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Tema: Hay “otro” bicentenario

  1. #181
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Agenda de Reflexion » Nº 422 - La última misión del Libertador: albacea testamentario del banquero

    Nº 422 - La última misión del Libertador: albacea testamentario del banquero

    - | 25 de Febrero de 2008 ≈ 9:36 | tamaño de
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    Por Armando
    Puente
    Alejandro María Aguado nació en Sevilla el 28 de enero de 1785. Hijo del
    segundo
    conde de Montelirios y de María Remírez de Estenoz, de ilustre y rica familia cubana, con vínculos en el Río de la Plata, los Bucarelli.
    En 1799 ingresó como cadete en el regimiento de infantería Jaén, de donde pasó en junio de 1808 al batallón de Voluntarios de Sevilla nº 4, participando en las batallas de Tudela y Uclés contra las tropas napoleónicas.
    Ocupada Sevilla por los franceses se alistó en las
    filas
    del ejército de José I Bonaparte, siendo incorporado como edecán
    del Estado
    Mayor del mariscal Soult. Como coronel del regimiento de Lanceros Españoles combatió en Albuera y fue nombrado comandante militar del Condado de Niebla. Cuando los franceses fueron derrotados
    por las
    fuerzas coaligadas mandadas por Wellington, se exilió, rechazó el nombramiento de gobernador de Martinica y abandonó la carrera militar.
    Casado con Carmen
    Victoria
    Moreno
    tuvo tres hijos, todos ellos nacidos en Francia y, con ayuda de sus familiares, creó en París varias empresas, desde la importación y venta de vinos, aceite y frutas hasta
    perfumes
    . En 1821 inició sus primeras operaciones en la
    Bolsa
    y se vinculó a los banqueros Fould y Pereire.
    En 1824 se hizo cargo de la gestión en París del Empréstito Real, en momentos en que ningún banquero europeo quería asumir
    riesgos
    con España, sumida en una catastrófica crisis económica. En 1828 y 1830 suscribió dos nuevos empréstitos con el rey Fernando VII y refinanció las
    deudas
    que España tenía con el
    Reino Unido
    , Francia y Holanda. Para entonces se había convertido en uno de los grandes banqueros de París y era considerado “el hombre más rico de Francia”.
    Fue en 1829, en los meses que José de San Martín pasó en París, de vuelta a Europa de su frustrado regreso a
    Buenos Aires
    , cuando el Libertador y el banquero iniciaron una relación que se convertiría en amistad íntima a partir de 1833. Aguado había cedido su Banco a la casa Ferrere-Lafitte y empezaba a dedicarse especialmente a promover importantes actividades culturales: financiar la Ópera de París, revistas y diarios y crear la más importante de las colecciones privadas de arte existentes en Francia. Su palacio de París y en el palacio Petit Bourg, ubicado a veinticinco kilómetros de la capital, se convirtieron en centro de reunión de artistas líricos y del ballet, compositores como Rossini y escritores como Balzac. José de San Martín compró una casa, Grand Bourg, situada junto al palacio de Petit Bourg, y otra en la calle Saint Georges, en la capital, a tres cuadras del palacio de Aguado, para estar cerca de su amigo el banquero sevillano. Es así como el Libertador conoció a los más famosos artistas y escritores de la época que se reunían en los salones de Aguado.
    Su vocación de mecenas y coleccionista de
    arte
    (reunió 320 obras de Velázquez, Murillo, Alonso Cano, Da Vinci, Rubens, Rembrand,
    Rafael
    , etc.) no impidió a Aguado continuar sus actividades financieras y comerciales: empréstitos a Grecia, el Piamonte y los Estados Unidos, construcción del canal de Castilla, desecación de las marismas del Guadalquivir, explotación de las bodegas Chateau Margot y de minas de carbón en Asturias. En agradecimiento a las inversiones que realizaba en su patria, el rey le concedió el título de marqués de las Marismas del Guadalquivir.
    En un viaje que realizó a Asturias para visitar sus minas e inaugurar una ruta de peaje, murió de un fulminante ataque de apoplejía en 1842.
    El “hombre más
    rico
    de Francia” había nombrado a su
    amigo
    San Martín su albacea testamentario y tutor de sus hijos, haciéndolo además heredero de todas sus alhajas y condecoraciones personales. El
    Libertador
    se hizo cargo de la compleja misión de ejecutar el testamento y repartir la inmensa fortuna, vendiendo las minas y posesiones y la colección de obras de arte que eran la admiración de toda Europa, y que hoy se exponen en los mejores museos del mundo. San Martín estuvo más de tres años, hasta fines de 1845, ocupado en esa tarea como presidente del “consejo de familia” y tutor de los dos hijos menores del banquero.
    Cumplida la voluntad de su amigo el general pudo descansar realizando un viaje a Italia. Continuó viviendo en París, en su casa de la calle
    Saint Georges
    y pasando los fines de semana y vacaciones estivales en la casa de Grand Bourg hasta 1848, cuando un estallido revolucionario lo movió a trasladarse a Boulogne sur Mer, en el canal de La Mancha, donde murió.

    Armando Rubén Puente [foto de 1970], periodista, investigador y escritor argentino radicado en Europa, publicó hace pocas semanas en Madrid la biografía “Alejandro Aguado, militar, banquero, mecenas”, 450 páginas, de donde surgen estas notas.


  2. #182
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    .

  3. #183
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Aquí la historia de un héroe que ni fue tan héroe, según dice esta investigadora.

    Aunque a decir verdad, no sé que tanto pueda afectar a la imagen del caudillo zacatecano, ya que la gran mayoría de mexicanos no saben ni quién es, jejeje .





    “Expandió el movimiento, pero no se dice que pidió indulto a los realistas”: Mariana Terán

    Víctor Rosales, a quien se considera héroe patrio, “claudicó para salvar su pellejo”

    “Nos hemos quedado con la estampita de los insurgentes; hay gran ignorancia de la guerra de Independencia”, lamenta la investigadora de la Universidad Autónoma de Zacatecas


    Alondra Flores

    Periódico La Jornada

    Domingo 19 de septiembre de 2010, p. 4

    “Víctor Rosales claudicó para salvar su pellejo”, dice la historiadora Mariana Terán Fuentes sobre el insurgente zacatecano, quizás el menos conocido de los 14 héroes patrios que reposaban en la Columna de Independencia, y que fueron trasladados al Palacio Nacional. “Destacó por sus estrategias para expandir el movimiento rebelde, y porque ocupó la provincia de Zacatecas, pero no se dice la otra parte: que Calleja le otorgó el perdón.”

    Rosales (Zacatecas, 1776) participó en la primera etapa del movimiento de insurgencia; fue un militar muy destacado activado por el propio Miguel Hidalgo. Su nombre no se entendería si no se une al de otros personajes del movimiento de Independencia, como Ignacio López Rayón, Rafael Iriarte y hasta Félix María Calleja, dice en entrevista la investigadora responsable del nivel de posgrado de la Universidad Autónoma de Zacatecas.

    “Hay muchos Rosales en la guerra, muchos cabecillas; también gran presencia de arrieros, carreteros, operarios de minas y mozos que participaron en la guerra, pero las investigaciones que se han hecho sobre la guerra no han abundado. Faltan investigaciones relacionadas con los procesos sociales y no tanto con los líderes. Nos hemos quedado con la estampita de los héroes; es una gran mutilación para interpretar el movimiento”, lamenta la historiadora.

    En marzo de 1811, Ignacio López Rayón recupera la ciudad de Zacatecas; así, las fuerzas rebeldes toman por segunda ocasión el control de ese ayuntamiento, importante por su riqueza minera. Es entonces cuando Víctor Rosales se ocupa de reorganizar las tropas, preparar armamento y disciplinar al ejército que se componía principalmente de campesinos e indígenas mal preparados para la guerra.

    Cuando Rayón parte hacia Michoacán encomienda a Rosales vigilar y quedarse al mando de Zacatecas, sabiendo que las fuerzas de Calleja se acercaban. Le pide que permanezca en la ciudad al cuidado de los caudales insurgentes y de buena parte de las tropas.

    Frente a la iglesia parroquial de la ciudad, Rosales y Calleja se dan un abrazo frente a las tropas realistas, y el líder insurgente solicita el indulto amplio. “En ese momento claudicó para salvar su pellejo. Eso no va mucho con nuestro ideario de los insurgentes, algo que se tendrá que revalorar”, señala la investigadora.

    “Hay una parte sicológica del miedo tanto en insurgentes como en realistas”, explica. Durante la conversación con la especialista el miedo es una palabra recurrente, por ejemplo en noviembre de 1810, poco antes de la primera toma de Zacatecas, las noticias del llamado Teatro de los Horrores de Guanajuato llegan muy rápido y la población temía que se reprodujeran actos de violencia en casas y comercios de europeos.

    En la capital del país no se sabe mucho de Víctor Rosales. En el estado de donde era oriundo parece diferente, pues incluso el municipio de Calera, su cabecera, lleva el nombre del zacatecano. Pero según la historiadora, “si se pregunta por él, dirán que Víctor Rosales fue un gran insurgente, y hasta ahí llega el conocimiento. Hay gran ignorancia de nuestra guerra de Independencia”.

    Ningún personaje es el clásico héroe, y ahora con los festejos del bicentenario se comprueba la visión maniquea de la guerra; por ejemplo: los realistas defendieron motivos comunes con los insurgentes, y ambos dieron pruebas de lealtad a la monarquía, pero habrá que revalorar ambos bandos. Un asunto que cala hondamente en nuestro sentido patriótico es que en Zacatecas triunfaron los realistas, hubo muchas insurgencias, pero una sola contrainsurgencia. Nuestra ciudad es muestra de la capacidad intelectual, persuasiva y militar de Calleja”, agrega.

    Según Terán Fuentes, quien prepara un libro sobre el movimiento de Independencia en Zacatecas, sobre este periodo se ha escrito más en tono de culto cívico y aún hay mucha información, sobre todo en los archivos locales, muy poco explorados, series completas de información que nadie mira.






    Fuente:

    La Jornada: Víctor Rosales, a quien se considera héroe patrio, claudicó para salvar su pellejo




    Última edición por Mexispano; 31/12/2013 a las 09:10

  4. #184
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Este artículo proviene de una de las revistas más izquierdistas de México, pero de repente uno puede encontrar cosas interesantes.


    La película “Morelos”, otra pifia del sexenio


    Judith Amador Tello

    11 de diciembre de 2012

    Reportaje Especial



    Imagen de la película Morelos.



    Especialista en la época independentista, Guadalupe Jiménez Codinach analiza minuciosamente los errores históricos de la película Morelos, de Antonio Serrano, a la cual le faltó una rigurosa investigación en aras de la dramatización, no obstante que se conoce a detalle al prócer, sus hechos y el entorno de la época. A tres semanas de su estreno, la cinta apenas recaudó poco más de un millón y medio de los 75 millones que costó.

    MÉXICO, D.F. (Proceso).- En la semioscuridad de una sala de cine, en la cual se cuentan apenas siete asistentes, la historiadora Guadalupe Jiménez Codinach, especialista en el periodo de la Independencia de México, se arrellana en su butaca dispuesta a ver la película Morelos, la superproducción dirigida por Antonio Serrano cuyo costo alcanzó los 75 millones de pesos.

    Afanosa, saca una libreta y en cuanto comienza la proyección, con una batalla posterior a 1813, inician sus apuntes que comparte en este texto con los lectores de Proceso. Por momentos asiente, pero las más de las veces suspira, mueve la cabeza con gesto de desaprobación y murmura con indignación: “¡Eso no ocurrió así!.. No es posible que si se tiene ya tanta información sobre ese periodo histórico no lo hayan podido recrear”.

    Desde antes de su estreno, la cinta ya ocupaba las páginas de los medios impresos con críticas a la forma en la cual obtuvo el presupuesto para su realización, pues mientras los directores y productores deben competir para buscar los recursos del Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (Foprocine), Fondo de Inversión y Estímulos al Cine (Fidecine) y el Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión en la Producción Cinematográfica Nacional (Eficine), a ésta se los asignó de manera directa Conaculta Cine.

    Pero la inversión resultó una pifia, pues en tres semanas de exhibición, con 150 copias, la película apenas contó con la asistencia de 38 mil personas y no logró recuperar sino únicamente 1 millón 648 mil 968 pesos. Retirada del D.F., actualmente se proyecta en provincia.

    Todos los recursos empleados en la realización de este gran proyecto, como locaciones, vestuario, cientos de extras (incluidos 70 miembros del Ejército mexicano, como lo dio a conocer este semanario en su edición 1881), además de un gran reparto encabezado por Dagoberto Gama (Morelos), con Raúl Méndez (Mariano Matamoros), Juan Ignacio Aranda (Hermenegildo Galeana), Gustavo Sánchez Parra, como Matías Carranco; José María Yazpik, como Ignacio López Ryón; y Stephanie Sigman, como Francisca Ortiz (esposa de Matías Carranco y amante de Morelos en la película), no bastaron para convencer al público.

    Tampoco pasó la prueba de la historia. A decir de Jiménez Codinach, doctora en historia por la Universidad de Londres y autora del libro México su tiempo de nacer 1750-1821 y coautora con Ernesto de la Torre de La Gran Bretaña y la Independencia de México 1808-1821, no se representa la grandeza de Morelos. Al contrario, se centra en banalidades y hasta falsedades como su supuesta rivalidad con Carranco por el amor de Francisca Ortiz, con quien según la película tuvo una hija en plena guerra, lo cual jamás ocurrió.

    Con 40 años investigando sobre temas de la Independencia, la especialista confiesa que José María Morelos y Pavón (1765-1815), es uno de sus personajes consentidos –“¿y cómo no?” se pregunta–: un hombre humilde con una infancia difícil, pues con su madre y su hermana María fue abandonado por su padre, quien se llevó a su hermano más pequeño, Nicolás. No obstante su abuelo, que fue maestro de escuela, le enseñó a leer, escribir y hacer cuentas. Luego se ordenaría sacerdote por vocación, no por necesidad –como lo sugiere la cinta–, y por sentir realmente respeto hacia la religión.

    Jiménez Codinach detalla que la película inicia en una batalla de 1814, cuando un contingente de insurgentes trae un retrato de Morelos que rescata de manos de los realistas. Ella ubica que fue después del 14 de febrero de ese año en Tlacatepec, donde los realistas “se apoderaron del equipaje de Morelos, del Archivo de la Junta de Chilpancingo, y de partes de la imprenta”, entre otros objetos, entre ellos el cuadro.

    Nada dice la película al respecto. Destaca el supuesto rescate del retrato por parte de los insurgentes, cuando en realidad fue enviado por Félix María Calleja a España el 30 de abril de 1814 junto con el uniforme de Morelos. El original es más pequeño que el de la cinta y fue realizado en vida del prócer, por lo cual, señala, el historiador de arte Justino Fernández lo consideró “uno de los mejores y más fieles retratos de Morelos”.

    Fue pintado en Oaxaca por un artista anónimo conocido como “El Mixtequito” (c.1813). Actualmente se encuentra en exhibición en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec, puesto que en 1910, al conmemorarse el primer centenario del inicio de la gesta independiente, España lo obsequió a México junto con la casaca de Morelos y su espada. Es falso por tanto, como muestra el filme, que su hijo Juan Nepomuceno se lo llevara en su viaje a Estados Unidos, a donde es enviado por el propio prócer.


    Degradación

    Más grave que esto, le parece a la historiadora que no se haya sabido expresar la hondura, profundidad y complejidad de quien se llamó a sí mismo Siervo de la Nación. No culpa al actor, que ni siquiera se le parece, asienta, sino al director y al guionista pues prefirieron poner acento en una relación sentimental (con imágenes eróticas y todo) que no fue real:

    “Estas escenas de morbo –dice– fueron inventadas por escritores sin rigor ni fundamento alguno.”

    El colmo es que “se trivializa y se degrada la lectura de los Sentimientos de la nación”. Una escena muestra a Morelos recostado con su amante, le habla del documento, le pregunta si quiere escucharlo y se lo lee. Ello le parece inconcebible, pues la noche anterior a la inauguración del Congreso de Chilpancingo, ocurrida el 14 de septiembre de 1813, el insurgente estaba con Andrés Quintana Roo, a quien sí leyó el famoso manifiesto. El propio político, esposo de Leona Vicario, relató a Guillermo Prieto lo sucedido aquella noche:

    “Morelos le lee los Sentimientos de la nación, con sencillez, emoción y firmeza al joven Quintana Roo, quien se conmueve profundamente ante las palabras e ideas de Morelos.”

    Más escenas –prosigue– fueron completamente distorsionadas, como cuando el generalísimo pierde su última batalla a las afueras de Valladolid (hoy Morelia) y su numeroso ejército es prácticamente desintegrado:

    Comete el error de enviar a unos hombres a espiar a las fuerzas de Agustín de Iturbide, y éste se da cuenta que se han pintado la cara con carbón. Entonces manda a un grupo vestido de paisano, pintado igual, que se introduce a matar insurgentes a cuchilladas y balazos, creando tal confusión que los insurgentes terminan matándose entre sí.

    En la historia real, “Ciriaco del Llano y Agustín de Iturbide, con un reducido grupo de realistas, se internan entre las lomas de Santa María al oscurecer. Los insurgentes los atacan, los realistas se salen y regresan a Valladolid y las fuerzas insurgentes se disparan durante la noche y se destrozan entre sí”. Pero Iturbide dista de ser el ser cruel, represor y torturador como muestra el largometraje, de hecho Hidalgo ejecutó a más inocentes que él en Valladolid y Guadalajara, precisa.

    A decir de la investigadora, la película es maniquea, “de buenos y malos. Son malos los realistas, los jefes de las tropas del rey son crueles, sanguinarios y cobardes en general, y no fue así. Por ejemplo, el realista Pedro Antonio Vélez, defensor del Fuerte de San Diego, cumplió con su deber con entereza ‘digna de encomio’, según el biógrafo de Morelos, el historiador Ernesto Lemoine”.

    Además, no se respeta la cronología, se inventan escenas como una masacre de dominicos en Oaxaca. A un personaje como Ignacio López Rayón se le presenta como “resentido, envidioso, timorato, cuando él y Morelos fueron herederos de Hidalgo, y si bien tuvieron diferencias, siempre se comunicaban y consultaban, nunca llegaron al rompimiento”.

    En una parte se ve a los diputados del Congreso Insurgente discutir la redacción de la Constitución de Apatzingán de 1814, “pero la película no retrata fielmente las penalidades, sacrificios, persecuciones y enfermedades que sufrieron para poder terminar el decreto Constitucional, una hazaña increíble dadas las circunstancias”.

    Peor aún, se menciona la palabra “república” cuando, precisa la especialista, ni Morelos ni los legisladores de Apatzingán llamaron así a la Nueva España. Fue “un cubano, marino y diputado de las Cortes en Cádiz por Santo Domingo, José Álvarez de Toledo, quien le llamó ‘República Mexicana’ en 1815”.

    Y para aclarar sobre la propuesta presentada por Felipe Calderón en sus últimos días de gobierno, de llamar al país simplemente México y no Estados Unidos Mexicanos, indica que Álvarez de Toledo sugirió también al Congreso insurgente en Puruarán, en una carta del 10 de febrero de 1815, usar el nombre de “Estados Unidos de México”. Quiso vender la idea de que así serían tratados por Estados Unidos de América como iguales, pero Morelos no aceptó ese nombre. En el libro Pliegos de la diplomacia insurgente, compila Jiménez Cordinach, junto con Teresa Franco, los documentos del diputado.

    La película optó por hablar de Morelos a partir de la derrota y apenas menciona el heroico sitio de Cuautla, cuando la capacidad como estratega del general pudo ser uno de sus temas centrales.

    En suma, dice, Jiménez Codinach “se desperdició una magnífica oportunidad de realizar una película digna de la figura de José María Morelos. En vez de enfocarse en lo más importante de su vida, de su pensamiento, de su obra, se escogió lo banal, lo morboso y además falso.

    “El espectador no comprende mejor ni a Morelos ni a su época, menos lo sucedido en la guerra de Independencia porque la película es confusa, no explica, es caótica y no está basada en una investigación seria. ¿Por qué el director no se asesoró de historiadores expertos en Morelos como el doctor Carlos Herrejón, en los investigadores de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, de la UNAM, de El Colegio de Michoacán, que conocen a fondo la época y la importancia de Morelos y su obra?”.

    Es verdad, finaliza, que los héroes son de carne y hueso y que se debe humanizarlos, pero “no de esa manera… Para ellos humanizarlos significa degradarles, hacerlos libidinosos, morbosos y no es justo”.

    Cuando la película termina, la historiadora se espera para ver los créditos y saber quién ayudó a escribir el guión (del propio Serrano y Leo Mendoza). Se dice que “con apoyo de Imcine (Instituto Mexicano de Cinematografía)”, y pasa rápidamente una leyenda para aclarar que muchas son “situaciones ficticias”. No deja de lamentarlo:

    “Estamos pagando con dinero del pueblo cosas equivocadas.”



    Fuente:

    La película “Morelos”, otra pifia del sexenio





  5. #185
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    Re: Hay “otro” bicentenario






    Reportaje /Derrumbe del oropel óseo


    Revela el INAH los estudios a los restos que yacían en el Ángel de la Independencia


    En 2010, el país honró a huesos de venados y próceres patrios por igual

    En la urna de Matamoros hay una mujer, y donde se cree que están los de Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez y Morelos hay niños, mujeres y ciervos

    En los informes que entregó el instituto se señala que el objetivo de la investigación, realizar un inventario detallado, se cumplió



    En el sentido de las manecillas del reloj, los restos de Leona Vicario, limpieza del cráneo de Aldama, huesos en la urna-libro y la caja de Mina


    Mónica Mateos-Vega

    Periódico
    La Jornada

    Lunes 14 de enero de 2013, p. 7




    En solemne y lustrosa ceremonia, ante un público embelesado y políticos orgullosos del espectáculo que regalaban al pueblo, los huesos de los héroes que nos dieron Patria pasearon por las calles de la ciudad de México durante 2010, en ostentosos desfiles conmemorativos del bicentenario de la Independencia.

    Los vítores a Morelos e Hidalgo, los próceres más populares, tienen un fervor que estremece, apuntaron las crónicas de entonces. Cualquiera que se atreviera a cuestionar la autenticidad de los ilustres esqueletos se topaba de inmediato con las declaraciones oficiales: No hay duda, se trata de los restos de Juan Aldama, Ignacio Allende, Nicolás Bravo, Vicente Guerrero, Miguel Hidalgo, Mariano Jiménez, Mariano Matamoros, Francisco Javier Mina, José María Morelos, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario, Guadalupe Victoria, Pedro Moreno y Víctor Rosales. Y nadie más.

    Hoy, al hacerse públicos los estudios que realizaron especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), después de que esa información estuvo reservada dos años, la certeza que con tanto ahínco difundió el gobierno de Felipe Calderón pierde su oropel.

    En la urna atribuida a Mariano Matamoros hay una mujer, y el héroe; en la de Leona Vicario se encontraron huesos de otra más, que presumen sea su hija; en la caja que se creía ocupada sólo por Mina hay evidencias de siete individuos más, y donde se pensaba que están restos de Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez y Morelos hay además niños, mujeres y venados.

    Al analizar la revoltura de huesos fétidos, llenos de hongos, a punto de convertirse en polvo, resguardados en las diez urnas que se sacaron de las criptas del Ángel de la Independencia, los investigadores se dedicaron a hacer un minucioso inventario que incluyó la descripción de los restos de hombres jóvenes no asociados a los de los héroes; de niños, de otras mujeres y de animales.

    Los estudios de antropología física, realizados por José Antonio Pompa y Padilla, Jorge Arturo Talavera González y Nancy Geloven Alfaro, fueron obtenidos hace unos días por La Jornada por conducto del Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (Ifai). En ellos se destaca que dentro de la urna negra de madera en cuya placa de metal se lee General Insurgente Mariano Matamoros, Héroe de la Independencia Nacional en realidad se encuentran los restos óseos de un adulto de 40 a 45 años de sexo femenino. No presenta cráneo.

    En la urna atribuida a Mina se encontraron más de 200 huesos, pertenecientes a varios individuos, señala el informe de María Luisa Mainou Cervantes, especialista de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH.

    En su investigación de casi 200 páginas, Pompa, Talavera y Geloven confirman y detallan que en esa caja recubierta con terciopelo verde se pudieron cuantificar elementos óseos de ocho personas, siendo posiblemente los que los textos refieren haber arribado a Santo Domingo en 1823: Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Morelos, Mina, Moreno y Rosales.

    Lilia Rivero Weber, coordinadora nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, también asegura en su informe que durante el proceso efectuado por el área de Antropología Física, el estudio de fuentes históricas y fotografías documenta que esta urna no sólo contenía los restos de Javier Mina, y que formó parte, en conjunto con la urna-libro, como osario de huesos cortos y huesos largos de los cráneos de los caudillos colocados en la urna de cristal, conteniendo los restos óseos de los héroes Miguel Hidalgo y Costilla, Juan Aldama, Francisco Javier Mina y Allende, así como los restos antes no identificados de Pedro Moreno y Víctor Rosales.

    En la mencionada urna-libro hay pedazos de esqueletos que también se presupone que pertenecen a Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez y Morelos, por lo indicado en unas tarjetas que los acompañaban.

    Esa caja contiene más de 250 huesos, la mayoría correspondientes a distintos adultos de sexo masculino, además de cinco restos óseos de niños (de entre 0 y 6 años) y cuatro pertenecientes a animales (venados).

    En otra urna de madera, en forma de diamante y con herrajes de metal, cuya placa señala que pertenece a Guadalupe Victoria (quien murió a los 56 años de edad), hay huesos de un individuo adulto (45-50 años) de sexo masculino, de una estatura de 1.64 centímetros, la cual corresponde a las tallas medias de la época.

    Ahí mismo, agregan los especialistas, hay además restos de una persona de entre 19 y 21 años, de sexo probablemente masculino, pero también de un individuo perinatal, de un individuo adulto sin especificar, dos vértebras dorsales de un adulto, tres vértebras lumbares de un adulto probablemente de sexo masculino, cinco vértebras lumbares de un adulto de sexo femenino, una vértebra dorsal con pigmento verde de un individuo adulto, y un astrágalo de animal (venado, hueso de la pata).

    Entre los restos atribuidos a Leona Vicario (cuya estatura, según los análisis, era de 1.46 centímetros), se encontraron fragmentos de esqueleto que pueden corresponder a su hija Genoveva.

    Dientes, cabello, documentos gráficos, restos de textiles, suelas de zapato, una botella de vino que contiene un documento oficial de traslado de la osamenta de Mariano Matamoros (aunque de él no se ofrecen más pistas) y un plato de hierro fueron otros de los objetos encontrados en las urnas.

    Durante 2010 y 2011 diversos historiadores pusieron en duda la autenticidad de los llamados huesos patrios. La polémica giró no sólo en torno a la pertinencia de exhumarlos para analizarlos, sino también se criticó que fueran exhibidos durante un año en el Palacio Nacional, en una fastuosa muestra a la que acudieron más de un millón 200 mil personas.

    Del gobierno federal hubo siempre total hermetismo en cuanto a los detalles de los resultados finales de los estudios practicados, por ejemplo, de cómo se llegó a la conclusión de que los restos sobre los que se tenía duda eran de Mina; de cómo se supo que otros, de los que antes se desconocía su identidad, pertenecen a Víctor Rosales y Pedro Moreno, o de la validez científica de la restauración, entre otras aristas del tema.

    En rueda de prensa celebrada en agosto de 2010, José Manuel Villalpando, entonces coordinador de los festejos del bicentenario, aseguró que los mexicanos sabíamos desde siempre que había 14 restos de próceres, pero al ser colocados en el monumento a la Independencia se enlistaron sólo 12, dejando fuera a Pedro Moreno y a Rosales.

    En ese mismo encuentro con la prensa, el entonces secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, aseguró que entre los restos exhumados había 14 osamentas completas, salvo un hueso aquí y allá.

    Al ser cuestionado reiteradamente sobre por qué no se realizaron más pruebas, como análisis de ADN, para despejar toda duda acerca de la procedencia de los huesos, Lujambio insistió en que los estudios históricos y físicos daban suficiente certeza: esos huesos eran de los héroes patrios.

    Los estudios se llevaron a cabo en una suerte de búnker-laboratorio instalado en el Castillo de Chapultepec. Las instrucciones siempre fueron no permitir el acceso a la prensa hasta que se tuvieran resultados oficiales. Algunos investigadores tenían la consigna de no aceptar entrevistas, y la única vocera oficial, Rivero Weber, siempre estaba de viaje.

    A través del Ifai la información estuvo reservada durante dos años. Cuando se cumplió el plazo, en septiembre de 2012, La Jornada insistió en obtener esos documentos. La respuesta fue que se tenía que hacer una nueva solicitud de información. Cuando llegó la fecha de entrega, que sería aún en el sexenio de Calderón, el INAH solicitó una prórroga hasta 2013, pues, argumentó, estaba recabando el vasto material. Hace unos días, por fin, este diario tuvo acceso a la investigación.

    Se entregaron seis informes que detallan los estándares de conservación y mantenimiento de los restos, los trabajos de conservación de urnas y vitrinas, la conservación de los documentos gráficos encontrados, la conservación y restauración de los restos óseos, las características del material textil hallado y el informe final de antropología física.

    En este último texto se reconoce que el propósito de dichos análisis no fue identificar a plenitud a los héroes, sino realizar un inventario detallado y determinar el estado de conservación, además de corroborar o desechar datos históricos relativos a los restos; este objetivo fue cumplido, ahora tenemos certeza de lo que resguarda el Mausoleo de la Columna de la Independencia en la ciudad de México (...) en 2010 se disiparon muchas dudas y quedaron aclaradas otras como la ausencia de varios de los héroes que fueron originalmente omitidos en los registros previos. Queda ahora esta información recuperada que generará nuevas inquietudes para futuras investigaciones.

    Entre 2010 y 2011 La Jornada habló con especialistas como María del Carmen Vázquez Mantecón, doctora en historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y autora de la investigación Las reliquias y sus héroes (revista Estudios de historia moderna y contemporánea de México, 2005). Ella afirmó entonces que había pruebas para dudar de la autenticidad de la mayoría de los restos que están en el Ángel.

    Señalaba que el gobierno calderonista necesitaba legitimarse y va a hacer ese numerito que, desde mi punto de vista, es demagógico y, sobre todo, inútil. La directora general adjunta de Promoción Histórica de la Comisión del Bicentenario, Carmen Saucedo Zarco, en su texto La pérdida (hasta los huesos) de nuestro pasado (Expedientes digitales del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 2010) afirma que hay diversas noticias de la venta de los restos.

    Cuenta que cuando los vestigios estuvieron en la Catedral Metropolitana, a finales del siglo XIX, la voz de alarma la dio un obrero, quien, invitado a la cripta por unos albañiles que hacían algunos arreglos, vio cómo los peones sacaban los huesos para jugar con ellos.

    En 2011, después del remplazo de siete urnas, se limpiaron y restauraron los huesos para ser colocados en bolsitas de seda, incluidos los de los niños, los jóvenes y mujeres desconocidos, y los del venado, a los que el gobierno de Calderón rindió honores militares.

    Todos regresaron el día 30 de julio de ese año, pulcramente colocados en sus relucientes cajas, al Mausoleo de la Independencia, donde permanecen y continuarán como uno de los máximos símbolos nacionales.








    Fuente:

    La Jornada: En 2010, el país honró a huesos de venados y próceres patrios por igual
    Última edición por Mexispano; 04/01/2014 a las 08:18 Razón: Resaltar texto

  6. #186
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Gabriel Fossa

    El Plan Maitland en la Libertad de America

    Nadie sabía de su existencia. Durante 184 años el Plan Maitland permaneció oculto en archivos británicos. Cuando Rodolfo Terragno lo descubrió, se produjo un giro en la historia de America del Sur. Ningún hallazgo la había modificado antes de tal manera.
    El plan, presentado por Sir Thomas Maitland en 1800 al primer ministro británico William Pitt, preveía tomar Buenos Aires y luego, desde Mendoza, cruzar los Andes para "liberar" a Chile y seguir en barco para hacer lo mismo con Perú.

    Maitland fue un oficial naval, escocés como la gran mayoría de sus vinculaciones, miembro del Parlamento y compañero de George Canning en aquella Cámara. Así como él también, integrante de la Junta de Contralor (poderoso organismo del ente paraestatal llamado Compañía de las Indias Orientales. Digamos una organización que, por una parte fueron los herederos legítimos de filibusteros a lo Cook, Cavendish o Morgan; y por la otra, revestidos con rasgos más o menos civilizados al uso de un Cuartel General o de un Estado Mayor; como herramienta para todos aquellos que planeaban nuevas conquistas, no sólo en la India, sino también en el Caribe y en Sudamérica).

    Maitlan junto con Canning fueron Consejeros Privados de la Corona (a partir del 8 de abril de 1807). A Canning se le decía entonces “el heredero de Dundas”, ¿cómo lo llamarían a Maitland?

    Posteriormente Canning fue Canciller entre 1807 y 1809 por recomendación de Wellesley (hermano del que entonces ya estaba en Portugal).
    En 1783 William Pitt, segundo hijo de quien fuera Jefe de Gabinete de los reyes Jorge II y Jorge III, es nombrado Primer Ministro y Ministro de Finanzas. Su gobierno, que duraría 17 años, se iniciaba cuando el no tenía 25. Once años después, en 1794, desdobla un ministerio, colocando al Duque de Pórtland como Secretario de Estado de Interior, y lo separa de los negocios de la guerra que conserva Henry Dundas, Secretario de Guerra desde la asunción de Pitt. En este contexto del poder aparece Maitland vinculado a Dundas, “el más firme promotor de acciones británicas en Hispanoamérica”, y gracias a él tiene acceso directo a Pitt.

    Porque Dundas, un escocés muy hábil políticamente, fue la sombra de Pitt y viceversa.

    Maitland también estaba vinculado, a través de Dundas, a Sir John Coxe Hippisley, otro miembro del Parlamento y oficial del ejército de la Compañía de Indias Orientales. Hippisley era un buen conocedor de todos los temas sobre una posible acción militar en Hispanoamérica, porque había participado de las reuniones celebradas por Dundas con este motivo. Y ha participado en ellas en calidad de asesor, porque había reunido abundante información de fuentes insospechadas.
    Hippisley vivió muchos años en Roma donde hacía tareas de espionaje para el gobierno británico, y fue allí donde obtuvo “información sobre los modos de atacar las colonias españolas”, todo lo cual paso a referir y analizar a continuación.

    Faltaban aún diecisiete años para que San Martín iniciara su campaña libertadora. La existencia de este plan desmiente los supuestos de historiadores clásicos. Mitre, por ejemplo, sostenía que "así como la vida de Colón está encerrada en su idea de ir al oriente por occidente, la de San Martín está encerrada en la de llevar la libertad a través de la cordillera y el Pacífico, hasta Lima".

    José Pacífico Otero decía que a -nadie más- podría habérsele ocurrido.
    Hoy podemos afirmar, en cambio, que San Martín no emprendió su gesta confiando sólo en su intuición, sino que había accedido en Inglaterra a preciosos documentos sobre Sudamérica y los modos de ocuparla.

    Este plan demuestra que el Libertador preparó cuidadosamente su campaña en Londres. San Martín, "era un estratega y, como tal, un estudioso; no un aventurero".


    El plan fue titulado el Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego emancipar Perú y Quito . Gran Bretaña estaba por entonces en guerra con España y Francia en la guerras napoleónicas , y estaba tratando de ampliar su influencia en América del Sur ya que la pérdida de las 13 colonias de América del Norte, que se había independizado algún tiempo antes.
    El plan consistía en:
    Tomar el control de Buenos Aires .
    Tomar posición en Mendoza .
    Coordinar acciones con un ejército chileno independentista.
    Cruce el Andes .
    Derrota al español y tomar el control de Chile.
    Continúe a través del mar y liberar Perú .
    El plan nunca resultó a Gran Bretaña . Ellos dos veces intentaron tomar Buenos Aires y Montevideo durante las invasiones inglesas del Río de la Plata , pero fueron derrotados.
    Las aAcciones militares británicas contra la Sudamérica española cesó durante la Guerra de la Independencia , cuando Francia se volvió en contra de España y la propia Gran Bretaña se alió con la resistencia española.
    Según Argentina historiador Felipe Pigna , José de San Martín fue introducido en el plan por los miembros de la logia fundada por Francisco de Miranda y el escocés lord James Mac duff .

    Con la finalidad de tomar esas “valiosas posesiones”, Maitland propuso:

    1. Ganar el control de Buenos Aires. “Debería realizarse un ataque sobre Buenos Aires”. Para eso, Maitland consideró que harían falta 4.000 soldados de infantería; unos 1.500 de caballería; “con una proporción de artillería”.

    2. Tomar posiciones en Mendoza. “Subsecuentemente a la captura de Buenos Aires el objeto debería ser enviar a un cuerpo a tomar posiciones al pie de la ladera oriental de los Andes, propósito para el que la ciudad de Mendoza es indudablemente la más indicada.”

    3. Coordinar acciones con un ejército de Chili (así llama a Chile). Este otro ejército debería consistir en 3.000 soldados de infantería y 400 de caballería “con una proporción de artillería”. La mitad de la infantería debería “proceder de Inglaterra al Cabo de Buena Esperanza en barcos destinados últimamente a (…) Sudamérica”. La otra mitad debería ser “dotada por India, y proceder, cuando esté lista, directamente a la Bahía Botany”, en Australia, a los efectos de navegar luego a Sudamérica. El objetivo de tal ejército debería ser “indudablemente el Reino de Chili”. Debía atacar Valparaíso o Santiago o, “si encontrara que los Españoles se hallen en fuerza tal como para hacer que un inmediato ataque sobre Valparese o St. Iago sea imposible en el primer momento, actuar sobre el Río Biobío y fortificarse mediante una inmediata conexión con los indios.”

    4. Cruzar los Andes. “El cruce de los Andes desde Mendoza a las partes bajas de Chili es una operación de cierta dificultad (…) Aún en verano el frío es intenso; pero con tropas de cada lado cuesta suponer que nuestros soldados no pudieran seguir una ruta que ha sido adoptada desde hace mucho como el más deseable canal para importar negros al Reino de Chili.”

    5. Derrotar a los españoles y controlar Chile. El objetivo de esta etapa era “aniquilar el gobierno (español) del Reino de Chili” y convertir a ese pueblo en “un punto desde el cual podríamos dirigir nuestros esfuerzos contra las povincias más ricas”. Esta era la tarea a cumplir por las fuerzas unificadas del ejército que debía cruzar los Andes y el que llegara por mar.

    6. Proceder por mar a Perú. “Si este Plan tuviese éxito en toda su extensión, la Provincia del
    Perú debería quedar pronto expuesta a una captura segura.” y “últimamente nosotros podríamos extender el sistema colonial, usando la fuerza si fuere necesario.”
    Lo indicado era para evitar toda violencia innecesaria. “Un coup de main (en francés en el original) sobre el puerto del Callao y de la ciudad de Lima podría en verdad probablemente ser exitoso y mucha riqueza sería ganada por los captores, pero este mero éxito, a menos que fuera asistido por nuestra capacidad de mantenernos en el Reino de Perú, podría terminar

    últimamente excitando la aversión de los habitantes contra cualquier futura conexión, de cualquier clase, con Gran Bretaña.”

    7. Emancipar Perú. “El fin de nuestra empresa debía ser indudablemente la emancipación de Perú y Quito.”

  7. #187
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Y VIVIMOS BUSCANDO CULPABLES


    Paramos buscando culpables de nuestro retraso. Desde la escuela venimos recibiendo consignas orientadas a responsabilizar de nuestros males terceros, a factores externos. Nuestra respuesta aprendida “los españoles son los responsables”, es el simplismo de ignorar las razones de nuestro subdesarrollo: la idiosincrasia criolla, la falta de educación y de identidad. Tratamos de encubrir nuestra propia responsabilidad, mientras se oculta los malos hábitos, la cleptomanía, la informalidad, el desacato a la autoridad, la picardía y la impunidad como forma de vida. Antaño, la letanía consistió en culpar al imperialismo norteamericano como causante de nuestros males lo que nos costó muchas batallas por enfrentamientos ideológicos. Mucho antes, culpábamos a los imperialistas ingleses. Hoy, en la búsqueda de nuevos responsables nos refugiamos en la tarea de culpar como causantes de nuestras lacras a los españoles. Ignoramos quienes lo serán en el futuro. Ciento ochenta y nueve años llevamos sin tratar de corregir nuestros errores y culpando a los conquistadores. Vivimos una suerte de peligrosa patología, una especie de xenofobia selectiva, sin realizar una profunda autocrítica para reconocer que el germen de nuestros males están en nosotros mismos y no en factores exógenos.

    Mientras que antes, durante y hasta poco después de la Declaración de la Independencia, fue manifiesta la adhesión a los españoles por parte de los peruanos que lucharon por continuar dependiendo de la Corona y del poder de Fernando VII, contradictoriamente en nuestros días persistimos en la tendencia inducida de culparles a ellos de todo. Ya casi nadie recuerda los desesperados intentos de los peruanos de continuar bajo la dependencia española. El apego hacia ellos era intenso y tan fuerte como el temor de ser independientes para dirigir a la república y se aspiraba una monarquía dependiente de la Corona Española.

    El cambio de actitud respecto de España, data del momento en que, ciertos círculos interesados, desde el colegio han deformado la mentalidad de los estudiantes, concienciándoles con una especie de fobia hispánica, como estrategia de los grupos dominantes preocupados en transferir hacia factores exógenos, sus criminales actos de embrutecer al pueblo, para que no sea capaz de conocer y ejercer sus deberes y sus derechos. Son los mismos que imploraban su deseo de seguir bajo el dominio de la monarquía española. Interesados en santificar sus delitos, son los introductores de la hispanofobia. Raúl Porras decía que la primera reacción del criollo emancipado fue renegar de España y de sus años de dominación en América y que «en los versos, proclamas y discursos y hasta en las estrofas del propio Himno Nacional se habla de los «tres siglos» de horror de la colonización española. Se niega –continúa- la obra civilizadora de España y se trata de borrar, nominalmente, todos los aportes espirituales de ésta.

    Cierta vez, con ocasión de su visita al Perú, del premio Nóbel de literatura, Camilo José Cela, hombre sin pelos en la lengua, al pisar tierra peruana expresó su no grata impresión de Lima. Un periodista peruano, de manera impertinente le preguntó si no cree que los problemas del Perú se debían a la conquista española. Cela le respondió resueltamente: “Ese acontecimiento ocurrió hace quinientos años y qué hicieron ustedes durante ese tiempo? Los reporteros se limitaron a consignar la respuesta sin comentario alguno. Probablemente les debe de haber servido de lección para, cuando menos recurrir a la historia universal enterarse de que todos los pueblos pasaron por etapas de conquista, incluyendo a la propia España que soportó el dominio de los árabes durante siete siglos. No existe conquistador santo. Todos los pueblos del mundo han sido, a su turno, conquistados por otras culturas, y ninguno de ellos se lamenta de su pasado, al contrario han labrado sus destinos. Los propios españoles no condenan a sus conquistadores. No pocos peruanos desconocen que muchas de nuestras costumbres, recetas culinarias y de repostería, son también árabes, trasmitidas a través de los españoles. Los que caen en una suerte de patológica xenofobia antihispánica, ignoran que casi todas las naciones americanas han sido conquistadas, exploradas y gobernadas por España, pero sólo en el Perú se culpa a ese hecho histórico de los males y atrasos que los peruanos no hicieron nada por superarlos.


    LA CONQUISTA ESPAÑOLA EN AMÉRICA

    Cuatro fueron los Virreinatos en América, y no uno, como se pretende hacer creer interesadamente, En el Norte, el Virreinato de Nueva España que comprendía California, Nuevo México, Arizona, Texas, Nevada, Florida, Utah, Colorado, Wyomin, Kansas, Oklahoma, Luisiana, Arkansas, Nebraska, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Montana, Idaho, Minesota, Iowa, México, y la Capitanía General de Guatemala con El Salvador, Nicaragua, Honduras, costa Rica.

    El Virreinato de Nueva Granada con Panamá, Colombia y Ecuador, y la Capitanía de Venezuela.

    El Virreinato del Perú con Bolivia, parte de Ecuador, Colombia y Chile..

    El del Río de la Plata con Argentina, La Patagonia, Paraguay, Uruguay y parte de Bolivia.

    Estados Unidos de Norteamérica, fue la nación con una de las mayores influencias de la conquista española. En el siglo XVI, más de las tres cuartas partes de su territorio fueron exploradas por los españoles Francisco Vásquez Coronado, Alvar Núñez Cabeza de Baca, Alfonso Gregorio Escobedo, Rodríguez Cabrillo, entre otros. Hernando de Soto descubrió el río Mississipi, en 1541; Juan Ponce de León fue gobernador de Puerto Rico y recorrió La Florida. En Miami una importante avenida lleva su nombre y luce un imponente monumento. La primera ciudad española es San Agustín, fundada por Pedro Menéndez de Avilés. Ostentan ascendencia española Los Angeles, San Francisco, Sacramento, Las Vegas y otras, en California. En la época de los libertadores, más de la mitad de los estados norteamericanos se hallaba en poder de España, lo que pesó para que Thomas Jefferson reclamara al idioma español como segunda lengua de ese país.

    El historiador peruano Eugenio Chang Rodríguez, Director del Seminario Latinoamericano de la Universidad de Columbia- USA, al referirse a los 504 años del arribo de Colón a las Américas, decía que «En la capital de los Estados Unidos, el 12 de octubre de 1966 ha servido para esgrimir la historia como arma contra la xenofobia escondida detrás de las leyes antimigratorias, inconstitucionales y violadoras de los derechos humanos» «Históricamente el castellano es el primer idioma europeo hablado ininterrumpidamente en los Estados Unidos desde 1513, año de la llegada de Ponce de León a La Florida. En Nueva York se lo hablalo desde el siglo XVII, cuando se establecieron en la entonces Nueva Amsterdam los sefarditas exiliados de Nueva Holanda ocupada por las tropas brasileño-portuguesas en 1654. Desde 1735 se lo comenzó a enseñar, y en la actualidad es el idioma más estudiado en Norteamérica, superando la observación de Thomas Jefferson, quien cuando más de la mitad de los territorios estadounidenses pertenecían a España lo reconoció como «el más necesario» de todas las lenguas modernas después del francés» Diario Expreso, 15-10-1996..

    La influencia española ha sido gravitante en casi todo el Continente, a excepción de Canadá, Brasil, Haití y Las Guayanas. Hernán Cortés conquistó y gobernó a México en 1519. Sus antecesores, Hernández de Córdoba y Juan Grijalva en 1518. Alonso de Ojeda, Pedro de Alvarado, Pedrarias Dávila, Vicente Yáñez Pinzón y otros dejaron las huellas de sus pasos en toda Centroamérica. En Argentina, en 1502 y 1516, influyeron Américo Vespucio y Juan Díaz de Solís. Buenos Aires fue fundada, primero, por Pedro de Mendoza el 2 de febrero de 1536, como la Ciudad de la Santísima Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires, y refundada el 11 de junio de 1580, por Juan de Garay. Desde 1776 a 1810 fue sede del Virreinato del Río de la Plata. En 1520, Fernando de Magallanes descubrió a Chile, sede de la Capitanía de Pedro de Valdivia, socio de Francisco Pizarro. En Colombia, la ciudad de Santa María fue fundada por Rodrigo de Bastidas, en 1525; Cartagena de Indias, por Pedro Heredia, en 1523, y Santa Fe de Bogotá, por Jiménez de Quesada. Antes de Alonso de Ojeda, gobernador de Venezuela, la recorrieron Pedro Alonso Niño, Cristóbal Guerra, Vicente Yáñez Pinzón, desde 1500. Uruguay recibió fue conquistada por Juan Díaz de Solís, y Paraguay por Alonso García e Irala, en 1516. En una flagrante contradicción en que incurren los peruanos con sus odios, desde antes de la Independencia expresaron su acendrado apego a la Corona, y su oposición al intento emancipador. No por nada surgió la alianza de Argentina, Chile, Colombia y Venezuela para organizar el ejército patriota que peleó en Ayacucho contra el ejército realista, integrado por peruanos, defensores de la dependencia española.

    Los que hemos recibido la influencia de la cultura occidental no podemos renegar de ella que supone raza, lengua y costumbres. España fue dominada por los árabes durante siete siglos y junto con ella, otras culturas como la fenicia, judía, griega y romana forman parte de la cultura que nos fue trasmitida por su intermedio..La conquista propició radicales cambios de carácter histórico, lingüístico, religioso, político y social. Debido a la conquista, como casi todas las naciones de América, el Perú empezó a tener un lugar en el conocimiento universal. Antes de ella no era conocido ni figuraba en mapa alguno. Recién a partir de la conquista el Perú comenzó a formar parte como país en el concierto de las naciones. El mestizaje es un legado al que no podemos renunciar. Renegar de la herencia española no sólo es torpe sino una demostración de ignorancia y una suerte de negación de nuestra sangre, de nuestros apellidos, abuelos y bisabuelos, de nuestra estirpe, es decir negarnos a nosotros mismos. Por lo demás, ningún conquistador es angelical y los pueblos conquistados jamás estarán satisfechos de haber sido interrumpidos en su modus vivendi, y si un pueblo no es conquistado por uno lo será por el otro. Es la ley histórica que ha regido a todos los pueblos del universo, los que, al alcanzar la mayoría de edad logran su emancipación, así ha sido siempre, así aconteció con el Perú y con los pueblos de América.





    Fuente:

    Y VIVIMOS BUSCANDO CULPABLES - .: Héctor Vargas Haya : Página Oficial :.


  8. #188
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  9. #189
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Estatua de San Martín en el Hyde Park (Inglaterra):


  10. #190
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Interpertaciones sobre la independencia de México


    https://www.youtube.com/watch?v=Y8hedTc2QJM



    Heraclio Bonilla : " La Independencia fue un día de DUELO para los Indigenas"

    https://www.youtube.com/watch?v=5vuVCQ7zHls



    Reportaje a "Los Pincheiras"

    https://www.youtube.com/watch?v=uW42OAcAp-w





    Esta serie de videos de la doctora Maria Saavedra ya los había visto posteados en otro hilo, de todas formas tienen mucho que ver aquí.

    Independencia de América

    https://www.youtube.com/watch?v=nbdLjSLQFLE

    https://www.youtube.com/watch?v=oBaiFnxJ-oY

    https://www.youtube.com/watch?v=8qAISWyPo3M
    Última edición por Mexispano; 16/01/2014 a las 07:36 Razón: Poner titulos

  11. #191
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Miguel Hidalgo y Costilla, judaizante.



    Una de las muchas acusaciones que don Miguel Hidalgo tuvo que enfrentar durante su juicio en Chihuahua fue la de Judaizante, término que define a la persona que se dice ser Católica pero practica el judaísmo. Esta específica acusación llevó a prolongar en varios meses el juicio que si bien ya se le había abierto en la Inquisición, se extendería aun más una vez que fuera conducido a la prisión en la mencionada ciudad.

    Se dice que el apellido Hidalgo, como lo fue también Costilla, tenían relación a los judíos conversos que llegaron a la Nueva España, mucho hemos leído de la relación genealógica de don Miguel Hidalgo con el conquistador Villasenor y Orozco, pero poco sobre esta teoría, misma que desarrolla Juan Martínez de la Serna en su libro, publicado recién en el 2010 en Aguascalientes Hidalgo el Sefardita. (1)

    Al leer las muy interesantes conclusiones a las que llega el maestro Martínez de la Serna en torno a las prácticas nada Católicas de don Miguel, aproximándolo más a la tradición Sefardí, vemos que, en cierto modo y, un poco veladamente, Castillo Ledón había dado cuenta de ello al exponer en el capítulo XVIII de su obra titulada Hidalgo, el héore lo sucedido en aquella Semana Santa de 1800 cuando el cura de Taxiamora, Antonio Lecuona, lugar donde don Miguel tenía una de sus haciendas, emite en amena reunión sus pensamientos en torno a temas más bien prohibidos en la época:

    "Termina la Semana Santa, y el primer día de Pascua de Resurrección, domingo 14 de abril, se hallaban reunidos, conversando, todos los clérigos huéspedes del cura Lecuona, este inclusive, Hidalgo toma una "Historia Sagrada del padre Fleury y con su carácter chancista y travieso se pone a comentarla, haciendo alarde de su talento de expositor, de comentador, de erudito en teología, de maestro, deseoso por otra parte, de probar el saber del padre Estrada y de inquietar a los demás. Asienta que Dios no castigaba en este mundo con penas temporales y que el gobierno de la Iglesia estaba manejado por hombres ignorantes de los cuales uno había canonizado a Gregorio VII, tan nocivo por su falta de ciencia, que acaso estaría en el infierno. Los frailes Huesca y Estrada, llamándolo aparte, a la principal afirmación del cura de San Felipe, arguyen los mercedarios que sí castigaba Dios con penas temporales y que ese era artículo de fe. Hidalgo replica que no es de fe, que solo era propio de la Ley Antigua castigar con plagas; y aunque le contestaron con texto de la Epístola de San Pablo, él no se da por convencido".

    Será bueno analizar lo que Castillo Ledón dice. Según él, Hidalgo refiere a ese que canonizó a Gregorio VII, es decir, hace mención de Benedicto XIII quién en 1726, ya casi al finalizar ese año, entre el 27 y 31 de diciembre, canoniza además a: San Juan de la Cruz, San Luis Gonzaga, San Juan Nepomuceno, San Estanislao Kotska, San Wenceslao y San Francisco Solano. Consecuentemente don Miguel Hidalgo sabía a profundidad la historia de la Iglesia Católica y del Vaticano, pues Gregorio VII fue quien hizo descender a sus más bajos niveles a la Iglesia y se generaron posiciones que buscaban simplemente el poder, las cuales generaron alianzas estratégicas con el poder civil. Continua Castillo Ledón:

    "Al día siguiente, estando todos en la mesa, a la hora de la comida, quiere seguir de broma y ejercer la facultad jesuita de razonar sobre puntos de religión. A pregunta que hace fray Joaquín de Huesca a fray Manuel de Estrada sobre sí se había convertido el judío guatemalteco Rafael Crisanto Gil Rodríguez, que estaba en la Inquisición, Estrada contesta que sí, e Hidalgo interviene diciendo: "Habrá sido de boca". "Por qué?" Inquiere Huesca. "Porque ningún judío que piense con juicio se puede convertir", responde Hidalgo, dando a entender qué quien en tiene bien arraigadas sus creencias no es capaz de renunciar a ellas, y menos por presión".

    "Luego, animada la disputa, hace una serie de atrevidas afirmaciones, como que en el texto original de la Sagrada Escritura no constaba la venida del Mesías; que las palabras de Isaías, Ecce virgo, et pariet, contienen un error pues en el texto hebreo no existe la voz virgo equivalente a virgen, sino la voz corrupta que significaba mujer impura: que la Biblia se estudiaba de rodillas, debiéndose estudiar "con libertad de entendimiento", para discurrir lo que nos pareciera, sin temor a la Inquisición; que el acto carnal no era pecado, sino una función natural; que la Eucaristía no se conoció en los términos que hoy la ensena la Iglesia, hasta mediados del siglo III, y que también hasta entonces no se conoció la confesión auricular; que la Epístola de San Pablo que predica la Eucaristía era apócrifa, y toda la doctrina sobre este Sacramento, mal entendida; que San Judas en su epístola aparecía como un ignorante, especialmente en aquellas palabras con que concluye: 'Los pecadores son como las nubes sin agua" pues ?dónde se ha visto nubes que no contengan agua?". (2)

    1800, 18111, 2011, todo esto siempre en abril, siempre antes, durante o después de la Semana Santa. Semana Santa que, en este caso, sería la última que don Miguel Hidalgo viviría y, la duda me sigue asaltando ?la habrá vivido o no? ?habrá participado de alguna celebración aun encadenado?

    .

    Fuentes:

    1.- Martínez de la Serna, Juan. Hidalgo, el sefardita. Edición del autor. Aguascalientes, 2010.

    2.- Castillo Ledón, Luis. Hidalgo, el héroe. Biblioteca virtual http://www.hispanistas.org/




    Fuente:

    Cabezas de Aguila: Miguel Hidalgo y Costilla, judaizante.






  12. #192
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    .: LOS INGLESES FUSILAN AL RECONQUISTADOR SANTIAGO DE LINIERS.

    LOS INGLESES FUSILAN AL RECONQUISTADOR




    Domingo 26 de agosto de 1810: En el paraje denominado Cabeza de Tigre, cercano a Cruz Alta, Córdoba, un pelotón de soldados ingleses fusila al General Santiago de Liniers, Héroe de la Reconquista y la Defensa, Conde y Virrey de Buenos Aires.

    El Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros (1755-1828), fue la cabeza visible del triángulo cuyos vértices estarían apoyados en los comerciantes usureros de la City en Londres, sus operadores españoles en Cádiz y los mercachifles arrastracueros del puerto de Buenos Aires. Esta triangulación, consecuencia de Utrech, formada de 1714 en adelante por Incalaperra junto con una decena más montadas en Hispanoamérica, se dedicaban con fervor al contrabando de fruslerías, el saqueo de la corambre de las vaquerías y el fabuloso robo de la plata del Potosí. Ya habían tenido su acto cumbre en las invasiones de la Incalaperra en 1806 y 1807. Porque es bueno decirlo, para aquellos hechos dolorosos, los ingleses no vinieron: los mandaron a llamar que es muy distinto.

    Cisneros había llegado a Buenos Aires con instrucciones de invitar, muy diplomáticamente, para que Liniers regresase a España. Los buhoneros manilargos del puerto se habían dado cuenta que nada se podría hacer, de lo que después se hizo (más de 40 firmas inglesas operando en Buenos Aires y con casas matrices en Londres), con un Liniers en la ciudad. Entonces presionaron sobre los de Cádiz, lupanar de la masonería, para que éstos, a su vez, lo hiciesen sobre la Junta (que les debía plata a todos), designando como Virrey a un hombre “educado y culto” (como querría después Rivadavia) que, a su vez, tendría la misión de sacarse de encima a Liniers, dejándole el campo orégano al hatajo. Es la versión remozada y rioplatense del cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones (aunque aquí eran mucho más de cuarenta por el proceso inflacionario).

    Con la misma ternura diplomática con que le pidieron que se vaya, don Santiago, que ya había cumplido sus 57 años, les pidió para quedarse. Una contrariedad en los planes de la gavilla. Entonces Cisneros le hace jurar a Liniers la promesa de no inmiscuirse en los asuntos públicos, y lo obliga a retirarse a un lugar distante del epicentro de los negocios: Buenos Aires. Digamos que una cosa por otra: en lugar de desterrarlo lo internaron, como se decía en aquellas épocas. Pero con el mismo efecto: mantenerlo alejado “del progreso”. Aunque con un poco de suerte, se podría morir en el olvido.

    Este juramento del Héroe de la Defensa y Reconquista, con treinta años de nobles servicios a España sin interrupciones, es de donde se han prendido los historiadores del Régimen Perverso con sus ataques de moralina, para decir que Liniers recibió lo que se merecía por quebrantar un juramento. Y, ¿qué validez tiene un juramento hecho ante esta versión remozada de Pilatos? La misma validez que tiene la palabra devaluada del canalla que lo pide.

    Liniers se trasladó a Córdoba donde compró una finca cercana a la localidad de Alta Gracia. Los sucesos ocurridos en Buenos Aires el viernes 25 de mayo (fruto de la tenida del 24 a la noche), llegaron a Córdoba el lunes 4 de junio. Entonces el Gobernador Intendente, Capitán de Navío Gutiérrez de la Concha, quien fuera jefe de le escuadrilla que transportó desde Colonia hasta el Arroyo Las Conchas al ejército de Liniers para la Reconquista, se declara opositor al pronunciamiento de Buenos Aires y arrastró tras de sí al Cabildo de Córdoba, creándose el 6 de junio, ante la emergencia, una Junta Consultiva.

    Para constituir esta Junta, Gutiérrez de la Concha le pide a Liniers que se sume, como ciudadano respetable y persona de honda raigambre popular, junto con el Obispo Orellana, el oidor Victoriano Rodríguez, el deán de la Catedral, Gregorio Funes y el tesorero de la hacienda pública, señor Moreno.

    Hasta aquí, aunque a los tumbos, estoy conteste con los historiadores vernáculos, tanto del Régimen como no pocos militantes del revisionismo histórico. Porque a partir de esta situación cada uno de éstos va dando su versión: que Liniers fue un traidor; otros que un líder desertor; que cometió muchos errores; que no escuchó las súplicas que le hicieran por carta Saavedra y Belgrano, e incluso su suegro Martín de Sarratea; que quiso reivindicarse ante la opinión pública de aquel incidente con el enviado de Napoleón, el Marqués de Sassenay (10 de agosto de 1808); que era un agente napoleónico en Buenos Aires y, otros muchos, que Liniers fue una mezcla de todo esto.

    Confieso humildemente al lector que yo también me tragué estos sapos. Algunos crudos y otros vuelta y vuelta en la sartén con ajo y cebollas. Porque si esto escriben nuestros historiadores, cuya mayoría escribe para facturar, seguramente no es cierto o por lo menos es motivo de revisión o de crítica histórica, si prefiere el lector.

    Liniers no fue un traidor, porque nunca comulgó con otra ideología que no sea su lealtad a la Corona Española por la que terminó dando la vida; consecuentemente tampoco fue desertor porque nunca estuvo adscrito a los complotados que había producido el 25 de mayo; el único error cometido por Liniers fue el de dormir con el enemigo: creerse que Cisneros era un virrey y no el cabecilla de un grupo de quincalleros asociado a los ingleses; de las súplicas que le hiciera Belgrano mejor no hablar: don Manuel (¡Oh, cuántas tiene en el debe el bueno de don Manuel!), ya había hecho los borradores extremistas que servirían de base para que el terrorista Mariano Moreno hiciese el Plano de Operaciones (dado como secreto el 30 de agosto, según la copia en mi poder); las actitudes de Liniers, respecto al Marqués de Sassenay, fueron suficientemente claras, y la prisión que sufrió el enviado de Napoleón a manos de Elío fue injusta, prueba de ello es que al ser remitido a Cádiz fue puesto de inmediato en libertad en aquella ciudad y a Liniers jamás se lo molestó para preguntarle nada; etc.

    Ahora bien: ¿por qué Liniers –se preguntará el lector-, se opone a la Junta de Buenos Aires, acompañado de insignes patriotas y leales servidores públicos, cuando le hubiese sido más fácil aceptar el hecho consumado? Simplemente porque Liniers, como antiguo vecino de la ciudad, aparte de haber sido su Virrey, conocía perfectamente a cada uno de los integrantes de aquella Junta, lo que ellos representaban y quiénes movían los hilos de estas marionetas. Aquellos no representaban, precisamente, los intereses del pueblo, del rey ni de su virreinato. Y si no me creen vean lo que sigue:

    Miguel Azcuénaga, militar, masón recalcitrante de los tiempos de Cabello y Meza, relacionado con las familias más ricas de Buenos Aires en los inicios del siglo, terrateniente y comerciante, fue el garante ante la burguesía porteña y los intereses de la Incalaperra, de las finanzas de la Junta de Gobierno.

    Manuel Alberti, sacerdote, masón, con rico patrimonio personal, parte heredado de sus padres y parte de lo que él había hecho con sus negocios clandestinos; intervino en las reuniones conspirativas en la casa de Nicolás Rodríguez Peña (espía, masón, asalariado de Su Majestad Británica hasta su muerte); ingresó a la Junta como representante del clero criollo y como defensor de los bienes eclesiásticos (y de los suyos desde luego).

    Domingo Matheu, comerciante catalán afincado en Buenos Aires, con conexiones internacionales en Europa y, particularmente en Cádiz, sostenedor de las ideas del libre comercio (recargando con un 300% las bagatelas inglesas), fue como tal el representante de los comerciantes de Buenos Aires (los que, mayoritariamente, eran ladrones y contrabandistas). Fue el garante ante la Junta de los comerciantes de la plaza de Cádiz (uno de los vértices del triángulo).

    Juan Larrea, catalán como el anterior, comerciante de los llamados frutos del país y también armador, estaba seriamente comprometido con los grupos ingleses a los que siempre fue obediente. Es considerado como el banquero de la Junta de Mayo.

    Juan José Paso, abogado, amigo íntimo de Moreno, vinculado a los intereses ingleses en el Río de la Plata. Este personaje es todo un misterio: ¡permaneció en el gobierno desde mayo de 1810 hasta la llegada de Rosas que lo echó! Poco o nada se sabe de su vida porque todos sus papeles públicos y privados han desaparecido cuidadosamente. Pero en verdad: no se sabe por qué fue incluido en la Junta, quedando solamente en pie sus vinculaciones con los comerciantes británicos.

    Mariano Moreno, abogado (el ausente durante las invasiones inglesas y el mudo del Cabildo del 22 de Mayo), representó a los intereses ingleses, con la habilidad de presentarlos como españoles. Carlos Roberts lo llama excelente abogado del comercio inglés y abogado de última hora. El acercamiento ideológico con Castelli (primo de Belgrano), proviene de que ambos eran abogados de los ingleses en el Río de la Plata. Moreno se destacó en la ignominia que se llamó Representación de los Hacendados (en 1809, con patrocinio del Virrey Cisneros donde hizo el papel de chancho rengo), y Castelli en varias defensas de comerciantes ingleses sorprendidos en el delito de contrabando o en el quebrantamiento de leyes consagradas. Cuando Moreno envía a Castelli al norte como comisario político, se quedó con el partido de él en Buenos Aires, y lo superó en los planteos de libre comercio a favor de los buques de bandera inglesa.

    Manuel Belgrano, abogado y economista aficionado, con amplias y fuertes vinculaciones con comerciantes del Paraguay y ganaderos del Uruguay. Esta es la causa de la aparición, de la noche a la mañana, del Belgrano militar en la campaña al Paraguay y su posterior traslado a la Banda Oriental, cuando en realidad se había destacado como abogado y economista. Se sabe que Belgrano redactó la introducción y confeccionó el boceto del Plano de Operaciones citado más arriba. Moreno al componerlo, respetó la introducción belgraniana y, en línea generales, su proyecto, aderezándolo luego con sus crueldades propias de Caracalla. Pero don Manuel conoció el documento: a esto no hay quien lo niegue, como se sabe que no abrió la boca para oponerse ante semejantes barbaridades. El documento, encontrado por casualidad en Sevilla por don Eduardo Madero a fines del Siglo XIX, está redactado en tono canallesco, subversivo y terrorista: después me vienen a hablar del Proceso de Reorganización Nacional que es un bebé de pecho al lado de don Mariano y de don Manuel, ¡que son próceres indiscutidos!

    Dios Santísimo: ¿para qué me haces conocer estas cosas? ¿Acaso yo no sería más feliz de otra forma? Pero: hágase Tu Voluntad y no la mía. Prosigo entonces.

    Llegado a esta altura, le pregunto al lector: ¿y usted que hubiese hecho? ¿Tal vez adherirse a esta Junta, o haría lo que hizo Liniers, después Artigas y finalmente Alzaga? Diga usted. Porque después de todo lo que hizo el Cabildo de Buenos Aires fue tomar la decisión de crear una Junta municipal de gobierno. Le correspondía luego invitar a las demás provincias hermanas a un congreso revolucionario para lo cual, cada una de ellas, debía dar, como requisito previo, un golpe político como el de Buenos Aires. De esta manera la Primera Junta hubiese sido nada más que una promotora de la revolución nacional. Esta actitud de Buenos Aires de arrasar con las autonomías provinciales y municipales se repetiría constantemente, se reflejaría en la Constitución Nacional y se puede ver hoy en día, donde los Gobernadores, pero fundamentalmente los Intendentes Municipales (donde reside la auténtica soberanía popular), son felpudos del gobierno central.

    Desbandada la tropa de Liniers y Gutiérrez de la Concha al primer amague, siguieron los dos fugitivos con sus amigos, sin una escolta que les brinde protección, y se refugian en Villa del Chañar, a unas 50 leguas de Córdoba. Allí los alcanza y detiene el Capitán José María Urien, que los venía rastreando, quien comete la arbitrariedad de tratarlos con todas las brutalidades que uno se puede imaginar, incluidos los azotes. La Pasión de don Santiago de Liniers había comenzado en manos de los esbirros del Robespierre porteño, Mariano Moreno: el que en la noche del 25 de Mayo lloraba sentado en las escaleras del Cabildo por las represalias que habría de tomar el rey contra ellos a su regreso “por majaderos”. Esta es la verdadera causa de su misterioso viaje a Inglaterra que dijeron lo hacía en misión diplomática: le aterrorizaba la idea del regreso del rey. En verdad fue un exilio disfrazado con misterios, como su muerte que resultó de un fecaloma: hacía una semana que no iba de vientre y el capitán inglés le suministró un purgante fenomenal. Una hora después estaba con una peritonitis y se fue por la avenida ancha sin semáforos. Pero volvió reencarnado en los periodistas que tenemos que lo han tomado por apóstol.

    Detenidos los cabecillas del desacato, debería corresponderse con el final de este triste capítulo de nuestra historia. Pero no fue así, porque es realmente aquí donde comenzó. Porque, ¿qué hacer con Liniers, el Gobernador Gutiérrez y el manojo de amigos encadenados? A Córdoba no los podían regresar, porque muchos de los soldados patricios que formaban los regimientos a las órdenes del Coronel José Antonio González Balcarce admiraban y amaban a Liniers y a Gutiérrez por haber luchado codo a codo con ellos en las jornadas de 1806 y 1807. Algo parecido ocurriría con la población civil, memoriosa del trato paternal y deferente de Liniers durante su virreinato.

    Entonces, ¿qué tenemos por aquí? Tenemos un problema insoluble a nivel de dirigentes. El mismo problema que se les repetiría con Artigas, Alzaga, Dorrego, don Juan Manuel y, si el lector quiere, el de Perón: su inmensa popularidad. ¿Qué hacer con un tipo que supuestamente hace lo que no debe hacer y sin embargo goza de abrumadora popularidad? La respuesta no está en los manuales liberales, ni en las películas de Hollywood de yanquilandia, donde el derrocado es un tiranuelo de cuarta. ¿Qué hay que hacer con un tipo en cuya contra se han ensayado todas las argucias y todas ellas, de a una, han ido fallado? A este tipo hay que matarlo, porque la popularidad para los liberales es un bien peligrosísimo. A Liniers y Dorrego, El Coronel Arrabalero, les costó la vida. El Restaurador se les escapó con un hilo de la pata. Y Perón se salvó de milagro, si se tienen en cuenta desde bombardeos hasta una docena de atentados, comenzando por el de Villa Rica en Paraguay.

    En verdad la Junta municipal de Buenos Aires, vulgo llamada Primera Junta, ha pensado en el destierro, medida que se le aplicó al compinche Cisneros con todo éxito, pero que con don Santiago sería un fracaso. Alguien ha madurado en hacerlo desaparecer, pero es imposible porque ya todo el mundo sabe que está en manos de sus captores. Reverdece entonces la idea de asesinarlo, pero cómo. Envenenarlo sería muy evidente. A un iluminado de la caterva se le ocurre simular un malón de indios que atacarían la caravana y lo asesinarían sin misericordia. En los alrededores de Buenos Aires hay muchos indígenas que por una damajuana de aguardiente serían capaces de despellejar a su madre. Pero ocurre que a ¡don Santiago de Liniers también lo quieren los indios porque ha sido muy compasivo con ellos! Entonces, si una salida “culta y educada”, resuelven matarlo ellos mismos. Fusilando de esta manera se cargarían de poder coercitivo, desalentando resistencias latentes: digamos que a lo Valle, Cogorno e Ibazeta el 9 de junio de 1956.

    Llega a Córdoba el decreto para la ejecución. La población recibe la noticia con claras muestras de disgusto. El Coronel Balcarce y el gobernador interino nombrado por la Junta, que fue Juan Martín de Pueyrredón, se enteran que el Regimiento de Patricios, alojado en la casa de Ejercicios Espirituales, se está por sublevar para rescatar a Liniers. Les cierran todas las puertas y les colocan tres regimientos a su alrededor para que nadie salga ni entre. Unas 100 religiosas y religiosos que allí prestan servicios padecen la cuarentena, aunque son completamente inocentes: es la primera herejía de las muchas que luego harían en el Alto Perú contra la Santa Religión. Ortiz de Ocampo hace como Pilatos: se lava las manos y decide remitir al prisionero a Buenos Aires. En realidad le tiene miedo a la pueblada y algunos regimientos que no le han querido rendir honores.

    La Junta se entera de esto y resuelve que Liniers no debe entrar en Buenos Aires. Para ello acuerdan que Castelli y French, con algunos efectivos del Regimiento Estrella, salgan al encuentro de la columna y fusilen a Liniers donde lo encuentren. Sin embargo aparecen otros problemas, aparte del cáncer de lengua que lo tiene mal a Castelli, los soldados del Estrella ponen las cosas en claro: ellos acompañan pero no fusilarán a Liniers. Los comisionados alcanzan la columna que viene de Córdoba en Cabeza de Tigre, una posta a la altura de Cruz Alta. Allí los espera otro frentazo: los soldados de la escolta que traía a Liniers, también se niegan a fusilarlo. ¡Estos negros de mierda, siempre creando problemas! No, si es como decía Sarmiento: es una raza maldita. Porque no habían nacido debajo de una higuera como él.

    Pero alguien había sido más previsor que todos estos complotados para asesinar. En Córdoba vivían desde hacía unos dos o tres años un número considerable de soldados ingleses que fueron internados después del escabroso asunto de Luján. Algunos tenían chacra, familia y otros se habían afincado definitivamente. Alguien los habló y ellos aceptaron fusilar gustosamente a Liniers, el autor de su derrota, su prisión, su internación y su vergüenza. Y previendo que pasaría lo que pasó los llevaban a la cola de la columna.

    Y así fue como en la mañana del 26 de agosto, el mes de la Gloriosa Reconquista, de 1810, una docena de soldados de su Graciosa Majestad Británica fusilaron a don Santiago de Liniers, cubierto de sangre por los castigos y cinco de sus compañeros todos malheridos. El tiro de gracia se lo dio French, el cartero de Buenos Aires, devenido ahora en Teniente Coronel de la noche a la mañana, el que fuera enlace entre las logias masónicas montadas por Rodríguez Peña y el cura Agüero. En las ropas de Liniers se encontró su despacho como Virrey firmado por el rey, que Castelli ordenó quemar: estaba el papel tinto en sangre.

    A esto último lo descubrió el historiador Julio Lafont al que por poco lo matan. Pero jamás pudieron desmentirlo, hasta el día de hoy porque está muy bien documentado. Al resto, que no es de Lafont, los invito a los historiadores a que me desmientan. Pero, ¡cuidado!, porque a lo mejor no me callo de cosas que aquí he callado.

    El Imperio Británico y la Revolución de Mayo

    “Como no sea mediante una guerra civil devastadora, resulta difícil imaginar cómo puede deshacerse la revolución efectuada por Perón

    Los ingleses asaltaron Buenos Aires por primera vez en 1806.Sus tropas despojaron, asesinaron y devastaron.

    Saquearon el Tesoro de la Hacienda Pública que era algo similar al Banco Central del Virreinato. De este episodio, arranca el déficit permanente del fisco nacional.
    Los ingleses nunca devolvieron el Tesoro que, en el curso de los muchos tratados que ellos firmaron españoles y argentinos nunca nadie reclamó. Enigmas de la historia...

    Para tapar este agujero en las arcas del Estado fue menester contratar empréstitos británicos que produjeron y producen agujeros y pozos fiscales imposibles de llenar.

    Saquearon la Compañía de Filipinas, la gran empresa comercial hispano-indiana que sembraba riquezas en las hoy desoladas provincias del oeste y del norte Argentino. La Compañía de Filipinas era la vena económica que a través del Pacifico vinculaba nuestro actual país con el lejano Oriente.

    Saquearon las propiedades particulares, los negocios de ventas de comestibles y bebidas, los domicilios familiares de adobe o de ladrillo, los monasterios y los templos. Mataron a niños y mujeres. Violaron y asesinaron.

    El producido de tan monstruoso latrocinio fue llevado a Londres donde fue paseado por seis carrozas tirada cada una por ocho caballos Cada carroza llevaba cinco toneladas de metal. El arte del saqueo preanunciaba la economía de miseria, de deudas y de empobrecimiento vitalicio de la Argentina. Saquearon también las almas y conciencias.

    En toda sociedad el cobarde vencido es el aliado más perfecto para sostener con su obsecuencia al triunfador. Y Buenos Aires no fue precisamente una excepción a tan dura regla de la guerra. Mientras la dignidad, sin distingos de clases y de fortunas, luchaba y resistía, la cobardía comerciaba.

    La degradación de algunos vencidos obsequiaba a los vencedores: les ofrecía sus salones, sus vinos y sus mujeres.

    Con las relaciones familiares se iniciaba una sociedad comercial. Para el mantenimiento de la misma muchos sustituyeron su religión y muchos procedieron a la mutación de su Idioma. Tal es, en breves palabras el origen degenerado de la “clase dirigente” que nació por esos días. La clase de los futuros “patricios mercaderes”.

    La reconquista de Buenos Aires en 1806 y la defensa de lo reconquistado en 1807 fue una bellísima gesta popular. Una pueblada de épica, de ética, de dignidad, de valor, de coraje, de martirio y de heroísmo. En fin, la suma de todos los valores humanos y divinos que subyacen en la entraña cultural de cada pueblo.

    Los indios, célula vital de una cultura exterminada pero universalmente poderosa, fueron los primeros en alistarse para luchar contra el invasor inglés.
    En el archivo de Indias de Sevilla, amarillentos papeles coinciden con los lujosos protocolos que contienen la historia Argentina en los anaqueles del Foreign Office “los indios en número de veinte mil todos gente de guerra y cada cual con cinco caballos” custodió las costas bonaerenses para impedir un nuevo desembarco del invasor “de esos colorados que han tomado las tierras y vuestras casas por una desgracia”, según leemos en un documento redactado por los caciques de la época.

    Y a los indios se unieron los gauchos.

    Y a los indios y a los gauchos, los niños. Aquellos niños de los cuales dijo Perón que en toda nación civilizada eran y serían siempre los únicos privilegiados.

    La resistencia del pueblo contra los ingleses y el puñado de traidores asociados tuvo una vida que fue más allá de la muerte. En las instituciones, dijo Perón, se prolonga la vida y sólo las instituciones vencen al tiempo.

    Al mismo tiempo que Beresford decía con exasperación extorsiva y ruin que “Gran Bretaña es tan capaz de castigar como inclinada a perdonar”.
    Belgrano, síntesis magistral de combatiente y pensador escribía lo siguiente: “El comerciante no reconoce más patria ni más rey ni más religión que su interés propio...”

    No estaba equivocado el General Manuel Belgrano. El ejército de retaguardia de los ingleses era efectivamente un ejército de comerciantes. Y ese ejército de comerciantes era el que estaba destinado a continuar la guerra para beneficio de Inglaterra. Una guerra muy prolongada que sigue aún vigente. Una guerra en la cual el ejército y el pueblo vienen perdiendo hasta ahora muchas batallas. Pero una guerra inconclusa...

    En 1804 había en Buenos Aires 47 comerciantes ingleses. En 1810 al estallar la Revolución de Mayo, 2000. Fracasadas las invasiones armadas, los buques de guerra de Su Majestad Británica, se fueron.
    Pero los buques mercantes de los comerciantes Londres, abarrotados de abalorios, se quedaron. Primero ejercieron el contrabando a la vista y paciencia de los españoles y ante la perplejidad del Ejército Argentino, de gauchos, de indios y de niños que los habían combatido.
    Luego el anglófilo Virrey Cisneros les otorgó, por un año, el comercio libre.

    Con el comercio libre de Cisneros que curiosamente debía terminar el 18 de Mayo de 1810, los ingleses vencidos se transformaron en vencedores y el pueblo y el ejército vencedores, en vencidos.

    Con el Edicto de Libre Comercio de Cisneros se inauguró el saqueo institucional en gran escala:

    1) Los términos del intercambio fueron escandalosos: 12 barcos de frutos del país por la carga de un barco inglés de bagatelas importadas. Libre Exportación del oro, de la plata y de todo el metálico rioplatense para pagar en dinero en afectivo las chucherías manufacturadas.

    2) En pocos meses el país se quedó sin dinero y para restituir el dinero que se iba, comenzaron a concertarse empréstitos que serían pagados con nuevos empréstitos. Todo ello sin variantes. Desde el primer empréstito contratado por Rivadavia hasta el último empréstito celebrado.

    En uno de esos empréstitos, de los 10.000 millones de dólares que prestó el Fondo Monetario Internacional a la República Argentina, 3.500 millones de dólares fueron aportados por el Banco de Inglaterra para que nuestro país, derrotado en las Malvinas -pero aún en guerra con Inglaterra- pudiera pagar con preferencia las deudas que tenía con sus acreedores británicos.
    Como es de ver, desde las invasiones inglesas hasta hoy nada ha cambiado.

    3) La geopolítica argentina quedó dada vuelta:

    -El comercio hacia el norte y de allí al extremo oriente abandonado.

    -El flujo económico que producían las artesanías e industrias provinciales destrozadas.

    -La navegación por el Pacífico prohibida. Tan pero tan prohibida que en el más risueño disparate que existe en la historia universal nuestro desdichado país y sus discapacitados dirigentes, regalan públicamente el Océano Pacífico.
    “Argentina en el Atlántico, Chile en el Pacifico”. Todos hemos leído y leemos diariamente el absurdo cartelito.

    -La minería del norte quedó suprimida y con ella sus implicancias industriales.

    4) La miseria en medio de la opulencia había comenzado.

    - Saqueo permanente, deudas, hambre y desocupación, serían y son la constante política que nadie ataca.

    - Enfrentamientos sangrientos entre argentinos, odios irreconciliables y divisiones feroces. Todo mantenido por el arma de la colonización sutil, por la acción psicológica que divide al país por fruslerías infantiles.

    Divide et Impera (separa y gobierna). Trade non countries (tratados comerciales y no territoriales). Tales son las coordenadas con que Inglaterra ha gobernado el país desde el Edicto de libre Comercio de 1809, con el cual el Virrey Cisneros convirtió en triunfo la derrota del invasor británico que había sido aniquilado por el Ejército y por el pueblo, en las jornadas de 1806 y 1807

    ¿Cuál fue la posición de la Primera Junta y del Gobierno del General Perón y del Peronismo, frente a la política Inaugurada por Inglaterra en 1809? La pregunta es acuciante y las respuestas, hasta ahora, no han sido precisas. Trataremos de aclarar algunas cosas.

    La instalación de la Primera Junta fue un acto viril contra la política anglófila de Cisneros. El heroico Ejército que se había formado junto al pueblo en las jornadas de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, advirtió con asombro que los comerciantes Ingleses unidos a un grupo de perdularios porteños, les estaba robando el triunfo. Por eso actuaron en las jornadas de 1810. Agotada la capacidad de conducción por parte de España, había que defender lo propio, lo nuestro, eso que el extranjero inglés arrebataba como suyo, con ironía, con sarcasmo, con extorsión o con violencia.

    La Junta actuó con grandeza moral y con buena fe política. La grandeza moral y la buena fe política, son dos principios básicos y dos hidalgas conductas. Empero, ante la ruindad del mundo internacional y ante la ferocidad de los apetitos económicos no son suficientes para asegurar el éxito.

    El mundo anglosajón, a diferencia del espíritu latino, es magistral en la iniquidad y la intriga. En la alcahuetería disociadora que tanto ha fragmentado y triturado a la Argentina. En el asesinato hipócrita. En la mentira cínica. En fin, en todo tipo de medios que aseguren el poder.

    Por grandeza moral y buena fe política. Saavedra dividió su sueldo con Cisneros y compartieron ambos el sitial que les correspondía en la Catedral, de la misma manera en que Liniers después del 12 de Agosto, compartió su almuerzo con el vencido General Beresford y el Estado Mayor Inglés.

    Por grandeza moral y buena fe política, la Junta en pleno, recibió en su primera audiencia al Almirante De Courcy, Comandante en Jefe de las Fuerzas Británicas en el Atlántico Sur.

    El Almirante Inglés con la mayor cordialidad, pero sin dejar de apuntar sus cañones, obtuvo de los desprevenidos patriotas de la Junta, la igualdad de derechos entre ingleses y criollos.

    Así por medio de la grandeza moral y de la buena fe política, el monopolio que habla ejercido España se transfirió para beneficio de Inglaterra y el Edicto de Libre Comercio del Virrey Cisneros perdió fecha de vencimiento.

    Por grandeza moral y por buena fe política, la Junta cedió ante Alejandro Mackinnon, representante de los comerciantes ingleses, residentes en Buenos Aires y éstos obtuvieron el permiso expreso para exportar a Londres el metálico de oro y plata Que recaudaban con sus ventas.

    Por grandeza moral y buena fe política, la junta aceptó que Lord Strangford, Embajador Inglés en Río de Janeiro, representara al país naciente, ante las cortes de Londres y Madrid.

    Por la grandeza moral y buena fe política, la Junta permitió que la bandera Inglesa unida a la bandera española, fuese su emblema ante las demás naciones de la tierra.

    En poco tiempo todos los patriotas comprendieron con amargura que Inglaterra era la única beneficiaria de la lucha que habían emprendido contra España. Pero ya era tarde. En vez de la anhelada Independencia se había instalado una espantosa e irreversible dependencia económica hacia la Gran Bretaña.

    Advertidos que la ayuda británica no era de beneficencia, sino que respondía a otras reglas de juego, Saavedra convocó a las provincias y al pueblo que lo había acompañado y Moreno recurrió a la queja diplomática.
    Pero ni la presencia de los representantes de las Provincias en Buenos Aires, ni el Gobierno de la Junta Grande ni el pronunciamiento del pueblo del 5 y 6 de Abril de 1811, ni la proyectada queja diplomática de Moreno dieron ningún fruto.

    El avance inglés por medio del comercio era arrollador e incontenible y frente a ese avance fueron sucumbiendo uno a uno todos los que habían levantado sus armas o su voz en contra de ellos.

    Liniers, el jefe militar que abatió a los ingleses terminaría fusilado.
    Alzaga el caudillo popular que armó al pueblo contra los ingleses terminaría ahorcado. Saavedra, el jefe militar que se levantó contra el anglófilo Virrey Cisneros terminaría exiliado y su memoria cubierta por un asombroso silencio.
    Moreno, el Secretario Técnico de la Junta que pretendía arreglar el problema con una reclamación diplomática murió envenenado. Su deceso fue precipitado “por la administración de un emético que el Capitán del buque inglés le suministró imprudentemente”, según las textuales palabras de su hermano Manuel Moreno autor de “Vida y Memorias del Doctor Mariano Moreno” página 241. Agrega Manuel Moreno que el cadáver de su hermano “estuvo todo el día sobre la cubierta envuelto en la bandera inglesa”. Larrea, proclive a los negocios junto con los ingleses se suicidó.

    La lista es trágica, tanto por la ferocidad de los medios de eliminación como por la continuidad de fusilamientos y asesinatos y de suicidios que plagan el destino fatal de nuestros gobernantes y prohombres.
    Los nombres de Dorrego, Chilavert, de López Jordán, de Leandro Alem, de Lisandro de la Torre, de Belisario Roldán, de Leopoldo Lugones, del General Valle y tantísimos otros de plena actualidad, son testimonios extremadamente serios que nos llevan a una conclusión que causa espanto: los enemigos que se apoderaron sigilosamente de nuestro país siguen imperturbables y victoriosos, mientras que mitos, dogmas, esquemas, etiquetas, palabras y hasta letras siguen provocando el desencuentro de nuestras mentes mas brillantes y de nuestros espíritus más lúcidos.

    Juan Domingo Perón ,es combatido en su gobierno y después de muerto mutilado.

    Eva Perón,es ultrajada,mutilada y abusada en su descanso eterno.

    Maria Estela Martinez de Perón. 6 años presa,ultrajada,abusada y denigrada hasta ahora.

    Winston Churchill, dijo en 1955: 'La caída del tirano Perón en Argentina es la mejor reparación al orgullo del Imperio y tiene para mí tanta importancia como la victoria de la Segunda Guerra Mundial, y las fuerzas del Imperio Inglés no le darán tregua, cuartel ni descanso en vida, ni tampoco después de muerto.

    La Revolución de Mayo, despojada de las palabras escolares y profundizadas en su real dimensión, deja para la posteridad la enseñanza de un mal éxito que debe prevenirnos para no incurrir en una repetición forzosa.

    Con la buena fe y la pureza moral de sus protagonistas la Revolución de Mayo no obtuvo la independencia efectiva del país. Antes, ese patrimonio espiritual fue el puente que utilizaron los comerciantes británicos para operar una transferencia del dominio español al dominio de Inglaterra.

    Ese dominio fue más sutil y más eficiente que el del Imperio Español.
    Nos adjudicó una autarquía administrativa de nivel municipal en lo interno, pero con una férrea dependencia económica que aseguró con sus concesiones y contratos cada vez más. Leoninos y cada vez más exigentes.
    Inglaterra se reservó el control de la política interior, reemplazando por adjetivos calificativos, los sustantivos y los verbos que conforman el lenguaje con que deben tratarse los grandes temas de un país.
    Dividió en forma tan irreconciliable como artificial a los conductores argentinos desde morenistas y saavedristas hasta peronistas de todos los grupos y antiperonistas de todas las tendencias.
    Porteños contra provincianos, Buenos Aires contra el interior.
    El campo contra la industria. La civilización contra la barbarie. Gremialistas contra políticos. Civiles contra militares... Siempre los antagonismos vertidos en un molde de hierro: Divide et Impera, Gran Bretaña ejerció también, a través de sus personeros más sumisos, la política exterior de los argentinos en todos los gobiernos y en todas las épocas”. No es el caso de entrar en casuismos ni contar las pocas excepciones pero todos recordamos la reciente guerra de la Malvinas dirigida por un Ministro de Relaciones Exteriores que era el mas conspicuo abogado del complejo frigorífico inglés Swift Deltec.

    La eficiencia del sistema colonial inglés en el Río de la Plata, fue y es, el opus magnum de Canning, el estadista impecable. Inglaterra sería el taller del mundo y la América del Sur su granja.

    Este plan gigantesco redujo nuestro territorio de 5 millones de kilómetros cuadrados a menos de 3 millones de kilómetros cuadrados y nos convirtió de un país bioceánico y minero en país atlántico y pastoril.

    Del éxito del plan dice el historiador británico Harry Ferns: “Durante el siglo XIX no se produjo ninguna alteración en la ecuación Anglo-Argentina y no hay razón alguna para suponer que hoy sea diferente a lo que fue un siglo y medio atrás”. (Tomo I, pág. 486)


    LOS INGLESES FUSILAN AL RECONQUISTADOR SANTIAGO DE LINIERS.

    Domingo 26 de agosto de 1810: En el paraje denominado Cabeza de Tigre, cercano a Cruz Alta, Córdoba, un pelotón de soldados ingleses fusila al General Santiago de Liniers, Héroe de la Reconquista y la Defensa, Conde y Virrey de Buenos Aires.

    El Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros (1755-1828), fue la cabeza visible del triángulo cuyos vértices estarían apoyados en los comerciantes usureros de la City en Londres, sus operadores españoles en Cádiz y los mercachifles arrastracueros del puerto de Buenos Aires. Esta triangulación, consecuencia de Utrech, formada de 1714 en adelante por Incalaperra junto con una decena más montadas en Hispanoamérica, se dedicaban con fervor al contrabando de fruslerías, el saqueo de la corambre de las vaquerías y el fabuloso robo de la plata del Potosí. Ya habían tenido su acto cumbre en las invasiones de la Incalaperra en 1806 y 1807. Porque es bueno decirlo, para aquellos hechos dolorosos, los ingleses no vinieron: los mandaron a llamar que es muy distinto.

    Cisneros había llegado a Buenos Aires con instrucciones de invitar, muy diplomáticamente, para que Liniers regresase a España. Los buhoneros manilargos del puerto se habían dado cuenta que nada se podría hacer, de lo que después se hizo (más de 40 firmas inglesas operando en Buenos Aires y con casas matrices en Londres), con un Liniers en la ciudad. Entonces presionaron sobre los de Cádiz, lupanar de la masonería, para que éstos, a su vez, lo hiciesen sobre la Junta (que les debía plata a todos), designando como Virrey a un hombre “educado y culto” (como querría después Rivadavia) que, a su vez, tendría la misión de sacarse de encima a Liniers, dejándole el campo orégano al hatajo. Es la versión remozada y rioplatense del cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones (aunque aquí eran mucho más de cuarenta por el proceso inflacionario).

    Con la misma ternura diplomática con que le pidieron que se vaya, don Santiago, que ya había cumplido sus 57 años, les pidió para quedarse. Una contrariedad en los planes de la gavilla. Entonces Cisneros le hace jurar a Liniers la promesa de no inmiscuirse en los asuntos públicos, y lo obliga a retirarse a un lugar distante del epicentro de los negocios: Buenos Aires. Digamos que una cosa por otra: en lugar de desterrarlo lo internaron, como se decía en aquellas épocas. Pero con el mismo efecto: mantenerlo alejado “del progreso”. Aunque con un poco de suerte, se podría morir en el olvido.

    Este juramento del Héroe de la Defensa y Reconquista, con treinta años de nobles servicios a España sin interrupciones, es de donde se han prendido los historiadores del Régimen Perverso con sus ataques de moralina, para decir que Liniers recibió lo que se merecía por quebrantar un juramento. Y, ¿qué validez tiene un juramento hecho ante esta versión remozada de Pilatos? La misma validez que tiene la palabra devaluada del canalla que lo pide.

    Liniers se trasladó a Córdoba donde compró una finca cercana a la localidad de Alta Gracia. Los sucesos ocurridos en Buenos Aires el viernes 25 de mayo (fruto de la tenida del 24 a la noche), llegaron a Córdoba el lunes 4 de junio. Entonces el Gobernador Intendente, Capitán de Navío Gutiérrez de la Concha, quien fuera jefe de le escuadrilla que transportó desde Colonia hasta el Arroyo Las Conchas al ejército de Liniers para la Reconquista, se declara opositor al pronunciamiento de Buenos Aires y arrastró tras de sí al Cabildo de Córdoba, creándose el 6 de junio, ante la emergencia, una Junta Consultiva.

    Para constituir esta Junta, Gutiérrez de la Concha le pide a Liniers que se sume, como ciudadano respetable y persona de honda raigambre popular, junto con el Obispo Orellana, el oidor Victoriano Rodríguez, el deán de la Catedral, Gregorio Funes y el tesorero de la hacienda pública, señor Moreno.

    Hasta aquí, aunque a los tumbos, estoy conteste con los historiadores vernáculos, tanto del Régimen como no pocos militantes del revisionismo histórico. Porque a partir de esta situación cada uno de éstos va dando su versión: que Liniers fue un traidor; otros que un líder desertor; que cometió muchos errores; que no escuchó las súplicas que le hicieran por carta Saavedra y Belgrano, e incluso su suegro Martín de Sarratea; que quiso reivindicarse ante la opinión pública de aquel incidente con el enviado de Napoleón, el Marqués de Sassenay (10 de agosto de 1808); que era un agente napoleónico en Buenos Aires y, otros muchos, que Liniers fue una mezcla de todo esto.

    Confieso humildemente al lector que yo también me tragué estos sapos. Algunos crudos y otros vuelta y vuelta en la sartén con ajo y cebollas. Porque si esto escriben nuestros historiadores, cuya mayoría escribe para facturar, seguramente no es cierto o por lo menos es motivo de revisión o de crítica histórica, si prefiere el lector.

    Liniers no fue un traidor, porque nunca comulgó con otra ideología que no sea su lealtad a la Corona Española por la que terminó dando la vida; consecuentemente tampoco fue desertor porque nunca estuvo adscrito a los complotados que había producido el 25 de mayo; el único error cometido por Liniers fue el de dormir con el enemigo: creerse que Cisneros era un virrey y no el cabecilla de un grupo de quincalleros asociado a los ingleses; de las súplicas que le hiciera Belgrano mejor no hablar: don Manuel (¡Oh, cuántas tiene en el debe el bueno de don Manuel!), ya había hecho los borradores extremistas que servirían de base para que el terrorista Mariano Moreno hiciese el Plano de Operaciones (dado como secreto el 30 de agosto, según la copia en mi poder); las actitudes de Liniers, respecto al Marqués de Sassenay, fueron suficientemente claras, y la prisión que sufrió el enviado de Napoleón a manos de Elío fue injusta, prueba de ello es que al ser remitido a Cádiz fue puesto de inmediato en libertad en aquella ciudad y a Liniers jamás se lo molestó para preguntarle nada; etc.

    Ahora bien: ¿por qué Liniers –se preguntará el lector-, se opone a la Junta de Buenos Aires, acompañado de insignes patriotas y leales servidores públicos, cuando le hubiese sido más fácil aceptar el hecho consumado? Simplemente porque Liniers, como antiguo vecino de la ciudad, aparte de haber sido su Virrey, conocía perfectamente a cada uno de los integrantes de aquella Junta, lo que ellos representaban y quiénes movían los hilos de estas marionetas. Aquellos no representaban, precisamente, los intereses del pueblo, del rey ni de su virreinato. Y si no me creen vean lo que sigue:

    Miguel Azcuénaga, militar, masón recalcitrante de los tiempos de Cabello y Meza, relacionado con las familias más ricas de Buenos Aires en los inicios del siglo, terrateniente y comerciante, fue el garante ante la burguesía porteña y los intereses de la Incalaperra, de las finanzas de la Junta de Gobierno.

    Manuel Alberti, sacerdote, masón, con rico patrimonio personal, parte heredado de sus padres y parte de lo que él había hecho con sus negocios clandestinos; intervino en las reuniones conspirativas en la casa de Nicolás Rodríguez Peña (espía, masón, asalariado de Su Majestad Británica hasta su muerte); ingresó a la Junta como representante del clero criollo y como defensor de los bienes eclesiásticos (y de los suyos desde luego).

    Domingo Matheu, comerciante catalán afincado en Buenos Aires, con conexiones internacionales en Europa y, particularmente en Cádiz, sostenedor de las ideas del libre comercio (recargando con un 300% las bagatelas inglesas), fue como tal el representante de los comerciantes de Buenos Aires (los que, mayoritariamente, eran ladrones y contrabandistas). Fue el garante ante la Junta de los comerciantes de la plaza de Cádiz (uno de los vértices del triángulo).

    Juan Larrea, catalán como el anterior, comerciante de los llamados frutos del país y también armador, estaba seriamente comprometido con los grupos ingleses a los que siempre fue obediente. Es considerado como el banquero de la Junta de Mayo.

    Juan José Paso, abogado, amigo íntimo de Moreno, vinculado a los intereses ingleses en el Río de la Plata. Este personaje es todo un misterio: ¡permaneció en el gobierno desde mayo de 1810 hasta la llegada de Rosas que lo echó! Poco o nada se sabe de su vida porque todos sus papeles públicos y privados han desaparecido cuidadosamente. Pero en verdad: no se sabe por qué fue incluido en la Junta, quedando solamente en pie sus vinculaciones con los comerciantes británicos.

    Mariano Moreno, abogado (el ausente durante las invasiones inglesas y el mudo del Cabildo del 22 de Mayo), representó a los intereses ingleses, con la habilidad de presentarlos como españoles. Carlos Roberts lo llama excelente abogado del comercio inglés y abogado de última hora. El acercamiento ideológico con Castelli (primo de Belgrano), proviene de que ambos eran abogados de los ingleses en el Río de la Plata. Moreno se destacó en la ignominia que se llamó Representación de los Hacendados (en 1809, con patrocinio del Virrey Cisneros donde hizo el papel de chancho rengo), y Castelli en varias defensas de comerciantes ingleses sorprendidos en el delito de contrabando o en el quebrantamiento de leyes consagradas. Cuando Moreno envía a Castelli al norte como comisario político, se quedó con el partido de él en Buenos Aires, y lo superó en los planteos de libre comercio a favor de los buques de bandera inglesa.

    Manuel Belgrano, abogado y economista aficionado, con amplias y fuertes vinculaciones con comerciantes del Paraguay y ganaderos del Uruguay. Esta es la causa de la aparición, de la noche a la mañana, del Belgrano militar en la campaña al Paraguay y su posterior traslado a la Banda Oriental, cuando en realidad se había destacado como abogado y economista. Se sabe que Belgrano redactó la introducción y confeccionó el boceto del Plano de Operaciones citado más arriba. Moreno al componerlo, respetó la introducción belgraniana y, en línea generales, su proyecto, aderezándolo luego con sus crueldades propias de Caracalla. Pero don Manuel conoció el documento: a esto no hay quien lo niegue, como se sabe que no abrió la boca para oponerse ante semejantes barbaridades. El documento, encontrado por casualidad en Sevilla por don Eduardo Madero a fines del Siglo XIX, está redactado en tono canallesco, subversivo y terrorista: después me vienen a hablar del Proceso de Reorganización Nacional que es un bebé de pecho al lado de don Mariano y de don Manuel, ¡que son próceres indiscutidos!

    Dios Santísimo: ¿para qué me haces conocer estas cosas? ¿Acaso yo no sería más feliz de otra forma? Pero: hágase Tu Voluntad y no la mía. Prosigo entonces.

    Llegado a esta altura, le pregunto al lector: ¿y usted que hubiese hecho? ¿Tal vez adherirse a esta Junta, o haría lo que hizo Liniers, después Artigas y finalmente Alzaga? Diga usted. Porque después de todo lo que hizo el Cabildo de Buenos Aires fue tomar la decisión de crear una Junta municipal de gobierno. Le correspondía luego invitar a las demás provincias hermanas a un congreso revolucionario para lo cual, cada una de ellas, debía dar, como requisito previo, un golpe político como el de Buenos Aires. De esta manera la Primera Junta hubiese sido nada más que una promotora de la revolución nacional. Esta actitud de Buenos Aires de arrasar con las autonomías provinciales y municipales se repetiría constantemente, se reflejaría en la Constitución Nacional y se puede ver hoy en día, donde los Gobernadores, pero fundamentalmente los Intendentes Municipales (donde reside la auténtica soberanía popular), son felpudos del gobierno central.

    Desbandada la tropa de Liniers y Gutiérrez de la Concha al primer amague, siguieron los dos fugitivos con sus amigos, sin una escolta que les brinde protección, y se refugian en Villa del Chañar, a unas 50 leguas de Córdoba. Allí los alcanza y detiene el Capitán José María Urien, que los venía rastreando, quien comete la arbitrariedad de tratarlos con todas las brutalidades que uno se puede imaginar, incluidos los azotes. La Pasión de don Santiago de Liniers había comenzado en manos de los esbirros del Robespierre porteño, Mariano Moreno: el que en la noche del 25 de Mayo lloraba sentado en las escaleras del Cabildo por las represalias que habría de tomar el rey contra ellos a su regreso “por majaderos”. Esta es la verdadera causa de su misterioso viaje a Inglaterra que dijeron lo hacía en misión diplomática: le aterrorizaba la idea del regreso del rey. En verdad fue un exilio disfrazado con misterios, como su muerte que resultó de un fecaloma: hacía una semana que no iba de vientre y el capitán inglés le suministró un purgante fenomenal. Una hora después estaba con una peritonitis y se fue por la avenida ancha sin semáforos. Pero volvió reencarnado en los periodistas que tenemos que lo han tomado por apóstol.

    Detenidos los cabecillas del desacato, debería corresponderse con el final de este triste capítulo de nuestra historia. Pero no fue así, porque es realmente aquí donde comenzó. Porque, ¿qué hacer con Liniers, el Gobernador Gutiérrez y el manojo de amigos encadenados? A Córdoba no los podían regresar, porque muchos de los soldados patricios que formaban los regimientos a las órdenes del Coronel José Antonio González Balcarce admiraban y amaban a Liniers y a Gutiérrez por haber luchado codo a codo con ellos en las jornadas de 1806 y 1807. Algo parecido ocurriría con la población civil, memoriosa del trato paternal y deferente de Liniers durante su virreinato.

    Entonces, ¿qué tenemos por aquí? Tenemos un problema insoluble a nivel de dirigentes. El mismo problema que se les repetiría con Artigas, Alzaga, Dorrego, don Juan Manuel y, si el lector quiere, el de Perón: su inmensa popularidad. ¿Qué hacer con un tipo que supuestamente hace lo que no debe hacer y sin embargo goza de abrumadora popularidad? La respuesta no está en los manuales liberales, ni en las películas de Hollywood de yanquilandia, donde el derrocado es un tiranuelo de cuarta. ¿Qué hay que hacer con un tipo en cuya contra se han ensayado todas las argucias y todas ellas, de a una, han ido fallado? A este tipo hay que matarlo, porque la popularidad para los liberales es un bien peligrosísimo. A Liniers y Dorrego, El Coronel Arrabalero, les costó la vida. El Restaurador se les escapó con un hilo de la pata. Y Perón se salvó de milagro, si se tienen en cuenta desde bombardeos hasta una docena de atentados, comenzando por el de Villa Rica en Paraguay.

    En verdad la Junta municipal de Buenos Aires, vulgo llamada Primera Junta, ha pensado en el destierro, medida que se le aplicó al compinche Cisneros con todo éxito, pero que con don Santiago sería un fracaso. Alguien ha madurado en hacerlo desaparecer, pero es imposible porque ya todo el mundo sabe que está en manos de sus captores. Reverdece entonces la idea de asesinarlo, pero cómo. Envenenarlo sería muy evidente. A un iluminado de la caterva se le ocurre simular un malón de indios que atacarían la caravana y lo asesinarían sin misericordia. En los alrededores de Buenos Aires hay muchos indígenas que por una damajuana de aguardiente serían capaces de despellejar a su madre. Pero ocurre que a ¡don Santiago de Liniers también lo quieren los indios porque ha sido muy compasivo con ellos! Entonces, si una salida “culta y educada”, resuelven matarlo ellos mismos. Fusilando de esta manera se cargarían de poder coercitivo, desalentando resistencias latentes: digamos que a lo Valle, Cogorno e Ibazeta el 9 de junio de 1956.

    Llega a Córdoba el decreto para la ejecución. La población recibe la noticia con claras muestras de disgusto. El Coronel Balcarce y el gobernador interino nombrado por la Junta, que fue Juan Martín de Pueyrredón, se enteran que el Regimiento de Patricios, alojado en la casa de Ejercicios Espirituales, se está por sublevar para rescatar a Liniers. Les cierran todas las puertas y les colocan tres regimientos a su alrededor para que nadie salga ni entre. Unas 100 religiosas y religiosos que allí prestan servicios padecen la cuarentena, aunque son completamente inocentes: es la primera herejía de las muchas que luego harían en el Alto Perú contra la Santa Religión. Ortiz de Ocampo hace como Pilatos: se lava las manos y decide remitir al prisionero a Buenos Aires. En realidad le tiene miedo a la pueblada y algunos regimientos que no le han querido rendir honores.

    La Junta se entera de esto y resuelve que Liniers no debe entrar en Buenos Aires. Para ello acuerdan que Castelli y French, con algunos efectivos del Regimiento Estrella, salgan al encuentro de la columna y fusilen a Liniers donde lo encuentren. Sin embargo aparecen otros problemas, aparte del cáncer de lengua que lo tiene mal a Castelli, los soldados del Estrella ponen las cosas en claro: ellos acompañan pero no fusilarán a Liniers. Los comisionados alcanzan la columna que viene de Córdoba en Cabeza de Tigre, una posta a la altura de Cruz Alta. Allí los espera otro frentazo: los soldados de la escolta que traía a Liniers, también se niegan a fusilarlo. ¡Estos negros de mierda, siempre creando problemas! No, si es como decía Sarmiento: es una raza maldita. Porque no habían nacido debajo de una higuera como él.

    Pero alguien había sido más previsor que todos estos complotados para asesinar. En Córdoba vivían desde hacía unos dos o tres años un número considerable de soldados ingleses que fueron internados después del escabroso asunto de Luján. Algunos tenían chacra, familia y otros se habían afincado definitivamente. Alguien los habló y ellos aceptaron fusilar gustosamente a Liniers, el autor de su derrota, su prisión, su internación y su vergüenza. Y previendo que pasaría lo que pasó los llevaban a la cola de la columna.

    Y así fue como en la mañana del 26 de agosto, el mes de la Gloriosa Reconquista, de 1810, una docena de soldados de su Graciosa Majestad Británica fusilaron a don Santiago de Liniers, cubierto de sangre por los castigos y cinco de sus compañeros todos malheridos. El tiro de gracia se lo dio French, el cartero de Buenos Aires, devenido ahora en Teniente Coronel de la noche a la mañana, el que fuera enlace entre las logias masónicas montadas por Rodríguez Peña y el cura Agüero. En las ropas de Liniers se encontró su despacho como Virrey firmado por el rey, que Castelli ordenó quemar: estaba el papel tinto en sangre.

    A esto último lo descubrió el historiador Julio Lafont al que por poco lo matan. Pero jamás pudieron desmentirlo, hasta el día de hoy porque está muy bien documentado. Al resto, que no es de Lafont, los invito a los historiadores a que me desmientan. Pero, ¡cuidado!, porque a lo mejor no me callo de cosas que aquí he callado.


    ANIVERSARIO DE LA HEROICA DEFENSA DE BUENOS AIRES

    El día 5 de julio de 1807 se produce la Defensa de Buenos Aires. Las fuerzas británicas que procuraban conquistar por segunda vez la ciudad de Buenos Aires sufren pérdidas enormes en los combates que se suceden en este día.

    El 5 de julio de 1807 los porteños y las milicias al mando de Santiago de Liniers rechazan la Segunda Invasión Inglesa, comandada por el Gral. Whitelocke.
    El alcalde de Buenos Aires, Martín de Álzaga ordenó montar barricadas, pozos y trincheras en las diferentes calles de la ciudad por las que el enemigo podría ingresar. En la mañana del 5 de julio, la totalidad del ejército británico volvió a reunirse en Miserere. Confiado de la supremacía de su ejército, Whitelocke dio la orden de ingresar a la ciudad en 12 columnas que se dirigirían separadamente hacia el fuerte y Retiro por distintas calles. Sin embargo, los invasores se enfrentaban a un Buenos Aires muy diferente al que se había rendido ante Beresford. Según cuenta la tradición popular, los vecinos arrojaron piedras y aceite hirviendo sobre las cabezas de los invasores. Lo cierto es que Liniers había logrado reunir un ejército de 9.000 milicianos, apostados en distintos puntos de la ciudad. El avance de las columas se vio severamente entorpecido por las defensas montadas, el fuego permanente desde el interior de las casas y desinteligencias y malos entendidos entre los comandantes británicos. Whitelocke vio como sus hombres eran embestidos en cada esquina. Mediante la lucha callejera, los vecinos de Buenos Aires superaron la disciplina de las tropas británicas. Tras una encarnizada lucha, Whitelocke perdió más de la mitad de sus hombres entre bajas y prisioneros.
    Cuando la mayoría de las columnas habían caído, Liniers exigió la rendición. Craufurd, atrincherado en la iglesia de Santo Domingo, rechazó la oferta y la lucha se extendió hasta pasadas las tres de la tarde. Whitelock recibió las condiciones de la capitulación hacia las seis de la tarde ese mismo día. El 7 de julio se comunicó la aceptación de la capitulación propuesta por Liniers y que por pedido de Álzaga, daba dos meses para abandonar Montevideo. Las tropas británicas se retiraron de Buenos Aires y abandonarían la banda oriental recién el 9 de septiembre.


    EL SAQUEO DEL TESORO DE BUENOS AIRES.
    POR EL PIRATA BERESFORD 1806.

    EL PARTIDO MASONICO FACILITO LA ENTRADA DE BERESFORD
    EN BUENOS AIRES ENTRARON SIN LUCHAR.

    Más de 86.000 millones de dólares, buena parte de la deuda argentina. Ese es el valor actual del tesoro con el que se alzaron los ingleses en la invasión de 1806. El cálculo de Néstor Forero, un investigador que habló del tema en Gualeguaychú, muestra la magnitud del saqueo inglés. ¿Hay razones para pedir un resarcimiento, pese al tiempo transcurrido?.

    Buenos Aires fue capturada, así, por las tropas del general Beresford, allá por 1806. La toma duró más de 40 días, en cuyo transcurso los ingleses no se privaron de nada. La invasión estuvo signada por vejaciones, asesinatos, muerte, y robos de todo tipo, según cuentas los cronistas. Un acto de pillaje protagonizado por súbditos de la Corona Británica, que no actuaron por motu propio.

    Fue en realidad una acción de conquista armada por el gobierno de Londres, en el marco de una estrategia global de dominación de estas tierras americanas.
    Los entretelones y el significado de este traumático episodio -que curiosamente la historiografía oficial refiere casi como una anécdota- están planteados en “El saqueo de 1806”, el libro del investigador Néstor Forero.

    Especialista en temas económicos e historiográficos, autor de otros libros como “Deuda externa y Crimen social en Argentina”, Forero se inscribe dentro del “revisionismo histórico” que, siguiendo a Raúl Scalabrini Ortiz o al copoblano Julio Irazusta -entre otros-, viene denunciando la malsana influencia británica en el país.
    Esa influencia, que ha sido determinante en el curso de la historia vernácula, es de larga data. En realidad, según esta lectura historiográfica, se remonta a la etapa anterior a la independencia argentina.
    Es decir, a cuando el país -junto con otras repúblicas sudamericanas- pertenecía al Virreinato del Río de la Plata, un bloque geopolítico de 7.000.000 km².

    En la disputa por la hegemonía mundial, Inglaterra fue enemiga declarada de España, cuyo poder buscó cuartear, sobre todo saboteando sus posesiones americanas.

    Es en este contexto que Forero coloca la toma de Buenos Aires en 1806. Que en realidad, dice, fue la quinta expedición militar británica (no la primera como dice la historia oficial), a la cual precedieron, por caso, desembarcos en Malvinas o Isla de los Estados.
    El saqueo del que fue objeto entonces Buenos Aires, por parte de las tropas de Beresford, fue pergeñado con antelación por el gobierno de Londres, dice el autor.
    Y da una medida -cuenta- no sólo del sentimiento anti-hispánico de los invasores, ni de la codicia que los dominaba, sino de un plan de dominación urdido con inteligencia.
    Así, el primer acto del General Beresford, tras la toma de la capital del Virreinato del Río de la Plata, fue la exigencia a sus pobladores de los caudales reales, bajo las peores amenazas (pérdidas de vida y patrimonio).
    Y aquí la originalidad de Forero: el tesoro robado, girado prontamente a Londres, representa hoy, actualizado a un interés anual del 6%, más de 86.000 millones de dólares, buena parte de la deuda externa argentina.

    Política colonial

    Pero además, una vez dueño de la plaza, Beresford tomó una serie de medidas para someter a la nueva colonia -y que según Forero tienen un parecido notable con la política económica que se siguió en Argentina en lo sucesivo.
    Así, al apoderamiento ilegítimo de las reservas monetarias del Tesoro de la Real Hacienda de Buenos Aires -el grueso del cual se embarcó a Londres en la fragata más rápida de la de la flota británica, el “Narcissus”-, le siguió el decreto que declaró la “libertad de comercio”.
    Esta última medida -sostiene el investigador- “se impondrá para beneficio especialmente de los comerciantes ingleses y de su socia local, la clase acomodada de Buenos Aires”.
    Ahora bien, haber secado la plaza de monedas -más allá de que una fracción de los pesos plata se dejaron para mantener el comercio exterior- colocó a la gobernación británica en Buenos Aires en problemas.
    La escasez de dinero metálico, producido por el vaciamiento de las arcas de Buenos Aires, conducía a un encarecimiento inexorable de las operaciones de importación de mercadería inglesa.
    Pero la gobernación británica no iba “a permitir que los comerciantes locales repararan esa pérdida mediante el funcionamiento de la ley de la oferta y la demanda, ya que el tipo de cambio hubiera saltado por las nubes”, cuenta Forero. Por eso -refiere- “se estipuló un tipo de cambio fijo de 5 chelines por peso, cuando antes de la invasión el tipo de cambio era de 4 chelines y 6 peniques”.

    La cuestión de los caudales

    Forero llama la atención sobre un dato no menor: los ingleses no pueden alegar que los caudales robados (en total 1.086.208 pesos plata) son un “botín de guerra” (el equivalente a unas 200.000 liras esterlinas de la época) (1). ¿Y esto por qué?. Pues porque el tesoro se hallaba fuera del alcance de los conquistadores al momento de ingresar a la ciudad.
    ¿Cómo? Es que el virrey Rafael de Sobre Monte, enterado de la invasión, se lo llevó consigo antes hacia Córdoba. Los ingleses tuvieron que gestionar su regreso, luego, bajo amenaza de introducir las peores pestes sobre la población.
    Este episodio, es decir la manera en que se obtuvo el tesoro confirma la tesis de que su apropiación fue “sencillamente un robo, perpetrado sin ninguna fundamentación jurídica por parte del invasor”.
    En realidad, dice el autor, la acción de Sobre Monte -pese a que el juicio histórico catalogó de deshonrosa-, colocaba la sustracción del tesoro en el marco de una discusión entre las cortes de España y Gran Bretaña, alrededor de los “derechos de propiedad indudable de los españoles”.
    “Para ser más ecuánimes diremos que Sobre Monte, más allá de su personalidad, cumplió con su retirada el plan de evacuación trazado en época del virrey Vértiz y que un Tribunal que juzgó su conducta terminó absolviéndolo, aunque eso no le devolvió el prestigio perdido”, comenta Forero.

    ¿Es posible el resarcimiento?

    El autor insiste en la “ilegitimidad” de la incautación de los caudales del tesoro de la Real Hacienda de Buenos Aires. Pero va más allá: en su opinión, a la Argentina y a los países que entonces integraban el virreinato, les asiste hoy el derecho del resarcimiento, pese al tiempo transcurrido.
    Forero habla de “derecho de propiedad” conculcado por el invasor inglés. Aunque dicho derecho le pertenecía a los españoles, ahora es nuestro, insiste, en virtud de la “continuidad jurídica e histórica de los Estados”.
    Asegura que el “gobierno británico no puede negar su participación” en la operación de saqueo -aunque se escude en el argumento de que fue una acción de particulares-.
    “Dado que lo actuado por los súbditos británicos lesiona el Derecho de Gentes, entendemos que el reclamo de reparación por el robo de Buenos Aires es imprescriptible”, razona el investigador.
    Y al respecto documenta la existencia de jurisprudencia internacional en este sentido, alrededor de la existencia de fallos que han obligado a ciertos Estados, cuya responsabilidad quedó evidenciada, a reparar el daño cometido contra otros Estados.

    Por Marcelo Lorenzo
    Publicado en diario El Día, de Gualeguychú, Provincia de Entre Ríos, 21/11/07. http://www.trabajadorescultura.com.ar/cultura/Econ_politica/Notas

    Publicado en el diario Times, de Londres, a raíz de la captura de Buenos Aires

    Domingo, 12.09.1806 – nuevas buenas en Gran Bretaña

    El nuevo gobierno whig (el “Ministerio de Todos los Talentos”) se enteró de la expedición de Beresford el 24 de junio de 1806, cuando le llegó una carta fechada por el general inglés en abril de ese año. El Secretario de Guerra William Windham se tomó un mes para contestar la carta, con la anuencia de Jorge III, manifestándole que como no la expedición no había sido oficialmente autorizada y no se conocían los resultados obtenidos, sólo cabía dar instrucciones generales. Ella eran: si habían ocupado una posición, que trataran de mantenerla y, caso contrario, no insistiera en tomarla; que “no se metiera en asuntos de independencia que pretendían los criollos”. Como cierre, le anunciaba a Beresford el envío de refuerzos al mando del general Sir Samuel Auchmuty. Por otra parte, el Almirantazgo remitió una carta, el 28 de julio, a Home Popham, ordenándole, severamente, que se presentara en Londres para rendir cuenta de lo actuado.

    Nota de Aclaración: El gobierno inglés mantuvo en secreto la expedición a Buenos Aires, hasta estar seguro de lo que había pasado en la colonia española. Pero el 12 de septiembre de 1806, tras 57 días de navegar, el Narcissus, al mando del capitán Donelly entró al puerto de Portsmouth, con los partes de Popham y Beresford sobre la captura de Buenos Aires. Por telégrafo visual llegó a Londres esa noche y los diarios se hicieron eco de la noticia, en las ediciones de la mañana siguiente.

    Lunes, 13.09.1806 – primera noticia

    Captura de Buenos Aires. Oficina del Times. Sábado a las 3 de la mañana.

    Por un expreso que acabamos de recibir de Portsmouth, tenemos que felicitar al pueblo por uno de los hechos más importantes de la actual guerra. Buenos Aires en este momento forma parte del Imperio Británico, y cuando consideramos las consecuencias a que conduce por su situación y capacidades comerciales, además de su influencia política, no sabemos como expresarnos en términos adecuados a nuestra opinión de las ventajas nacionales que derivarán de su conquista.
    Miércoles, 15.09.1806 – de la prensa británica
    “Es casi indudable que toda la colonia del Plata tendrá la misma suerte que Buenos Aires; y de las esperanzas lisonjeras presentadas a sus habitantes, en la proclama del general Beresford, ellos verán que está en su propio interés ser colonia del Imperio Británico”. (...) “Como resultado de semejante unión, tendríamos un mercado continuo para nuestras manufacturas, y nuestros enemigos perderían para siempre el poder de sumar los recursos de esos ricos países a los otros medios que tienen de hacernos daño”. (…) “Este país está ahora en una posición mucha más orgullosa de la que ha estado desde que comenzaron las negociaciones con Francia. En Calabria, la excelencia y superioridad de las tropas británicas han sido demostradas al enemigo y a toda Europa. Por nuestro éxito en el Plata, donde un pequeño destacamento británico ha tomado una de las más importantes y ricas colonias españolas, Bonaparte debe estar convencido de que sólo una paz rápida podrá evitar que toda Sudamérica quede separada forzosamente de su influencia y colocada para siempre bajo la protección del Imperio Británico ¿A qué región del mundo habitable podrá entonces dirigirse para conseguir barcos, colonias y comercios?”.

    Lunes, 20.09.1806 – desfile en Londres

    “A las siete en punto de la mañana, los Leales Voluntarios Britanos se congregaron en St. James’Square y después de disparar tres salvas prosiguieron hasta Clapham, a fin de escoltar hasta la ciudad el tesoro desembarcado del Narcissus, en Portsmouth” relata un testigo presencial, John Fairnburn “A su llegada a Claphamn encontraron el desfile consistente en ocho carretones, tirado cada uno de ellos por seis caballos, adornados con banderas, pendones y cintas azules. En las banderas estaba inscripta la palabra ‘Tesoro’

    Los precedía una pieza de artillería de bronce tomada al enemigo. El primer carretón llevaba el estandarte virreinal del Perú desplegado por un marino real; el segundo y tercero, las enseñas tomadas de los muros de Buenos Aires, y los siguientes, las insignias navales inglesas azuleas, rojas y blancas, mostrando el conjunto la más triunfal y grandiosa apariencia. Durante su procesión hacia la ciudad, los Leales Britanos, al mando del coronel Davidson, marcharon a la cabeza de los carretones y el coronel Prescott con los Voluntarios de Clapham los escoltaron a retaguardia. Una muy excelente banda perteneciente a este último regimiento interpretó durante la marcha ‘God Save the King’, ‘Rule Britannia’, etc., y el corazón de todos los británicos se regocijó ante la visión de la escolta.

    Tras haber entrado en Londres se detuvieron en el Almirantazgo y luego prosiguieron por Pall-Mall hasta St. James’Square, donde la procesión hizo un alto ante la casa del coronel Davidson y la señora Davison obsequió un par de enseñas con la leyenda ‘Buenos Aires, Popham, Beresford, Victoria’ escrita en letras de oro sobre seda azul, rodeadas por ramas de laurel. El tesoro pasó luego a través de la city hasta el Banco, donde se depositaron más de dos millones de dólares. En el frente de cada carretón figuraban las palabras ‘Caja del Tesoro’.

    En las ventanas se agolpaba una cantidad poco común de espectadores ansiosos por ser testigos del triunfo de la Vieja Inglaterra. El capitán Donnelly, del Narcissus, participó de la procesión en una silla de posta” .

    Nota de Aclaración: Ese mismo capitán Donnelly recibió, por entregar el tesoro, 5500 libras como flete, una comisión del 2% sobre el total, sin perjuicio de lo que le tocara como capitán, en la repartición a su ejército por la toma de Buenos Aires.

    “El tesoro siguió por la city hasta el Banco de Inglaterra, donde se depositaron más de un millón de dólares”.

    Sábado, 25.09.1806 – de la prensa británica

    “Tal es la fertilidad del suelo, que Buenos Aires, en poco tiempo será probablemente el granero de Sudamérica”.
    (…) “Las mujeres de Buenos Aires se consideran las más simpáticas y hermosas de toda Sudamérica, y su manera de vestir denota un gusto superior” (…) “El comercio de esta región bajo el ordenamiento británico, promete ser sumamente ventajoso para ella, y podría abrir mercados de incalculables posibilidades para el consumo de manufacturas británicas. En la medida en que las cargas impuestas a los habitantes sean disminuidas por el gobierno británico, sus medios de comprar nuestros productos se verán incrementados, y el pueblo, en lugar de permanecer andrajoso e indolente, se hará industrioso, y llegará a la mutua competencia por poseer no solo las comodidades, sino lo lujos de la vida”.
    Erasmus dio el Víctor.

  13. #193
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Interesantísima entrevista al argentino Patricio Lons:

    Militia est vita hominis super terram et sicut dies mercenarii dies ejus. (Job VII,1)

  14. #194
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Los Chilotes “Defensores Del Rey” (1812-1826)

    Escrito por Rodolfo Urbina Burgos. Publicado en Artículos Publicados




    Al asomar el siglo XIX parecía haber muy poco en común entre chilotes y chilenos. Habían vivido escindidos los unos de los otros por más de 200 años. Primero por la ultramarina distancia y por separarlos la terca presencia de la “nación” araucana, y segundo, porque desde 1768 el Archipiélago pasó a depender del Virreinato del Perú. Aislados, casi como sitiados, diseñaron los chilotes su propio mundo lejos de todo contacto, dibujando el perfil de una existencia original que se conciliaba muy bien con una mentalidad española que parecía haberse quedado fijada en su etapa fundante del siglo XVI; así el hombre chilote ya tiene una identidad propia en el siglo XVIII. Y con esas ataduras histórico-culturales miraban los acontecimientos externos que de tarde en tarde hacían llegar sus ecos hasta las islas, como la noticia de la invasión napoleónica a España y lo que en Chiloé se consideró como sacrílego cautiverio de Fernando Séptimo. Con el mismo prisma monárquico miraron y juzgaron los sucesos posteriores protagonizados por los separatistas de América y Chile ya que se desconocían mayoritariamente las ideas de independencias. Y así también aquella frontera lejana, pobre y desatendida decidió poner a todos sus hombres en armas para defender los derechos reales, ajena, como estaba, a la novísimas e irreverentes ideas políticas revolucionarias que ya circulaban por el Nuevo Mundo y se extendían en la zona central del Reino de Chile. De esta manera, la mentalidad político-social imperante en Chiloé, era de un apoyo fervoroso al sistema monárquico y a su Rey como la única ideología vigente y conocida en el mundo isleño.

    Al momento de comenzar los movimientos independentistas Chiloé era Plaza Fuerte al mando de un gobernador político-militar, como lo venía siendo desde los albores del Período Indiano. Y, aunque los mismos vecinos de Castro calificaban a Chiloé como una de las provincias “más infelices que contienen los dilatados dominios de V. Magestad”, se enorgullecían de ser los más fieles vasallos del rey. Sociedad pobre y rústica era, no obstante, al decir de Encina, una de las más militarizadas del Reino de Chile con sus dos guarniciones de infantería y caballería con asiento en Calbuco y San Carlos de Chiloé, respectivamente, y una compañía de Artillería que atendía los fuertes y baterías, sitios casi todos en el Canal de Chacao para opósito de las siempre anunciadas invasiones. Era, en jerarquía, la quinta fuerza del virreinato con 395 soldados pagados por el “situado” que se remitía desde Lima, sin contar los 2.000 milicianos que por ser “numeristas”, servían a su costa, y concentrados principalmente en la jurisdicción de Castro, divididos como aquellos en compañías de infantería y caballería.

    Esta “gente de guerra” estuvo inactiva durante todo el siglo XVIII, pero atenta a los conatos de invasiones inglesas. Por lo mismo nunca se pudo probar su capacidad militar, siendo muy controvertidos los juicios sobre ella, especialmente a fines de aquel siglo, en momentos que se acentuaba la preocupación del Virrey por enviar a Chiloé ingenieros y jefes militares a ponerse bajo las órdenes del Gobernador que al mismo tiempo era Comandante General de las Fuerzas, por remitir armas y municiones, por construir o reparar fuertes, por entrenar y disciplinar a soldados y milicianos, etc., y así poner en buena situación militar a la provincia insular, como efectivamente estaba cuando la propagación de la revolución independentista de Chile se extendió hasta sus propias fronteras al capturar los insurgentes al Gobernador de Valdivia Alejandro Eagar, a imitación de lo que habían hecho con las autoridades constituidas en Santiago y Concepción. Desde entonces las acciones militares acompañaron la vida de los chilotes fuera y dentro de la isla durante los catorce años que corren entre 1812 y 1826.

    Comenzó en 1812, dice el cabildo de Castro cuando “en lo más riguroso del invierno expedicionó sus soldados, que por un camino el más intricando y trabajoso lograron sorprender a Osorno en el mes de junio… y someterla a la debida subordinación de V. Majestad, y pasando de allí inmediatamente a Valdivia ocuparon igualmente esta Plaza poniendo a ambas a disposición del Exmo. Sr. Virrey del Perú”. Al año siguiente las fuerzas chilotas ascendían a 1.400 soldados, 900 de los cuales eran de línea, base de lo que será el ejército realista que el virrey Abascal encargó formar al brigadier Antonio Pareja, quien zarpó desde El Callao el 12 de diciembre de 1812 con 50 soldados, algunos oficiales y 25.000 pesos en dinero y vestuario.

    Pareja desembarcó en San Carlos de Chiloé el 18 de enero de 1813 revestido de todas las facultades para organizar la tropa reglada y milicias, echar mano de los 160.000 pesos que guardaban las Cajas Reales y allegar aportes particulares que ascendieron a otros 9.000 pesos. Pudo contar con la importante colaboración de Juan Tomás de Vergara, del Gobernador Ignacio Justis, y del Padre Javier Venegas en la organización del ejército que incluía, además, 200 indios, y cuyos jefes fueron desde entonces los tenientes José Hurtado y José Rodríguez Ballesteros, ascendidos por Pareja a sargentos mayores, además del Padre Javier Venegas que, a pedido de los soldados, embarcó como capellán.

    Los 1.400 soldados y milicianos, regularmente armados y vestidos formaron tres divisiones: el “Batallón Veterano de San Carlos”, el “Cuerpo de Milicianos de Castro” y la “Brigada de Artillería” con 120 artilleros y 8 cañones, con las que el brigadier zarpó a Valdivia donde elevó a 600 hombres el “Batallón de Infantería” de aquella Plaza, y otros 100 hombres de la “Brigada de Artillería” con 12 cañones de campaña completando así un ejército de 2.070 hombres entre chilotes y valdivianos divididos en los mismos tres cuerpos con 6 cañones cada uno. El objetivo era tomar la ciudad de Concepción y no otro, como se dijo al momento de zarpar, para defender los derechos reales y “redimir al pueblo chileno”, como arengaba Pareja, mientras el Cabildo de Castro se refería a las Juntas americanas como “Juntas perversas” que atentaban contra la “sagrada persona de su Majestad”, entonces cautivo por Bonaparte, a quien llamaban “sacrílego tirano”, y acusaban a Chile de haberse separado “de los más sagrados deberes negando a V. Majestad la obediencia que le había jurado”.

    Así comenzaban las acciones de los chilotes en Chile. La expedición desembarcó en San Vicente el 26 de marzo de 1813 sin encontrar mucha resistencia, y luego avanzaron a Talcahuano donde los insurgente comandados por Ramón Freire y Ramón González Navia se vieron abrumados por el número de realistas. Luego González Navia se pasó al bando de Pareja con toda su gente engrosando la tropa y elevándola a 2.850 hombres que llegaron a ser 3.000 con la incorporación de algunos milicianos de Concepción. Con la toma de esta ciudad, los chilotes sintieron haber cumplido con las razones de su movilización y esperaban regresar a la Provincia.

    Pero el plan era otro: avanzar sobre Chillán, ahora al mando de los nuevos jefes Juan Francisco Sánchez, Ildefonso Elorreaga, Antonio de Quintanilla y Luis Urrejola. En Chillán se incorporaron otros 2.000 milicianos que hicieron subir el ejército a 5.000 hombres en tres divisiones, una de las cuales mandaba Ballesteros. Desde Chillán avanzaron sin mucha oposición hasta Linares el 24 de abril de 1813, pero para entonces ya los chilotes se sentían traicionados en sus objetivos primeros, e incómodos en medio de un gentío de chilenos que formaban las fuerzas realistas de Pareja y a quienes miraban con desconfianza.

    Más tarde vinieron las confusas acciones de Yerbas Buenas, luego de lo cual marcharon sobre el Maule. Esta última decisión de Pareja hizo meditar a los isleños que miraban con creciente recelo a sus ocasionales compañeros chilenos. Veían traiciones por todas partes, excepto de los valdivianos. Entonces el “Batallón de Voluntarios de Castro” se negó a pasar el Maule, y la misma actitud tomó el “Batallón Veterano de San Carlos de Chiloé” bajo el argumento que la razón de la campaña había sido rendir a los insurgentes de Concepción y no más que eso. Había desconfianza. Quintanilla dice en sus Memorias que en la Sorpresa de Yerbas Buenas murió Juan Tomás de Vergara y que los chilotes creyeron ver a los propios realistas chilenos detrás de este episodio, apoderándose “tal desconfianza de los soldados… y particularmente de los chilotes que ya no veían en todos lo que no eran puramente chilotes, sino enemigos; todo lo llamaban venta y traición. Creyeron que la sorpresa se había efectuado por inteligencia con los patriotas… y empezaron a manifestar sus deseos de volver a su país”. Las aprehensiones chilotes se corroboraron cuando los milicianos de Concepción y Chillán, aprovechando la circunstancia, comenzaron a huir, fugándose cuerpos enteros con sus jefes y oficiales, ante lo cual el brigadier Pareja tuvo que replegarse a Linares con sólo 2.000 hombres, todos chilotes y valdivianos.

    Mientras tanto la vida en Chiloé giraba en función de la guerra. Millar y medio de insulares en las campañas de Chile significaba que la mitad de las tres mil familias que había en la Provincia tenían esposos o hijos combatiendo. Rezos y plegarias. La vida como en suspenso a la espera de noticias, y al trabajo, para sostener al ejército. Se reunía dinero; también en Valdivia. El bergantín “Potrillo” zarpó de El Callao a Chiloé desde donde retornó a Arauco en noviembre de 1813 con 8.000 pesos recaudados en la empobrecida Provincia que pudo formar, además, un nuevo batallón de 600 hombres organizado en la Isla por el coronel Manuel Montoya y Ramón Jiménez Navia y embarcado en los buques “Trinidad” y “Dolores” el 14 de enero de 1814. Montoya iba de Comandante. Lo secundaban el capitán Manuel Martínez, los oficiales Manuel Cárdenas, Elías Andrés Guerrero, José Marchan, Federico Vera, Lorenzo Reyes, Basilio Andrade, Manuel Vargas y el cirujano Antonio León, para incrementar el número de “defensores del rey” que ya habían sobrepasado la línea del Maule el 1º de agosto con el “Batallón Chiloé” con 2 cañones, y con 60 hombres de caballería del “Valdivia” con 4 cañones, ambos al mando de Ildefonso Elorreaga.

    El brigadier Pareja había fallecido de neumonía en Chillán; los chilotes se habían endurecido y obtenían experiencia bélica con el uso de las armas en los reiterados combates y encuentros en la región del Maule, y el sitio de Chillán había dado ocasión a no pocas heroicidades chilotas. Se sucedían los elogios de los jefes y se acababan los temores primeros de estar en tierra extraña, al tiempo que se alentaban con la llegada del nuevo batallón isleño y se estimulaban con palabras y juicios que la opinión pública de Chiloé emitía sobre ellos.

    El sitio de Chillán significó también la exteriorización del mayor encono de los chilenos hacia los chilotes. En una proclama contra los isleños o “soldados del enemigo”, se dice: “¡Hasta cuando, oh fraticidas, provocareis nuestra tolerancia! Cuáles serán los límites de vuestras sanguinarias intenciones que no os mueven a desistir de tantos crímenes la espada de la justicia que amenaza vuestros cuellos, no la inocente sangre chilena derramada con sediento furor, ni la triste desolación del patrio suelo saqueado por vuestra desenfrenada codicia. ¿Cómo os habéis olvidado que sois chilenos hermanos nuestros de una misma patria y religión y que debéis ser libres a pesar de los tiranos que os engañan?… Ea, pues, ya la patria no puede ni debe tolerar tanta malidicencia. Seis mil valientes guerreros se acercan a las murallas del rebelde Chillán… ¡Chilotes!. Ya confesáis vuestro alucinamiento y que fuisteis conducidos a Chile a destruir la religión santa de vuestros padres y a verter la sangre de hombres libres y cristianos. Cada uno de vosotros que con armas se pase a las banderas de la patria, para aliviar vuestras miserias tendréis 50 pesos y seréis conducido a vuestros hogares, o si queréis gozar de nuestra suspirada libertad, elegiréis otro destino”.

    Pero, mucho más justa era para la Provincia la causa realista, y cada chilote daba prueba de ello en los campos de batalla. Precisamente por su fidelidad al rey fue que Abascal solicitó a Mariano Osorio, el nuevo jefe de las fuerzas reales después de Gabino Gainza, remitir al Perú la tropa más granada refiriéndose a “Talaveres” y chilotes para reforzar el ejército peruano que se veía sobrepasado por los insurgentes en Alto Perú. Allí concurrieron los soldados y milicianos chilotes a defender las fuerzas realistas, en una muestra de lealtad extraordinaria, alejados absolutamente de su entorno vital geográfico, social y cultural.

    Para entonces, era 1814, y ya se estaba a la vista de Rancagua aprestándose para el asalto, lo que se verificó con todas las fuerzas y entre ellas el “Batallón Chiloé” con cuatro cañones al mando de Manuel Montoya, y los batallones de Castro y Concepción al mando del ahora coronel José de Ballesteros. La victoria realista -”Desastre de Rancagua” lo llamaron los patriotas-, significó que de los 1.750 insurgentes hubo 600 muertos, 400 heridos y 350 prisioneros, según Barros Arana, mientras que Encina precisa que se salvaron sólo 400 patriotas con pérdida de todos los cañones y casi todos los fusiles. En el bando realista no fueron menos las pérdidas, pues hubo 700 bajas entre muertos y heridos. Y así se llegó a Santiago y se tomó control del país poniendo al Reino bajo la obediencia nuevamente de la Corona española, cuando los pocos patriotas buscaban refugio en Mendoza mientras Quintanilla y Elorreaga se acantonaban en Los Andes para enviar piquetes de soldados a los pasos cordilleranos por donde se temía que Carrera se aventurara a hostilizar desde el Este. En una escaramusa, Quintanilla al mando de 400 fusileros batió a 200 patriotas causándoles 36 bajas.

    Los chilotes en Santiago se sentían vencedores y no lo ocultaban, como no podía ocultarlo el Cabildo de Castro. Oficiales y soldados del Batallón Chiloé formaron parte de la guardia del Gobernador, como reconocimiento a su fidelidad y a su comportamiento militar. En 1815 el “Batallón Veterano” estaba lleno de gloria, como lo estaban sus oficiales que entonces eran el teniente Manuel Gómez, el oficial Pedro Antonio Borgoño, el capitán presbítero Nicolás Acuña, el coronel Carlos Oresqui, el oficial Manuel Velásquez, el teniente Ramón Mansilla, los subtenientes Francisco Garrido y Juan Ignacio Pérez, el coronel Juan Huidobro; los oficiales Fermín Pérez y Alejo Vilches, el capitán presbítero José Plaza de los Reyes, el oficial Pedro Téllez, el capitán Manuel Cumplido, el oficial Judas Tadeo Amaral, el capitán Juan de Dios Barrera, en fin, Antonio Joaquín Fernández, Antonio Valverde, Eusebio Téllez, José Alvarado.

    Al año siguiente se mencionan entre los oficiales veteranos del Chiloé a Francisco Estela, ayudante mayor, el teniente Juan Marchena, el coronel y sargento mayor José de Ballesteros, el teniente coronel José García Miralles, los oficiales Nicolás Estela, Juan de Dios Gómez, Felipe Abrén, Tomás Gallardo, Buenaventura Bórquez, Francisco Montalva, el coronel Santiago Silva, el capitán Gilberto Díaz, José Ramón Vargas, Nicolás López, el capitán Antonio Parquel y el subteniente Juan Chávez.

    La oficialidad recibía los reconocimientos; la prensa los llenaba de elogios; la tropa y el soldado común eran la gente anónima. Con éstos se ganaba o se perdía marcando hitos en la azarosa campaña de Chile. En Chiloé todos podían decir de memoria estos hitos: el ataque y toma de Talcahuano el 27 de marzo de 1813, la batalla de Yerbas Buenas el 28 de abril; la batalla del campo de San Carlos el 15 de mayo, el sitio de Chillán el 3 de agosto, el sitio de Rancagua el 1 y 2 de octubre de 1814, fuente de méritos todos, como lo fue para el subteniente Gerónimo Gómez y, el ingreso a Santiago en formación, en medio de tontas alabanzas, participando así en la restauración de la autoridad española en el Reino de Chile o reconquista.

    A ellos se refería la proclama escrita por un soldado chilote del Cuerpo de Artillería de Lima después de restablecidos los derechos reales en Chile. A los militares de Chiloé los llama “reconquistadores del Reino de Chile”, “Patriotas: -dice- el sonoro eco de la vociglera fama, efecto de vuestras leales hazañas, ha penetrado lo más recóndito de mi fiel corazón; poseído del mayor regocijo veo florecer vuestro nombre y eternizarse vuestras acciones en defensa de la justa y santa causa. Este dulce entusiasmo me arrebata a hacer conocer a las naciones el jamás bien loado patriotismo de los valientes chilotes que para mayor gloria se reconocen y nominan vasallos de la brilllante nación española; vosotros, nuevos martes, que la provincia de Chiloé del fértil reino peruano dio para los reparos de los extraviados de Chile, vosotros ocupáis ya el lugar de vuestro mérito en el dosel del heroísmo, pues si paramos un momento a hacer un breve diseño de vuestros trabajos hallaremos con realidad que vuestro patriotismo alcanzó el laurel de reconquistadores a impulso de vuestra fidelidad, el odio que los habitantes de Chile os profesan, lo fragoso de los caminos, la interperie del clima, el corto sueldo, la desnudez y necesidades que habéis pasado son los más fieles garantes que en la historia de los siglos, dando eterno testimonio, dirá cuando casi toda la América deliraba en su soñada independencia, los fieles hijos de la Provincia de Chiloé del pensil peruano, militando bajo la bandera del rey, defendieron la causa de la nación y sujetaron a la española metrópoli a todo el reino de Chile, que dejando las bases del juicio de la lealtad se precipitaba en un horroroso exterminio de si y de sus hijos”. El orgulloso artillero de Lima no omite mencionar a “las heroínas chilotas -que- desposeyéndose de las halajas de su feminil adorno, reduciéndolas a dinero, socorrieron con tres mil pesos fuertes a estos valientes defensores de la española corona”. Termina diciendo que “el segado reino de Chile se llena de terror al oír nombrar a los chilotes”.

    Elogios para los vencedores. Siempre ha sido así. “No puedo menos que exponer -dice el virrey del Perú en 1816 en carta al Secretario de Estado Joaquín de Pezuela- que estos isleños… han dado la más completa prueba de su fidelidad al soberano, no sólo conservándose en sus deberes, sino prestándose gustosos para formar la mayor parte del ejército pacificador del Reino de Chile y reforzar el del Alto Perú”. No hubo pueblo, aldea o isla que no contribuyera con sus jóvenes. Refiriéndose a los de Achao, el gobernador Ignacio Justis escribe al virrey destacando “el notorio mérito de aquellos pobladores en estos críticos tiempos con sus acedrada fidelidad y guerras que han sostenido contra los rebeldes de la corona en la vecinas provincia de Valdivia, Osorno y Reino de Chile, que han sojuzgado a fuerza de armas y de heroicidades”.

    En 1816 eran ya muchos los caídos en los campos de batalla y los jefes realistas seguían pidiendo refuerzos a Chiloé. Pero la Isla estaba exhausta y necesitaba sus hombres para asegurar una buena defensa ante la posible extensión de la guerra hasta el archipiélago. Por su parte “La Gaceta del Gobierno” destacaba que el ejército realista de Chile era el mejor de la América Española, y así lo reconocen también los historiadores. En 1817 contaba con 4.317 hombres: 2.884 de infantería y 1.233 de caballería, compuesto por 800 efectivos del Batallón de Concepción, 700 del Batallón de Chillán, 420 hombres del Batallón Veterano de Chiloé; 320 del Valdivia, 444 del Talavera y otros 200 valdivianos. Por entonces el Batallón de Voluntarios de Castro se hallaba combatiendo en Alto Perú junto con una parte del Talavera.

    Cuando el “Ejército Libertador” formado por patriotas argentinos y chilenos cruzó Los Andes, había 900 soldados realistas en Aconcagua pertenecientes al Talavera, al Veterano de Chiloé, al de Valdivia, una compañía de Húsares y los “carabineros” de Abarcal, todos a las órdenes de Rafael Maroto y Antonio de Quintanilla. Luego se agregaron otros 200 hombres del Batallón Chiloé y 200 del Talavera para dirigirse a Chacabuco donde se concentraron 1.327 realistas. Maroto enfrentó a los patriotas con el Talavera y el “Chiloé” que eran las mejores fuerzas, formando columnas cerradas a izquierda y derecha del cerro Guanaco. A retaguardia puso la caballería. O’Higgins ordenó a Zapiola cargar y con tal ímpetu sobre el “Chiloé” que fue sobrepasado y los realistas vencidos.

    Apresuradamente se organizó un nuevo batallón en la Isla para reforzar la disminuida y maltrecha tropa realista. Zarparon 133 hombres, pero sin armas, pues en la Provincia ya no las había. Para entonces el curso de la guerra tomaba otra dirección. Este último y exiguo batallón era sólo un inútil, pero elocuente testimonio del descomunal esfuerzo de los chilotes por la causa del rey. La definitiva derrota realista en Maipú obligó a muchos civiles partidarios del rey a abandonar Santiago para dirigirse a Lima, Valdivia y Chiloé. A estos dos últimos puntos se embarcaron 1.100 personas, un importante número de mujeres entre ellos, para lo cual se habilitó la fragata “Mariana”.

    Antonio de Quintanilla también zarpó a Chiloé en la fragata “Palafox”, con el nombramiento de Gobernador y Comandante General de la Provincia. Dice que la encontró “sumamente pobre por la falta de gentes que en diferentes ocasiones habían sido remitidas al Ejército de Chile, y había una porción de viudas y huérfanos de los muchos que habían muerto en la guerra, que quedaban en Chile y servían en el Perú”. La Isla estaba defendida por milicianos que se relevaban periódicamente, al armamento tan escaso que no llegaban a 200 fusiles y casi inútiles, sin dinero en las arcas fiscales y privada de los 60.000 pesos anuales del Situado que por los sucesos de la guerra habían dejado de remitirse.

    Quintanilla reorganizó la defensa y formó un batallón; recibió de Lima 200 fusiles, y en un postrer e inusitado esfuerzo remitió a Talcahuano dos compañías para ponerse a las órdenes de Ordoñez que todavía defendía aquel puerto. Mientras tanto ordenaba la construcción de lanchas cañoneras en cada partido de los seis en que se dividía el Archipiélago, y armó la goleta “General Quintanilla” con 4 cañones para practicar el corso con la que obtuvo 296.057 pesos, 7 reales de botín para las arcas fiscales, recursos con los que pagó a los soldados y los vistió. Lo mismo hizo con el bergantín inglés “Lapuy” al que habilitó con bandera y patente de corso con el nombre de “General Valdés”. Este barco apresó a la fragata “Mackenna” con 300 soldados patriotas derrotados en Santa Cruz y que condujo a Chiloé donde fueron distribuidos por el interior para que vivan como pudieran de la hospitalidad de los isleños, aunque causaron más mal que bien hasta que algunos fueron incorporados al ejército y otros pasaron a Valdivia. Hasta entonces la pobre y lejana Chiloé había hecho el mayor esfuerzo en proporción a su población y a sus escasos recursos. En 1819 el Cabildo de Castro expresaba que “esta provincia goza y tiene la singular complacencia de haber sacrificado dos mil hijos suyos para sujetar a la obediencia de Vuestra Majestad un vasto reino que comprende cerca de un millón de habitantes y de haberlo conseguido en sólo veinte meses”. Según el Cabildo hasta entonces habían caído más de 800 chilotes en los campos de batalla, y en defensa de “los sagrados derechos de la persona de Vuestra Majestad”, privándose la Provincia de “más de dos mil hombres útiles”. Y a pesar de la derrota final en Maipú, el orgullo de los vecinos estaba muy en alto por haberse “acreditado -dicen- que cuando se trata de defender los derechos del monarca las tropas de Chiloé son como las mejores del mundo y dignas de los aplausos que les han dado los papeles públicos y de los elogios que hicieron de ellas los cuatro generales que consecutivamente las mandaron”.

    Dos mil hombres era un sacrificio desproporcionado en una provincia que contaba con poco más de tres mil familias españolas. Las regiones más populosas del Perú movilizaban menos gente en los años más álgidos, como era 1820. Pisco tenía 900 hombres en armas, Cuzco 500, La Paz 900 y Guayaquil que movilizaba 1.000. Ese mismo año los chilotes del Batallón de Castro seguían combatiendo en Alto Perú, mientras en la Isla había otros 1.000 hombres en armas, de modo que todos los que estaban en edad de pelear, participaron en las guerras entre 1812 y 1826.

    Unos chilotes en las sierras andinas, otros en El Callao, cuando la Isla Grande comenzaba a sufrir en su propio suelo los ataques patriotas que inaugurara Cochrane, sin éxito, gracias a la defensa que hizo Quintanilla en la Boca del Canal que protegía el Castillo de Agüi. Luego, la primera campaña de Ramón Freire en 1824 con la victoria de los insulares en el Combate de Mocopulli, lugar cercano a Castro.

    Aludiendo a los ataques patriotas a Chiloé, el último jefe español defensor de El Callao, en Perú. José Ramón Rodil en carta al Ministro de Guerra, decía el mismo año 1824: “siempre aquel archipiélago se conservó fiel por nosotros cubriéndose de gloria sus habitantes cuantas veces los atacaron los enemigos”. Pero la suerte de la causa del rey tuvo su definitivo revés, en Ayacucho, al ser derrotados las fuerzas realistas por los patriotas en la postrer batalla de la Independencia en el continente americano. Sin embargo, Chiloé se mantuvo leal a la corona española, resultando su condición de ser el último reducto español. En 1826 un nuevo intento de Freire, tratando de adelantarse a las pretenciones de Simón Bolívar, terminó con la resistencia de la sufrida, empobrecida y agotada provincia de Chiloé, el mismo día que capitulaba el brigadier Rodil en El Callao. Freire atacó con 2.500 hombres cuando los ánimos chilotes estaban abatidos después del descalabro de las fuerzas realistas en todas partes. Quintanilla intentó defender la Isla con el “Batallón Veterano”, la “Compañía de Artillería” con cuatro cañones y 400 milicianos granaderos y lanceros. Sin embargo, las derrotas bélicas de Pudeto y Bellavista provocan la capitulación, pese a la resistencia y esfuerzo de los chilotes. Con el Tratado de Tantauco se puso fin al Período Hispánico en Chiloé, pasando a ser desde entonces, provincia chilena y bajo soberanía del territorio de Chile.

    Este justo y digno Tratado, firmado el 19 de enero de 1826, consideraba el respeto y garantías al ejército y pueblo chilote: “sus habitantes gozarán de la igualdad de derechos como ciudadanos chilenos” y “serán respetados inviolablemente los bienes y propiedades de todos los vecinos y habitantes que se hayan actualmente en esta provincia”; entre algunos de sus acápites.

    La provincia de Chiloé, tuvo su origen en la ley del 30 de agosto de 1826 integrando así una de las 8 provincias en que se dividía la República; fijándole como Capital la ciudad de Castro. La provincia contó, entonces, con los Departamentos de Ancud, Chacao, Dalcahue, Castro, Chonchi, Carelmapu, Calbuco, Quinchao, Quenac y Lemuy.

    No fue poco lo que hicieron los chilotes por la causa de la monarquía. Esta “fidelidad al Rey” convirtió a Chiloé en el bastión más destacado, entregando hombres y recursos para combatir a los patriotas chilenos, peruanos, argentinos en el continente. Barros Arana dice: “Aquella provincia, mal poblada, sustraída al calor y a las pasiones del movimiento revolucionario de la época, hizo entonces mucho más de los que se podía esperar de ella. Presentó más de $ 200.000 para preparar la reconquista de Chile, y en menos de un año puso sobre las armas la vigésima parte de su población… sólo la Francia republicana, en medio del entusiasmo febril de 1792-1793, cuando cubrió sus fronteras con 14 ejércitos, ha hecho un esfuerzo igual…”. Y Mariano Torrente en su “Historia de la Revolución Hispanoamericana” refiriéndose a la defensa de la Isla después de Ayacucho, dice: “Así sucumbió esa famosa llave del Pacífico, en la que fue sostenida la autoridad real hasta mediados de enero de 1826, es decir, trece meses y once días después de la batalla de Ayacucho y hasta el mismo día en que capitularon las fortalezas del Callao. Los servicios que prestaron a la causa española Quintanilla… y los demás jefes, oficiales y soldados, y aún los chilotes en general, no podrán borrarse de la memoria. Nueve años de una guerra penosa y activa, nueve años de continuas privaciones y duros padecimientos, nueve años, en fin, durante los cuales ha quedado bien acrisolada la decisión, bizarría y heroísmo de los jefes peninsulares y la lealtad, constancia y sufrimiento de dichos chilotes, forman el mejor panegírico de todos los individuos que han tenido una parte activa en tan gloriosa defensa”.

    El gobierno chileno designó como Intendente de Chiloé al militar José Santiago Aldunate y Toro, quien estuvo a cargo de la administración desde 1826 a 1829. Iniciándose desde entonces un fuerte proceso de “chilenización” de la cultura chilota, dirigida especialmente por intendentes militares durante casi todo el siglo XIX, ordenando y aplicando políticas centralistas, sin comprender la realidad histórica, cultural, política, económica y admistrativa insular.



    RODOLFO URBINA BURGOS
    Doctor en Historia Profesor de Estado Historia y Geografía
    Bachiller en Cs. Sociales. c/m. Historia
    Miembro. Sociedad Chilena Historia y Geografía
    Miembro. Instituto Histórico de Chile






    Fuente:

    Los Chilotes

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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Los Mitos del Bicentenario

    Cuando Allende quiso envenenar a Hidalgo

    (publicada en el segundo número de El Informador de Baja California)



    Por Daniel Salinas Basave
    danibasave@hotmail.com



    La historia, el destino o vaya usted a saber qué caprichosa aleatoriedad los ha unido a lo largo de dos siglos. Durante diez años, sus cabezas cercenadas se hicieron compañía colgando de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas metidas en jaulas de hierro y cada 15 de Septiembre, el presidente en turno y los 31 gobernadores pronuncian sus nombres en medio la popular algarabía: ¡Viva, Hidalgo! ¡Viva Allende! Hasta la geografía del Bajío se ha encargado de mantenerlos cerca, pues Dolores Hidalgo y San Miguel de Allende, separados apenas por 40 kilómetros, son puntos obligados en los “joséalfredianos” caminos de Guanajuato que pasan por tanto pueblo. Ello por no hablar de los incontables municipios, ejidos, rancherías o escuelas públicas que llevan sus nombres. Cierto, a Hidalgo su gloria le alcanzó para bautizar una entidad federativa, mientras que Allende apenas mereció municipios. En las estampitas escolares y en los monumentos al movimiento insurgente sus nombres suelen aparecer uno a lado del otro y la historia oficial los ha hecho trascender como el gran dúo dinámico de la iniciación de la independencia; Miguel Hidalgo y Costilla e Ignacio Allende Unzaga, el sacerdote y el militar que encendieron la mecha libertaria en la Nueva España, piezas complementarias e inseparables de un rompecabezas histórico.

    Sus nombres yacen inscritos con letras de oro en el Congreso de la Unión y la versión oficialista nos obliga a pensar que en vida estos dos personajes fueron grandes amigos, hermanados por un anhelo común de libertad. Nada más alejado de la realidad. La historia de lo que pudo haber sido tiene páginas fascinantes e inverosímiles, pues la realidad es que faltó muy poco para que Ignacio Allende pasara a la historia como el asesino de Miguel Hidalgo. Sí, el Padre de la Patria hubiera podido prescindir de las tropas realistas de Félix María Calleja y de la traición de Ignacio Elizondo para convertirse en mártir, pues Ignacio Allende intentó muy seriamente hacer la tarea.

    La verdad es difícil imaginar dos personalidades tan radicalmente contrastantes como Hidalgo y Allende. Ambos guanajuatenses, de origen criollo, con una diferencia de edad de 16 años y una visión contrastante de lo que el movimiento insurgente debía ser. Vaya, no se trata solamente de que uno haya abrazado la carrera eclesiástica y el otro la carrera de las armas, sino de una concepción opuesta de la lucha.

    La total improvisación y las prisas caracterizaron la iniciación de la Independencia el 16 de septiembre de 1810. Con la conspiración de Querétaro descubierta, la idea de Hidalgo de “ir a coger gachupines” se tradujo en la conformación de una caótica masa de mineros, barreteros, labriegos y desocupados que armados de picos, palas, hoces y machetes fueron a “hacer la independencia”. Allende, todo un general del Regimiento de Dragones del Ejército Realista, soñaba con la conformación de una milicia formal, disciplinada, sujeta a códigos de guerra. El problema fue que aquella turba enajenada, compuesta por marginados sociales, nada sabía de honor militar y pronto se entregaron al pillaje con la complacencia de Hidalgo, que en su calidad de generalísimo, tenía el mando.

    El 28 de septiembre, tras tomar la Alhóndiga de Granaditas, el tumulto insurgente se entregó al más atroz saqueo cometiendo todo tipo de crueldades y vejaciones contra los españoles de Guanajuato. Allende, desesperado, furioso e impotente, impuso la pena de muerte a todo aquel soldado que cometiera actos de pillaje e incluso, narra Lucas Alamán, con su sable mató a un ladrón que saqueaba una casa española. Hidalgo, defensor de los marginados, consideraba que la posibilidad de robar era lo que mantenía unida a la turba insurgente. Tras la batalla del Cerro de las Cruces el 30 de octubre de 1810 y la inexplicable negativa a tomar la Ciudad de México, el ejército se dividió: Allende partió a Guanajuato e Hidalgo a Guadalajara.

    Fue entonces cuando Allende concibió por primera vez la idea de matar a Hidalgo, pues consideraba que no entendía razones y que con su obstinación llevaba el movimiento al fracaso seguro. Era el principio del fin. Félix María Calleja, el azote de los insurgentes, entró en escena y les propinó dolorosas derrotas en Aculco y Guanajuato. Allende e Hidalgo volvieron a estar juntos sólo para compartir la hecatombe de Puente Calderón el 17 de enero de 1811. Días después, en la Hacienda de Burras, Hidalgo fue despojado del mando de los restos del ejército insurgente y Allende se transformó en único general. Hidalgo quedó en calidad de prisionero de su propio ejército, sin poder de decisión, una figura decorativa mostrada sólo al entrar a los pueblos por el gran arrastre popular que seguía teniendo.

    Allende, convencido de la necesidad de acabar con Hidalgo para salvar al movimiento, distribuyó en tres partes un mortal veneno: Una parte se la dio a su hijo Indalecio, otra la entregó al capitán Arias y el se quedó con una tercera. La instrucción era envenenar a Hidalgo en la primera oportunidad. Por alguna razón, el sacerdote jamás cayó en la trampa.

    El 21 de marzo, Hidalgo y Allende yacían prisioneros del traidor Ignacio Elizondo. Durante el proceso en Chihuahua, Allende no dudó en inculpar a Hidalgo y ante sus jueces confesó sus intenciones de envenenarlo. Las actas no mienten. De nada le valió al militar, que el 26 de junio de 1811 fue fusilado por la espalda como traidor junto con Juan Aldama y Mariano Jiménez. Un mes y cuatro días después Hidalgo corría la misma suerte. Los dos próceres insurgentes, o mejor dicho sus cabezas, volvieron a encontrarse en las esquinas de la Alhóndiga donde permanecieron hasta 1821. La posteridad beatificó su odio uniéndolos en el forzado matrimonio de la historia oficial.


    posted by Daniel at 3:16 PM



    Fuente:

    Eterno Retorno


    Última edición por Mexispano; 24/01/2014 a las 05:52 Razón: Resaltar texto

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    Re: Hay “otro” bicentenario

    SAN MARTÍN, LOS MASONES Y LOS INGLESES, FRENTE A ARTIGAS LOS GAUCHOS Y LOS ARGENTINOS.


    Aclaración:

    Este articulo, cuyo nombre real es "Algunas disonancias respecto a José de San Martín" de autoría del argentino occidental Gabriel O. Turone que consta de 2 partes y que aquí ponemos en reflejo la primera.

    Aclaramos que no tenemos ninguna intención de ofender a los hermanos argentinos occidentales, ni que nos consideramos dueños de verdades reveladas, a nuestro entender, hay mucho por develarse sobre mucho de nuestros personajes históricos y dejamos este articulo para el debate.

    Si que quiere el link del mismo, para mayor comodidad de lectura, aca esta:

    aurora-arg.blogspot.com/2012/08/algunas-disonancias-respecto-jose-de.html




    ALGUNAS DISONANCIAS RESPECTO A JOSE DE SAN MARTÍN (PARTE I), POR GABRIEL O. TURONE


    El general José de San Martín vio cumplida su obra recién con la tranquilidad que le otorgó Juan Manuel de Rosas a la Confederación Argentina por 1849/1850, bienio en el cual el Restaurador (para mí, el único Padre de la Patria existente con pruebas de rectitud insuperables) logró, merced a la idoneidad de sus funcionarios y de él mismo, forzar sendos tratados de paz con las potencias imperiales de Gran Bretaña y Francia, respectivamente, con saldos favorables para nosotros. En el orden interno, San Martín se congració con Rosas al observar, desde la distancia, que el bando anárquico y destructivo de los unitarios ya había sido herido de muerte prácticamente en 1842. Sin embargo, antes de la defensa soberana que hiciera Rosas de la patria, San Martín no había obtenido muchos logros que digamos.

    Se habla con ánimo de hartazgo y no poco de cliché de su obra libertadora en Chile, Perú y la Argentina, no teniéndose en cuenta algunos detalles que fueron pasados por alto, por empezar, su misterioso abandono del ejército español –al cual servía- para pasar raudamente a Londres, Inglaterra; venir desde dicho centro de poder mundial hasta América y emprender, acto seguido, sus batallas por los países nombrados, para, ya finalmente, retirarse ensombrecido a Europa no tanto por un acto de grandeza y desprendimiento sino, más bien, por intereses de poder que desdecían las noblezas principiantes que lo habían supuestamente movilizado.

    Las sombras han seguido en su paso por el Viejo Mundo a San Martín, tal como lo demuestra el párrafo siguiente de una carta que le dirigió a su amigo el general Tomás Guido, el 1 de Agosto de 1834, desde París, en donde le dice: “…Ya es tiempo de dejarnos de teorías que 24 años de experiencia no han producido más que calamidades…”. ¿Por qué habría de decir esto San Martín? ¿Cuál fue o dónde estuvo la falla de sus campañas libertadoras? Volvemos a decirlo: la satisfacción de José de San Martín estuvo representada por la obra magna del gobernador Juan Manuel de Rosas tiempo más tarde, no antes.

    San Martín tuvo amigos de muy dudosa procedencia, como por ejemplo Alejandro María de Aguado, mayor del Ejército Español y compañero de aquél cuando prestaba servicios en la península ibérica. Era el amigo de San Martín miembro de la Masonería y, por lo mismo, cultor de Hiram[1]. Mencionado en su tiempo como de ascendencia sefardí, Aguado se mantuvo leal al ejército de España hasta la vil invasión napoleónica de 1808, ocasión que le permitió traicionar a su patria para pasarse al bando francés, donde combatió como un encarnizado ateo y jacobino (no olvidemos que las campañas de Napoleón Bonaparte tuvieron como finalidad la consolidación e institucionalización de lo acontecido en julio de 1789). Pese a tan indignante pasado, José de San Martín nombrará a Alejandro María de Aguado, años más tarde, como su albacea y tutor de sus hijos, de acuerdo a su Testamento.

    Otro gran amigo del “Libertador” fue el coronel Rafael de Riego. Como sucediera con Aguado, De Riego también traicionaría por la espalda a su patria, España, merced a su filiación masónica y a los aceitados contactos que mantuvo con personeros del Gran Oriente de Francia, por entonces dominador absoluto de las logias masónicas europeas continentales en connivencia con la Gran Logia Unida de Inglaterra.

    Rafael de Riego actuó y contribuyó con posterioridad al debilitamiento definitivo de la España monárquica: se alzó en armas en una localidad llamada Cabezas de San Juan el 1° de enero de 1820, con una miserable finalidad: la de “mantener al monarca (Fernando VII) como un muñeco de ventrílocuo mientras permanecía prisionero en su palacio de Madrid y rodeado por una turba de masones. El papel de Riego era anular a Fernando (VII) y esterilizar a sus fieles, mientras se debilitaban los ejércitos de ultramar al ponerlos en manos de masones, llegándose al extremo de mantener “talleres” y logias en los barcos que llevaban a América oficiales de comando para reducir a los insurgentes”[2]. Esto así lo certifica, entre otros, el delincuente general Tomás de Iriarte en sus Memorias.

    No es mentira que España ya estaba en sus últimas hacia 1820, por cuanto hago constar que en ese mismo año las islas Malvinas, antigua posesión de ultramar española, pasaron a manos de la República Argentina en razón de que los peninsulares ya no podían aguantar el artero ataque británico a través de sus masónicos agentes, teniendo que abandonarlas sin ton ni son. El primer desembarco argentino en Malvinas tendrá lugar, de hecho, el 6 de noviembre de 1820.


    ABANDONO Y PASE A INGLATERRA

    San Martín, decimos, no fue ajeno a lo que han hecho sus amigos Aguado y Riego, porque si volvemos sobre sus pasos, el “Libertador” también traicionó a España al ponerse a jugar con la potencia que deseaba su destrucción: Inglaterra.

    Mediante un ardid consistente en que debía viajar al Perú para atender asuntos familiares, en pleno asedio de las tropas de Napoleón Bonaparte a España, José de San Martín se embarca secretamente para Inglaterra vía Portugal, donde permanecerá unos cuantos meses para “instruirse”. España mientras tanto se desangraba y perdía su influencia en el mundo. Es decir, San Martín faltó a su palabra, por cuanto había escrito a sus jefes militares españoles, antes de fugarse, que por sus “veinte años de honrados servicios” pedía su baja con goce de fueros y uso de uniforme. Al decir que viajaba a Perú para la atención de cuestiones familiares, San Martín incurrió en la violación descarada de su declaración para así poder obtener la baja del ejército español. Poca moral, añado. Aguado, De Riego y San Martín, una trilogía que entendió cómo traicionar a España, y encima con uniforme español.

    Ahora, ¿quién reclutó a San Martín para que viaje a Londres para luego lanzarse insurgentemente en América? Se señala a un coronel y agente del Foreign Office británico llamado Lord James Duff, 4to. Conde de Fife.[3]

    Indudablemente, que en Londres se pergeña lo que luego daría en llamarse “La Máscara de Fernando”, que no fue otra cosa que el empleo de personalidades nacidas en continente americano quienes, tras recibir “instrucciones”, debían proclamar, en tiempos acuciantes y desgraciados, la “adhesión al monarca Fernando VII” (en supuesta lealtad a España) pero que, solapadamente, lo que se convenía era el total dominio financiero y masónico anglosajón en América. Y así como en su confección hubo “patriotas americanos”, también hubo “curas patriotas” (apóstatas de la peor calaña) que fueron cooptados desde todos los puntos cardinales del antiguo Virreinato del Río de la Plata y alrededores para servir en el mismo sentido, a saber: Deán Gregorio Funes, Pedro Ignacio Castro Barros, Servando Teresa de Mier, Cayetano Rodríguez, Manuel Maximiliano Alberti, etc., etc.

    Consecuencia inmediata de “La Máscara de Fernando” fueron los levantamientos del Alto Perú y Quito, en 1809, y los de Buenos Aires, Caracas y México en 1810. Con esos antecedentes puestos de manifiesto, llegaba el tiempo de los experimentados militares americanos para consolidar la estrategia largamente elucubrada en Inglaterra. En 1812, José de San Martín emprende la única batalla (que en realidad fue escaramuza) en suelo argentino: la de San Lorenzo, de apenas un puñado de minutos de duración. Luego, marcharía hacia Chile y finalmente al Perú.

    Un personaje siniestro, Lord Strangford, de lo más granado del servicio secreto inglés asentado en Río de Janeiro (ciudad donde ofició de embajador de Su Majestad Británica), fue la voz cantante en el Río de la Plata de “La Máscara de Fernando”, por cuanto así se lo hizo saber a los sirvientes que conformaron la Primera Junta de Gobierno de Mayo de 1810 (Revolución de Mayo). Ni bien tomó el poder la Junta en Buenos Aires, Strangford les comunica que Inglaterra no le había permitido a él todavía expresarse sobre el asunto, por cuanto manifiesta “…me ha sido sumamente satisfactorio imponerme de la moderación con que se han conducido Uds. en este arduo asunto, no menos que los heroicos sentimientos de lealtad y amor con su Soberano…”. ¿Por qué un agente inglés como Lord Strangford habría de felicitar a los miembros de la Primera Junta por mantenerse “leales” al Rey de España Fernando VII? Ahí radica el ardid de “La Máscara de Fernando” que los ingleses impusieron en toda América Hispana. Y en otra carta de la nutrida correspondencia Strangford-Primera Junta, el embajador inglés desea mantener la más absoluta cautela sobre los pasos a seguir, para que nadie desentrañe la mentira de Mayo de 1810:

    “…Uds. pueden descansar (en la seguridad de que) no serán incomodados de modo alguno siempre que la conducta de esa capital (Buenos Aires) sea CONSECUENTE Y SE CONSERVE a nombre del Señor Don Fernando VII y sus legítimos sucesores…”. Luego, agregaba con mucho de cinismo Strangford: “…la buena causa que sostienen y la seguridad con que debe contar el rey Don Fernando VII en que, AUNQUE PERDIDA LA ESPAÑA TODA, existen en esa parte de América héroes que defienden enérgicamente sus derechos y los de la monarquía española…”.[4]

    De aquí en más, limitaré este ensayo a hablar sobre el rol que le cupo a San Martín una vez vuelto a América en el navío “George Canning”. Antes, quise contextualizar cómo se fue preparando el terreno para su llegada –y la de los demás que vinieron con él-, y en qué estado se encontraba España al momento en que el “Libertador” la deja librada a su suerte en medio de la invasión napoleónica.



    AISLAMIENTO Y ENTREGA DE LA BANDA ORIENTAL

    A poco de andar la Revolución de Mayo de 1810, Inglaterra comete una de sus más grandes tretas, retirándole tácticamente su apoyo a la Primera Junta de Gobierno ni bien Fernando VII recobra su libertad y es restituido en el trono español. Tanta incertidumbre, que cunde hondo en el Plata, incita a las máximas figuras insurgentes de Buenos Aires a reclamar un amparo ante la Corte de Río de Janeiro. La aceptación de tan infame alianza significa el exterminio de José Artigas quien, en soledad, enfrentaba a los lusitanos que invadían impunemente la provincia argentina de la Banda Oriental. Resuelta esta cuestión, que significaba quitarle a Buenos Aires su máximo obstáculo para poder continuar con la política de entrega y sumisión, José de San Martín no tuvo mayores riesgos para emprender su expedición a Chile y el Perú.

    A todo esto, el Congreso de Tucumán proclamaba una “Independencia” con aires de fraude, por cuanto allí, en primer lugar, no estaban presentes los congresales que respondían al Protector de los Pueblos Libres, José Artigas, envuelto, como se ha dicho, en una guerra sin cuartel y ante el silencio cómplice de los “patriotas” venidos de Inglaterra unos años antes. Se podría aducir aquí, que San Martín “desconocía” lo que acontecía en la Banda Oriental…pero lo mismo es una falsedad tal como lo desentraña un sanmartiniano de ley como José Pacífico Otero, quien sostiene en su Historia de San Martín (1978), Tomo IV, página 162, que “…nada escapaba a su conocimiento, y así como estaba enterado de todo lo que sucedía en la capital argentina, lo estaba igualmente de todo aquello que tenía por teatro las provincias en disidencia militar y política con el Directorio”. Preguntas: ¿Dónde se situaba el Directorio? En Buenos Aires. ¿Y quién estaba en desacuerdo con el Directorio? Artigas…

    Curiosamente, en el torbellino que se produjo en los años previos a la disolución del Directorio (1820), uno de los afectados de su conducción fue Antonio González Balcarce[5], a quien la Junta de Observación expulsó de su cargo por considerarlo en tratos con los enemigos de la patria, acusación de la que José de San Martín pareció no hacerse eco por cuanto galardonó a González Balcarce con el nombramiento de Segundo Jefe del Ejército de los Andes, participando como tal en las batallas de Cancha Rayada (1818) y Maipú (1818)…

    Más allá de lo que algunos historiadores revisionistas puedan versar sobre la amistad de José de San Martín con algunos caudillos federales, entre ellos el argentino José Artigas, no omitamos que para 1813 “el mismo San Martín, esta vez con el invalorable apoyo de su “hermano” Alvear (Carlos) y del que a poco pasaría a serlo, José Rondeau, trata de ganarse, pero por izquierdas, a don José Artigas, y mientras en las notas oficiales lo llena de elogios, en la correspondencia de internos con ambos “embajadores de paz” lo señala como a un factor de desorden con el que debe terminarse”[6] Con esto, puede aclararse por qué San Martín no brindó jamás su apoyo a Artigas en la guerra que éste sostuvo entre 1816-1820 contra los portugueses, quienes, mientras tanto, aniquilaron las pujantes y cristianas Misiones Jesuíticas del litoral patrio, a saber: San Ignacio Miní, Corpus Domine, Santa María la Mayor, Yapeyú de los Santos Reyes, Santos Mártires del Japón, Santos Apóstoles, San Carlos, Santa Ana Candelaria, Santo Tomé, La Santa Cruz, San Francisco Javier, Nuestra Señora de Loreto, San José y Nuestra Señora de la Concepción.

    Todas estas Misiones Jesuíticas totalizaban alrededor de 60.000 habitantes, de los cuales 50 mil eran indios evangelizados que tenían oficio y dignidad. En San Ignacio Miní, por ejemplo, la destrucción y el genocidio de sus habitantes fue obra de una gruesa columna paraguaya asociada a los lusitanos, enviada para ese fin por el masón e hijo de portugueses Gaspar Rodríguez de Francia. Muchas de las Misiones antes enumeradas nunca más volvieron a crecer, quedando hoy sus ruinas a la vista de todos, y la mayoría de los prisioneros tomados por el comandante Francisco Das Chagas Santos fueron vendidos, una vez en territorio brasileño, como esclavos. Entretanto, mientras se producía el desgarro de los patriotas Guacurarí y Artigas, ni Manuel Belgrano (acusado de complicidad con los portugueses, de acuerdo al Protector de los Pueblos Libres), ni José de San Martín, ni el Directorio (que ejerció su nefasto poder en Buenos Aires desde 1814 a 1820) ni ningún representante del Congreso de Tucumán de 1816 hicieron nada para impedirlo.

    Por permitir la destrucción de la vieja Yapeyú, donde fueron quemados sus hogares, establecimientos gubernativos y buena parte de sus archivos, es que hoy no se puede corroborar con certeza que José de San Martín haya nacido en aquella localidad, pues ha desaparecido toda constancia –y entre ellas, su Acta de Nacimiento- para siempre.

    Hay algún dato más sobre las encubiertas animadversiones de San Martín para con Artigas: en la Historia de Belgrano, Tomo IV, Sector Apéndice, de Bartolomé Mitre, como también en el Tomo IV, Sector Apéndice, de la Historia de San Martín, del mismo autor, sobran documentos entre el afrancesado Juan Martín de Pueyrredón y José de San Martín en donde se informan sobre tentativas del primero para sublevar jefes adictos a Artigas, como el delincuente Fructuoso Rivera, el entrerriano Eusebio Hereñú y otros, con la total aprobación del “Libertador” San Martín, y esto mientras inocentemente Artigas ordenaba festejar por sus tropas los triunfos de San Martín en Chile…



    REFERENCIAS

    [1] Hiram es, sin más, el Héroe Principal de la Leyenda Masónica, por lo tanto personifica al arquitecto del Templo de Salomón. A su vez, Hiram recibió el apoyo del Ángel de la Luz y de los Genios del Fuego “para destruir la estúpida raza de Adán”, léase, de los cristianos. (Meurin S.J., Monseñor León. “Filosofía de la Masonería”, NOS, Madrid, 1957)

    [2] Montiel Belmonte, Jorge F. “Iglesia versus Masonería en América”, Conferencia dictada en la Segunda Jornada de Historia Eclesiástica Argentina, Buenos Aires, Marzo 1996.

    [3] Los Duff eran condes de Fife desde el año 1058. Suspenso por varios siglos, dicho título les fue repuesto en 1759. En 1818, James Duff fue electo miembro del Parlamento británico.

    [4] “Mayo Documental”, Universidad de Buenos Aires, Tomo XI, páginas 318 y 319, y “Correspondencia de Lord Strangford”, Archivo General de la Nación, páginas 13 y 14. Las mayúsculas son mías.

    [5] El general Antonio González Balcarce fue jefe del Directorio porteño desde el 16 de abril hasta el 9 de julio de 1816.

    [6] Montiel Belmonte, Jorge F. “Iglesia versus Masonería en América”, Conferencia dictada en la Segunda Jornada de Historia Eclesiástica Argentina, Buenos Aires, Marzo 1996.




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    Re: Hay “otro” bicentenario

    EL MISTERIO DE LA MASONERIA EN EL URUGUAY, LA LOGIA “CABALLEROS ORIENTALES”


    Para los historiadores uruguayos, así como otros historiadores argentinos, la logia de los Caballeros Orientales no era masónica, este relato también corre en la Argentina con relación a la Logia Lautaro que nucleara desde su fundación a José de San Martín, Alvear, Zapiola, Pueyrredón, Álvarez Thomas, Rondeau, etc. Se habla de que los grados, el simbolismo, el lenguaje en clave y el tratamiento entre “hermanos”, siendo similar al de las verdaderas logias de la masonería. El tema es que a los fines británicos, tanto la logia Lautaro como la de los Caballeros Orientales, convenía que permanecieran en el anonimato de su condición real de verdaderas logias masónicas, cosa de poder permitir el ingreso a ella de numerosas personas que de otro modo hubieran preferido quedarse afuera.

    En apoyo de lo afirmado, los papeles, actas, correspondencia, etc. Que podrían dar una luz acerca de las verdaderas actividades y carácter de la logia oriental, desaparecieron y nadie volvió a verlos jamás, pero hay un informe que lleva la firma del oriental Ramón Masini en una biografía suya sobre Rivera, publicada por 1840 en Río de Janeiro y vuelta a ver la luz en el siglo XX a través de la Revista Histórica – Nº 124/126 – Cfr. Pg. 495 – donde se dice que esos papeles “se perdieron” en un viaje a Rio de Janeiro a donde los llevaba el tripulante José Vidal y Medina. Esto, según palabras que Masini habría recogido de Santiago Vázquez, un masón y personaje siniestro, al que no podría creerle nadie.

    Ante esta situación cabrían algunas prudentes preguntas: ¿Qué tenían que hacer esos papeles en el Brasil? ¿Iban hacia allí realmente, o el viaje era a Inglaterra?, ¿Quién dispuso, y porqué, que esa documentación se sacara del Uruguay? ¿Qué tenía de malo que esos papeles siguieran en el lugar de origen? ¿A quién o a quiénes comprometían quince años o más de su fecha? Eso solamente podría responderlo alguno de los protagonistas, pero todos ellos ya están todos muertos.

    Pero hay otros misterios enlazados a esa logia: si aceptamos que Alvear se refugió en el Brasil en 1815 y de allí paso a Montevideo con el fin de apoyar a Lecor en su conquista de la Provincia Oriental; si en su grupo estaban Nicolás Herrera, Lucas José Obes, Iriarte y el último de los hermanos Cabrera, todos lanzados a ejercitar venganza contra las Provincias Unidas y financiados amorosamente por su “padre” Lecor; si estos, especialmente Cerrera e Iriarte, bajo el caudillaje paternalista de Alvear, y los dos, Iriarte y Alvear, fueron los co-fundadores de la Logia Caballeros Orientales, en la que Santiago Vázquez era “Vara Alta” (grado masónico de la Logia de los Caballeros Orientales) a la vez que era un conocido unitario y masón del equipo rivadaviano, está claro que acá hay un debe por parte de nuestra historiografía. Un hueco que es preciso investigar...


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    Re: Hay “otro” bicentenario

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    Guayaquil: Revelan documento histórico sobre generales Bolívar y San Martín - Correo

    15:47 | Guayaquil - El historiador colombiano Armando Martínez hizo un descubrimiento en el Archivo Nacional de Ecuador que podría modificar la historia.
    En una caja no clasificada de número 595 halló un documento de puño y letra de José Gabriel Pérez, quien fuera secretario de Simón Bolívar, en donde se relata los detalles de la entrevista del 26 de julio de 1822 entre San Martín y el Libertador en Guayaquil.
    Según universo.com, el documento fue encontrado durante una investigación para el programa de posdoctorado en Historia de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador, que desarrolla el investigador, Armando Martínez.
    El rector de esta Universidad y también historiador, Enrique Ayala, explicó que este documento es una especie de "wikileaks reservado" de la época republicana y habla sobre el contenido de la entrevista entre el protector del Perú, José de San Martín y el Libertador Presidente de Colombia, Simón Bolívar.
    Sobre el encuentro se ha generado un inconcluso debate. Se presume que fue "secreta", que lo que allí dijeron sus protagonistas se llevaron a la tumba. Así, se han escrito desde documentos apócrifos preparados para el efecto hasta versiones de ficción literaria sobre el hecho, según Ayala Mora.
    El informe sobre esta reunión se redactó el 29 de julio de 1822 y se envió en una carta al general Antonio José de Sucre, entonces Intendente de Quito. Consta en el libro "copiador" del secretario general de Bolívar, que era como 'la sombra' de Bolívar y hasta ahora era desconocida por la historiografía latinoamericana.
    Los libros "copiadores" son aquellos que se conservan en la oficina de origen como respaldo a la correspondencia en épocas en que no había papel carbón, fotocopias o microfilms.
    El historiador colombiano explicó que en ese documento se establece que la temática principal giró sobre el liderazgo geopolítico del Perú.
    "El general San Martín estaba desengañado de sus generales que lo habían acompañado desde Argentina y consideraba que lo habían abandonado en Lima. Como estaba listo para retirarse de la escena política e irse a Mendoza (Argentina) quería dejar instaladas las bases del nuevo gobierno que merecía el Perú. Él consideraba que allí no debería instalarse un gobierno democrático porque allí no convenía, sino consideraba que desde Europa debía llegar un príncipe solo y aislado a mandar en el Perú".
    Sin embargo, de acuerdo a este documento, Simón Bolívar contesta que esto "no conviene a la República de Colombia, ni conviene la introducción de príncipes europeos (...) y que él se opondría si pudiera pero no lo va a hacer porque respeta las determinaciones que adopten los peruanos".
    Bolívar propuso en esta conversación la creación de la Federación de Estados Americanos como la base de la existencia de Sudamérica. La sede sería Guayaquil por la posición equidistante del continente. Este propósito no se pudo concretar después por la resistencia del Perú. A esta Federación, Bolívar creía que Chile debía entrar pero no Argentina por las disputas internas y guerras civiles.
    El informe dice que esta reunión fue privada, no oficial y por lo tanto no tenía un objetivo político, ni militar.
    El origen del documento parece ser que durante la década de 1970 se recibió en el Archivo quiteño una donación de cinco volúmenes de documentos de la primera mitad del siglo XIX que fueron agregados al final del fondo especial.

    Aquí hay un video que habla del tema.




  19. #199
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Muy buenos aportes, Mexispano.

    Esto recién empieza.
    Mexispano dio el Víctor.



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    Re: Hay “otro” bicentenario

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    Cita Iniciado por Erasmus Ver mensaje
    Muy buenos aportes, Mexispano.

    Esto recién empieza.

    Y lo que falta.

    A ver, que les parece esto








    Proclama de los tlaxcaltecas, invitando a los indios de la Nueva España para resistir a Napoleón.

    Tlaxcala a 4 de junio de 1810.
    NÚMERO 18 - Tomo II



    Muy poderoso señor.—

    Si todas las ciudades de este vasto continente deben manifestar su lealtad a nuestro amado rey y señor Don Fernando VII, (que Dios guarde) ¿cuánto más obligada lo estará Tlaxcala, que como la primera de ellas ha sido con frecuencia regraciada por la piedad de nuestros soberanos monarcas, en premio del vasallaje que rindió pronta y gustosa a la corona de España? Sí, poderoso señor, esta misma Tlaxcala es la que al cabo de doscientos noventa y un años de aquella feliz época, tiene hoy el distinguido honor de renovar a los pies del dosel de vuestra alteza su constante e indudable lealtad, y de protestar bajo el más solemne y religioso juramento, que por Dios nuestro señor y los santos evangelios, presta en las poderosas manos de vuestra alteza que quiere (y lo quiere absolutamente) morir bajo la distinguida apreciada dominación de su amado rey y señor Don Fernando VII; justificado gobierno del Real Consejo de Regencia que en su soberano nombre manda, y de la alta protección de vuestra alteza.

    Admita pues vuestra alteza en las actuales circunstancias que el despreciable e impío José Bonaparte intenta seducir a los habitantes de este dilatado imperio, nuestra fiel sincera protesta, nacida de unos corazones humillados a la corona de España; dígnese elevar nuestros constantes propósitos y homenajes a los sagrados pies del trono; y en calificación de nuestra incorruptible y firme lealtad, tenga vuestra alteza la de oír la adjunta respuesta que el gobernador de naturales, dio a la proclama de 24 de abril último, que con sumisa reverencia pasamos a sus supremas manos.—

    Dios guarde la alta persona de vuestra alteza los muchos años que para su mejor gobierno necesita este opulento y dilatado reino.



    Sala capitular de la muy noble, insigne y siempre leal ciudad de Tlaxcala a 4 de junio de 1810.—

    José Muñoz.—
    Don Juan Tomás Altamirano.—
    Don Juan Faustino Magiscatzin.—
    José Martín de Molina.—
    don Mariano Francisco Vázquez.—
    Tomás Ruiz.—
    Licenciado José Daza y Artazo.—
    Diego Vicente de Lisa.—
    Manuel María Sánchez y Toraez.—
    Nicolás José Rugerio.—
    Don José Maria de Aro.—
    Francisco de Torres Torija.



    Respuesta que después de haber leído en la sala capitular del palacio de la muy noble insigne y siempre leal ciudad de Tlaxcala la proclama del excelentísimo e ilustrísimo señor virrey, que fue de este reino doctor don Francisco Javier de Lizana, fecha 24 de abril del presente año de 1810, dio a nombre del ilustre ayuntamiento y su provincia, don Juan Tomás Altamirano, gobernador de naturales y administrador de sus propios y rentas en 17 de mayo, después de haberse recibido el día anterior 16 del señor presidente coronel don José Muñoz, gobernador político y militar de esta ciudad y provincia, del muy ilustre cabildo y demás autoridades de toda ella, el juramento de fidelidad y obediencia al soberano Consejo de Regencia de España e Indias, en representación de la augusta real persona de nuestro muy amado monarca y señor Don Fernando VII de Borbón el católico.



    Señor gobernador presidente.—

    No ha olvidado ni olvidará jamás Tlaxcala el feliz día 23 de septiembre de 1519 en que dando a todo el orbe evidente testimonio de su fidelidad a la augusta corona de España, tuvo la incomparable dicha de que rayase en su extendido territorio la sagrada luz del Santo Evangelio.

    Sí señor, aquel asombroso día que nuestros amados hermanos los españoles, y su incomparable caudillo Hernando, consiguieron de nuestros bizarros ascendientes, una paz con circunstancias de triunfo tan durable y de firmes esperanzas para la universal conquista de esta Nueva España se conserva indeleble en nuestros anales, y constante en nuestra fidelidad, y humilde reconocimiento al católico monarca.

    Somos los tlaxcaltecas tan puntuales en seguir y venerar las máximas y ejemplos de nuestros mayores, que sin duda está impresa y vinculada en la sangre que nos circula la loable costumbre de no prescindir de ellos.
    En aquel venerable consistorio de nuestros sabios ancianos, donde el senado, después de controvertido el punto difusamente por todos sus aspectos, resolvió ceder y transmitir sus derechos, territorios y propiedades a la monarquía española.

    Derramaron nuestros venerables mayores (quizá movidos de superior impulso) todas las máximas que algún día debían servir de regla inalterable, y fija a sus sucesores y descendientes.

    Ellos conocieron por los vaticinios y señales del cielo, que habían precedido, era llegado el tiempo en que cesando la idolatría, debía darse culto al verdadero Dios, creador único de cielos y tierra, confirmando este conocimiento con abrazar la fe católica y recibir los primeros las sagradas aguas del bautismo.

    Ellos nos prescribieron con riguroso mandato, y casi espantoso anatema la constante y firme lealtad, que debemos guardar y profesar al rey católico de España, y a sus legítimos sucesores calificando esto con los poderosos auxilios de todas clases, y numerosas tropas que pródigamente franquearon a su predilecto Cortés para la conquista.

    Y ellos por último dejaron vinculada como herencia en nuestros corazones la firme resolución de morir primero antes que faltar a la divina religión que profesamos, y al soberano monarca que gustosa y rendidamente obedecemos.

    De aquí es que en puntual observancia de esto, yo y los cuatro alcaldes de las ilustres cabeceras de que se compone esta provincia, enseñamos continuamente a todos los naturales o hijos que la verdadera católica religión es el sólido fundamento en que estriban y permanecen las repúblicas; que sin ella no hay estado seguro; que el temor santo de Dios es la base de la justicia y equidad de donde dependen las sabias y buenas leyes que nos gobiernan; que en un estado o república no conviene más que un culto, porque la variedad de ellos es un semillero de discordia, que produce la división tarde o temprano.

    (¡Oh Francia, tú que has visto por tus propios ojos tan sangrientas tragedias en tu reino, por esta causa, no puedes negarlo!) Que sólo la verdadera católica religión tiene derecho de establecerse en todas partes sobre las ruinas de la superstición porque sólo ella lleva consigo el carácter de santa, y las infalibles pruebas de su verdad, y que esta puntual observancia apoyada sobre la constante lealtad al soberano es el verdadero sistema en que han de vivir y permanecer.

    Así siente y enseña, ilustre señor presidente, este nobilísimo ayuntamiento, y así está cuidadosamente educada por nosotros toda la valerosa nación tlaxcalteca, la que protesta estar pronta a derramar gustosa toda su sangre en defensa de nuestro amado monarca el señor don Fernando VII (que Dios guarde) prometiendo como lo tiene jurado, que nunca reconocerá por su rey, dueño y señor, a otro que su augusta real persona, al que de la distinguida casa de Borbón legítimamente le sucediere, o al Real Consejo de Regencia, en quien se reúne actualmente la potestad regia.

    Ya ha oído vuestra señoría los verdaderos y sólidos fundamentos en que se apoya nuestro justo procedimiento: ahora dígnese prestarme su prudente atención, para que le manifieste nuestros firmes propósitos e irrevocables sentimientos sobre la proclama que se nos acaba de hacer saber.

    En el escandaloso y procaz procedimiento actual de la Francia, que precisamente ha de constituir una vergonzosa época a esta infeliz nación en los anales del tiempo, el oprobio que más sobresale, y la tizna al mirar el dilatado cuadro de sus inmensas maldades es el desprecio con que su intruso héroe, o tirano emperador Napoleón, mira, trata y atropella a nuestra santa católica religión: siguiendo después su calificada e insaciable codicia, que lo induce y arrastra miserablemente a la infame solicitud, con que sin omitir intriga alguna de cuantas puede inventar la maldad pretende por medio del engaño, sorpresa y mala fe, hacerse dueño y señor de todos los cetros de Europa para colocar a sus hermanos y otros confidentes de su iniquidad.

    Dejo aparte esforzar la admiración que causa contemplar a un hombre que levantado, del polvo de la nada de la tierra (por más que hayan dicho sus aduladores para esclarecerlo) de la más obscura estirpe, intente llevar al cabo, o consumar tan difícil empresa, pues tal intento, aunque esfuerce mis débiles combinaciones registrándolo por todos sus ángulos, no le hallo otro principio que una superior y sobrenatural permisión que lo toma por instrumento, tolerando sus maldades para castigar a los hombres que han provocado con las suyas a la soberana justicia, puesto que los grandes efectos que hemos visto en esta parte, no pueden atribuirse a causas ordinarias; y paso a contraerme solamente a las ridículas promesas e insultantes castigos con que nos amenaza su tirano hermano José.

    Este alucinado hombre, de cuyo título le contemplo indigno, pues por su asquerosa lascivia, le conviene mejor el de bestia, se esfuerza desdichadamente en sus atrevidas y ridículas proclamas a tratarnos como iroqueses y hotentotes, por la avilantez, con que por medio de sus infelices emisarios las ha introducido, y los ridículos y falsos datos de que desgraciadamente se vale para reducirnos, los cuales tan lejos están de conseguirla que sólo han granjeado en el concepto de mi nación, el desprecio, ludibrio y abominación.

    Desestima pues Tlaxcala, y los ciento y diez pueblos de que se compone su dilatada provincia, las promesas con que ese villano, intruso corso intenta alucinarnos, contemplándolas como fruslerías, que sin hacernos la más leve impresión las ponemos en el grado del más ínfimo desprecio: ¡qué debilidad! ¡qué ignorante flaqueza! Introducirse a hablarnos como soberano, con expresiones de que se avergonzaría usar el más estúpido y villano esportillero...

    ¿Tan ajeno de razón y de combinaciones nos contempla ese casta de víbora, que no medite han de originar sus ofertas en nosotros la mayor irrisión; pues antes de darles asenso hemos de recordar sus inicuos e infames procederes con nuestros amados hermanos los de la antigua España? ¡Oh cómo se engaña y se engañan con él los pérfidos traidores que están a su lado! Bien conoce por experiencia alguno de ellos la propensión y carácter de los tlaxcaltecas, incapaces de corromperse ni arredrarse nunca, y mucho menos cuando median los altos respetos de religión, rey, y patria, y podía haberlo desengañado; pero la nota general que deprime falsamente la racionalidad de los indios, lo indujo desde luego a contemplarlos como ignorantes, sin reflejar que verdaderamente no lo son, y que los tlaxcaltecas hacen punto de honor y alarde, de ser en todo exactos imitadores de las costumbres, pundonor y manejo de sus amados los españoles.

    No señor, no hay que temer ni remotamente por nuestra parte, todos, todos constantemente profesamos el carácter, lealtad y buena fe española, y por propensión íntima de nuestra sangre aborrecemos y detestamos hasta el nombre de francés; a más de que estamos sólidamente cerciorados del sistema que se ha propuesto el intruso y pérfido José, de acuerdo con su vil hermano Napoleón, y sabemos positivamente que sólo los anima una insaciable codicia, que los pone en vergonzoso paralelo con los más cautelosos ladrones, y que nuestra opulenta y feraz América, es el punto de atribución a donde se dirigen las líneas de sus diabólicas maquinaciones.

    ¿Mas para qué me esfuerzo?

    Todo el mundo tiene noticia por la historia, de la lealtad tlaxcalteca, y ella aunque el infierno se conjure, no, no faltará jamás con el amparo divino y de su celestial patrona de Ocotlán, (en quien vincula todas sus esperanzas de defensa) a su santa religión, católico amado rey e ilustre patria, procurará, sí, mantener hasta el último aliento su concepto, y también con vigor concitará toda la nación indiana de esta América occidental, para que la acompañe en sus firmes resoluciones y propósitos...

    Imperial México, que eres cabeza y metrópoli de ella, esclarecidos gobernadores de las valerosas parcialidades de Santiago y San Juan, indios bizarros de las demás ciudades, provincias y pueblos de este dilatado y opulento continente, Tlaxcala, que es decir, la primera ciudad de este nuevo mundo, logra hoy la satisfacción de dirigiros la voz de la razón desde su retiro, por las urgentes circunstancias con que se intenta por un loco enemigo obscurecer nuestras glorias: alarma indios vigorosos, contra el tirano opresor de nuestra querida España que pretende también serlo nuestro, mirad que solicita con proclamas seductoras engañaros, Tlaxcala os lo asegura bajo de su palabra de honor.

    Ea pues, alerta caros compatriotas contra sus astucias y suspicaz malicia, empuñemos valerosos nuestras acostumbradas armas, uníos hermanalmente con nosotros que estamos ansiosos y prontos a ayudaros, e imitando a nuestros valientes españoles, cubramos y sostengamos los puntos a donde el sabio gobierno, que actualmente rige, nos destine: muera José Bonaparte y todos sus infames secuaces y satélites, y defendamos animosos mirando el impávido rostro de la muerte con majestuosa serenidad, y contemplándola como medio adecuado para adquirir la eterna felicidad, defendamos digo, indios intrépidos de la América occidental, a nuestra católica, única y santa religión con su apostólica cabeza, a nuestro justamente amado rey, dueño y señor don Fernando VII, y a nuestra dulce, opulenta y querida patria.—

    Dice don Juan Tomás Altamirano.





    Fuente:

    J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

    Versión digitalizada por la UNAM: Proyecto Independencia de M




    Fuente:

    Proclama de los tlaxcaltecas, invitando a los indios de la Nueva Espaa para resistir a Napolen.
    Hyeronimus y MexicoCatolico dieron el Víctor.


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