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Tema: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/1971

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  1. #1
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 7.



    YO CONOCÍ A LOS ÚLTIMOS

    Por Rafael Gambra


    Yo conocí a los últimos. (¿Los últimos de la Historia, o los últimos hasta ahora? Dios lo sabe).

    Era el día en que cumplí dieciséis años, y el cuarto desde el Alzamiento Nacional. Tres semanas antes habíamos salido del Madrid del Frente Popular para dirigirnos a nuestra casa en la montaña de Navarra. Allá habían quedado, la víspera de nuestro viaje, las iglesias de San Ignacio y de San Luis en llamas sacrílegas, la última a cincuenta pasos del Ministerio de la Gobernación; allá las milicias, puño en alto, sedientas de sangre y de pillaje; allá los guardias de asalto, dispuestos a asesinar en el primero y más famoso de los “paseos”…


    PROLONGACIÓN DE LOS SANFERMINES

    De pronto, aquel día, vi por primera vez una compañía carlista, fusil y manta en bandolera, boina exhumada de viejos arcones. Venían a prevenir una posible resistencia al alzamiento por parte de los carabineros de frontera. Llegaban alegres y como de fiesta. Gritaban viva Dios, viva España, abajo la República, viva el Rey. Se ha dicho que el Alzamiento en Navarra –y toda la gran historia de las Brigadas de Navarra– fue como una inmensa prolongación de los “sanfermines” que acababan de terminar. Un viejo militar, con quien coincidí hace algunos años en el tren, me decía: “los navarros llevaron a la guerra la alegría y la fe religiosa; la seguridad, además, en la victoria; y, tal vez, la ayuda de Dios”.

    Recuerdo aquél como uno de los días estelares de mi vida. Me incorporé a ellos feliz, como viviendo un sueño legendario. Les ayudé, ante el Ayuntamiento, a hacer una hoguera con la franja morada de la bandera republicana, con el retrato de Azaña que presidía la Sala de Sesiones, y con una alegoría de la República que sustituía en la escuela al Santo Cristo. Con la otra parte de la bandera reconstruimos la bandera de España, y la hicimos ondear, redimida, en el balcón de la Casa Municipal. Una fotografía de D. Alfonso Carlos, que recorté del Almanaque Tradicionalista, ocupó durante unos días el hueco presidencial que dejó el retrato de Azaña.

    ¿Cuántos de aquellos muchachos de tierra de Estella, de la Cuenca o de la Ribera, supervivirían a los tres años de cruel guerra que entonces comenzaban? Cuando un año después me incorporé al frente, encontré a alguno de ellos, y él me habló de tantos de sus compañeros que quedaron en las peñas de Lemona o en Brunete…

    Recuerdo aquel himno ingenuo, resucitado de viejos tiempos, y tan popular en aquellos días:

    No llores, madre, no llores
    porque a la guerra tus hijos van,
    ¡Qué importa que el cuerpo muera,
    si al fin el alma triunfará
    en la eternidad!

    A las armas, voluntarios;
    a las armas a luchar por nuestra fe.
    Moriremos defendiendo la bandera
    de Dios, Fueros, Patria y Rey.


    AMBIENTE DE AYER

    Aquel espíritu inundó todos los frentes, y creó el ambiente de la retaguardia nacional. Recuerdo, tiempo después, en la Academia de Alféreces Provisionales de Granada, una de las canciones a cuyo son marchábamos al campo de maniobras:

    Cantará mi sangre
    en la noche clara
    que he muerto en campaña
    por Dios y Patria.

    Era un tiempo en que muchachos adolescentes, casi niños, se escapaban de sus casas para incorporarse al frente, y huían de los frentes estabilizados para enrolarse en los tercios o unidades más combativos y peligrosos. (¡Tercios de Lácar y Montejurra, siete y más veces renovados por la muerte!).

    (Hoy, en análogas familias, muchachos de parecida edad huyen de sus hogares para incorporarse al mundo hippy de las drogas, o a la “contestación” maoísta. No son mejores ni peores que aquéllos; la naturaleza humana no cambia: es el ambiente moral que los nutre y sostiene lo que ha cambiado. Aquel ambiente era hijo del catolicismo, del carlismo y de una vida familiar todavía arraigada. Éste se ha configurado por el socialismo, por la pseudo-fe progresista, y por el abandonismo de los más responsables).


    LOS NIÑOS DE ABÁRZUZA

    Aquella explosión de fe y de heroísmo respondía, sin duda, a una onda muy lejana. Sus raíces eran profundas en la tierra y en los corazones. Recuerdo cómo un venerable sacerdote, que murió no hace muchos años en la Casa Sacerdotal de Pamplona, me relataba el asalto de Estella por la columna del Marqués del Duero, al final de la segunda Guerra Carlista. Él lo había vivido de niño, creo que en Abárzuza. Ese asalto era, para el Gobierno de Madrid, el fin de la guerra. La expedición se preparó con todo lujo de efectivos, y se confió al más famoso de sus generales, el General Concha. La moral de la tropa era la de realizar un simple paseo militar. Proclamado Alfonso XII, y acosados los carlistas, Estella sólo podría rendirse. Pero, contra toda previsión, tras una aniquiladora preparación artillera, las oleadas de atacantes se vieron rechazadas a la bayoneta en las mismas trincheras carlistas. Los intentos se sucedían con gran mortandad y ningún éxito. El Marqués del Duero no podía ordenar la retirada porque se jugaba todo su prestigio y el de su ejército. ¡La más potente columna nunca organizada contra un puñado de hambrientos, faltos de munición! Un tiro que alcanzó mortalmente al ilustre militar resolvió la situación. Mucho se dijo de que el tiro había partido de las propias líneas liberales, con el fin de proporcionar a la columna el único pretexto válido para retirarse a Madrid, diezmada y sin cumplir su objetivo.

    Cuando los soldados carlistas salieron de las trincheras, se asombraron de cómo los niños de aquellos pueblos –uno de ellos había sido aquel anciano sacerdote– se abrazaban a sus piernas como tomándolos por sus propios padres. En realidad es que, tras horas de angustia, para aquellos niños volvían “los suyos” –toda una vida y una esperanza casi perdidas–, y ellos lo sentían ya en su sangre.

    Ya no volverían a reaparecer aquellos hombres, arma al hombro y plegaria en los labios, hasta ese julio de 1936, en momentos también de supremo dramatismo, como heraldos de una fe que nunca pereció ante el ataque exterior, ni perecerá tampoco ante el ataque interior de la perfidia o de la contaminación ambiental.

  2. #2
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 7.



    A MI ABUELO LO ASESINARON POR CARLISTA


    ¿Qué podría decir un joven de veinticinco años, en este 10 de Marzo, festividad de los Mártires de la Tradición?

    Dejadme recordar. Un paso atrás en esta mi corta vida.

    Colegio de religiosos, Instituto, profesores, clases de Historia de España, textos “aprobados por el Ministerio de Educación Nacional”.

    Universitario, Facultad… catedráticos. Diarios, revistas, televisión… películas… Perdonad, pero me parece que por aquí no va la cosa. Los Mártires de la Tradición no asoman por ninguna parte.

    Un momento. Me parece que voy cogiendo el hilo de mi otra vida. Ahora sí podré deciros algo.

    Tenía diez años. Mi abuela me enseñó un recordatorio, y dentro de él dos fotos. Una de un señor mayor, y la otra de un joven. Unas aspas rojas, y decía debajo: “fusilados por los comunistas el 23 de noviembre de 1936. Dios, Patria, Rey”. Mi abuela me dijo:

    – Éste es tu abuelo, y éste es tu tío, y murieron al grito de “¡Viva Cristo Rey!”.

    – ¿Por qué lo mataron?

    – Por carlistas. Tu abuelo le compró a José María una pistola para defender las iglesias en tiempo de la República. Tu tío, cuando era del A.E.T…

    Me entregó el recordatorio con toda solemnidad.

    Ahora, al cabo de quince años, más consciente de la realidad política española, me doy perfecta cuenta que la propiedad recibida, SANGRE DE MÁRTIRES POR ESPAÑA, ha sufrido muchos intentos de expropiación forzosa. Aquí no valen recursos administrativos. Esta propiedad, cuya única depositaria es el CARLISMO, legitima toda legalidad, y, por la misma razón, será ilegítimo, por muy legal que sea, todo aquello que atente contra el ESPÍRITU DE LOS MÁRTIRES. Y que no me vengan ahora con sandeces y con intenciones engañosas; el “por qué” y el “por quién” lucharon y derramaron su sangre nuestros Mártires Carlistas, verdadera legitimidad, está lo suficientemente claro, a pesar de los “conscientemente olvidadizos”. Y, entiéndase bien, olvidar solamente lo puede hacer el que “vio” o “vivió” o “participó”; y la consciencia, se entiende política, no se puede pedir con igual exigencia a un campesino que a un “catedrático” (es un ejemplo).

    Terminaré en seguida. Antes, voy a pedir una cosa: LIBERTAD.

    Libertad para que mis futuros hijos “puedan” ser carlistas. Libertad para que ellos aprendan carlismo sin “coacciones educativas” escolares y universitarias. Libertad para los del “bando de los Mártires”. Con el cuento de los “dos bandos”, muchos carlistas lloran la comunistización de sus hijos, y yo no tengo ganas de llorar.

    El título de carlista, y el título de ser descendiente directo de mártires, me parecen ser suficientes requisitos para pedir lo “poquito” que he pedido. ¿Les parece mucho pedir?



    José M. Artola Gastaca

  3. #3
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 7.



    Una página inmortal del heroísmo carlista

    CODO



    El oficial que recibiera la orden de defender su posición a toda costa, lo hará”.
    (Órdenes Generales para Oficiales)

    Ante Dios nunca serás héroe anónimo”.
    (Ordenanzas del Requeté).




    Verano de 1937; la ofensiva del Norte lleva una marcha inexorable hacia la derrota marxista. Los rojos quieren a toda costa colapsarla. En Julio, la ofensiva de Brunete, la ha paralizado momentáneamente, porque se han tenido que quitar tropas nacionales de aquel frente, entre ellas la “cuarta de Navarra”, para taponar la penetración roja. Los rojos diezman intensamente sus mejores tropas de choque, para conseguir un puñado de kilómetros cuadrados. Primero avanzaron, y luego tuvieron que retroceder. Han perdido unos hombres que ya no recuperarán, y material que pronto será reemplazado por otro. El oro lo puede casi todo. Pero insisten con otra operación de gran estilo, para ver de no perder totalmente las cuencas mineras y fabriles del Norte, que tiene por objeto Zaragoza. Eligen un sector de frente que, según los propios servicios de información rojos, “está mal guarnecido y con tropas de escasa calidad”. El primer escalón del avance es Belchite. Para llegar a él está prevista la previa ocupación de Codo.


    * * *


    Ciento ochenta hombres armados de fusiles y algunas armas automáticas (de origen francés, capturadas a los rojos) es todo lo que se dispone para la defensa de Codo y su sector. Militarmente, la situación se agrava porque las dos compañías del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrrat (entonces en formación), está constituida por tropa bisoña, sin foguear. Los bisoños son siempre una incógnita para el mando; su comportamiento en combate violento es imprevisible. Muchos de los requetés del Tercio catalán aún llevan en sus cuerpos las huellas de la tortura roja, y en sus almas el dolor por la separación de los seres queridos que han quedado allá… si es que aún viven.

    Por bisoños, se les ha asignado un sector tranquilo. El mando sólo sabe de ellos que son voluntarios, evadidos, requetés y católicos. Valor, se les supone.

    Los servicios de descubiertas, guardias, instrucciones en orden cerrado y abierto, se alternan con la asistencia y la ayuda a las funciones litúrgicas de la iglesia de Codo. No tienen mala voz los catalanes, y hasta han formado un coro. El órgano ha sido sustituido por un piano de alquiler, aunque malas lenguas dicen que la forma de alquiler adolece de algunos defectos de forma.


    SE INICIA LA OFENSIVA ROJA

    Los rojos, a pesar de los descalabros sufridos, siguen siendo, materialmente, los más fuertes. Con una masa de maniobra de ochenta mil hombres, apoyada por abundante número de carros y artillería, iniciarán la ofensiva de Belchite.

    Los rojos ocupan las bases de partida. Al amanecer, sin preparación artillera para que sea mayor la sorpresa, más de cincuenta mil hombres se lanzan a la toma de Codo. Cuestión de horas. El blindado que desde Belchite suministra a Codo, es sorprendido y destruido. Una descubierta de cuarenta falangistas, también es sorprendida y se repliega a Codo. Primer y único refuerzo del pueblo, que ya está sitiado. La desproporción en hombres y elementos de fuego no está prevista en ningún manual militar: uno contra treinta.

    Los cañones de las ametralladoras enrojecen de tanto disparar; las más se encasquillan o se inutilizan. El material de que dispone el Tercio, no es de la mejor calidad; la mayor parte procede de recuperación o botín. Los oficiales y suboficiales recorren las posiciones alentando a sus hombres. Las posiciones más avanzadas son arrasadas. De los escombros emergen algunos supervivientes que se repliegan para seguir luchando desde el relativo parapeto de una pared de adobe semiderruida o del de alguna paridera. El P. Carreras, el “pater” o “el mosén”, que es como gustan llamarle los catalanes, sin miedo ni reposo, conforta a los moribundos. El Cuerpo de Cristo llega a todos los sitiados. Una larga letanía de apellidos catalanes va incrementando el Martirologio de la Tradición. En un puesto de ametralladoras, mueren un requeté y sus dos hijos. El sargento Estivill, muere erguido y desafiante sobre la tapia del cementerio, y los falangistas, admirados de tanto valor, rinden el sencillo homenaje de cantar el Oriamendi, con voces viriles, roncas por la pólvora y la emoción.


    HEROISMO HASTA EL SACRIFICIO

    El alférez médico, sin otros medios que su ciencia y voluntad, atiende a los heridos que se hacinan en condiciones indescriptibles. Muchos, después de una primera cura (?), vuelven a la lucha aun sin poder. Las municiones se agotan y se aprovechará la noche para municionarse de la típica intendencia carlista: la del enemigo.

    Ya sólo queda un oficial con vida, el alférez médico, que, agotadas las municiones, como los pocos hombres que quedan en pie, ordena abrirse paso a la bayoneta, para replegarse al único sitio posible: Zaragoza. Aún caerán más requetés en esta salida. Sólo cuarenta y un requetés llegarán a su destino, después de una agotadora marcha de cincuenta kilómetros. Todos, en un alto ejemplo de valor y disciplina castrense, conservan sus armas. Entre todos, siete cartuchos.

    La lucha ha durado dos días. No ha durado más porque ya no quedaban municiones, pero ha durado lo suficiente para evitar que Belchite sucumba en el tiempo previsto por los rojos. Ya no les será posible llegar a Zaragoza. No tienen suerte los rojos con Zaragoza; siempre hay un puñado de requetés que malbaratan las cartas.

    En esta ocasión, el mando nacional ya no retirará fuerzas del frente del Norte. Se sacrificará la guarnición de Belchite, que, con su resistencia, acabará de frenar el ímpetu inicial del ataque rojo. Éstos ya no podrán pensar en la explotación del éxito, porque no ha habido ningún éxito.


    LA LAUREADA PARA EL TERCIO DE MONTSERRAT

    Por esta acción, el bisoño Tercio de Nuestra Señora de Montserrat ganó la Laureada, ¡en su primera acción de guerra! Por esta acción, sangre catalana iniciaba la reconquista de Montserrat. Los rojos pierden la última oportunidad de salvar el frente del Norte, piedra angular en el desarrollo de la Cruzada.

    Todo esto, ellos, los que cayeron en la lucha por Dios y por España, sencillos soldados de la Tradición, que no conocen otra táctica que la de la Fe, ni otra estrategia que la del rezo del Rosario por escuadras, ya lo supieron de labios de Cristo, cuando, al subir al Cielo sus almas, daban la novedad al Redentor:

    – Sin novedad en el Tercio, mi Señor. He muerto defendiendo la Fe que Tú me diste y que cultivaron mis padres.

    – No has muerto todavía, requeté. ¿Ves aquellos soldados que avanzan por las breñas del Cantábrico?. Porque tu fuiste fiel a Mi llamada, pueden seguir avanzando sin otra preocupación que el enemigo que tienen enfrente: tu labor, aún después de muerto, perdurará.

    – Señor, si Tú hubieses permitido que nosotros fuésemos más, hubiésemos hecho correr los rojos hasta el mar.

    – Siendo pocos, podrán ver los hombres de buena voluntad que es mi Padre, y sólo Él, el único Señor de los Ejércitos. No olvides lo que aprendiste de tus mayores. Sólo mi Padre da la victoria a los que defienden Mi Iglesia, aunque éstos sean pocos y los enemigos muchos. Sólo quiere que seáis leales; leales hasta la muerte.

    – A Tus órdenes, mi Señor.



    José A. Hernández
    Última edición por Martin Ant; 06/03/2019 a las 18:41

  4. #4
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 8.



    MEDITACIÓN DE UN JOVEN DE AYER

    Juan de Echavacoiz


    La Juventud Carlista de Pamplona celebraba en mis años mozos, con gran esplendor, la fiesta anual de su Patrona, la Inmaculada Concepción. Además de los actos de carácter religioso ante el altar de la Virgen del Camino, en la parroquia de San Saturnino, teníamos otros de afirmación de nuestros ideales, que se desarrollaban en medio del más grande entusiasmo.

    Recuerdo que una vez, uno de nuestros oradores era el entonces joven y batallador tribuno don Esteban Bilbao. En su disertación tuvo un canto vibrante y elocuente para nuestros veteranos, los que en la última Cruzada del siglo XIX habían luchado bravamente bajo las banderas de Don Carlos. Decía el orador:

    «Cuando veo pasar por esas calles un regimiento, miran mis ojos los colores vivos de la bandera de la Patria, y siento un amor instintivo hacia las más viejas, hacia las más acribilladas a balazos. Vosotros sois banderas vivientes, vuestras canas son rayos de luna que iluminan rostros de santo o de héroe. Veteranos, el Rey guarda en el salón de Loredán banderas; si se pudieran guardar vuestras canas, serían mucho más hermosas que aquellas banderas que ennobleció vuestra sangre».

    En la sala de butacas del Teatro Gayarre había gran número de veteranos carlistas que, emocionados, derramaban visibles lágrimas de emoción por las palabras de don Esteban Bilbao. Todos aquéllos se fueron ya a la Eternidad, y, en este día de los Mártires de la Tradición, no les pueden faltar nuestras oraciones.

    Pero hagamos un poco de historia. El 5 de noviembre de 1895, Carlos VII escribe al Marqués de Cerralbo:

    «Propongo que se instituya una fiesta nacional en honor de los mártires que, desde el principio del siglo XIX, han perecido, a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey, en los campos de batalla y en el destierro, en los calabozos y en los hospitales, y designo para celebrarlo el 10 de Marzo de cada año, día en que se conmemora la muerte de mi abuelo Carlos V. Nadie mejor que aquel antepasado mío personifica la lucha gigantesca sostenida contra la Revolución por la verdadera España durante nuestro siglo».

    Y así quedó instituida la Fiesta de los Mártires de la Tradición. Pero esta fiesta, además de su carácter eminentemente religioso, tiene un significado de fuerte patriotismo. Por eso, al año de ser fundada, añadirá:

    «Que la conmemoración de nuestros mártires no se limite a satisfacer una necesidad del corazón y una deuda de gratitud».

    Y en esa misma línea ha de insistir, más tarde, a Barrio y Mier:

    «Recomienda, pues, a los nuestros que, sin pompa dispendiosa ni gastos superfluos, antes bien, con la antigua y característica austeridad española, conmemoren este día, reuniéndose, sobre todo, al pie de los altares, y en los cementerios donde reposan las cenizas de nuestros mártires, y que no son Mansiones de muerte sino recintos de vida y foco de esperanzas legítimas».

    En la mente de Carlos VII, la fiesta de los Mártires de la Tradición, sobre su doble raíz religiosa y patriótica, luce un penacho de optimismo. Al año de fundarla, días después de lanzar su Testamento Político, concreta:

    «Descubríos con admiración ante los mártires carlistas. En los rigores del durísimo invierno, dieron a la tierra española, con su sangre, la semilla que nuestra primavera verá florecer gallarda».

    Fue en Zumárraga, a principios del siglo, y en «la mayor concentración política hasta entonces vista en España, a la que acudieron más de 25.000 personas», como asegura Román Oyarzun en su «Historia del Carlismo» [1]. Veinticinco o treinta años antes de que la lista de los Mártires de la Tradición aumentara torrencialmente con la persecución de la República y en los días de la Cruzada, Mella dijo:

    «Hemos de triunfar, y no solamente por la virtualidad de la verdad que defendemos, sino por el mérito que tenemos en servirla a costa de sacrificios innumerables. Si Dios lo premia todo, ¿cómo ha de olvidar a este pueblo carlista que le ofrece el ánfora hermosa de sus trabajos por Él, ánfora llena de sus lágrimas, de su sangre, que tres generaciones han derramado, y que la levanta como un cáliz purísimo ante Dios, diciendo: “Señor, en los días funestos en que todos te escarnecían, en que tenías sed y nadie aplicaba a tu boca ni una gota de consuelo, el pueblo carlista te proclamó, te dio su sangre y su vida, y te fue fiel hasta el martirio; y cuando te negaban los sectarios del paganismo, no te quedabas en el Calvario sólo con las mujeres, sino que te acompañaba en tu agonía este ejército de cruzados”».

    ¡Con qué emoción leería Don Carlos, en su Palacio de Loredán, la reseña del discurso de Mella! Tengo para mí por seguro que recordó su «¡Volveré!» de treinta años atrás, en el Puente de Arnegui. ¿Y por qué no, también, el principal motivo por el que instituyese la fiesta de los Mártires de la Tradición de este 10 de Marzo?




    [1]
    Nota mía. La magna concentración de Zumárraga tuvo lugar el 25 de Julio de 1908.

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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 8.



    LA TRADICIÓN, VIDA Y BANDERA DE UN PUEBLO INCLAUDICABLE

    Por J. Campos


    TRADICIÓN Y MARTIRIO

    Suena en los oídos y sentimientos de la Comunión Tradicionalista, como algo propio y familiar, la efemérides anual de los “Mártires de la Tradición”. Es, como pensó Don Carlos al instituirla, una conmemoración, de homenaje, de oración y de ejemplaridad. Pero los dos términos que la integran, Tradición y martirio, son algo más, mucho más que un mero recuerdo de los que murieron, y que una plegaria por ellos. Suponen y condensan un modo de ser al servicio de un ideario, noble y sustancial en la vida e historia de una nación, de España. Mas los espíritus rectos y conscientes, el que piensa y siente que es cada uno un anillo responsable en la cadena que enlaza el pasado con el futuro, no puede menos de preguntarse la razón y el fin, el por qué y para qué de esa Tradición, a la que esos mártires ofrendaron su sacrificio, oculto o despreciado para muchos, brillante y meritorio ante Dios y ante la humanidad, purificada por las luces de la resurrección universal.


    HÉROES DE LA VIDA CRISTIANA

    Cuando la Santa Madre Iglesia nos recuerda a lo largo del año litúrgico en el Santoral o Martirologio la vida y muerte de los héroes de la vida cristiana, de los Santos, nos pone delante, a la vez que el ideal y herencia de la Fe, a la que sirvieron, el modo de ser, hasta el sacrificio, con que testimoniaron y nos transmitieron esa sagrada herencia recibida de Jesucristo.

    Indudablemente que esos dos modos de ser, heroísmo y santidad al servicio de un ideal y de una herencia, recibidos como un don, están hoy subestimados por debajo de los bienes tangibles y utilitarios, del dinero, de la cultura, del progreso humano, como bien exponía Nicolás Arilla en su artículo del 24 de febrero en EL PENSAMIENTO NAVARRO. Estos menguados resortes parecen ser los únicos sentimientos que arrancan vibraciones y notas al pobre corazón humano, que respira hoy la atmósfera de hedonismo y practicismo en que se hunden los espíritus rebajados y mutilados del día.


    ¿PARA QUÉ?

    ¿Para qué –se dicen los prosélitos del liberalismo y del capitalismo– tal derroche de vida, de esfuerzo y de tiempo, que es de goces presentes, si apenas habla nadie del pecado y de la gracia santificante, que no nos van a resolver la felicidad terrestre, ni nos van a traer el paraíso que, en cambio, nos lo proporciona el poderoso caballero, don dinero?

    ¿Para qué pensar, ni hablar, de la luz de la Fe, que ilumina nuestro corto entendimiento, ni del ardor de la caridad sobrenatural, que nos une a la voluntad santísima de Dios –se cuestionan los pseudosabios secularistas– si todos los problemas del espíritu, de su origen y de su fin, nos lo explica la ciencia y la cultura, nuevos y deslumbrantes mitos, que pueden llegar más allá de los confines del universo y descubrir las leyes de la evolución, del hombre y de la materia, para desacralizar los “mitos” del cristianismo?

    ¿Para qué pensar, ni hablar –se preguntan los progresistas actuales, herederos directos de la gran herejía del modernismo– de santidad, ni de doctrina perenne e inmutable, ni de Tradición subsistente e imperecedera, ni de teología dogmática, si la humanidad está en continuo cambio y desarrollo, y el progreso indefinido le traerá la plena ilustración de todo, al final de la evolución, con la escatología terrena y la libertad omnímoda?


    INFIELES A SU MISIÓN

    ¿Para qué –se preguntan los clérigos y religiosos sofisticados y sofisticantes, desalienados de toda preocupación y traba, es decir, traidores a su Fe, a sus promesas, a su misión– para qué hablar ni pensar en antiguallas, como la piedad, la mortificación, el rosario, la moralidad púbica de las buenas costumbres, si hoy sólo cuenta y se cotiza el desarrollo social, el irenismo a ultranza, el ecumenismo difuso y descreído, el pluralismo aconfesional, la nueva cristiandad del humanismo integral; si todo esto es lo que predican y difunden muchos jerarcas de la Iglesia (infieles a su misión) antes que la doctrina de la Fe; antes que el orden político cristiano y confesional de las naciones católicas; antes que la defensa del depósito sagrado e intangible, a ellos encomendado, posponiendo la fe y las costumbres de los fieles, a un quimérico y falaz mesianismo social y económico, de inspiración determinista y marxista?

    ¿Significa algo hoy, ante esos omnipotentes ídolos, todo ese complejo de vinculaciones y contenidos que llamamos Tradición? Un profeta de Dios vio en visión una estatua colosal, que parecía inmoble e indestructible, pero una pequeña piedra desprendida del monte dio en sus pies y la derribó. Y un historiador inspirado de la Iglesia, llamado Lucas, narra cómo unos pocos hombres, apóstoles de Jesucristo, se enfrentaron y vencieron a los poderosos mitos de aberraciones y a los ídolos de todas las concupiscencias, que reinaban en su mundo, mediante la doctrina de Jesucristo y el martirio por Él. Los Mártires de la Tradición algo de esto significan también.


    LA PERENNE LUCHA: TRADICIÓN-REVOLUCIÓN

    La lucha, perenne e ininterrumpida en la Historia, desde la primera caída hasta la última apostasía del mundo, entablada entre el bien y el mal, está planteada en nuestros días entre la Revolución y la Tradición.

    Ya sabemos lo que es la Revolución en su sentido esencial y en su valor histórico, a partir, sobre todo, desde la subversión protestante, y la del Derecho Nuevo de 1789, como se expuso en un artículo anterior. En pocas palabras, la Revolución es anti-ser, la negación de la ley natural, de la ley social, de la ley sobrenatural, que es la voluntad y la ley eterna de Dios. Por consecuencia, es destructora de lo que constituye el ser y fundamento de la sociedad, sin edificar por su parte, y, cuando lo pretende, se niega a sí misma, porque entonces quiere hacer tradición y transmisión de lo que innova e instaura, después de destruir lo que ha recibido.

    En el polo opuesto está su antítesis, la Tradición, cuya nota esencial es algo vivo, moral y social, que sigue la ley natural, social y sobrenatural, si es sociedad cristiana. Es, por tanto, constructiva y transmisora de lo que recibe y de lo que acumula. Implica, por lo mismo, movimiento y avance, no fosilización, y el primer progreso del hombre fue el primer anillo de la Tradición. Lo que no debe cambiar es su núcleo sustancial, que es lo transmitido perennemente: creencias, sentimientos, instituciones, vinculaciones de un pueblo creado por la historia secular, y por la Providencia de Dios que la gobierna.


    LA HERENCIA ESPIRITUAL

    Como no puede negarse la herencia fisiológica, que se acusa en los rasgos físicos de las razas, no es menos verdadera la herencia espiritual y social, que se hace visible y activa en las instituciones concretas de las sociedades intermedias. Ese núcleo y contenido, que hemos señalado, caracterizado y definido por las costumbres, por los cuerpos sociales primarios, por la lengua, configurado por influencias seculares, arraigado por leyes humanas y religiosas de instituciones naturales, continuado por la herencia familiar; todo eso es el legado espiritual y moral de la Tradición de un pueblo, que le da conciencia y permanencia de su ser propio y personal.

    La herencia de la Tradición, en la que se plasma el lazo social innato, es el progreso hereditario y social. Con el paso del tiempo en la historia de cada pueblo, esa Tradición se perfecciona y madura, no se destruye.

    Todo lo que pretenda disolverla o demolerla con ideas aberrantes y antinaturales o antisociales, o con hechos violentos, no es reforma, ni renovación, sino rebelión y revolución. Precisamente la reforma auténtica es una prueba y manifestación de la vida y vigor de la Tradición, que se quiere restaurar, despojándola de sus desviaciones y excrecencias, ajenas a su naturaleza, como el podador corta ramas y brotes inútiles o parásitos, para robustecer el tallo y tronco representativo del árbol vigoroso y fecundo. El reformador es el más leal al orden y principios de esa Tradición, a la que consagra los mayores sacrificios.


    El CARLISMO: PROTESTA ARMADA CONTRA LA REVOLUCIÓN

    Cuando Carlos V rehusó en 1 de octubre de 1833 reconocer como soberana de España a Isabel, no hizo más que mantener la Tradición institucional de la Monarquía española. Cuando Carlos VII entró en España en julio de 1873 para levantar, como soberano legítimo, la protesta armada contra la Revolución, desencadenada por la República, no hizo más que defender la Tradición de la Monarquía y las tradiciones religiosas y sociales, destruidas por descreídos y extranjerizantes progresistas.

    La Tradición no es la Historia como hoy la concibe el progresismo, como una corriente incontenible, que, en su aceleración vertiginosa, todo lo cambia y lo crea, como una necesidad fatalista. Así se convierte en la justificación, por la necesidad histórica, de todo hecho consumado, como el tópico de la experiencia del positivismo fenoménico trata de cohonestar todo cambio violento contra lo permanente y acreditado de la Tradición.

    Ésta es tan natural a la condición social del hombre, que Jesucristo, Divino Fundador de la Iglesia, la hizo ley sobrenatural y constitutiva de ésta. Sin la Tradición sagrada y apostólica no se explican muchas doctrinas, prácticas litúrgicas y sacramentales, e instituciones de la Iglesia.


    EL TESTAMENTO POLÍTICO DE CARLOS VII

    Por decirlo en pocas palabras, la Tradición, tal como la concibe la Comunión Tradicionalista, es una síntesis lúcida y armoniosa de los principios, libertades, instituciones y aplicaciones sociales, que han constituido el ser y esencia de las Españas, formulada y condensada en el triple lema, Dios, Patria, Rey, en toda su integridad; tal como se contiene en el Testamento Político de Carlos VII, y en el Manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de enero de 1932, y en sus documentos de 23 de enero y de 10 de marzo de 1936; tal como lo ha reproducido, junto a la tumba de los mártires de la lealtad fusilados en Estella, el Parlamento General de las Juntas Carlistas de Defensa, en octubre de 1970 [1].

    Los que en esta fiesta son objeto de nuestro recuerdo y plegaria, hicieron ley y norma de su vida y sacrificio la fidelidad a esa Tradición. Si los mártires que venera la Santa Iglesia fueron testigos vivos de la Fe y Verdad de Jesucristo, dando el mayor testimonio que puede darse por ellas, el de la vida y la sangre, estos mártires fueron testigos de una fe religiosa-política, que confirmaron valerosamente con su abnegación.


    ANTÍTESIS TRADICIÓN-EUROPEÍSMO

    Claudicar, mutilar o adulterar el contenido de la Tradición, o renunciar a ella en aras de una europeización o de un aprecio de la Europa democrática, es despreciar los valores perennes que puede ofrecer España.

    – Benditos los Reyes y Príncipes que sufrieron persecución, destierro y despojo de derechos y bienes por la Tradición.

    – Benditos los héroes y caídos en las tres guerras civiles del siglo XIX por su adhesión a su Fe y a la Tradición.

    – Benditos los inmolados en las luchas callejeras contra la Revolución, enemiga natural de la Tradición.

    – Benditos los mártires anónimos, los del sacrificio moral, que sacrificaron honores, bienes, aspiraciones, por su lealtad a la Tradición.

    – Benditos los que cayeron en la Cruzada de 1936 por defender los principios fundamentales de la España tradicional.

    – Benditos los que, despreciados y olvidados, hacen frente a la Revolución del progresismo religioso y político, cáncer de la Tradición.

    – Benditos los que lucharon y luchan contra la traición y claudicación internas, que corroen la pureza de la Tradición.

    – Bendito el pueblo y nación que hace vida y bandera de la Santa Tradición.

    Y es palabra imperecedera de la Verdad:

    “Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.





    [1] Nota mía. Tras salirse Francisco Elías de Tejada en 1962 de la disciplina oficial de la Comunión, surgieron en ese mismo año y en el siguiente las llamadas Juntas Carlistas de Defensa, que estaban coordinadas por un estrecho colaborador de Elías de Tejada: Joaquín García de la Concha.

    Los días 11 y 12 de Octubre de 1970 celebraron una reunión en Estella con los jefes representativos del sivattismo. Según el historiador Francisco Javier Caspistegui (El naufragio de las ortodoxias, EUNSA, 1997), desde entonces dejaron de existir estas Juntas, integrándose en la formación política de Mauricio de Sivatte.

    En esa reunión se aprobó una Declaración de Principios, que es a la que se refiere el articulista.

  6. #6
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 9.



    MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN: HÉROES ANÓNIMOS


    Vistos, a tantos años, los hombres que pasaron por las pruebas de fidelidad a unos principios heredados y acrecentados con una vida ejemplar, toman su forma y se destacan con sus relieves peculiares a nuestra consideración.

    Muchas veces pensamos que parece mentira… ¡qué hechos tuvieron que vivir, y cómo respondieron con su conducta! ¡Qué preponderancia tan enorme adquieren sus actos, analizados a la luz de nuestro conocimiento actual!

    Lucharon denodadamente por sus ideales; vivieron con su conducta intachable, respondiendo a las insidias y dobleces; prefirieron perder su hacienda y sus vidas antes que rendir pleitesía y acatamiento a formas extrañas y denigrantes del honor.

    Según quien enfoca la historia, y según sus gustos y prejuicios, pone a los seres su baldón; por eso, los hechos históricos debieran estudiarse a través de versiones variadas e imparciales, y sopesar las causas que han seguido a los hechos acaecidos y relevantes de nuestra historia.

    Algunas personas, irreverentes, trocean la historia, y una misma causa, según un tiempo determinado, es diferente en su esencia. Para éstos, el mismo valor tiene el error que la verdad; sólo les importa lo que queda triunfante: lo aplauden, lo visten, lo glorifican, y se alzan en servidores y aduladores que presentan las cosas al agrado del que está por encima de ellos; protestan lealtad mientras les da la cuerda de sus puestos de privilegio; removidos de su función, protestan desacuerdos pretéritos.


    HÉROES SIN CLAUDICACIONES

    Por eso, al paso del tiempo, se agigantan esos héroes, para muchos anónimos, que no supieron de dobleces y sí de entrega; que no entró en ellos el cálculo de los beneficios y rentas; que privaba en ellos la esperanza en un mañana mejor para todos, aunque ellos dieran su juventud y su vida; contentos por el servicio prestado, quedaban satisfechos cuando les llegó la hora de morir por diferentes caminos: en los frentes, en las cárceles, en el exilio.

    Desde aquí os honramos, porque vuestro esfuerzo no será baldío: los mártires engendran héroes; los héroes, hijos agradecidos; y siempre habrá gentes que reconozcan vuestro sacrificio y lo pongan en práctica, llenos de vuestro mismo ideal y espíritu cristiano.

    Luchasteis en vuestro tiempo por la civilización cristiana (hoy tan mediatizada y perseguida); por vuestro ideal carlista, que nunca os faltó; así ganasteis la gloria por merecimientos propios, limpiamente, y el honor que os reconocemos como beneficiarios que somos de vuestros méritos.


    «GLORIA Y HONOR A LOS MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN CARLISTA»

    A los héroes carlistas
    henchidos de santa Fe
    como el cantar de la jota
    a los héroes carlistas
    tenemos en la memoria
    y su esfuerzo consumado
    por su Dios y por su Rey
    no se verá defraudado
    por los que admiran su ley
    honor y honra nos legaron
    en testamento de amor
    para luchar con denuedo
    si llega un nuevo baldón.






    GONZALO LÓPEZ

    (Villafranca)

  7. #7
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 9.



    EN EL DÍA DE NUESTROS MÁRTIRES

    Por F. de Santodomingo


    El viejo refrán popular dice: «El muerto al hoyo, y el vivo al bollo». Pero el pueblo carlista no dice eso, sino esto otro: «El mártir muerto nos exige responsabilidad; y el mártir superviviente, la exige a todos».

    El recuerdo de nuestros Mártires, me trae ahora a la memoria este episodio de la vida real, que yo he vivido en un pueblo de Castilla.

    Era médico, en el pueblo abulense llamado Adanero, un gran amigo que después prestó sus servicios en la Dirección General de Sanidad.

    Estábamos comiendo en su casa de Adanero, cuando sentimos fuertes bocinazos junto a la casa; y, asomándonos al balcón, vimos llegar a un acreditado abogado de Madrid. Era muy amigo éste, de mi amigo el médico.

    Juntos los tres, degustamos un buen café, y, charlando, dimos un paseo por un camino a cuyo borde está sito el Cementerio pueblerino.

    Mirando todos nosotros hacia su interior, el Abogado madrileño dijo a mi amigo el médico: «Oye tú: cuando pasas por aquí y contemplas estos mausoleos, ¿no te remuerde la conciencia, al pensar en que, algunos de los aquí enterrados, pudieron haber seguido viviendo aún; y fallecieron, acaso, por tus errores profesionales…?». Y el médico le replicó: «Acaso tengas algo de razón; pero considero que alguno de esos que murieron, dejaron de sufrir para siempre; en tanto que, acaso tú, como abogado, les has arruinado en algún pleito judicial en que interviniste, y, después de arruinarles, siguen viviendo sufriendo él y su familia, por tu comportamiento profesional». No se me ha olvidado aún este episodio.


    LOS OTROS MÁRTIRES

    El Carlismo tuvo, durante más de un siglo, muchos Mártires; unos que ya murieron; y otros que seguimos viviendo y sufriendo los errores de los dirigentes, y los propios también. Pensemos filosóficamente hoy.

    Nuestros Reyes carlistas, y nuestros Príncipes abanderados, han tenido grandes virtudes, indudablemente; pero también han cometido graves errores, por los que, acaso, Dios no ha consentido llevarles al Trono de San Fernando. Y no culpo exclusivamente a ellos; sino a los aduladores cortesanos, que saben, «con cara de sonrisa como la mona» –que diría Larra–, desviarles hacia errores funestos. Citemos un ejemplar recuerdo histórico.

    Unos aduladores cortesanos lograron que nuestro REY DON CARLOS V concediera amplios poderes al General Maroto, y éste hizo fusilar en Estella a aquellos leales Generales, llamados GARCÍA; SANZ; GUERGUÉ; CARMONA; y al intendente URIZ, el 18 de febrero de 1839 –según nos recordaba hace días el admirado, querido y leal don Francisco López-Sanz, ex-director de este Diario–.

    Muchos ejemplos podría recordar; pero…


    «EL NEOCARLISMO» Y LOS «COMANDOS OPERATIVOS»

    Considero que no sólo los que murieron por la Santa Causa merecen el calificativo de MÁRTIRES de la Tradición; que también somos MÁRTIRES los que seguimos viviendo, con hondo dolor; y, sacrificando nuestras haciendas, vemos la inutilidad de nuestros esfuerzos y lealtades, porque, los que hoy privan en los puestos de mando de la Comunión –salvo contadísimas excepciones– son arribistas de última hora, que dicen AMÉN a cualquier propuesta desvirtuadora y claudicante respecto a la doctrina tradicional, para aparecer ante la opinión pública como «PROGRESISTAS CONTESTATARIOS» (porque es la moda marxistoide), para imponernos una NUEVA LÍNEA POLÍTICA DEL CARLISMO. En esta nueva línea política, se ha comenzado por hacer desaparecer el glorioso e histórico REQUETÉ, sustituyéndolo por el modelo marxista de los «COMANDOS OPERATIVOS», y despreciando hasta el clásico nombre de «Guerrillas», que, en las históricas guerras carlistas, tanta gloria dieron bajo el mando de nuestros Generales.


    NUEVOS TÉRMINOS: PARTIDO, COMANDOS, CONTACTOS…

    Si el Carlismo de la nueva Línea ha de tener por esencia el olvido, y hasta el desprecio, de nuestra historia de más de un siglo; cuando se dice en CURSILLOS y SEMINARIOS, dirigidos y aleccionados los jóvenes por personas que saben muy poco de lo que es deber ser el Carlismo –imbuidas por lecturas de políticos extranjeros, que nada saben de nuestra idiosincrasia y de nuestros problemas prácticos nacionales–; cuando, al tratar de la «Postura actual del Carlismo», se quieren dar normas sobre nuestra «ACTITUD ANTE LA REPRESIÓN DEL RÉGIMEN (actual español) CONTRA OTROS GRUPOS POLÍTICOS», para añadir que «las principales misiones de nuestros equipos serán (entre otras) los CONTACTOS CON ESTOS GRUPOS…», los verdaderos carlistas tenemos que decir que NOS PARECE UNA FARSA política –dicho con todos los respetos– crear, hace pocos años, el CONSEJO REAL [1], para ser oído el Pueblo Carlista (el cual no ha sido oído para imponer una NUEVA LÍNEA POLÍTICA), y ahora CREAR UN CONGRESO DEL PUEBLO CARLISTA, ignorando las masas (así llamadas) del Pueblo Carlista quiénes forman parte de ese PRIMER CONGRESO, que se reunió en Arbonne (Francia), el siete de diciembre de 1970; ignorando esos dirigentes que el PRIMER CONGRESO CARLISTA se reunió en el Monasterio del Valle de los Caídos en febrero de 1966; y yo conservo una de las lujosas carpetas que allí nos dieron a los convocados por el Rey, en la que, con letras doradas impresas en el Skay, lo definen así. Es decir, que todo lo vemos como en «teje y desteje»; unos dirigentes actuales, improvisados y bisoños, que ignoran la historia antigua y moderna del Carlismo, y que de carlistas sólo tienen el «mote» que alguien les da, en lugar de llamarles «comparsas».

    Lo cierto es que están desintegrando el Carlismo; que a la Comunión Tradicionalista la quieren llamar «PARTIDO CARLISTA»; y que hoy hay que pedir a Dios, no sólo por los MÁRTIRES MUERTOS, sino también por los MÁRTIRES SUPERVIVIENTES, y por nuestra Dinastía.

    Hagámoslo así.




    [1] Nota mía. El Consejo Real fue creado por Real Decreto de Don Javier, de fecha 8 de Diciembre de 1967. Raimundo de Miguel fue nombrado Presidente del mismo el 1 de Enero de 1968. A raíz del Congreso de Arbonne, y de la Declaración de D. Javier del 6 de Diciembre de 1970, Raimundo de Miguel presentó su dimisión.

  8. #8
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 9.



    EL VETERANO

    Por Dolores Baleztena


    “Recordar es volver a vivir”, y esta acertada frase tiene especial veracidad en determinadas fechas del año, tales como aniversarios, santos, fiestas, etc. Una de ellas, es la que hoy celebramos: la fiesta de los Mártires de la Tradición, instituida por el Rey Carlos VII. En ella quiso honrar a quienes fueron sus bravos voluntarios y compañeros de armas, y cayeron en el campo del honor defendiendo la bandera de Dios, Patria, Fueros, Rey.

    Recordando aquellos tiempos en los que nos reuníamos los carlistas el 10 de Marzo en la Misa de San Saturnino: margaritas, chiquillos, muchachos jóvenes, hombres maduros, no faltando nunca, entre aquella concurrencia, la noble figura del Veterano.

    En su cara, surcada de arrugas, brillaban los ojos con destellos de juvenil entusiasmo, y su cuerpo encorvado pretendía presentar un plante de arrogancia. Sobre su zamarra lucía la medalla de Montejurra, y una boina roja desteñida cubría su venerable cabeza. Todos pasaban ante él estrechando su mano, con la fe con que se pasa ante la reliquia de un santo: estudiando virtudes, pidiendo gracias, recordando ejemplos…

    El materialismo imperante del día dirá, escéptico, que aquello ya pasó; que corrientes modernas empujan al hombre a descubrir nuevos horizontes; y hablarán del nivel de vida, de estructuraciones, mercado común, de sociedad de consumos… y de muchas cosas más. Negar la necesidad de todo ello sería ponerse de espaldas a la realidad del momento. Pero suprimir radicalmente un pasado, y empezar de cero, será aceptable para quienes tienen a cero el pasado, la historia, las ideas y sentimientos religiosos y políticos.

    La naturaleza que Dios creó para el sustento y recreo del hombre, y de la que le nombró rey, nos da continuamente un ejemplo sobre la renovación y desarrollo. Pero la tierra, aunque es siempre firme, brinda a las plantas, árboles y frutos un jugo especial para su cultivo, según el clima que le es necesario.

    La naturaleza es sabia, y no se rebela nunca contra su Creador. Admite nuevas plantas, que son esquejes de las que antes sustentó. Recibe injertos, pero de otros árboles que en ella se enraizaron. Mas el ejemplo maravilloso de continuidad nos lo da el roble, símbolo de fortaleza.

    Sus hojas, con diferencias de los demás árboles, no son arrebatadas por los vendavales del otoño, no; resisten a ellos sujetas a las ramas, aun después de muertas. Y sólo cuando la nueva savia las empuja, se desprenden de ella. Pero esa hoja, aun muerta, al caer a la tierra, allí se incrusta, y abona las raíces del árbol del que un día recibió la vida.

    La tierra no empieza nunca a cero. Se desarrolla, se renueva en su propio ser. No le cae precisamente el apelativo de evolución. Esta palabra, respecto al hombre, está bastante desacreditada.

    ¿No dice Darwin que el hombre, por evolución, desciende del mono? Más de una vez estamos tentados a dar crédito a esta afirmación, al ver al ser racional recibir, de su presunto antecesor, el empeño de imitar y copiar. Copias en modas, maneras, lenguaje; copias en desvíos religiosos, dogmáticos, etc.

    De todas estas modas, es la moda en el vestir de la mujer, la más inofensiva: maxis o minis no alteran la paz del mundo, aunque en el orden moral (si es que existe todavía) ya es otra cosa. Pero ese orden no saca a los grises a las calles, ni hace que los tanques rueden por ellas. No se puede decir lo mismo de la moda de las ideas, que empiezan por revoluciones y acaban en guerras sangrientas.

    Aquel Veterano a quien veneramos el 10 de Marzo en la puerta de San Saturnino, no ha perdido actualidad. Bajo la tierra que piadosamente le cubre, sigue proyectando el brillo de las virtudes de la raza, y, como la hoja muerta del roble, sigue fecundizando la raíz del árbol.

    Nos habla de Tradición, de esa tradición que no es un pasado vetusto, inmóvil, carcomido, que nos empeñamos en prolongar indefinidamente. No, la tradición es esencia de raza, savia de vida que extraemos del pasado para vivificar el porvenir. Eslabones de recia cadena, que alzamos en nuestras manos para aprender en ellos ejemplos que nos enseñan, esperanzas que nos alientan, métodos para aplicarlos a las necesidades de los tiempos. Aurora y crepúsculo de un día radiante; ayer y mañana de una vida fértil; pasado y futuro de un pueblo grande.

    Eso fuiste tú, VETERANO, héroe anónimo que terminaste tus días en un asilo de caridad; “constante hasta la tenacidad, heroico hasta el martirio”. ¡Quiera Dios que tu savia siga fecundizando la tierra!

  9. #9
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 10.



    AL HERMANO PEDRO SE LE SALTARON LAS LÁGRIMAS…


    Corría el año 1944. La influencia del Frente de Juventudes imponía a los colegios de segunda enseñanza un determinado número de ejercicios de redacción cuyo tema fuera patriótico. A eso se debió el que aquella semana nos “tocase” un trabajo, cuyo título fue “Los Mártires de la Tradición”.

    El Hermano Pedro era un religioso entrado en años. Explicaba literatura y latín. Era un tanto rudo de formas, y gruñón de carácter. Por su edad, había conocido otro tipo de disciplina, y no se avenía a las costumbres nuestras.

    Como profesor de literatura, era él quien nos marcaba el tema de las redacciones. Tenía por costumbre darnos unas ideas para que las desarrollásemos después. Aquel día nos habló de los Mártires de la Tradición.

    Jamás le habíamos oído hacer una manifestación política. Y eso que en aquella época las filias y fobias de la guerra mundial daban lugar a que los profesores expresasen sus simpatías por uno u otro bando. El Hermano Pedro, ni eso. Una vez nos puso en guardia, y nos dijo que no confundiéramos el patriotismo con la patriotería. Nada más. Pero aquel día…

    Aquel día comenzó hablando de los que murieron por la Religión y la Patria. Hizo alusión a algunas figuras gloriosas del Carlismo. Se refirió a los hijos del pueblo, anónimos ante los hombres. Mencionó a los “abuelitos” que habían participado en las batallas de la tercera Cruzada carlista, y aún recordaba a los compañeros que, peleando junto a ellos, habían sucumbido. Entonces al Hermano Pedro se le saltaron las lágrimas. ¿Qué secreto se encerraba en aquel hombre brusco, a quien creíamos incapaz de sentimientos delicados? Nunca lo supimos. Terminó su explicación cuando, con voz velada, dijo: “y desde entonces, los carlistas no han dejado, bajo ninguna circunstancia, de recordar a los Mártires de la Tradición y de pedir por sus almas”.


    * * *


    Este año queremos dedicar un recuerdo especial a los mártires que no derramaron sangre. Se puede dar la vida por una Causa de una vez, o poco a poco. Los que mueren en combate, o de resultas de las heridas, son los primeros. Los otros también merecen nuestro recuerdo y oraciones, pues ésta fue la voluntad de Carlos VII al instituir la fiesta.


    RECORDEMOS…

    Recordemos, en primer lugar, a la Familia Real Proscrita. Todo lo dieron por la Causa; hasta su felicidad personal.

    Recordemos a los cientos de miles de carlistas a quienes la simple confesión de sus ideales les cerró las puertas del éxito y la prosperidad.

    Recordemos a nuestros pundonorosos militares que, después de jugarse la vida en el combate, prefirieron el destierro y la pobreza, o ambas cosas a la vez, antes de reconocer a la usurpación triunfante. Junto a Radica, Francesch y Galcerán, que figuran en el himno, deberían estar Lizarraga, Arévalo y Lerga. Arévalo murió en París, en un hospital, atendido por Doña Margarita; Lizarraga, acogido por caridad en un convento de Roma; y Lerga, en San Martín de Unx, recogido por caridad por el párroco don Clemente Gorri, después de haber trabajo de peón caminero.

    Recordemos a los que, a causa de su mutilación, arrastraron dignamente y con orgullo la consiguiente miseria, durante años y años.

    Recordemos a las familias campesinas que, durante décadas, hubieron de pelear para pagar las deudas que les había obligado a contraer la rapiña liberal.

    Recordemos a los obreros que, por no sindicarse en grupos anticristianos, perdieron su trabajo y medio de vida.

    Recordemos a los que rechazaron las insinuaciones del enemigo, que, “a cambio de prebendas” y “enchufes”, quería comprarles la Fe.

    “Imitemos su santo heroísmo”. Sí, heroísmo, pues no merece otro nombre la lealtad mantenida durante tiempo y tiempo, en tan adversas circunstancias.

    Y, ante su tumba, juremos imitarles. Convenzámonos que supieron elegir la mejor parte. Y, si luchamos como ellos, como ellos venceremos. Que, al fin y al cabo, a los mártires se les representa con la palma de la Victoria.



    IGNACIO DE ORDUÑA

  10. #10
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 10.



    MI RECUERDO EN LA FIESTA DE LOS MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN

    Por Joaquín Vitrián, Pbro.


    Fue el gran Rey Carlos VII, prototipo de caballeros cristianos, quien estableció a perpetuidad esta conmemoración entrañable, que tanto ha calado en la gran familia carlista. Siempre se ha honrado el verdadero Carlismo con su glorioso Martirologio.

    Pero honrar a los Mártires no ha de ser sólo enaltecer su memoria con bellas palabras; es, por encima de todo, aprender y poner en práctica la lección de ejemplaridad que nos legaron con su entrega al servicio de los grandes ideales de España. Los Carlistas deben ser siempre consecuentes con el ejemplo de sus Mártires. Frente a los que tratan de avanzar retrocediendo, es decir, volviendo la espalda al futuro, los hombres de la Tradición afirman que no hay otro camino posible de adelantar por el camino de la Historia que el de la consecuencia. El futuro de la Patria ha de ser condicionado por el sacrificio de nuestros héroes. Es preciso consolidar el triunfo de la Cruzada, para que la Patria no vuelva a estar en peligro. Hay que dar a España y al mundo entero testimonio de la más robusta vitalidad de la Causa, sostenida por tan leales y aguerridas multitudes. No podemos prescindir de la sangre de nuestros muertos. En esta hora crucial, en esta hora que puede ser dramática para el porvenir de la Patria, es necesario recordarlo una vez más. “El 18 de Julio de 1936” es algo más que un episodio glorioso y sangriento en la vida de la Patria; es algo más, con ser mucho, que la cifra y compendio de heroísmo y abnegación. Es un hecho irreversible que no puede explicarse sin unas raíces en el pasado; ni tampoco tendría razón de ser si se le pudiese relegar al olvido. Es, ante todo, una página grandiosa de lealtad a Dios y a España que no debe desvirtuarse. No se debe jugar, como quieren algunos malintencionados, con el futuro de la Patria. Sobre todo esto deberíamos reflexionar un poco, siquiera en esta efeméride gloriosa de los Mártires de la Tradición.

    En el histórico Montejurra, al pie de las catorce Cruces, en la sencillez epigráfica de unos nombres de epopeya, está grabada la nueva página de la vieja historia de heroísmos del Carlismo. Son nombres de los 67 Tercios de Requetés de la Cruzada, que siguieron el ejemplo de los Batallones de Voluntarios del siglo XIX, y nos dejaron señalado el camino del honor. Tercios renovados muchas veces con frescas vidas, ofrendadas por el lema de Dios, Patria, Fueros y Rey. Todos ellos viven con su ejemplo constante en nuestro recuerdo y oraciones, pero, sobre todo, viven en Dios, para Quien no hay héroe anónimo ni sacrificio olvidado. Esperamos que el próximo mes de mayo, y en su primer domingo, día 2, podamos ofrendarles un año más el piadoso Vía Crucis Penitencial y el Santo Sacrificio de la Misa a lo largo del Calvario de Montejurra.

    Pidamos, en esta fecha conmemorativa de los Mártires de la Tradición, diciendo con la Iglesia: “Dales Señor el descanso eterno, y brille para ellos la Luz eterna”. Ave Crux, Spes Unica.

  11. #11
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 10.



    El día de los Mártires de la Tradición y Carlos VII, el fundador de la Fiesta

    Por Francisco López-Sanz


    El 10 de Marzo no es para nosotros, los carlistas, una fecha cualquiera, y, el haberla elegido para honrar piadosamente a los Mártires de la Tradición, tampoco fue una elección al azar y “porque sí”. Fue porque en ese día, del año 1855, moría en el destierro, y en su cristiano retiro de Trieste, el Conde de Molina, Don Carlos María Isidro de Borbón, el Rey de derecho de España, derecho que le fue usurpado por la falsedad y la injusticia de su hermano, Fernando VII, que no le asustó la felonía [1], con la colaboración de su cuñada Doña Carlota y de los liberales y masones, bien aligerados de escrúpulos y siempre inclinados a las malas acciones. Y más si favorecían sus propósitos políticos y revolucionarios de mala ley, aunque fueran ingratos y desgraciados para España. Como lo fue todo el desquiciado, doloroso y turbulento siglo XIX; porque la quiebra de todos los tradicionales sentimientos, y la cosecha natural de desdichas y amarguras para el país, parece que constituyeron el ideal primordial del caciquismo liberal, tan frívolo como descreído, revoltoso y afrancesado, y, en muchos casos, antiespañol.

    Y Carlos VII, que fue el Rey más representativo y popular de nuestra Causa en el siglo pasado, el que hizo justicia a los suyos y no escatimó el amor para los que tanto le amaron y se sacrificaron por su Bandera y cuanto representaba, porque nada convence y estimula tanto como el ejemplo en el sacrificio –y éste lo dieron en alto grado nuestros Reyes–, creó la fiesta de los Mártires de la Tradición, hace 75 años, para este día, aniversario de la muerte de su ilustre abuelo, Carlos V, el primer Soberano de la Dinastía carlista, que tuvo un pueblo idealista, valiente y leal a su lado, cuando la conspiración liberal de los usurpadores entronizó, con su Revolución y felonía, una desdichada monarquía femenina, para someterla a sus caprichos, a la humillación, a la desconsideración y a la violencia.

    Carlos VII, que defendió y amó a su egregio abuelo, que, por amor a España y a su Monarquía católica y tradicional, levantó en 1833 la bandera del Derecho frente a la turba injusta de todos los liberalismos que proclamó la ilegalidad usurpadora en contra de la legitimidad antiliberal, y no porque le acuciara ninguna ambición que tan noble Príncipe jamás la sintió. Porque no le movió otra, y en cumplimiento de un deber y en defensa de un derecho con el que había nacido, que el amor a las Españas, a la Patria tradicional, y que ésta no pereciera o que fuera víctima de las demasías y trastornos del envidioso caciquismo liberal y revolucionario, que había de ser tormento perenne para los españoles, porque la monarquía ilegítima, establecida contra derecho en 1833, sería derribada en 1868, y restaurada por sus enemigos para que en 1876 no triunfara la personificada por Don Carlos de Borbón; volvería a ser derribada, sin que nadie la defendiera, un triste y acusador 14 de abril de 1931, porque no tuvo a su lado a los carlistas, que, con tanto valor y lealtad, lucharon y murieron defendiendo para España la Causa de sus Reyes.

    El Duque de Madrid, como continuador invariable de la obra empezada por Carlos V, y mantenedor de su Bandera, por la que pelearon y sucumbieron tantas legiones de voluntarios carlistas, creó la fiesta de los Mártires de la Tradición en honor de su ilustre abuelo, “el primer héroe y el primer mártir”, en frase justa y exacta de Vázquez de Mella, y de cuantos en el siglo XIX dieron su vida por el lema santo de Dios, Patria y Rey. Y, desde entonces, esta fiesta tan cristiana y conmemorativa ha venido celebrándose sin interrupción, porque el Carlismo ni ha muerto ni morirá, aunque haya visto pasar a todos sus piadosos enterradores, y a partidos que se creyeron eternos, y poderosas oligarquías, todo lo cual fue fulminado por el abandono, por su envidia, porque, según Rousseau, “la democracia es la envidia”, la deslealtad y ausencia del espíritu de sacrificio… Y creemos que, desde nuestra posición inalterable, todavía veremos otras novedades, teniendo en cuenta lo que ya hemos visto, y que, según el gran Balmes, todo en lo humano es caduco y “lo que no pasará es la palabra de Dios”.

    Don Carlos de Borbón, como Rey y como caballero excepcional, con su gran corazón y su invariable lealtad al recuerdo del pueblo carlista y de los que, por lealtad a su Bandera, morían también fielmente en el campo de batalla, en los hospitales, en las prisiones o en la lejana amargura del destierro, quiso que todos los años, en esta fecha, toda la gran Familia Carlista, que “sois mi familia, el ejemplo y consuelo de toda mi vida” –como afirmó después en su hermoso Testamento Político, que no se conoció hasta después de su muerte en 1909–, fuese día de recuerdo piadoso, día de sufragios fervorosos, y de perfume de oraciones, en honor y homenaje vivo de los Mártires de la Tradición. De los Mártires de la Tradición, que no les dirán nada a los inconscientes, a los espíritus superficiales, ligeros y frívolos, de los que tampoco se podrá esperar nada aceptable, porque serían incapaces de seguir e imitar a aquellos españoles heroicos que, voluntariamente, con generosidad y renunciamiento admirable y ejemplar, combatieron hasta morir por su Dios, por su Patria y por su Rey, que es el sacrificio más grande, noble y sublime que se puede hacer por un Ideal.

    Gratitud eterna le merecieron a Carlos VII los Mártires de la Tradición, que dejaron abundante semilla que había de tener sucesores dignos de sus gloriosos antepasados en los heroicos Tercios de Requetés, que lucharon valientemente en la Cruzada de este siglo, y en cuantos les acompañaron en ella con el mismo espíritu católico y español, contra la misma Revolución antiespañola, frente a la que murieron los inolvidables voluntarios carlistas. Y gratitud perpetua merece también el Duque de Madrid por establecer esta fiesta evocadora anual, tan cristiana, tradicional, y ya histórica, que no la puede olvidar ninguno de los que sientan bullir en su pecho el bendito ideal del Carlismo. Por eso, hace 75 años, y primero en que se celebraba esta piadosa conmemoración y recordatorio feliz, aquel ilustre varón y gran figura carlista, escritor, catedrático y parlamentario, Polo y Peyrolón, escribía desde Palma de Mallorca:

    “La Iglesia canoniza a sus mártires, exaltándolos hasta la pública veneración en los altares; la Patria inmortaliza a sus héroes, erigiéndoles estatuas y monumentos; y Carlos VII, honrando la grata memoria de los hombres ilustres de la Comunión Tradicionalista, y de aquéllos que derramaron su sangre, prodigaron su ingenio y su valor, y dieron gozosos sus vidas en defensa de la Religión y del Derecho, lógicamente ha de merecer de la Historia los epítetos de buen católico, buen patricio, magnánimo y agradecidísimo”.

    Y podríamos añadir: ¡Fiel y leal para los suyos, gran Rey para los españoles, y digno Caudillo y buen Señor para todos!





    [1] Nota mía. Sobre el engaño sufrido por Fernando VII, al que se le presentó a la firma la simple promulgación de la reforma de la Ley Fundamental de Sucesión, reforma la cual se le dijo que supuestamente había sido ya aprobada por su padre Carlos IV en las Cortes de 1789, véase este hilo, en donde se explica de manera breve y resumida el aspecto jurídico relativo a la cuestión del golpe político perpetrado por los revolucionarios que apoyaban a la traidora Doña María Cristina.

  12. #12
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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 11.



    MURIERON SIN CEDER

    Por Francisco Elías de Tejada


    Murieron sin ceder.

    Los Carlistas conmemoramos hoy, 10 de Marzo, la fiesta sagrada de los Mártires de la Tradición de las Españas; esto es, esperanzas asentadas en memorias. Conmemoramos el ejemplo de los pasados, que es elección de los presentes y certezas de lo venidero. Porque nuestros muertos fueron hacia la Verdad de Dios por los caminos de la vida, y nosotros aspiramos por los caminos de la Vida merecer poseer la Verdad de Dios que ellos poseen.

    Por eso, no nos detenemos en la nostalgia de los visitantes de tumbas veneradas, perdidas por los vericuetos más apartados de la Historia. Ni somos plañideros descorazonados, cobardes que acuden a llorar delante de los idos el no saber o haber sido capaces de emularlos. Ni menos somos tampoco profanadores de tumbas, que buscan medrar entre los demasiado vivos enarbolando el recuerdo de ellos, nuestros muertos, que están demasiado muertos porque sobre sus huesos ha caído el olvido de cuanta hazaña levantaron.


    IDEALES PERENNES

    Los carlistas no somos así de superficiales, de paganos o de aprovechadizos. Los Carlistas no juramos en vano venerarles en la sola manera en que cabe venerarles: procurando que sus muertes no hayan sido en vano, logrando que vivan perennes los ideales por los que ellos supieron morir en pieza de héroes.

    Nuestros muertos no están en el horizonte de las estrellas iluminadas de una noche de verano, ni son pedazos de polvo de un cuerpo que a la tierra vuelve. Nuestros muertos poseen un alma que salvar por encima de la carne perecida; nuestros muertos están más allá de las estrellas, están contemplando la gloria del Señor nuestro Dios.


    * * *


    Porque nuestros muertos murieron sin ceder. Habían plantado, en medio de la Historia, la decisión férvida de pelear católicas verdades, la de ser mártires al par que héroes, la de lidiar contra todos los enemigos de la Fe católica, esto es, del universalismo verdadero en la Verdad, que es el solo ecumenismo del cristiano.

    Fueron los varones de las Españas misioneras y belicosas, los adalides de la catolicidad romana, que, con su sangre, se hizo un poco catolicidad, mantenida por los hispanos, en todos los rincones del planeta.


    DEFENSORES DE LA UNIDAD CATÓLICA

    Por eso hoy, cuando se agrieta la unidad católica de las Españas, unidad católica sin la cual ellos no hubieran concebido a las Españas, hemos de serles leales defendiendo la causa de esa unidad católica por ellos defendida hasta con sangre. Por eso hoy, cuando se olvida la misión, transformada en cómodos ecumenismos, hemos, como ellos, de sentirnos ardientemente misioneros. Por eso hoy, cuando dentro del cuerpo oficial de la Iglesia se discuten tantas cosas verdaderas por las que ellos perecieron, hemos de ser los carlistas fieles al Vicario de Cristo: con tamaña fidelidad que, si preciso fuese, pudiéramos dar en ser más papistas que el mismo Papa.


    * * *


    Porque nuestros muertos murieron sin ceder. Fueron los hombres de la Reconquista, de la Misión, y de la Contrarreforma. Fueron los santos héroes de la intransigencia; los que no dialogaron con herejes; los varones de la palabra hidalga al servicio de la palabra divina del Señor. Los que pelearon con los enemigos de las Españas cuando estaban fuera, y ahora hubieran peleado, en estos tristes tiempos de hoy, con los enemigos de las Españas entrados dentro de nuestra fortaleza.


    LA SANTA INTRANSIGENCIA

    Porque murieron por las causas santas que permiten el lujo de la santa intransigencia. Sin pactos ni diálogos en lo esencial, por más que admitiesen la caridad cristiana en el diálogo en las cuestiones discutibles. Soldados tridentinos de la teología; soldados misioneros de la evangelización; soldados que cumplieron el designio de Dios de salvar la Fe romana en el corazón de Europa; los soldados de Mühlberg y de Lepanto, de Otumba y de Montejurra. Sitios y horas en donde no hubo ocasión para la intriga ni el acomodamiento, en que la Verdad fue puesta en alto a punta de lanzas y de espadas.

    Hoy día, en que ya van asomando por el horizonte los primeros amagos de la gran conjura; donde ya –lo estoy viendo en ocasión menuda que a mí afecta– se juntan alegres los liberales que fueron falangistas, los socialistas domesticados por la plutocracia, los demócratas cristianos de la derecha y de la izquierda, los que se llamaron carlistas para usar nuestro santo nombre en ocasión de medro, los vetustos anticlericales y los rondadores del oportunismo a corto plazo, seamos fieles a nuestros muertos. Y como ellos murieron sin ceder en la esperanza, digamos nuestro juramento de morir sin ceder en contubernios de traiciones a nuestros ideales.


    FIDELIDAD A NUESTROS MUERTOS

    Hoy día, en que todo cambia, todo se tambalea y todo se derrumba. Cuando todos pactan y todos ceden delante del enemigo, invocando motivos de mal menor y de políticas prudencias. Cuando el amigo fraterno falta a la palabra dada; cuando, quien debe todo, escupe la mano que le formó; cuando el honor se humilla delante del dinero; cuando la justicia ha de llegar necesariamente; cuando el aire berengueriano de la Revolución, que es la tormenta, electriza los nervios de las gentes; cuando el enemigo de las Españas ve otra vez la ocasión de aplastar a las Españas, muramos sin ceder, tal como murieron nuestros muertos.

    Y, puesto que permanecieron, nosotros permanezcamos, fieles a lo que Cristo prometió en San Mateo, X, 22, que es palabra que no cambia. Y permanezcamos, porque nuestros muertos nos legaron el ejemplo de que ellos murieron sin ceder.

    En el día de los Mártires de la Tradición de las Españas, juremos los Carlistas que moriremos sin ceder.

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    Re: Los Mártires de la Tradición: número especial de «El Pensamiento Navarro», 10/03/

    El día 10 de marzo se conmemora la festividad de los Mártires de la Tradición

    Revista FUERZA NUEVA, nº 583, 11-Mar-1978

    Mártires de la Tradición

    El día 10 de marzo se conmemora la festividad de los Mártires de la Tradición, instituida por el gran rey carlista Carlos VII, en homenaje a los voluntarios que, en todos los confines de la Patria, dieron su vida en defensa de los gloriosos ideales de la Tradición, eminentemente católica y española, frente al materialismo liberal y marxista que tan nefasto ha sido para España.

    Aquel gran rey (con sólo sus voluntarios llegó hasta las mismas puertas de Madrid, habiendo reinado en medio de clamor de multitudes en la austera Corte de Estella durante unos breves años, dando ejemplo en todo momento de profundo valor y patriotismo), en un rasgo de lealtad a esos sagrados ideales y a sus voluntarios, había de preferir morir en el destierro que abjurar de los mismos y aceptar la corona que le ofrecía Prim, y vivir y morir como abanderado de la Tradición antes que ser rey del partidismo y de una España postrada. Su máxima de “si la nación es pobre, empiece el Rey y sus propios ministros a vivir pobremente” no seducía, sin embargo, a los profesionales de la política, que en él encontraban uno de sus más encarnizados enemigos.

    Pero su pueblo le quería y su ejemplo aún (1978) sigue vivo, especialmente a través de generaciones de antiguos veteranos, que transmitieron su fervor a sus hijos, que aún después de largos años leen con emoción su testamento político, que continúa siendo actual.

    Es que la mística del Carlismo tradicionalista, que lleva casi siglo y medio de existencia, se basó, por encima de cualquier planteamiento dinástico, en el firme amor a Dios, a la Patria, a los fueros -verdaderas libertades concretas de las diversas regiones españolas reconociendo sus propias características, dentro de un inconmovible amor a España- y al rey, como el primer defensor de dichos ideales y de la Monarquía tradicional, auténticamente social y representativa. Digna continuadora de las épocas más gloriosas de la historia patria.

    Por eso lucharon y murieron miles de voluntarios para que España viviera, intentando que alcanzara la cúspide de su grandeza.

    Es sintomático que, frente a los voluntarios carlistas, luchara la Cuádruple Alianza formada por los liberales españoles, con Inglaterra, Francia y Portugal, interesadas entonces en que España -estratégicamente situada- no se convirtiera en una gran potencia. Por cierto que, salvando el honor nacional, habían de derrotar los carlistas en Oriamendi, muy cerca de San Sebastián, de manera estrepitosa a la brigada inglesa del general Lacy Evans. Igual que ocurrió en nuestra Cruzada de liberación nacional frente al comunismo, batiéndose los “boinas rojas” con singular bravura frente a las Brigadas Internacionales marxistas.

    Muchos que conocen el carlismo a través de la historia deformada de los liberales y la masonería comprenderán, a la vista de la situación actual (1978) -con pérdida de la fe, en peligro la unidad de la Patria y al borde de un caos político, social y económico, atizado en buena parte desde el extranjero-, por qué lucharon y murieron tantos mártires de de la Tradición. Y es que creían un deber, como buenos católicos y patriotas, defender la libertad cristiana y a España frente al libertinaje, al caciquismo y las apetencias extranjeras, que ahora vuelven a manifestarse con toda claridad (…)

    El lema del Requeté de “Ante Dios no serás héroe anónimo”, prueba su profunda y arraigada fe, que hacia exclamar al mismo Prieto en nuestra Cruzada que a quien más temía “era a un requeté recién confesado”.

    Cuando las fuerzas del mal pretenden infiltrarse por todos lados, como humo del Averno, destruyendo los valores religiosos, morales y patrióticos, creemos un deber rendir un homenaje de gratitud a los que dieron el máximo ejemplo de sacrificio, poniendo por encima de los intereses materiales su ferviente amor a Dios y a la Patria.

    Con ese ejemplo generoso de tantos héroes y mártires, mucha de cuya sangre derramada en nuestra inmortal Cruzada aún está fresca, estamos seguros que al prender el más puro idealismo en los más nobles de los corazones de la juventud española, España se salvará.

    Por eso pedimos en ese día al Señor, para que tenga a esos mártires de Cristo en la Gloria y para que, desde el Cielo, nos den ánimos para continuar -frente a tanta traición y cobardía- leales la defensa sin desmayos de su Santa Causa.


    Miguel Ángel VIEITEZ PÉREZ

    Secretario de la Hermandad Nacional De Combatientes Requetés



    Última edición por ALACRAN; 19/08/2024 a las 13:14
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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