Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 8.
LA TRADICIÓN, VIDA Y BANDERA DE UN PUEBLO INCLAUDICABLE
Por J. Campos
TRADICIÓN Y MARTIRIO
Suena en los oídos y sentimientos de la Comunión Tradicionalista, como algo propio y familiar, la efemérides anual de los “Mártires de la Tradición”. Es, como pensó Don Carlos al instituirla, una conmemoración, de homenaje, de oración y de ejemplaridad. Pero los dos términos que la integran, Tradición y martirio, son algo más, mucho más que un mero recuerdo de los que murieron, y que una plegaria por ellos. Suponen y condensan un modo de ser al servicio de un ideario, noble y sustancial en la vida e historia de una nación, de España. Mas los espíritus rectos y conscientes, el que piensa y siente que es cada uno un anillo responsable en la cadena que enlaza el pasado con el futuro, no puede menos de preguntarse la razón y el fin, el por qué y para qué de esa Tradición, a la que esos mártires ofrendaron su sacrificio, oculto o despreciado para muchos, brillante y meritorio ante Dios y ante la humanidad, purificada por las luces de la resurrección universal.
HÉROES DE LA VIDA CRISTIANA
Cuando la Santa Madre Iglesia nos recuerda a lo largo del año litúrgico en el Santoral o Martirologio la vida y muerte de los héroes de la vida cristiana, de los Santos, nos pone delante, a la vez que el ideal y herencia de la Fe, a la que sirvieron, el modo de ser, hasta el sacrificio, con que testimoniaron y nos transmitieron esa sagrada herencia recibida de Jesucristo.
Indudablemente que esos dos modos de ser, heroísmo y santidad al servicio de un ideal y de una herencia, recibidos como un don, están hoy subestimados por debajo de los bienes tangibles y utilitarios, del dinero, de la cultura, del progreso humano, como bien exponía Nicolás Arilla en su artículo del 24 de febrero en EL PENSAMIENTO NAVARRO. Estos menguados resortes parecen ser los únicos sentimientos que arrancan vibraciones y notas al pobre corazón humano, que respira hoy la atmósfera de hedonismo y practicismo en que se hunden los espíritus rebajados y mutilados del día.
¿PARA QUÉ?
¿Para qué –se dicen los prosélitos del liberalismo y del capitalismo– tal derroche de vida, de esfuerzo y de tiempo, que es de goces presentes, si apenas habla nadie del pecado y de la gracia santificante, que no nos van a resolver la felicidad terrestre, ni nos van a traer el paraíso que, en cambio, nos lo proporciona el poderoso caballero, don dinero?
¿Para qué pensar, ni hablar, de la luz de la Fe, que ilumina nuestro corto entendimiento, ni del ardor de la caridad sobrenatural, que nos une a la voluntad santísima de Dios –se cuestionan los pseudosabios secularistas– si todos los problemas del espíritu, de su origen y de su fin, nos lo explica la ciencia y la cultura, nuevos y deslumbrantes mitos, que pueden llegar más allá de los confines del universo y descubrir las leyes de la evolución, del hombre y de la materia, para desacralizar los “mitos” del cristianismo?
¿Para qué pensar, ni hablar –se preguntan los progresistas actuales, herederos directos de la gran herejía del modernismo– de santidad, ni de doctrina perenne e inmutable, ni de Tradición subsistente e imperecedera, ni de teología dogmática, si la humanidad está en continuo cambio y desarrollo, y el progreso indefinido le traerá la plena ilustración de todo, al final de la evolución, con la escatología terrena y la libertad omnímoda?
INFIELES A SU MISIÓN
¿Para qué –se preguntan los clérigos y religiosos sofisticados y sofisticantes, desalienados de toda preocupación y traba, es decir, traidores a su Fe, a sus promesas, a su misión– para qué hablar ni pensar en antiguallas, como la piedad, la mortificación, el rosario, la moralidad púbica de las buenas costumbres, si hoy sólo cuenta y se cotiza el desarrollo social, el irenismo a ultranza, el ecumenismo difuso y descreído, el pluralismo aconfesional, la nueva cristiandad del humanismo integral; si todo esto es lo que predican y difunden muchos jerarcas de la Iglesia (infieles a su misión) antes que la doctrina de la Fe; antes que el orden político cristiano y confesional de las naciones católicas; antes que la defensa del depósito sagrado e intangible, a ellos encomendado, posponiendo la fe y las costumbres de los fieles, a un quimérico y falaz mesianismo social y económico, de inspiración determinista y marxista?
¿Significa algo hoy, ante esos omnipotentes ídolos, todo ese complejo de vinculaciones y contenidos que llamamos Tradición? Un profeta de Dios vio en visión una estatua colosal, que parecía inmoble e indestructible, pero una pequeña piedra desprendida del monte dio en sus pies y la derribó. Y un historiador inspirado de la Iglesia, llamado Lucas, narra cómo unos pocos hombres, apóstoles de Jesucristo, se enfrentaron y vencieron a los poderosos mitos de aberraciones y a los ídolos de todas las concupiscencias, que reinaban en su mundo, mediante la doctrina de Jesucristo y el martirio por Él. Los Mártires de la Tradición algo de esto significan también.
LA PERENNE LUCHA: TRADICIÓN-REVOLUCIÓN
La lucha, perenne e ininterrumpida en la Historia, desde la primera caída hasta la última apostasía del mundo, entablada entre el bien y el mal, está planteada en nuestros días entre la Revolución y la Tradición.
Ya sabemos lo que es la Revolución en su sentido esencial y en su valor histórico, a partir, sobre todo, desde la subversión protestante, y la del Derecho Nuevo de 1789, como se expuso en un artículo anterior. En pocas palabras, la Revolución es anti-ser, la negación de la ley natural, de la ley social, de la ley sobrenatural, que es la voluntad y la ley eterna de Dios. Por consecuencia, es destructora de lo que constituye el ser y fundamento de la sociedad, sin edificar por su parte, y, cuando lo pretende, se niega a sí misma, porque entonces quiere hacer tradición y transmisión de lo que innova e instaura, después de destruir lo que ha recibido.
En el polo opuesto está su antítesis, la Tradición, cuya nota esencial es algo vivo, moral y social, que sigue la ley natural, social y sobrenatural, si es sociedad cristiana. Es, por tanto, constructiva y transmisora de lo que recibe y de lo que acumula. Implica, por lo mismo, movimiento y avance, no fosilización, y el primer progreso del hombre fue el primer anillo de la Tradición. Lo que no debe cambiar es su núcleo sustancial, que es lo transmitido perennemente: creencias, sentimientos, instituciones, vinculaciones de un pueblo creado por la historia secular, y por la Providencia de Dios que la gobierna.
LA HERENCIA ESPIRITUAL
Como no puede negarse la herencia fisiológica, que se acusa en los rasgos físicos de las razas, no es menos verdadera la herencia espiritual y social, que se hace visible y activa en las instituciones concretas de las sociedades intermedias. Ese núcleo y contenido, que hemos señalado, caracterizado y definido por las costumbres, por los cuerpos sociales primarios, por la lengua, configurado por influencias seculares, arraigado por leyes humanas y religiosas de instituciones naturales, continuado por la herencia familiar; todo eso es el legado espiritual y moral de la Tradición de un pueblo, que le da conciencia y permanencia de su ser propio y personal.
La herencia de la Tradición, en la que se plasma el lazo social innato, es el progreso hereditario y social. Con el paso del tiempo en la historia de cada pueblo, esa Tradición se perfecciona y madura, no se destruye.
Todo lo que pretenda disolverla o demolerla con ideas aberrantes y antinaturales o antisociales, o con hechos violentos, no es reforma, ni renovación, sino rebelión y revolución. Precisamente la reforma auténtica es una prueba y manifestación de la vida y vigor de la Tradición, que se quiere restaurar, despojándola de sus desviaciones y excrecencias, ajenas a su naturaleza, como el podador corta ramas y brotes inútiles o parásitos, para robustecer el tallo y tronco representativo del árbol vigoroso y fecundo. El reformador es el más leal al orden y principios de esa Tradición, a la que consagra los mayores sacrificios.
El CARLISMO: PROTESTA ARMADA CONTRA LA REVOLUCIÓN
Cuando Carlos V rehusó en 1 de octubre de 1833 reconocer como soberana de España a Isabel, no hizo más que mantener la Tradición institucional de la Monarquía española. Cuando Carlos VII entró en España en julio de 1873 para levantar, como soberano legítimo, la protesta armada contra la Revolución, desencadenada por la República, no hizo más que defender la Tradición de la Monarquía y las tradiciones religiosas y sociales, destruidas por descreídos y extranjerizantes progresistas.
La Tradición no es la Historia como hoy la concibe el progresismo, como una corriente incontenible, que, en su aceleración vertiginosa, todo lo cambia y lo crea, como una necesidad fatalista. Así se convierte en la justificación, por la necesidad histórica, de todo hecho consumado, como el tópico de la experiencia del positivismo fenoménico trata de cohonestar todo cambio violento contra lo permanente y acreditado de la Tradición.
Ésta es tan natural a la condición social del hombre, que Jesucristo, Divino Fundador de la Iglesia, la hizo ley sobrenatural y constitutiva de ésta. Sin la Tradición sagrada y apostólica no se explican muchas doctrinas, prácticas litúrgicas y sacramentales, e instituciones de la Iglesia.
EL TESTAMENTO POLÍTICO DE CARLOS VII
Por decirlo en pocas palabras, la Tradición, tal como la concibe la Comunión Tradicionalista, es una síntesis lúcida y armoniosa de los principios, libertades, instituciones y aplicaciones sociales, que han constituido el ser y esencia de las Españas, formulada y condensada en el triple lema, Dios, Patria, Rey, en toda su integridad; tal como se contiene en el Testamento Político de Carlos VII, y en el Manifiesto de Don Alfonso Carlos de 6 de enero de 1932, y en sus documentos de 23 de enero y de 10 de marzo de 1936; tal como lo ha reproducido, junto a la tumba de los mártires de la lealtad fusilados en Estella, el Parlamento General de las Juntas Carlistas de Defensa, en octubre de 1970 [1].
Los que en esta fiesta son objeto de nuestro recuerdo y plegaria, hicieron ley y norma de su vida y sacrificio la fidelidad a esa Tradición. Si los mártires que venera la Santa Iglesia fueron testigos vivos de la Fe y Verdad de Jesucristo, dando el mayor testimonio que puede darse por ellas, el de la vida y la sangre, estos mártires fueron testigos de una fe religiosa-política, que confirmaron valerosamente con su abnegación.
ANTÍTESIS TRADICIÓN-EUROPEÍSMO
Claudicar, mutilar o adulterar el contenido de la Tradición, o renunciar a ella en aras de una europeización o de un aprecio de la Europa democrática, es despreciar los valores perennes que puede ofrecer España.
– Benditos los Reyes y Príncipes que sufrieron persecución, destierro y despojo de derechos y bienes por la Tradición.
– Benditos los héroes y caídos en las tres guerras civiles del siglo XIX por su adhesión a su Fe y a la Tradición.
– Benditos los inmolados en las luchas callejeras contra la Revolución, enemiga natural de la Tradición.
– Benditos los mártires anónimos, los del sacrificio moral, que sacrificaron honores, bienes, aspiraciones, por su lealtad a la Tradición.
– Benditos los que cayeron en la Cruzada de 1936 por defender los principios fundamentales de la España tradicional.
– Benditos los que, despreciados y olvidados, hacen frente a la Revolución del progresismo religioso y político, cáncer de la Tradición.
– Benditos los que lucharon y luchan contra la traición y claudicación internas, que corroen la pureza de la Tradición.
– Bendito el pueblo y nación que hace vida y bandera de la Santa Tradición.
Y es palabra imperecedera de la Verdad:
“Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
[1] Nota mía. Tras salirse Francisco Elías de Tejada en 1962 de la disciplina oficial de la Comunión, surgieron en ese mismo año y en el siguiente las llamadas Juntas Carlistas de Defensa, que estaban coordinadas por un estrecho colaborador de Elías de Tejada: Joaquín García de la Concha.
Los días 11 y 12 de Octubre de 1970 celebraron una reunión en Estella con los jefes representativos del sivattismo. Según el historiador Francisco Javier Caspistegui (El naufragio de las ortodoxias, EUNSA, 1997), desde entonces dejaron de existir estas Juntas, integrándose en la formación política de Mauricio de Sivatte.
En esa reunión se aprobó una Declaración de Principios, que es a la que se refiere el articulista.
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