http://amantesdelpais.wordpress.com/2010/08/13/otra-vision-de-la-gesta-libertadora-en-america-i/


El Marqués de Valle Umbroso:


‘Un peruano que se negó a aceptar el curso de la historia’


Por Alexis Arévalo Vergara
Conmemorado un año más de la proclamación de nuestra independencia veo oportuno escribir un artículo de reflexión histórica sobre la visión de lo que fue la gesta libertadora en América desde la perspectiva de un personaje ubicado entre los que pelearon a favor del domino español, un hombre que ocupó la cúspide de la escala social, política, militar y económica en las postrimerías del periodo virreinal de nuestro país. Me refiero al limeño Don Pedro José de Zavala y Bravo, VII Marqués de San Lorenzo de Valle Umbroso, quien ha sido ya estudiado desde el punto de vista genealógico mas no se ha realizado en detalle un estudio sobre su parecer político, dando solo breves menciones sobre algunas opiniones que dio a lo largo de su vida. Pretendo así brindar dos entregas en las que tengamos la oportunidad de conocer un poco más profundamente el sentir de aquél vencido que vio con horror y tristeza los cambios derivados de la pérdida de poder español en esta parte del nuevo mundo, del que experimentó el asedio de los independentistas contra las fuerzas realistas por todos los frentes y que se negó a aceptar aquella ‘apatía’ peninsular que terminó sumando al ideal libertario que sellaría la independencia con la gloriosa Batalla de Ayacucho, desarrollada el 9 de diciembre de 1824 sobre la Pampa de la Quinua. La Gesta Libertadora en América El Perú se encontraba invadido por un ejército combinado chileno-argentino, comandado por el brillante general D. José de San Martín, que a pesar de su sagacidad no pudo lograr los propósitos anhelados de finiquitar nuestra independencia. Retirado San Martín, hizo su ingreso D. Simón Bolívar, el cuál solo pudo rivalizar con las fuerzas realistas, gracias a la unión de todos los ejércitos, tanto de la Gran Colombia, como los de San Martín y las compañías enteramente peruanas que se habían unido para tal fin. Debe ser de conocimiento público, que el ejército realista del Virrey D. José de la Serna, no estaba conformado exclusivamente por españoles sino más bien era todo lo contrario, ya que la gran mayoría de realistas eran peruanos de todas las clases sociales, pobres y ricos, todos fieles a la causa monárquica y a D. Fernando VII Rey de España y del Perú. Ejemplos de estos peruanos, los hay varios, entre los más celebres se encuentran los de los hermanos D. Leandro y D. Ramón Castilla y Marquesado, el primero realista y el otro libertario. Resulta curioso, que ambos lucharían uno contra el otro en la última Batalla de Ayacucho (9-XII-1824), para luego estrecharse con sendos abrazos en un cálido reencuentro fraternal. Si existe aún alguna duda en el lector respecto a si las clases indígenas apoyaron al ejército español por decisión propia u obligada; la respuesta nos la da Fernán Altuve-Febres Lores, quien en su artículo “Los últimos soldados del Rey”, parte integrante del libro “Sobre el Perú: homenaje a José Agustín de la Puente Candamo, Vol. 1”, dice sobre el particular que “los comuneros de la Sierra de Huanta en Ayacucho (…) fueron amantes del rey, a quien consideraban como un padre común, un enviado de Dios, que se había convertido para ellos en el inca católico. Por esto el vínculo de vasallaje que los unía a la corona estaba potenciado por una poderosa relación filial y sacral”. En tal sentido, los vencedores de la batalla de Ayacucho no debieron sorprenderse mucho de que se iniciará un “movimiento de resistencia indígena contra la República, contra el “infame gobierno de la patria” como ellos (los comuneros) decían”. Es así que uno puede entender que nuestro país estaba totalmente dividido ideológicamente. En tal sentido, y siendo costumbre en la historiografía el de relatar los hechos de los vencedores he decidido escribir este pequeño artículo no de un vencedor sino más bien de un vencido, algo poco común pero que claramente nos ayudará, a los amantes de la historia peruana, a comprender un aspecto que fue parte de nuestra realidad, y que desgraciadamente muchos desconocen. El Marqués y su familia El personaje materia de este artículo, D. Pedro José de Zavala y Bravo, VII Marqués de San Lorenzo de Valle Umbroso pertenecía a uno de los linajes más connotados de la sociedad limeña virreinal. Su genealogía es verdaderamente interesante y muy extensa, según he podido corroborar luego de la lectura que di a su Expediente de Ingreso como Caballero de la Orden de Calatrava, que se encuentra depositado en el Archivo Histórico Nacional, Consejo de Órdenes, No. 12599, año 1826, y que consta de nada menos que de 474 páginas. Según el expediente, D. Pedro José de Zavala y Bravo, VII Marqués de San Lorenzo de Valle Umbroso, nació en la ciudad de Lima, fue bautizado en el Sagrario de la Catedral un sábado 21 de mayo de 1779. Llegó a ser Gentil hombre de la Cámara de S.M. con ejercicio, Caballero Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel La Católica, y de la Militar de San Hermenegildo, Brigadier de Infantería de los Reales Ejércitos y Coronel del Batallón de Españoles de Lima. Sus padres fueron D. Pedro Nolasco de Zavala y Pardo de Figueroa, VI Marqués de San Lorenzo de Valle Umbroso, nacido en el Cuzco, y bautizado en el Sagrario de la Catedral de dicha ciudad el 21 de noviembre de 1761 y de doña Ana Micaela Bravo del Rivero y Zavala, con la que había casado en la Catedral de Lima el 18 de diciembre de 1777. Doña Ana Micaela era hermana entera de D. Diego Miguel Bravo del Rivero y Zavala, I Marqués de Castel Bravo del Rivero, Caballero de la Orden de Santiago, natural de Lima. Resulta interesante comentar que sus abuelos paternos fueron D. Tadeo Martín de Zavala y Esquivel Vázquez de Velasco, Contador Mayor por juro de heredad de la Superintendencia General de la Santa Cruzada de Lima y Alcalde Ordinario de Lima en 1751 y doña María Ana Pardo de Figueroa y Esquivel, IV Marquesa de San Lorenzo de Valle Umbroso, con quien había casado por poder el 25 de julio de 1751 en la Iglesia del Asiento de Urguillos, Villa de Guaillabanta, Provincia de Urubamba en Cuzco. La novia era natural del Cuzco y proveniente de las mejores familias de la región, en donde tuvieron valiosísimas propiedades que fueron finalmente heredadas a través de la institución del Mayorazgo por D. Pedro José de Zavala y Bravo, personaje al que se la dedicado esta investigación y quién casaría con doña Grimanesa de la Puente y Bravo de Lagunas, II Marquesa de la Puente y Sotomayor, con la que tuvo larga descendencia. Iniciado el proceso independentista, el Marqués continúo apoyando a los realistas; fue así que por decisión del Virrey La Serna, es mandado a España para solicitar a S.M. socorro para los ejércitos reales del Perú. El Marqués tuvo que dejar a su esposa, quien quedaría encargada de velar por sus intereses, viéndose obligada a administrar como mejor podía el vastísimo patrimonio de la familia, que finalmente quedaría arruinado. Así lo señala el distinguido Sr. D. Paul Rizo-Patrón Boylan en su libro “Linaje, Dote y Poder. La nobleza de Lima de 1700 a 1850”, en la que indica que al regreso del Marqués a nuestro país se llevó una terrible sorpresa al ver que sus “propiedades eran apenas rezagos de aquello que había constituido su fortuna”. Es más en su Testamento (Ver: Escribano de Lima Baltasar Núñez del Prado, Fecha: 26 de enero de 1850, fs. 563, Protocolo del año 1851) indicaba que su esposa se había excedido con sus facultades y había destruido “los bienes de ambos y los que no lo eran”. El VII Marqués de Valle Umbroso tuvo con doña Grimanesa de la Puente y Bravo de Lagunas, II Marquesa de la Puente y Sotomayor, doce hijos, entre los cuáles hubo los que lograron ventajosos matrimonios gracias a las conexiones de su padre en la corte, pudiendo convertirse en tronco de muchos distinguidos linajes españoles, llegando a ostentar distintos títulos nobiliarios tales como: Marqués de la Puente, Marqués de Sierra Bullones, Duque de Arión, Duque de Cánovas del Castillo, Grandes de España, etc. Esto nos da una idea de la calidad social del personaje, que no solo se ubicó entre lo más granado de la sociedad limeña sino también en la peninsular, y no debemos sorprendernos de ello, ya que los peruanos nunca fueron discriminados de tales distinciones, ejemplos de ellos los hay varios, entre ellos están el peruano D. Juan Vásquez de Acuña y Bejarano, Marqués de Casa Fuerte, que fue nombrado Virrey de Nueva España (México) entre 1722 a 1734, alta distinción que solo se daba a los más hábiles funcionarios de la corona; otro ejemplo sería el peruano D. José Miguel de Carvajal Vargas y Manrique de Lara, II Duque de San Carlos y Grande de España y Caballero de la Orden de Santiago, quien llegó a ser Ministro del Rey Fernando VII (1814) y Embajador de España en Viena (1815) y Paris (1823 y 1827-1828), capitales de los más importantes imperios. Pero si aún hay dudas podría señalar el caso de los peruanos indígenas pertenecientes a la antigua casa imperial de los Incas, que según Miguel Luque Talaván en su libro “Bibliografía española de genealogía, heráldica, nobiliaria y derecho nobiliario en Iberoamérica y Filipinas”, indica sobre el particular que “el emperador Carlos, por Real Cédula del 9 de mayo de 1545, reconoció nobleza <<de muy alto rango>> en don Gonzalo Uchu Hualpa y don Felipe Tupa Inga Yupangui (…), y que incluso <<les llamó Hermanos y Altezas, concediéndoles el collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro (hecho singularísimo), el derecho a permanecer cubiertos en su real presencia (lo que indicaría la concesión de la Grandeza de España de boca de S.M.), a presidir todos los tribunales, concejos y cabildos de todos sus reinos y a mantener una pequeña corte con sus propios consejeros>>”.





http://historiagranada.blogspot.com/2010/05/200-anos-de-independencia-los-indios.html


200 años de independencia. Los indios fieles al Rey.





Se pueden distinguir en primer lugar los tipos de guerrillas que se componen de los habitantes autóctonos de su propia área de actuación, y que son las más numerosas y estaban formadas por indígenas generalmente; y cuyas poblaciones estarían integradas dentro de los territorios virreinales, como en el caso de los pastusos de Nueva Granada; o estarían integrados por indígenas de zonas periféricas de los virreinatos, como el caso de los araucanos del sur de Chile o los indios Guajira del Caribe neogranadino. En segundo lugar están algunas formaciones guerrilleras que tienen su origen en agrupaciones militares realistas que se han dispersado, y son del país pero no son autóctonos.


En el escenario descrito más abajo, especialmente a lo que a los habitantes de Pasto y a los llaneros se refiere, es donde surge el decreto de "Guerra a Muerte" de Bolívar (dado en la ciudad de Trujillo el 13 de junio de 1813) con cuyos términos esperaba Simón Bolívar contrarrestar las acciones casi invencibles de los llaneros contra los criollos. En el período comprendido entre 1813 y 1814 tanto Bolívar, en el Norte, como Nariño, en el Sur, lograron, en empresas simultáneas, conducir los enfrentamientos entre "patriotas" y realistas al plano de una guerra de dimensiones continentales contra un enemigo común: España. Esto era lo que efectivamente se proponía el mencionado decreto de Bolívar. Aunque estaba dirigido a los venezolanos no dejaba de tener un halo de universalidad. En su parte final rezaba: "Españoles y Canarios, contad con la muerte, aún siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela. Americanos, contad con la vida, aún cuando seáis culpables". Si a alguien podían cobijar los términos del decreto era justamente a los pastusos por su doble condición de americanos y realistas. Que Venezuela era una nación en contienda lo afirmaba aquel otro pasaje del decreto que pretendía "... mostrar a las Naciones del Universo, que no se ofende impunemente a los hijos de América". Lo cual deja patente, una vez más, la visión clasista de Bolívar al considerar únicamente como "hijos de América" a sus partidarios, cuando la realidad estaba tan lejana de sus afirmaciones propagandísticas.


En Venezuela, tras el triunfo inicial independentista, las guerrillas de Siquisique, en la provincia de Coro, al mando de Juan de los Reyes Vargas, apoyaron la llegada de una compañía de marines españoles al mando de Monteverde, y tras su desaparición, los restos de las milicias realistas de esclavos y de llaneros se consolidaron en el territorio de los Llanos para formar un verdadero ejército que al mando de Tomás Bobes que destruiría los ejércitos independentistas dominando toda Venezuela, antes y sin apoyo de la expedición española de Morillo. Tras la caída de Puerto Cabello en 1823, las guerrillas siguieron actuando hasta el año 1829, y apoyaron una última incursión del Coronel Arizabalo. Los llaneros surgieron en la región de Venezuela, durante el período colonial, al establecerse en vastas y lejanas zonas del llano un grupo humano conformado, fundamentalmente, por pardos libres quienes eran expertos jinetes, dedicados a una vida semi nómada, a la recolección de ganado salvaje y al comercio de pieles y de otros productos animales. El panorama social que se presentaba a fines del siglo XVIII en las extensiones territoriales del llano era el de un avance de la aristocracia criolla de Venezuela con el propósito de hacer fundación de haciendas, creándose así una tensión entre la oligarquía criolla y las masas populares de la región. José Tomás Bobes, unido a los llaneros terminaron por derrotar a las fuerzas "patriotas". En la región de Pasto, al sur de Nueva Granada, las guerrillas serán dirigidas por el General Agustín Aqualongo hasta junio de 1824, cuando es hecho prisionero y ajusticiado. Las guerrillas combatirán hasta el año 1830. San Juan de Pasto, donde nació Agualongo, es una ciudad llena de iglesias del barroco virreinal y se caracterizó por su fidelidad al Rey hasta el final. Si el grito de independencia se dio en 1810, todavía en 1824 resistía Agustín Agualongo, a quien para cuando le llegó de Madrid el despacho de Brigadier General de los Reales Ejércitos, ya había sido fusilado por los liberales independentistas. Luego, por ese realismo que aunque pasados tantos años todavía hoy se respira, fue objeto de un tratamiento brutal por parte del ejército de Bolívar. Aún hoy los habitantes de Pasto declaran que perdieron en su intento de ser libres en una comarca donde Dios, el Rey y el trabajo honrado los sustentaban el pan diario en medio de la alegría de hermanos.


La ciudad de Pasto había sido un bastión realista desde el comienzo de la emancipación neogranadina, el territorio entre Quito y Popayan estaba en poder de las guerrillas pastusas quienes destruyeron varios ejércitos "patriotas". Llegaron a ser un componente muy importante de las guerrillas realistas que terminarían por propinarle a Nariño y a su ejército el estruendoso descalabro de 1814 con el cual se cerraría el primer ciclo de la oposición de Pasto a la independencia.


La resistencia de la población unida a las guerrillas realistas bajo jefes como Agustín Agualongo lograron mantener su independencia por mucho tiempo. El autor Indalecio Liévano Aguirre indica que se trataba de una “población compuesta por la unión de esclavos fugitivos del Valle del Cauca con indios nativos del Valle del Patía.” En la década de 1820 Pasto respondería con redoblada reacción a los intentos de los patriotas de dominar la provincia. De este período data la acción de la guerrilla realista, liderada por el General Realista pastuso Agustín Agualongo y responsable de la derrota del Mariscal Sucre (en la Batalla de Guachi del 12 de septiembre de 1821) antecedida por la victoria realista en la localidad de Genoy (el 2 de febrero de 1821). La aniquilación de los "patriotas" en esta última contienda habría sido de grandísimas proporciones si no se hubiera producido el armisticio pactado entre Bolívar y Morillo el 25 de noviembre de 1820, cuyos términos ponían fin a la "Guerra a Muerte" que suponía el exterminio del enemigo. El armisticio disponía la regularizació n de la guerra y dentro de ésta, la preservación de la vida de los prisioneros. El episodio de la Batalla de Bomboná o Batalla de Cariaco, que nunca ganó Simón Bolívar, cuyo ejército huyó despavorido para regresar al Trapiche (Cauca). Aunque esto ha sido manipuladoramente narrado como "retirada heroica" de Simón Bolivar. Una retirada en la Bolivar dejó abandonados, en el caserío de Consacá a 200 heridos, entre ellos el General Torres, enviándole 2000 pesos al Comandante español para los gastos de los heridos mientras tardaba en volver...


La población de Pasto, en masa, luchó contra el ejército de Bolivar. La guerrilla realista de Pasto volvería a emprender nuevas acciones en la segunda parte de 1822 como respuesta a las victorias de Bolívar y Sucre que condujeron a la capitulación de Quito y Pasto. En esta ocasión aquélla entraría a una fase muy singular. Sus líderes Agustín Agualongo y Benito Boves procederían (luego de la capitulación de Pasto en junio de 1822) a fugarse de la prisión y a tomar la ciudad, empresa en la que no contaron con el apoyo ni del clero ni de los notables aún cuando ésta se llevara a cabo en nombre de la causa del Rey. El fragor de la guerra duraría en Pasto hasta finales de 1822 al ocupar Sucre la capital provincial el 24 de diciembre de 1822. A esto sucedería la siniestra "Nochebuena pastusa" en la que el ejército "patriota" cometió toda clase de desafueros, tan bárbaros que se presentaron como salvajes hordas destructivas, que asesinaron niños y violaron mujeres, entregados a la violencia con desesperación. La lectura de libro "Estudios sobre la Vida De Bolívar" del humanista pastuso José Rafael Sañudo, pone al descubierto las atrocidades de los "patriotas" en su paso criminal por Pasto. Leyendo ese libro, se comprende la resistencia de un pueblo al embiste brutal de una independencia no querida. A los héroes de Pasto, por haber vencido en Bomboná "se los cosió por la espalda, alanceados y arrojados al vórtice horripilante del Guaítara". En ese libro se conoce la terrible noche del 24 de diciembre de 1822, la "Nochebuena pastuosa" donde “las manos de Sucre conocieron la vergonzante sangre de sus hermanos pastuosos torturados, vencidos y humillados. Las violaciones y la crueldad con que se enseñaron contra los habitantes de Pasto, obligaron a los pastuosos a defenderse con todo su ardor y valentía en defensa de su propia vida. Pero se acallan las voces de la historia cuando toda ésta hecatombe pudo evitarse si Simón Bolivar hubiese hecho caso de las palabras de Santander al advertirle éste sobre lo equivocado que era manejar a Pasto como se lo proponía, pues llevaría a confrontaciones innecesarias. La historia ha demostrado que tales palabras no fueron escuchadas y que primó la terquedad de Bolivar.” En 1830 Sucre viajaba en una caravana que salió de Bogotá, integrada por el diputado Andrés García Téllez, hacendado de Cuenca, el sargento de caballería Lorenzo Caicedo, asistente de Sucre, el negro Francisco, sirviente de García, y dos arrieros con bestias de carga. Después de pasar por Popayán, el grupo de viajeros salió de La Venta (hoy La Unión), el 4 de junio de 1830. Al pasar por las montañas de Berruecos, cerca de Pasto, era asesinado. En el proceso del crimen de Berruecos fueron inculpadas las siguientes personas: el coronel Apolinar Morillo, Andrés Rodríguez y José Cruz, soldados peruanos licenciados del ejército, y el tolimense José Gregorio Rodríguez. Los tres últimos trabajaban como peones de José Erazo, un mestizo de la provincia de Pasto, que se consideró uno de los cómplices del crimen. A los 10 años del asesinato de Sucre, José Erazo cayó prisionero en Pasto, y en los interrogatorios confesó el crimen. En el proceso se dictó sentencia de muerte para el coronel Apolinar Morillo, además se acusó al general José María Obando como autor principal del asesinato; el coronel Morillo, antes de subir al patíbulo, acusó también a Obando. Sin embargo, el crimen sigue sin esclarecerse, por el sinnúmero de factores condicionantes que hay a su alrededor: causas políticas, caudillistas, regionalistas e inclusive familiares. La esposa de Sucre, la marquesa de Solanda, volvió a casarse, cumplido el primer año de duelo, con el general Isidoro Barriga, quien había sido su subalterno.

Publicado por Julián M. Vélez T. en 11:39