Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 6.
DE MI COLECCIÓN DE RECUERDOS CARLISTAS
Por Alberto Inchausti
Tengo en mi colección de recuerdos carlistas de la postguerra, numerosas tarjetas de invitación con el programa de actos a celebrar el día de los Mártires de la Tradición, en distintos años y lugares. He participado siempre en ellos, hasta que la invasión progresista llegó a nuestras filas. Conservo, pues, además, recuerdos vividos.
MISA, BANQUETE Y MANIFIESTO
Tres puntos principales comprenderá habitualmente tal conmemoración: una misa, un banquete y algún manifiesto o escrito político de tono menor. Los tres tenían una frontera reducida y difícil con el contexto político nacional. La misa propiamente dicha, no; pero sí la salida de la misma, porque ya en la calle, fuera del templo, los asistentes nos poníamos las boinas rojas y cantábamos el Himno “Oriamendi”, que, a pesar de estar reconocido en la legislación entonces vigente como uno de los oficiales, suscitaba fricciones y dificultades que, una vez iniciadas, crecían rápidamente en espiral, hasta que lo cortaba la fuerza pública.
El banquete, más bien simple yantar, porque el tesoro de la Tradición tuvo siempre sus arcas vacías, tenía también su pimienta política en los brindis, y en un cierto nerviosismo en función de lo que hubiera sucedido en la salida de la misa; pero todo atemperado por los saludables efectos de la comida y de la cordialidad que la acompaña cuando se comparte con buenos amigos.
Los escritos políticos que se repartían profusamente a la salida de la misa, y sigilosamente de mano en mano de los “enterados” desde unos días antes, nos parecen hoy inocentes “contrastes de pareceres”, pero entonces, no; de la circunstancia de estar hechos en imprentas modestas desconocidas del gran público, brotaba un halo de fantasía que les envolvía con picardía.
Día llegará en que se publiquen con honor destacado algunos nombres de los que participaron con más sacrificio en aquellas jornadas, que ya, con apenas perspectivas, se van dibujando como una cadena transmisora de los más puros ideales del Alzamiento hasta esta época europeizante y postconciliar, en la que constituyen un reducto inexpugnable del que habrá nuevamente de partir el fiel ajuste a nuestros mejores días del siglo XX.
UNA GRAN LECCIÓN
Estas líneas generales, tan someramente apuntadas, se interrumpen en el recuerdo y en la hoja anunciadora de la conmemoración en Madrid, el año de 1946, que termina diciendo:
“La Comunión Tradicionalista de Madrid se propone tener una misa, en el lugar y hora que aparte se indican, congregando a todos nuestros amigos dentro del mayor orden y evitando, en lo que esté de su parte, cualquier incidente; por lo cual, en atención a la gravedad del momento presente, no habrá ese día manifestación, repartos, ni cualquier otro hecho público, fuera del acto religioso”.
¿Cuál era esa “gravedad del momento presente” que impulsaba a los arriscados carlistas a esa autolimitación voluntaria? Era que, seis días antes, el día 4 de ese mismo mes de marzo de 1946, París, Londres y Washington dirigieron una nota conjunta al pueblo español, espoleándole a derrocar el régimen nacido de la Cruzada para volver a la República democrática. Entonces, y por eso, el Carlismo suspendió hasta la menor actividad que pudiera parecer fisura en la unidad de los españoles ante la Patria en peligro. Gran lección, infinitamente superior a cualquier otra que se hubiera querido dar, a la brava, en aquellas circunstancias.
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