Fuente: El Pensamiento Navarro, 10 de Marzo de 1971, página 11.



MURIERON SIN CEDER

Por Francisco Elías de Tejada


Murieron sin ceder.

Los Carlistas conmemoramos hoy, 10 de Marzo, la fiesta sagrada de los Mártires de la Tradición de las Españas; esto es, esperanzas asentadas en memorias. Conmemoramos el ejemplo de los pasados, que es elección de los presentes y certezas de lo venidero. Porque nuestros muertos fueron hacia la Verdad de Dios por los caminos de la vida, y nosotros aspiramos por los caminos de la Vida merecer poseer la Verdad de Dios que ellos poseen.

Por eso, no nos detenemos en la nostalgia de los visitantes de tumbas veneradas, perdidas por los vericuetos más apartados de la Historia. Ni somos plañideros descorazonados, cobardes que acuden a llorar delante de los idos el no saber o haber sido capaces de emularlos. Ni menos somos tampoco profanadores de tumbas, que buscan medrar entre los demasiado vivos enarbolando el recuerdo de ellos, nuestros muertos, que están demasiado muertos porque sobre sus huesos ha caído el olvido de cuanta hazaña levantaron.


IDEALES PERENNES

Los carlistas no somos así de superficiales, de paganos o de aprovechadizos. Los Carlistas no juramos en vano venerarles en la sola manera en que cabe venerarles: procurando que sus muertes no hayan sido en vano, logrando que vivan perennes los ideales por los que ellos supieron morir en pieza de héroes.

Nuestros muertos no están en el horizonte de las estrellas iluminadas de una noche de verano, ni son pedazos de polvo de un cuerpo que a la tierra vuelve. Nuestros muertos poseen un alma que salvar por encima de la carne perecida; nuestros muertos están más allá de las estrellas, están contemplando la gloria del Señor nuestro Dios.


* * *


Porque nuestros muertos murieron sin ceder. Habían plantado, en medio de la Historia, la decisión férvida de pelear católicas verdades, la de ser mártires al par que héroes, la de lidiar contra todos los enemigos de la Fe católica, esto es, del universalismo verdadero en la Verdad, que es el solo ecumenismo del cristiano.

Fueron los varones de las Españas misioneras y belicosas, los adalides de la catolicidad romana, que, con su sangre, se hizo un poco catolicidad, mantenida por los hispanos, en todos los rincones del planeta.


DEFENSORES DE LA UNIDAD CATÓLICA

Por eso hoy, cuando se agrieta la unidad católica de las Españas, unidad católica sin la cual ellos no hubieran concebido a las Españas, hemos de serles leales defendiendo la causa de esa unidad católica por ellos defendida hasta con sangre. Por eso hoy, cuando se olvida la misión, transformada en cómodos ecumenismos, hemos, como ellos, de sentirnos ardientemente misioneros. Por eso hoy, cuando dentro del cuerpo oficial de la Iglesia se discuten tantas cosas verdaderas por las que ellos perecieron, hemos de ser los carlistas fieles al Vicario de Cristo: con tamaña fidelidad que, si preciso fuese, pudiéramos dar en ser más papistas que el mismo Papa.


* * *


Porque nuestros muertos murieron sin ceder. Fueron los hombres de la Reconquista, de la Misión, y de la Contrarreforma. Fueron los santos héroes de la intransigencia; los que no dialogaron con herejes; los varones de la palabra hidalga al servicio de la palabra divina del Señor. Los que pelearon con los enemigos de las Españas cuando estaban fuera, y ahora hubieran peleado, en estos tristes tiempos de hoy, con los enemigos de las Españas entrados dentro de nuestra fortaleza.


LA SANTA INTRANSIGENCIA

Porque murieron por las causas santas que permiten el lujo de la santa intransigencia. Sin pactos ni diálogos en lo esencial, por más que admitiesen la caridad cristiana en el diálogo en las cuestiones discutibles. Soldados tridentinos de la teología; soldados misioneros de la evangelización; soldados que cumplieron el designio de Dios de salvar la Fe romana en el corazón de Europa; los soldados de Mühlberg y de Lepanto, de Otumba y de Montejurra. Sitios y horas en donde no hubo ocasión para la intriga ni el acomodamiento, en que la Verdad fue puesta en alto a punta de lanzas y de espadas.

Hoy día, en que ya van asomando por el horizonte los primeros amagos de la gran conjura; donde ya –lo estoy viendo en ocasión menuda que a mí afecta– se juntan alegres los liberales que fueron falangistas, los socialistas domesticados por la plutocracia, los demócratas cristianos de la derecha y de la izquierda, los que se llamaron carlistas para usar nuestro santo nombre en ocasión de medro, los vetustos anticlericales y los rondadores del oportunismo a corto plazo, seamos fieles a nuestros muertos. Y como ellos murieron sin ceder en la esperanza, digamos nuestro juramento de morir sin ceder en contubernios de traiciones a nuestros ideales.


FIDELIDAD A NUESTROS MUERTOS

Hoy día, en que todo cambia, todo se tambalea y todo se derrumba. Cuando todos pactan y todos ceden delante del enemigo, invocando motivos de mal menor y de políticas prudencias. Cuando el amigo fraterno falta a la palabra dada; cuando, quien debe todo, escupe la mano que le formó; cuando el honor se humilla delante del dinero; cuando la justicia ha de llegar necesariamente; cuando el aire berengueriano de la Revolución, que es la tormenta, electriza los nervios de las gentes; cuando el enemigo de las Españas ve otra vez la ocasión de aplastar a las Españas, muramos sin ceder, tal como murieron nuestros muertos.

Y, puesto que permanecieron, nosotros permanezcamos, fieles a lo que Cristo prometió en San Mateo, X, 22, que es palabra que no cambia. Y permanezcamos, porque nuestros muertos nos legaron el ejemplo de que ellos murieron sin ceder.

En el día de los Mártires de la Tradición de las Españas, juremos los Carlistas que moriremos sin ceder.