraban sus huesos en las tapias de alrededores y lanceaban últimos pases a los desechos. Se ignora fecha de nacimiento, no de fallecimiento: 1737, sólo tras tocar el cielo con las manos, ostentando el honor de ser el primer torero de a pie en nuestra Maestranza. Apadrinó a uno de los hijos de Juan Rodríguez, padre de Costillares.

    Espasa - Calpe

    Dinero siempre llamó a dinero, como amor entre personas de insignes apellidos y gran linaje, salvo contadas excepciones. Aquel amor frustrado de Joselito, nuestro Gallito, el Rey de los Toreros, con una aristócrata, vilipendiado por motivos étnicos y de baja alcurnia. Los maestrantes existieron, existen y continuarán existiendo, con patronazgo sobre el toreo sevillano. Es historia. Poco empeño focalizaban sobre si el juego marchaba encima del corcel o a pie. El pueblo, alegre, vivo y con empeño olvidadizo, amén de su miseria diaria, tomó la vía de trapo y valor, con beneplácito abúlico del señorón, por supuesto.

    En esas, apareció Miguel. Sucedieron otros tantos, en lugar de nacimiento, cuna de grandes toreros, como Pepe Luis y Manolo Vázquez Garcés, y emplazamiento profesional. Cuántas tardes, de fracaso y gloria. Cuántas cornadas mortales o, simplemente, de aviso. Cuántos matadores. Cuántos sueños, cumplidos y frustrados.

    Disculpen, una vez más, este ombliguismo hispalense. En Sevilla tuvo que ser y, pese a quien le pese, continuará rodándose, sin igual, bajo este marco, semejante tragicomedia metafísica, de vida-muerte, arte-barbarie, glamour-marginalidad, llamada tauromaquia. Falleció el "probe" (sic) Migué, pero hoy, de buena mañana, gusté de recordarlo. Allá donde pazca, sonreirá y sentirá felicidad al presenciar, tres siglos después, la vitalidad y el fragor de la llama de su memoria, junto a otros ilustres del centenario, en letras de oro y formados en riguroso trío: Pepeíllo-Costillares-Pedrorromero.

    Sirva como oda a aquél que tocó pelo, algún día, pero engrosó la historia de esta, nuestra plaza, con la gloria de condición torera (oro o plata) y la miseria, bajo la cuna de la humildad por no formar parte de grandes publicaciones tratadistas. Uno más. Quién hubiera podido ostentar tamaña, modesta, noble y valerosa
    condición.

  9. #189
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    Re: En defensa de los toros

    Morante, Corrochano y Federico, sobre el toreo.



    Sácame de una duda, José Antonio: ¿qué es el toreo, de verdad, para ti?

    Uf... El toreo... ¿Tienes batería? [ríe]

    Tengo. Tengo batería y ganas de escucharte, que es lo más importante. ¿Qué es el toreo?

    Hombre, el toreo... El toreo es algo que nace por dentro. Y eso germina y con tu cuerpo eres capaz de hacer lo que sientes. Uf... ¿qué es el toreo? Es difícil. Hay un libro muy, muy bonito que se llama "¿Qué es torear?", de Gregorio Corrochano. Muy interesante. Él, con sus palabras, explica lo que es torear, la forma de... lo que es acompañar, con los brazos, con la mirada, con el pecho; el colocarte; el cruzarte... El toreo es algo que sale solo y, preconcebido, no sale nunca.



    Portada de la primera ed., ilustrada por Martínez de León

    Prosiguiendo con buenas costumbres, buceando por videoteca y biblioteca, encontré estas declaraciones de Morante, casi diez años atrás, a Víctor García-Rayo, periodista local taurino y semanasantero, recomendando lecturas, algo inusual por parte de un matador de toros, a excepción de Sánchez Mejías, Belmonte, José Antonio y aquellos afortunados, agraciados por la caída de los "polvitos mágicos" de la torería. Por suerte, no descubrí por terceros la figura de don Gregorio Corrochano, sino arribé por naturaleza y referencias de otras publicaciones reseñables. Un crítico de antaño: nada comparable a la mediocridad generalizada actual. Escribió otras magníficas obras, como "Cuando suena el clarín", "Teoría de las corridas de toros", "Edad de Oro del toreo" y "Edad de Plata del toreo". Todas recomendables, aunque adolezca de estas dos últimas, aún.


    En la presente, titulada, con exactitud, "¿Qué es torear? Introducción a las tauromaquias de Joselito y de Domingo Ortega", Gregorio, además de analizar técnica y dimensión de ambos matadores de época, traza opinión sobre los tres tercios y la crítica. Gracias a José Antonio, regresé al libro, hojeé y encontré subrayados, a lápiz, unos párrafos podrigiosos, encuadrados, en el primer epígrafe ("¿Qué es torear?", bautizando a la obra), dentro del primer capítulo ("Introducción a la tauromaquia de Joselito", ídem).

    "EL TOREO [...], se caracteriza por el gusto y la preocupación de la época. Hay la preocupación por la muerte del toro, y se cuida de la estocada como momento fundamental. Es la era de Pedro Romero y Costillares. Pepe Hillo, más impulsivo, más alegre, muy sevillano y con menos facultades para matar, empieza a preocuparse del toreo.
    Con Paquiro, que personifica el arte de torear, el toreo se completa con suertes vistosas, se perfecciona y organiza; es la fuente de la reglamentación. Es la etapa de los grandes toreros, de lo que pudiéramos llamar la edad media del toreo: Montes, Chiclanero, Curro Cúchares, Cayetano Sanz, Manuel Domínguez, Antonio Carmona, Tato. La discusión del toreo se desarrollaba alrededor de dos puntos de vista fundamentales: ¿qué es más importante y necesario, el conocimiento del toro o el conocimiento de las suertes del toreo?

    Esto, así planteado, dividió las opiniones, que cristalizan en la competencia del Chiclanero y Cúchares; los del Chiclanero sostenían que lo más útil era el conocimiento de las suertes, como partidarios de la pureza y sobriedad del toreo rondeño, practicado por el maestro de Chiclana; los de Cúchares defendían el punto de vista del conocimiento de las reses, en lo que Cúchares no tenía rival.
    Estas dos tendencias, no abandonan ya nunca el toreo, ni con Lagartijo y Frascuelo, ni con el solitario Guerrita. Pero donde alcanza su máxima expresión es en la pareja Gallito y Belmonte que, por cercana, vivida y reseñada por nosotros, la relataremos como si repasáramos unas memorias.
    El toreo es el garbo de una raza ágil y flexible. Es un quiebro de cintura que en el hombre es toreo y, cuando lo da la mujer, es baile. Se torea y se baila con la cintura. A veces, por una confusión de aptitudes y de actitudes, algunas mujeres torean y algunos toreros bailan. Cuando la mujer que baila, torea, el público se la estima, reacciona como en una plaza de toros y enriquece su admiración con vocablos del toreo. Cuando cree que el torero, en vez de torear, baila, lo rechaza y apostrofa de bailarina. De donde se infiere que, para este público, el toreo es superior al baile. Este aplauso y desdén han marcado una preferencia, que es casi una definición, por el toreo poco movido, poco bailado; por el toreo de pie aplomado y brazo suelto que rima con el toro, donde tiene su origen el temple.
    Temple es un vocablo preciso que pone de acuerdo sonidos, instintos y movimientos. Se templan las cuerdas de una guitarra para buscar la armonía; se templa el toreo, esto es, se busca la armonía del movimiento del toro que acomete y del movimiento del torero que torea; se templa el instinto con el instinto; para torear hace falta temple. Temple en capote y muleta que se llevan al toro; temple en el brazo que torea; temple en el hombre que torea con el brazo; para torear hace falta ser muy templado. Acaso el temple no esté bien definido y pueda confundirse con la lentitud. Esto equivaldría a confundir el agua templada con el agua caliente; ni caliente ni fría; a su temperatura, a su temple.
    Templado no es igual a lento, aunque, alguna vez, para templar a un toro muy lento, se le haya toreado con lentitud. El temple depende del toro. No hemos dicho arbitrariamente, líneas arriba, toreo de pie aplomado y brazo suelto que rima con el toro. Si no riman, si no van de acuerdos los dos movimientos, no hay temple, aunque haya lentitud. Tanto se falsea el temple por torear rápido como por torear lento. Para torear hay que excitar la codicia con la distancia y acompasar el movimiento del brazo a la codicia y a los pies del toro, conservando las distancias, y así se le lleva donde se quiere y se remata la suerte donde se quiere. Ni con más rapidez, ni con más lentitud: con temple. Hay una palabra en el campo andaluz, tan expresiva, acompasada y musical, que ajusta el toreo y el temple en una misma definición: torear al son del toro. Torear a son, a compás, llevar el son con ritmo musical; eso es temple y eso es torear"


    CORROCHANO, Gregorio. "¿Qué es torear? Introducción a las tauromaquias de Joselito y Domingo Ortega" (1ª ed., Edicions Bellaterra, Barcelona, 2009. Págs. 28-32)





    Federico García Lorca, en 1924 | ABC


    Escribiendo sobre Gregorio Corrochano, resulta imposible obviar a Joselito. Recordando a Joselito, sucede igual con su binomio revolucionario, Belmonte. Y El Pasmo simboliza a todo un icono pop en blanco y negro, portada de la revista Time y, por antonomasia, torería demostrada afuera del ruedo, también necesaria. Como tal, su relación con intelectuales, de todas artes, quedó patente, a través de distintas generaciones destacables, como 98, 14 ó 27. Qué brillantes, sobre todo, la de fin del XIX y la del veintisiete, en plena dictablanda de Primo de Rivera. Cuántos nombres brillantes, gracias a la mediación de Ignacio Sánchez Mejías, como Gerardo Diego, Rafael Alberti o Federico García Lorca, como colofón, quien legó sensacional escrito sobre el arte, en líneas generales. Menciona a Juan, Velázquez, Cervantes... desarrollando, bajo mi parecer, hipótesis harto aplicable a la tauromaquia, como disciplina artística, y la vida misma.

    "Cuando una morena baila, cuando Belmonte hacía prodigiosas suertes de capa, cuando Velázquez producía, sobre ellos divagaban el ángel y la musa. Pero ellos tenían duende. Sí, señores; tener duende es lo más caro que puede ofrecer la vida a los intelectuales. El duende es ese misterio magnífico que debe buscarse en la última habitación de la sangre.
    El ángel ondula sobre la frente, guía y regala; la musa dicta y, en algunas ocasiones, sopla. Pero estas cosas vienen del exterior; en cambio, el duende, ¡ah!, el duende, amigos, está en uno, en la sangre, en el alma. Muchas personalidades han escrito cosas soberbias, pero no siempre han tenido duende. Cervantes tuvo un duende gigante, pero, con tanta serenidad, que aparecía a la consideración popular exactamente como si no lo hubiera tenido nunca.
    [...] Hay que buscar el duende; sin él, habrá cosas buenas en la vida, pero no tan magníficas como teniéndolo. Ése es el secreto del arte: tener duende. [...]"


    GARCÍA LORCA, Federico. "Prosa, I: primeras prosas, conferencias, alocuciones, homenajes, varia, vida poética, antecríticas, entrevistas y declaraciones. OBRAS, VI" (1ª ed., AKAL, Madrid, 1994. Pág. 578)

  10. #190
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    Re: En defensa de los toros

    Biblioteca taurina (I): Antonio Chenel 'Antoñete'.



    Ínfima parte de mi biblioteca taurina | Galleo del Bú

    Considero que, todo buen aficionado a esto, perteneciendo yo al tercer estado (de clase obrera, vaya), además de placeo y años, debe poseer la digestión de lecturas cuantiosas y cualitativas. Con esta primera entrada, mi pretensión consiste en el comienzo de un serial, bastante extenso y prolongado en el tiempo (si Dios quiere), dado el número de títulos yacentes en mi biblioteca personal con temática relacionada con el descendiente del uro.

    Obviando El Cossío... Bueno, no lo haremos. Con seguridad, más adelante será tratado: posee tantas ediciones (año 2000, setenta y tantos; simplificada en dos tomos, de catorce...) que merece capítulo aparte. En mi pensamiento, veía vislumbrada esta entrada hace algún tiempo, mas quería esperar a poseer un número mínimamente modesto de seguidores (ya somos 280 y algo en Twitter, gracias) para hacer llegar a un mayor público las entradas más preciadas por servidor, el autor. No quisiera entrar en verea aún, sin mencionar previamente la conversación mantenida con Antonio y Pedro: fue un empujoncito más hacia el tecleo de estas líneas.

    Forjar una biblioteca de esta índole, más en los tiempos latentes, harto complicado. Cuando pasee por grandes librerías, observe la sección correspondiente: verá que no hay gran cosa. Acaso, cinco, seis o siete títulos, exagerando algo, merecedores del dinero valido. ¿Y, entonces? En mi ciudad, acudo a lo calificado como "de viejo", o séase, segunda mano. Tengo la suerte de contar con grandes establecimientos a nada de tiempo; o poder pasear por El Jueves y encontrar gangas a coste irrisorio, previo regateo. Lo usado permite la magnífica oportunidad de adquirir descatalogado.

    Otra vez más, el pesado de Antoñete. Y el de Morante. Siempre lo mismo, pensarán. Les contesto educamente: cada cual es libre de escribir lo deseado, por suerte, e, igualmente, el receptor, de no leerlo. Por tanto, sin querer rozar las malas maneras: al desagradado por mi mala escritura, temática equivocada o escasa simpatía hacia estos dos espadas, mejor cambie de lugar y persona. Se ha equivocado al elegir emplazamiento. Me consta la existencia de algún hater por ahí y me agrada que, sin ser absolutamente nadie en esto, existan personas que precien tan poco su tiempo como para dedicarlo en realizar una crítica destructiva. Las constructivas, completamente abierto a recibirlas. Por cierto, he publicado y publicaré mayor diversidad. Al menos, planificado está. Prefiero dejarme llevar por la inspiración y priorizar sobre ideas con mayor atractivo personal.

    Imagino bibliografía mayor sobre Antonio Chenel en revisteros, pero, en referencia a libros, no abunda. Conocidos personalmente, cuatro. Para palparnos mejor, puesto ofrezco esto por primera vez, subiré: imagen de portada y contraportada del libro (o índice), título, autor, número de páginas, editorial, año y una breve reseña o valoración sobre contenido y nivel de la susodicha obra.





    Portada e índice | AKAL

    Título: "La tauromaquia de Antoñete"


    Autor: José Carlos Arévalo


    Número de páginas: 111


    Editorial: AKAL


    Año: 1987



    Alto y claro: el mejor libro sobre el maestro. Curiosa existencia de cuatro títulos (dos de ellos, este y Laverón, un año después), con similitud de título en dos de ellas, prácticamente en el período de veinticuatro meses. Desde una perspectiva costumbrista, lejana a la charla con Antonio y más próxima a la experiencia personal del autor, nos relata aquellos años cincuenta, de casticismo y aún heridos por la devastación de la posguerra. Con pros y contras, los chavales acudían a billares, soñaban con quitarse del hambre a través de fútbol o toros y observaban a los de luces como auténticos dioses. Propiamente expresado por Arévalo en el prólogo, "existe un vacío premeditado en el libro: los años sesenta". Sí, cuando Chenel lidia al de Osborne (1966). Aun así, qué humildad por parte del escritor, en reconocer de ser "incapaz de poner palabras a las grandes faenas de Antoñete". Muchas veces, algún recuerdo de infancia o juventud, idealizado o encumbrado por suceder en etapa de absorción y fascinación, quiere alejarse de la proximidad adulta, marcada por el aburrido canon de razocinio aplicado a cualquier quehacer.


    Son más de 111 páginas si nos referimos al total, contando bonitas fotografías en blanco y negro. Como comenté en Twitter, José Carlos Arévalo se halla a la altura de Chaves Nogales con El Pasmo en "Juan Belmonte, matador de toros", por la manera de embriagarnos en una persona, en una esencia, un lugar, un momento, desde la primera hasta la última hoja. Ojo, mi predilección hacia el venteño puede afectar, pero nunca he sacado pecho (jamás lo haré) por objetividad. Es mentira. No existe.





    Portada y contraportada | AGUILAR


    Título: "Antoñete. El maestro"


    Autor: Manuel Molés


    Número de páginas: 232


    Editorial: EL PAÍS – AGUILAR


    Año: 1996



    La mayoría de aficionados, jóvenes y viejos, conocerán a Molés. Una vida en TV, antes en TVE, Toros y ahora en Taurocast, y radio, programa "Los Toros". No afirmaría con rotundidad la sapiencia de estos sobre las aventuras literarias del castellonense. En 1996, pienso que ya comentaba con Manolo en el Plus. Aquel lustro final de 1990, con la enésima reaparición del maestro, las alternativas de Morante, El Juli o la eclosión de José Tomás...


    Obviamente, el roce hace el cariño. El periodista conversa directamente con el matador y transcribe diálogos literales. No es el mismo formato que Arévalo. Podemos disfrutar una cercanía verdaderamente maravillosa y sentarnos, junto a ambos, en la finca de Madrid, fumándonos un cigarrillo hasta la chusta.


    Mucho más biográfico y lineal, pues las páginas van sucediéndose conforme la vida de Antonio, con trazos personales como su primer matrimonio, su relación con Franco, la militancia en la izquierda política o la infancia en la Monumental, cerquita de su cuñado, el mayoral, Paco Parejo. A destacar, las crónicas de faenas antológicas por parte de plumas destacables, como Vicente Zabala Sr., K-Hito, Alfonso Navalón, Joaquín Vidal, Guillermo Sureda, Barquerito o Huberto Apaolaza.


    Ah, prologa Joaquín Sabina (quien escribió poemas al torero) y hay fotos. Poquitas: las justas y necesarias para adentrarnos en el mundo antoñetista.





    Portada y contraportada | Reino de Cordelia


    Título: "Antoñete. La tauromaquia de 'La Movida'"


    Autor: Javier Manzano


    Número de páginas: 147


    Editorial: Reino de Cordelia


    Año: 2011



    Producto más novedoso, en cuanto a cronología y forma, sobre el matador. Manzano afirma haber compartido "horas y tabaco", para dar forma a una especie de tauromaquia escrita, un breve tomo de El Cossío sobre todos los actos de la corrida de toros, desde "de la torería" (especialmente bueno este capítulo), "de los toros", primer tercio, segundo y tercero, dividido en dos partes "tercio de muleta" y "último acto".


    Fotografías inclusive, la maquetación no termina de llenarme. Falta algo o algo sobra. Manzano, por cierto, copia (no sé si plagia, pues esto ya supone otro cantar), al menos, intencionadamente, a sus publicaciones, mayores en edad, en dos anexos: "su toreo en las crónicas" (ya lo hace Molés) y "estadísticas" (igual con Jorge Laverón). Eso sí, la sensación visionar un festejo y sentir al maestro cercano de a ti, recordando sus sentencias, sobre esto o aquello, indescriptible.





    Portada y contraportada | Ediciones La Idea


    Título: "La tauromaquia de Antoñete: de los años negros al mito"


    Autor: Jorge Laverón


    Número de páginas: 73


    Editorial: La Idea. Colección "Las páginas del tendido"


    Año: 1988




    Comencemos por el fin: acertada inclusión de estadísticas. Con escasas páginas, Laverón consigue exprimir, de manera personalísima y más que correcta, la tauromaquia del madrileño. Va dándose una cronología de su vida taurina hasta el momento (publicado en el 88 y Antoñete se cortó la coleta en el siglo XXI, ténganlo en cuenta). Llama la atención una sección nombrada "tauromaquia" donde, con ilustraciones del lance, el plumilla lo relaciona con la ejecución personal. "Trincherazo", "media verónica", "verónica" o "al natural", por ejemplo.


    Bajo mi criterio, no puede pedirse más en menos. Si empieza usted aquí, quedará hambriento y acudirá a devorar lo restante, que no es poco. Hágalo, porque descubrirá, con más hondura, el casticismo, la torería y el arte de un sin igual en la historia de la tauromaquia, Antonio Chenel Albadalejo.


  11. #191
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    Re: En defensa de los toros

    Ignacio Sánchez Mejías, en Nueva York.


    "Dile a la luna que venga,
    que no quiero ver la sangre
    de Ignacio sobre la arena"

    Federico García Lorca

    Preparado para practicar boxeo | ABC.es

    Para derribar el manido tópico de barbarie e incultura, sólo necesitamos bucear en la longeva historia de la tauromaquia. Cierto es, por un lado, el surgimiento de espadas desde las capas más llanas y, a veces, analfabetas de la sociedad, pero no podemos negar la importancia de figuras como Juan Belmonte o Ignacio Sánchez Mejíasdentro y fuera del planeta de los toros, en interrelación con otros ámbitos culturales.

    1927. El peculiar matador abandonó los ruedos por segunda ocasión (anteriormente, en 1922). En plenitud de facultades psicofísicas para practicar la profesión, la hostilidad del aficionado ante sus comparecencias, como ya sucediera con Guerrita o su cuñado Gallito, provocó el abandono de los cosos, no sin contar con la presencia de Rafael Alberti, una tarde veraniega, enrolado en su cuadrilla.

    No podemos afirmar el absoluto pensamiento en torero por parte de Ignacio, pues, desde bien pronto, destapó, en público, tremendas aptitudes e inquietudes artísticas. Sin ir más lejos, en 1925, pronunció una conferencia en Valladolid, deleitando al público con la lectura de fragmentos pertenecientes a una pieza narrativa de cosecha propia. A lo largo de esa misma temporada, el diario La Unión contó con su pluma para la redacción de crónicas taurinas, valorando, con honestidad, fracasos y triunfos propios.

    En disconformidad con esta prima intromisión y, con total seguridad, animado por camaradas contertulios de la Generación del 27, tomó bolígrafo y papel para estrenarse como dramaturgo, a lo largo de 1928. Primero, "Sinrazón", en Madrid; después, "Zaya", representada en Santander. Fascinado por flamenco, deporte, literatura y teatro, pareció olvidar al toro, aunque siempre permaneció presente, en alma y mente, durante toda su existencia.

    Junio, 1929. Federico García Lorca, desengañado y depresivo tras finalizar romance con el escultor Emilio Aladrén, decidió migrar, junto a Fernando de los Ríos, hacia Nueva York, enmascarado en el aprendizaje de inglés y la composición de un futuro libro de versos ("Poeta en Nueva York"). Sánchez Mejías, deslumbrado por el éxito, allende los mares, de "El amor brujo", creado por Manuel de Falla, bocetó "Las calles de Cádiz", buscando la ayuda del poeta granadino para guionizar el espectáculo. Esta obra, con La Argentinita como protagonista, provocó la migración del matador hacia Estados Unidos.

    Presentes en territorio yanqui, no faltaron tertulias hasta el amanecer, imitando las nocturnas de Pino Montano. Esta vez, las paredes del Royal Café escucharon la propuesta-trueque de García Lorca a Sánchez Mejías: mi guión por tu conferencia sobre tauromaquia. El matador de toros, reticente en principio, no dudó en aceptar, siguiendo fielmente su estilo arriesgado y aventurero.

    Siguiendo la línea de Pepeíllo, Paquiro, Guerrita o Domingo Ortega, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, el cariz ensayístico-pedagógico de la comparecencia del diestro en la Universidad de Columbia. O séase, la "Tauromaquia de Ignacio Sánchez Mejías", destacando grandes conceptos:

    Junto a Galerín, crítico taurino | Archivo familiar Sánchez Mejías

    TAUROMAQUIA.– "Es la ciencia del toreo y el toreo es la ciencia de la vida. Saber torear es saber vivir".

    EL TORO Y EL TORERO.– "El toro es el principal protagonista de la Fiesta. El que embiste; el que acomete; el que quiere enganchar al torero para herirle o matarle. Es el peligro, la muerte. El torero, que sortea el peligro, burla a la muerte, traficando con ella, el hombre que crea unas reglas, un arte para no morir; el que se enfrenta con el toro, con el peligro, con la muerte y, en sus propias narices, elabora su triunfo, conquista su bienestar y gloria".

    EL CABALLO.– "Pacta con el hombre, contra el toro, contra la muerte".

    EL CAPOTE.– "Es un trozo de seda de varios colores, utilizado para llamar la atención del toro, para atraerlo, para invitarlo al juego, a la lucha. También sirve para trastearlo, adivinar sus intenciones, para establecer la categoría del peligro. El toro abanto, corretea, va y viene de un lado a otro, hasta que encuentra nuestro capote, como la idea vagabunda que un día se para en nuestros pensamientos. El capote es la imaginación del torero".

    LA PICA.– "Es la garrocha del picador; su misión es herir suavemente al toro en el morrillo, que es el sitio de la muerte, mientras los cuernos tiran cornadas al aire. La herida hecha en el cuello del cornúpeta es como un carril, una vereda que se abre para nuestro camino, para nuestra seguridad; es como un túnel que hace posible el recorrido por debajo de la muerte, por debajo de la nada, hacia la vida, hacia el ser".

    LAS BANDERILLAS.– "Son las flores que el torero fácil, el torero dominador, el torero seguro... pone esquivando la muerte. Es una suerte a cuerpo limpio; es la manifestación poética del lidiador que la practica. Es sólo un derroche de alegría infantil, que se descara inconscientemente con el peligro".

    LA MULETA.– "Es la herramienta en los trabajadores del toreo. El que la domina, sabe manejarla y conoce sus secretos, juega tranquilo con el peligro, con la muerte. La muleta es el pararrayos de las cornadas; la maquinilla donde la muerte se estrella".

    EL ESTOQUE.– "Es el rayo de plata y sangre que tiene en la mano derecha todo el que triunfa de la muerte".

    LA PUNTILLA.– "Se clava en la nuca del toro rebelde, del enemigo marrajo, del de la muerte moribunda, que se empeña en estropear nuestro triunfo con las malas artes de la resistencia".

    EL PÚBLICO.– "Va al sol o a la sombra. El sol es la entrada barata e incómoda; está casi siempre situada a la izquierda de la presidencia y la frecuenta el pueblo. La sombra es la localidad cara, confortable y presumida, a la derecha de la presidencia; la frecuentan la aristocracia, los militares, el clero y las mujeres. Las mujeres, en todos los espectáculos de la vida, tienden a acomodarse a la sombra, entre los clérigos y los aristócratas, frente al pueblo".

    LA BRAVURA DEL TORO.– "Tiene un sitio donde nace; lo mismo que el petróleo tiene un sitio donde brota. La fiereza del toro la da la hierba que nace del suelo y, a tal extremo, es esto cierto que, cuando una ganadería entera cambia de un lugar a otro, aun dentro de España, se hace mansa a la tercera generación. Es de vital importancia, para la ignorancia extranjera, aclarar esto: al toro bravo se le cambia de terreno y a los veinte años nace manso. Por el contrario, al inofensivo se le lleva al terreno donde se cría el bravo y a los veinte años es una fiera. Al toro bravo de Andalucía, Castilla o Navarra, se le lleva a Inglaterra o Norteamérica y acaba dejándose acariciar por el hombre. Y a la inversa, al astado inglés o norteamericano se le lleva a los cortijos andaluces y en varias generaciones embiste como si fuera de Miura, pasea su furia por el mundo, en medio de los gritos de una civilización indefensa".

    LA CRUELDAD DE LA FIESTA.– "Es necesario que sepa todo el mundo que el toro es una fiera. El día que la curiosidad del mundo repare en este pequeño detalle se hablará en otro tono de nuestras corridas de toros, de ese deporte viril de una raza, que hizo de este planeta que habitamos un paseo, porque nos ha acostumbrado a jugar con la muerte, entre los cuernos de los toros bravos. En resumidas cuentas: el toro bravo sólo sirve para la creación artística a que da lugar, con una lidia de tal emoción y belleza que, aunque el toro fuese una palomita, tendría su justificación".

    Observando al toro desde el estribo

    Tras esta batería de conceptos desarrollados, profundizó en la obra símbolo de la literatura hispánica: El Quijote. Demostrando excelso conocimiento de Alonso Quijano y Sancho Panza, señaló: "El caballero manchego sabe lidiar y librar a su caballo de la cornada. Sabe nadar y guardar la ropa, para lo que no sirve, en cambio, su fiel criado, quien sólo se preocupa por la comida. Es la perturbación de su amo. Su rémora, su ancla. Es la amargura del triunfo de su señor. El hacha que poda todas sus alegrías e ilusiones. Don Quijote tiene su cuerpo lleno de heridas, de cornadas propinadas por los toros. Porque el toro hiere y mata. Es la muerte. Al hidalgo castellano le cogieron algunos toros y hubo uno, el terrible toro del norte, que a punto estuvo de matarlo. Pero él no se dejaba atrapar fácilmente. Para evitarlo, tiene su arte, su tauromaquia. Él sabe que, cuando los toros son fuertes y poderosos, lo mejor es cambiarlo de terreno, llevarles de un sitio a otro, abriendo nuevos horizontes a la vida. Ése es el arte de torear. Don Alonso Quijano descubrió que el mundo tiene forma de ruedo; que es redondo por los cuatro costados. Y, como sabía torear, cuando vio que el toro le comía el terreno, lo cambió de tercio; de la mitad vieja del mundo a la otra mitad; a la mitad nueva del mundo. Y eso lo puede hacer solamente el que está acostumbrado a torear a todos los toros en todos los terrenos. Así lo hizo él, aunque al precio de derramar su sangre. Don Quijote ha regado más d emedio mundo con su sangre, enseñando su arte, de ser y de estar, eternamente, por los siglos de los siglos, dormido y despierto, a toda hora y en todo lugar".

    El público, boquiabierto y foráneo, atendió a sus últimas disertaciones, referentes, de nuevo, a la crueldad de la fiesta: "España, país de artistas, de cuya sensibilidad no puede dudarse, presencia las corridas de toros sin darle importancia a la sangre, porque hay otros valores implicados en la fiesta. España, Roma, Grecia... Van a la plaza, al circo, al Olimpo y enseñan, en la puerta, su certificado o credencial de educación artística. El torero se juega la vida a cara o cruz, sin más ventaja que su inteligencia. La superioridad física es del toro, que dispone de la muerte y tiene la intención de utilizarla. El toro es la bala segura que viene derecha a matarnos. La virtud del torero está en no asustarse de la muerte [...] No se puede hallar un detalle que compita en belleza con la realización artística del toreo. Es verdad que muere el toro y puede morir el torero. Pero... ¿cómo? ¿y por qué? El toro muere repleto de furia, de soberbia, de odio... por matar. El torero, vestido de sea y oro, sobre el amarillo albero, bajo los rayos de sol a cielo abierto, lucha jugando con la muerte, que traza círculos negros alrededor de su cintura".

    Aún permaneció, en suelo estadounidense, unos días más. Junto a Federico, quien pagó su deuda; al lado de Encarnación López, amante, musa y protagonista de la obra; y el resto de la pléyade hispana, presente en la fiesta dada, en su honor, por el Instituto de las Españas. Regresó a España, viviendo la convulsa etapa de los treinta, hasta que ese maldito toro, Granadino, en 1934, arrancó la vida del padre de la Generación del 27.
    Bibliografía.


    Revista de Estudios Taurinos, Nº11. Sevilla, 2000.


    GARCÍA RAMOS, Antonio y NARBONA, Francisco. "IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS". Espasa-Calpe. Madrid, 1988.


  12. #192
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    Re: En defensa de los toros

    Ortega y Gasset, José Carlos Arévalo y 1986.

    Ortega y Gasset, al alimón, junto a Domingo Ortega | Cano

    José Ortega y Gasset
    (Madrid, 1883 – Ibídem, 1955), bajo cánones sociales actuales, pertenecería al facherío recalcitrante, pues, además de filósofo y acérrimo defensor de la tauromaquia, desde un punto de vista intelectual, actuó como apasionado defensor de las humanidades y, hoy, ya se sabe, denostadas en detrimento de otras preferencias. Si, en un mitin, no pronuncias cuarenta mil tecnicismos anglosajones e imásdémási, no eres naide (sic).

    Periódicamente, cuestiono el sino de genios pintores, como Velázquez, Murillo o Goya; poetas, como García Lorca, Manuel Machado o Gustavo Adolfo Bécquer; filósofos, como el propio Ortega o Nietzsche; bajo paraguas del siglo veintiuno: ¿hubieran engrosado filas de la posteridad, aparecerían en los libros o trabajarían bajo el calor de una campana de cocina, con hedor a frito, en un establecimiento de comida rápida, amén del criterio impuesto por cuatro mediocres?

    Gasset, gran fascista, salió elegido diputado en 1931, perteneciendo a la candidatura llamada "Agrupación al Servicio de la República" (ASR). Asimismo, participó activamente en la Comisión Constitucional destinada a elaborar el tablero de juego regidor de la nueva forma de estado. A finales del período, criticó severamente la deriva republicana. Eso ya pertenece a otras lides. Aparquemos anécdotas políticas. Simplemente, excúsenme, debido al propósito demostrativo con respecto a la independencia política de la tauromaquia.

    ¿De dónde proviene su afición? Como en tantos casos, descendencia por vía paternal: José Ortega y Murillo, periodista, también ejerció como crítico taurino y apoderado de matadores. Aunque él, de manera humilde, siempre negó tal condición: "no soy un aficionado a los toros. Después de mi adolescencia, son contadísimas las corridas de toros a las que he asistido; las estrictamente necesarias para poder hacerme cargo cómo iban las cosas. En cambio, he hecho, con los toros, lo que no se había hecho: prestar mi atención, con intelectual generosidad, al hecho sorprendente que son las corridas de toros [...]".

    Cierto y verdad, sin duda, su gran estrechez con el mundillo. Prueba de ello, su gran amistad con el Paleto de Borox, Domingo Ortega, con quien compartió grandes tardes en la finca de este (Navalcaide, ubicada en Madrid: observar foto al alimón); incluso acudieron, vestidos de corto, al Carnaval de Múnich. En marzo de 1950, aquella famosa conferencia del borojeño, titulada "El arte del toreo", en el Ateneo de Madrid, con beneplácito e intervención del pensador.


    José Ortega y Gasset, Domingo Ortega y Cossío, en Navalcaide | Taurología

    Durante los treinta, además, existe intercambio epistolar abundante, alentando a José María de Cossío a... escribir "El Cossío", acunado bajo mecenazgo de Espasa-Calpe. Finalmente, la enciclopedia taurómaca con mayor fama y prestigio, vio, en 1943, su primer tomo en la calle, gracias, en parte, a la insistencia de Ortega, la mano izquierda de Cossío y la participación, entre otros, de Miguel Hernández, poeta alicantino, partícipe en esta prima entrega.

    Dos personajes carismáticos, como Rafael el Gallo y Juan Belmonte, disfrutaron cafés y tertulias cargadas de reflexiones junto al madrileño. El trianero de la Feria, siempre fiel a sus inquietudes culturales y literarias, más allá de su profesión, mantuvo, a lo largo de su vida, gran relación con artisteo y menudeo intelectualoide (desde la Generación del 98, con aquel homenaje en época novilleril; hasta los años sesenta, cuando falleció). El Divino Calvo, hermanísimo del archienemigo del Pasmo, paraba, ya con la coleta cortada, cada mañana en la Sierpes, acompañado del diario y varios habanos.

    "La historia de las corridas de toros revela alguno de los secretos más recónditos sobre la vida nacional española durante más de tres siglos: y no se trata de vagas apreciaciones, sino que, de otro modo, no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo durante esos siglos [...] estrictamente inversa de lo normal en las otras grandes naciones de Europa", en "La caza y los toros".

    Esta última cita, con suma vigencia actual, sirve como argumentario para contrarrestar el antitaurinismo a nivel global. La externalización del conflicto hacia ámbitos europeos o mundiales siempre favorecerá la abolición, pues, mientras borgoñeses, bretones, flamencos, lombardos, ingleses o irlandeses vivieron en paz y utilizaron la ganadería destinada a fines más pacíficos, el crisol peninsular, con castellanos, navarros y aragoneses, hallábase en plena reconquista contra el moro, sirviendo, este mismo ganado, como entrenamiento marcial. De ahí, el famoso lanceo del toro a caballo, origen primario de las actuales corridas. O la archidivulgada leyenda de El Cid. Desde la Edad Media y hasta la revolución impuesta por González Fernández de Córdoba, en plena Edad Moderna, el peso de la batalla recayó sobre la caballería. Con los Tercios y el Gran Capitán, la infantería cobró mayor protagonismo. Curiosa equiparación entre historia política y taurina. Desvanecida la guerra por caballería, las horas del toreo a caballo merodeaba por minutos finales, dando paso a los chulillos de a pie, antes exclusivamente estoqueadores. Hete ahí gran parte esencial destilada por Ortega y Gasset.


    Charlan Rafael Gómez Ortega y José Ortega y Gasset

    No relataría esta parafernalia seudofilosófica sin intermediación de José Carlos Arévalo, magnífico periodista taurino, cuya supervivencia desconocía hasta visualizar, días atrás, el Kikirikí sobre Chicuelo, acompañado, también, de Domingo Delgado de la Cámara y José Morente. El tratadista, el crítico, afronta con frialdad la observación del objeto de su criterio, pero, curiosamente, responde con recelo al juicio sobre su profesión. Esto es, la crítica al crítico. Arévalo, de la Cámara y Morente (no quisiera dejar caer, en saco roto, a Álvaro Acevedo, por ejemplo) encabezan gran criterio y conocimiento sobre historia y técnica del toreo.

    Invierno urbanita. Sin tentaderos, olor a césped, penumbra, chimenea, excremento, pelo de caballo y cuernecillos de añojo; con luces de navidad, mercantilismo, blackfridays y comercios por doquier. A Dios gracias, encontré, en Plaza Nueva, la Feria de Libro Antiguo y de Ocasión. Hasta el 10 de diciembre, cuya visita recomiendo. Allí, durante horas, hojeando, atravesando diversos puestecillos, provenientes de todo el país, pregunto sobre libros taurinos: "poco hay", responden. En una de esas, encontré "La guerra secreta. Temporada taurina 1986", con autoría conjunta de Arévalo y del Moral, editado por AKAL.

    En esta obra, Arévalo fragua una tesis concisa en base a esta frase del filósofo: "No puede compender bien la Historia de España, desde 1650 hasta hoy, quien no se haya construido, rigurosamente, la historia de las corridas de toros en el sentido estricto del término, no de la fiesta de los toros, que, más o menos, vagamente, ha existido en la Península Ibérica desde hace tres milenios, sino lo que nosotros actualmente llamamos con este nombre".

    Parrafada magistral. Cito: "Es un tópico excesivamente manido recurrir a Ortega y Gasset para recordar que la fiesta de toros es un espejo lúdico y fiel de la realidad más profunda de cada época. Pero como todos los tópicos, alberga una gran dosis de verdad. Puede afrimarse, y no es más que un hallazgo referencial, que la España bipartidista de Cánovas y Sagasta compartía esa misma dicotomía con la rivalidad de Lagartijo y Frascuelo. Es cierto que, tras la muerte de Joselito, y la implantación del orden belmontino, empezó la tauromaquia del siglo XX, cuando el espíritu de esta centuria nacía en la primera posguerra. El belmontismo fue un "ismo" estético contemporáneo de otras vanguardias, como el surrealismo, el cubismo, el futurismo, etc. Y, si vamos, más lejos, a nadie le extraña que, bajo el reinado de Fernando VII, que promovió y persiguió, alternativamente, a realistas y apostólicos, la Fiesta fuera prohibida y después, mereciera una Escuela de Tauromaquia en Sevilla o que, bien visto, la toma de las ganaderías a manos del hidalgo burgués y, hasta entonces, en poder de la aristocracia y del clero, resultara ser una premonitoria desamortización. Pero esos ejemplos, entre los muchos que podrían citarse, son simples aproximaciones. Es más contundente seguir el devenir del empresariado en España, desde el siglo XVIII a nuestros días, siguiendo la transformación de la empresa taurina, cuando el sistema productivo español radicaba en las fincas, arcaicas explotaciones agropecuarias, y la explotación de las plazas estaba en manos de las antiguas maestranzas, de las juntas de hospitales, de las corporaciones locales. Entonces, el empresario de toros eres un pequeño concesionario que, en ocasiones, sólo detentaba la contrata de uno o varios tendidos para su comercialización pública (el vicio nacional de no pagar en los toros es una cuestión de prestigio social que procede de esta época). Su expansión y desarrollo coincide con el de la pequeña empresa, nacida en los intersticios consentidos por la comercialización de los productos agrarios y la permisividad de los gremios. La atomización de empresas taurinas pervivió en el campo hasta el éxodo rural de los años cincuenta de nuestro siglo y, en las urbes, hasta finales del XIX. Ello permitió a toreros y ganaderos ser los grandes señores del negocio durante la pasada centuria y un poder absoluto a José y Juan, que sólo tuvieron enfrente a muchos, dispersos y pequeños empresarios. En la década de los 20, surge, por fin, la empresa taurina, el empresario capaz de conseguir la contrata de varias plazas y, Pagés, que incluso obtiene para él y su descendencia la explotación de la Maestranza de Sevilla, es el símbolo paradigmático de todos ellos. Más tarde vendrían las grandes familias: Chopera, Jardón, Balañá... Fueron todos ellos excelentes aficionados, inteligentísimos taurinos, que comenzaron su verdadera expansión en los años 40, cuando las administraciones locales habían dimitido de sus funciones. La libertad de movimientos que se permitió en los 50, a patronos, y el desarrollo económico de los 60, consagraron su conquista y la configuración de una oligarquía ya libre del acoso impuesto por dos grandes apoderados, Domingo González "Dominguín" y José Flores "Camará" que, con la fuerza de Luis Miguel y Manolete, mandaron en la fiesta y fueron, intermitentemente, grandes empresarios.


    Majestad manoletista | Sánchez

    Analizando en profundidad, más allá de las estructuras económicas, el enraizamiento de la fiesta brava con la sociedad española expresa un misterio que ni la sociología, ni la investigación antropológica han sido capaces de desvelar y da, a cada paso, las señas de una telúrica identidad. ¿Por qué los españoles han convertido el uro salvaje en toro de lidia, su agresividad original en la moderna bravura? ¿Por qué los toreros y el pueblo, han configurado, cuando otros países iniciaban su industrialización, un rito deportivo y agrario con oscuras reminiscencias sagradas, en pleno siglo XIX? La historia taurina es una narración, realmente sucedida, que relata la saga de unos prototipos heroicos, protagonistas de un viaje interminable, cuyas paradas, de plaza en plaza (el antiguo corazón de las ciudades), sirven para restaurar ritualmente la lucha de la razón contra la naturaleza indómita; un acto revelador e imaginario de la profunda realidad de cada época. Los broncos años republicanos tuvieron por protagonistas a una amplia fila de toreros distintos y distantes, y una sorprendente variedad de encastadas ganaderías. La España solitaria y triste de posguerra se expresaba en la ascética soledad de Manolete frente al toro, y también convivió el estraperlo en la calle con el fraude en la Fiesta. Luis Miguel y Antonio Ordóñez devolvieron a la Fiesta las dos grandes tradiciones: el temple belmontino y el mando guerrista, en la plaza y fuera de ella. Y El Cordobés fue el más explícito testimonio de su época.

    Los toros son un espectáculo instrínsecamente dramático, la expresión de una situación límite, en el sentido más sartriano de la expresión, tangencialmente sagrado por lo que de sacrificial tiene la lidia y el clamorosamente civil porque la democrática participación del público, arbitrada presidencialmente, se traduce en la soberanía del foro. Esta soberanía lúdica, único vestigio democrático bajo la dictadura, expresó su rechazo a la Fiesta heredada del franquismo, mediante una rebelión que tuvo por escenario el graderío y anunció la llegada de nuevos tiempos. Con la democracia, la Fiesta perdió uniformidad, los públicos se manifestaron libremente y las plazas revelaron, una oras otra, su singular idiosincrasia. Taurinamente, el centralismo ha muerto. Sevilla recuperó su capitalidad, reclamando incluso un reglamento andaluz. En el País Vasco, la presidencia dejaba de corresponder al Ministro del Inteiror, y la Ertzaintza sustituyó a la Policía Nacional. Aunque Madrid sigue detentando el poder, y es la plaza que da y quita en el toreo".

    Bibliografía:
    ARÉVALO, José Carlos. "La guerra secreta. Temporada taurina 1986" (1ª ed., AKAL, Madrid, 1986, págs. 23-25).
    ORTEGA Y GASSET, José. "La caza y los toros" (1ª ed., AUSTRAL, Madrid, 1962).


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    Re: En defensa de los toros

    Pinacoteca taurina (I): "Muerte del Maestro", por José Villegas.

    Perspectiva panorámica | Flickr

    Con este lienzo, mi intención no es otra que la inauguración de un nuevo serial, correspondiente a la humilde divulgación, desde mi escaso conocimiento pictórico, sobre las pinturas encuadradas en la temática taurina a lo largo de la Historia del Arte. Especialmente, por los tiempos actuales, de desprestigio hacia esta bella arte, cabe, más que nunca, la reivindicación como elemento cultural y su interrelación con otros ámbitos pertenecientes a esta, véase poesía, narrativa, escultura, pintura, música, etcétera.


    En incontables ocasiones, he visitado el Museo de Bellas Artes de Sevilla, mi ciudad, como El Alcázar, La Giralda o nuestra magnánima Catedral. Parezca un pecado acudir, como hispalenses, a tales monumentos, rodeado de guiris. "¿Eres de aquí?", cuestionan, con voz anonadada, ciertos empleados. Porque, entre tanto folk, gastronomía y liturgia religiosa, debería caber, en nuestra sevillanía, apreciación endogámica y conocimiento hacia nuestro patrimonio. Sevilla, por sus gentes, su aroma, su idiosincrasia, alza la vista como destino turístico idóneo para el año advenido, pero, si ahondáramos, aun más, en lo nuestro, descubriríamos mayor motivación y justificación hacia nuestro cuestionado ombliguismo. Servidor, el primero.

    Sólo a rebufo del Museo del Prado, nuestra galería de arte, según grandes especialistas, como Enrique Valdivieso, ocupa la segunda posición en valor e importancia de contenido. Bien es cierta la escasez de los Velázquez, con un par de piezas, y los Goya, con un retrato de pequeñas dimensiones. Sin embargo, enfrásquese usted, en mañana o tarde, a pasear por semejante edificio, con sus patios, al estio andaluz, y sus salas, ordenadas cronológicamente. Francisco Pacheco, el mentor de Velázquez, Alonso Cano, Zurbarán, Valdés Leal, Bartolomé Esteban Murillo, pintores italianos, como José de Ribera (nacido en Játiva, Valencia, pero con desarrollo artístico en Nápoles) o Giovanni Battista y, personalmente, por temática, movimientos de época y trazos de brocha, llegamos al XIX y XX, mejores salas del lugar, bajo mi gusto pictórico personal, con personajes como el propio Villegas, Zuloaga, Bilbao, García Ramos, Cabral Bejarano, Bécquer (Valeriano y José, no Gustavo Adolfo) o Esquivel, entre tantos.


    Título de la obra y autoría, así como adquisición por la Junta de Andalucía | Galleo del Bú

    Reseña del autor | Galleo del Bú

    En este tangai decimonónico, marcado por Guerra de Independencia, Guerras Carlistas, Revoluciones Liberales y Décadas Ominosas, a mediados, viene al mundo José Villegas Cordero (Sevilla, 1844 - Madrid, 1921). Transcribiendo lo expuesto en la Sala XII del Museo de Bellas Artes de Sevilla, leemos esto: "De Villegas, una de las personalidades artísticas de mayor relevancia en el siglo XIX, conserva el museo un interesante conjunto de pinturas. Donadas, en su mayoría, por su viuda, Lucía Monry, se trata fundamentalmente de retratos en los que evidencia la evolución de su estilo. La formación artística de Villegas se inicia bajo la responsabilidad del pintor José María Romero y en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. En 1866, se traslada a Madrid y estudia, en el Museo del Prado, a los grandes maestros del naturalismo del siglo XVII, especialmente a Velázquez, del que toma la base de su técnica pictórica. También importante en la configuración de su estilo fue la amistad con dos renombrados artistas, Rosales y Fortuny. A fines de 1868, marcha a Roma, cumpliendo con una de las mayores aspiraciones de los pintores de su generación. De esta primera época, son las obras de temática orientalista y taurino, con las que alcanzó gran éxito. Tras una breve estancia en Sevilla y Marruecos, regresa a Roma, en 1876, e inicia una carrera ascendente, jalonada por sucesivos premios en certámenes internacionales, que le convierten en uno de los artistas más cotizados de su época. Su versatilidad le permite atender con gran éxito a todos los gustos del momento: pintura de historia, "casacas", escenas costumbristas, paisajes y retratos [...] A su vuelta a España, en 1901, fue nombrado Director del Museo del Prado".



    Culminada en dos épocas (primero, 1893; luego, 1910), con casi veinte años de por medio, "Muerte del Maestro" deja entrever, según detalla el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, "el momento en el que es depositado el cadáver del torero Bocanegra en la capilla de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, tras sufrir una cornada mortal, en corrida homenaje a 'El Tato'".

    Detalle de "Muerte del Maestro" | Galleo del Bú

    Firma de Villegas | Galleo del Bú

    Prosiguiendo con análisis especialistas: "El estilo y la técnica de esta obra, de gran formato, ha sufrido un largo proceso de ejecución y transformación por parte del propio artista, que comenzó una versión, en el año 1893, y culminó otra nueva, en 1910 [...] "Muerte del Maestro" introduce una singularidad dentro del género taurino: su concepción como un gran cuadro de historia, con todo lo que esto exigía de dedicación y estudio. Pero frente a la retórica que caracterizó al género histórico, Villegas presenta una escena de gran dramatismo en la que los expresivos miembros de la cuadrilla muestran un repertorio de actitudes conmovidas y sinceras en torno a la figura del maestro".



    La ignorancia, como el conocimiento del toreo y su rito, requiere atrevimiento y, más allá de reconocer al escritor del texto citado anteriormente como un magnífico analista e historiador del arte, no creo en una filiación lo suficiente acérrima hacia la tauromaquia. Mucho menos, conocimientos detallados, magníficamente esbozados por Villegas Cordero y que, en mi visita al lugar, fotografié sin flash, como dictan las normas protocolarias, en pos de exprimir toda la pulpa taurómaca posible:


    Banderillero, santiguándose frente al cadáver | Galleo del Bú

    Rostro incrédulo y lamentado | Galleo del Bú

    Profundizando en detalles del óleo sobre lienzo, la tristeza generalizada resalta a la vista, aunque cada cual expresa como la siente: unos, santiguándose ante el fallecido; otros, con manos a la cabeza. Alejado de trajes de corto y sotanas, un muchachillo (desconozco la existencia del mozo de espadas en aquella época) recoge los hábitos toreros del maltrecho Bocanegra: manoletinas, ropajes...


    El festejo parece haber finalizado, pues matadores, subalternos y picadores, con montera y castoreño en mano, respectivamente y no todos, cuelgan del hombro, capotes de paseo. Villegas condensa a la muchedumbre en un reducido espacio, por preocupación inesperada ante el acontecimiento advenido, sin impedir otorgarle profundidad, pues, al fondo de la imagen, en una ventanilla, niños parecen colocar pies de puntillas, debido a su escasa estatura, y curiosear a través del único resquicio posible. Apenas alcanzan a observar, pero desean salir de dudas sobre cavilaciones.

    Sacerdote junto al fallecido | Galleo del Bú

    Lamento generalizado | Galleo del Bú


    PD: Como colofón inaugural a este serial, no pretendo finalizar sin ensalzar la gran labor de Pagés, la productora audiovisual y José Antonio Morante de la Puebla en el spot destinado a la Campaña de Abonados para la pasada Feria de Abril, donde, acertadamente, muestra una simbiosis, existe y olvidada por muchos aficionados, entre bellas artes: tauromaquia y pintura. En el documento audiovisual, aparecen obras como "Santa Justa y Santa Rufina", de Bartolomé Esteban Murillo.

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    Re: En defensa de los toros

    Pinacoteca taurina (II): "El Chepa de Quismondo", por Ignacio Zuloaga.


    El Chepa de Quismondo

    Aquel Madrid castizo, compuesto por tertulias, cabarets y mocitas, contó con una señera, organizada por José María de Cossío, en el antro de Antonio Sánchez, retratada por el madrileñista Antonio Díaz-Cañabate en "Historia de una taberna". El propio escritor, crítico de ABC, sucesor de Gregorio Corrochano, participó en aquellas reuniones junto a toreros, literatos, poetas, eruditos, historiadores, pintores, escultores, ingenieros, abogados, políticos, cineastas, críticos y variopinta cabaña humana, diversa en ocupación.

    Eugenio D'Ors, Sebastián Miranda, Francisco de Cossío, Gerardo Diego, Joaquín Rodrigo, Juan Belmonte, Rafael El Gallo, Edgar Neville... E Ignacio Zuloaga, autor del lienzo tratado. El pintor vasco, gran amante de la tradición pictórica hispana, en contraposición con las moderneces imperantes, cubistas y surrealistas, fue un gran retratista de la vida llana nacional.

    Inducido por el artista y Cossío, autor del tratado "Los Toros", Antonio Rodríguez, nombre y apellidos originales de "El Chepa", acudió a la velada habitual y, causando gracejo entre los componentes, fue objeto de representación, debido a la exótica conjunción entre vocación profesional y defecto físico.

    Nacido en 1912, en Quismondo, provincia de Toledo, enfermo de escoliosis, bohemio y peluquero por obligación, soñó con grandes triunfos vestido de luces. No sucedió así, aunque, al menos, logró estoquear novillos por cuantiosas plazas pueblerinas, seguido de dos comparecencias llamativas: en 1936, plaza de Tetuán de las Victorias; y 1941, como sobresaliente en un festejo nocturno venteño. La obra de Cossío señala, también, habituales comparecencias en números de toreo cómico.

    El Chepa, en el estudio, junto a su retrato

    Según biógrafos del artista eibarrés, confeccionó este cuadro tras aplazar la reproducción de Manolete, ocupado en amoríos, idas y venidas durante aquellas calendas. Junto a Domingo Ortega, Azorín y Ortega y Gasset, El Chepa de Quismondo entró en el elenco de ilustres retratados, aunque, por motivos económicos, jamás pudo adquirir el lienzo, permaneciendo en el estudio de Zuloaga hasta la muerte de éste, en 1945.

    Antonio, afamado chepudo, torerillo errante y soñador de imposibles, falleció también en los cuarenta, aún convencido de labrarse un hueco entre los grandes libros de críticos taurinos. Ojalá hubiera podido codearse con Bienvenida, Manolete, Pepe Luis y Arruza. No tuvo suerte ni hechuras, mas sí férrea e inquebrantable voluntad.


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    Re: En defensa de los toros

    Me dieron una ocasión.



    Camarón de la Isla, artista y garboso, ejecutando un derechazo con la muleta

    "Toíto lo que tú me pidas,

    yo te lo daré.
    Si me pides olvidarte,
    te lo negaré.



    Chiquilla, no seas tan loca
    que, por tu forma de ser,
    te tienen de boca en boca.

    A la luna, luna de enero,
    con mi capote y muleta
    iba a los encerraeros,
    porque a mí me gustaba esa fiesta
    y toíto mi afán era de ser torero.

    Me dieron una ocasión
    pa' salir a torear.
    Se me quitó toa la afición,
    no lo quiero recordar.
    Hay que pensar
    que, la afición de los toros,
    pa' to el mundo,
    no es igual.
    Te extraña que yo te dejara
    a ti de querer.
    La culpa no será mía,
    porque tendré que volver
    con la que a mí me quería"




    Paseando por un famoso establecimiento comercial, en período de rebajas estivales, me disgusta parar a observar textil. El género termina pronto y, para más inri, el gentío enardece como si fuera la vida en ello. En cambio, aprovecho para observar otras secciones: librería, música... En esta última, encontré una edición XXXV Aniversario de "La leyenda del tiempo", famoso LP de José Monge Cruz, Camarón de la Isla, publicado en 1979. Quien ame, no ya el flamenco, como particularmente un servidor, sino padezca melomanía, debe escuchar los diez tracks que componen la obra maestra. De cabo a rabo. A modo de guiño cultural y literario, existen varias musicalizaciones de poemas de Federico García Lorca, como la propia canción que bautiza al disco, "La leyenda del tiempo", "Romance del amargo", "Homenaje a Federico" (mayor contundencia nominal, imposible), "Mi niña se fue a la mar" o "Nana del caballo grande".

    La susodicha edición especial, cuya adquisición recomiendo encarecidamente (desconozco si seguirán permaneciendo stock en su tienda musical más cercana, ergo dese prisa), contiene, además de disco de vinilo, CD y DVD, un curioso libreto, con frases, anécdotas y fotos en torno a la producción del disco y su posterior repercusión. En cuanto a esto último, volveremos más tarde.

    Vestido de luces en su niñez: la ilusión de un chaval


    Camarón de la Isla nació en La Isla (de ahí ambos apodos: así cotinúan nombrando, coloquialmente, a San Fernando, por su situación geográfica; lo de Camarón, un tío suyo, debido al rubio de su cabellera), en el año 1950, con los efectos devastadores de la posguerra aún presentes. La Bahía de Cádiz, como hoy, siempre afectada por el mal del desempleo, y la época, provocó un alto nivel de analfabetismo (el propio cantaor no supo apenas leer ni escribir y fíjense cómo transmitía), amén del absentismo escolar y la necesidad de llevar dinero a casa. Mera subsistencia. A mitad de siglo, su padre, del mismo nombre, regentó una fragua. Bien podría haber continuado el negocio (a veces, ayudaba, mas intentaba escabullirse para alimentar sus otras pasiones). No fue así: los chavales, por imitar y salir de lo miserable, soñaban ser cantantes, futbolistas o toreros. Había que marchar a Madrid, epicentro del artisteo, peaje obligado para triunfar nacionalmente, granjearse unas perras y mandar, de vuelta al hogar, las pesetas de rigor.

    Si por Monge hubiese sido, de profesión, matador antes que cantaor. Así lo atestiguó en incontables ocasiones y, en un documental reciente, publicado por Canal Sur, conmemorando el cuarto de siglo de su fallecimiento, un amigo relataba cómo los chavales quedaban en el barrio y andaban, hatillo en el hombro, para saltar el cercado y torear. Le pirraba una muleta y sentía fascinación por los matadores. Sobre todo, desde que El Cordobés aportó 1.000 pesetas al chavalillo, entonces comenzando en la afamada Venta de Vargas. José no tuvo el mínimo valor. Lo intentó de novillero y, el par de veces atrevidas a salir del burladero, no pudo con aquello. Si eso, a duras penas. De las cualidades para el cante, ni hablamos: en su discografía queda constancia.

    En una entrevista a su viuda, La Chispa, vislumbra varias anécdotas sobre su afición a la tauromaquia: "a él le hizo mucha ilusión cuando Curro Romero nos regaló un capote en nuestra boda"; "quería ser torero, pero le daba mucho miedo, mucha "jindama" el torero, entonces, cuando toreó dos veces, dijo: 'es más fácil cantar'"; "incluso llegó a torear en San Pedro de Alcántara".

    Festejo en San Pedro de Alcántara | ABC


    Sobre esta última declaración, digna de anecdotario taurino, he ahondado. San Pedro de Alcántara (Marbella), Costa del Sol. No debió primar la exigencia, desde luego: ya conocemos la idiosincrasia de los cosos en aquella zona malagueña. Lo reseñado sucedió un 18 de octubre de 1975, junto a Miguelín, Curro Romero, José Antonio Galán, Juan Jiménez y Alfonso Galán. La plaza, llena (lógico) y los novillos, preparados, pero, por suerte o desgracia, el novillo con menor trapío, preparado para el cañaílla, no le tocó. Al contrario: el peor de la tarde. Según ABC, cumplió y mató al de su lote. Eso sí, ahí quedó: debut y retirada simultáneos.

    Detalla Francis Mármol, en el periódico de los Luca de Tena: "la faena resultó, al parecer, algo accidentada y se contabilizó algún revolcón. Igualmente, sumó, en su haber, más de un pase de auténtico arte, que pareció recordar, por mucho tiempo, a todos sus amigos".

    Frase del libreto | Galleo del Bú


    Afirmé mi regreso al libreto. Esta frase llamó mi atención al instante, despertó la mente y, desde entonces, aún no he podido borrarla. Casualmente, como a diario, escucho al genio y, no sé de qué manera, llegué a una bulería, titulada "Me dieron una ocasión", cuya transcripción y documento audiviosual, con franjas de Camarón toreando en el campo, he molestado en aportar al comienzo del escrito.

    "La leyenda del tiempo" fue, a finales de los setenta, una revolución en el flamenco. Los puristas se echaron las manos a la cabeza. "Esto no es flamenco", afirmaban. Palmas, guitarra y voz, mutaron en elementos instrumentales electrónicos o sonidos árabes e hindúes. Algo exótico para aquellas mentes cerriles, aduladores de Caracol, La Niña de los Peines y compañía. No resto importancia en la historia a los mencionados anteriormente, ojo.

    Quien posee el amor hacia la tauromaquia en sus adentros, aunque no sea matador, ganadero, veedor, banderillero, alguacilillo o arenero y no cruce la frontera de simple aficionaducho, piensa en torero las veinticuatro horas del día. Y la oración me recordó a Juan Belmonte y su revolución incomprendida, eje del toreo pocos años después, en la Edad de Plata. Decía Guerra aquello de "corran a verlo: a este pronto lo va a matar un toro", para desembocar, a través de literatos, pintores, poetas y algún otro hagiógrafo en el culto a la figura de El Pasmo, hasta el punto de atribuir, erróneamente, la excusiva invención del toreo moderno, cuando Gallito toreó en redondo, elemento fundamental en la tauromaquia actual.

    El trianero de la Calle de la Feria (pues los de la otra orilla de Hispalis nacen donde les da la gana), acompañante de su padre en el puesto de quincalla, en pleno Altozano, comenzó a torear con temple, piernas quietas, sobre las muñecas y cruzándose al pitón contrario (y, recalco nuevamente, en ochos, esto es, uno de reunión y otro de expulsión; no en redondo, como Joselito, magnífico compendiador de toda la tauromaquia del XIX y también fundador underground, por su ignorancia mediática, repito, del toreo moderno). Los eruditos, gurús, en ejercicio de ignorancia, no supieron valorarlo y, con escaso paso del tiempo, el kamikaze mutó a leyenda imborrable en la memoria de cualquiera ose tildarse aficionado a la tauromaquia.

    José y Juan. Juan y José. No Gómez Ortega, en este caso, sino Monge Cruz. Parafraseando al gran crítico José Alameda, quien afirmaba la existencia del "hilo del toreo", enaltezco lo propio con el pensamiento, pues el mismísimo Belmonte, fallecido en 1962, tan propenso a frases dignas de anecdotario, hubiera firmado la referida de su puño y letra, adaptándola a su profesión: la frustrada de otro revolucionario.

    Última edición por Pious; 13/12/2018 a las 12:14

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    Re: En defensa de los toros

    Antonio Bienvenida, honradez y veto.

    Antonio Ordóñez, Antonio Bienvenida y Carlos Corbacho, en la Goyesca de Ronda | Pinterest

    Las alcantarillas del toreo, detrás del precioso atrezzo y la belleza verdadera un arte milenario, poseen capítulos dignos de reseña. Existe constancia concerniente al fraude del afeitado desde el siglo XIX, cuando Rafael Guerra "Guerrita" relataba cómo bañaban reses en el río Guadalquivir y, aprovechando su obvia torpeza en el medio acuático, desmochaban defensas naturales. No fue hasta décadas más tarde, con la figura de Antonio Bienvenida, cuando públicamente se denunció en los medios de comunicación. El califa cordobés ya no practicaba su profesión, mientras Antonio aún continuaba en activo.

    La Guerra Civil aportó una completa devastación de la cabaña brava. Por consiguiente, las exigencias de trapío y selección tras la finalización del conflicto nada se parecen a las de hoy día. Se lidiaron utreros, eclipsados por la irrupción de grandes figuras, como Manolete, Pepe Luis Vázquez o Carlos Arruza.

    Con la muerte del cordobés, la abulia de Pepe Luis y los intermitentes conflictos diplomáticos con México, surgió una nueva camada de diestros, variopinta, sumada a matadores de menor destello en posguerra. Antonio Bienvenida, hijo y hermano de toreros (el mítico Papa Negro), tomó alternativa en 1942 y, en maestro, algo envejecido bajo los cánones de aquellas calendas, diez años más adelante, lidió en beneficio del Montepío (fundado por Bombita y cobijado, a posteriori, por Marcial Lalanda), acompañado por Juanito Silveti y Manolo Carmona.

    El éxito de los tres espadas se prolongó en un banquete homenaje, esa misma noche, donde barruntaron el excesivo fraude existente. Al día siguiente, denunciaba, de manera pública, en ABC, la excesiva manipulación de pitones, provocando escarnio en el establishment, desde ganaderos a empresarios, sin obviar a camaradas. Tristemente, sólo halla adhesión por parte de Antonio Pérez Tabernero, buen amigo e íntimo valedor durante el difícil trance venidero.

    "¿En qué momento perdimos integridad, ética y vergüenza torera? ¿Acaso no somos héroes del pueblo a tenor de dificultad y riesgo?", pensaría Antonio para sus adentros. Reflejo de su personalidad, no señaló específicamente ningún nombre, mas sí hirió orgullo, prestigio y moralidad de cuantos participaron en el juego. Cuando aparecían noticias de cornadas, no tardaban los mentideros en estirar el dedo índice para señalar al nacido en Caracas.


    Antonio Bienvenida y Orson Welles | Twitter

    Antonio Ordóñez, nuevo dueño y señor del toreo, encabezó un boicot, donde no dudaron en sumarse espadas como Rafael Ortega, Jumillano, Pedrés o Antoñete. No querían un mal compañero a su lado, destapador de la caja de los truenos y provocador de mayores riesgos vitales. ¿Cuál es la esencia de las corridas de toros, si no la culminación de un arte mayor en detrimento de la propia vida?

    En 1953, alternó con matadores mexicanos, incipientes o de segunda fila, como Juanito Silveti, Manolo Vázquez, César Girón, Cayetano Ordóñez (paradójicamente, hermano de Antonio), Juan Posada, Calerito, Martorell, Dámaso Gómez, Cagancho o Pepote Bienvenida, su sangre. Bienvenida, torero predilecto en Las Ventas, no pisó San Isidro en la temporada siguiente. Sí el día de San Fernando, encerrado con seis gracilianos y cortando tres orejas. Puerta grande.

    Volvió al coso capitalino, el primero de julio de 1954, retándose con Julio Aparicio, también instigador de la censura. Oficialmente, a raíz de esta tarde, cesó su calvario. Durante las próximas temporadas (retirado en 1974), regresó al circuito, no indemne de actuaciones pasadas. Siguieron sucediendo percances y continuó existiendo un único culpable.

    Honradez y valor (no sólo en el ruedo, sino fuera) sirvieron para inmiscuir legislativamente a las autoridades en mayor grado, regulando integridad de astas, peso y edad. No se eliminó el afeitado, pues, décadas después, con el estrellato de Manuel Benítez, se cometieron grandes fechorías, pero quedó grabado, para la historia de la tauromaquia, un ejemplo digno de torería y honestidad hacia afición y la propia profesión, hogaño necesitada de admiración social.

    Última edición por Pious; 13/12/2018 a las 12:09

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    Re: En defensa de los toros

    Homenaje a Barnaby Conrad.



    Conrad, vestido de luces | theparisreview.org

    – ¿Qué, ya has toreado a un toro, o no?

    – Me falta valor. A una vaquilla, sí.

    Ensamblando mueca socarrona, Ignacio, librero de viejo predilecto, propietario de la Librería Anticuaria Los Terceros, ubicada en la Calle Sol, a dos minutos de Ponce de León, donde mueren una docena de líneas del autobús urbano, sabe de mi visita periódica con sed de algún título taurino óptimo, como "Cuentos del viejo mayoral" o "Media docena de rollos taurinos". Ambos, con autoría de don Luis Fernández Salcedo, fueron mis adquisiciones más recientes.

    El antro produce orgasmos al más asexual, siempre que ostente condición bibliófila. Una columna flanquea, a modo de pilar, situada en el extremo derecho del escaparate, aportando una esencia renacentista digna de admirar. Al entrar, anarquía: padre o hijo, de mismo nombre, fuman tabaco, mientras amontonan pilas de libros, por falta de espacio, en la superficie. La clientela vip, como servidor, cuenta con honores privilegiados: poder compartir conversación y Marlboro con los patronos del escondrijo. Algún espontáneo, en esas, entra, observa sorprendido la humareda y agasaja tímidamente, en búsqueda de obras sobre la Historia de Al-Ándalus o recopilación de mapas en la Sevilla del dieciséis. El datáfono rara vez funciona correctamente. Llevad efectivo si alguna vez compráis allí.

    Seguidamente, tras chupar el cigarrillo, relató una curiosa anécdota sobre Rafael El Gallo y Juan Belmonte en los cafés de Calle Sierpes, así como el tirón comercial del Divino Calvo, excepcional vendedor de papel, casi sesenta años después de su muerte, con sus anécdotas artísticas. Dejé caer falta de marcapáginas y sacó un talón envejecido desde el escritorio-despacho.


    Librería Los Terceros

    – ¿Nunca has estado en la plaza del pueblo?

    – ¿De qué pueblo eres?

    – Castillo de las Guardas. Tenemos un coso especial, empedrado. Hasta los burladeros, aunque hubimos de cambiarlos. Cada vez que el toro remataba... [ríe] Ah, también la finca de Juan Pedro Domecq.

    – Nunca he estado.

    Arrancó papelillo de la chequera. Estiró su brazo y me hizo llegar una entrada taurina. Antes de poder esclarecer contenido, Ignacio arrancó a hablar de nuevo, imagino en pos de explicar la historieta del ticket.

    Es una entrada de un festival celebrado en mi pueblo. Viajaron media docena de autobuses, repletos de guiris, provenientes de Inglaterra y Estados Unidos. Hace quince años, en homenaje a Barnaby Conrad, quien toreó junto a Belmonte. Han pasado ilustres por allí. Hasta vi a Curro en una ocasión. El muy mamón no quiso hacer nada aquella tarde [ríe].

    Anverso de la entrada

    Barnaby Conrad (1922-2013) colaboró, y perdonen la osadía, tanto o igual que Hemingway de cara a la evangelización taurina en órbita anglosajona. Inspirado por la figura de Manolete, escribió "Matador", novela best-seller, basada en la biografía del Califa, junto a varios tratados (en inglés) sobre cómo torear, puesto que el californiano ostentaba la vitola de aficionado práctico con importancia. Gracias a la diplomacia, residió en Sevilla y pudo sentir el mundo taurino en su máximo esplendor, granjeando amistad con el Marqués de Pickman o Manolo Caracol, personajes pertenecientes a la alta sociedad hispalense.

    Bautizado artísticamente como "El Niño de California", este yanqui fundó un night club en San Francisco, llamado "El Matador", donde la crème hollywoodiense paseaba esmóquines y vestidos caros. Asimismo, trabajó pintando, tocando el piano (en Perú), incluso boxeando. Semejante personaje polivalente encajó con el Pasmo, siempre interesado en la cultura y sus gentes, decidiendo torear, en el municipio castillero, en el año final de la II Guerra Mundial, con la intervención decisiva de Estados Unidos en el conflicto. Juan y Barnaby poco escatimaban en patria y guerras, sólo querían vivir y torear.


    Reverso

    Cincuenta y siete años después, cifra azarosa, emanó esta conmemoración al cosmopolitismo geográfico, político y social de la fiesta de los toros. Frank Evans, matador de toros, nacido en Manchester, actuó como mandamás ante teloneros prácticos de Arizona, California, Francia o Londres.

    Con erales de Concha y Sierra, cortaron abundantes orejas y rabos, en un ambiente, como su propio nombre indica, festivalero. En pleno abril, celebrose a mediodía, con intención de recibir afluencia por parte de aficionados provenientes de toda la geografía provincial, teniendo en cuenta la comparecencia de Ortega Cano, Rivera Ordóñez y Eugenio de Mora, aquella misma tarde, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.

    Porque, parafraseando aquella frase gaditana, "los taurinos nacemos donde nos da la gana".


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    Re: En defensa de los toros

    Galleo del bú, la majestad de Joselito el Gallo.



    El autor del añorado libro sobre Gallito ("Joselito el Gallo: el rey de los toreros", Espasa), necesitado de urgente reedición, Paco Aguado, tal vez sea uno de los mayores admiradores y conocedores, junto a José Morente, de La Razón Incorpórea, en lo que a la figura del pequeño de los hijos, de Fernando Gómez 'El Gallo', respecta. Este lance capotero, casualmente, inspiración nominal para esta bitácora, no prueba sino la majestad de la leyenda.

    Gallear, por cuestiones etimológicas, responde a "gallo". No animal, sino estirpe. Aquella parida y continuada por "Señá Grabiela" (sic), famosa bailaora gaditana, y Fernando, torero mediano en su época, el siglo XIX. En la Huerta de Gelves, donde nació José y, posteriormente, en Alameda de Hércules, la esencia taurina familiar produjo en Gallito, amén de sus magníficas aptitudes innatas para lidiar reses, el conocimiento de la tauromaquia antigua. Matadores con quienes su hermano, Rafael, el Divino Calvo, o su padre, habían compartido cartel o, simplemente, visto, desde el tendido, un día de festejo.

    Transcribiendo palabras de Aguado: "con el capote, Joselito el Gallo fue un torero variadísimo [...] Había una fantasía capotera, en su repertorio, tremenda: largas, remates, verónicas, toreo capote al brazo, toreo a una mano, revolera, recortes, galleos... Por ejemplo, resucitan el que llaman el galleo del bú. El bú, en Andalucía, en esa época, se llamaba a los fantasmas. Entonces, se cubría con el capote entero, como si fuera la capa de un fantasma y galleaba al toro, por la espalda, con los vuelos del capote".


    Gallito, acariciando la punta del pitón derecho | Descabellos

    Esta diversidad, en los primeros tercios, no emana de la casualidad, sino gracias a una concepción taurómaca de época, distinta a la actual. A principios del XX, cuando José desarrolló su carrera como matador de toros, además de un toro distinto al actual, sin apenas selección ganadera considerable (gracias a él y su imperio en el toreo, este aspecto comenzó a obtener consideración desde las fincas) y la desprotección del caballo (el peto no se implantó reglamentariamente hasta 1927, en la Dictadura de Miguel Primo de Rivera), la lidia pivotaba sobre el tercio de varas. Para un ganadero, era más importante apuntar cuántos caballos había despanzurrado, desequilibrado o, simplemente, el número de ocasiones acudidas al encuentro con el picador. Incluso las propias empresas, explotadoras de los cosos, contrataban infinidad de corceles, en previsión de la sangría.

    Por tanto, frente a la necesidad de afrenta con el varilarguero, ¿cómo podía lucirse el matador? Quitando de camino hacia la puesta en suerte. De ahí, la riqueza de Joselito con la capa, única y sin igual en la historia del toreo y correctamente ensalzada por la crítica. La faena, a diferencia de hogaño, apenas duraba doce, quince pases y a matar. El pópulo pagaba por lo del corcel.

    Prosigue Aguado, en referencia a este galleo: "esto era un quite que hizo, en su día, Paco Frascuelo, hermano de Salvador Sánchez, 'Frascuelo', que estaba especializado en estos galleos y Joselito el Gallo se enteró de que lo hacía este hombre cincuenta, sesenta años antes y lo recuperó para incorporarlo a su repertorio. Una absoluta enciclopedia".

    ¿Acaso no demuestra este dato la dimensión torera del gelveño? Qué majestad debe contenerse adentro para bucear en medio siglo atrás, practicarlo delante de miles de personas y ejecutarlo con esa perfección y autoridad, tan personal. Seguramente, la dedicación profesional, por parte genalógica, facilitara el camino, pero, teniendo en cuenta época, donde la existencia de hemeroteca se antojaba inconcebible y, mucho menos, un servidor de vídeos como Youtube, donde consultar faenas históricas, valoremos la magnitud del matador, como siempre he argüido, vilipendiado, injustamente, por la crítica y el aficionado, en favor de Juan Belmonte.

    A modo de broche, he querido incluir, en el documento audiovisual, al genio de La Puebla del Río, quien cumpliera, en el día de ayer, treinta y ocho años, José Antonio Morante de la Puebla. Pareciera la marisma, el otro lado, la otra orilla del río, alimentar la genialidad, la torería y un duende especial. Triana, Gelves, La Puebla del Río... Belmonte, Joselito y Morante. Vestido de corto, tentando, efectúa la remembranza de Gallito, evidenciando, aun más, la orfandad de la fiesta en términos de torería, la automatización del matador y la renuncia a la búsqueda de personalidad propia, con abandono hacia el populismo y lo estereotipado. Quién sabe (el tiempo dirá) si tendremos suerte y, una tarde loca, en La Maestranza, allá por abril, desate la locura con un galleo del bú, como ya sucediera en aquel molinete con el palillo roto.

  19. #199
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    Re: En defensa de los toros

    La tauromaquia de Goya (I).



    Francisco de Goya y Lucientes | Portada de los Caprichos

    Historial del serial

    "La tauromaquia de Goya (I)": Galleo del Bú: La tauromaquia de Goya (I)

    "La tauromaquia de Goya (II)": Galleo del Bú: La tauromaquia de Goya (II)

    0. Introducción

    "La Tauromaquia es, en el conjunto de la obra grabada de Goya, una especie de paréntesis entre el dramatismo violento de los Desastres de la Guerra y el misterio sombrío de los Disparates. Elaborada seguramente entre 1814 y 1816, es decir, en los años de la postguerra, Goya tiene ya casi setenta años y hay en él un poso de desencanto y amargura, ante las crueldades desatadas por guerra y postguerra. Refugiándose en la emoción de la fiesta, a las que tan aficionado fue desde su juventud, el viejo artista reencuentra su pasión de vivir o al menos una casi rejuvenecida tensión que le hace anotar, con nerviosa y vibrante vivacidad, las suertes del toreo, la tensa embestida del toro, la gracia nerviosa del quiebro del lidiador, el aliento sin rostro de la multitud en los tendidos.
    El estudio detallado de las láminas ha permitido descubrir una evidente transformación y enriquecimiento del propósito inicial que movió a Goya. Las primeras láminas son indudablemente ilustaciones a un texto de D. Nicolás Fernández de Moratín, la Carta Histórica sobre el origen y progresos de las Fiestas de Toros en España, publicado en el ya remoto 1777, pero reimpresa en 1801. Es posible que, incluso algunas de esas primeras planchas, se grabasen en los primeros años del XIX, con finalidad puramente ilustrativa del texto recién impreso. La invasión napoleónica interrumpiría seguramente la labor, otras preocupaciones y angustias hallaron explicación en los Desastres y, concluida la guerra, la soledad del artista volvió sobre lo iniciado, completándolo con otra intención y, sobre todo, otra técnica, más sobria, dramática y refinada.
    En las restantes estampas, Goya, se despega de cualquier texto, acumula sus recuerdos de lidiadores singulares que conoció en su juventud (Martincho, Juanito Apiñani o la Pajuelera), evoca circunstancias, impresionantes o dramáticas, a las que hubo de asistir (la muerte de Pepe Hillo o la del Alcalde de Torrejón) o simplemente anota las suertes del toreo, los lances de un arte que iba constituyéndose como propio y que queda definido en su perfección antigua".

    PÉREZ SÁNCHEZ, Alfonso. "Goya: Caprichos – Desastres – Tauromaquias – Disparates" (1ª ed., Fundación Juan March, Madrid, 1988. Pág. 135)






    I. Modo con que los antiguos españoles cazaban los toros a caballo en el campo.
    "Se trata de una ilustración casi literal del texto de Moratín. Goya ha pretendido mostrar la persecución de los toros en los primeros siglos, a pie y a caballo, en batidas y cacerías, procurando dar un aire violento y casi brutal a las expresiones de sus personajes y a sus rudas vestiduras de pieles sin curtir. El sumario paisaje, áspero también, contribuye a la evidente simplicidad del conjunto".
    PÉREZ SÁNCHEZ, Alfonso. "Goya: Caprichos – Desastres – Tauromaquias – Disparates" (1ª ed., Fundación Juan March, Madrid, 1988. Pág. 137)

  20. #200
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    Re: En defensa de los toros

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    La tauromaquia de Goya (II).



    Francisco de Goya y Lucientes | Portada de los Caprichos

    Historial del serial:

    "La tauromaquia de Goya (I)": Galleo del Bú: La tauromaquia de Goya (I)




    II. Otro modo de cazar a pie

    "Del mismo modo, en esta estampa se insiste en la violencia casi salvaje y primitiva de los hombres 'prehistóircos' enfrentados con el animal en un escenario abierto que aquí, con la mancha de arbolado del centro, adquiere importancia y profundidad considerable. En la testa del toro derribado y en su figura toda, deja ya Goya un soberbio ejemplo, que ha de repetir luego, de su perfecto conocimiento del animal taurino"

    PÉREZ SÁNCHEZ, Alfonso. "Goya: Caprichos – Desastres – Tauromaquias – Disparates" (1ª ed., Fundación Juan March, Madrid, 1988. Pág. 138)







    III. Los moros establecidos en España, prescindiendo de las supersticiones de su alcorán, adoptaron esta caza y arte, y lancean un toro en el campo.

    "Siguiendo casi al pie de la letra el texto de Moratín, Goya acepta plenamente la afirmación – que otros historiadores discuten – del entusiasmo musulmán por la fiesta del toros. Como Lafuente Ferrari ha señalado, el pintor, a la hora de buscar un traje de moro para vestir a sus personajes seudohistóricos, se vuelve hacia los mamelucos que trajo Napoleón, lo que obliga a pensar que estas láminas no pueden ser anteriores a 1808"
    PÉREZ SÁNCHEZ, Alfonso. "Goya: Caprichos – Desastres – Tauromaquias – Disparates" (1ª ed., Fundación Juan March, Madrid, 1988. Pág. 139)

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