En 2016 Trump sacudió el tablero del mundo entero, no fue el primero, pero su victoria en la primera potencia del mundo dio un gran impulso a los políticos de lo que se ha llamado derecha populista o derecha alternativa. Estos políticos comparten el rechazo a una globalización que diluye los poderes nacionales, el temor, a veces justificado y en otros casos infundado, a la inmigración, el desprecio a la cultura y la ciencia por considerarlas emparentadas con las élites tecnócratas y políticamente correctas. Desde la familia Le Pen, pasando por Orbán, Farage, Wilders, Abascal, Duterte y Bolsonaro, los líderes de hablar directo, de apelar al pueblo, de soluciones rápidas y firmes, han marcado la agenda política en el mundo con un impacto del que aún no sabemos su duración y alcance, pero del que podemos vislumbrar consecuencias funestas.
Las victorias de estos personajes son efímeras, son reacciones de cuerpos moribundos que tratan de luchar contra los síntomas, pero no contra la enfermedad que los origina. Los movimientos políticos basados en la división, en la revancha en lugar de la justicia, en el reclamo de pasados mejores, no tienen un futuro prometedor a largo plazo por diversos motivos, desde el declive demográfico de sus votantes hasta la fragilidad ideológica que los sustenta, una fragilidad que los orilla a aceptar como campeones a personajes sin escrúpulos como Trump o Duterte, que si bien son capaces de proporcionar deslumbrantes victorias, serán un lastre que terminará hundiendo estas nuevas derechas por los escándalos y abusos de estos personajes.
Este hundimiento ya ha comenzando de manera visible en Estados Unidos con la derrota de Trump ante Biden, un triunfo por demás simbólico pues incluso la televisora aliada de Trump, The Fox, se sumó hace unos días a la censura del todavía presidente estadounidense cómo un ejemplo de lo que dijo Nicolás Gómez Dávila: Cualquier derecha en nuestro tiempo no es más que una izquierda de ayer deseosa de digerir en paz.
Los escándalos de Trump seguirán dañando a aquellos que lo respaldaron o emularon. Una vez liquidado el hombre naranja, sea por la persecución de la justicia norteamericana a manos de la élite dominante, o capitulando al negociar con esos grupos de poder, los demás líderes de la derecha alternativa en el mundo comenzarán a perder fuelle. No hay un referente con el cual puedan sustituir la pérdida de la Casa Blanca ni un sustento ideológico en el que puedan replegarse. Prefirieron la coyuntura al destino, el del caudillismo al de la construcción de un movimiento vivo y que trascendiera personalismos, eligieron los temores y los odios en lugar de las ideas, únicamente les queda agitar la bandera del miedo ante el creciente horror del Islam en Europa, pero siguen sin tener una base más allá sobre la que puedan descansar un pensamiento a futuro, podrán con suerte instaurar regímenes autoritarios para responder al desafío musulmán, pero enfrentaran el mismo destino que sus predecesores del siglo XX porque carecen de un proyecto real más allá del pánico y la nostalgia. La derecha alternativa al final del día son los hombres insensatos que edificaron su casa sobre arena. No permitamos los católicos que nos devoren las arenas ni los cantos de sirena.
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