Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 1 (Editorial).



Mártires de la Tradición


MÁRTIRES, porque lucharon y murieron sin ninguna mira de interés particular. No tan sólo por una Dinastía sino también y primordialmente por el Ideal. Sin su abnegado sacrificio las esencias católicas y tradicionales de las Españas, tiempo ha hubiesen perecido ante el asalto de la Revolución triunfante en Europa. Si todavía no somos esta Europa descristianizada, amoral, envilecida por la corrupción de costumbres y el desmoronamiento de la familia, a la que algunos pretenden “integrarnos”, a ellos, a los Mártires de la Tradición lo debemos.

MÁRTIRES nuestros Reyes, cuyos restos, por Abanderados de la Santa Causa, cubren todavía tierras extrañas mientras otros usurpan el lugar a ellos debido en El Escorial.

MÁRTIR el Rey Santo, Carlos María Isidro, a quien por defender, con la misma entereza que frente a Napoleón en Bayona, sus legítimos derechos frente a la usurpación, y con ellos la Religión y la Patria, sigue denominándosele en textos legales no derogados con el infame apelativo de “Ex Infante”.

MÁRTIRES, los heroicos caudillos –Zumalacárregui, Rada, Francesch, Galcerán…–, cuyos nombres y gestas asombran la Historia.

MÁRTIRES, tantos y tantos oscuros Voluntarios, cuya entrega y heroísmo sólo conoce el Señor Dios de los Ejércitos en cuyas filas combatieron.

MÁRTIRES, quienes antes de doblegarse servilmente a la Dinastía usurpadora, optaron por el amargo, si bien digno, pan del destierro.

MÁRTIRES, las madres que, sangrando el corazón, pero sin una sola lágrima, ofrendaron con santo orgullo los hijos de sus entrañas para Soldados de la Causa. Mártires, las esposas, las novias, que sacrificaron su amor de mujer a un Amor más alto.

MÁRTIRES, quienes sufrieron persecución material en cárceles, checas y destierros. Mártires, quienes sufren la persecución todavía más dolorosa, más amarga, más trágica, del olvido, la incomprensión, la calumnia de la historia, toda ella escrita con escandalosa parcialidad por los vencedores.

MÁRTIRES, quienes habiendo arriesgado vida y hacienda en defensa de los derechos de la Iglesia, conculcados y desconocidos por la Revolución liberal tantas veces condenada en las Encíclicas pontificias, recibieron de la discutible diplomacia vaticana la injuria de ser concedida la Rosa de Oro a la representante de la Dinastía usurpadora, dócil instrumento de la Revolución, sin que por ello variaran su actitud de filial veneración y obediencia, hoy diríase “indiscriminada”, al Vicario de Cristo.

MÁRTIRES, en fin, quienes se ven humillados, despreciados y hasta insultados y escarnecidos por no pocos que nada serían ni nada tendrían –dignidades, jerarquía, patrimonio– sin su heroico y desinteresado sacrificio. Porque sin las Guerras carlistas del siglo pasado y el Alzamiento del 18 de julio, derrota también para el Carlismo –¿dónde están los círculos, periódicos, y organizaciones que por toda la geografía patria mantenía contra todo y frente a todos durante la II República?–, no habría en España sacerdotes ni obispos, ni habría Ejército ni Instituciones patrias, ni Bandera roja y gualda, ni habría España siquiera, porque de ella sólo quedaría el cadáver profanado por el rojo sudario de la hoz y el martillo.

Porque nada material buscaron, un premio material y humano a su generosidad hubiese sido indigno. Y como sería injusto que ningún premio recibiera su sacrificio, piadosamente creemos que Dios, para quien no hay héroes anónimos, les habrá resarcido con medida buena, apretada y sobreabundante, con la máxima recompensa deseable, que es Él mismo, de la derrota material, de la incomprensión, del olvido, de la ingratitud incluso de aquéllos que más les deben.

Y Dios, que con su dedo omnipotente conduce recta la Historia hacia la implantación del Reino de Cristo, a pesar de los renglones torcidos con que los hombres pretenden desviarla de su ineludible destino, hará que el sacrificio de los Mártires de la Tradición no resulte estéril. Sólo así se explica el misterio, histórica y humanamente incomprensible, de la pervivencia, durante siglo y medio, del siempre derrotado pero jamás vencido Carlismo.

Por más que no lo entiendan los que más obligación tienen de entenderlo, todavía quedamos quienes así lo creemos y sentimos: para nosotros, el ejemplo de nuestros Mártires es exigencia de emulación irrecusable.