Fuente: Informaciones, 28 Mayo 1954.




Para terminar una polémica de los católicos españoles


Hace 46 años, los editores de «EL SIGLO FUTURO» ofrecían disolver su partido si convenía a la Iglesia

«Eso, ¡de ninguna manera!; sería aguar el buen vino español», replicó Pío X



En momentos de agria polémica entre los católicos españoles y de confusión política extremada tanto en la práctica como en las ideologías, unos caballeros, representantes de la intransigencia española en el terreno de los principios, fueron a Roma para ser recibidos por Su Santidad. Querían que el propio Papa les descargara la conciencia y les aclarase la mente. Deseaban saber si debían o no arriar la bandera. De la audiencia papal salieron confortados. Como resumen de la finalidad y entrevistas de aquel viaje podrían ponerse estas palabras que les dijo el cardenal Vives y Tutó: «Sed canes adlatrantes». Debían, pues, seguir ladrando contra los errores del liberalismo y demás desviaciones.

De los componentes de aquella Comisión sólo vive don Manuel Senante, a quien nos ha parecido oportuno abordar para que nos relate los motivos e incidencias de tan interesante como poco conocido episodio de la política española de principios de siglo, precisamente en las gozosas vísperas de la canonización de Pío X.





Tanto el hombre como su mansión trascienden certeza y paz. Él es don Manuel Senante, un español venerable por la ejecutoria de su vida y por sus años. Don Manuel vive en la calle Almagro, en uno de esos cuartos de traza antigua, generosos con el espacio, auténticos y plenos como hogares. Constituye un descanso estar un rato en un gabinete de esta casa, con luz y silencio suaves, a la vera de un anciano que teniendo motivos para andar quebrantado del alma y los huesos –son ochenta y un años de vida en una brecha apasionada y sin renuncios– tiene firme el cuerpo, fresca la memoria, enteras las ideas y franca y cálida la sonrisa.

La razón de que hayamos ido a la casa de don Manuel Senante en busca de ciertos recuerdos es una razón de actualidad. Estamos en vísperas de un acontecimiento que conmueve a la Cristiandad y la pone alegre: la canonización del Papa Pío X.

– Los tradicionalistas españoles –nos dice el señor Senante– guardábamos un especial recuerdo de aquel gran Pontífice, al que todos, y muy especialmente yo, profesamos particular devoción.

Ahora se marcha don Manuel a la Ciudad Eterna, con arrestos sorprendentes para el largo viaje y para la fatiga de una estancia que conmoverá a fondo el acontecimiento religioso. No quiere perderse las solemnes ceremonias que culminarán en la exaltación a los altares de aquel Papa a quien se ha llamado «hombre de Dios». Este es un viaje sin particularidad, uno más de los muchos miles que emprenderán los peregrinos del mundo por los caminos todos que llevan a Roma con este motivo de repique gordo. Antes –ahora hace cuarenta y seis años– sí que hizo Manuel Senante un viaje singular, de interesante y oportuna recordación.

Pero antes de entrar en esta curiosa circunstancia de su vida veamos quién era y qué hacía por entonces don Manuel:

En Alicante, su ciudad natal, a poco de terminar la carrera ejerció la abogacía, fundó el periódico «La voz de Alicante», que dirigió hasta 1907, afiliado al partido integrista, cuyo jefe era el inolvidable don Ramón Nocedal. Éste, que era diputado por Pamplona, falleció el día 1 de abril de 1907, y por haberle reemplazado don José Sánchez Marco, que lo era por Azpeitia, fue elegido el señor Senante por este distrito, sin oposición, el día 21 de abril de aquel año, y lo siguió representando hasta el advenimiento de la Dictadura en 1923. Al ser elegido diputado se le nombró director del periódico «El Siglo Futuro», que fundó Nocedal y dirigió hasta su muerte, siendo después de ésta su propietario don Juan de Olazábal.

Aquella organización política fue llamada irónicamente «integrista», y Sardá y Salvany, en una conferencia en Sabadell, dijo: «¿Nos llamáis irónicamente “integristas”? Pues bien, seamos “integristas”.»

– ¿Por qué los llamaban así, don Manuel?

– Porque nosotros defendíamos la verdad en toda su integridad. Aceptamos esa especie de mote incluso con satisfacción. Respondía a nuestro pensamiento y a nuestra esperanza.

Eran tiempos de lucha política, movidos y turbios, buenos herederos de aquellos que arrastró España desde los días de la regencia y los lamentables del reinado de la segunda Isabel. Andando el año 1906 se convocaron elecciones municipales. Comenzó a hablarse de las obligaciones y responsabilidades de los católicos frente a los anunciados comicios. Flotaba un criterio transaccionista.

– Apoyábase tal criterio –nos puntualiza el señor Senante– en lo que se ha llamado el «mal menor».

– ¿Qué era en la ocasión…?

– Pues el partido que se denominaba liberal-conservador. Pretendían algunos que nos uniéramos a él, no de un modo circunstancial, contra candidatos enemigos de la Iglesia o contra leyes inicuas (que esto es lícito y muchas veces conveniente), sino de un modo habitual y permanente. Esto era ceder y abandonar la defensa de los principios antiliberales, pues el jefe entonces de aquel partido sostenía el gravísimo error de que el derecho público ni es católico ni protestante.

– Y llegamos al motivo de aquel su viaje a Roma…

– Sí, señor. Ocurrió que cierta revista publicó unos artículos propugnando por esa unión frente a las izquierdas.

– «El Siglo Futuro» dijo terminantemente que no, ¿verdad?

– ¡Terminantemente! Don Ramón Nocedal replicó en «El Siglo Futuro» con otros artículos, sosteniendo la tesis católica en toda su integridad, sin acomodamientos ni transacciones con los partidos liberales de un modo permanente.

– ¿Qué concepto tenían ustedes de aquellos partidos que a la vista de éstos… extremosos al uso en nuestra época nos parecen algo así como corderos políticos?

– Teníamos, naturalmente, un concepto defensivo frente a los que sostenían errores opuestos a las enseñanzas de la Iglesia. De tal mal adolecen todos los partidos liberales, incluso el conservador-liberal. Y no le digo a usted «adolecían», con precisa referencia a los de aquel entonces, porque las desviaciones y errores se repitieron y sostuvieron, llegando hasta nuestros días, en Francia y fuera de Francia, con las organizaciones llamadas «democracias cristianas», derivadas de «Le Sillon», condenado por Pío X en una admirable encíclica, en la que decía que «los verdaderos amantes del pueblo no son innovadores ni revolucionarios, sino tradicionalistas». «El Siglo Futuro» publicó una traducción, con prólogo y notas del padre Ricardo y «Fabio».

– ¿Cómo se desarrolló el incidente?

– Sin duda aquellos que patrocinaban las doctrinas combatidas por Nocedal se dirigieron a Roma para que el pleito fuera resuelto por el Sumo Pontífice, a la sazón Pío X. El obispo de Madrid-Alcalá recibió en 20 de febrero de 1906 una carta del Santo Padre, que empezaba con las palabras «Inter Catholicos Hispaniae». Expresaba en ella el Papa sus deseos de que terminaran las discusiones, que entendía perjudiciales al interés de la Iglesia, y encarecía la concordia de los católicos.

– ¿Cómo es que no acabó el incidente con esa superior misiva?

– Porque la carta de Pío X fue objeto de diversas interpretaciones. Los periódicos de tendencia conservadora liberal la estimaron como una condenación –o cuando menos como una desautorización– del tradicionalismo integrista. Y llegaron a entonar himnos de triunfo que sus seguidores repetían en círculos, reuniones y hasta en las Cortes. Se hicieron otros juicios más delicados por parte de personas autorizadas, que también entendieron que la «Inter Catholicos Hispaniae» constituía una desautorización de nuestra actitud. Fue entonces cuando Nocedal, en una asamblea que se celebró en Madrid en el mes de mayo de aquel año propuso, y se acordó, ir a Roma, solicitar una audiencia al Sumo Pontífice y exponerle los términos de la cuestión, para que su autoridad nos dijera lo que habíamos de hacer.

– ¿Les animaba a ustedes un ánimo puramente polémico?

– De ninguna manera. Nuestro deseo era oír de sus labios la verdadera interpretación de la carta y poner en sus manos nuestra causa, dispuestos a disolver nuestra agrupación y a no publicar «El Siglo Futuro» si nos decía el Santo Padre que así convenía a los intereses y al bien de la Iglesia en España. Nocedal, ya enfermo de una afección cardíaca, murió sin poder realizar su propósito, y los que le sucedieron acordaron realizarlo, y dispusieron su viaje a Roma, que en efecto hicieron en el mes de abril de 1908.

– ¿Quiénes componían la expedición?

– Don Juan de Olazábal, entonces ya propietario de «El Siglo Futuro»; don José Sánchez-Marco, diputado por Pamplona; don Rafael Sánchez Guardamino, Don Juan Lamamié de Clairac, diputado por Salamanca, y yo.

– ¿Quiénes viven de aquel grupo?

– Yo solo. Los demás han fallecido santamente. Don Juan de Olazábal fue fusilado por los rojos en Bilbao, después de un penoso cautiverio.

– ¿No era usted también diputado a Cortes?

– Sí, lo era desde 1907, como he dicho.

– Y volviendo al viaje a Roma…

– Pues salimos de Madrid en la primavera de 1908. El día 6 de abril fuimos recibidos bondadosa y paternalmente por aquel gran Pontífice, que fue Pío X. Esta entrevista tuvo su escenario en la biblioteca del Papa. Hasta allí llegamos acompañados por el entonces director del Colegio Español, don Benjamín Miñana, que fue quien nos obtuvo la audiencia. Recuerdo vivamente que cuando el señor Miñana se disponía a arrodillarse para besar el anillo papal, Pío X lo atrajo hacia sí y lo abrazó llana y cordialísimamente, diciéndole: «Benjamino, veni cua!» (¡Benjamín, ven acá!). Estaba el Santo Padre sentado a su mesa de despacho y nos mandó sentar alrededor suyo.

– ¿Recuerda los términos de la entrevista?

– Como si fuera ahora. ¿Pero para qué quiere usted que se los detalle? Le diré, en síntesis, que nos oyó bondadosamente. Cuando le dijimos que estábamos dispuestos, si él lo creía conveniente para el bien de la Iglesia, a disolvernos y a cesar en la publicación de nuestro periódico, nos replicó con todo afecto: «¡Eso, de ninguna manera! Sería aguar el buen vino de España.» Luego siguió hablándonos con sus mejores palabras de aliento. Por último, nos recomendó al Cardenal Vives, diciéndonos: «Vayan ustedes a él. Es un «uomo di Dio». El cardenal tiene ya instrucciones, a las que deberéis ateneros.»

Don Manuel nos cuenta luego que fueron muchas las entrevistas que sostuvieron con el dicho cardenal Vives en el Colegio Español, donde vivía, y muchas las palabras alentadoras que de sus labios oyeron. «Sed “canes adlatrantes” contra todo lo que contraríe los derechos y prerrogativas de la Iglesia» –nos dijo.

– Como resumen de tales conversaciones nos dio unas normas, normas que por entonces deberíamos guardar secretas. Más tarde se dieron a la publicidad para todos los católicos españoles. La primera y más importante, que considero de gran interés, dice así:

«Debe sostenerse como principio cierto que en España puede mantenerse siempre, como de hecho sustentan muchos nobilísimamente, la tesis católica, y con ella el restablecimiento de la unidad religiosa. Es deber, además, de todo católico, el combatir todos los errores reprobados por la Santa Sede, especialmente los comprendidos en el «Syllabus», y las libertades de perdición proclamadas por el derecho nuevo o «liberalismo», cuya aplicación al Gobierno de España es ocasión de tantos males. Esta acción de reconquista religiosa debe efectuarse dentro de los límites de la legalidad, utilizando todas las armas lícitas que aquélla ponga en manos de los ciudadanos españoles.»

– La vuelta sería feliz…

– ¡Mucho! ¡Muy feliz! Regresamos a la Patria bien consolados y muy obligados y reconocidos a la paternal bondad con que nos recibió y atendió aquel «uomo di Dio», al que pronto, si Dios quiere, veré subir al altar con estos ojos que el Señor ha querido conservar para que se complazcan en tan suprema y devota ocasión.


DORAMAS