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Tema: Angustia Coronavírica

  1. #241
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    Re: Angustia Coronavírica

    La Era del pánico
    por José Javier Esparza




    No te quites la mascarilla, mantente a metro y medio, huye del prójimo, delata al refractario, tiembla ante la presencia invisible del virus, obedece a las autoridades, enciérrate… Cápsula, bozal, miedo. “Doblegar la curva”, dicen los tecnócratas de la catástrofe. Qué va: somos nosotros los doblegados. Libertades cercenadas, economías depauperadas, socialidad deshecha, poder omnipresente. Y sobre todo, pánico. Hemos entrado en la Era del Pánico. En realidad, llevamos veinte años instalados en ella, pero quizá sólo ahora lo vemos con entera claridad. Esa es la gran novedad de nuestro tiempo.

    Vosotros, millennials, lo ignoráis porque no habíais nacido, pero hubo un tiempo, allá por los noventa del pasado siglo, en que todo era distinto. El mundo, o sea Occidente (porque sólo Occidente se considera a sí mismo “el mundo”), vivía en la cresta de la ola del progreso y de la abundancia, del optimismo y de la riqueza, que es como el mundo moderno mide la felicidad. Sólo unos pocos descarriados decían –decíamos- que esto no podía acabar bien. ¿Por qué? ¿Por la riqueza y la abundancia? No: por el tipo de sociedad que se había construido sobre esos ídolos. “Vivimos en el jubiloso fin de la Historia”, decían los bardos del nuevo orden parafraseando a Fukuyama: el hundimiento del comunismo y el triunfo universal del mercado anunciaban la parusía de la modernidad. Ninguno de esos bardos quiso leer la segunda parte del libro de Fukuyama: “El último hombre”. Porque, en efecto, el precio que había que pagar por el triunfo final de la modernidad liberal era ese: la consumación de una humanidad necia y estéril, esa que Nietzsche caracterizó como “el último hombre” y que ríe boba, satisfecha de sí misma, ante su propia incapacidad para otra cosa que no sea el inmediato bienestar.

    Era del vacío, imperio de lo efímero, lo llamó Lipovetsky: la conquista del mundo de los objetos a manos del individuo llevaba implícita la renuncia a todo lo demás, a las identidades colectivas, a la voluntad de hacer Historia, a las viejas comunidades, a lo político, a lo sagrado, a todos los lazos que antaño unían a los hombres, sacrificado todo ello en el altar de la emancipación individual absoluta y del consumo incesante, cada vez a mayor velocidad, de todo cuanto fuéramos capaces de producir. Al heroísmo de la destrucción de la segunda guerra mundial le sucedió el heroísmo de la reconstrucción de la posguerra, y a éste, al final, un mundo blando que ya no necesitaba héroes. El mundo del individualismo pleno y de la abundancia sin fin de objetos para consumir: eso era finalmente el paraíso del hombre moderno o, más precisamente, hipermoderno. ¿No era enormemente gozoso? A cambio de eso, bien valía la pena dejar atrás aquellas otras antiguallas. La era del vacío, sí. Pero ahí estaba precisamente el problema: en el vacío.

    Y en eso llegó el pánico. El pánico no es el miedo. El pánico es mucho más –y mucho peor. El miedo es humano. El miedo es una reacción primaria del instinto de supervivencia. El miedo se puede superar. Tiene miedo el marinero ante la tempestad, pero navega; tiene miedo el soldado que asalta el parapeto enemigo, pero avanza; tiene miedo el montañero que mira abajo y siente el vacío bajo sus pies, pero sigue subiendo. Con el miedo se puede hablar. El miedo habla el lenguaje de los hombres. Pero el pánico es otra cosa. La palabra “pánico” viene del dios griego Pan y hace referencia al terror extremo que Pan inspiraba en los imprudentes que se aventuraban en sus bosques. El terror pánico es paralizador, irracional, sobrehumano, una fuerza oscura que se apodera del alma y atenaza la voluntad. Contra el miedo, uno puede levantarse: hay armas para eso. Contra el pánico, por definición, no: el pánico te desarma.

    Lo que hoy vivimos con la pandemia del SARS-Cov-2 es literalmente pánico. Nada podemos hacer contra un enemigo al que no podemos ver ni tocar, un mal al que sólo conocemos por sus devastadores efectos: los muertos, el miedo colectivo, la depauperación económica, el caos social, el abuso político de autoridad. ¿Cuándo se había visto a un enemigo así? Algo empezó a vislumbrarse hace muchos años, es verdad, con el azote del VIH, el Sida, aquel enemigo silencioso que contagiaba y mataba. Pero, después de todo, el virus del Sida afectaba sólo a una porción determinada de la población; la sociedad del bienestar seguía siendo mucho más fuerte que el VIH. Aún pensábamos que podríamos hacer frente a cualquier cosa. Hoy, ya no.


    ¿Cuándo se inauguró la Era del Pánico? ¿Cuándo empezó a extenderse entre las opulentas sociedades occidentales la sensación de que estamos inermes ante un enemigo exterior? En realidad, si veis el asunto con perspectiva, todo esto comenzó con los atentados de la Torres Gemelas de Nueva York, el 11-S de 2001. La primera reacción fue de viejo estilo: señalar a un enemigo, y era evidente que ese enemigo era el islam. Pero no, no podía ser: un mundo construido sobre la ilusión de la universal equivalencia y de la homogeneidad planetaria, sobre la convicción de que el destino de toda la humanidad es converger en el modelo occidental, no podía aceptar que hubiera algo –una civilización, un credo, lo que fuera- incompatible con el proyecto del mundo global. Así que pronto -¿os acordáis?- los que mandan en el mundo dejaron de hablar de “terrorismo islamista” e inventaron el “terrorismo global”. Terrible fórmula, sin embargo: “terrorismo global” quiere decir que el enemigo está en todas partes y en ninguna, que no tiene rostro y tiene todos los rostros, que en cualquier momento puede aparecer en cualquier parte y matar a cualquiera. Esquizofrenia colectiva: controles abusivos en los aeropuertos, reforzamiento de estructuras policiales, guerras en desiertos lejanos y, al mismo tiempo, discurso de apaciguamiento y tolerancia para con el buen musulmán. No se puede mirar al enemigo al rostro ni decir su nombre, pero ni un sólo instante se puede bajar la guardia. Esto ya no era miedo: esto ya era pánico.


    ¿No era bastante? No. Enseguida vino a sumarse otro fantasma: el del cambio climático. “El Ártico se quedará sin hielo en 2020”, nos decían los profetas del cambio climático en 2003. “En realidad será en 2030”, nos dijeron un poco más tarde. Y algunos años después nos precisaron: “será en septiembre de 2044”. El hecho es que el deshielo del Ártico es inminente, siempre inminente, un año tras otro, durante decenios, mientras Internet se llena de mapas imaginarios donde se ve el planeta inundado por las aguas en la certidumbre indubitable de que todos vamos a morir de un calentón global. El premio Nobel de Al Gore en 2007 significó la consagración universal del pánico climático, la adopción del cambio climático como discurso de poder, que enseguida lo transformó en “emergencia climática”, como antes había inventado el “terrorismo global”. Y en espera del siempre inminente Apocalipsis, los gobiernos del mundo orientan sus políticas al ritmo que marcan instancias transnacionales a las que nadie ha elegido, pero que han sido señaladas por la Providencia para redimirnos de la condena del clima. Nuevos impuestos “verdes”, desmantelamiento de las viejas estructuras productivas y sustitución por otras de nuevo cuño, desvío de los recursos públicos hacia el rumbo que marcan los grandes emporios privados. Y las masas, presas del pánico, no pueden sino aplaudir al redentor.

    ¿Cabía más pánico todavía? Sí. La próxima pandemia también es inminente. Venían diciéndonoslo desde mucho antes de la Covid-19. Ya se dijo hace diez años, cuando la gripe A, un episodio que todo el mundo parece haber olvidado (nada mejor para imponer el pánico que hacernos olvidar la última vez que tuvimos miedo).
    Entonces todavía había barreras; hoy, ya no. El coronavirus nos acecha y esta vez hay, además, serios indicios de peligro supremo. Los medios de masas recogen el peligro, lo amplifican y retorna a la sociedad multiplicado por mil. Más allá de las consideraciones epidemiológicas, lo más interesante es la explotación económica y política del episodio para que el poder apriete aún más el dogal: estados de alarma, suspensión de derechos, censura informativa, mutilación de soberanías, vacunación obligatoria, convulsión económica y rápida reorientación del mercado global hacia el punto que marcan los dueños del dinero, que son, por supuesto, los mismos que mandan en las vacunas y en los medios de comunicación masivos e incluso en las soberanías mutiladas. Y el pueblo, presa del pánico una vez más, vuelve a aplaudir al redentor.

    Advertencia: esto no quiere decir que no haya peligros. Claro que hay peligro terrorista, claro que hay desastre medioambiental, claro que hay amenaza vírica. Pero todas esas cosas, de una manera u otra, han existido siempre. Lo que ahora ha cambiado, lo que define a nuestra era, es que los hombres parecemos incapaces de mirar de frente al enemigo; que el poder está más dispuesto que nunca a utilizar todo eso en su propio beneficio, estrechando las cadenas por nuestro bien (siempre es por nuestro bien), y que los individuos –porque ya no hay comunidades ni familias ni pueblos, sino sólo individuos- están dispuestos a inclinar la cerviz. Ya no hay miedo. Hay, estrictamente, pánico.

    Contra los viejos tiranos, comunistas o capitalistas o lo que fuera, pero de carne y hueso, con rostro y cuerpo, siempre cabía la insurrección personal, como aquel chino ante el tanque de la plaza de Tienanmen. Hoy ya no. El “terrorismo global”, el “cambio climático” o la “pandemia” no tienen cuerpo ni rostro. Son enemigos invisibles, fantasmas, ilusiones que no se pueden aprehender; enemigos ante los que uno ya no puede rendir heroicamente la vida. Ni siquiera cabe huir, porque fatalmente te atraparán. Sólo cabe hacerse un ovillo y rezar al dios del poder para que venga a rescatarte. En esto hemos quedado.

    ¿No os dais cuenta? Hemos pasado de la Era del Vacío a la Era del Pánico. Y eso ha sido posible, precisamente, porque antes del pánico ya sólo quedaba aquí vacío, porque no habíamos dejado nada, porque habíamos permitido que se cargaran todo lo que hace hombre al hombre: dioses, tierra, hijos, pueblo, identidades… Y aquel hombre último, postrero, engranaje feliz de la máquina, ha sido ahora incapaz de agarrarse a nada porque, sencillamente, nada había ya.

    Zaratustra auguraba que después del último hombre podría venir el superhombre. No hace falta tanto, en realidad. Nos bastaría con volver a ser lo que siempre fuimos. Por lo menos, de momento. Mirar al peligro de frente. Salir cuanto antes de esta Era del Pánico que nos hace esclavos. Y, por supuesto, no volver nunca más a la Era del Vacío.



    https://somatemps.me/2020/10/09/la-e...avier-esparza/


  2. #242
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    Re: Angustia Coronavírica





    La mascarilla: el símbolo del Nuevo Orden Hegemónico


    JOSE PAPPARELLI- 11 OCTUBRE 2020


    ¿Cuál es el sentido de que un reportero que se encuentra absolutamente solo, sin nadie a su alrededor en una playa desierta, salga en directo por el telediario con la mascarilla puesta informando acerca de la oferta hostelera para el fin de semana?

    ¿Por qué motivo un periodista desde la redacción, donde está solo y sin nadie a la vista, informa acerca de la situación del sistema sanitario, los beneficios de decretar el estado de alarma impuesto por el gobierno, los peligros del avance de la extrema derecha, o la fatídica perspectiva económica que tenemos por delante, también aparece en la cámara con la mascarilla?

    ¿Cuál es el sentido de que un conductor solitario en su coche vaya con la mascarilla perfectamente colocada? Ejemplos como estos hay de sobra, acerca de su uso indiscriminado y obligatorio.

    Las respuestas oficiales a estas preguntas pueden ser varias, pero nunca son del todo convincentes. La memoria suele ser cada día más frágil, los días se suceden uno tras otro de manera rutinaria y repetida. La jornada que pasa se parece a la anterior y la anterior a la anterior, y el mundo pre pandémico queda cada vez más lejano, se convierte en histórico, en un film, en una foto antigua. Y de ese mundo pre Covid solo pasaron unos pocos meses.

    Recordemos que las mascarillas eran innecesarias, una exageración, una ofensa alarmista de conspiranoicos. Los entretenedores oficiales de la televisión se burlaban y reían de su uso, con un estilo de humor obsceno y de mal gusto, soberbio e insultante. Los expertos sanitarios ante el avance del virus y el colapso hospitalario después de la manifestación feminista del 8M, nos advertían de que no era conveniente su utilización, luego que sí, después que solo en caso de estar contagiado, más tarde que solo en los medios de transportes, pero que solo eran “un complemento” (cuando escaseaban en el mercado recuerdo que llegaron a pagarse en farmacia 15 euros una mascarilla de un solo uso), y de ahí pasamos a la obligatoriedad en todos los casos, en todo momento y en todo lugar.

    Más tarde aparecieron las multicoloridas en los escaparates de las tiendas de moda. Hoy todo el mundo las lleva puesta sobre su rostro por las indicaciones de los anónimos y misteriosos comités de expertos que amablemente obligan su uso. Hoy no se concibe la vida sin la mascarilla tapando boca y nariz.

    Más allá está la discusión de su efectividad, dudosa por cierto, para protegerse y evitar el contagio de un virus que aún no tiene cura ni tratamiento efectivo, y del que personalmente no dudo de su existencia. Pero la mascarilla es mucho más que todo lo que parece, se ha convertido ya en un símbolo, una representación de una idea, una convención socialmente aceptada, una herramienta hermenéutica del Nuevo Orden Sanitario Mundial.

    Detrás de la mascarilla se esconde -nunca mejor dicho- la intencionalidad de la igualación de las diferencias del individuo y de la subjetividad de su identidad ante los demás, y que lo diferencia del otro: su rostro. La privación obligada del mismo y el ocultamiento del gesto, del acompañamiento visual de la palabra al ver mover los labios de un interlocutor, elimina una parte esencial de la comunicación no verbal que sumerge al sujeto en la angustia y alienación.



    La mascarilla más usada y curiosamente conocida como quirúrgica, pasó del aséptico quirófano a la calle, a la terraza, al patio del colegio, a las instalaciones deportivas, al templo, a la reunión familiar, donde sea, en todo momento y lugar. La intervención quirúrgica de la ingeniería social que padecemos en la vida cotidiana se ha impuesto sin rechistar en la nueva normalidad sanitaria del totalitarismo pandémico global. Se ha instalado lo que se dio en llamar “el relato”, palabra odiosa y ambigua, la narración de un discurso hegemónico acerca de la aceptación de una realidad distópica en la que parece que viviremos de ahora en adelante.

    Esta nueva normalidad carece de fecha de caducidad, no existe universidad, laboratorio, comité de científicos, ni nadie que diga cuándo acabará esto, cuándo volveremos a la normalidad anterior a la pandemia, con vacuna, terapia descubierta o no, y cuándo podremos acercarnos a otro ser humano en un metro, autobús, concierto, fiesta, boda o funeral y abrazarnos y besarnos como hasta hace prácticamente nada

    La mascarilla hoy ya es el símbolo de la sumisión, de los alineados con el Nuevo Orden Global, de los sometidos y obedientes, que mascarilla de por medio se conforman con lo que el nuevo estado de bienestar de supervivencia subvencionado brinda a sus súbditos, siempre y cuando se tenga Netflix, conexión a internet, datos ilimitados en el móvil y un cómodo sillón donde pasar el tiempo.

    La mascarilla y la obligatoriedad de su uso por el bien de la salud ciudadana, no importa si científicamente tiene sentido o no. Se ha convertido en una señal de reconocimiento de los orgánicos al sistema, de los obedientes con las directivas de los que dictan las normas internacionales de estricto cumplimiento. Quienes cuestionen parcial o totalmente las mismas son señalados como en los regímenes mas totalitarios del pasado. Quienes no la exhiban en publico se convierten inmediatamente en sospechosos, en peligrosos disidentes tachados con los adjetivos descalificativos al uso en la actualidad, que los anulan e invalidan socialmente. Por eso los reporteros en los telediarios la llevan puesta y la publicidad de las multinacionales las normalizan en sus anuncios.

    El rostro es una parte esencial de nuestra especificidad, única e irrepetible. Privarnos de ella es una escala más en la pérdida de la libertad, la identidad comunitaria, nacional y cultural de los pueblos.

    La mascarilla dejó de ser sanitaria y se convirtió en un símbolo y los símbolos importan. Por eso el gesto de Donald Trump en el balcón de la Casa Blanca es criticado sin piedad por los telediarios, justamente porque quitarse la mascarilla de manera casi teatral es también un símbolo, en este caso de disidencia. Trump después de hacerlo dijo “No tengáis miedo al virus, no dejéis que domine vuestra vida”. No dijo que no exista el coronavirus, sino que no debemos temerle. Curiosamente viene a mi memoria una frase muy parecida: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!”, pronunciada también desde un balcón allá por 1978, en este caso por Juan Pablo II.

    Ante la inquietante imposición del terror y la privación del rostro y la identidad como símbolo, opongamos también otros que muestren la disidencia, si no nos gusta la servidumbre y la esclavitud del falso bienestar del relato mundialista. Símbolos disidentes sobran. No estamos solos y somos muchos. No tengamos miedo.




    https://elcorreodeespana.com/politic...apparelli.html



  3. #243
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    Re: Angustia Coronavírica

    ¿Quién inventó las Tres Reglas básicas para protegerse frente al Coronavid-19? Esas mismas reglas que nos dicen que:

    1.- Distancia.

    2.- Higiene de manos.

    3.- Uso de máscara.


    Sin embargo, estas Reglas ya fueron dadas a Israel hace 3.500 años:

    1.- ÉXODO 30: 18-21: lávate las manos.

    2.- LEVÍTICO 13:4,5,46 : Si tiene síntomas, mantén la distancia, cúbrete la boca y evita el contacto.

    3.- LEVÍTICO 13: 4, 5 : Quién esté infectado deberá permanecer recluido primero siete días, y si el mal no hubiese remitido, otros siete más.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


    Nada sin Dios

  4. #244
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    Re: Angustia Coronavírica

    «Una nueva tiranía» por Juan Manuel de Prada para la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 09/11/2020.
    ______________________

    A nadie se le escapa que la plaga del coronavirus está facilitando la instauración de lo que Michel Foucault llamaba ‘biopolítica’, una nueva forma de tiranía que no se impone con cachiporras, sino con instrumentos mucho más sofisticados que alcanzan el dominio sobre las personas mediante el control de los espacios que habitan, de sus relaciones personales, de sus conductas y afectos y hasta de sus pensamientos y anhelos más secretos. Los ‘estados de alarma’, ‘toques de queda’ y demás ‘restricciones de la movilidad’ que tanto inquietan a los espíritus más toscos sólo son maniobras de despiste. Mucho más sutiles (y eficaces) son, por ejemplo, las tecnologías de vigilancia masiva que rastrean nuestros movimientos y manipulan nuestras decisiones, llegando incluso a predecirlas; tecnologías que una mayoría social acata mansamente, mientras trastea con sus teléfonos móviles, convencida de que el poder las utiliza para garantizar nuestra seguridad personal y proteger nuestra salud.

    Pero, paralelamente, se produce otro fenómeno no menos evidente, que casi nadie detecta, pues nuestra generación, ahíta de ideologías a la greña, ha sido amputada por completo de inquietudes espirituales. Y tal fenómeno es la supresión de la inquietud religiosa, que desde que estallase la plaga del coronavirus se ha mostrado en todo su apabullante esplendor. Cuando leemos cualquier crónica sobre las plagas que en épocas pasadas han diezmado a la humanidad descubrimos que la inquietud religiosa de las sociedades que las han padecido se agudizaba enormemente; pues, confrontadas con la omnipresencia de la muerte, volvían a hacerse las preguntas que la bonanza y el disfrute de los placeres materiales tienden a silenciar. Pero esta plaga se está distinguiendo, precisamente, por una orgullosa falta de inquietud religiosa, que se palpa incluso en las situaciones más extremas (la tranquilidad con que hemos aceptado que nuestros viejos mueran abandonados, sin atención espiritual de ningún tipo), pero sobre todo en el clima social imperante, en los medios de comunicación, en el debate intelectual, en la expresión artística, que lejos de confrontarse con el misterio de la muerte, lo soslayan u ocultan, empleando las más diversas triquiñuelas escapistas.

    Y, aunque nadie se atreva a decirlo, ambos fenómenos están íntimamente ligados. En su Discurso sobre la dictadura, Donoso Cortés explica una ley de la Historia infalible, que vincula el descenso de la religiosidad con el ascenso de la tiranía. La religión brinda a los hombres una «represión interior» que ordena su vida moral; y, a medida que esa ‘represión interior’ desciende, aumenta inevitablemente la «represión exterior» o política. Donoso repasa las distintas fases de la Humanidad, desde una sociedad plenamente religiosa –la que formaban Jesús y sus discípulos– en la que la libertad era completa (pues no existía otra ley que la del amor), hasta las formas cada vez más evolucionadas de represión política, que permiten a los gobiernos dotarse de un millón de brazos –los ejércitos–, de un millón de ojos –la policía–, de un millón de oídos –la burocracia administrativa–, hasta llegar a un punto en que necesitan también «hallarse a un mismo tiempo en todas partes». Un apetito de ubicuidad que Donoso ejemplifica –pronuncia su discurso en 1849– en la invención del telégrafo; pero que los avances de la tecnología han perfeccionado hasta extremos vertiginosos. Donoso hace aquí una pausa temblorosa, amedrentado ante la expectativa de una sociedad en la que el termómetro religioso continúe bajando hasta situarse «por bajo de cero»; pero finalmente se atreve a augurar el surgimiento de «un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso» que ya no se enfrentará a resistencias físicas ni morales, porque para entonces todos los ánimos estarán divididos y todos los patriotismos, muertos.

    Y contra esta nueva forma de tiranía que entonces se empezaba a consolidar, Donoso considera que no hay otro antídoto que una «reacción religiosa». Pero, a continuación, lanza esta perturbadora reflexión que el paso del tiempo no ha hecho sino confirmar: «¿Es posible esta reacción? Posible lo es; pero, ¿es probable? Señores, aquí hablo con la más profunda tristeza: no la creo probable. Yo he visto, señores, y conocido a muchos individuos que salieron de la fe y han vuelto a ella; por desgracia, señores, no he visto jamás a ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido». Lo que está sucediendo ante nuestros ojos, con la plaga del coronavirus al fondo, no hace sino confirmar los augurios funestos de Donoso. Los nuevos tiranos ya pueden hacer con nosotros albóndigas.

    https://www.xlsemanal.com/firmas/202...uel-prada.html
    Hyeronimus dio el Víctor.

  5. #245
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    Re: Angustia Coronavírica

    La vacuna más segura contra el coronavirus.

    En las últimas semanas, algunas de las compañías farmacéuticas más importantes del mundo han anunciado la inminente producción de vacunas contra el covid 19. Al comentar esta noticia, un prestigioso virólogo italiano, el profesor Andrea Crisanti, ha hecho una declaración llena de sentido común. Cuando se le preguntó si se vacunaría ahora, dio la siguiente respuesta: «Normalmente se necesitan de cinco a ocho años para producir una vacuna. Por eso, no disponiendo de datos, no me pondría la primera vacuna que apareciera en enero. Me gustaría tener la seguridad de que la vacuna ha tenido oportunidad de probarse y de que satisface todos los criterios de seguridad y eficacia. Como ciudadano, tengo derecho a ello, y no estoy dispuesto a aceptar un atajo».

    Es una respuesta llena de sentido común, y es además coherente con el principio de precaución que tanto se invoca hoy para la protección del medio ambiente. No se entiende cómo es que ese principio no deba aplicarse también en el terreno de la salud. El profesor Crisanti no es contrario a las vacunas, pero sostiene acertadamente que los comunicados de prensa de las empresas farmacéuticas no bastan para garantizar la seguridad de ellas, y está a la espera de datos científicos que sean posteriormente verificados por agencias dedicadas a ello. Por este mensaje de prudencia, ha sido demonizado por los medios de difusión y por algunos de sus colegas.

    Crisanti se ha defendido con una carta al director publicada en Il Corriere della Sera el pasado día 23, en la que entre otras cosas afirma: «Los guardianes de la ortodoxia científica no admiten vacilaciones ni indecisiones. Exigen un acto de fe a quienes no disponen de información privilegiada. “La vacuna funcionará”, exclaman indignados. Soy el primero que espero que así sea. Con todo, me tomo la libertad de objetar que la vacuna no es un amuleto. Dejemos la fe para la religión y las dudas y el debate a la ciencia, de la que son estímulo y garantía».

    He dado espacio a estas declaraciones porque, a mi juicio, son la voz del sentido común en una época en la que con frecuencia se pierde el buen uso de la razón. Quien, como nosotros, no es inmunólogo ni microbiólogo, y no está por tanto en condiciones de hacer previsiones científicas y sólo puede esforzarse por no renunciar al buen uso de la lógica, no puede menos que dar toda la razón al profesor Crisanti. Pero como además hacer uso de la razón es necesario vivir esta pandemia a la luz de la fe, podemos señalar la existencia de un remedio para el coronavirus que es indudablemente el más eficaz, porque no sólo previene los males del cuerpo, que todos temen, sino también los mucho más peligrosos del alma, de los que nadie habla.

    Me refiero a la Medalla Milagrosa, cuya festividad se celebra el 27 de noviembre. Fue la propia Virgen la que un día de 1830 se apareció a Catalina Labouré, novicia de 24 años, en la casa matriz de las Hijas de la Caridad en la parisina calle Bac. Catalina Labouré recuerda: «Vi formarse en torno a la Santísima Virgen un cuadro de forma más bien ovalada sobre el cual, arriba, se podían leer como haciendo un semicírculo que salía de la mano diestra de la Virgen estas palabras escritas en letras de oro: “Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”. Entonces oí una voz que me dijo: “Manda acuñar una medalla siguiendo este modelo. Todas las personas que la porten obtendrán grandes gracias, sobre todo si la llevan al cuello. Las gracias serán abundantes para quienes la lleven con confianza”. En ese momento tuve la impresión de que el cuadro se daba la vuelta y vi el reverso de la medalla. En él figuraba la letra M (inicial de María) bajo una cruz que tenía por base la letra I (inicial de Jesús en latín.) Más abajo había dos corazones, uno rodeado de espinas (el de Jesús) y el otro traspasado por una espada (el de María). Por último, todo estaba circundado de doce estrellas. Luego, todo desapareció como si se apagara, y me quedé llena de, no sé, de buenos sentimientos, de alegría y consuelo».

    En 1832 se acuñaron los 1500 primeros ejemplares de la medalla que había pedido la Virgen. A partir de entonces se multiplicaron las gracias y milagros: pecadores convertidos, moribundos que sanaban, peligros alejados… toda clase de gracias. La parroquia parisina de Nuestra Señora de las Victorias se convirtió en un centro de extraordinaria propagación. Catalina Labouré llevó a cabo silenciosamente el apostolado de la Medalla Milagrosa hasta su muerte, que tuvo lugar el 31 de diciembre de 1876. Para aquellas fechas, la cantidad de medallas distribuidas superaba ya el millón. El fruto más sonado de la nueva devoción fue la conversión del judío Alfonso Ratisbonne, al que se le apareció la Virgen de la Medalla milagrosa el 20 de enero de 1842 en la iglesia de Sant’Andrea delle Frate en Roma.

    En 1894, con ocasión del cincuentenario de las apariciones de la calle Bac, León XIII declaró auténtica la milagrosa conversión de Ratisbonne y estableció la festividad de la Medalla, para que se celebrase el 27 de noviembre de cada año. El 27 de julio de 1947, Catalina fue canonizada por Pío XII, y actualmente su cuerpo se venera en la capilla de las apariciones en la calle Bac, junto a la de Santa Luisa Marillac, fundadora junto con San Vicente de Paúl de las Hijas de la Caridad.

    ¿Por qué escogió la Virgen una simple medalla para distribuir sus gracias? Por la misma razón por la que eligió a una humilde novicia como destinataria de su mensaje: demostrar que la Providencia se vale siempre de instrumentos aparentemente insignificantes para derrotar a enemigos que se creen invencibles: «Dios ha escogido lo insensato del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo ha elegido Dios para confundir a los fuertes; y lo vil del mundo y lo despreciado ha escogido Dios, y aún lo que no es, para destruir lo que es» (1 Cor.1,27-29).

    En su aparición del 27 de noviembre a Santa Catalina Labouré, la Virgen apoya victoriosa los pies sobre el mundo, y tiene en las manos otro orbe más pequeño y se lo ofrece a Dios. Si se lo ofrece es porque le pertenece. María, mediadora de todas las gracias y corredentora del género humano, es también Reina del Cielo y de la Tierra. El mundo es de Ella y no del dirigente del mundialismo. Hay un orden mundial que es santo, y es suyo.

    El 19 de julio de 1931, con motivo del proceso de beatificación de Santa Catalina Labouré, Pío XI afirmó refiriéndose a los males que aquejaban a la Iglesia: «En estos días refulge la Medalla Milagrosa, como para recordarnos de modo visible y palpable que todo es posible para la oración, incluso los milagros, y sobre todo los milagros. Es ya de por sí un gran milagro que los ciegos vean… Pero hay otro milagro que debemos pedir a María, Reina de la Medalla: que vean los que no quieren ver».

    La Medalla Milagrosa se bendice y se lleva puesta, preferiblemente al cuello. Sus devotos no sólo la portan al cuello o en el vestido, sino que la siembran en las propias casas, donde sea que hay dolor y pecado; puede propagarse por todas partes.

    Llevada con fe por numerosos católicos en todo el mundo, la Medalla Milagrosa sigue cumpliendo hoy su extraordinaria misión y es una portentosa vacuna contra los males de nuestro tiempo. El último gran milagro que le pedimos es que se disipen las tinieblas del caos que envuelven al mundo en que vivimos.

    (Traducido por Bruno de la Inmaculada)

    https://adelantelafe.com/la-vacuna-mas-segura-contra-el-coronavirus/.

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    «¡No tengáis miedo!» Meditación navideña de Mons. Viganò

    por Mons. Carlo Maria Viganò

    15/12/2020[/SIZE]

    Duerme, Niño del Cielo; los pueblos
    no saben Quién ha nacido
    y en un humilde establo
    polvoriento está escondido.

    Mas un día habrán de ser
    tu noble heredad
    y conocerán al Rey.

    Manzoni, Il Natale


    En menos de dos semanas, por la gracia de Dios, concluirá este año 2020, marcado por acontecimientos terribles y una gran agitación social. Permítanme que formule una breve reflexión a fin de dirigir una mirada sobrenatural al pasado reciente y el futuro inminente.

    Los meses que dejamos atrás han constituido uno de los momentos más oscuros de la historia de la humanidad: por primera vez desde el nacimiento del Salvador, las Santas Llaves han sido empleadas para cerrar los templos y limitar la celebración de la Misa y de los Sacramentos, casi anticipando la abolición del sacrificio diario que, según profetizó Daniel, tendrá lugar durante el reinado del Anticristo. Por primera vez, muchos nos vimos obligados a asistir a la celebración de la Pascua de Resurrección por internet y nos vimos privados de la Comunión. Por primera vez nos hemos dado cuenta, con dolor y consternación, de la deserción de nuestros obispos y párrocos, que están atrincherados en sus palacios y residencias por miedo a una gripe estacional que se ha cobrado casi el mismo número de víctimas que en los últimos años.

    Hemos visto, se puede decir, a los generales y los oficiales abandonando su ejército, y en algunos casos poco menos que pasarse a las filas enemigas para imponernos una rendición incondicional a los absurdos razonamientos de la pseudopandemia. Jamás a lo largo de los siglos ha encontrado tanta pusilanimidad, tanta cobardía y tanta manía de complacer a nuestros perseguidores terreno abonado entre quienes deberían ser nuestros guías y caudillos. Lo que más nos ha escandalizado a muchos ha sido constatar que en dicha traición participa la cúpula de la jerarquía mucho más que los sacerdotes y los fieles de a pie. Desde la más alta Sede, de la cual habría cabido esperar una intervención con autoridad y firmeza en defensa de los derechos de Dios, la libertad de la Iglesia y la salvación de las almas, nos ha venido la exhortación a obedecer leyes inicuas, normas ilegítimas y órdenes irracionales. Es más, en las palabras que los medios de prensa se han apresurado a difundir desde Santa Marta, hemos reconocido muchos, demasiados guiños al lenguaje iniciático de lo políticamente correcto de la élite mundialista: fraternidad, ingreso mínimo universal, nuevo orden mundial, build back better, gran reseteo, nada volverá a ser como antes, resiliencia.Palabras todas de la neolengua que atestiguan un mismo sentir entre quien las pronuncia y quien las escucha.

    Es una auténtica intimidación, una amenaza no muy velada, con la que nuestros pastores han ratificado la alarma de pandemia sembrando el terror entre los sencillos y dejando abandonados a los moribundos y los necesitados. En el colmo de un cínico legalismo, se ha llegado a prohibir a los sacerdotes escuchar confesiones y administrar los últimos sacramentos a quienes habían sido abandonados en las salas de cuidados intensivos, privar de sepultura religiosa a nuestros difuntos y negar el Santísimo Sacramento a numerosas almas.

    Por el lado religioso, hemos visto tratar a los fieles como extraños y negarles el acceso a nuestras iglesias, como se hacía con los moros, mientras continúa inexorablemente la invasión de inmigrantes irregulares para llenar la arcas de organizaciones supuestamente humanitarias. Por el lado civil y político, hemos descubierto la vocación de tiranos de nuestros gobernantes, que con una retórica alejada de la realidad pretenden que los consideremos representantes del pueblo soberano. Desde jefes de estado y primeros ministros a gobernadores regionales y alcaldes, nos han impuesto el rigor de la ley como si fuéramos súbditos rebeldes, sospechosos a los que hubiese que vigilar incluso tras de la intimidad de los muros domésticos, o criminales a los que perseguir por la soledad de los bosques o a la orilla del mar. Hemos visto a personas arrastradas por soldados con uniforme antidisturbios, ancianos multados mientras se dirigían a la farmacia, comerciantes obligados a tener cerrado el local y restaurantes a los que se imponían rigurosas medidas de seguridad para posteriormente decretar el cierre de los mismos.

    Hemos visto desconcertados a gran cantidad de supuestos expertos –la mayor parte de los cuales faltos de toda autoridad científica y en buena parte con un grave conflicto de intereses debido a su relación con compañías farmacéuticas o con organismos supranacionales– pontificando en televisión y en la prensa sobre contagios, vacunas, inmunidad, gente que da positivo, obligatoriedad de las mascarillas, riesgos para los ancianos, contagiosos asintomáticos y la peligrosidad de que se reúnan las familias. Nos agobian con expresiones esotéricas como distanciamiento social o aforo máximo, en una serie incesante de contradicciones grotescas, alarmas absurdas, amenazas apocalípticas y preceptos sociales y ceremonias sanitarias que han sustituido a los ritos religiosos. Y mientras esos, generosamente pagados por intervenir a todas horas, aterrorizan a la población, nuestros gobernantes y políticos ostentan la mascarilla ante las cámaras de televisión para luego quitársela enseguida.

    Obligándonos a ir enmascarados como seres anónimos y sin rostro, nos han impuesto un tapabocas totalmente inútil para evitar el contagio y nocivo para la salud, pero indispensables para que nos sintamos sometidos y homologados. Nos impiden curarnos con terapias válidas y conocidas, mientras nos prometen una vacuna que quieren hacer ya obligatoria antes de conocer su eficacia, habiendo probada de forma incompleta. Y para no arriesgar los enormes beneficios de las farmacéuticas, les han concedido inmunidad por los daños que dichas vacunas pudieran ocasionar a la población. Nos han dicho que la vacuna será gratuita, pero que habrá que costearla con el dinero de los contribuyentes aunque los fabricantes no nos garanticen que nos librará del contagio.

    Ante semejante perspectiva, que recuerda a los efectos desastrosos de una guerra, la economía de nuestros países está por los suelos, mientras las empresas de comercio en línea, las agencias de reparto a domicilio y las multinacionales de la pornografía aumentan sus ingresos. Cierran las tiendas pero se mantienen los centros comerciales y los supermercados, templos del consumismo en los que cualquiera, incluso aquejado de covid, no deja de llenar el carrito de productos extranjeros como mozzarella alemana, naranjas marroquíes, harina del Canadá, teléfonos celulares y televisores fabricados en China.

    El mundo se prepara para el Gran Reinicio, nos dicen obsesivamente. Nada será como antes. Tendremos que acostumbrarnos a «convivir con el virus», sometidos a una pandemia perpetua que alimenta el Moloc farmacéutico y legitima unas limitaciones cada vez más odiosas de libertades fundamentales. Aquellos que desde la cuna han predicado el culto a la libertad, la democracia y la soberanía popular, nos gobiernan ahora privándonos de la libertad en nombre de la salud, nos imponen la dictadura y se arrogan una autoridad que nadie les ha conferido jamás, ni desde arriba ni desde abajo. Y el poder temporal que la Masonería y los liberales siempre han criticado en los pontífices romanos, hoy lo reivindican en un sentido inverso con miras a someter a la Iglesia de Cristo al poder del Estado con la aprobación y colaboración de los más altos jerarcas eclesiásticos.

    En este panorama humanamente desconsolador surge un dato ineludible: hay una brecha entre quienes ejercen la autoridad y los que les están sometidos; entre gobernantes y ciudadanos, entre la Jerarquía y los fieles. Un monstruo institucional en el que el poder civil y el religioso están casi enteramente en manos de personajes sin escrúpulos nombrados por su total ineptitud y sumamente vulnerables a los sobornos. Su misión no consiste en administrar la sociedad sino destruirla; no en respetar la ley sino en transgredirla; no en proteger a sus miembros, sino en dispersarlos y alejarlos. En resumidas cuentas, nos encontramos ante una perversión de la autoridad, que en este caso no es fruto de la impericia sino que se procura con determinación y siguiendo un plan preestablecido, un guión único a las órdenes de un mismo director.

    Y así, tenemos a gobernantes que persiguen a los ciudadanos y los tratan como a enemigos, mientras acogen y costean la invasión de criminales e inmigrantes clandestinos; fuerzas del orden y jueces que detienen y multan a quienes incumplen el distanciamiento social pero hacen caso omiso de delincuentes, violadores, asesinos y políticos traidores; profesores que no transmiten la cultura y el amor por el saber, sino que adoctrinan a sus alumnos con la ideología de género y el mundialismo; médicos que se niegan a atender a los enfermos e imponen una vacuna genéticamente alterada cuya eficacia y efectos colaterales se ignoran; obispos y sacerdotes que niegan a los fieles los Sacramentos pero no desaprovechan la menor oportunidad de hacer gala de su incondicional adhesión al plan globalista en nombre de la fraternidad masónica.

    Cualquiera que se opone a estar inversión de todos los principios de la vida en sociedad se encuentra abandonado, solo, falto de un guía que aglutine las fuerzas. De hecho, la soledad permite que nuestros mayores enemigos –que es lo que en gran medida han demostrado ser– nos inculquen miedo, inquietud y la sensación de no poder hacer un frente común para resistir los asaltos de que somos objeto. Los ciudadanos están solos ante los abusos del poder civil, solos ante la arrogancia de los prelados herejes y viciosos, solos están quienes quisieran disentir en las instituciones, alzar la voz, protestar.

    La soledad y el miedo aumentan cuando les damos consistencia, pero se desvanecen cuando pensamos que cada uno de nosotros ha merecido que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarne en el seno purísimo de la Virgen María: qui propter nos hominem et propter nostram salutem descendit de caelis. He aquí el misterio que nos aprestamos a contemplar en estos días: la Inmaculada Concepción y la Santísima Natividad. De ambos, queridos hermanos, podemos sacar renovadas esperanzas con las que afrontar lo que nos aguarda.

    Debemos recordar ante todo que ninguno estamos jamás realmente solos. Tenemos a nuestro lado al Señor, que siempre quiere nuestro bien y por eso no deja que nos falten nunca su ayuda y su gracia. Basta con que las pidamos con fe. También tenemos a nuestro lado a la Virgen Santísima, Madre amorosa y seguro refugio nuestro. E igualmente nos acompañan ejércitos de ángeles y multitudes de santos que interceden por nosotros desde la gloria del Cielo ante el Trono de la Divina Majestad.

    La contemplación de esta sublime comunidad que es la Santa Iglesia, la Jerusalén mística de la que somos ciudadanos y miembros vivientes, debería convencernos de que lo que menos debemos temer es estar solos, así como de que no hay motivo alguno para temer aunque el demonio se desviva por hacérnoslo creer. La verdadera soledad está en el infierno, donde las almas condenadas carecen de la menor esperanza; esa es la soledad por la que realmente debemos sentir horror; ante ella debemos invocar la perseverancia hasta el fin, es decir, que podamos merecer una muerte santa por la misericordia de Dios. Una muerte para la que debemos estar siempre preparados encontrándonos en estado de gracia, en amistad con el Señor.

    Es innegable que en este momento nos enfrentamos a unas pruebas tremendas, porque nos dan la sensación de que triunfa el mal, de que cada uno de nosotros estamos desamparados, de que los malos han conseguido dominar a la pusilla grex y a toda la humanidad. Pero ¿acaso no estaba solo Nuestro Señor en Getsemaní, solo sobre el leño de la Cruz, solo en el sepulcro? Volvamos al misterio de la Natividad, ya inminente: ¿acaso no estaban solos la Virgen y San José cuando se vieron obligados a refugiarse en un establo porque no había sitio en la posada? Ya nos podemos hacer una idea de cómo debió de sentirse el padre putativo de Jesús viendo a su santísima Esposa a punto de dar a luz en la fría noche de Palestina. Pensemos en su preocupación por huir a Egipto sabiendo que el rey Herodes había mandado a sus soldados a matar al Niño Jesús. Aun en unas situaciones tan terribles, la soledad de la Sagrada Familia era aparente mientras Dios lo disponía todo según su plan, enviaba a un ángel a anunciar el nacimiento del Salvador a los pastores y nada menos que movía a una estrella para hacer venir a los Magos de Oriente para que adorasen al Mesías, mandaba coros de ángeles a cantar en la gruta de Belén y advertía a San José para que escaparan de la matanza ordenada por Herodes.

    También a nosotros, a los que padecen la soledad del confinamiento en el que muchos nos hemos visto obligados a vivir, o abandonados en hospitales, en el silencio de las calles desiertas y las iglesias cerradas al culto, el Señor viene a hacernos compañía. También nos manda a su ángel para inspirarnos santos propósitos, a su Santísima Madre a consolarnos y al Paráclito, dulce huésped del alma, a confortarnos.

    No estamos solos. Nunca lo estamos. Y en el fondo, eso es lo que más temen los perpetradores del Gran Reseteo: que nos demos cuenta de esta realidad sobrenatural –pero no por ello menos cierta– que hace que se derrumbe el castillo de naipes de sus engaños infernales.

    Si pensamos que tenemos a nuestro lado a Aquella que aplasta la cabeza de la Serpiente, y al ángel que ha desenvainado la espada para arrojar a Lucifer a los abismos; si tenemos presente que nuestro ángel de la guarda, nuestro santo patrono y nuestros seres queridos que están en el Cielo y el Purgatorio están con nosotros, ¿a qué podemos temor? ¿Vamos a creer que el Dios de los ejércitos vacilará en derrotar a todo sirviente del eternamente derrotado?

    La que en 630 salvó a Constantinopla del asedio aterrorizando a los ávaros y los persas cuando se apareció terrible en el Cielo; la que en 1091, invocada en Scicli como Señora de las Milicias, se apareció sobre una nube resplandeciente poniendo en fuga a los moros; la que en 1571, y una vez más en Viena en 1683, como Reina de las Victorias, concedió la victoria a los ejércitos cristianos contra los turcos; la que durante la persecución anticristiana de México protegió a los cristeros y rechazó los ejércitos del masón Elías Calles no nos negará su santo auxilio, no nos dejará solos en la batalla, no abandonará a cuantos recurran a Ella con oración confiada en el momento decisivo del conflicto, cuando el fin esté cerca.

    Hemos tenido la gracia de entender en qué puede convertirse este mundo si renegamos del señorío de Dios y lo sustituimos por la tiranía de Satanás. Tal es el mundo rebelde a Cristo Rey y a María Reina, en el que a diario se ofrecen a Satanás miles de vidas inocentes asesinadas en el vientre de su madre; ése es el mundo en el que vicio y el pecado tratan de borrar todo rastro de bien y de virtud, toda memoria de la religión cristiana, toda ley y vestigio de nuestra civilización, todo resto del orden que puso Dios en la naturaleza. Un mundo en el que arden las iglesias, se derriban las cruces y se decapitan estatuas de la Virgen; ese odio, esa furia satánica contra Cristo y la Madre de Dios es la seña distintiva del Maligno y sus sicarios. Ante esta revolución desenfrenada, este maldito Nuevo Orden Mundial que tiene por objeto preparar el reinado del Anticristo, no podemos creer que sea posible fraternidad alguna sino bajo la Ley de Dios, ni que sea posible construir la paz sino bajo el manto de la Reina de la Paz. Pax Christi in Regno Christi.

    El Señor no nos dará la victoria hasta que nos postremos ante Él reconociéndolo como Rey. Y si todavía no podemos proclamarlo Rey de nuestras naciones por culpa de la impiedad de los gobernantes, en todo caso podemos consagrarnos a Él junto con nuestra familia y nuestra vecindad. A quien se atreva a desafiar al Cielo alegando que «nada volverá a ser como antes», respondemos invocando a Dios con renovado fervor: como era en el principio es ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.

    Roguemos a la Inmaculada Virgen, tabernáculo del Altísimo, para que al meditar en la Santa Natividad, ya próxima, de su divino Hijo disipe nuestros temores y la soledad mientras nos congregamos adorantes en torno al pesebre. En la pobreza del pesebre y en el silencio de la gruta de Belén resuena el canto de los ángeles y resplandece la verdadera y única Luz del mundo, adorada por los pastores y los Magos, y se inclina la creación adornando la bóveda celeste con un cometa radiante. Veni, Emmanuel: captivum solve Israël. Ven, Emanuel. Libra a tu pueblo prisionero.


    +Carlo Maria Viganò, arzobispo.
    13 de diciembre de 2020
    Domingo de Gaudete, III de Adviento
    (Traducido por Bruno de la Inmaculada)




    Mons. Carlo Maria Viganò

    Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.




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    Fuente:

    «¡No tengáis miedo!» Meditación navideña de Mons. Viganò | Adelante la Fe

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