Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 7.



YO CONOCÍ A LOS ÚLTIMOS

Por Rafael Gambra


Yo conocí a los últimos. (¿Los últimos de la Historia, o los últimos hasta ahora? Dios lo sabe).

Era el día en que cumplí dieciséis años, y el cuarto desde el Alzamiento Nacional. Tres semanas antes habíamos salido del Madrid del Frente Popular para dirigirnos a nuestra casa en la montaña de Navarra. Allá habían quedado, la víspera de nuestro viaje, las iglesias de San Ignacio y de San Luis en llamas sacrílegas, la última a cincuenta pasos del Ministerio de la Gobernación; allá las milicias, puño en alto, sedientas de sangre y de pillaje; allá los guardias de asalto, dispuestos a asesinar en el primero y más famoso de los “paseos”…


PROLONGACIÓN DE LOS SANFERMINES

De pronto, aquel día, vi por primera vez una compañía carlista, fusil y manta en bandolera, boina exhumada de viejos arcones. Venían a prevenir una posible resistencia al alzamiento por parte de los carabineros de frontera. Llegaban alegres y como de fiesta. Gritaban viva Dios, viva España, abajo la República, viva el Rey. Se ha dicho que el Alzamiento en Navarra –y toda la gran historia de las Brigadas de Navarra– fue como una inmensa prolongación de los “sanfermines” que acababan de terminar. Un viejo militar, con quien coincidí hace algunos años en el tren, me decía: “los navarros llevaron a la guerra la alegría y la fe religiosa; la seguridad, además, en la victoria; y, tal vez, la ayuda de Dios”.

Recuerdo aquél como uno de los días estelares de mi vida. Me incorporé a ellos feliz, como viviendo un sueño legendario. Les ayudé, ante el Ayuntamiento, a hacer una hoguera con la franja morada de la bandera republicana, con el retrato de Azaña que presidía la Sala de Sesiones, y con una alegoría de la República que sustituía en la escuela al Santo Cristo. Con la otra parte de la bandera reconstruimos la bandera de España, y la hicimos ondear, redimida, en el balcón de la Casa Municipal. Una fotografía de D. Alfonso Carlos, que recorté del Almanaque Tradicionalista, ocupó durante unos días el hueco presidencial que dejó el retrato de Azaña.

¿Cuántos de aquellos muchachos de tierra de Estella, de la Cuenca o de la Ribera, supervivirían a los tres años de cruel guerra que entonces comenzaban? Cuando un año después me incorporé al frente, encontré a alguno de ellos, y él me habló de tantos de sus compañeros que quedaron en las peñas de Lemona o en Brunete…

Recuerdo aquel himno ingenuo, resucitado de viejos tiempos, y tan popular en aquellos días:

No llores, madre, no llores
porque a la guerra tus hijos van,
¡Qué importa que el cuerpo muera,
si al fin el alma triunfará
en la eternidad!

A las armas, voluntarios;
a las armas a luchar por nuestra fe.
Moriremos defendiendo la bandera
de Dios, Fueros, Patria y Rey.


AMBIENTE DE AYER

Aquel espíritu inundó todos los frentes, y creó el ambiente de la retaguardia nacional. Recuerdo, tiempo después, en la Academia de Alféreces Provisionales de Granada, una de las canciones a cuyo son marchábamos al campo de maniobras:

Cantará mi sangre
en la noche clara
que he muerto en campaña
por Dios y Patria.

Era un tiempo en que muchachos adolescentes, casi niños, se escapaban de sus casas para incorporarse al frente, y huían de los frentes estabilizados para enrolarse en los tercios o unidades más combativos y peligrosos. (¡Tercios de Lácar y Montejurra, siete y más veces renovados por la muerte!).

(Hoy, en análogas familias, muchachos de parecida edad huyen de sus hogares para incorporarse al mundo hippy de las drogas, o a la “contestación” maoísta. No son mejores ni peores que aquéllos; la naturaleza humana no cambia: es el ambiente moral que los nutre y sostiene lo que ha cambiado. Aquel ambiente era hijo del catolicismo, del carlismo y de una vida familiar todavía arraigada. Éste se ha configurado por el socialismo, por la pseudo-fe progresista, y por el abandonismo de los más responsables).


LOS NIÑOS DE ABÁRZUZA

Aquella explosión de fe y de heroísmo respondía, sin duda, a una onda muy lejana. Sus raíces eran profundas en la tierra y en los corazones. Recuerdo cómo un venerable sacerdote, que murió no hace muchos años en la Casa Sacerdotal de Pamplona, me relataba el asalto de Estella por la columna del Marqués del Duero, al final de la segunda Guerra Carlista. Él lo había vivido de niño, creo que en Abárzuza. Ese asalto era, para el Gobierno de Madrid, el fin de la guerra. La expedición se preparó con todo lujo de efectivos, y se confió al más famoso de sus generales, el General Concha. La moral de la tropa era la de realizar un simple paseo militar. Proclamado Alfonso XII, y acosados los carlistas, Estella sólo podría rendirse. Pero, contra toda previsión, tras una aniquiladora preparación artillera, las oleadas de atacantes se vieron rechazadas a la bayoneta en las mismas trincheras carlistas. Los intentos se sucedían con gran mortandad y ningún éxito. El Marqués del Duero no podía ordenar la retirada porque se jugaba todo su prestigio y el de su ejército. ¡La más potente columna nunca organizada contra un puñado de hambrientos, faltos de munición! Un tiro que alcanzó mortalmente al ilustre militar resolvió la situación. Mucho se dijo de que el tiro había partido de las propias líneas liberales, con el fin de proporcionar a la columna el único pretexto válido para retirarse a Madrid, diezmada y sin cumplir su objetivo.

Cuando los soldados carlistas salieron de las trincheras, se asombraron de cómo los niños de aquellos pueblos –uno de ellos había sido aquel anciano sacerdote– se abrazaban a sus piernas como tomándolos por sus propios padres. En realidad es que, tras horas de angustia, para aquellos niños volvían “los suyos” –toda una vida y una esperanza casi perdidas–, y ellos lo sentían ya en su sangre.

Ya no volverían a reaparecer aquellos hombres, arma al hombro y plegaria en los labios, hasta ese julio de 1936, en momentos también de supremo dramatismo, como heraldos de una fe que nunca pereció ante el ataque exterior, ni perecerá tampoco ante el ataque interior de la perfidia o de la contaminación ambiental.