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Tema: Mexico no es bicentenario

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    Re: Mexico no es bicentenario

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    Elementos No. 62, Vol. 13, Abril - Junio, 2006, Página 59

    El México descalzo de Romana Falcón

    Anamaría Ashwell







    MÉXICO DESCALZO. ESTRATEGIAS DE SOBREVIVENCIA FRENTE A LA MODERNIDAD LIBERAL

    ROMANA FALCÓN,

    PLAZA JANÉS, MÉXICO, 2002





    Los antropólogos de mi generación –formados en el campo– sabemos que para referirnos a los actuales pueblos indígenas de México debemos partir de una realidad insoslayable: éstos se caracterizan por una enorme diversidad cultural. Esa pluralidad lingüística y cultural es producto de un tiempo milenario; se deriva también de específicas experiencias de los diversos pueblos indígenas en los tres siglos de cristianización y colonización; y es resultado de las particulares experiencias económicas y sociales que definieron y orientaron sus identidades colectivas así como sus agravios y reclamos sociales durante dos siglos de República independiente.

    Los pueblos indígenas de México, además, nunca fueron estáticos en el periodo prehispánico y no llegaron al presente inmutables desde tiempos mesoamericanos: las unidades político territoriales del antiguo altepetl prehispánico se redujeron drásticamente durante el periodo colonial y sobrevivieron profundas y desiguales relaciones con sus tierras ancestrales; los pueblos mesoamericanos se recompusieron internamente en el periodo colonial sobre nuevos estamentos sociales y, en muchos casos, como sujetos de los nuevos cabildos indígenas; también el descenso en términos absolutos y dramáticos de la población mesoamericana después de la conquista destinó al mestizaje lo que hoy se conoce como “indígena”; la organización política-administrativa en la colonia, el apartado legal y tutelado de derechos corporativos que les fueron asignados a los “indios” para las postrimerías del periodo colonial reorientaron sus identidades colectivas alrededor de los bienes y derechos comunales otorgados por los colonizadores –tierras y aguas– que se convirtieron en los ejes de su nueva identidad “indígena”; la congregación y la reducción de los antiguos pobladores mesoamericanos a partir de 1550 en pueblos con una traza reticular y un ordenamiento urbano occidental concentraron a su vez a la dispersa y mermada población indígena –sin distinción de estamentos y pertenencia étnica mesoamericana y sólo diferenciándolos entre pillis (nobles) y macehuales (gente del pueblo)– homogenizándolos a todos como “indios” y en “pueblos indígenas” y asignándoles el último lugar en la escala social; el acelerado colapso poblacional y la extrema diversidad lingüística que encontraron los colonizadores –militares y eclesiásticos– propiciaron a su vez una amalgama lingüística que castellanizó las lenguas indígenas y priorizó, como lingua franca, idiomas como el náhuatl, que se extendió y oficializó en el siglo XVI incluso entre regiones y pueblos que habían resistido el dominio cultural y político de sus parlantes en tiempos mesoamericanos. Los conceptos de “indio” y de “pueblos indígenas”, como lo señaló Guillermo Bonfil, no tienen un origen “inmemorial” ni “estático” sino que se originan en ese cataclismo inimaginable que fue para Mesoamérica la conquista y la colonización en el siglo XVI (“El concepto de indio en América. Una categoría de la situación colonial”; Anales de antropología VII. UNAM: 1972). Arturo Warman ha tenido razón en decir que hoy el terreno de la identidad indígena es muy resbaloso (Los indios mexicanos en el umbral del milenio; FCE: 2003) y no sólo porque no admite generalizaciones ante la diversidad cultural que los caracteriza a lo largo y ancho del territorio nacional, sino porque desde la Independencia las diferencias de clase, ingresos, educación –y otros– marcan el tejido interno de sus comunidades.

    Paradójicamente, sin embargo, cuando se hace referencia generalizada a los pueblos indígenas actuales éste término como categoría “supraétnica” sí admite un vínculo incluyente y perverso que tiene raíces centenarias: la iniquidad, la segregación, la discriminación racista y la injusticia que caracterizan sus relaciones con el resto de la sociedad mexicana.

    Los orígenes de esta condición desigual y subordinada de los pueblos indígenas actuales tienen diversas fuentes –la segregación racial, que fue el principio fundador y rector de la sociedad colonial y sustento del sistema tributario, fue determinante–, pero otras se originan en la historia de la República independiente y, en particular, en las decisiones impuestas desde el poder en el siglo XIX durante la llamada República restaurada. No deja de ser irónico, como dirían Arturo Warman y Luis González y González (El indio en la era liberal; El Colegio Nacional: 1996), que fueron precisamente los gobernantes indígenas, Benito Juárez y Porfirio Díaz, los más empeñados en llevar a México hacia una modernidad que canceló a los “indios” su estatuto legal *como sujetos colectivos de la nación. El Estado liberal, de hecho, borró al “indio”de la estructura administrativa* *y legal del Estado, liberando sus recursos y territorios al naciente mercado capitalista nacional en el siglo XIX. En el periodo que va desde la Independencia a la revolución agrarista de 1910, los pueblos indígenas –en un censo de 1900– representaban ya menos del 15% de la población total y en condiciones sociales dramáticas de marginación y pobreza: el Estado había adoptado entonces un modelo de nación occidental y moderna que simplemente no tuvo cabida para la diversidad cultural y procedió a la “des-indianización” del país creando las condiciones para que los pueblos indios fueran despojados de sus tierras, bosques y aguas. Con ideales de “progreso” y “modernidad” como metas, las leyes fueron el instrumento privilegiado del Estado juarista y liberal para impulsar un México “sin indios”: la Constitución de 1857 otorgó a los indios un estatuto de ciudadanos en un marco legal que reconocía sólo derechos individuales clausurando así todos los recursos legales para retener bienes y tierras comunales, elementos centrales de su identidad común. No se puede desestimar, por ejemplo, el impacto negativo que tuvo la Ley Lerdo de 1856 para los pueblos indígenas porque fragmentó y transfirió a propiedad privada sus tierras comunales, dejando a la mayoría de los indios sin posibilidades reales para volverse propietarios de sus tierras de labranza. La ley Lerdo no pretendió privarlos de éstas sino destruir la forma corporativa de la propiedad y el usufructo, es decir, el estamento colonial que había privilegiado sobre todo a la Iglesia y a unos pocos acaudalados que habían acaparado y vuelto improductivas la mayoría de las tierras de labranza en el territorio nacional, pero propició al mismo tiempo el despojo de las tierras colectivas de labranza y sustento de los pueblos indígenas. El Estado liberal, con algunos de sus ideólogos racialmente prejuiciados (hay notables excep*ciones como las de Ignacio Ramírez El Nigromante, Andrés Molina Enríquez y Castillo Velasco, entre otros) no contrarrestó los costos sociales y económicos que se infligieron a los indios y a sus pueblos por este proceso de desamortización de bienes corporativos.

    La historiadora Romana Falcón (México descalzo: estrategias de sobrevivencia frente a la modernidad liberal; Plaza y Janés: 2004) documentó las interpelaciones de parte de los pueblos indígenas que resistieron el despojo y el empobrecimiento creciente –resistencias diversas que fueron desde insurrecciones armadas hasta acomodos y negociaciones con los poderes regionales y el Estado– a lo largo y ancho del territorio nacional durante el periodo de la llamada República restaurada bajo las administraciones de Benito Juárez (1867-1872) y Lerdo de Tejada (1872-1876). “Por el camino más expedito posible”, como lo explicó ella, los liberales decidieron que los indios representaban el atraso de la nación y que era una condición indispensable sacrificarlos, “civilizarlos” fue también un concepto recurrido, para reducir la distancia que separaba a México de los países desarrollados. Se esgrimieron razones –que ella puntualiza con diversos actos de gobiernos– de “desarrollo” y “progreso” que en aras de forjar una “verdadera nación” mexicana primero borró –dice ella “casi mágicamente”– la realidad registrada en archivos, leyes, decretos y pronunciamientos que distinguían cuantitativa como cualitativamente a los pueblos indígenas hasta que se procedió después con acciones represivas, al sometimiento –en algunos casos, incluso a la aniquilación física como sucedió en la frontera norte– de los pueblos que se resistieron. El libro de Falcón documenta un trágico periodo histórico de los pueblos indios así como la combatividad, resistencia y acomodos que éstos fraguaron en una lucha que fue en extremo desigual y difícil y que no admite, como ella misma lo puntualiza, “una visión exagerada (ni) romántica de sus capacidades contestatarias”: durante el liberalismo triunfante los pueblos indígenas que se rebelaron fueron duramente golpeados.

    Una “redefinición de identidades culturales” en las comunidades indígenas, como lo llamó Arturo Warman, también surgió en ese periodo y con el libro de Falcón conocemos nuevos y diversos elementos de esa recomposición: por ejemplo, la expulsión de sus tierras* *de labranza convirtió a muchos indios, a pueblos enteros, en peones asalariados y acasillados de haciendas, cercenando vínculos de identidad colectiva anteriores cuyos ejes eran las tierras y bienes comunales; ocurrieron migraciones en busca de salarios y consecuentes mezclas étnicas de pueblos que se reconstituyeron en zonas geográficas alejadas; se aceleró el proceso de aculturación y mestizaje y los indígenas, desarraigados, abandonaron u ocultaron su lengua, cultura e identidad; la leva produjo desorden y movilizaciones con aun mayor desarraigo; con el pretexto de combatir la formación de gavillas de bandoleros se intervinieron y dispersaron a indios de sus pueblos nativos; así, en medio de desprendimientos, colonizaciones y migraciones internas –por ofertas económicas en otras regiones, aunado a una discriminación y racismo creciente, con los estragos provocados por una educación castellanizada sobre sus lenguas y costumbres– fue casi un milagro que los pueblos indígenas si bien mermados y reducidos lograran sobrevivir al siglo liberal y reconstruyeran nuevas formas de su identidad étnica y colectiva.

    Las aportaciones de las investigaciones de Falcón durante el siglo xix son múltiples y descubren muchas nuevas vertientes anteriormente desconocidas o no documentadas sobre la resistencia de los pueblos ante la “modernidad” instaurada por los liberales en el siglo XIX: por ejemplo, descubre cómo el elemento “étnico” se transformó en algo así como un concepto “matriz”, un recurso y estrategia de lucha también entre pueblos campesinos en luchas agrarias que no tenían un componente ni una reivindicación étnica específica; y la manera cómo la categoría de pueblos indígenas definió de hecho a la mayoría de los sectores marginados, humildes y subordinados que interpelaron al Estado liberal. Esa interpelación, según su documentación, tomó muchas formas: algunas fueron violentas luchas por la tierra, los bosques o el agua y otras se lanzaron en defensa de la religión católica; otros se rebelaron siguiendo propuestas mesiánicas, mientras algunos pueblos se aislaron en geografías hostiles y buscaron resistir así.

    Ante las medidas legales que individualizaron los derechos legales y desmantelaron los derechos corporativos en el siglo XIX, los pueblos indígenas no reclamaron la restauración de los estatutos coloniales ni un retorno al pasado sino que se ingeniaron también para defender sus pueblos y culturas, incluso acogiéndose a la titulación individual de sus tierras. Hubo ejemplos de pueblos que transformaron en copropiedades privadas sus tierras comunales para mantener los derechos colectivos sobre sus bienes (Victoria Chenaut; Aquéllos que vuelan: Los totonacos en el siglo XIX; Ciesas: 1995) y otros que fraccionaron en propiedades privadas los predios aunque continuaron bajo usufructo comunal.

    No obstante, fueron aquellos pueblos que habitaban geografías aisladas los que mejor lograron mantener su propiedad comunal y una organización política y cultural independiente. La políticas del Estado liberal tendientes a privatizar las tierras y aguas de los pueblos indígenas, a someter los usos y costumbres de la organización política de los pueblos indígenas al marco legal constitucional, a volverlos tributarios evitando se esquivara el pago individual de impuestos, a debilitar costumbres tuteladas por religiosos, no lograron, sin embargo, someter la realidad cultural plural de los pueblos indígenas de México: un censo oficial registró que permanecían, por ejemplo, 150,000 comuneros, cifra casi similar a los 166,000 propietarios privados de la tierra, en 1905. Las leyes que les negaban el derecho a los indios a asociarse como tales y a poseer comunalmente tierras y bienes se enfrentó de hecho a una terca y arraigada relación de los pueblos con sus tierras y a culturas que resistieron y rebasaron la capacidad del Estado liberal para someterlos a una sola idea de ciudadano y nación.

    El complejo vínculo histórico entre indios y tierras comunales que la concentración en manos de la Iglesia primero y el despojo agrario en el siglo XIX puso en peligro, tuvo y tiene una historia que sobrevivió al siglo liberal: su segundo momento de fortalecimiento y recomposición –y que redefinió a su vez los ejes de la identidad indígena– sobrevino ya entrado el siglo XX cuando a consecuencia de la revolución agraria se otorgó personalidad jurídica como ejido, con derecho al reparto agrario, a las comunidades indígenas. Ese momento histórico de recomposición de los pueblos indígenas concluyó a su vez en 1992 cuando se reformó el artículo 27 que regulaba la tenencia de la tierra y se eliminó el reparto de tierras que desde 1917 estaba consagrado en la Constitución. La decisión o más bien la implementación del nuevo estatuto legal que modificó por segunda vez en este siglo la situación y relación de los pueblos indígenas con la tierra y con los ejes de su identidad, la tomó, otra ironía “juarista”, un antropólogo, quizás el mayor conocedor, admirador y defensor de los pueblos indígenas de México –y que he citado extensamente en esta reseña– Arturo Warman. Los pueblos indios se volvieron a recomponer desde entonces, como históricamente había sucedido, y persisten con sus diferencias y desacuerdos en un proyecto de nación que tiende a excluirlos: las enmiendas constitucionales de 1992 y 2002 recogen y consagran las tercas interpelaciones –así sean insuficientes para algunos– de los pueblos indígenas actuales.

    Los indios mexicanos y sus comunidades hoy no rebasan, quizás, los once millones de habitantes en una nación cuya población total excede los 110 millones. Según datos del INI, los indios constituyen la mayoría sólo en 550 municipios de los cuales 450 se concentran en el estado de Oaxaca; y ocupan principalmente, tal como antaño, las geografías del sur y sureste del territorio nacional en comunidades dedicadas a la agricultura. El país ha dejado, mientras tanto, al sector agropecuario atrás y hoy menos de una cuarta parte de la fuerza laboral del país se ocupa en el campo. Y el campo produce ahora menos del 10% del PIB. Intolerancia, racismo, corrupción, cacicazgos y rezago social intolerables siguen siendo la realidad en los pueblos indígenas en sus relaciones con el resto de México; así como una creciente polarización social y económica interna, pérdida de legitimidad de las autoridades religiosas y políticas tradicionales, emigración a la ciudad y al “norte”, intolerancia y otros factores que tensionan su tejido interior: después de tres siglos de colonia y dos de República independiente, los pueblos indígenas todavía construyen y reclaman un futuro dentro de la nación mexicana.

    El México descalzo de hoy ya no es, ciertamente, mayormente indígena (como a comienzos del siglo XIX) e incluye a una enorme y creciente masa social marginada del bienestar y el desarrollo social. Sin embargo, los pueblos indígenas y su terca insistencia de vivir ligados a la tierra y en un marco cultural distinto, corroen la conciencia, la mala conciencia, de una nación que tiene con ellos una deuda histórica insoslayable. Libros como el de Romana Falcón contribuyen a precisar las causas y las explicaciones necesarias para remontar la discriminación que todavía reina libre en las ideas y acciones modernizadoras del Estado hacia los actuales pueblos indios. Si habremos de alcanzar la democracia con justicia social en México, como indica la autora, tendrá que ser con respeto pleno a la diversidad cultural de los pueblos indios.

    aashwell@gmail.com







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    Fuente:

    Revista Elementos, Ciencia y Cultura - El Mexico descalzo de Romana Falcon

  3. #43
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  4. #44
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    Re: Mexico no es bicentenario

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    miércoles, 1 de abril de 2009

    LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ: NACIDOS PARA TRIUNFAR

    Por José Joaquín Blanco



    Parecen referirse a nuestros días algunas de las observaciones que Luis González hace del México de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX: "A periodos de fe en las riquezas efectivas y potenciales del país, en la aptitud física o intelectual de sus hombres y en su ejército, suceden etapas de melancolía, de una profunda sensación de inferioridad étnica y geográfica, sentir contra el que se reacciona enseguida para caer otra vez en actitudes de engreimiento y sobrestimación... Las etapas de nacionalismo ufano suelen darse en épocas de bonanza económica, innovaciones culturales y concordia social, y generalmente concluyen en sacudimientos contra cualquier dependencia, en luchas emancipadoras. Las etapas de depresión nacen en horas de crisis, esterilidad y desasosiego y pueden concluir en peligrosos entreguismos."

    Recopilado, como otros ensayos dispersos, en el volumen Todo es historia (Cal y Arena), "El optimismo inspirador de la independencia" estudia un factor siempre pasado por alto en las investigaciones históricas, sobre todo en las dadas a la superstición cientificista: lo que se da en llamar factores difusos o subterráneos, "el espíritu del tiempo", la psicología de la historia, que en muchos casos resulta no sólo pertinente sino aun indispensable. Es necesario aceptar a veces que grandes o importantes hechos surgieron sin la finalidad que ulteriormente les han asignado las generaciones posteriores, y con otro tipo de matices y características.

    La arrogancia criolla: he ahí, en gran medida, el origen de nuestra nacionalidad y de varios desastres, del 16 de septiembre y de la derrota ante los Estados Unidos, de muchas constituciones y de todavía más abundantes golpes de estado, hasta que vino la generación de la Reforma a desplazar a los criollos como Casta Elegida.

    Aunque la arrogancia criolla se remonta al siglo XVI (las pretensiones franciscanas de lograr en las Indias una iglesia mejor que la europea, la infatuación criolla de la riqueza y de la fertilidad americanas) y produce en el siglo XVII, como lo documenta Francisco de la Maza en El guadalupanismo mexicano, algunos de los títulos más fanfarrones concebibles, entre los profetas criollos que ya ven a su patria desplazando a Roma y a Jerusalén como capital religiosa del mundo, y a España y demás países europeos como potencia imperial, es en el XVIII cuando expresa su energía más convencida y espontánea.

    A esta sobrestimación nacionalista se deben, en parte, defensas encendidas admirables como la de Clavijero, o las bibliográficas de Eguiara y Eguren y Beristáin y Souza, pero también supersticiones como la de que México era un cuerno inagotable de abundancia --quizás complementarias del auge minero borbónico, pero no del panorama general del país-- que probablemente los vanagloriosos novohispanos contagiaron a Humboldt, y no al revés, como se había venido diciendo.

    González nos documenta que nunca, como a fines del siglo XVIII, en vísperas de la independencia, se gritó más sonoramente el desplante de "¡Como México no hay dos!", y con resultados más catastróficos: los arrogantes criollos sacaron al país a la moderna palestra mundial, creyendo que todo sería un desfile y que ningún carro alegórico recibiría más vítores que el suyo, y lo hicieron enfrentarse a guerras internacionales, al comercio y a la tecnología adversos del capitalismo vigoroso, y a sus propios intereses y disensiones internas, que lo desgarraron con no menor violencia que las adversidades extranjeras.

    Terrible consejera es la arrogancia, tanto la de la infatuación del dinero y del poder (hace apenas diez años, estábamos "administrando la abundancia" petrolera del San Jacinto lopezportillista), como la otra, no menor, de la ideología, el berrinche y la mística: el voluntarismo político que, cegado frente a la realidad, erigido en vanidoso mesías de tambores fanáticos, termina por funcionar como inmejorable aliado de sus propios enemigos.

    Los padres de la independencia soñaban sueños de oro: "Sin embargo, no se quiere demostrar que el engreimiento haya sido el factor determinante de las guerras de independencia. La lectura de muchas páginas conduce simplemente a creer que la élite de la sociedad novohispana dieciochesca, sin su fe, caliente e ilusa, en las riquezas del subsuelo patrio, en la inteligencia y buena disposición de sus compatriotas, en las costumbres de su pueblo, en el vigor del brazo militar y en el auxilio manifiesto de la providencia divina, factores todos que aseguraban una próspera vida independiente..., la separación de España no habría sucedido ni del modo ni en el tiempo de todos conocidos".

    Los ilustrados mexicanos consideraban a su patria:

    "Admiración del universo",

    "Primera potencia del mundo",

    "El mejor país de todos cuantos circunda el sol",

    "El más dilatado y fecundo de todos los países del globo",

    "Perla de la corona española",

    "Niña bonita de España",

    "Blanco a quien dirigen sus tiros las naciones extranjeras",

    "México, a sus frutos propios como la grana y la vainilla, reúne las producciones de todo el mundo, hasta el té, idéntico al de China" (Fray Servando).

    "Opulento reino, rico país",

    "Ricos, dilatados y fértiles dominios",

    "El país más opulento del mundo"

    Podrían añadirse ejemplos de sor Juana ("Pues yo, señora, nací/ en la América abundante,/ compatriota del oro,/ paisana de los metales;/ adonde el común sustento/ se da casi tan de balde,/ que en ninguna parte más/ se ostenta la tierra madre"), de Sigüenza y de docenas de poetas novohispanos, resumidos todos en las tres más optimistas, compendiosas y emblemáticas líneas patrióticas --heráldica triunfal-- de nuestra literatura. Así resume México Bernardo de Balbuena:

    Es todo un feliz parto de fortuna
    y sus armas un águila engrifada
    sobre las anchas hojas de una tuna.

    En otro ensayo de Todo es historia, Luis González parece sugerir que un gran pecado de la historiografía mexicana ha sido el desdén de la dimensión de la pobreza mexicana, que es desde luego asunto de desigualdad e injusticia, pero también de pobreza real, de pobreza a secas. (En su opinión, Cosío Villegas fue el primero en demostrar en que el territorio no era, para nada, ningún cuerno de la abundancia.)

    Y en efecto, buena parte de nuestros más emprendedores cálculos políticos, desde los ilustrados independentistas, cuentan en su contra el defecto común de haber supuesto que disponían de un capital material, humano y espiritual (religioso o ideológico) infinitamente superior al real, y con esos cálculos exorbitantes desde luego que no hay modo de evitar ninguna catástrofe.

    Debe recordarse que a principios de la guerra con los Estados Unidos abundaban los criollos ilustrados y poderosos que festinaban la victoria mexicana como algo inmediato y facilísimo; así López Portillo iba a vencer a las usurarias finanzas internacionales: en un dos por tres.

    La superstición mexicana en las riquezas totales (la plata, el petróleo), y en esas otras riquezas no menos volátiles e impresionantes: el apoyo total y personal de entidades celestiales (la Virgen de Guadalupe), del genio de los caudillos (sobre todo si son presidentes) o de la irrupción liberadora de las masas (de Monte de las Cruces a la manifestación de hoy), no son fibras menores en el tejido nervioso de nuestra historia.

    Y estas arrogancias van unidas, desde luego, como Quetzalcóatl a Tezcatlipoca --y que diga Moctezuma cuál fue más funesto--, como Cosme a Damián --y hay que preguntarle lo mismo a Abad y Queipo--, a la furia autodenigratoria: al "Como México no hay dos... afortunadamente; nada tiene remedio; ¡qué país! ¡mexicano tenía que ser!; No somos nada; Pura mugre y corrupción; ¡Maximiliano, sálvanos! U.S. Army...; Pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos; El lado erróneo de la frontera; Lo mejor de México es Veracruz, porque por ahí se sale" (atribuido nada menos que a Ignacio Ramírez).

    Porque México conoce también los abismos vertiginosos del desprecio y del odio de sí mismo.

    Nuestra tensión trágica: el tironeo neurótico de posturas tan extremadas.

    Recordemos ahora las cuentas felices de los mexicanos antiguos, los criollos que se creían los reyes de todo el mundo: dice González: "Según la intelectualidad novohispana, México, 'la bolsa donde la Providencia derramó a manos llenas el oro, la plata, los ingenios, la fidelidad y la religión' ofrecía indicios de ser ahora la nación escogida (sobre todas las del mundo, para mandarlas y dirigirlas). Se veía claramente el favor de Dios en la imagen guadalupana, aparecida mediante milagro. En la Virgen de Guadalupe vio el criollo de la última centuria colonial la particular preferencia divina por México, el único país a donde se envió de embajadora a la madre de Jesucristo, el Dios-hombre".

    La Virgen de Guadalupe compartió --comparte-- esta dualidad funesta, al cabo la guerrera Inmaculada del Apocalipsis: es la madre de quienes nada tienen y también de quienes tienen demasiado, o pretenden tenerlo.

    Dijo el Cura Hidalgo: "Realizada la independencia, se desterrará la pobreza, se embarazará la extracción de dinero, se fomentarán las artes y la industria. Haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestro país, y a la vuelta de pocos años disfrutarán sus habitantes de todas las delicias de este vasto continente".

    Cuando la euforia petrolera, Henry Kissinger exclamó: "Mexico is condemned to success!".

    También estaba condenado al éxito, gracias a la Virgen, durante la independencia, según profecía de Morelos: México "espera, más que en sus propias fuerzas, en el poder de Dios e intercesión de su santísima madre, que en su prodigiosa imagen de Guadalupe, aparecida en las montañas del Tepeyac para nuestro consuelo y defensa, visiblemente nos protege".

    También condenaron al éxito a nuestro país el progreso liberal, el libre mercado, el espíritu moderno laico, el orden republicano, el capitalismo de Estado, el Estado benefactor, el corporativismo postrevolucionario, el Tercer Mundo, el petróleo, la plata, el henequén, el turismo, la restauración capitalista mundial de los años ochenta... (1989).


    Publicado por José Joaquín Blanco en 15:18

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    Fuente:

    LA IGUANA DEL OJETE: LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ: NACIDOS PARA TRIUNFAR

  5. #45
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    Re: Mexico no es bicentenario


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    Re: Mexico no es bicentenario

    La fracasada independencia de México



    Este video ya había sido expuesto en otro apartado, donde algunos foristas proporcionan datos interesantes:

    La fracasada independencia de México - Esclarecedor video





    Voy a ponerlo de nuevo porque el original ha sido eliminado. Contradiciendo esa visión distorsionada de la historia virreinal y la visión idílica del México ”independiente”, genero no pocos comentarios agresivos en contra de su autor, aunque hubo unos a los cuales hizo reflexionar y otros que de plano le dieron la razón.







    Pongo el enlace al canal de su creador, donde hay más videos de interés, varios de los cuales ya se han mostrado en el foro:

    Canal de Enrykkke

  9. #49
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    Re: Mexico no es bicentenario

    Ya había mencionado algo sobre este episodio desconocido de las tropas sudamericanas que desembarcaron en Baja California. Aquí hay otro artículo que profundiza en el tema y aporta datos nuevos muy esclarecedores.

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    Independencia / Cuando Chile ayudó a México

    por José Manuel Villalpando



    Los actos efectivos de ayuda entre Chile y México se iniciaron hace mucho tiempo, cuando ambas naciones luchaban en contra de la dominación española, y fueron los chilenos los primeros en actuar en auxilio de los mexicanos. En efecto, pocos saben que a principios de 1822 una escuadra naval chilena arribó a costas mexicanas con la misión de colaborar con nuestra independencia.

    La escuadra chilena estaba formada por seis navíos: las fragatas O’Higgins, Independencia y Valdivia, la corbeta Araucano y las goletas Mercedes y Aranzazú, todas bajo el mando del aventurero y marino inglés Lord Cochrane, que estaba al servicio del gobierno chileno, contratado personalmente por el libertador de esa nación, Bernardo O’Higgins, quien concedía gran importancia estratégica a su incipiente flota de combate
    .


    Con ella, O’Higgins pudo auxiliar de manera muy eficiente a la independencia del Perú. Sus naves de guerra transportaron al ejército que, al mando del otro gran libertador sudamericano, José de San Martín, desembarcaron cerca de Lima y consolidaron la independencia peruana en 1821. Y fue precisamente después de este episodio cuando Lord Cochrane zarpó del puerto peruano de El Callao y puso proa hacia el norte, hacia México, en cumplimiento de las órdenes que el propio O’Higgins le había dado: auxiliar a la independencia mexicana.

    Sin embargo, las noticias en aquellos tiempos corrían de manera muy lenta y la escuadra chilena desconocía que el 27 de septiembre de ese mismo año se había consumado la independencia de México, por lo cual, cuando los barcos llegaron al puerto de Acapulco, se encontraron con la novedad de que ya no eran necesarios sus servicios. Esto no fue obstáculo para que el presidente de la regencia del Imperio Mexicano, Agustín de Iturbide, expresara su agradecimiento a Cochrane y le pidiera lo trasmitiera a O’Higgins. Iturbide aprovechó para algo más: le pidió al almirante chileno que llevase la noticia de la consumación de la independencia a la Baja California, donde aún no se habían enterado del suceso. Cochrane aceptó y ordenó que dos de sus barcos, el Independencia y el Araucano, viajaran a Los Cabos, Todos Santos y La Paz, donde su presencia contribuyó a que los bajacalifornianos manifestaran su adhesión al naciente Imperio Mexicano.

    De este episodio histórico, quizá lo más interesante son las motivaciones y causas que le dieron origen, todavía más desconocidas que la presencia de los barcos chilenos en Acapulco. Curiosamente, los especialistas de ambos países sólo conocen una parte de la historia, una versión incompleta. En México se habla de un par de enviados al servicio de la causa insurgente, que fueron a Sudamérica a pedir auxilio, pero sin referir sus nombres ni tampoco los resultados de su gestión, que lo fue el envío de los barcos a costas mexicanas. En Chile sólo se habla de las órdenes de O’Higgins, de la travesía de Cochrane, y de que sus naves de guerra llegaron hasta la Baja California, sin saber qué persona pidió el auxilio ni a nombre de quién.

    Uniendo las dos versiones del mismo suceso, e investigando en fuentes mexicanas y chilenas, me fue posible en estos días descubrir la parte que faltaba para tener el escenario completo del suceso. Su origen es sencillo: alguien, un insurgente mexicano, se entrevistó con Bernardo O’Higgins para pedir la ayuda de Chile en la guerra de independencia mexicana. Esto lo sabemos por una carta, sin fecha, que el libertador chileno escribió y que es posible datar —mediante la lógica histórica— en algún momento del año de 1820. En ese documento, trascendental para la historia de las relaciones entre México y Chile, O’Higgins dijo lo siguiente:


    Acaba de llegar un brigadier enviado por el gobierno patrio de Méjico solicitando auxilio de armas y tropas, y asegurando que toda la costa, desde las inmediaciones de California a Acapulco, está en revolución. Las nuevas del orden que reina en Chile, los progresos de sus armas, sus victorias marítimas, todo los ha convencido que este pueblo es el único que está en condiciones de conseguir su libertad. En efecto, después de que haya zarpado de Valparaíso la expedición sobre Chiloé —una isla chilena en la que resistían los realistas—, que he comenzado a preparar con el mayor sigilo, pienso auxiliar la costa de Méjico con armas, oficiales y un par de buques de guerra.

    O’Higgins cumplió su palabra y, después de contribuir a la independencia del Perú, envió sus barcos a México. Pero queda la pregunta: ¿Quién fue el brigadier enviado por México?, ¿qué gobierno “patrio” mexicano lo envió?

    Después de repasar en mi memoria los intentos insurgentes por mandar representantes al extranjero durante la guerra de independencia, recordé el nombre de Simón Tadeo Ortiz de Ayala, un partidario de la independencia nacido en Guadalajara que sirvió en la comisión que Hidalgo envió a los Estados Unidos y que luego, viviendo en Nueva Orleáns, fue comisionado por José María Morelos para viajar a Sudamérica y establecer relaciones de amistad con las naciones que se estaban independizando de España, y, de ser posible, obtener de ellas ayuda militar. Tadeo Ortiz viajó así por Colombia y luego por Argentina, desde cuya capital, Buenos Aires, escribió en el año de 1819 al Director Supremo de Chile, que lo era Bernardo O’Higgins, para pedirle su apoyo a la causa de México.

    Pero Tadeo Ortiz no viajó a Santiago ni tocó territorio chileno, por lo que no pudo entrevistarse personalmente con O’Higgins, y la carta de éste da a entender que la petición mexicana fue trasmitida por alguien con quien conversó en persona. Otro dato más me hizo dudar de que fuera Ortiz el misterioso personaje buscado: no era militar, por lo que no podía ostentarse como brigadier. La propia carta de O’Higgins me reveló otro derrotero a seguir: el libertador habla de un brigadier enviado por el gobierno de México, pero no dice que el sujeto en cuestión fuese mexicano.

    Evoqué entonces la presencia de extranjeros que pelearon por nosotros en nuestra guerra de independencia, específicamente los que vinieron en la expedición de Xavier Mina en 1817. Pude recordar que uno de ellos, inglés de nacimiento, que había escapado con vida de la última batalla de Mina y que se libró de ser capturado y fusilado como su jefe, se había puesto a las órdenes de la Junta de la Jaujilla, que ostentaba el mando supremo de la independencia y que con instrucciones muy precisas se le había comisionado para unirse a las tropas de Vicente Guerrero.

    Su nombre era Daniel Stuart, y el “gobierno mexicano”, es decir, la Junta de la Jaujilla, heredera del Congreso de Anáhuac, le confirió el grado de mariscal de campo. Una vez que llegó a los cuarteles, al mando de Vicente Guerrero, esperó pacientemente la llegada a Acapulco de algún barco que se dirigiera a América del Sur. Cuando esto sucedió, lo abordó y se trasladó hasta Valparaíso. Allí pudo entrevistarse con O’Higgins y con José de San Martín, quienes preparaban en ese momento la liberación del Perú. Efectivamente, era un militar insurgente enviado por el gobierno mexicano y, aunque no era brigadier como supuso O’Higgins, sí tenía un grado superior, pues era mariscal.

    A Stuart lo impresionó San Martín más que O’Higgins, quizá por el hecho de que el chileno había cedido el mando superior al argentino. Por ello, en su informe al gobierno mexicano, Stuart afirmó haber “concertado con el general San Martín una expedición a favor del imperio”, del mexicano, por supuesto. Quien tomó en serio la promesa fue O’Higgins, quien mandó sus barcos de guerra a Acapulco, iniciando con ello, con su buena voluntad, la historia de las excelentes relaciones entre México y Chile.



    _______________________________________




    Fuente:

    http://www.bicentenario.gob.mx/acces...anos&Itemid=12

  10. #50
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    Re: Mexico no es bicentenario

    Ingleses, cuando no.

    Para conocer algo más sobre Thomas Cochrane, un escrito hecho por la página amiga argentina CLAMOR.


    Lord Cochrane: ¿Patriota americano o ilustre súbdito de Su Majestad Británica?

  11. #51
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    Re: Mexico no es bicentenario


  12. #52
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    Re: Mexico no es bicentenario

    _______________________________________


    1829 Proclama del General Barradas





    Después de ocho años de ausencia, volvéis por fin a ver a vuestros compañeros, a cuyo lado peleásteis con tanto valor para sostener los legítimos derechos de vuestro augusto y antiguo soberano el Sr. D. Fernando VII. S. M. Sabe que vosotros no teneis la culpa de cuanto ha pasado en ese reino, y se acuerda que le fuisteis fieles y constantes. La traición os vendió a vosotros y a vuestros compañeros.

    El rey nuestro señor manda que se olvide todo cuanto ha pasado, y que no se persiga a nadie. Vuestros compañeros de armas vienen animados de tan nobles deseos y resueltos a no disparar un tiro siempre que no les obligue la necesidad.

    Cuando servíais al rey nuestro señor, estábais bien uniformados, bien pagados y mejor alimentados; ese que llaman vuestro gobierno os tiene desnudo, sin rancho ni paga. Antes servíais bajo el imperio del orden para sostener vuestros hogares, la tranquilidad y la religión; ahora sois el juguete de unos cuantos jefes de partido, que mueven las pasiones y amotinan a los pueblos para ensalzar a un general, derribar un presidente y sostener los asquerosos templos de los fracmasones yorkinos y escoceses.

    Las cajas de vuestro llamado gobierno están vacías y saqueadas por cuatro ambiciosos, enriquecidos con los empréstitos que han hecho con los extranjeros, para comprar buques podridos y otros efectos inútiles. Servir bajo el imperio de esa anarquía, es servir contra vuestro país y contra la religión santa de Jesucristo. Estais sosteniendo, sin saberlo, las herejías y la impiedad, para derribar poco a poco la religión católica.

    Oficiales, sargentos, cabos y soldados mexicanos: abandonad el bando de la usurpación: venid a las filas y a las banderas del ejército real, al lado de vuestros antiguos compañeros de armas, que desean como buenos compañeros daros un abrazo. Sereis bien recibidos, admitidos en las filas: a los oficiales, sargentos y cabos se les conservarán los empleos que actualmente tengan, y a los soldados se les abonará todo el tiempo que tengan de servicio, y además se le gratificará con media onza de oro al que se presente con su fusil.


    Cuartel general de.... 1829

    —El comandante general de la división de vanguardia—

    Isidro Barradas.


    _______________________________________




    Fuente:

    Memoria Política de México

  13. #53
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    Re: Mexico no es bicentenario

    1827 - El padre Joaquín Arenas invita al general Ignacio Mora a encabezar una rebelión para variar la forma del gobierno mexicano.





    Enero 18 de 1827

    El fraile dieguino le presenta un plan que propone la reincorporación de México a la Corona Española al grito de ¡viva España, viva la religión de Jesucristo!, el reconocimiento del Papa y la concesión del Patronato, pues tal es el deseo de la gente devota.

    Se trata de arrestar al general Vicente Guerrero y al presidente Guadalupe Victoria, si no se adhiere a dicho plan y de reponer en sus destinos a los europeos. Señala que se cuenta con los cabildos eclesiásticos de México y con el comandante general de Puebla José María Calderón, y de su obispo, así como elementos del ejército. Además, afirma que ya hay un comisionado regio implicado en la conjura, que será el encargado de conceder amnistías facultado por el Rey de España. La revuelta estallará el 20 de enero siguiente.

    El general Ignacio Mora informará de inmediato al presidente Victoria y éste le instruirá de que cite al padre y le haga repetir su plan, en tanto es escuchado sin que se dé cuenta por el diputado José María Tornel, el senador Francisco Molinos del Campo y el teniente coronel Ignacio de la Garza Falcón, acompañado de sus ayudantes. Arenas expondrá nuevamente su plan y lo sostendrá cuando los personajes ocultos entren a la sala en que se encuentra. Al verse aprehendido, gritará que no le importa ir al cadalso por la ley de Jesucristo.

    Arenas ratificará que cree que el gobierno más análogo a lo bueno es el de Fernando VII, que la religión de España es la más pura y sin mezcla de secta alguna, y que él es el autor del plan cuyo escrito ya quemó, pero negará que hay más implicados en el intento de revuelta.


    Al otro día, será cateado el Convento de San Diego y en la celda del padre Arenas se encontrarán dos pistolas y algunos documentos en los que se menciona al dominico Francisco Martínez, religioso español.

    Será sujeto a proceso y condenado como traidor por unanimidad de votos de un consejo de guerra militar a la pena de muerte, con un letrero en el pecho que diga:

    Por traidor a la Nación.


    "Pague este desgraciado e imprudente religioso con su vida el delito que cometió, para que a él le sirva de castigo y a los demás de escarmiento: lo exije así la salud pública, a fin de que los enemigos interiores y ocultos de la Patria conozcan, que así como aprecia y venera respetuosamente a los sacerdotes que llenan sus deberes, castiga enérgicamente, aunque con el mayor sentimiento, a los que olvidados de sus delicadas y santas obligaciones de ministro de paz, se convierten en sus enemigos.




    El clero impugnará la sentencia por no haberse cumplido el requisito de desafuero y degradación previa por parte de la Iglesia. El fiscal alegará que el propio delito cometido privaba a Arenas de su fuero. No obstante, el cabildo eclesiástico de la ciudad de México, en ausencia de obispo, aprobará la consignación y entrega de Arenas a la jurisdicción militar.

    El día fijado para su ejecución y con el fin de lograr su indulto, Arenas declarará que el autor del plan es el padre Martínez y que la conjura se había iniciado en Oaxaca. Que había visitado al general Gregorio Arana, de quien sospechaba estaba en la conjura y quien le había pedido el plan; pero al enterarse de que Arana era masón, se separó de los conspiradores y formuló el plan que le presentó al general Mora. Ya enterado de la negativa del indulto, Arenas se retractará de esta declaración.

    Será fusilado por la espalda el próximo día 2 de junio, sin hábito, vestido de civil con un traje negro y con botas.

    Arenas nació en España y perteneció a la orden de los dieguinos, rama de los franciscanos descalzos. En México, además de sus actividades religiosas, fue monedero falso, que escondía tras una fábrica de jabón.

    El padre Martínez y el general Arana, también implicados en la conspiración, serán juzgados y fusilados. Los generales Negrete y Echávarri, mencionados por Arana, serán expulsados del país.


    Doralicia Carmona. MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.


    _______________________________________


    Fuente:

    Memoria Politica de Mexico

  14. #54
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  15. #55
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    Re: Mexico no es bicentenario


  16. #56
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    Re: Mexico no es bicentenario

    Una Independencia sin sangre

    Por Daniel Salinas Basave





    ¿Pudo haber habido Independencia sin sangre en México? La historiografía jamás estudia el “hubiera”, pero la realidad es que el proceso de rompimiento de la Nueva España con la corona peninsular pudo ser menos traumático y costar menos vidas humanas. Tal vez sea crudo decirlo, pero las decenas de miles de vidas que se perdieron en las campañas de Hidalgo y Morelos pudieron haberse ahorrado, pues con o sin esos martirios, la Independencia de cualquier forma se habría consumado. Exaltada por el poético nacionalismo de asamblea, la Independencia es vista ante todo como una gesta guerrera, una epopeya donde la libertad debió ser pagada con sangre. El pueblo mexicano, nos dicen los poetas del patrioterismo, tuvo que sacrificar demasiados cuerpos en el altar de sus anhelos libertarios para poder romper sus cadenas. Bajo el punto de vista oficialista, todas estas muertes fueron imprescindibles para conseguir ese objetivo común de libertad y de no haberse derramado esa sangre mártir, nuestra nación seguiría condenada a la esclavitud. Sí, a los amantes del bronce y las letras de oro la sangre les parece el non plus ultra de lo poético. El precio pagado por ser independientes fueron las cabezas cercenadas de Hidalgo, Allende y Jiménez, las paredes de la Alhóndiga de Granaditas pintadas de rojo y un carro de artillería estallando en Puente de Calderón. Amantes de lo litúrgico, hemos escrito nuestro patriótico evangelio con la sangre y el sudor de nuestros mártires. Sin martirio no hay altares con flores, ni laureles de victoria, ni sepulcros para ellos de honor. El sonoro rugir del cañón es la música de nuestra Historia, la canción que cantamos a “mássiosare”, ese ni tan extraño enemigo tan aferrado a profanar con sus sucias plantas nuestro suelo. Pero la realidad es que un cuerpo destazado a sablazos y una cabeza humana dentro de una jaula no son asuntos muy poéticos que digamos y lo cierto es que si algo le sobró a nuestra Independencia fueron crueldades, mismas que pudieron evitarse si se hubiera optado por una transición pacífica que tantos y tantos criollos e incluso españoles peninsulares deseaban. La muestra de que sí fue posible optar por un proceso de liberación pacífico la puso Brasil, la gigantesca colonia portuguesa en Sudamérica, cuya Independencia no costó una sola vida humana. Cuando el príncipe regente portugués Pedro pronunció la palabra “permanezco” y decidió mantenerse en Brasil, la enorme colonia lusitana se transformó en un imperio independiente, gobernado por el hijo del Rey de Portugal, país que al igual que España había sido invadido por Napoleón en 1808, con la diferencia de que la familia real, en lugar de caer presa de los franceses, se exilió a su colonia sudamericana. Cierto, en Brasil la esclavitud sobrevivió todavía muchos años después de la proclamación de su Independencia, pero su liberación no costó miles de muertes como en el resto de los países americanos. Algo similar pudo haber ocurrido en México en 1808, cuando la noticia de la invasión napoleónica a España acababa de llegar al país y algunos altos jerarcas del Ayuntamiento de la Ciudad de México, entre los que destacaban Francisco Primo de Verdad y Fray Melchor de Talamantes, se pronunciaron por la formación de un gobierno autónomo provisional. La idea era la proclamación de una junta gubernamental con capacidad de autodeterminación que gobernara la Nueva España al menos de manera provisional en lo que se definía la suerte del Rey Fernando VII, preso de Napoleón. Entre los partidarios de esta provisional autonomía estaba el mismísimo virrey José de Iturrigaray, a quien no le molestaba la idea de encabezar ese gobierno autónomo. ¿Quería Iturrigaray transformarse en el emperador de una nación autónoma? La verdad fue que no hubo tiempo para suposiciones, pues un grupo de ricos peninsulares temerosos de sus propósitos independentistas, aprehendieron a Iturrigaray la noche del 15 de septiembre de 1808, exactamente dos años antes de que Miguel Hidalgo diera su grito en Dolores. Primo de Verdad y Talamantes también fueron cargados de cadenas y ambos murieron en prisión en circunstancias muy extrañas. Sin embargo, ya en ese momento había germinado entre la alta aristocracia criolla la idea de una autonomía, al menos parcial, que sin duda pudo haber sido un primer paso para lograr una Independencia total. Tal vez entre los criollos no había muchos independentistas, pero sí muchos autonomistas y dicha autonomía sin duda hubiera sido el primer escalón. La idea original del movimiento, era el de un golpe de estado en el centro mismo del poder, un golpe encabezado por militares criollos que derramara la menor cantidad de sangre posible y pudiera colocar en el poder a una junta de gobierno autónoma. Lo que jamás estuvo planeado, fue lo que al final ocurrió: una revuelta popular sangrienta surgida al vapor y encabezada por un cura de pueblo que no pudo domar la fiera desencadenada por él mismo. Duele decirlo, pero la revuelta popular de Hidalgo, lejos de acelerar, retrasó el proceso de Independencia que pudo conseguirse de manera gradual y más civilizada. De hecho, la consumación de la Independencia en 1821 no fue un acto que se diera como resultado o consecuencia directa de los movimientos de Hidalgo y Morelos. A partir del momento en que Iturbide proclamó el Plan de Iguala, no hubo ya en el país más sacrificios humanos y la separación de la corona se logró de la misma forma que se pudo haber concretado trece años antes, en 1808, anteponiendo las ideas a los cañones.

    posted by Daniel at 5:25 PM

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    Eterno Retorno

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    Re: Mexico no es bicentenario

    El puerto de Veracruz fue la última ciudad en disputa entre realistas e independentistas. El 26 de octubre de 1821 José Dávila, gobernador de Veracruz, ordena la resistencia tras las murallas de la fortaleza de San Juan de Ulúa que dominan el puerto. En diciembre de 1821 embarcan los últimos expedicionarios europeos que abandonan México rumbo a Cuba para su repatriación.

    Sin embargo un millar de soldados españoles permanecieron en Nueva España, de ellos la mitad quedaron al mando de José Dávila formando los batallones Infante Don Carlos y Barcelona, y se unieron al batallón Cataluña en la defensa de la plaza de San Juan de Ulúa.

    El gobierno español en sustitución del fallecido O'Donoju nombra a Francisco Lemaur con como jefe político superior de Nueva España el 10 de mayo de 1822, cargo que aceptó el 27 de julio. Francisco Lemaur toma el mando de la dotación de San Juan de Ulúa el 24 de octubre de 1822, sustituyendo a José Dávila. En noviembre de 1825 motivado por la enfermedad de Lemaur, toma su relevo del mando don José Coppinger, último gobernador de la Florida española, que con el extravío del relevo por mar, que coincide con una epidemia de escorbuto en la guarnición que la inutiliza, se ve obligado en 1825 a la capitulación de la fortaleza.




    __________________________



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    https://www.facebook.com/15143301054...type=1&theater

  18. #58
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    Re: Mexico no es bicentenario

    Un pensamiento de Don Lucas Alamán; historiador, intelectual contrarrevolucionario y miembro fundador del Partido Conservador Mexicano:

    "En la época en que nos hallamos (1852),... todas las esperanzas de un porvenir mejor, se han desvanecido;... tantas revoluciones sin fruto han apagado no sólo el espíritu de patriotismo, sino aun el de la facción y partido,... no queda en la nación ambición alguna de gloria, ni en los particulares otra que la de hacer dinero."








    __________________________


    Fuente:

    https://www.facebook.com/asociacionp...type=1&theater

  19. #59
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    Re: Mexico no es bicentenario

    La poco conocida guerra por la Texas novohispana.


    __________________________


    Bernardo Gutiérrez de Lara declara la independencia de Texas

    6 de abril de 1813







    Percibe el interés de los Estados Unidos de anexarse este territorio y se declara independiente de España y de cualquier otra potencia. Gutiérrez de Lara fue nombrado coronel por Ignacio Allende con instrucciones de levantar la insurrección en Coahuila y Texas. El nuevo coronel viajó a Washington y en agosto de 1812, derrotó a Simón de Herrera, gobernador de Provincias Internas; ocupó Nacogdoches y la bahía del Espíritu Santo y pactó la rendición de Herrera que se había refugiado en San Antonio de Béjar. A pesar de la promesa de respetar las vidas de los vencidos, la turba enfurecida contra los realistas degolló a Herrera, a su hermano y a Manuel Salcedo, entre los principales jefes militares.

    Poco después, José Álvarez de Toledo, jefe de mercenarios arrebatará el mando a Gutiérrez de Lara y los levantados serán vencido por las tropas realistas encabezadas por Joaquín Arredondo.

    Al triunfo de la independencia, en 1822, Gutiérrez de Lara representará al Nuevo Santander y pugnará porque las leyes de colonización de lo que han sido las Provincias Internas establezcan que los inmigrantes extranjeros para ser admitidos y dotados de tierras cambien de idioma si no hablan español y que si tienen esclavos los conviertan en sirvientes libres.



    Doralicia Carmona. MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.





    __________________________


    Fuente:

    Memoria Politica de Mexico

  20. #60
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    Re: Mexico no es bicentenario

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Sunday 16 de September de 2012

    Noticias de las Provincias de Sonora y Sinaloa en 1805

    (Los prolegómenos de la Independencia en el Noroeste)

    Por Gilberto J. López Alanís*





    Detalle del mapa de Rigobert Bonne a principios del siglo XVIII (León Portilla,1989)




    Los impulsores de las reformas borbónicas buscaron hacer más eficiente la labor administrativa de la Corona en el siglo XVIII; urgieron a través de sus funcionarios, un diagnóstico certero de las posibilidades de explotación de los recursos naturales de la Nueva España. Para lograrlo se requirió mediante cuestionario, a los subdelegados y comandantes de las diversas provincias por el Consulado de Veracruz, los informes respectivos; el de las Provincias de Sonora y Sinaloa fue presentado por el Gobernador Intendente de Sonora Alejo García Conde, en 1805.

    En el informe del ceuteño García Conde, no todo quedó implícito y explícito, sin embargo lo anotado sirve para enmarcar algo de la vida social de tales provincias que se extendían en treinta mil novecientos sesenta y una leguas cuadradas, con 123, 854 almas; cuatro por cada legua cuadrada.

    Con un conjunto de pueblos de casta india, así lo anotó el Gobernador Intendente, entre los que se encontraban la casta también llamada mexicana; fuertes, mayos, yaquis, pimas altos y bajos, audeves, tovas, seris, ópatas, pápagos, cocomaricopas y apaches de paz, grupos que manifestaban su presencia en este espacio norteño, con 186 pueblos; una serie de ríos entre los que se destaca algunos de Sinaloa. Se incluyó la división política de Partidos.

    El Gobernador Intendente, Alejo Pedro María de los Ángeles García y Conde que frisaba los 54 años, tuvo sus propuestas que hoy llamaríamos emprendedoras, en la siembra de la grana silvestre y su posible exportación por vía marítima. Lo mismo hizo con el Copal Chil, al que equiparó con la quina peruana, también abogó por la siembra de la caña de azúcar y la jojova, sin faltar las maderas exquisitas (finas), los cueros de res, harinas de Sonora. Hizo además una enumeración de posibles puertos para la actividad comercial.






    Partida de nacimiento de Alejo García Conde (Juan Gutiérrez Álvarez, 2003)



    El ex tutor de armas de Antonio y Javier hermanos del Rey Carlos IV, anotó que existieron 84 minas de plata, de las cuales no dio más información por ser de exclusivo uso de las diputaciones de este ramo; con 6 minas de oro puro; cuatro placeres, uno de ellos en bonanza, sin minas de azogue, algunas con mármol sin explotación; 4 minas de yeso; salinas en varias localidades con buena producción y comercio.

    Viudo en 1795 de su prima hermana Tomasa de Sastre y Conde de 22 años, hija del Teniente Coronel Mateo Sastre que había sido Gobernador de Sonora y Sinaloa. Volvió a casarse con Maria Teresa Vidal de Lorca y Pinzón de 19 años, hija del Coronel Melchor Vidal de Lorca que había sido Gobernador de las Provincias de Nicaragua, especificó en su informe que no había caminos formalmente construidos, sólo los que se hacían al transitar los carruajes; sin puentes, posadas, ni obra pública más que una real cárcel en Arizpe; un presidio en Pitic, nula presencia militar en la villa de San Miguel de Culiacán, por estar toda la fuerza ocupada en la contención fronteriza, con 22 compañías que incluyeron 1,030 plazas, la más cerca de Culiacán, la de los mulatos libres de Mazatlán para casos de emergencia.

    Establecido en la villa de Arizpe, a la cual hizo capital administrativa de Sonora y Sinaloa. Mejoró los equipos de defensa fronteriza, y limitó las libertades de los naturales, hizo constantes llamados para que se le dotara de infantería española para una mejor defensa ante las continuas hostilidades de los naturales. Ante la indiferencia de la Corona a sus peticiones asumió con sus propios recursos y los derivados de su actividad de control económico y político, el mantenimiento del orden colonial en su demarcación, llegando a establecer un pacto con los ópatas, logrando incorporarlos a su ejército como tropas regulares ante cierto descontento de la burocracia militar.






    La batalla de Trafalgar en 1805



    Informó que el comercio de efectos de Castilla se realizaba con la centralidad del virreinato y los de procedencia asiática como contrabando, por algunos puertos del Pacífico, aparte de productos ingleses y angloamericanos.

    Para 1805, cuando Inglaterra derrota a España en la famosa batalla de Trafalgar, se producía maíz, trigo, cebada, legumbres, algodón, azúcar, tabaco, palo de tinte, añil, resinas, maderas finas; ganado vacuno, lanar, cabrío, de cerda, caballar, mular, asnal. Una relativa e importante curtiduría, jabón, cebo, ollas a mano manufacturadas por mujeres, lana y frazadas en 20 telares; con 41,161 hombres en actividades productivas.

    Se puede afirmar que las provincias de Sonora y Sinaloa eran un mundo aparte en la vida virreinal de la ciudad de México, y cuando en 1808, se produce la invasión de Napoleón Bonaparte en España, abdicando los borbónes en beneficio del emperador francés, el sacudimiento fue tremendo, en todo el reino se sintió un estado de expectación y alarma.




    *Director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa


    __________________________


    Fuente:

    Noticias de las Provincias de Sonora y Sinaloa en 1805 | La Voz del Norte

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    Último mensaje: 15/05/2008, 14:55

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