Retomo este hilo con dos artículos de relevantes políticos de la época, escritos en el aniversario (1974) de su asesinato. Nótese el tono conciliador y la visión transicionista y aperturista que ambos proyectan sobre Carrero y sobre la España de entonces.
El primer artículo es de Torcuato Fdez Miranda:
EMPEZAR A COMPRENDERLE...
“Es lógico que en el aniversario del brutal asesinato que segó su vida, nos acerquemos al recuerdo e intentemos traer a la memoria la nobilísima figura del presidente Carrero Blanco; acepto, por ello, como un honor la invitación que me hace «La Vanguardia».
Es todavía muy pronto para poder comprender lo que fue la vida del almirante en la Historia de España. La Presidencia del Gobierno duró seis meses y sólo mostró la quilla emergente de un gran submarino, que durante lustros permaneció en una curiosa e incitante semisombra, llena de mesura, sencillez y modestia, que contribuyó mucho a la eficacia de su labor, pero también al desconocimiento de su verdadera valía. A Carrero sólo puede entendérsele en función de su simbiosis con el Caudillo, treinta y dos años a su lado; desde una personalidad celada, pero vigorosa; en la sombra de la lealtad; eficacísima, llena de prudencia y colmada de sagacidad. No es fácil captar la realidad de una persona así, y se tardará en comprenderle en su talla insólita de gran político.
Sólo se puede vivir como él vivió si se posee una personalidad recia y propia, que en el servicio entregado de la persona a quien sirvió lejos de anularse se afianzó. Sólo entendiendo a la par la gigantesca figura histórica del Caudillo y la recia personalidad de Carrero, se podrá ver la dimensión histórica de ambos y alcanzar el sentido de la vida de éste. Bajo la sombra del Caudillo se forjó una de las biografías políticas más recia, personal y propia. Es esto, entre otras muchas cosas, lo que tendrá que ver la historia, si se quiere ver lo que ha sido este hombre, en más de una ocasión mal comprendido.
Su manera de ser le llevó a irritar con frecuencia a la clase política y no se cuidó del contrapunto de la publicidad de su figura ante el pueblo, pues rara vez se adelantó, y nunca de buen grado, a las candilejas de la popularidad. Diríase que hizo suyo el pensamiento de José Antonio: el político de temple nunca dudará en la opción entre la popularidad y el servicio a su pueblo, elegirá siempre a éste.
Su personalidad, llena de una gran complejidad de resortes, desorientaba a quienes se precipitaban en el juicio fácil, suficiente o irritado. Parecía a veces dudar demasiado, no decidirse, cuidar de acentuar su posición subordinada, de continuar con excesos su paciencia o acariciar su perplejidad; se llegó a decir que le costaba trabajo mandar; y pocos hombres ha habido tan seguros de sí, tan claros en sus ideas y propósitos, tan duros en el momento de la personalidad, tan flexibles en la espera, el aguante o la resistencia ante las situaciones adversas; entonces diríase que la certeza de la responsabilidad le daba fuerza y que sabía que la seguridad en que descansaba no le faltaría. Fue, antes que nada, la lealtad encarnada servida desde una gran mesura, con fortaleza hecha de paciencia, desde una acción a tempo exacto hecha de prudencia y sagacidad. Logró desde sí y sus cualidades la confianza inmarcesible de Franco en cuyo servicio vivió toda una vigorosa vida política. No se entenderá la figura de Carrero mientras no se vea su vida como absorbida por Franco y no obstante vivida con personalidad recia e indomable.
Lo que él hizo, cómo lo hizo, con qué entrega y con cuán grande peculiaridad personal, es un ejemplo de hacer y vivir políticos que urge empezar a poner en claro; España necesita saber con exactitud la lección viva de Carrero, pues no está sobrada de lecciones como las que se desprenden de esa vida, la vida de nuestro capitán de la Armada y duque de Carrero Blanco. Una lección de sosiego, prudencia y sagacidad, de renuncia, entrega y servicio en la lealtad total, con el vigor y fuerza en el ejercicio de la veracidad que no lo hacía cómodo en su servicio, pero sí seguro por su lealtad sin fisuras.
Con frecuencia se ha dicho que Carrero Blanco era un hombre de principios; ésta es sólo una verdad a medias, fácil para inducir a nuevos errores sobre él. Era, sí, un hombre de principios, pero era antes un hombre de honor. Entre quien se guía sólo por principios y quien se guía por honor hay una diferencia quizá sutil, pero muy profunda y sustancial. La que media entre la rigidez y la fortaleza, entre la presunción y la magnanimidad. El hombre de honor posee aquel talante que le hace ser pronto a comprender lo que cada situación exige y estar abierto a la ayuda que los demás pueden prestarle; lo cual le cura de toda rigidez o puritanismo de principio. La compleja personalidad del presidente Carrero Blanco parecía haberse forjado paso a paso, en la meditación de aquellos versos de Hesíodo en los «Trabajos y Días»:
El mejor es el que por sí solo comprende todas las cosas,
es noble quien obedece al que aconseja bien,
el que ni comprende por sí, ni escucha a otro es un hombre inútil.
Bien está, ¿está bien?, que en vida de Carrero muchos no hayan querido o podido comprenderle. Es hora de comenzar de veras su homenaje. A mí sólo uno me parece digno de él: empezar a comprenderle. Frente a él hay una doble injusticia: quienes siguen sin querer comprenderle, y quienes parecen querer utilizarle. Sólo comprenderle, es digno homenaje para él: empezar a dibujar en sus líneas verdaderas, complejas y humanas, con luces y sombras, la grandeza de una recia personalidad española que no merece seguir viviendo como recuerdo, en la semisombra que él aceptó en vida por servicio en su lealtad, sino en la memoria de su figura completa y entera. En la memoria viva de los españoles, memoria de la Patria.”
Torcuato FERNANDEZ-MIRANDA, ex vicepresidente del Gobierno, Diciembre de 1974
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