2. Pío IX ante el problema (1846-1851)
D) Pío IX frente a los revolucionarios romanos
Al subir al trono pontificio Pío IX (1846), la consigna de las sectas fue precipitar al Papa por la vía de las reformas liberales, pero no para detenerse y contentarse con ellas.
Mientras algunos prudentes callaban sorprendidos, los antiguos revolucionarios aclamaban al nuevo Papa “comprensivo y moderno”; todos los periódicos de Europa recibieron la consigna de celebrar las liberalidades y “nueva política del Papa y de empujarlo a continuar por aquel camino”. Todo eran fiestas y aclamaciones al bondadoso Pío IX. Recordemos la gran fiesta triunfal del 8 de septiembre de 1846; la del 19 de abril de 1847...
Sin embargo, el secretario de Estado hubo de dar una nota poniendo fin a tan ruidosas manifestaciones, que llevaban un no sé qué de revolucionario. Todos aquellos “E viva il Papa” y aquellos himnos tenían un fin torcido, para el cual los conspiradores radicales se servían de los liberales moderados o de políticos utópicos e inconscientes...
Si estas medidas de Pío IX retardaron por algún tiempo el estallido de la revolución, los enemigos, como Mazzini, no perdían de vista su fin, que era derribar todos los pilares del orden establecido. La nota o advertencia tan paternal del secretario de Estado, cardenal Gizzi, fue mirada por ellos como una conjura de los reaccionarios austríacos, como un eco de las ideas del partido absolutista... Hojas clandestinas propagaron profusamente esta supuesta conjura. Eso dio pretexto a los demagogos para perseguir a sus enemigos más destacados y organizar una guardia de ciudadanos para defensa del popular Pontífice... lo cual no era sino un medio de apoderarse de los resortes del poder; hicieron su aparición en Roma los clubs, sobre todo el llamado Círcolo Romano dirigido por el tabernario Cicervacchio que fanatizaba a las masas.
El secretario de Estado, mons Gizzi, hecho impopular, cedía su puesto al cardenal Ferretti, sobrino de Pío IX,... que solo se pudo mantener medio año. Las instigaciones de lord Minto, las revueltas de Toscana, la lucha contra la Austria reaccionaria, todo hacía presagiar la revolución. El 25 de noviembre de 1847 exhortaba Mazzini desde París al Papa a ponerse al frente del movimiento nacional. Pero el 17 de diciembre replicó enérgicamente Pío IX que solo iría hasta donde se lo permitiera la conciencia; más allá ni la muerte le llevaría.
Las súplicas de los conspiradores se convirtieron en amenazas y órdenes: el 1 de enero de 1848 organizó Cicervacchio una manifestación para exigir las demandas del pueblo y días más tarde resonaban las calles con gritos contra ministros, policía y ljesuitas. Todavía se callaba el nombre del Papa, pero ya se atacaba su gobierno...
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