Estimado señor CRISTIÁN, soy católico tradicional, es decir, alguien que se adhiere a la Tradición católica. Un católico tradicional reconoce en primer lugar no solo la autoridad del Romano Pontífice como sucesor de Pedro, sino también la permanencia del primado apostólico en todos los tiempos. Esto incluye a todos los Papas que han sido legitimamente elegidos, también los postconciliares (Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI).
(Denz. 1824, Vaticano I) Ahora bien, lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, menester es dure perpetuamente por obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos. «A nadie a la verdad es dudoso, antes bien, a todos los siglos es notorio que el santo y beatísimo Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano; y, hasta el tiempo presente y siempre, sigue viviendo y preside y ejerce el juicio en sussucesores» [cf. Concilio de Efeso, v. 112], los obispos de la santa Sede Romana, por él fundada y por su sangre consagrada. De donde se sigue que quien quiera sucede a Pedro en esta cátedra, ése, según la institución de Cristo mismo, obtiene el primado de Pedro sobre la Iglesia niversal. «Permanece, pues, la disposición de la verdad, y el bienaventurado Pedro, permaneciendo en la fortaleza de piedra que recibiera, no abandona el timón de la Iglesia que una vez empuñara».
En segundo lugar, un católico tradicional se somete a la obediencia del Romano Pontífice actual.
Así pues, un católico tradicional debe someterse al Romano Pontífice no sólo en materias de fe y costumbres, sino también en cuestiones de régimen y disciplina.(Denz. 1826, Vaticano I) Por tanto, apoyados en los claros testimonios de las Sagradas Letras y siguiendo los decretos elocuentes y evidentes, ora de nuestros predecesores los Romanos Pontífices, ora de los Concilios universales, renovamos la definición del Concilio Ecuménico de Florencia, por la que todos los fieles de Cristo deben creer que «la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él le fué entregada por nuestro Señor Jesucristo, en la persona del bienaventurado Pedro, plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, tal como aun en las actas de los Concilios Ecuménicos y en los sagrados Cánones se contiene»
(Denz. 1827, Vaticano I) Enseñamos, por ende, y declaramos, que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas lasotras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A esta potestad están obligados por el deber de subordinación jerárquica y de verdadera obediencia los pastores y fieles de cualquier rito y dignidad, ora cada uno separadamente, ora todos juntamente, no sólo en las materias que atañen a la fe y a las costumbres, sino también en lo que pertenece a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de suerte que, guardada con el RomanoPontífice esta unidad tanto de comunión como de profesión de lamisma fe, la Iglesia de Cristo sea un solo rebaño bajo un solopastor supremo. Tal es la doctrina de la verdad católica, de la quenadie puede desviarse sin menoscabo de su fe y salvación.
(Donum Veritatis 17, Congregación para la Doctrina de la Fe). Hay que tener en cuenta, pues, el carácter propio de cada una de las intervenciones del Magisterio y la medida en que se encuentra implicada su autoridad; pero también el hecho deque todas ellas derivan de la misma fuente, es decir, de Cristo que quiere que su pueblo camine en la verdad plena. Por este mismo motivo las decisiones magisteriales en materia de disciplina, aunque no estén garantizadas por el carisma de la infalibilidad, no están desprovistas de la asistencia divina y requieren la adhesión de los fieles.
En tercer lugar, un católico tradicional no interpreta subjetiva e individualmente la Sagrada Tradición al modo protestante, sino que se somete al juicio de la Iglesia a quien Dios encomendó su auténtica interpretación.
(Catecismo de la Iglesia Católica, 85) "El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DV10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.
"El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado porDios para ser creído" (DV10).
Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: "El que a vosotros escucha a mí me escucha"(Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.
Y por último, un católico tradicional no impugna la validez y legitimidad de los Concilios Ecuménicos, sino que reconoce y se adhiere al Magisterio de todos los Concilios Ecuménicos de la Iglesia (incluido el Vaticano II).
(Enciclopedia Católica, 1913). Desde los primeros tiempos los que rechazaban las decisiones de los concilios eran rechazados por la Iglesia. [...] La infalibilidad del concilio es intrínseca, es decir nace de su propia naturaleza. Cristo prometió estar en medio de dos o tres de sus discípulosreunidos en su nombre; ahora bien, un concilio ecuménico, de hecho o de ley, es una reunión de todos los colaboradores de Cristo para la salvación del hombre a través de la verdadera fe y una conducta santa. Por lo tanto, Él está en medio de ellos, cumpliendo sus promesas y llevándoles a la verdad por la que están luchando. Su presencia, al consolidar la unidad de la asamblea en un cuerpo, su propio cuerpo místico, le da la necesaria plenitud y compensa cualquier defecto posible que surja de la ausencia física de un cierto número de obispos.
Cuando una cuestión tratada en un Concilio Ecuménico no está definida de un modo definitivo, un católico tradicional reconoce que la verdad de la doctrina no depende de la explícita invocación de la infalibilidad, sino que la infalibilidad es intrínseca al concilio ecuménico. Por ello, ningún Concilio Universal puede proponer, ni propondrá jamás una enseñanza o decreto que redunde en perjuicio de la Iglesia discente.
Ahora bien, si surgieran dificultades en la comprensión o interpretación de alguno de los documentos, acudirá a la autoridad magisterial competente pidiendo un mayor esclarecimiento o definición de la doctrina, pero nunca justificará u optará por el disenso.
(Donum Veritatis 38, Congregación para la Doctrina de la Fe). Por último, el recurso al argumento del deber de seguir la propia conciencia no puede legitimar el disenso. Ante todo porque ese deber se ejerce cuando la conciencia ilumina el juicio práctico en vista de la toma de una decisión, mientras quea quí se trata de la verdad de un enunciado doctrinal. Además, porque si el teólogo, como todo fiel debe seguir su propia conciencia, está obligado también a formarla. La conciencia no constituye una facultad independiente e infalible, es un acto de juicio moral que se refiere a una opción responsable. La conciencia recta es una conciencia debidamente iluminada por la fe y por la ley moral objetiva, y supone igualmente la rectitud de la voluntad en el seguimiento del verdadero bien.
La recta conciencia del teólogo católico supone consecuentemente la fe en la Palabra de Dios cuyas riquezas debe penetrar, pero también el amor a la Iglesia de la que ha recibido su misión y el respeto al Magisterio asistido por Dios. Oponer un magisterio supremo de la conciencia al Magisterio de la Iglesia constituye la admisión del principio del libre examen, incompatible con la economía de la Revelación y de su transmisión en la Iglesia, como también con una concepción correcta de la teología y de la misión del teólogo. Los enunciados de fe constituyen una herencia eclesial, y no el resultado de una investigación puramente individual y de una libre crítica de la Palabra de Dios. Separarse de los pastores que velan por mantener viva la tradición apostólica, es comprometer irreparablemente el nexo mismo con Cristo.
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