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Tema: Angustia Coronavírica

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    Re: Angustia Coronavírica

    La Era del pánico
    por José Javier Esparza




    No te quites la mascarilla, mantente a metro y medio, huye del prójimo, delata al refractario, tiembla ante la presencia invisible del virus, obedece a las autoridades, enciérrate… Cápsula, bozal, miedo. “Doblegar la curva”, dicen los tecnócratas de la catástrofe. Qué va: somos nosotros los doblegados. Libertades cercenadas, economías depauperadas, socialidad deshecha, poder omnipresente. Y sobre todo, pánico. Hemos entrado en la Era del Pánico. En realidad, llevamos veinte años instalados en ella, pero quizá sólo ahora lo vemos con entera claridad. Esa es la gran novedad de nuestro tiempo.

    Vosotros, millennials, lo ignoráis porque no habíais nacido, pero hubo un tiempo, allá por los noventa del pasado siglo, en que todo era distinto. El mundo, o sea Occidente (porque sólo Occidente se considera a sí mismo “el mundo”), vivía en la cresta de la ola del progreso y de la abundancia, del optimismo y de la riqueza, que es como el mundo moderno mide la felicidad. Sólo unos pocos descarriados decían –decíamos- que esto no podía acabar bien. ¿Por qué? ¿Por la riqueza y la abundancia? No: por el tipo de sociedad que se había construido sobre esos ídolos. “Vivimos en el jubiloso fin de la Historia”, decían los bardos del nuevo orden parafraseando a Fukuyama: el hundimiento del comunismo y el triunfo universal del mercado anunciaban la parusía de la modernidad. Ninguno de esos bardos quiso leer la segunda parte del libro de Fukuyama: “El último hombre”. Porque, en efecto, el precio que había que pagar por el triunfo final de la modernidad liberal era ese: la consumación de una humanidad necia y estéril, esa que Nietzsche caracterizó como “el último hombre” y que ríe boba, satisfecha de sí misma, ante su propia incapacidad para otra cosa que no sea el inmediato bienestar.

    Era del vacío, imperio de lo efímero, lo llamó Lipovetsky: la conquista del mundo de los objetos a manos del individuo llevaba implícita la renuncia a todo lo demás, a las identidades colectivas, a la voluntad de hacer Historia, a las viejas comunidades, a lo político, a lo sagrado, a todos los lazos que antaño unían a los hombres, sacrificado todo ello en el altar de la emancipación individual absoluta y del consumo incesante, cada vez a mayor velocidad, de todo cuanto fuéramos capaces de producir. Al heroísmo de la destrucción de la segunda guerra mundial le sucedió el heroísmo de la reconstrucción de la posguerra, y a éste, al final, un mundo blando que ya no necesitaba héroes. El mundo del individualismo pleno y de la abundancia sin fin de objetos para consumir: eso era finalmente el paraíso del hombre moderno o, más precisamente, hipermoderno. ¿No era enormemente gozoso? A cambio de eso, bien valía la pena dejar atrás aquellas otras antiguallas. La era del vacío, sí. Pero ahí estaba precisamente el problema: en el vacío.

    Y en eso llegó el pánico. El pánico no es el miedo. El pánico es mucho más –y mucho peor. El miedo es humano. El miedo es una reacción primaria del instinto de supervivencia. El miedo se puede superar. Tiene miedo el marinero ante la tempestad, pero navega; tiene miedo el soldado que asalta el parapeto enemigo, pero avanza; tiene miedo el montañero que mira abajo y siente el vacío bajo sus pies, pero sigue subiendo. Con el miedo se puede hablar. El miedo habla el lenguaje de los hombres. Pero el pánico es otra cosa. La palabra “pánico” viene del dios griego Pan y hace referencia al terror extremo que Pan inspiraba en los imprudentes que se aventuraban en sus bosques. El terror pánico es paralizador, irracional, sobrehumano, una fuerza oscura que se apodera del alma y atenaza la voluntad. Contra el miedo, uno puede levantarse: hay armas para eso. Contra el pánico, por definición, no: el pánico te desarma.

    Lo que hoy vivimos con la pandemia del SARS-Cov-2 es literalmente pánico. Nada podemos hacer contra un enemigo al que no podemos ver ni tocar, un mal al que sólo conocemos por sus devastadores efectos: los muertos, el miedo colectivo, la depauperación económica, el caos social, el abuso político de autoridad. ¿Cuándo se había visto a un enemigo así? Algo empezó a vislumbrarse hace muchos años, es verdad, con el azote del VIH, el Sida, aquel enemigo silencioso que contagiaba y mataba. Pero, después de todo, el virus del Sida afectaba sólo a una porción determinada de la población; la sociedad del bienestar seguía siendo mucho más fuerte que el VIH. Aún pensábamos que podríamos hacer frente a cualquier cosa. Hoy, ya no.


    ¿Cuándo se inauguró la Era del Pánico? ¿Cuándo empezó a extenderse entre las opulentas sociedades occidentales la sensación de que estamos inermes ante un enemigo exterior? En realidad, si veis el asunto con perspectiva, todo esto comenzó con los atentados de la Torres Gemelas de Nueva York, el 11-S de 2001. La primera reacción fue de viejo estilo: señalar a un enemigo, y era evidente que ese enemigo era el islam. Pero no, no podía ser: un mundo construido sobre la ilusión de la universal equivalencia y de la homogeneidad planetaria, sobre la convicción de que el destino de toda la humanidad es converger en el modelo occidental, no podía aceptar que hubiera algo –una civilización, un credo, lo que fuera- incompatible con el proyecto del mundo global. Así que pronto -¿os acordáis?- los que mandan en el mundo dejaron de hablar de “terrorismo islamista” e inventaron el “terrorismo global”. Terrible fórmula, sin embargo: “terrorismo global” quiere decir que el enemigo está en todas partes y en ninguna, que no tiene rostro y tiene todos los rostros, que en cualquier momento puede aparecer en cualquier parte y matar a cualquiera. Esquizofrenia colectiva: controles abusivos en los aeropuertos, reforzamiento de estructuras policiales, guerras en desiertos lejanos y, al mismo tiempo, discurso de apaciguamiento y tolerancia para con el buen musulmán. No se puede mirar al enemigo al rostro ni decir su nombre, pero ni un sólo instante se puede bajar la guardia. Esto ya no era miedo: esto ya era pánico.


    ¿No era bastante? No. Enseguida vino a sumarse otro fantasma: el del cambio climático. “El Ártico se quedará sin hielo en 2020”, nos decían los profetas del cambio climático en 2003. “En realidad será en 2030”, nos dijeron un poco más tarde. Y algunos años después nos precisaron: “será en septiembre de 2044”. El hecho es que el deshielo del Ártico es inminente, siempre inminente, un año tras otro, durante decenios, mientras Internet se llena de mapas imaginarios donde se ve el planeta inundado por las aguas en la certidumbre indubitable de que todos vamos a morir de un calentón global. El premio Nobel de Al Gore en 2007 significó la consagración universal del pánico climático, la adopción del cambio climático como discurso de poder, que enseguida lo transformó en “emergencia climática”, como antes había inventado el “terrorismo global”. Y en espera del siempre inminente Apocalipsis, los gobiernos del mundo orientan sus políticas al ritmo que marcan instancias transnacionales a las que nadie ha elegido, pero que han sido señaladas por la Providencia para redimirnos de la condena del clima. Nuevos impuestos “verdes”, desmantelamiento de las viejas estructuras productivas y sustitución por otras de nuevo cuño, desvío de los recursos públicos hacia el rumbo que marcan los grandes emporios privados. Y las masas, presas del pánico, no pueden sino aplaudir al redentor.

    ¿Cabía más pánico todavía? Sí. La próxima pandemia también es inminente. Venían diciéndonoslo desde mucho antes de la Covid-19. Ya se dijo hace diez años, cuando la gripe A, un episodio que todo el mundo parece haber olvidado (nada mejor para imponer el pánico que hacernos olvidar la última vez que tuvimos miedo).
    Entonces todavía había barreras; hoy, ya no. El coronavirus nos acecha y esta vez hay, además, serios indicios de peligro supremo. Los medios de masas recogen el peligro, lo amplifican y retorna a la sociedad multiplicado por mil. Más allá de las consideraciones epidemiológicas, lo más interesante es la explotación económica y política del episodio para que el poder apriete aún más el dogal: estados de alarma, suspensión de derechos, censura informativa, mutilación de soberanías, vacunación obligatoria, convulsión económica y rápida reorientación del mercado global hacia el punto que marcan los dueños del dinero, que son, por supuesto, los mismos que mandan en las vacunas y en los medios de comunicación masivos e incluso en las soberanías mutiladas. Y el pueblo, presa del pánico una vez más, vuelve a aplaudir al redentor.

    Advertencia: esto no quiere decir que no haya peligros. Claro que hay peligro terrorista, claro que hay desastre medioambiental, claro que hay amenaza vírica. Pero todas esas cosas, de una manera u otra, han existido siempre. Lo que ahora ha cambiado, lo que define a nuestra era, es que los hombres parecemos incapaces de mirar de frente al enemigo; que el poder está más dispuesto que nunca a utilizar todo eso en su propio beneficio, estrechando las cadenas por nuestro bien (siempre es por nuestro bien), y que los individuos –porque ya no hay comunidades ni familias ni pueblos, sino sólo individuos- están dispuestos a inclinar la cerviz. Ya no hay miedo. Hay, estrictamente, pánico.

    Contra los viejos tiranos, comunistas o capitalistas o lo que fuera, pero de carne y hueso, con rostro y cuerpo, siempre cabía la insurrección personal, como aquel chino ante el tanque de la plaza de Tienanmen. Hoy ya no. El “terrorismo global”, el “cambio climático” o la “pandemia” no tienen cuerpo ni rostro. Son enemigos invisibles, fantasmas, ilusiones que no se pueden aprehender; enemigos ante los que uno ya no puede rendir heroicamente la vida. Ni siquiera cabe huir, porque fatalmente te atraparán. Sólo cabe hacerse un ovillo y rezar al dios del poder para que venga a rescatarte. En esto hemos quedado.

    ¿No os dais cuenta? Hemos pasado de la Era del Vacío a la Era del Pánico. Y eso ha sido posible, precisamente, porque antes del pánico ya sólo quedaba aquí vacío, porque no habíamos dejado nada, porque habíamos permitido que se cargaran todo lo que hace hombre al hombre: dioses, tierra, hijos, pueblo, identidades… Y aquel hombre último, postrero, engranaje feliz de la máquina, ha sido ahora incapaz de agarrarse a nada porque, sencillamente, nada había ya.

    Zaratustra auguraba que después del último hombre podría venir el superhombre. No hace falta tanto, en realidad. Nos bastaría con volver a ser lo que siempre fuimos. Por lo menos, de momento. Mirar al peligro de frente. Salir cuanto antes de esta Era del Pánico que nos hace esclavos. Y, por supuesto, no volver nunca más a la Era del Vacío.



    https://somatemps.me/2020/10/09/la-e...avier-esparza/


  2. #242
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    Re: Angustia Coronavírica





    La mascarilla: el símbolo del Nuevo Orden Hegemónico


    JOSE PAPPARELLI- 11 OCTUBRE 2020


    ¿Cuál es el sentido de que un reportero que se encuentra absolutamente solo, sin nadie a su alrededor en una playa desierta, salga en directo por el telediario con la mascarilla puesta informando acerca de la oferta hostelera para el fin de semana?

    ¿Por qué motivo un periodista desde la redacción, donde está solo y sin nadie a la vista, informa acerca de la situación del sistema sanitario, los beneficios de decretar el estado de alarma impuesto por el gobierno, los peligros del avance de la extrema derecha, o la fatídica perspectiva económica que tenemos por delante, también aparece en la cámara con la mascarilla?

    ¿Cuál es el sentido de que un conductor solitario en su coche vaya con la mascarilla perfectamente colocada? Ejemplos como estos hay de sobra, acerca de su uso indiscriminado y obligatorio.

    Las respuestas oficiales a estas preguntas pueden ser varias, pero nunca son del todo convincentes. La memoria suele ser cada día más frágil, los días se suceden uno tras otro de manera rutinaria y repetida. La jornada que pasa se parece a la anterior y la anterior a la anterior, y el mundo pre pandémico queda cada vez más lejano, se convierte en histórico, en un film, en una foto antigua. Y de ese mundo pre Covid solo pasaron unos pocos meses.

    Recordemos que las mascarillas eran innecesarias, una exageración, una ofensa alarmista de conspiranoicos. Los entretenedores oficiales de la televisión se burlaban y reían de su uso, con un estilo de humor obsceno y de mal gusto, soberbio e insultante. Los expertos sanitarios ante el avance del virus y el colapso hospitalario después de la manifestación feminista del 8M, nos advertían de que no era conveniente su utilización, luego que sí, después que solo en caso de estar contagiado, más tarde que solo en los medios de transportes, pero que solo eran “un complemento” (cuando escaseaban en el mercado recuerdo que llegaron a pagarse en farmacia 15 euros una mascarilla de un solo uso), y de ahí pasamos a la obligatoriedad en todos los casos, en todo momento y en todo lugar.

    Más tarde aparecieron las multicoloridas en los escaparates de las tiendas de moda. Hoy todo el mundo las lleva puesta sobre su rostro por las indicaciones de los anónimos y misteriosos comités de expertos que amablemente obligan su uso. Hoy no se concibe la vida sin la mascarilla tapando boca y nariz.

    Más allá está la discusión de su efectividad, dudosa por cierto, para protegerse y evitar el contagio de un virus que aún no tiene cura ni tratamiento efectivo, y del que personalmente no dudo de su existencia. Pero la mascarilla es mucho más que todo lo que parece, se ha convertido ya en un símbolo, una representación de una idea, una convención socialmente aceptada, una herramienta hermenéutica del Nuevo Orden Sanitario Mundial.

    Detrás de la mascarilla se esconde -nunca mejor dicho- la intencionalidad de la igualación de las diferencias del individuo y de la subjetividad de su identidad ante los demás, y que lo diferencia del otro: su rostro. La privación obligada del mismo y el ocultamiento del gesto, del acompañamiento visual de la palabra al ver mover los labios de un interlocutor, elimina una parte esencial de la comunicación no verbal que sumerge al sujeto en la angustia y alienación.



    La mascarilla más usada y curiosamente conocida como quirúrgica, pasó del aséptico quirófano a la calle, a la terraza, al patio del colegio, a las instalaciones deportivas, al templo, a la reunión familiar, donde sea, en todo momento y lugar. La intervención quirúrgica de la ingeniería social que padecemos en la vida cotidiana se ha impuesto sin rechistar en la nueva normalidad sanitaria del totalitarismo pandémico global. Se ha instalado lo que se dio en llamar “el relato”, palabra odiosa y ambigua, la narración de un discurso hegemónico acerca de la aceptación de una realidad distópica en la que parece que viviremos de ahora en adelante.

    Esta nueva normalidad carece de fecha de caducidad, no existe universidad, laboratorio, comité de científicos, ni nadie que diga cuándo acabará esto, cuándo volveremos a la normalidad anterior a la pandemia, con vacuna, terapia descubierta o no, y cuándo podremos acercarnos a otro ser humano en un metro, autobús, concierto, fiesta, boda o funeral y abrazarnos y besarnos como hasta hace prácticamente nada

    La mascarilla hoy ya es el símbolo de la sumisión, de los alineados con el Nuevo Orden Global, de los sometidos y obedientes, que mascarilla de por medio se conforman con lo que el nuevo estado de bienestar de supervivencia subvencionado brinda a sus súbditos, siempre y cuando se tenga Netflix, conexión a internet, datos ilimitados en el móvil y un cómodo sillón donde pasar el tiempo.

    La mascarilla y la obligatoriedad de su uso por el bien de la salud ciudadana, no importa si científicamente tiene sentido o no. Se ha convertido en una señal de reconocimiento de los orgánicos al sistema, de los obedientes con las directivas de los que dictan las normas internacionales de estricto cumplimiento. Quienes cuestionen parcial o totalmente las mismas son señalados como en los regímenes mas totalitarios del pasado. Quienes no la exhiban en publico se convierten inmediatamente en sospechosos, en peligrosos disidentes tachados con los adjetivos descalificativos al uso en la actualidad, que los anulan e invalidan socialmente. Por eso los reporteros en los telediarios la llevan puesta y la publicidad de las multinacionales las normalizan en sus anuncios.

    El rostro es una parte esencial de nuestra especificidad, única e irrepetible. Privarnos de ella es una escala más en la pérdida de la libertad, la identidad comunitaria, nacional y cultural de los pueblos.

    La mascarilla dejó de ser sanitaria y se convirtió en un símbolo y los símbolos importan. Por eso el gesto de Donald Trump en el balcón de la Casa Blanca es criticado sin piedad por los telediarios, justamente porque quitarse la mascarilla de manera casi teatral es también un símbolo, en este caso de disidencia. Trump después de hacerlo dijo “No tengáis miedo al virus, no dejéis que domine vuestra vida”. No dijo que no exista el coronavirus, sino que no debemos temerle. Curiosamente viene a mi memoria una frase muy parecida: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!”, pronunciada también desde un balcón allá por 1978, en este caso por Juan Pablo II.

    Ante la inquietante imposición del terror y la privación del rostro y la identidad como símbolo, opongamos también otros que muestren la disidencia, si no nos gusta la servidumbre y la esclavitud del falso bienestar del relato mundialista. Símbolos disidentes sobran. No estamos solos y somos muchos. No tengamos miedo.




    https://elcorreodeespana.com/politic...apparelli.html



  3. #243
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    Re: Angustia Coronavírica

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    ¿Quién inventó las Tres Reglas básicas para protegerse frente al Coronavid-19? Esas mismas reglas que nos dicen que:

    1.- Distancia.

    2.- Higiene de manos.

    3.- Uso de máscara.


    Sin embargo, estas Reglas ya fueron dadas a Israel hace 3.500 años:

    1.- ÉXODO 30: 18-21: lávate las manos.

    2.- LEVÍTICO 13:4,5,46 : Si tiene síntomas, mantén la distancia, cúbrete la boca y evita el contacto.

    3.- LEVÍTICO 13: 4, 5 : Quién esté infectado deberá permanecer recluido primero siete días, y si el mal no hubiese remitido, otros siete más.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


    Nada sin Dios

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