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Tema: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

  1. #281
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    Francisco de Miranda en el Imperio Ruso: Exposición en Moscú

    América Latina19:45 21.03.2016

    (actualizada a las 21:37 21.03.2016)


    El 21 de marzo en Moscú se celebra la exposición dedicada a Francisco de Miranda (1750 - 1816), referente histórico predilecto de Hugo Chávez y precursor venezolano del movimiento de la Independencia de Hispanoamérica, que entre los años 1786 y 1787 fue cercano a la corte de la emperatriz de Rusia Catalina II.



    Político, diplomático, militar, personalidad ejemplar de la época de la Ilustración, Francisco de Miranda dominó seis idiomas y recorrió continentes buscando apoyo para la emancipación americana de la Corona Española. Curiosamente, el año que pasó en el Imperio Ruso de la segunda mitad del siglo XVIII es uno de los episodios menos conocidos en Latinoamérica, aunque investigadores subrayan que los estrechos vínculos de Miranda con la corte rusa, altos funcionarios y miembros de la diplomacia real se convirtieron en una página trascendental de su biografía.





    © Foto: Natalia Konarovskaya

    Maniquí de Francisco de Miranda



    Los organizadores de la exposición en la Facultad de Historia de la Universidad Estatal de Moscú pretenden llenar este vacío al ofrecer una reconstrucción minuciosa de los acontecimientos. En el marco del evento será presentado el libro "Francisco de Miranda en el Imperio ruso. Historia gráfica" bajo la autoría de Escalona Briceño, ministro consejero de la Embajada venezolana.

    Uno de los elementos de la exposición son los "calendarios" creados por ilustradores rusos con citas de Miranda y basados en fragmentos textuales de sus diarios. En algunos aparece con distinguidas personalidades de la época, entre otros, con el general mayor Mijaíl Kutúzov y con la misma emperatriz.

    "La idea es recoger y transmitir a través de imágenes los episodios más destacados de su viaje para que la audiencia hispanoamericana viva más de cerca su experiencia en Rusia y para que puedan conocer la cultura, el arte y la vida en el Imperio ruso a fines del siglo XVIII", explica Escalona Briceño el objetivo de la obra gráfica en su comentario exclusivo a Sputnik.





    © Foto: José Gregorio Escalona Briсeño

    Calendario del viaje de Francisco de Miranda al Imperio Ruso



    La atención favorable de Catalina II, que le prestó asilo cuando Miranda era perseguido por el imperio español, debe ser entendida, según los historiadores, como el deseo de pagar tributo a los pensadores de Ilustración, un gesto liberal diseñado para adquirir una reputación de sabia en la sociedad europea. A su vez, Miranda compartió con el privilegiado círculo brillantes e intensos cuentos del Nuevo Mundo, declaraciones críticas sobre la tiranía y la crueldad de las autoridades coloniales, así como discusiones sobre arte y literatura.

    "Hace casi 230 años el venezolano Francisco de Miranda llegó a estas tierras empujado por el deseo de conocer en profundidad el alma rusa y la fuerza que había impulsado a este pueblo y a su emperatriz Catalina, a convertir a Rusia en una de las naciones más reputadas del mundo, no sólo por su grandeza material sino porque en ella encontraban cobijo y reconocimiento las ciencias, las artes y los espíritus libres en una época en que las sombras de la Inquisición segaban vidas y castraban el pensamiento", señala Carmen Bohórquez, una de las grandes conocedoras de la vida y obra de Miranda.

    En su intento de proporcionarle protección a Miranda, Catalina se fue más allá al concederle el grado de coronel del ejército ruso. Por ende, el otro objeto valioso expuesto en Moscú es el uniforme del Regimiento de Coraceros de Ekaterinoslavia, que llevó el líder militar venezolano.

    "Queríamos incluir un elemento nuevo a la iconografía del Generalísimo Francisco de Miranda que permita describir de manera objetiva el uniforme militar con el rango de coronel al servicio del Imperio ruso", destaca el diplomático.





    © Foto: Natalia Konarovskaya

    Retrato de Francisco de Miranda (1750 - 1816) en el uniforme del Coronel del Regimiento de coraceros de Ekaterinoslav



    Los otros objetos comprenden archivos personales de Miranda, un maniquí, realizado a partir de las imágenes del personaje histórico, y unas monedas de la época de Catalina II, que le ofreció pagarés y dinero en efectivo por un monto total de 15 mil rublos, aparte del apoyo diplomático en las misiones rusas en el extranjero.

    Hablando del aporte del precursor a la causa de la independencia, el doctor y presidente del Centro Nacional de Historia de Venezuela, Pedro Calzadilla, subrayó que fue "el primero en asumir el hecho colonial como tal y en pretender acabar definitivamente con el sistema de opresión global instaurado por España en América, así como en fundamentar teóricamente los principios de la libración". Así, ideó el proyecto político de Colombia como "un único estado hispanoamericano desde el Mississippi hasta la Tierra del Fuego", que años más tarde fue rescatado del olvido y llevado a cabo por el padre prócer de la independencia latinoamericana, Simón Bolívar. Asimismo, Miranda diseñó la bandera de la nueva nación, que es la base para el actual pabellón nacional de Venezuela, Colombia y Ecuador.

    Hace un año, con motivo de los 70 años desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Rusia y el país bolivariano, el canciller ruso Serguéi Lavrov hizo mención del héroe nacional de Venezuela en relación con los primeros contactos entre las naciones.






    Presentación del libro de José G. Escalona Briseño "Francisco de Miranda en el Imperio Ruso. Historia gráfica"

    © Foto: Natalia Konarovskaya






    Alvaro Enrique Sánchez Cordero, ministro consejero de Venezuela en la exposición de Francisco de Miranda en la Universidad Estatal de Moscú

    © Foto: Natalia Konarovskaya






    José Gregorio Escalona Briсeño: “Francisco de Miranda en el Imperio ruso. Historia gráfica”

    © Foto: Natalia Konarovskaya






    Maniquí de Francisco de Miranda (1750 - 1816)

    © Foto: Natalia Konarovskaya






    Calendario del viaje de Francisco de Miranda al Imperio Ruso

    © Foto: José Gregorio Escalona Briceño






    Calendario del viaje de Francisco de Miranda al Imperio Ruso

    © Foto: José Gregorio Escalona Briceño






    Catálogo de imágenes de los calendarios de la Francisco de Miranda (1750 - 1816)

    © Foto: Natalia Konarovskaya



    1 / 7

    © Foto: Natalia Konarovskaya

    Presentación del libro de José G. Escalona Briseño "Francisco de Miranda en el Imperio Ruso. Historia gráfica"



    "No es casualidad que para Hugo Chávez, Francisco Miranda era no solo nacional, sino también un héroe personal: siempre lo puso como ejemplo, muchos hablaron acerca de la contribución del héroe a la liberación del continente, para sentar las bases del concepto, que ahora lleva gran parte de América Latina hacia adelante. Compartimos estas evaluaciones".

    "Ahora —en el gobierno de Nicolás Maduro- Venezuela se encuentra entre los países con los que de manera sistemática y consistente desarrollamos una alianza estratégica. Tenemos muchos proyectos en energía, alta tecnología y construcción de viviendas. Los lazos humanitarios y culturales entre nuestras naciones también se han convertido en una tradición, la cual se basa en un profundo afecto mutuo y la simpatía de los rusos y los venezolanos", concluyó Lavrov.



    __________________________

    Fuente:


    https://mundo.sputniknews.com/americ...da-exposicion/

  2. #282
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    1810 - LA MUCHACHADA PATRIOTA, DE FRENCH Y BERUTI, ADEMÁS DE CINTITAS REPARTÍAN CARTAS...¡Y PIÑAS!.

    «INCREÍBLE lo que le pasó a don BASILIO VIOLA, natural de Buenos Ayres. Absurdo, como las aventuras de algunos personajes de Chesterton. En junio de 1810 regresó a su ciudad, procedente de España.

    Parientes y amigos le visitaban para saludarlo, congratularse de su retorno y requerirle noticias sobre los acontecimientos españoles. Don Basilio, inocente y despistado, repite con entusiasmo que las cosas COMIENZAN A CAMBIAR, GRACIAS A DIOS, EN FAVOR DE LOS ESPAÑOLES.

    Que el Concejo de Regencia (que la Junta porteña se obstinaba en no reconocer) tomaba medidas acertadísimas y captaba la confianza pública. Que se podían tener fundadas esperanzas de que los franceses serían derrotados y España liberada. Con lo cual, suponía el buen hombre llenar de gozo a sus oyentes.

    Exageraba incluso los éxitos españoles para hacer feliz a la "muy leal" ciudad de Buenos Aires.

    ¡Cuanta fue su sorpresa al recibir una noche la visita de cinco enmascarados!

    Lo acorralaron, lo traspasaron con la mirada, le dejaron una carta y sin hablar una sola palabra se fueron.

    Don Basilio la abrió tembloroso, tratando de imaginar de que tipo de extorsión estaba siendo víctima, y leyó más o menos esto:

    "Si seguís diciendo que en España las cosas van bien te CAGAMOS A PALOS, patricio degenerado. ¡Mejor te vas de la ciudad cuanto antes, si querés conservar el pellejo!"

    Eran los muchachos de French, que además de cintitas repartían cartas. Como que French había sido cartero. Esta versión ligeramente arreglada, la extraemos del informe que los Jueces de la Real Audiencia de Buenos Aires dirigieran a las autoridades españolas, ni bien llegaron a Las Palmas en septiembre de 1810.

    Salvador Ferla «Historias para Sonreir». Revista «Todo es Historia», número 128. Buenos Aires, enero de 1978.



    José Blas Molina Soriano; Raúl Jorge Lima; Nicolás Duré; David Sánchez




    __________________________

    Fuente:


    https://www.facebook.com/luis.f.laic...69164049766036

  3. #283
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    La notoria famlia Moreno de Guayaquil procreó a personajes sobresalientes y destacados en la historia guayaquileña, ecuatoriana, americana y europea. Su más grande y reconocido vástago fue Don Gabriel García Moreno, pero se destacan muchos otros entre ellos. Los hermanos Moreno Maisonnave se cuentan entre estos: José Ignacio, Manuel Ignacio y Teodoro, de familia guayaquileña por su padre y primos carnales de Gabriel García Moreno, nacidos en Guatemala. El primero fue Cardenal (Ciudad de Guatemala, 1817), al parecer el primer Cardenal criollo, así como Arzobispo de Toledo y Arzobispo primado de España. Manuel Ignacio nació en la ciudad de Guatemala en 1820, donde su padre, el guayaquileño Miguel Moreno y Morán de Butrón, era Oidor de la Audiencia de Guatemala, también fue diputado a las Cortes de Cádiz. Se suele decir que en las Cortes, Quito no tuvo representación directa, sin embargo esto no es veraz, este guayaquileño, Miguel Moreno, fue electo por Quito en 1812, llegó a viajar y a posesionarse en las mismas, pero por haber sido realista, reaccionario e imparcial con los carlistas, la historia oficial lo ninguneó al ostracismo pretendiendo que jamás existió. Siendo convencido realista, como toda su familia, prefirió abandonar el continente a colaborar con la subversión. En 1876, Manuel, profesó el hábito de la Orden de Montesa y fue Ministro del Tribunal de Órdenes Militares; su hermano, Teodoro -en la fotografía- (Guatemala, 1818), había sido investido Caballero de la misma Orden en 1864, I Conde de Moreno (pontificio, 1870) y también era Ministro del Tribunal Especial de Órdenes Militares.

    En la imagen: Fotografía de Teodoro Moreno y Maisonnave, Conde de Moreno, dedicada a su primo Gabriel García Moreno.







    __________________________

    Fuente:


    https://www.facebook.com/photo.php?f...type=3&theater

  4. #284
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    UN DÍA COMO HOY: 9 de abril

    1822 - Melchor de Aymerich y Villajuana (Ceuta, 1754 - La Habana, 1836) asume como la máxima autoridad de la Real Audiencia de Quito, tras la muerte del presidente Mourgeon el día anterior. Su título sería el de Jefe Político Superior de la provincia de Quito, y se convertiría en el último gobernante español de las actuales tierras ecuatorianas.






    __________________________

    Fuente:


    https://www.facebook.com/losladrillo...type=3&theater

  5. #285
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    Que no nos vengan a aleccionar de soberanía, patriotismo y no intervencionismo los bolivarianos. Recordémosles que la empresa subversiva de Bolívar fue dirigida y financiada por Gran Bretaña, que fue Bolívar el primero en traer tropas mercenarias extranjeras a luchar en suelo hispanoamericano, que fue Bolívar el que quiso regalar una parte de América y dar en protectorado las demás al Reino Unido, y que fue Bolívar el que nos endeudó a perpetuidad con la finanza internacional. A dar lecciones a otro lado, gilandros.


    __________________________

    Fuente:


    https://www.facebook.com/francisco.n...51476175102500
    EspadaDeRoma dio el Víctor.

  6. #286
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?


  7. #287
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    San Martín Enigmático viajero en Europa

    En 1824, James Duff, IV conde de Fife, recibió la visita de un entrañable amigo sudamericano, cuya llegada a Escocia había estado precedida por encendidos elogios en la prensa británica

    Domingo 13 de agosto de 2000




    BANFF, Escocia.- La temporada estival de 1824 fue la primera en atraer hacia Escocia un aluvión de turistas con la imaginación enardecida por las últimas novelas de Walter Scott y dispuestos a descubrir el robusto paisaje de las Highlands del bandolero Rob Roy.

    "Como prueba del inmenso número de viajeros que han llegado desde el sur en dirección al norte de Escocia, el lunes y el martes últimoo, no menos de 250 carrozas, calesas, calesines, etcétera han sido vistos pasar por la calle George Street, en Perth", destacaba el periódico Aberdeen Journal el 25 de agosto de 1824.

    Un hombre alto, de tez morena y atuendo de forastero, formaba parte de ese contingente de turistas. "El General San Martín ha estado en Duff House para visitar al conde de Fife", anunciaba el mismo periódico ese día entre las noticias locales para precisar escuetamente en la columna de sociales el paso del Libertador por "el hotel Dempster, en el Nr. 63 de Union Street en Aberdeen, en viaje de retorno tras haber visitado al conde de Fife". Lo único que sabían los escoceses de aquel enigmático viajero era a través de un relato publicado cuatro meses antes por el capitán Basil Hall en varios medios, incluida la Edinburgh Magazine, y que no era más que una enciclopedia de elogios. Ese oficial de la Royal Navy, amigo íntimo de Walter Scott, había conocido a San Martín durante un recorrido por las costas de Chile, Perú y México. "Es una persona sumamente bien educada y de sencillez, sin afectación en sus modales, excesivamente cordial y cálido, y con una evidente gentileza. En resumen, nunca he visto a una persona cuyo encanto fuera más irresistible", concluía al final de una detallada descripción física del general y de su campaña emancipadora en el Cono Sur.




    Fachada de Duff House, el hogar del conde de Fife, amigo de San Martín.



    San Martín puso pie en Escocia sin hacer la más mínima alharaca al punto de no hacerse anunciar a James Duff, IV conde de Fife, al que sorprendió en su hogar en Banff, 90 kilómetros al norte de Aberdeen (geográficamente más cerca de Oslo que de Londres), de regreso de un fin de semana de cacería en lo que hoy son los territorios del palacio real de Balmoral.

    "Cuando llegué el domingo a Duff House encontré al general San Martín que había llegado el viernes. Si lo quieres conocer debes venir mañana por cuanto él planea irse el viernes... Es un hombre extraordinario y lamentaría que no pudieras ver a esta famosa personalidad", advertía el conde a su cuñado Richard Wharton Duff, en una nota del 18 de agosto de 1824. Lord Fife sabía muy bien de quién hablaba. Los dos hombres se habían conocido quince años antes luchando contra las fuerzas napoleónicas en la península ibérica. San Martín era capitán del ejército español; Duff se había enlistado como voluntario para olvidar la muerte de su esposa, Maria Caroline Manners, víctima de la rabia en mitad de su primer embarazo, mordida por su perro preferido. Como soldado libre entre los aliados apostados en Cádiz y Sevilla, alcanzó el grado de mayor-general en el ejército español, fue declarado Grande de España y condecorado con la Orden de San Fernando. Apenas dos años mayor que San Martín, el noble escocés era un ferviente defensor de las ideas liberales, un factor que, sumado a su simplicidad, su sentido del humor y un inusual afán aventurero, contribuyó a que se ganara fácilmente la estima de su colega oriundo de Yapeyú.

    En 1808, el héroe de Bailén ya había formado con Alvear y Zapiola la Logia Lautaro para iniciar la campaña emancipadora de América del Sur. Tres años más tarde, por más que aún no había terminado la lucha contra los invasores franceses, San Martín decidió viajar a Londres reconociendo que ése era el gran "centro de reclutamiento" para la causa independentista en Europa. Algunos sostienen que fue Duff, activo miembro de la masonería, el que lo convenció de tomar lo que, a los ojos de los realistas, era el "camino de la traición".

    San Martín se encontró, sin embargo, con un serio inconveniente: las autoridades españolas no estaban dispuestas a aceptar que un militar diestro, con veinte años de entrenamiento, abandonara el país, más aún sabiendo que su origen sudamericano podía transformarlo en un rebelde.

    Duff intervino entonces obteniendo por medio de otro escocés (sir Charles Stuart, ex encargado de negocios de la embajada británica en Madrid y entonces enviado en Lisboa), un pasaporte y un pasaje hacia Inglaterra al que agregó varias cartas de presentación y letras de crédito de las que aparentemente no tuvo que echar mano. Así llegó a la capital británica a fines de 1811 y retornó a Buenos Aires en los primeros meses de 1812.

    Los dos amigos se mantuvieron en contacto durante todos los años de la campaña libertadora. Tras la victoria de Chacabuco, por ejemplo, Duff (ya conde de Fife al haber heredado el título a la muerte de su padre, en 1811) escribió el 3 de junio de 1817, desde Edimburgo, en un español aprendido en las trincheras: "No puede, mi amigo San Martín, figurarse cómo las noticias de su buena conducta me han llenado de satisfacción. He tenido siempre una gran amistad por usted y desde mi llegada de España he estado diciendo siempre a mis compatriotas: Paciencia: un hombre por allá sorprenderá a todos. Estuve yo seguro que un golpe sería dado por su brazo. No entrañe por ahora en la historia política de sus asuntos -ni de los motivos- solamente puede usted contar de mí como un buen amigo -sumamente interesado por el bien de San Martín y espero que el tiempo llegará para que nosotros nos abracemos otra vez- y hablaremos sobre todos los asuntos extraordinarios que hayan sido desde el tiempo de Cádiz. He tenido noticias de usted algunas veces de sus compatriotas en Londres -la revolución en Chile parece a ésa de Napoleón a quien yo vi estando en París cuando llegó (en 1815) y vi salir y entrar al rey (Luis XVIII) -muy (in)quieto por su persona. Créame, amigo San Martín, siempre su más sincero y verdadero amigo".

    Lord Fife era un liberal pero también un monárquico, amígo íntimo del príncipe regente, el futuro Jorge IV, que se oponía ferozmente a la emancipación latinoamericana por temor a que desencadenara un movimiento republicano internacional que terminara poniendo en peligro su propio trono. Esa amistad, estrechada por una compartida pasión por la ópera, el ballet y la buena gastronomía, no inhibió al conde a contradecir más de una vez al monarca en la esfera política, aun cuando le costara caro. En 1820 se convirtió en el primer noble en la historia británica en ser despedido de su puesto en el palacio como Lord of the Bedchamber (título similar al de un caballero de compañía del rey) por haber votado en la Casa de los Comunes contra un impuesto a la producción de whisky propuesto por el oficialismo conservador, que oficiaba como gobierno de Su Majestad.

    Pasaron siete años antes de que el rey se decidiera a perdonarle ese pecado de juventud y lo reinstalara en el puesto.

    Con el deber cumplido en América, San Martín puso proa a Gran Bretaña con su hija Merceditas, tras ser mal recibido en la Francia del borbón Luis XVIII, donde el Libertador esperaba poder arraigarse junto con su hermano Justo Rufino, residente en París.

    Llegó a Londres en abril de 1824, pero no emprendió el viaje a Escocia hasta agosto, asegurándose antes de que su hija quedara al cuidado de la respetable familia del comodoro Peter Heywood, que había sido jefe de la estación naval británica en el Plata.

    La residencia de su noble amigo era monumental. Duff House fue diseñada por el arquitecto William Adam, en 1735, con un solo objetivo: impresionar.

    El fundador de la dinastía, William Duff, un abogado que hizo fortuna como terrateniente, quería convencer al mundo de que era descendiente de lord Macduff, el mítico amigo del shakespeariano rey Macbeth, y por eso encargó a Adam la construcción de la más grande mansión en Escocia. El proyecto quedó a medio camino a causa de una disputa judicial por la contratación de los albañiles. Aun así, con más de 30 habitaciones e infinidad de salones, es impresionante y sirvió durante sus tres siglos de existencia como residencia ducal, hospital y hasta de campo de prisioneros en la Segunda Guerra Mundial. Ahora es sede de la única sucursal de la National Gallery of Scotland, afuera de Edimburgo.





    Este habría sido el dormitorio de San Martín en Duff House, durante su estadía en Escocia.


    El Libertador pasó entre sus ornamentadas paredes una semana, tiempo suficiente para que su estatura de héroe fuera reconocida por las autoridades locales que, sin duda a instancias del conde, decidieron otorgarle, el 19 de agosto, el título de Freeman of the Royal Burgh of Banff, la primera, si no la única, distinción recibida por el Libertador en el Viejo Continente, equivalente hoy a la entrega de las llaves de la ciudad.

    De ahí en más, cada uno seguiría caminos distintos. San Martín intentaría un frustrado regreso a Buenos Aires para luego vivir en Bélgica y Francia.

    Duff dejó la corte y su asiento en la Casa de los Comunes para radicarse en su tierra, donde gastó buena parte de su fortuna fundando ciudades, como Dufftown, hoy sede de la famosa destilería de whisky Glenfiddich, con el fin social de dar empleo a los hombres que regresaban de la guerra peninsular. Falleció en Banff en 1857.

    Esta ciudad portuaria no vería otra vez a un argentino notable caminar por sus angostas veredas hasta 1964, cuando un tal Jorge Luis Borges, acompañado por una señorita María Vásquez, decidió interrumpir una gira de disertaciones por Gran Bretaña para conocer personalmente este rincón de Escocia asociado para siempre con la Argentina.

    Esta no es, sin embargo, la única faceta poco conocida de San Martín en Europa. Archivos de la masonería belga rescatados recientemente de las manos de la KGB contienen correspondencia con masones argentinos desde principios del siglo XIX hasta 1913 y servirían para echar luz sobre muchos de los misterios que abundan acerca del período de construcción de nuestro país.

    La información sirvió para desterrar toda duda sobre la membresía del General San Martín a la masonería. La riqueza de los archivos, conocidos como Fonds 114 - OSOBY (Archivos Secretos de Bélgica) es superior a lo que en un principio se creía.

    "Es un legado francamente precioso -sostuvo el doctor en historia Philippe Raxhon, pro-fesor de la Universidad de Liège-. Contiene toda la correspondencia que mantuvieron las logias belgas con sus pares de Lima, entre 1830 y 1910; con las logias de Buenos Aires entre 1850 y 1913, los reportes de las reuniones de la Gran Lo- gia de Orien- te en Bruselas y, más precisamente, los de La Perfecta Amistad (La Parfaite Amitié), a la que estaba asociado San Martín, desde 1817 hasta 15 años después de su muerte."

    Y ésta podría ser sólo la punta del iceberg por cuanto sus 2265 carpetas, actualmente en el depósito del Centro de Estudios Religiosos y de la Laicidad de la Universidad Libre de Bruselas, aún no han sido clasificados analíticamente. "Existe un inventario, pero es escueto y bastante aleatorio, lo que permite creer que hay mucho más de lo que figura a simple vista", destacó Raxhon.

    El libro El general San José de San Martín en Bélgica, un destino, una época contiene las ponencias de 16 expertos de Bélgica, Francia, Gran Bretaña y de nuestro país sobre el período de exilio del Libertador. Fue impreso en una tirada de 500 ejemplares por nuestra Biblioteca Nacional como primer resultado de un acuerdo de cooperación firmado con la Biblioteca Real de Bélgica en julio del año último. En su presentación, presidida por el embajador argentino Eduardo Airaldi, el director de la Biblioteca Real Pierre Cockshaw mostró una medalla de plomo bañada en plata de la Logia La Perfecta Amistad, con el perfil del General San Martín, que indica: "Construída en Oro de Bruselas el 7 de julio 5807 al general San Martín 5825". El significado de los números es un enigma.

    "Esta pieza es la única copia de la original en oro cuyo paradero se desconoce. Tampoco sabemos cómo es que llegó a la biblioteca, más allá de que se encuentra aquí desde 1912", destacó el jefe del Departamento de Conservación Wim De Vos.

    El director de la principal biblioteca belga estimó que la membresía de San Martín a la masonería "no ensucia ni contradice" la imagen de probidad del Libertador. "La masonería no fue condenada en Bélgica hasta 1838 y hasta entonces no había enfrentamiento alguno entre las sociedad secretas y el catolicismo. Tenemos muchos casos de europeos ilustres que eran católicos y masones", dijo Cockshaw.

    El general San Martín vivió en Bruselas entre 1824 y 1831. Una epidemia de cólera terminó empujándolo al exilio en París. En 1834 compró su casa de Grand-Bourg.

    Hasta su forzada partida a Boulogne-sur-Mer por el alzamiento de 1848, San Martín seguiría con sus viajes, muchos de incógnito para despistar a los espías de las monarquías europeas que vigilaban celosamente sus movimientos.

    Su último viaje fue en junio de 1850 a Enghien-les-Bain, donde se hizo tratar el reumatismo. Sus achaques frenarían una vida impulsada no sólo por ideales de libertad sino también por la curiosidad de conocer a quienes habitan los paisajes más allá del horizonte.


    Las pistas del héroe

    Seguir la trayectoria del Libertador en Europa permite comprender mejor al hombre al que debemos nuestra independencia y es una buena excusa para hacer turismo con una original premisa. Aquí van algunas pistas: San Martín se alojó tres meses en el 23 de Park Road, frente a Regent´s Park, en Londres. Una placa recuerda su paso en 1824 describiéndolo como "soldado y hombre de Estado argentino". Todavía no se sabe si viajó por mar o por tierra hasta Perth, en Escocia, pero sí que lo hizo desde allí en carruaje a Aberdeen, donde se hospedó en el Hotel Dempster, en el Nr. 63 de Union Street. La dirección aún existe pero el edificio fue demolido hace varios años. En Francia, San Martín vivió en el 35 rue Saint-Georges (cerca de la estación de metro Opera Garnier), en Grand-Bourg, en lo que hoy es el convento de monjas La Solitude.


    Graciela Iglesias Fotos: Gentileza Duff House





    __________________________

    Fuente:


    San MartÃ*n Enigmático viajero en Europa - 13.08.2000 - LA NACION
    Última edición por Mexispano; 04/05/2017 a las 05:14

  8. #288
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?


  9. #289
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    BOLÍVAR: «YO SÉ MEJOR QUE NADIE HASTA DÓNDE PUEDE IR LA VIOLENCIA, Y TODA ELLA SE HA EMPLEADO» CONTRA EL PUEBLO DE QUITO.

    Una vez obtenida esta «ansiada» «independencia» por el pueblo del Reino de Quito más independentista que la Independencia y más bolivariano que Bolívar, como se nos repite una y mil veces ad nauseam, era de esperar su participación entusiasta para continuar con una tarea a la altura de su fanatismo «libertario», a fin de sellar la «libertad» total de América, en particular la del Perú, que todavía era un importante bastión realista.

    El propio Simón Bolívar nos detalla la situación en carta a Santander desde Guayaquil del 15 de abril de 1823, a menos de un año de la batalla de Pichincha donde se selló la separación de Quito y el inicio de la libertadura:

    »Trato de levantar tres batallones de gente del país, más no servirán de nada, porque al mover un cuerpo de un lugar a otro se desertan todos […] La mayor parte de los reclutas que hemos mandado a Lima son casados y con hijos, porque se casan muy temprano los muchachos en este país […] he agotado el manantial de mi rigor para juntar los hombres y el dinero con que se ha hecho la expedición al Perú. TODO HA SIDO SOBRE VIOLENCIA. Los campos, las ciudades, han quedado desiertos para tomar 3.000 hombres y para sacar doscientos mil pesos. YO SÉ MEJOR QUE NADIE HASTA DÓNDE PUEDE IR LA VIOLENCIA, Y TODA ELLA SE HA EMPLEADO. En Quito y Guayaquil se han tomado LOS HOMBRES TODOS, EN LOS TEMPLOS Y EN LAS CALLES, PARA HACER LA SACA DE RECLUTAS. El dinero se ha sacado a fuerza de bayonetas.

    Tan celoso de la gesta independentista fue ese pueblo, que el mismo caraqueño había reconocido poco antes la necesidad de llevar presos a los soldados al campo de batalla para que no desertaran: «Los veteranos se llevan amarrados al enemigo».

    No sorprende en lo absoluto, entonces, la masacre que nuestro «libertador» Bartolomé Salom perpetraría poco después contra ese mismo pueblo quiteño para obligarle a luchar por fantasías liberticidas de las que claramente no eran afectos.

    De mi libro, QUITO FUE ESPAÑA: HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO.



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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    LOS CRÍMENES DE LOS "BUENOS", LOS CRÍMENES DE LA LIBERTADURA BOLIVARIANA EN QUITO

    NO se crea que los crímenes de Bolívar y sus secuaces estuvieron nada más limitados a la ultra-realista Pasto, Quito sufrió su masacre particular a manos de la tropa insurgente-terrorista en agosto de 1823, propia de su proceder criminal y demencial, la cual prácticamente es desconocida por todos hasta ahora –a diferencia de la de agosto de 1810 que se pregona ad infinitum-. Fue tal la magnitud de esa matanza que los miembros del Cabildo quiteño, Ignacio Veintimilla, José María de Salazar y Miguel de la Peña, y como testigos los escribanos, José Tejada, Miguel Munive y Fernando Romero, redactaron una petición al Alcalde para que elevara queja formal al criminal gobierno de Colombia, alegaron que «se vió que la fuerza armada cometió excesos que tal vez no los habíamos padecido iguales». Y los escribanos eran funcionarios de la república de Colombia, no realistas monárquicos fervientes.

    El militarismo apátrida, desangró hasta la ignominia al antiguo Reino de Quito, Francisco Aguirre Abad diría en su momento:

    »Hasta el año de 1828 se vivía en el Sur (Quito o Ecuador) bajo el régimen del terror[…] estas escenas de sangre servían a Guayaquil para avivar la odiosidad con los colombianos, y (también) las demás provincias[…] Con todo, la Constitución de Colombia no existía sino en el nombre, en los Departamentos del Sur, gobernados arbitrariamente (cómo se deben haber extrañado las leyes de Indias) por un Jefe Superior, empleo inconstitucional que dependía del Libertador […].

    Aconteció la masacre en medio del fusilamiento de tres oficiales realistas en ese agosto de 1823, no se especifica la fecha exacta, aunque un testimonio señala que el 12 de abril de ese año, «el pueblo de Quito se amotina por el reclutamiento forzoso ordenado por el gobernador Vicente Aguirre para apoyar a las tropas de Sucre en el Perú. Treinta y seis personas mueren en la Plaza de Santo Domingo», pero, en un acta los testimonios son fechados el 23 de agosto, y en otra acta del 20 de agosto se dice: «Últimamente que calificado y comprobado por medio de tres escribanos, el estrago y muertes –formas cordiales de llamar a la masacre- acontecidas en la plazuela de Santo Domingo la tarde que fusilaron a los Oficiales del ejército español», de los cuales sólo se conservan sus apellidos: Muñoz, Ovalles y Quiñoñes . Allí como lo atestigua, José María Tejada, escribano público interino de Colombia:

    »certifico en toda forma de derecho como es cierto que en el día que se refiere, en el que fueron fusilados los españoles que se citan, estando el exponente en la Sala Consistorial de esta Ilustre Municipalidad, se alborotó esta ciudad con un movimiento extraordinario corriendo las gentes azoradas por todas partes, é ignorando el motivo me enderecé hacia la plaza de Santo Domingo, en donde vi que los soldados de esta guarnición con arma blanca y fusiles estropeaban todo el pueblo, sin distinción, con el objeto de prender hombres para soldados, y habiéndome internado á los portales de la citada plaza, vi en ellos los cadáveres de muchas mujeres y niños tiernos que habían perecido, unos sufocados, y otros atropellados por el mismo pueblo que estaba ignorante de este accidente.

    Aporta más información de los hechos, Miguel Munive, también escribano de la república:

    »que al tiempo mismo en que hicieron la descarga, se derramó la tropa que estaba formada, y repartiendo los unos planazos indistintamente con sable en mano, y los otros, golpes con las culatas de los fusiles, cercaron las esquinas, en cuyo acto no pudimos saber cuál era el designio de esta operación, y así es que todos procuraban favorecerse en las tiendas y casas á que podían entrar, hasta que corrió la voz de que era leva, con lo que serenó en parte la confusión, viendo que se entresacaban de los hombres á las mujeres, con las que pude salir fuera de la plaza, y después supe de notoriedad, que en las tiendas del colegio de San Fernando, habían muerto varias mujeres y niños sofocados con la opresión de la gente que se acogían á ellas.

    Se desconoce la cantidad de muertos, pero sin duda fue considerable, mucho más que la treintena que menciona el testimonio arriba citado, y lo más monstruoso de los hechos es que las principales víctimas fueron mujeres y niños. En actitud temerosa y servil, a pesar de lo evidente y de la contundencia de los hechos, los cabildantes tratan en las declaraciones que realizan, de excusar al comandante a cargo, Bartolomé Salom , el cual lavándose las manos tiró la responsabilidad sobre los hombros de su tropa, diciendo que «no había dado semejante orden, como lo acreditó con un papel satisfactorio que inmediatamente presentó al público juzgando prudentemente que este desorden acaecido, provino de la inadvertencia de los Oficiales», y que «ignoro quienes fueron los Oficiales que dieron motivo al desorden referido», cubriéndose la espalda entre ellos y nuevamente descargándose doblemente contra los elementos más bajos de la población. Salom también se demostró como enemigo de Quito en otras ocasiones, como cuando mandó a cincelar todos los escudos de armas de la Monarquía y los blasones de las familias que figuraban en los portales de sus domicilios en la ciudad.

    Romero no fue testigo presencial, pero pudo afirmar en certificación pública: «solo tuve noticia por voz común y general del vecindario del suceso funesto y lamentable que en la representación se expresa, como también los escribanos han certificado, por haberse hallado presentes, que en los mismos términos he sabido.»

    Aunque utilizando prudenciales términos, propios para tratar con quienes habían demostrado patibularia actitud, en la protesta y queja que elevan los mencionados miembros del Cabildo quiteño, no hesitan en aclarar «las arbitrariedades y vejaciones que ha sufrido este vecindario por los agentes de la autoridad pública», y continúan:

    »La catástrofe que sufrió el pueblo un momento después de la ejecución, cubrió á todos los hijos de Quito de compasión, de angustia y de dolor. Allí con el pretexto de tomar gentes para dedicarlas al servicio militar, se vió que la fuerza armada cometió excesos que tal vez no los habíamos padecido iguales. Los ciudadanos atropellados por los cuerpos que la componían, perecieron unos en manos de la confusión, del estrépito y del desórden, otros condujeron del concurso al seno del sepulcro á sus tiernos hijos, á sus amantes madres, y á sus carísimos amigos y parientes, otros en fin se retiraron contusos con los golpes de las culatas del fusil, y de los planazos de la espada.

    Sangre quiteña, sangre inocente derramada en vano por nuestros «libertadores», sangre en pos de una quimera, sangre ofrecida en tributo a la city londinense. El polo principal de cualquier estrategia consiste en identificar con corrección la figura del enemigo, pues en caso contrario nos exponemos a dar palos de ciego o en devenir marionetas del mismo enemigo. No hay peor imbécil que lucha y que incluso llega a morir sin saber ni el porqué. Lamentablemente para la historia oficial hay muertos clase a y clase b, en el mercadeo de su particular tabla de medir, el kilo de carne pesa más o menos en función de sus sucios intereses.

    Hechos terribles que no solamente comprueban la brutalidad de la tropa separatista y sus comandantes, sino que demuestra de forma indiscutible como se realizó la recluta de un pueblo que no quería participar en la matanza de sus hermanos, en una guerra artificial que les había sido impuesta desde afuera.

    De mi libro, QUITO FUE ESPAÑA: HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO.




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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    Historia

    Pedro Antonio de Olañeta, el absolutista irreductible de la independencia sudamericana

    Publicado hace 5 días - Jorge Alvarez





    El 12 de julio de 1825 Pedro Antonio de Olañeta alcanzaba el culmen de su carrera profesional: el rey Fernando VII acababa de nombrarle virrey del Río de la Plata.




    Batalla de Junín (Martín Tovar y tovar)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons


    Lamentablemente, el agraciado no pudo disfrutar de su nuevo cargo; de hecho, ni siquiera llegó a asumirlo porque cuando llegó la noticia a América llevaba más de tres meses muerto.

    A esta curiosa circunstancia se sumaba otra: Olañeta había caído en la batalla de Tumusla contra el Ejército Libertador del Perú de Carlos Medinaceli Lizarazu y ambos jefes habían seguido trayectorias opuestas, empezando el primero con simpatías hacia los revolucionarios para luego defender la causa realista mientras que el segundo evolucionó justo al revés.
    Pedro Antonio de Olañeta era peninsular de origen: nació en Elgueta (Guipúzcoa) en 1770 y a la edad de diecisiete años emigró con sus padres a América, estableciéndose entre Potosí y Salta.

    Era una familia de comerciantes que logró abrirse camino y hacer fortuna, pasando a formar parte de la élite social de Tucumán, máxime cuando el joven Pedro se casó con su prima, que además era la hermana de Juan Guillermo Marquiegui, militar de Jujuy que luego se haría un nombre en las guerras que se avecinaban. El matrimonio tenía un alto nivel de vida, regentando una estancia (es decir, una hacienda o rancho).




    Retrato de Olañeta/Imagen: Surazo


    En realidad, Olañeta también había ingresado en las filas del ejército, en las milicias locales; por eso y por estar acostumbrado a dirigir a su cuadrilla de trabajadores, cuando en 1810 estalló la Revolución de Mayo no le faltaba experiencia en el mando.

    Durante el mes homónimo, recibida la noticia de la caída de la Junta Suprema Central en España, se convocó un cabildo abierto y un congreso del que salió una Junta Patriótica, presidida por Cornelio Saavedra, que proclamó la independencia el día 25, decretando el libre comercio y enviando ejércitos al mando de los generales Antonio Balcarce y Manuel Belgrano a liberar otras zonas del virreinato: el Alto Perú (Bolivia) y la llamada Banda Oriental (territorios al este del río Uruguay, es decir, Paraguay y Uruguay), aún leales al Consejo de Regencia español a la par que recelosas del centralismo bonaerense.

    Como decía antes, en un primer momento Olañeta saludó el movimiento pensando, como tantos otros entonces, que era una simple reacción contra el dominio napoleónico en defensa de la corona española, cuyo legítimo depositario debía ser Fernando VII.

    Sin embargo, cuando quedó patente que aquello iba a tener una trascendencia mucho mayor, que se aspiraba a la independencia y que en ésta, como español peninsular, vería peligrar sus propiedades, tomó partido abiertamente por el bando realista.




    La Revolución de Mayo (Francisco Fortuny)/Imagen: dominio público en Wikimedia Comemos


    Haciendo bueno ese dicho de que la conquista fue cosa de los propios americanos mientras que la emancipación la hicieron los españoles luchando entre sí, la guerra se extendió como un reguero de pólvora por todo el continente. Olañeta se incorporó como comandante a las tropas del general José Manuel de Goyeneche, que había sido representante plenipotenciario de la Junta Suprema de Sevilla para los territorios americanos y en cuyo nombre proclamó a Fernando VII como único monarca.

    Goyeneche operó en la provincia de Jujuy, territorio colindante con el Alto Perú y cuya capital, San Salvador, llegó a ocupar en 1817.

    En tierra jujeña se produjo un curioso enfrentamiento de gauchos contra gauchos, ya que los que mandaba el español se enfrentaban a los dirigidos por Martín Miguel de Güemes, uno de aquellos militares enviados allí por la Junta.

    De hecho, Güemes fue el que logró el único triunfo contra los realistas (en Suipacha), imponiéndose en las demás las tropas de Goyeneche, que se ganó el título de conde de Guaqui por la victoria en ese lugar. No obstante, las hostilidades se prolongaron varios años y el destino preveía un enfrentamiento directo entre Güemes y Olañeta.




    Martín Miguel de Güemes/Imagen: dominio público en Wikimedia Comemos


    Fue en Salta, provincia al sur de Jujuy, cuya capital, harta de los impuestos ordenados por los revolucionarios, reclamó la presencia del ejército realista. Olañeta envió al coronel José María Valdés, quien ocupó la ciudad y cuando Güemes acudió a recuperarla le tendió una emboscada.

    Güemes tuvo que huir malherido con el agravante de que era hemofílico, falleciendo unos días después. Póstumamente obtuvo la victoria, pues semanas más tarde sus hombres liberaron Salta. Pero, entretanto, Olañeta había alcanzado gran prestigio y ascendió a general de brigada.

    Las cosas habían cambiado en la metrópoli. Los liberales habían forzado al rey a jurar la Constitución y, consecuentemente, enviaban un nuevo virrey al Río de la Plata: José de la Serna e Hinojosa. Mala cosa para un absolutista incondicional como Olañeta, que sin embargo se puso a sus órdenes durante un par de años hasta que en 1824 se rebeló contra su autoridad.

    La Insurrección de Olañeta, como se la conoce históricamente, se produjo a principios de ese año, el 22 de enero, tras una serie de tiras y aflojas con la cúpula militar liberal y la inducción de su sobrino Casimiro, que también era su secretario. Se trataba éste de un prestigioso jurista de la Real Audiencia de Charcas, excombatiente en las filas del anterior virrey José de la Pezuela.




    El rey Fernando VII (Vicente López)/Imagen: dominio púbico en Wikimedia Comemos


    Casimiro convenció a su tío para el golpe al enterarse de que, primero, el Consejo de Regencia de Urgel les animaba a sublevarse y, después, que la Santa Alianza, a través de los Cien Mil hijos de San Luis, había devuelto el poder absoluto a Fernando VII.

    Los Olañeta renegaron oficialmente de La Serna y se llevaron los fondos reales depositados en Potosí, además de todos los tesoros eclesiásticos que encontraron para financiar su movimiento y formar un ejército propio. La división entre españoles propició la labor de Bolívar, que avanzó sobre Jauja y el 6 de agosto de 1824 derrotó en la sangrienta Batalla de Junín al teniente general José de Canterac, que había tenido que dividir sus fuerzas para perseguir a Olañeta.

    Y es que éste se había echado al monte con cuatro mil soldados, siendo además apoyado por Francisco Javier Aguilera (gobernador de Santa Cruz de la Sierra, que se llevó otro millar de efectivos) y su cuñado Guillermo Marquiegui, entre otros. Al grito de “¡Vivan la religión, el Rey y la nación!, los sublevados no tuvieron reparos en establecer contactos con Bolívar y negociar al parecer el reparto del territorio.

    Por lo visto, la idea de Casimiro Olañeta era que el Alto Perú, considerado ya indefendible para España, al menos quedara independiente del resto del Perú y del Río de la Plata, con su tío como virrey. De hecho, los absolutistas propagaron el rumor de que ésa era la intención de La Serna. En cualquier caso, la inflexibilidad de Olañeta tío en las conversaciones con el Libertador impidió el acuerdo.




    El virrey José de la Serna/Imagen: Foto historico en Wikimedia Comemos


    El virrey envió al general Jerónimo Valdés, un reconocido liberal que propuso un acuerdo en Tarapaya cediendo a las reivindicaciones absolutistas; en realidad sólo trataba de ganar tiempo para que Canterac desarticulara a los revolucionarios en El Callao y Lima. Logrado esto se reemprendió la campaña contra Olañeta en junio.

    Los absolutistas habían conseguido reunir cinco mil hombres y desbarataron a los liberales en Tarabuquillo mientras se las arreglaban para escapar manteniendo las distancias. La mayoría de las acciones fueron de envergadura menor pero cuando la balanza empezaba a inclinarse del lado de Valdés llegó la noticia de Junín y con ella la orden de regresar a Cuzco.

    De esta forma, Olañeta quedó dueño del Alto Perú, recibiendo felicitaciones de Bolívar. A finales de año el ejército realista fue derrotado en Ayacucho a pesar de que ambos bandos españolistas aparcaron temporalmente sus diferencias para hacer frente al enemigo común: Olañeta había enviado refuerzos pero los mandos liberales carecían de motivación sabiendo que en España había triunfado Fernando VII y les esperaban consejos de guerra, así que aquel desastre supuso, en la práctica, el final del dominio efectivo español en Perú.




    Representación anónima de la batalla de Ayacucho/Imagen: dominio público en Wikimedia Comemos


    En enero de 1825 Casimiro Olañeta acompañaba a Sucre en su entrada al alto Perú; sería elegido miembro de la Asamblea Nacional en Chiquisaca y se convertiría en uno de los firmantes de la Declaración de Independencia aquel verano. Es más, llegaría a ministro en varios gobiernos y sería pieza fundamental en la labor legisladora de Bolivia, falleciendo como presidente de la Corte Suprema de Justicia.

    Mientras, su tío rechazó la oferta que le hicieron los libertadores para que se sumara a la construcción del nuevo país. Hubo paz durante cuatro meses pero, evidentemente, el gobierno naciente no se podía permitir un ejército hostil operando en su territorio; el 1 de abril de 1825 se libró la Batalla de Tumusla, en la que Carlos Medinaceli se pasó al bando contrario dejando solo a su antiguo superior y derrotándole. Olañeta, herido en combate, murió al día siguiente. No llegó a saber que Fernando VII le había nombrado virrey.


    Fuentes: Historia general de España y América (Luis Suárez Fernández)

    /Historia Contemporánea de América Latina (Tulio Halperin Donghi)

    /Ni con Lima ni con Buenos Aires. La formación de un estado nacional en Charcas (José Luis Roca)

    /El complejo proceso hacia la independencia de Charcas (1808-1826). Guerra, ciudadanía, conflictos locales y participación indígena en Oruro (María Luisa Soux)

    /Galería de españoles celebres contemporáneos (Nicomedes Pastor Díaz)

    /Historia de la independencia de Bolivia (Jorge Siles Salinas)




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    Fuente:


    Pedro Antonio de Olañeta, el absolutista irreductible de la independencia sudamericana

  12. #292
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    Patricio Lons: Ingleses en la Revolución de Mayo (Audio)


    Patricio Lons: Ingleses en la Revolución de Mayo | RadioCut









    https://www.facebook.com/23052595029...type=3&theater









    Editorial: Cuarto Centenario del Primer Hospital Ecuatoriano (1565 -1965)

    -----

    Revista Ecuatoriana de Medicina y Ciencias Biológicas

    Volúmen II - Número IV (Octubre - Diciembre 1964)

    ---

    Y luego dicen que el virreinato era malo y que mejor estamos en esta republiqueta bananera. Ja, en sus caras






    https://www.facebook.com/photo.php?f...type=3&theater
    Última edición por Mexispano; 22/05/2017 a las 03:45

  13. #293
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    Semana de Mayo: los espías ingleses





    https://www.youtube.com/watch?v=WMEkj55VyAQ

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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    Domingo, 17 de agosto de 2014 Edición impresa

    El misterioso viaje de San Martín a Escocia

    En agosto de 1824, José de San Martín viajó a Banff, al Noroeste de Gran Bretaña. Lo esperaba allí un amigo cercano, muy relacionado a la masonería europea: Lord James Duff, conde de Fife. El prócer fue declarado Ciudadano Ilustre.









    Duff-House: mansión deJames Duff en donde se alojó el General San Martín.


    Carlos Campana - las2campanas@yahoo.com.ar


    Muy poco se ha escrito sobre la visita del General San Martín a Gran Bretaña, luego de su auto exilio en Europa, producido en 1824. Menos aún de la “escapada” que el Padre de la Patria realizó a la pequeña ciudad de Banff a 70 kilómetros al Norte de Aberdeen, en Escocia.

    Y, nada más ni nada menos, que para estar unos días con su amigo Lord James Duff, conde de Fife, donde recibió el honorífico título de Ciudadano Ilustre.

    Este particular viaje, tiene más preguntas que respuestas. Más allá de la fama que tuvo San Martín como Libertador de América, su trayectoria no era muy conocida por la mayoría de los británicos. ¿Qué hizo San Martín en Banff? Eso es lo que hoy trataremos de explicar.


    Un deseo frustrado

    Luego de regresar de Lima en febrero de 1823, San Martín se instaló en su chacra de los Barriales, con el objeto de dedicarse de lleno a las tareas del campo, alejándose de su actividad militar y política.

    Pero, en vez de vivir en paz, fue injustamente molestado tanto por el gobierno como sus detractores, al punto tal de tomar la decisión de auto-exiliarse a Europa.

    En mayo, viajó a Buenos Aires para encontrarse con su esposa que estaba agonizando, pero fue obligado a regresar a Mendoza.

    Recién en diciembre llegó a la ciudad porteña con la noticia que su cónyuge Remedios de Escalada había fallecido. En febrero de 1824, partió con su hija Mercedes desde el puerto de Buenos Aires hacia Francia, en la fragata Le Bayonnais.

    La llegada de San Martín al país galo, no cayó muy bien entre las autoridades y fue negado su desembarco en tierras francesas. Indignado partió hacia Gran Bretaña y llego al puerto de Southampton y luego llegaron a Londres donde fueron muy bien recibidos por varios amigos, entre ellos el parlamentario James Duff, conde de Fife.


    Amigos son los amigos

    Duff, nació en 1776, en una familia noble escocesa. Durante la guerra en España, contra la invasión napoleónica, luchó como general en el ejército español y fue herido dos veces. Además participó en la batalla de Talavera.

    Fue allí en donde conoció al Padre de la Patria y se hicieron grandes amigos.


    Cuando San Martín se encontraba en Londres junto a otros patriotas con el objetivo de viajar a Sudamérica, fue Duff quien le otorgó los contactos para obtener el pasaporte y viajar en la fragata George Canning.

    El conde de Fife, fue elegido en 1814 como Gran Maestre de la masonería en Escocia, cargo que ocupó hasta 1816. Luego, siguió participando en esta sociedad secreta hasta su muerte.

    La relación entre ambos amigos nunca fue interrumpida y varias son la cartas que Duff enviara al Santo de la Espada en toda la campaña libertadora. James Duff, falleció en 1857, siete años después que el Libertador.


    Hacia las tierras de los Highlanders

    En agosto de 1824, José de San Martín viajó a Banff. En Londres, compró un boleto de 2 libras y se trasladó en diligencia para recorrer un total de 931 kilómetros hasta el Noreste de Gran Bretaña.

    El 9 de agosto, el Libertador partió desde la capital del Reino Unido. El servicio de coches era excelente como también los caminos.

    La diligencia de la Royal mail inició puntualmente su marcha, acompañados por otros carruajes hacia su destino.

    La travesía duraba unos cuatro días y el Héroe de Chacabuco y Maipú descansó en algunas de las muy buenas posadas que se encontraban muy cerca del camino principal en plena campiña inglesa.

    Ya en Escocia, el transporte llegó primero a la ciudad de Aberdeen y luego tomó otro coche para viajar directamente a Banff. Faltaban para llegar a la tierra de su gran amigo 73 kilómetros.
    El viernes 13 por la mañana llegó y fue recibido por la servidumbre de James Duff. Inmediatamente se alojó en el primer piso de la Mansión del escocés llamada Duff-House.

    El Cuarto Conde Fife estaba enterado de su visita a Banff pero no sabía con exactitud el día. Cuando llegó el General San Martín, su amigo escocés estaba de cacería en Balmoral.

    Enterado de la visita de su gran amigo, regresó antes de lo previsto y ambos se encontraron.

    Un par de días, estuvieron en la mansión conversando de todo lo que les había sucedido a ambos en esos largos años. También en aquellas reuniones se comentaron algunos secretos que quedaran ocultos por una eternidad.

    Además, Duff, le tenía reservada una verdadera sorpresa a su gran camarada.


    El ciudadano ilustre

    Diez días después de su llegada a la residencia de Duff, el General fue invitado a trasladarse unos días a Town House, sede de la alcaldía de Banff, donde autoridades y ciudadanos ilustres participaron de un hecho inusual.

    Frente a esos miembros notables, se le otorgó al "Ilustrísimo y Nobilísimo varón D. José de San Martín un diploma por el que se lo designó ciudadano libre de la Ciudad y cofrade de la Hermandad.

    Aquel pergamino -que se encuentra hoy en el Archivo Mitre- dice así: "En Banff, a los 19 días del mes de agosto de 1824, en presencia de los honorables varones George Garden Robinson, Armígero Preboste, Lewis Cruikshank, Wlliams Robertson, Tomás y Jack Wright, Armígero Bailes, John Pratt, Armígero Decano del Guiad y James Simpson, Armígero Tesorero del Real Burgo de Banff.

    Este día Su Ilustrísimo y Noblísimo Señor Don José de San Martín, fue recibido y admitido como Ciudadano del Municipio y Cofrade de las Hermandades de este Burgo.

    Y este diploma acredita la posesión de todos los privilegios que corresponden a un Ciudadano y miembro de las Cofradías de Hermandades, a mérito de la Reverencia y la Estima de dichos magistrados. Expedido por mi, Notario Público Autorizado. firmado Geo R. Forbes".

    Luego de la gran ceremonia que le rindió la nobleza de aquella pequeña ciudad, el General y su amigo visitaron a dos Logias masónicas: una llamada St. Andrew N° 52 y Saint John, Operative N° 92 .

    Ambos fueron recibidos por con todos los honores. Como ya mencionamos, su gran amigo el conde, fue Gran Maestre de la Gran Logia de Escocia desde 1814-1816 y tres años después de la llegada de San Martín a Banff, fue elegido Gran Maestre de la Logia Provincial de Banff hasta su muerte en 1857.

    Ya de regreso a Londres, el 25 de agosto de 1824 el periódico Aberdeen Journal publicó: "El lunes y martes último no menos de 250 carrozas, han sido vistas pasar por la calle George Street …un hombre de tez morena y atuendo de forastero formaba parte de ese contingente de turistas…"





    __________________________

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    El misterioso viaje de San Martín a Escocia - Estilo - Los Andes Diario

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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    -Copio y pego del muro de mi amigo y colega argentino Nicolás Duré:


    "Comparto rápidamente un dato que contribuye aún más a destruir los argumentos de los "sanmartinianos católicos".

    A principios de 1814, William Bowles, uno de los tantos jefes navales que pululaban por el Río de la Plata velando por los intereses británicos, mencionaba que existían dos facciones en Buenos Aires: una pro-británica y otra pro-estadounidense. Con respecto al "prócer", Bowles sostuvo que en el primer grupo se encontraban San Martín y sus partidarios, añadiendo que este jefe "parecía ser amigo de los ingleses, pero hostil a Francia y a Estados Unidos". J. Fred Rippy, el autor de donde extraigo estos datos, agrega que «quizás los ingleses eran responsables de esta actitud, ya que Bowles admite que él mismo procuraba mantener a San Martín y a otros dirigentes '"libres de influencia francesa y norteamericana"». Es decir, San Martín formaba parte de la facción pro-inglesa opuesta a la pro-norteamericana. Es curioso que fueran precisamente San Martín y sus aliados los que apresaron y luego fusilaron al chileno Carrera, quien era uno de los representantes de la influencia estadounidense (había comprado buques de guerra en ese país) dentro de la secesión hispanoamericana. Además, si se profundiza en la relación que unía a San Martín con William Bowles, se verá que este vínculo era bastante estrecho.

    Fuente: J. Fred Rippy, La rivalidad entre Estados Unidos y Gran Bretaña por América Latina (1808-1830), Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1967, páginas 7-8."



    __________________________

    Fuente:


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  16. #296
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    APOYO BRITÁNICO A BUENOS AIRES Y LA PRIMERA JUNTA

    "En el Río de la Plata se hizo sentir la influencia británica. Era la puerta de entrada de todo el territorio reclamado por el gobierno de Buenos Aires, y aquí la lucha era más urgente que en el norte contra las fuerzas del Perú. Aunque finalmente las campañas de San Martín en Chile y Perú salvaron a las Provincias Unidas del Plata del ataque español, dichas campañas solo fueron posibles porque estaba a salvo de todo ataque exterior la base de operaciones: Buenos Aires. En este momento crítico los ingleses fueron quienes mantuvieron la paz en el Plata y de este modo aseguraron la protección de la capital.

    En 1810, la Banda Oriental estaba dominada por el partido reaccionario [sic] y en caso de fracasar este, amenazada por una invasión portuguesa. Tanto una cosa como otra era fatal para el nuevo gobierno de Buenos Aires. Por esta razón la Junta, una vez instalada, recurrió a la protección británica. Aunque fuera aliada de España, Gran Bretaña le prometió protección contra la agresión de Portugal. Strangford, viejo observador de los independientes, otorgó toda la ayuda y estímulo posibles, con el fin de preservar la paz entre los aliados de Gran Bretaña, y de hecho mantuvo al Río de la Plata a salvo de todo ataque y hasta en cierto grado neutralizó las actividades bélicas de los españoles en Montevideo. Los mercaderes británicos establecidos en Buenos Aires, con sus empresas proveyeron réditos a la Junta y también proporcionaron a la opinión pública en Inglaterra un vivo interés en el éxito del nuevo gobierno. Finalmente, una escuadra naval británica estacionada en el Plata con el propósito de proteger los intereses británicos actuaba poderosamente en apoyo de Buenos Aires, manteniendo a los barcos mercantes a salvo de toda molestia al mostrarse generalmente partidarios del comercio."



    - Street, John, Gran Bretaña y la independencia del Río de la Plata, Editorial Paidos, Buenos Aires, 1967, pp. 179-180.





    __________________________

    Fuente:

    https://www.facebook.com/77125717629...640003/?type=3

  17. #297
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    APOYO DE ESTADOS UNIDOS A LOS SUBLEVADOS DE BUENOS AIRES

    The Argentine independence struggle had drawn directly and indirectly on trade with the United States. Beginning in 1811, despite sympathy for the insurgent cause in American society, the United States had adopted a policy of neutrality toward Latin American independence struggles. For all intents and purposes, though, neutrality was a sham. U.S. merchants continued to suply Buenos Aires and other Latin American ports w...ith crucial products. Latin American ships were repaired at New Orleans, Philadelphia, and other American ports. Rebel trade with the United States helped undermine Spanish economic and administrative dominance in the Río de la Plata region. In 1811, the rebel government in Buenos Aires sent agents Diego de Saavedra and Juan de Aguirre to the United States to purchase arms. Received by both President James Madison and Secretary of State James Monroe, the Argentines bought 1.000 each of muskets and bayonets, as well as 363.050 flints.


    Fuente: Argentina and the United States, an alliance contained, David M. K. Sheinin.





    __________________________

    Fuente:


    https://www.facebook.com/77125717629...306382/?type=3

  18. #298
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    ¡AMÉRICA PARA LOS INGLESES! LA INVASIÓN ANGLO CARIBEÑA - BATALLA DE PICHINCHA, SÍNTESIS Y PROTOTIPO DE LA LUCHA PARA LA INDEPENDENCIA

    «El Ejército realista, en la que sería su última batalla en el reino de Quito, estaba formado sobre todo por americanos.»


    ---:---


    Inglaterra como instigadora de la subversión, no solo permitió el reclutamiento de mercenarios, sino que alentó el mismo.

    Llegaron en cantidades considerables los ingleses para engrosar las filas de los separatistas, completando 720 en 1817, a los que se sumaron nada menos que 5088 incorporados hasta 1819. Todos estos actuarían taxativamente para la consecución de los fines de sus amos, como se detallada a continuación.

    En la parroquia anglicana de St. Agnes —en Kensington Park, Londres— se organizó un proceso masivo de reclutamiento el 4 de mayo de 1817, emprendido por Luis López Méndez, agente personal del «libertador» Simón Bolívar, autorizado por el Gobierno británico y auspiciado entusiastamente por el vicario de St. Agnes, el Rev. Henry Francis Todd.

    En diciembre de ese mismo año, cinco contingentes voluntarios se embarcaron para la América del Sur.

    Pocos meses después desembarcan en la isla de Margarita, el 21 de abril de 1818. El Estado Mayor británico estaba compuesto por los coroneles McDonald, Campbell, Skeene, Wilson, Gilmore y Hippsely, y el mayor Plunket. El contigente anglo-bolivariano contaba con un total de 127 oficiales, 3840 soldados (entre lanceros, dragones, granaderos, cazadores, rifles, húsares y simples casacas rojas), y el apoyo naval de las cañoneras HMS «Indian», HMS «Prince», HMS «Britannia», HMS «Dawson» y HMS «Emerald».

    Uno de los primeros alistados había sido el teniente Thomas Charles Wright, de 29 años de edad, quien años más tarde describió sus experiencias en el libro Reminiscenses of the English officers of the battalion in the compaigns of Bolivar in the war of independence in Colombia, publicado en Londres en 1862.

    En su mejor momento, en 1818-19, la Legión Británica contaba entre sus filas con 5500-6000 hombres de armas. Los integrantes de la Legión, no sólo murieron en combate, sino también por efectos de las enfermedades tropicales, y mil privaciones más.

    En abril de 1818 los británicos de Bolívar participaron heroicamente en la Campaña del Apure. Más de 300 desaparecieron en julio de 1819 en el «Paso de los Andes» para tomar Santa Fe de Bogotá, capital del Reino de la Nueva Granada.

    Después de su actuación en la batalla del Pantano de Vargas, en 1819, la Legión Británica sería rebautizada con el nombre de Batallón Albión, con el que pasaría a la historia. Fueron también veteranos de las batallas del puente de Boyacá el 7 de agosto de 1819; de Carabobo el 24 de junio de 1821, y de Bomboná el 7 de abril de 1822.

    Los integrantes del Batallón Albión provenían de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, y eran anglicanos y presbiteranos en su inmensa mayoría, excepto algunos irlandeses que eran católicos liberales.

    Bolívar mandó a Antonio José de Sucre a Guayaquil con 700 soldados para la «liberación» de la sierra quiteña. Sucre se puso al mando no sólo de los efectivos colombianos, sino también de un contingente de tropas guayaquileñas e inglesas, estas últimas ordenadas en al Batallón Albión bajo el comando de los generales John Illingworth y Daniel Florencio O’Leary. Una vez que Sucre se instaló en Guayaquil, intentó penetrar la sierra por Alausí, pero fracasó en dos ocasiones. En vista de esa experiencia, cambió de estrategia, incursionando por Cuenca, donde el poder realista había sido restaurado. Con la ayuda de un contingente enviado por San Martín, Sucre derrotó a las tropas realistas acantonadas en Cuenca en febrero de 1822. Las tropas realistas se retiraron a Quito donde estaba su comandante Melchor Aymerich. Luego Sucre avanzó hacia Quito con cerca de 3.000 efectivos enfrentándose exitosamente con el ejército realista de Melchor Aymerich en las faldas del Pichincha el 24 de mayo de 1822. Los aproximadamente 3.000 mil efectivos que ganaron la Batalla del Pichincha eran mayormente soldados reclutados en Colombia, Venezuela e Inglaterra como correspondía al ejercito multinacional que había armado Bolívar, sin embargo, prácticamente no se encontraban quiteños en el mismo.

    Julio Albi explica el siguiente dato fundamental acerca de la batalla de Pichincha:

    »El Ejército realista, en la que sería su última batalla en el reino de Quito, estaba formado sobre todo por americanos. Los jinetes procedían todos del reclutamiento local (criollo y quiteño por tanto). En cuanto a los infantes, el batallón de Tiradores de Cádiz era ‘casi todo de europeos […] y los otros Cuerpos españoles o realistas, compuestos de americanos.

    De los 1260 soldados realistas que combatieron en la batalla de Pichincha, 1000 eran americanos y sólo 260 eran peninsulares.



    Ingleses versus quiteños.

    Papel protagónico en esta batalla fue el protagonizado por el Batallón Albión.

    Carlos García Arrieche lo refiere así:

    »La oportuna y decisiva participación del Albión en Pichincha, en aquel memorable 24 de mayo de 1822, ha quedado perpetuada y reconocida en el fragmento del parte oficial del combate emitido por el general Sucre, donde expresa: ‘Las municiones se estaban agotando[…] Tres compañías del Aragón, el mejor batallón realista estaban ya a punto de flanquear a los patriotas, cuando llegaron, con el resto del parque, las tres compañías del Albión, con su coronel Mackintosh a la cabeza; y entrando con la bizarría que siempre ha distinguido a este cuerpo, puso en completa derrota a los de Aragón.

    A fin de completar la conquista territorial, el general insurgente Sucre desplegó sus fuerzas hacia la Región Andina, en febrero de 1822. Con victorias progresivas, en mayo ya estaba en los arrabales de Chillogallo y Turubamba, al sur de la capital de la antigua Audiencia de Quito. Sucre, empeñado en evitar un enfrentamiento frontal en terreno abierto, decidió avanzar paralelamente flanqueando las poblaciones con intención de rodear al enemigo, marchando por las laderas del volcán Cotopaxi para así poder llegar al Valle de los Chillos, en la retaguardia de las posiciones defensivas realistas. El 14 de mayo Aymerich, intuyendo las intenciones de Sucre, comenzó a replegarse de forma ordenada evitando así ser copado, llegando el 16 a Quito. Dos días después, y tras una penosa marcha, el ejército de Sucre ocupó Sangolquí, siendo recibido por Rosa Montúfar en la hacienda Chillo Compañía, heredera de su padre el Marqués de Selva Alegre. Descubierta su presencia el 23 de mayo de 1822, Aymerich se aprestó a dar batalla puesto que otro repliegue significaría perder Quito. En la madrugada del 24 de mayo de 1822, el ejército rebelde, conformado por 2971 hombres, empezó a ascender por las laderas del volcán Pichincha. La vanguardia de la columna rebelde estaba encabezada por el batallón colombiano «Alto Magdalena». A continuación venía el núcleo principal de fuerzas y en retaguardia, cerrando la formación a cierta distancia, se posicionaron los británicos del batallón «Albión», protegiendo el pesado tren logístico y las preciadas municiones. A pesar del enorme esfuerzo físico de la tropa, el paso por las laderas del volcán fue más lento de lo previsto, la llovizna que cayó durante la noche había transformado los senderos en ciénagas. Al amanecer, para consternación de Sucre, el Ejército Rebelde no había logrado ningún avance significativo, hallándose literalmente a mitad del camino, a 3.500 metros sobre el nivel del mar y a vista del Ejército del Rey. A las ocho en punto, ansioso por el lento avance, con sus tropas exhaustas y afectadas por el mal de altura, Sucre ordenó al grueso del ejército hacer un alto para descansar. Simultáneamente envió parte del batallón «Cazadores del Paya» junto con el batallón «Trujillo» en labor de reconocimiento. Una hora y media después, repentinamente, los hombres del batallón «Paya» fueron sorprendidos por una certera descarga de fusilería. Con esta acción se inicia a la batalla.

    Cuando amanecía, sin que Sucre lo supiera, soldados apostados en las alturas del volcán avistaron a las tropas rebeldes ascendiendo por las laderas del Pichincha. Aymerich, consciente de la táctica habitual en Sucre de flanquearlo por medio de ganar las alturas, ordenó a su fuerza de 1260 hombres, de los cuales 1000 eran americanos, ascender montaña arriba lo más pronto posible, para enfrentar allí a Sucre. Obviamente debemos objetar esa orden. Se ignora que impulsó tan precipitada decisión en Aymerich; quizás el temor a verse rodeado, la responsabilidad de defender Quito a toda ultranza o la oportunidad de atacar a una tropa fatigada y alejada de su tren logístico. Caben más hipótesis, la historia algún día nos ofrecerá la respuesta. Resulta absurdo elegir un eje de ataque de «abajo hacia arriba», asumiendo las limitaciones tácticas que ello ocasiona. Hacer ascender a los soldados y llevarlos a un campo de batalla donde el poco espacio para maniobrar en las empinadas laderas del Pichincha, entre profundos barrancos y densos matorrales impedía el despliegue total la fuerza resulta también absurdo. Dadas las condiciones impuestas por el teatro de operaciones no había otra opción más que hacer entrar en línea gradualmente las unidades cuando el enemigo, en cambio, sí se beneficiaba de más espacio y mayor altura, lo que se traducía en un rico despliegue de fuerzas.

    Los hombres del batallón «Paya», tras recuperarse de la conmoción inicial, se recompusieron bajo el fuego, esperando el refuerzo del batallón «Trujillo». Sucre, sorprendido, reaccionó enviando en auxilio dos batallones más: el batallón «Yaguachi» y el batallón «Alto Magdalena». Pronto los batallones «Paya, Trujillo y Yaguachi» formaron la línea del frente y de inmediato comenzaron a absorber una cantidad importante de bajas. El batallón «Alto Magdalena» al verse impedido de entrar en línea debido a la estrechez del terreno intentó un movimiento de flanqueo, pero no tuvo éxito, nuevamente el terreno detuvo su avance al llegar a un punto muerto viéndose obligado a volver tras sus pasos.

    A medida que el tiempo pasaba, Aymerich parecía ganar el control de la batalla. El batallón «Trujillo» incapaz de mantener la posición empezó a flaquear y se replegó en desorden. El batallón peruano «Piura», mandado en su auxilio a relevarle se dispersó antes de entrar en línea al ver la carnicería ocasionada por las tropas del Rey. En un intento desesperado de restablecer el frente se ordenó a la última reserva del batallón «Paya» cargar a la bayoneta.

    Al margen de la acción desarrollada en el frente principal, Aymerich, como parte de su estrategia durante el ascenso al Pichincha, separó de entre sus unidades al batallón «Aragón», ordenándole avanzar hasta las alturas del volcán, para así luego atacar a los rebeldes por la espalda. El batallón «Aragón» era una unidad de élite. Compuesto por soldados profesionales y veteranos de la Guerra contra Napoleón en Europa; los mismos se habían también cubierto de gloria en suelo americano. Se trataba de soldados habituados a luchar y a conseguir la victoria en condiciones donde a primera vista la superioridad enemiga parecía abrumadora. Hacía apenas un mes el «Aragón» había enfrentado batalla contra cuatro batallones rebeldes a las órdenes del mismo Bolívar. Tres de ellos fueron aniquilados, el cuarto batido con tal intensidad que perdió en el campo de batalla la mitad de los hombres, debiendo abandonar hasta su bandera. El «Aragón» también sufrió enormes bajas, pero se alzó victorioso. Reducido ahora a un esqueleto de su antigua fuerza, tres compañías, seguía constituyendo una seria amenaza a tener en cuenta.

    Mientras los soldados de Sucre eran masacrados sin piedad en el frente principal, los extenuados fusileros del «Aragón» subían a la carrera por las angostas laderas del Pichincha. Eran pocos y, además, iban cortos de munición pues en su ascenso se habían despojado de las pesadas mochilas para así escalar más rápido. Una fuerza pequeña y ligeramente armada, pero su función no era entablar combates prolongados, debían posicionarse a la retaguardia del dispositivo rebelde y a una altura superior para batir con fuego cruzado el despliegue enemigo. Tan solo un puñado de buenas descargas bastaría para derrumbar la fuerza que Sucre intentaba apuntalar a duras penas.

    Aquí es cuando se produce el centro de gravedad que inclinará la suerte de la batalla. Cuando el «Aragón» ha arribado a su objetivo y está buscando posiciones de tiro, es sorprendido por una carga del batallón «Albión», que hace así su inesperada entrada en la batalla. Resulta que el Albión ocupado en el transporte del pesado tren logístico se retrasó perdiendo contacto con el resto de fuerzas rebeldes. Llegado ahora de improviso, descubre soldados realistas en la retaguardia y de inmediato los ataca. El «Aragón» reacciona y responde a la carga de los ingleses dentro de lo que será una pequeña batalla «Aragón» vs. «Albión», medio kilómetro detrás de la batalla principal. El fuego realista es poco intenso pero muy preciso y pronto hace detener en seco el avance de los ingleses que corren a parapetarse. Sin embargo, el «Aragón» lleva las de perder puesto que aislado detrás de las líneas enemigas es superado en número y además sus municiones empiezan a agotarse; los ingleses en cambio hacen un fuego intenso al disponer del tren de municionamiento de todo el Ejército. Así están las cosas cuando el batallón «Alto Magdalena», perdido hasta entonces en su particular aventura de flanqueo, regresa y se reincorpora al dispositivo de Sucre.

    Diagnosticando acertadamente el peligro que representa la presencia de fuerzas enemigas en la retaguardia, el «Alto Magdalena» las ataca. Con lo que ahora es el “Aragón” quien se ve envuelto entre dos frentes bajo un nutrido fuego cruzado. Como a menudo sucede en la guerra, estamos ante un caso de cazadores que son cazados. Las tres compañías del «Aragón» tras sufrir fuertes bajas, quedan reducidas a menos de una, pero no se desintegran, en la esperanza que Aymerich allá abajo conseguirá romper el frente y venir en su auxilio. Más el milagro no se produce, los soldados del Rey son eliminados literalmente uno a uno hasta el último.

    Descartada la amenaza en retaguardia, los batallones «Alto Magdalena y Albión» avanzan hasta la línea de frente para reemplazar a las unidades más desgastadas. El «Alto Magdalena» en concreto reemplazará al esforzado «Paya». La incorporación de estos dos batallones permite un ataque general de toda la línea rebelde contra el frente de Aymerich que acaba por desmoronarse iniciando una retirada más o menos ordenada en dirección al fortín del Panecillo donde la batería de la plaza permite finalmente contener el avance rebelde. La fortaleza permitía vigilar los accesos norte y sur, por lo que estaba provista de 14 cañones. Así acaba la batalla de Pichincha.

    En la madrugada siguiente, el Batallón Albión avanzó a Iñaquito. Se convirtió así en indispensable para asegurar la victoria en Pichincha, puesto que, mientras Sucre y sus batallones se encaramaban a Cruz Loma, frente al fortín del Panecillo, en condiciones de desventaja, los ingleses avanzaron hasta el Ejido norte de la ciudad. Atacando desde allí a los realistas, impidiendo cualquier posibilidad de escape de los heroicos legitimistas. Cortaron para ello las líneas de abastecimiento con Pasto «la Leal», fortísimo reducto realista en el norte de la América del Sur. El empuje y valentía de los británicos hicieron que al mediodía se proclamara la victoria total. Según el acta de Capitulación del 25 de mayo de 1822, a las 14:00 de ese día, los supervivientes de Pichincha arriaron su bandera y entregaron sus armas al Ejército de Colombia, en una ceremonia especial que tuvo lugar en un puente del fortín del Panecillo.

    A regañadientes y a punta de pistola, los frailes mercedarios fueron obligados por los insurgentes a sepultar en la cripta de San José, del Cementerio de El Tejar, a los fallecidos herejes ingleses.
    Algunos años más tarde, los cadáveres fueron exhumados y vueltos a enterrar fuera del camposanto, en un campo baldío ubicado al norte del Churo de la Alameda, detrás de la iglesia de El Belén. Entre las bajas británicas se contaron 46 mutilados de guerra, cuyos nombres constan en los partes de guerra. En Pichincha, dirigió el «Albión» el coronel John Mackintosh, quien fue ascendido y condecorado por su valor, junto a todo su Estado mayor: el Tcnl. Thomas Mamby, el Cap. George Laval Chesterton y los Ttes. Francis Hall, James Stacey, Lawrece McGuire, Peter Brion, John Johnson y William Keogh.

    Bolívar y Sucre daban a los británicos, que así lo quisieran, tierras donde afincarse y el derecho absoluto sobre su propiedad. Asimismo se les aseguró el culto protestante y la fundación de logias masónicas. «Los británicos habían dado a la libertad Hispanoamericana no sólo el apoyo de su diplomacia, representada por Canning, sino también un invalorable contingente de su sangre».

    El acreditado historiador Jaime Rodríguez denominaría apropiadamente al proceso de separación e independencia forzada por parte de las tropas bolivarianas como «la conquista del Reino de Quito». El iluminado y anglófilo Bolívar no tenía la intención de permitir a Quito, ni a Guayaquil, ni a Cuenca decidir sobre sus destinos:

    »Los americanos no estaban subyugados por los ‘brutales españoles’: durante la mayor parte del Antiguo Régimen, la Monarquía española no mantuvo un ejército regular en América, y cuando se formó uno tras la Guerra de los Siete Años (1756-1763), la mayoría de los oficiales y soldados eran americanos. La Monarquía española nunca tuvo los recursos para dominar el Nuevo Mundo por la fuerza, especialmente después de seis años de guerra encarnizada en la Península y de la ocupación francesa de 1808-1814. La lealtad de los pueblos de la región (América) hacia la Monarquía española fue producto de una cultura política compartida y de los lazos sociales y económicos. En el caso específico del Ecuador, es importante situar la ‘revolución de Quito’ en un contexto más amplio y examinar lo que sucedió entre el fracaso de la Junta de Quito a finales de 1812 y la declaración de independencia de Guayaquil, a finales de 1820. En esa época había muy pocos españoles en América. Si el pueblo del Reino de Quito hubiera querido la independencia, podría haberse rebelado mucho antes de 1820. En lugar de ellos, ejércitos venidos de Colombia forzaron a Quito a aceptar su separación de la Monarquía española y a asumir un estatus secundario dentro de la nueva nación colombiana… irónicamente, la emancipación tuvo como resultado la conquista del Reino de Quito por parte de las fuerzas colombianas.

    Después de la celebración del triunfo, Sucre presionó al cabildo quiteño para que incorporara al territorio de la Real Audiencia de Quito a la República de Colombia. Aunque algunos miembros de la aristocracia quiteña se resistieron, el ayuntamiento finalmente cumplió con el pedido de Sucre. Presagio de un futuro de dominación y coloniaje económico, cultural y cada tanto –cuando lo ameritara- político-militar. La luz que vino del norte arrasó con todo a su paso. En junio de 1822, Bolívar entró a Quito después de haber derrotado a las milicias pastusas.

    «Aceptando las exigencias británicas dentro de los rumbos trazados por Bolívar» el 18 de abril de 1825 se firmó entre los plenipotenciarios de Gran Bretaña y la Gran Colombia el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, «que no difiere sustancialmente» de los tratados celebrados ese mismo año por las Provincias Unidas del Río de la Plata y Chile, y más tarde por Perú y México con la emergente potencia talasocrática. Para cuando el Ecuador se constituyó como un Estado «soberano» separado de la Gran Colombia en 1830, ya tenía normadas sus relaciones exteriores, comerciales y políticas, en condiciones de exclusividad con Inglaterra, mucho antes de dotarse de su norma fundamental, de su primera Constitución. Es decir, tuvimos normada y tipificada al detalle nuestra relación exterior con Inglaterra antes de tener redactada la Norma Fundamental que garantiza nuestra soberanía política como Estado independiente.


    BATALLA DE PICHINCHA, SÍNTESIS Y PROTOTIPO DE LA LUCHA

    La batalla de Pichincha del 24 de Mayo de 1822 selló oficialmente nuestra denominada y supuesta «libertad», al rendirse los ejércitos regulares de la zona, gracias al triunfo de la suerte que acompañó a las fuerzas combinadas de Colombia, el Perú, las Provincias Unidas del Río de la Plata e Inglaterra (El historiador Luis Andrade Reimers, ha aclarado el asunto: «El sincero pero no del todo objetivo patriotismo del siglo XIX indujo a nuestros historiadores de esa época a presentarnos las gesta heroica de Sucre en el Pichincha como una especie de gran batalla campal, en la cual el ejército patriota se habría enfrentado a la división española comandada por Aymerich y, después de una lucha multitudinaria de tres horas, la hubiese derrotado, apoderándose como triunfador de la capital de la Real Audiencia y de todo el territorio bajo su jurisdicción. Lo que hoy día en esa versión no parece ser del todo objetivo es ese aspecto de batalla campal. En ese 24 de mayo de 1822 Sucre no pretendió dar batalla alguna sino pasar simplemente desapercibido con su ejército del sur al norte de la ciudad de Quito, ocultándose en los repliegues del Pichincha. Así como al comienzo de ese año había explotado a su favor los caprichos de la geografía en el escalamiento de la Sierra por la cuenca del río Jubones para subir a Saraguro y, así como al aproximarse a Quito habían abandonado al camino real al pie de la viudita haciendo trepar a sus soldados por los glaciares del Cotopaxi y Sincholagua yendo a pasar al valle de los Chillos, así mismo pretendió en esa ocasión orillar la capital de la Real Audiencia, ocultando a sus tropas y pertrechos tras las cuchillas caprichosamente radiales del Pichincha, para trasladarlos al norte y desde allí intentar más tarde la toma de la ciudad. Hoy día conocemos dos cartas de Sucre respecto a la Batalla de Pichincha, una escrita por él al Ministro de Guerra de Colombia el 28 de mayo de 1822 (a los cuatro días de los hechos) y otra al general Santander el 30 de enero de 1823, en las cuales él mismo presupone esta intención, y nos proporciona además numerosos detalles de gran interés. En aquel 24 de mayo, con el fin de que las tinieblas de la noche encubriesen su maniobra, puso en movimiento su división al comenzar la madrugada. Desgraciadamente, nos dice “un escabroso camino nos retardó mucho la marcha.” Así fue como a las ocho de la mañana, mientras él mismo y el coronel Córdova con sus acompañantes del “Magdalena” ya dominaban lo que hoy conocemos como “Cima de la Libertad”, el batallón “Albión” que traía el parque se había quedado atascado en un barranco cerca de Chillogallo. Probablemente sólo a esta hora los españoles se dieron cuenta de esa movilización y Aymerich resolvió impedirla. A las nueve y media, mientras Córdova y sus soldados ya avanzaban por las proximidades de Cruz Loma y el “Albión” con su parque no acababa de salir del barranco junto a Chillogallo, los primeros batallones llegaban ya al sitio del enfrentamiento y se empeñaron en cortar en dos el cordón de tropas patriotas para luego destruirlas a mansalva una por una. El punto en donde se verificó el combate, nos dice Sucre, era tan estrecho, que no entraba ni un batallón de parte y parte.

    Asimismo, afirma enfáticamente “el terreno apenas permitía pararse un caballo”. Esos dos elementos, atestiguados por el propio dirigente de la acción, desvanecen por completo el carácter épico de una batalla campal, en la que toman parte a la vez numerosos batallones con abundancia de pertrechos bélicos. La verdad es que fracasó Sucre en su intento de bordear la ciudad de incógnito, pues, por un lado, las malas condiciones del camino lo retrasaron demasiado y, por otro, tanto la perspicacia de los realistas como la rapidez en su movilización lo sorprendieron a la mitad de la operación. El objetivo de Aymerich era dominar el lomo de la cuchilla “de la Libertad” para dividir en dos al ejército patriota y aniquilarlo con más facilidad. Por su lado la acción heroica de Sucre y sus hombres consistió en no ceder ese lomo de cuchilla, a pesar de estar su gente desperdigada en más de diez kilómetros y no disponer de otras municiones que las que cada soldado llevaba consigo. Esta circunstancia especialísima dio lugar a la improvisación de gestas heroicas de mérito excepcional. Llegando como llegaron a cuentagotas las fuerzas independentistas, hubo batallones como el “Yaguachi” que debieron luchar casi hasta su exterminio y hubo otros como el “Paya” que no tuvieron otra alternativa que lanzarse a la carga a la bayoneta, la cual en fuerza al ímpetu y a la técnica hizo estremecer de miedo al enemigo.

    Justamente esta última hazaña y el arribo tan esperado del parque fueron los que abrieron por fin a Sucre el inesperado portillo, a través del cual penetraron los patriotas a la aparentemente inexpugnable capital de la Real Audiencia de Quito. Estas características únicas de la batalla de Pichincha indujeron a Sucre atribuir su triunfo a un singular favor del cielo, como él mismo lo reconoció al solicitar al deán de la Catedral un Te Deum solemne en honor del “Dios de las batallas”»), cuyo cuerpo el batallón Albión llegó a tierras ecuatoriales el 16 de junio de 1822, participando en la casi totalidad de las batallas en el teatro de operaciones ecuatorial , comandadas por el entonces general Antonio José de Sucre, lugarteniente de Simón Bolívar. Sin embargo, la resistencia realista, verdaderamente patriota, se extendió tiempo más allá de esa fecha. Revisemos los hechos.

    A finales de 1821 el norte del Perú pasa también a la insurrección, las fuerzas independentistas logran el triunfo en la costa de Quito, con lo que la zona de Quito-Pasto, constituye un enclave aislado de las hasta entonces importantes dos zonas bajo control realista: Venezuela y la mayor parte del Perú y Alto Perú. Las fuerzas realistas están constituidas en su mayor parte por indígenas de la zona del Cuzco, con unos 700 hombres, las milicias urbanas de pardos y blancos criollos, y un escuadrón de caballería de milicias y fuerzas de artillería y algunos auxiliares.

    En Quito y otras ciudades de la sierra se encuentran diversas milicias locales que pronto deberán oponerse a los rebeldes de Guayaquil. En la capital del Reino, se organizan fuerzas locales (quiteñas y criollas) en el Batallón de Cazadores de la Constitución, similar a otras unidades de milicias preexistentes. Existen también unidades peninsulares bajo las órdenes de de la Cruz Mourgeón, el primer batallón de Voluntarios de Cataluña, que llegó a Panamá en 1815 y el batallón de Tiradores de Cádiz, que es la única y última unidad de refuerzo llegada a América desde la revolución liberal en la Península en 1820.


    Como consta, el ejército independentista era claramente foráneo frente a un ejército realista compuesto en su mayoría por criollos quiteños. Valga reiterar el dato: de los 1260 soldados realistas que combatieron efectivamente en la batalla de Pichincha, 1000 eran americanos y sólo 260 europeos.



    De mi libro, QUITO FUE ESPAÑA: HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO

    En la imagen: Bolívar y Páez saludados por el pueblo de Caracas tras la proclamación de la Independencia. Es notable la presencia del estandarte de guerra británico en esta imagen oficial. Mural del Capitolio de Caracas.




    _______________________________________

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  19. #299
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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

    Simón Bolívar también vive en EE.UU.

    Publicado: 26 jul 2017 13:02 GMT | Última actualización: 26 jul 2017 20:56 GMT

    Tres analistas ofrecen a RT las razones por las que el prócer venezolano ha recibido tantos homenajes en suelo estadounidense.




    Dominio Público



    Este 24 de julio se cumplieron 234 años del nacimiento del caraqueño que lideró la revolución que daría la independencia a buena parte de América del Sur y que con suficientes méritos ganó el título de Libertador: Simón Bolívar (1783-1830).

    Su historia se ha escrito, cantado y llevado al cine. Su rostro está en los billetes, su nombre en calles, avenidas, escuelas y universidades. Todas las plazas centrales de ciudades y pueblos en Venezuela tienen su rostro, su efigie o una estatua ecuestre.

    Se trata de una presencia que abarca todos los espacios, como lo describió el poeta Pablo Neruda en su "Canto a Bolívar".


    "Todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
    tu apellido la caña levanta a la dulzura,
    el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
    el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,
    (…) tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre".



    Incluso, en un país con el que el Libertador jamás llegó a tener buenas relaciones, como EE.UU., su presencia es inocultable.


    En suelo estadounidense


    Ya desde 1819, reseña 'El Universal', se tienen registros de localidades estadounidenses dedicadas al héroe venezolano: Condado de Bolívar en Misisipi; la Península de Bolívar en Texas; la ciudad de Bolívar en Misuri y Tennessee; Bolivar Town y Bolivar Village en Nueva York; Village of Bolivar en Ohio; Bolívar en West Virginia y también en Pensilvania.

    Se estima que 42 ciudades de esa nación llevan su nombre, así como puestos de bomberos, comisarías policiales, escuelas primarias, secundarias y hasta productos de consumo.

    Otros dos curiosos eventos relacionados con el nombre de Simón Bolívar ocurrieron en EE.UU. Fueron recopilados por el historiador Miguel Chirinos, según una publicación del sitio Aporrea.

    El primero involucra a dos militares, el general confederado Simón Bolívar Buckner (1823-1914) y el general del ejército de la Unión, Orlando Bolívar Willcox (1823-1907), quienes pelearon en lados opuestos de la guerra civil.




    Digitalizan todos los documentos del Libertador Simón Bolívar para su descarga gratuita



    El segundo ocurrió en 1963 durante la presidencia de John F. Kennedy, cuando se decide bautizar la nave insignia de los submarinos nucleares como el USS Simón Bolívar. Esta se mantuvo activa hasta el 12 de febrero de 1995, luego de 32 años de servicio y 1.040 exitosas inmersiones.


    Admiración

    A pesar de que el paso de Bolívar "por el pensamiento republicano estadounidense es muy poco significativo, el pueblo llano de ese país siempre guardó admiración por la figura del Libertador", dijo a RT el historiador Martín Guedez.
    Pero cuando se trata de Bolívar, agrega, "una cosa es la clase dominante que, en EE.UU. fue y es, rabiosamente antibolivariana y otra cosa muy diferente, el pueblo". Por eso tantas localidades le rinden tributo.


    Washington y Bolívar

    El escritor e intelectual venezolano Luis Britto García recordó que el Libertador "siempre tuvo sentimientos de admiración y respeto hacia George Washington, como personaje político".
    Consultado por RT, relató que hace algunos años se decía que Washington aparecía en los billetes venezolanos, "porque la imagen escogida de Bolívar fue tomada de un retrato en el que posó llevando una medalla con el rostro del estadounidense".


    Las Joyas del Libertador: El Medallón de Washington


    Britto García se refiere al medallón que George Washington Parke Custis, hijastro del prócer norteamericano, envió a Simón Bolívar en 1825, como reconocimiento a su lucha de independencia.

    En la parte posterior, el medallón tiene una inscripción en latín cuya traducción dice: "Este retrato del autor de la libertad en la América del Norte, lo regala su hijo adoptivo a aquel que alcanzó igual gloria en la América del Sud".

    La respuesta ante ese regalo evidencia la admiración que sentía el venezolano por el norteamericano. Afirmó Bolívar luego de recibir el medallón de Washington: "Hoy he tocado con mis manos este inestimable presente. La imagen del primer bienhechor del continente de Colón (…) ofrecida por el noble vástago de esa familia inmortal era cuanto podría recompensar el más esclarecido mérito del primer hombre del universo. ¿Seré yo digno de tanta gloria? No: más la acepto con un gozo y una gratitud que llegarán, junto con los restos venerables del padre de la América, a las más remotas generaciones de mi patria. Bolívar".


    Relaciones políticas

    Desde el punto de vista político, Bolívar mantuvo diferencias muy serias con EE.UU., "sobre todo porque ese país contrabandeaba armas para los realistas y se negaba a venderlas a los patriotas. Además de la oposición estadounidense al Congreso Anfictiónico de Panamá", apunta Britto garcía.

    Motivos por los que el Libertador escribió (1829) en carta dirigida al coronel Patricio Campbell, encargado de negocios de Inglaterra en EE.UU., una frase sobre este último país que ha trascendido los siglos:"Parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad".




    Latinoamérica lucha por contar el pedazo de la historia oculta después de la colonización



    De Bolívar a Chávez


    Hace un par de décadas atrás, "era más evidente el reconocimiento a la enorme importancia histórica de una figura como el prócer venezolano", indicó James Petras a RT.

    Para el profesor emérito de la Universidad Binghamton de Nueva York, en su país siempre se admiró "la herencia histórica que dejó Simón Bolívar en favor de la libertad".

    Pero, actualmente "hay poca expresión de reconocimiento al Libertador suramericano y abunda una propaganda antibolivariana, gracias a una derechización de la opinión pública de EE.UU.".

    Petras observa que, con el triunfo electoral de Hugo Chávez, "los medios de comunicación comenzaron a demonizar a la revolución venezolana y a olvidar los grandes acontecimientos liderados por Simón Bolívar".

    ¿La razón? El historiador Martín Guedez considera que el cambio de actitud en algunos sectores de la nación del norte de América era previsible.

    Cuando la clase dominante se apodera de un símbolo, explica Guedez, "lo usa, lo vuelven Catedral, Dios, o simple estatua. El caso más emblemático es el de Jesús de Nazaret. Pero cuando aún no está convertido en símbolo sino que es un signo de libertad, de justicia e igualdad, entonces lo crucifican. Eso hicieron con Bolívar y también lo harán con Hugo Chávez".


    Ernesto J. Navarro





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    Re: San Martín & Bolívar: ¿Vendepatrias?

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    Francisco de Miranda

    El espía que traicionó a España y batalló con Simón Bolívar por la independencia de Venezuela

    En pleno bicentenario de la muerte de Francisco de Miranda, recordamos la extensa vida de un militar y político más



    Retrato ecuestre de Miranda - ABC


    Manuel P. Villatoro - ABC_Historia

    21/07/2016 01:43h - Actualizado: 21/07/2016 17:16h. Guardado en: Cultura



    Espía, mentiroso y precursor de la independencia de América Latina. Las formas de definir a Francisco de Miranda son equiparables a la ingente cantidad de peripecias que vivió a lo largo de su extensa vida. Con todo, si hubiera que resumir su existencia habría que decir que fue un español nacido en el Nuevo Mundo que no dudó en combatir a las órdenes de Carlos III convencido de la bondad de la Corona. Así, hasta que se cambió de bando y luchó contra España en favor de la emancipación de las colonias americanas. Una decisión que le granjeó llegar a Venezuela como un héroe y ser nombrado general de su Primera República. Sin embargo, hablar de él también es hacerlo de sus últimos años, los más trágicos. Y es que, tras firmar un armisticio con los españoles como líder del nuevo país, fue traicionado por su viejo amigo Simón Bolívar, entregado a Fernando VII por los venezolanos que tanto le habían amado y, finalmente, murió en una prisión ubicada en Cádiz.

    La historia de Francisco de Miranda (más conocido como «El precursor» por ser uno de los primeros que pensó en la existencia de una gran Colombia unida) vuelve a estar estos días de moda debido a que, el pasado 14 de julio, se celebró el bicentenario de su muerte. Una fecha que la Casa de América de Madrid ha querido conmemorar con una exposición dedicada a su vida (todavía visitable) y una conferencia celebrada la semana pasada en la que participaron Manuel Lucena Giraldo (historiador, agregado de educación en la embajada de España en Colombia y autor de «Francisco de Miranda: la aventura de la política») y Juan Carlos Chirinos (escritor venezolano y autor de «Miranda, el nómada sentimental»).


    Infancia

    Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez. Con este nombre nació el 28 de marzo de 1750 en Caracas el «primer criollo universal», como posteriormente sería conocido nuestro protagonista. Su padres fueron Sebastián de Miranda Ravelo, un canario llegado desde la Península que acabó siendo propietario de varios comercios en el Nuevo Mundo, y Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza, natural de la misma región en la que nació su retoño. Miranda, de una familia de clase acomodada para la época (su progenitor llegó a contar con hasta siete esclavos) fue alumbrado en una ciudad que, por entonces, no superaba los 12.000 habitantes. Algo que no le impidió recibir una educación de calidad para la época. «En 1762 inició estudios de latinidad de menores y más tarde artes (bachillerato) en la Universidad de Caracas», explica la Fundación Polar en el «Diccionario de Historia de Venezuela».



    Miranda es considerado el primer criollo universal


    Por desgracia para Miranda, si por algo se destacó su infancia fue por un triste recuerdo: el de ver como su padre recibía constantes críticas de un grupo de aristócratas que consideraban que, por su baja cuna, no debía ser capitán de las Milicias de Blancos de Caracas. «Los mantuanos [...] cargaban contra su padre por ser este comerciante. Ocupación que, según ellos, lo inhabilitaba para desempeñar el cargo», se explica en la obra. Con todo, al final este disgusto no llegó a más debido a que, carta del rey español mediante, se dio orden a todos aquellos que le cuestionaban de que depusieran su conducta bajo pena de «privación de empleo» y otras cosas peores. Después de algunos años su suerte cambió, pues -carta va, permiso viene- «El precursor» se embarcó el 25 de enero de 1771 (cuando sumaba 21 primaveras) en dirección a Cádiz con el objetivo de entrar en el ejército de Su Majestad Carlos III.


    A las órdenes de la Corona

    Después de un mes, un Miranda ávido de combatir al servicio de la monarquía española arribó a Cádiz con -según afirma el autor Fermín Goñi en su obra «Los sueños del libertador»- nada menos que 1.000 kilos de cacao, el principal cultivo de su Venezuela natal y uno de las fuentes de la riqueza de su familia. ¿Por qué llevar esa gigantesca cantidad de cacao? Goñi nos ofrece la respuesta: «Los mil kilos viajaron con él desde Caracas porque don Sebastián [su padre] estimó que esa era la mejor manera de colocar un importante numerario en España sin pagar comisiones a intermediarios, una ruina para los comerciantes de la época que traficaban entre ambos lados del océano». La jugada fue perfecta, pues nuestro protagonista se hizo con un pellizco de oro y pudo adquirir algún que otro capricho. «Lo primero que hizo Miranda en Cádiz fue comprar ropa para ir arreglado a Madrid», determina Chirinos en la conferencia de la Casa de América.

    Dos semanas después Miranda llegó a la capital. Madrid fue para él todo un descubrimiento a nivel cultural. Deseoso de no perder ni un segundo, adquirió varios libros con los que poder aprender más sobre la historia de España (muchos de ellos, prohibidos por la Inquisición). «En Madrid se dedicó al estudio de de las matemáticas, de los idiomas francés e inglés y de la geografía», señala la Fundación Polar en su obra. Libro de estrategia militar para arriba, manual político para abajo, el venezolano obtuvo en 1772 un certificado que acreditaba su pureza de sangre. Es decir, que no era ni judío, ni musulmán. Ese papel le permitía entrar en el ejército, así que compró -a cambio de 85 mil reales- una patente para entrar como capitán en el Regimiento de la Princesa. Todo ello, sin necesidad de haberse formado antes como militar en ninguna academia o haber disparado un fusil antes.




    Busto de Francisco de Miranda en Bogotá- Wikimedia


    Así quedó sobre blanco su compra frente a un notario de la época: «Ante mí, el escribano de provincia, y testigo don Juan Gaspar de Thurriegel, residente en ella, se dijo: que en el día 20 de abril del año pasado de 1771, por don Francisco de Miranda como principal [...] se otorgó escritura de obligación ante […] el escribano de provincia, obligándose a pagar al otorgante 85.000 reales, en que se convirtieron por razón de la patente de capitán, que éste benefició a favor de don Francisco de Miranda».

    Su sueño se acababa de cumplir, pero Miranda pronto entendió que no todo es batallar y que la vida cuartelera -la más habitual en tiempos de paz- era mucho más aburrida de lo que se había imaginado. Por ello, intentó solicitar un cambio de destino e, incluso, pidió acudir al Nuevo Mundo, pero todo fue rechazado. Su suerte cambió en 1774 cuando, por obra y gracia de Su Majestad, su regimiento partió hacia Melilla para defender el enclave de los ataques marroquíes que, según se creía, iban a sucederse de forma próxima. La información no era mala, pues en diciembre -mientras nuestro protagonista clamaba al cielo por entrar en batalla- el sultán sitió la zona y Francisco pudo poner a prueba sus capacidades militares. Tras salir vivo de allí, después de tres meses de bombazos continuos, participó también en la expedición española contra Argel de 1775 (uno de los mayores fracasos militares de nuestro ejército).


    Por España

    Después de aquel desastre, y tras volver a España, Miranda estuvo dando saltos entre la Península y Melilla. En estos años conoció, además, a dos personas que -tras convertirse en grandes amigos- serían de gran importancia en su vida: el militar Juan Manuel Cajigal y el comerciante inglés Jhon Tumbull. En 1780 se embarcó en una expedición hacia La Habana y, un año después, participó en una de las operaciones más importantes de España durante el S.XVIII en América: la toma de Pensacola. Un enclave costero de gran importancia defendido por los ingleses. Los mismos «british» que andaban a la gresca después de que los americanos (futuros estadounidenses) se hubiesen levantado en armas contra ellos. El puesto, por cierto, lo logró gracias a la mediación del entonces general Cajigal (por enchufe, que diríamos en la actualidad).



    Fue acusado falsamente de transportar mercancías de forma ilegal y de ayudar a los ingleses



    «Su conducta en la toma de Pensacola en mayo le valió ser ascendido a teniente coronel. Esta acción bélica, enmarcada en la guerra que España y Francia sostenían contra Inglaterra en el Caribe y en América del Norte para apoyar la independencia de los EE.UU., contribuyó a fortalecer la posición de los patriotas americanos», se añade en el «Diccionario de historia de Venezuela». Es decir, que por entonces Miranda ayudó a fortalecer las posiciones de los enclaves americanos que apoyaban el permanecer regidos bajo bandera española. Algo curioso si consideramos que, tan solo unos años después, estaría combatiendo contra ese bando. Aunque para eso todavía le faltaba tiempo, así como muchas peripecias que vivir.


    De espía a fugitivo

    Tras la toma de Pensacola la carrera de Miranda se vio impulsada por Cagigal, quien fue nombrado gobernador de Cuba por las gónadas que le había puesto al luchar contra los «british». Así fue como, en 1781, su amigo envió a nuestro protagonista en dirección a Jamaica (una de las últimas ciudades de importancia bajo mando inglés en el Caribe) para organizar un intercambio de prisioneros. Más concretamente, de unos 800 partidarios de España, por un número similar de anglosajones. Al menos, esa fue la excusa oficial. La realidad era que Francisco fue elegido para ejercer de espía al servicio de Su Majestad y su objetivo verdadero era, por un lado, elaborar un mapa de la región y, por otro, descubrir cuáles eran y donde se encontraban las defensas de sus enemigos. A pesar de que su labor como agente fue impecable, mientras Miranda andaba en tierras jamaicanas empezaron a llegar desde Madrid una serie de denuncias contra él.

    Y es que, en los siguientes meses se acusó a Miranda de dos traiciones contra España que, a su vez, se sumaron a un juicio que la Inquisición había iniciado contra él tres años antes por leer libros prohibidos. «Tuvo que enfrentarse a todo tipo de intrigas y denuncias. Le acusaron de que, en junio de 1781, permitió visitar las fortificaciones de La Habana al general inglés Campbell», se explica en la obra. A su vez, se le imputó intentar introducir en Cuba una serie de mercancías de forma ilegal. Es decir, ser un contrabandista. Algo infundado ya que había obtenido permiso para vender esos productos como recompensa por sus servicios. Sin embargo, parece que las autoridades españolas no opinaron lo mismo y se las confiscaron. Posteriormente se ordenó su arresto a pesar de los servicios prestados al rey.




    Batalla de Pensacola- Wikimedia


    ¿Qué hizo entonces? Salir navegando -con ayuda de Cagigal- a todo trapo hacia los Estados Unidos allá por julio de 1783. «Se vio envuelto en una trama de corrupción y, antes de afrontar un juicio, escapó y desertó. Lo irónico es que las ultimas investigaciones afirman que, de acuerdo con el juicio, muchos años después fue absuelto de los cargos de corrupción. ¿Entonces por qué desertó? Porque sabía que tenía difícil defenderse. Se vio obligado a huir porque sabía que había unos manejos de dinero difíciles de justificar. Fue un ilustrado selecto en términos de lecturas y supo inmediatamente que en la trama había una serie de pruebas que podían ser discutibles y quitarle la razón» explica, en declaraciones a ABC, el historiador Manuel Lucena Giraldo. Su objetivo no era otro que evitar la justicia del mismo rey al que había servido con total determinación.


    Miranda el viajero

    En Estados Unidos, Miranda se dedicó a cultivar su mente, a viajar por el continente y a estudiar (tanto idiomas, como manuales militares y políticos). Sin embargo, en aquellas tierras también se ganó el título de enemigo número uno de España. Y es que, en el país por el que había combatido años y años ya era considerado un traidor y un desertor. Al otro lado del charco, además, se hizo un firme defensor de la revolución política ideada por los norteamericanos y se propuso llevarla (con las salvedades oportunas) hasta Hispanoamérica. Algo que le granjeó (si cabe) todavía más enemigos.

    Estuvo en el Nuevo Mundo (ya no tan nuevo, por cierto) hasta las navidades de 1784, cuando decidió partir a Europa. Su destino, más concretamente, fue Inglaterra. Esto levantó las sospechas de la corte española, desde donde se llegó a la conclusión de que la finalidad de su antiguo espía era vender los secretos rojigualdos que conocía a los británicos. Lo cierto es que el rey estaba bastante equivocado, pues el verdadero objetivo de Miranda era seguir aumentando su cultura en un país que era considerado la cuna de las artes y las ciencias y, llegado el caso, favorecer la independencia de la tierra que le había visto nacer. A primeros de febrero del año siguiente llegó a Londres, donde comenzó de nuevo su aventura en las viejas ciudades continentales.




    Carlos III- Wikimedia


    Desde su llegada a las islas, se esforzó por convencer a personalidades con influencia de que le ayudaran a combatir el imperialismo existente en Hispanoamérica, algo para lo que -según dijo en sus diarios- se había estado preparando desde hacía años: «Con este propio designio he cultivado de antemano con esmero los principales idiomas de la Europa que fueron la profesión en que desde mis tiernos años me colocó la suerte y mi nacimiento. Todos estos principios (que aún no son otra cosa), toda esta simiente, que no con pequeño afán y gastos se ha estado sembrando en mi entendimiento por espacio de 30 años que tengo de edad, quedaría desde luego sin fruto ni provecho por falta de cultura a tiempo».

    En Londres, Miranda le puso arrestos y envió una carta a Carlos III solicitándole que le permitiera licenciarse del ejército. La misiva solo caldeó más el ambiente con España, pues fue acompañada de unas pretensiones exageradas: «A Vuestra Majestad humildemente suplico se digne a exonerarme del empleo y rango que por su Real bondad gozo en el ejército; de todo lo cual puesto a sus Reales pies, hago dejación formal por la presente. [...]. También apreciaría, que (siendo del mayor agrado de Vuestra Majestad) se me permitiese el beneficiar, o reembolsar, la cantidad de ocho mil pesos fuertes que me costó el empleo de Capitán, con que comencé a servir en el Ejército, a fin de reparar algo los graves quebrantos que se me han ocasionado últimamente [...]; igualmente que toda la serie de mis sueldos anteriores».




    Catalina la Grande- ABC


    Con los agentes españoles ávidos de darle caza por traidor, Miranda tuvo el honor de ser invitado a asistir a las maniobras del ejército prusiano de Federico II gracias a sus contactos políticos. Sin dudarlo, inició el trayecto que le llevarías hasta Prusia el 13 de agosto de 1785. Para entonces era ya un personaje odiado en la Península y un nómada sin más patria que su querida Hispanoamérica. Quizá fue por eso por lo que decidió conocer mundo y, tras ver a los militares marchar, empezó un gigantesco viaje que le llevó a los lugares más recónditos de la vieja Europa. «Miranda tuvo una etapa muy viajera. Hay quien habla de él como el primer cosmopolita. No en vano estuvo en Rusia, cerca de Catalina la Grande, antes de regresar a Londres», añade el experto español a ABC.

    Este brutal viaje por Europa duró cuatro años (de 1785 a 1789) y le llevó por una extensa lista de capitales europeas. «Visitó parte de Holanda, Prusia, casi toda Italia y Grecia. Pasó al Asia Menor y al Imperio Turco (Constantinopla) y, antes de fines de 1786, se encontraba en Rusia. En Kiev, el 14 de febrero de 1787, fue presentado a Catalina, que hizo de él uno de sus predilectos y le autorizó a usar el uniforme del ejército ruso. Visitó Moscú, y San Petesburgo y obtuvo cartas de presentación para los diplomáticos rusos en Viena, París, Londres, La Haya, Copenhague, Estocolmo, Berlín y Nápoles. Pasó por Finlandia y llegó a Estocolmo. Viajó por Hamburgo, Bremen y Holanda. Fue luego a Bélgica, Alemania, Suiza y el norte de Italia. De Ginebra fue a Lyon y Marsella. Salió para el centro y el norte de Francia, hasta París, y regresó a Inglaterra el 18 de junio», determina la Fundación Polar en su obra.


    El general francés

    Cuatro años de viaje no cambiaron ni un ápice sus ideas. Todo lo contrario. Le convencieron de que su amada Hispanoamérica debía ganar por las armas la independencia. Así que, una vez más, inició una campaña para buscar apoyos militares en Inglaterra con los que enfrentarse a los poderes españoles del Caribe. Pero los hijos de la Gran Bretaña demostraron en los siguiente meses no estar por la labor de querer ayudarle. Como a nuestro protagonista no le faltaba espíritu viajero, hizo el petate de nuevo (efectivamente, otra vez más) y se dirió a Francia, donde la revolución había calado hondo y se respiraban vientos de cambio. Pisó «La France» en 1792 y, en apenas un mes, su carácter abierto y su conocimiento del idioma le hicieron ganarse multitud de amigos en las altas esferas e, incluso, un puesto como militar. No se le debió dar mal el empleo de las armas gabachas, pues pronto fue ascendido a Mariscal de Campo del Ejército Revolucionario.

    Como Mariscal (un grado increíblemente importante en tierras galas) Miranda combatió a las órdenes del general Dumouriez. En esta etapa de su vida demostró que no le faltaban conocimientos en lo que se refiere a guerras europeas, pues logró vencer a los ejércitos prusiano y austríaco (que habían tomado las armas para combatir la revolución gabacha en nombre de las monarquías europeas) en la batalla de Valmy. Esta contienda fue de gran importancia táctica pues, de haber sido derrotado nuestro protagonista, las potencias exteriores podrían haber pisado el centro de Francia y haber vuelto a instaurar a los reyes destronados en su poltrona. Posteriormente, en Holanda, logró tomar las ciudades de Amberes y Roermond.




    Batalla de Valmy- Wikimedia


    Miranda había llegado muy alto (militarmente hablando), y lo había hecho en un ejército revolucionario y contrario, por entonces, a las ideas de España. En aquellos años todo parecía sucederse de forma inmejorable para él, pero la situación cambió cuando su superior, Dumoirez, le acusó de traicionar a Francia y ayudar a los enemigos a vencer al ejército revolucionario en dos batallas de suma importancia. Una acusación, como bien se explica en el «Diccionario de historia de Venezuela», que fue totalmente falsa y usada simplemente para desviar la atención de su persona. ¿La razón? Que el general galo quería pasarse al bando Austríaco sin ser atrapado. Fuera como fuese, los galos no andaban para sospechas, por lo que llamaron a declarar a nuestro protagonista para aclarar el suceso allá por el 28 de marzo de 1793.

    Aunque aquel día fue absuelto, sus desgracias no habían hecho más que empezar. Y es que, durante las luchas internas entre los jacobinos y los girondinos (los dos bandos revolucionarios que querían hacerse con el poder dejado por la monarquía absoluta) fue capturado y metido en prisión durante dos años. «La revolución le pilló en París. Como era un general girondino fue apresado por los jacobinos. No le cortaron el cuello de milagro. Estuvo a punto de ser ejecutado en el verano del terror», añade el historiador español a ABC. Finalmente, tras 24 meses en prisión, logró convencer a un jurado de que era inocente de las tropelías de las que se le acusaban y conseguir la libertad. Una vez en la calle, y sin cargos, Miranda decidió que lo mejor era abandonar Francia (no le habían gustado demasiado las rejas, según parece) y marcharse de nuevo a Londres, donde -aunque nunca le habían hecho demasiado caso en lo que se refiere a la independencia- no le ponían tras unas rejas.


    La invasión fallida

    Francisco de Miranda se pasó los siguientes años de su vida tratando de cosechar apoyos para liberar, de una vez y por las bravas, Hispanoamérica de los españoles. Así continuó hasta que, con la llegada de Napoleón al poder, decidió que era el momento de actuar. Al fin y al cabo, el «Pequeño corso» había causado el suficiente revuelo en Europa como para que todos los continentes estuviesen pendientes de él y no diesen importancia a los movimientos revolucionarios de un espía traidor. Con esas ideas en su mente partió desde Europa y logró llegar hasta Estados Unidos en 1805. Una vez en la capital, estableció que lo mejor era dejarse de intermediarios y entrevistarse directamente con el presidente Thomas Jefferson. Este aceptó verle en la Casa Blanca, edificada apenas unos años antes, el día 2 de septiembre de 1805. ¿Qué diantres buscaba Miranda hablando con el mandamás norteamericano? Lo que quiere todo el mundo: dinero. En este caso, para financiar una expedición que estaba organizando para desembarcar en algún punto de centroamérica y empezar a emanciparla por las armas.

    Aunque no logró llenar su cartera con dinero estadounidense, sí recibió el beneplácito de los EE.UU. para iniciar las operaciones militares. A su vez, Jefferson le explicó que, atendiendo a los primeros resultados, se plantearía si colaborar o no con él. Un mensaje parecido recibió de los ingleses, los cuales le instaron a tener algún éxito militar para enviarle ayuda. Al final, carta de apoyo por aquí, palmadita en la espalda por allá, Miranda consideró que los ánimos estaban lo bastante caldeados como para que un suceso puntual pudiese desencadenar una gigantesca reacción internacional, así que se puso manos a la obra para llevar una expedición armada a Hispanoamérica. «Miranda, con la ayuda de algunos amigos, logró armar al bergantín “Leander” y zarpó de Nueva York hacia Jacmel (Haití) el 2 de febrero de 1806», se explica en la obra venezolana. A su mando, 200 hombres a los que únicamente se les dijo que se iba a atacar a España en algún punto de la costa. En el mástil, la bandera de Colombia (el nombre de la tierra latina unificada que Miranda había imaginado en sus sueños).




    Réplica del Leander en el Parque Francisco de Miranda- Wikimedia


    Los primeros días de la expedición fueron dedicados al entrenamiento en alta mar. Tanto en el cañoneo de otros buques, como en el uso de armas cortas (todas ellas, de segunda mando y compradas a precio de oro). Tiro a tiro fueron pasando las jornadas hasta que, el día 12 de marzo, comenzaron los preparativos «de verdad» para iniciar la invasión. «El 12 de marzo de 1806 en el mástil del “Leander” ondeaba al viento, por vez primera, la bandera de la Nueva Patria, ideada por Miranda “con los tres colores primarios del arco iris”, amarillo, azul y rojo. Se disparó una salva de cañonazos y se hicieron votos por el triunfo de la libertad de América del Sur», explican Manuel Pérez Vila y Josefina Rodríguez de Alonso en la cronología que hacen dentro de la obra «América espera» (escrita por el propio Miranda). Poco antes se habían unido al «Leander» las goletas «Bee» y «Bacchus», con lo que ya se contaban en tres los navíos implicados en la expedición militar.

    Al final, tras muchos preparativos, Miranda ordenó a su pequeña flota atacar el puerto de Ocumare, en Venezuela, el 28 de abril de 1806. Así fue como, viento en popa y con la bandera tricolor ondeando al viento, los tres buques de nuestro protagonista se dispusieron a enfrentarse a las baterías que defendían la zona (las de Puerto Cabello) y a cualquier bajel rojigualdo que enarbolara la insignia española. Para su desgracia, los navíos que defendían la playa eran el «Argos» y «El Celoso», los cuales superaban ampliamente la potencia de fuego de la expedición revolucionaria. El combate duró poco. Francisco ordenó cañonear a sus enemigos, pero no sirvió de nada. Por el contrario, los hispanos devolvieron el fuego y obligaron a los tres navíos a dispersarse. Todo terminó con las goletas «Bee» y «Bacchus» apresadas y el «Leander» saliendo a toda vela para evitar ser aniquilado. Además, los bajeles de la Corona lograron hacer 60 prisioneros. Diez de los cuales fueron ahorcados al mes siguiente.



    «Un tal Don Francisco Miranda anda fomentando la sublevación. Tiene inquieta la provincia y se hacen diligencias para apresarlo»



    Así explicó el fraile y escriba Juan Antonio Navarrete (contemporáneo de Miranda) lo que sucedió con los prisioneros y la gran derrota de Miranda: «Por los meses de febrero y marzo se han puesto en armas todas las tropas por todas las bocas y puertos de las costas de Caracas, por las invasiones y amenazas del enemigo. [...]. Un tal Don Francisco Miranda, patricio de Caracas, anda fomentando la sublevación. Y tiene inquieta la provincia por el mar y se hacen diligencias para apresarlo. […] Por el mes de julio, día 11, se hizo en Puerto Cabello justicia de diez reos, entre otros varios, que se cogieron en una goleta que acompañaban al citado Miranda [...] y venían a hacerse dueños con él del gobierno y pueblos. Se les cogieron entre el barco las banderas, armas, papeles, patentes de nombramiento en oficios y empleos de la provincia, que ya daba Miranda supuesto por suyo todo. Pero todo se quemó por mano del verdugo en público cadalso en la plaza de la ciudad de Caracas el día 4 de agosto, día de Nuestro Padre Santo Domingo, entre nueve y diez de la mañana, con acta solamente de justicia y tropas».

    Con el amargo sabor de la derrota en el paladar, Miranda reorganizó sus fuerzas y reclutó hombres en las siguientes semanas para volver a lanzarse contra los españoles y a sus partidarios (los llamados realistas) en Venezuela. En agosto ya se consideró preparado de nuevo y se decidió a atacar el puerto de La Vela de Coro el día 3. En este caso sus «gañanes» y «rufianes» sin «ninguna experiencia militar» (como bien se explica en la exposición de la Casa de América) lograron desembarcar y conquistar la ciudad de Coro. «Allí se izó el pabellón de la patria naciente pero muchos habitantes, evitando comprometerse, prefirieron huir de la ciudad, que fue evacuada por las tropas realistas», se añade en la obra venezolana. La situación no podía ser mejor. Sin embargo, al carecer de apoyo popular y de refuerzos, nuestro protagonista tuvo que recoger sus pertrechos y huir antes de que el enemigo se reorganizase. Finalmente, «El precursor» vendió o se deshizo de todo aquello que quedaba de aquella desastrosa expedición y volvió a Inglaterra, tierra que pisó el 31 de diciembre de 1807.


    Hacia la verdadera independencia

    Una vez en Inglaterra, Miranda -siempre inquieto- aceptó colaborar en una nueva expedición formada por el gobierno británico para liberar a los pueblos americanos bajo dominio español. Sin embargo, este viaje se vio frustrado cuando Napoleón Bonaparte invadió España. Y es que, a pesar del odio eterno que se habían profesado la corona británica y la española, los «lords» decidieron que era mejor desplazar la armada que iba a invadir el Caribe hacia Portugal para apoyar a sus antiguos enemigos hispanos. No por bondad, desde luego, sino por contener el avance militar del «Pequeño corso» por Europa. Sin apoyo «british», y desesperado por favorecer la sublevación de Hispanoamérica (principalmente Venezuela, su tierra natal), «El precursor» comenzó a enviar cartas a Caracas instando a sus gobernantes a levantarse en armas contra Carlos IV, quien había perdido todo su poder.

    Venezuela respondió a sus misivas enviando hasta Londres una serie de comisionados entre los que destacaba un jovencísimo Simón Bolívar (de apenas 25 años). «En julio de 1810 llegaron a Londres los comisionados de la Junta Suprema de Gobierno de Caracas, Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello. Había sido iniciado el proceso para la separación de España de las provincias de Venezuela desde el 19 de abril. En Londres, Miranda se convirtió en el consejero, el introductor y compañero de los comisionados, les recibió en su casa, les acompañó en sus visitas a personalidades e instituciones...», determina la Fundación Polar en su obra. Al final, tras muchos años, nuestro protagonista veía -cada vez más cerca- la emancipación de una de las regiones de Latinoamérica. Esta vez, de verdad.




    Llegada de Miranda a Venezuela- ABC


    Con todo, Miranda nunca favoreció la revolución de las clases bajas contra la Corona española, sino que abogó porque la independencia de Hispanoamérica fuese protagonizada por nativos de clase alta. «Nunca fue un revolucionario social ni estuvo dentro de su agenda promover el desorden social. Sus ideas se limitaron meramente a una revolución política», explica el profesor Lucena en declaraciones a ABC.

    ¿Cómo es posible que una región tan pequeña como Venezuela fuera la primera en querer independizarse de España? La respuesta nos la da el profesor Lucena: «Las revoluciones empezaron allí porque Venezuela era una productora de cacao. Y si el cacao se pudría en los almacenes, había peligro de una revolución étnica. Los españoles americanos patricios organizaron juntas autonomistas para evitar los peligros de la disolución política que se había generado con la invasión napoleónica. El escenario era el siguiente: si Napoleón tomaba Cádiz, la América española sería parte del Imperio Napoleónico. Así no iban a vender cacao porque los ingleses eran los dueños del mar y estaban en guerra con los franceses. Si esto se sucedía, les iban a cortar el cuello a los blancos, que dominaban la zona. Tenían que hacer algo».


    La emancipación de Venezuela

    Animado por el séquito que fue a visitarle a Londres, Miranda se embarcó hacia Venezuela el 10 de octubre de 1810 con la misión de colaborar en el proceso de independencia. Llegó a La Guaira exactamente dos meses después y, para su sorpresa, fue recibido entre vítores y aplausos. Nada que ver con el recibimiento por las armas que le habían hecho a él y a sus hombres unos pocos años antes. La «Gazeta de Caracas», por ejemplo, dio la bienvenida en sus páginas «al hombre que había olvidado su patria, pese a las distinciones que se habían acumulado sobre él». El mismo espía y militar que no había pisado la región en casi 40 años. Los meses siguientes fueron de suma importancia para «El precursor» pues -a pesar de que en principio solo acudía como consejero- fue nombrado diputado del Congreso Constituyente encargado de decidir el devenir del país.

    Durante las semanas siguientes, Miranda luchó (políticamente hablando) porque Venezuela se emancipase de forma oficial de España. Al final, sus sueños se materializaron cuando se proclamó la Primera República de Venezuela y se firmó, en julio de 1811, el «Acta de Independencia» de la región. Con estas palabras comenzó aquel informe: «En el nombre de Dios Todopoderoso, nosotros, los representantes de las Provincias Unidas de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida y Trujillo, que forman la Confederación americana de Venezuela en el continente meridional, reunidos en Congreso, y considerando la plena y absoluta posesión de nuestros derechos, [...] queremos, antes de usar de los derechos de que nos tuvo privados la fuerza, por más de tres siglos, y nos ha restituido el orden político de los acontecimientos humanos, patentizar al universo las razones que han emanado de estos mismos acontecimientos y autorizan el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía».


    A las armas de nuevo

    La independencia supo a gloria a Miranda. Su sueño se había cumplido a pesar de que había tenido que esperar bastante tiempo para ello. Sin embargo, el buen sabor de boca se le agrió cuando se le informó de que no contaban con él a nivel político para ocupar uno de los cargos determinantes del nuevo gobierno. De hecho, tuvo que esperar hasta 1811 -cuando la población realista (la partidaria de Fernando VII) se alzó en armas contra la independencia- para obtener un puesto acorde a su experiencia. «En julio de 1811 los realistas de la ciudad de Valencia [en Carabobo] se levantaron contra la independencia y el Ejecutivo designó a Miranda Jefe del Ejército», explica el dossier venezolano.



    «Miranda fue general a los 6o años, que son como 120 de ahora»



    Es decir, que Miranda fue -a sus 61 primaveras- nombrado comandante y se le dio la orden de acabar con los realistas que tantos problemas estaban dando. «Fue el general de los ejércitos de Venezuela siendo un anciano. Tenía 60 años, que son como 120 de ahora. Aunque es en cierto modo lógico porque, si hay una profesión que reconocerle, además de lector, conspirador y espía, es la de militar. El problema que se encontró es que estaba acostumbrado a las guerras de Europa, en las que combatían unos soldaditos uniformados frente a otros, y no al tipo de lucha que se hacía en América. Al final su formación militar no sirvió para nada», explica, en declaraciones a ABC, Lucena. A pesar de ello, el combatir contra civiles y rebeldes hizo que no tuviera problemas en sofocar las primeras revueltas que se sucedieron en Valencia.


    Una amenaza renovada

    Mientras Miranda luchaba espada en mano para acabar con las poblaciones que combatían por Fernando VII, los realistas discurrieron un plan a sus espaldas en un intento desesperado de mantener bajo dominio español Venezuela. La operación fue ideado por Francisco Ceballos, gobernador de Coro (al norte del país) y partidario de Fernando VII. Este ordenó -allá por marzo de 1812- a uno de sus mejores capitanes de fragata (un canario de 38 años llamado Domingo de Monteverde) que partiera con un pequeño contingente hasta la población de Carora, a 150 kilómetros de la urbe, para apoyar una rebelión de realistas que pretendía arrebatar aquel bastión a los partidarios de la independencia. Su avance fue letal y, en menos de un mes, el español se hizo por las armas con la población junto a multitud de combatientes que se unieron a él durante el trayecto. Cuando los republicanos se dieron cuenta del movimiento ya era demasiado tarde. Aunque, a partir de ese momento, movilizaron a sus generales.

    Tras la conquista de esta ciudad (y viendo lo fácil que había sido avanzar por territorio independentista) Monteverde se propuso conquistar Barquisimeto, una población cercana que se caracterizaba por ser uno de los principales bastiones del enemigo. Sabía que la misión era complicada, pero confiaba en que Dios le ayudara a acabar con aquellos traidores de España. Y, curiosamente, se podría decir que alguien escuchó sus plegarias. «En la tarde del 26 de marzo, jueves santo de 1812, el territorio venezolano fue sacudido por un terremoto de gran intensidad sísmica que causó enorme destrucción en Caracas y La Guaira, Barquisimeto, Mérida y otras poblaciones menores. Hubo un saldo de 15 a 20 mil muertos e incontables heridos, derrumbe de edificios, hasta pequeños ríos desplazados», explica David Bushnell en su obra «Simón Bolívar: hombre de Caracas, proyecto de América : una biografía».




    Miranda, en sus últimos años- Wikimedia


    El terremoto causó daños severos en la mayoría de plazas republicanas y, curiosamente, apenas dañó las regiones realistas. Por ello, muchos lo consideraron un castigo divino. Independientemente de la causa que lo motivó, lo cierto es que este sismo permitió a Monteverde tomar sin oposición Barquisimeto a principios de abril. Fue entonces cuando la Primera República de Venezuela tomó una medida desesperada para evitar que los españoles acabasen con sus sueños de independencia: dieron a Miranda poderes dictatoriales para que expulsara, fuera cual fuese el precio, a los partidarios de Fernando VII. No obstante, ni las órdenes de «El precursor» pudieron evitar que la capital, Valencia, cayera en manos de Monteverde.

    En vista de que la derrota se cernía sobre Venezuela, «El precursor» actuó rápido. Uno de sus primeros actos oficiales fue nombrar a Simón Bolívar (entonces poco más que un oficial) defensor de su principal posición defensiva: el castillo de Puerto Cabello (un fuerte en el que se guardaba una buena parte de la pólvora republicana y se retenía a multitud de presos realistas). «Bolívar no era más que un joven endeudado de los valles de Caracas que, además, carecía de redes sociales. La gran figura era Miranda. Era el enemigo público de la monarquía española», explica Lucena. Él, por su parte, decidió que lo mejor era aguardar un poco y entrenar a sus combatientes. A su vez, ordenó medidas drásticas para aumentar sus fuerzas. «Miranda decretó un alistamiento general de hombres libres [que se hizo] extensible a los esclavos, ofreciéndoles la libertad a cambio de cuatro años de servicio», determina Bushnell.


    Derrotado y traicionado

    A pesar de estas nuevas medidas, Miranda no pudo sostener los combates contra los realistas debido a la fuerte crisis económica de la República, las fuerzas que se alzaron contra los independentistas, las movilizaciones de las clases bajas de nativos (contrarias a que el poder lo ostentasen aquellos que tenían el dinero) y los continuos ataques de Monteverde (los cuales terminaron por desmoralizar a sus tropas). A todo ello se sumó la grave derrota militar que los republicanos sufrieron en Puerto Cabello por culpa de la torpeza de Bolívar. Después de todo ello, nuestro protagonista decidió tomar medidas drásticas y pactar con los españoles la paz para evitar el colapso del estado. Este tratado se hizo patente el 25 de julio de 1812 y, como cabía esperar, causó gran controversia entre los contrarios a Fernando VII.



    Murió solo y traicionado por los mismos venezolanos por los que había combatido



    Tras aquella capitulación, considerada bochornosa por muchos de los oficiales a sus órdenes, las tensiones que ya existían contra Miranda se hicieron todavía más patentes y terminaron en un atentado contra su persona. «Durante la noche del 30 al 31 de julio, a las 3 a. m., un grupo de militares y civiles, entre los cuales se encuentran Bolívar y Miguel Peña, arrestaron a Miranda, a quien reprocharon la capitulación con Monteverde: “Bochinche, bochinche...” fue la exclamación del Precursor en el momento de ser detenido y encerrado en el castillo de San Carlos. Quienes participaron en la penosa confusión de estos acontecimientos podían estar movidos por diversos propósitos. Algunos, como era el caso de Bolívar, aspiraban a desconocer la capitulación y a proseguir la lucha, lo cual no resultó posible», se explica en el «Diccionario de historia de Venezuela».




    Miranda, en prisión- Wikimedia


    Al igual que no habían servido de nada los años que combatió junto a la Corona española cuando Carlos III le declaró enemigo número uno del país, tampoco sirvió entonces que Miranda llevara años y años luchando por la independencia de Hispanoamérica. «Poco después de su arresto las avanzadas realistas al mando de Francisco Javier Cervériz, entraron en La Guaira y se apoderaron de Miranda, a quien encadenaron en las bóvedas. De allí fue enviado al castillo de San Felipe, en Puerto Cabello. A principios de 1813, desde la mazmorra porteña. […] El 4 de junio fue trasladado a la fortaleza de El Morro, en Puerto Rico y a fines de 1813, un bergantín español lo llevó preso a España. A principios de enero de 1814 estuvo encerrado en un calabozo del fuerte de las Cuatro Torres, en el arsenal de La Carraca, cerca de Cádiz. Aislado del mundo exterior, sólo recibió noticias y alguna pequeña ayuda de sus viejos amigos […] Asistido sólo por su criado Pedro José Morán murió, después de una larga agonía, en la madrugada del 14 de julio de 1816», se completa en el texto.






    Cinco preguntas a Manuel Lucena


    ¿Cómo definiría a Miranda?

    Fue una especie de casanova criollo. Un espía británico, un agitador, un conspirador... Y luego una persona traicionada por los suyos. También se podría decir que era un “pieza”. Un personaje que alguno diría amoral, individualista, moderno (iba a lo suyo) y un superviviente desde muy temprana edad.


    ¿Fue finalmente declarado inocente de los cargos de espionaje y contrabando?

    Sí, pero para entonces ya era el enemigo número uno de la monarquía española. Con todo, las investigaciones de Manuel Hernández demuestran que la justicia real es lenta, pero funciona. Al final fue absuelto de esos cargos iniciales que le llevaron a desertar del ejército y le convirtieron en un hombre errante en busca de una identidad política y cultural.


    ¿Qué significa, a día de hoy, ser un «El precursor» como Miranda?

    Una desgracia. Un precursor no deja de ser un perdedor. Es alguien fracasado que no tiene repercusión real porque nació antes de tiempo o después.


    ¿Por qué firmó la paz con Monteverde?

    La firma ante el peligro de la revolución social. Miranda no quería que se estableciera el gobierno de los negros y los mulatos en Venezuela. Sabía del peligro de esa pardocracia. Se dio cuenta del enorme peligro de esa revolución social y acabó con la Primera República de Venezuela para evitarlo. Hoy en día están intentando presentar a Miranda como un revolucionario, pero lo fue a medias. Fue un revolucionario político, pero no social. Cuando vio que los esclavos de Caracas iban a implantar en Venezuela su propio orden social, abandonó. En este sentido fue muy consistente en su ideario y en su conducta. El Miranda que murió era refractario a una revolución social que pasara por lo étnico.


    ¿Se planteó Miranda huir tras la firma de la paz?

    Esperaba irse de rositas, como habitualmente le sucedía, y le traicionaron cuando estaba a punto de escaparse. Además, siempre esperó el perdón y ser liberado en base a la constitución de Cádiz. Fue un individualista y un jugador de ventaja. Un superviviente.




    _____________________

    Fuente:


    Francisco de Miranda: El espía que traicionó a España y batalló con Simón Bolívar por la independencia de Venezuela

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